Notas: ¿Por qué no? XD

Cuando fue el turno de Din para abrir los ojos, lo hizo serenamente y con la respiración apacible, recuperando sin urgencia el contexto del lugar en el que estaba. Ya había algo de costumbre allí, porque a diferencia de los primeros días, no se despertó con un sobresalto y esperando haber sido noqueado y llevado a una ubicación desconocida por algún enemigo, hasta que la consciencia y la voz del otro hombre llegaran para apaciguarlo, sino que en esta ocasión supo bien dónde estaba.

Se volvió de golpe hacia el otro lado de la cama y al verlo vacío recordó la despedida de esa mañana y suspiró, porque en el momento había pensado que se trataba de solo un sueño.

En vez de quedarse sentado allí rumiando la situación, o de volver a la cama intentando nuevamente escapar al sueño para que pasaran rápido las horas (como había hecho en esos primeros días de su llegada, los más duros de todos), se levantó de un movimiento y fue a bañarse minuciosamente. Se vistió completo con su armadura y revisó y enfundó sus armas.

Camino al exterior de la vivienda, que en realidad era no menos que una mansión, pasó por un espejo de cuerpo completo y se detuvo al ver su imagen: un mandaloriano armado de pies a cabeza en medio de una casa lujosa llena de muebles ostentosos, esculturas innecesarias de circuitos luminosos, plantas exóticas y candelabros finos, y respaldado por aparadores de metal de lujo con pads, libros impresos, hologramas decorativos, adornos y tazones con frutas que en unos días se dañarían sin que nadie las comiera.

Era, no podía negarlo, una imagen decadente. Pero las circunstancias que lo habían llevado allá no lo eran. Su riduur era quien era, y en ese momento él se encontraba aceptando su hospitalidad. Era así de simple.

Suspirando siguió su camino y llegó al mediano depósito que contenía vehículos y una nave pequeña. Dio un asentimiento parco a los guardias que lo observaron aprensivamente cuando notaron que preparaba una moto jet y embalaba en ella sacos y cajas con unos equipos electrónicos que había ido reuniendo durante días.

Mientras revisaba el vehículo y por el rabillo del ojo los vio mirarse entre ellos.

- ¿Saldrá hoy, señor? – preguntó uno receloso, acercándose unos pasos.

- Correcto.

- ¿Querrá acompañamiento de alguien? – sugirió otra guardia.

- En realidad no.

Había que reconocerles la prudencia con que lo intentaban. Din sabía que no podía culparlos, pero él no era material de noble. Que intentaran consentirlo o vigilarlo rayaba en una ofensa personal. Él solo era un tipo tosco que hacía sus cosas y pedía ayuda cuando era absolutamente necesario.

Montó en el asiento del vehículo y los guardias, sabiamente, se movieron lejos de la salida.

- ¿Qué debemos decirle al Rey? – intentó uno de ellos, antes de que se alejara.

- Él puede hablar conmigo – descartó y aceleró, mientras los guardias informaban resignadamente a través de sus transmisores.

· • —– ٠ ✤ ٠ —– • ·

Cada planeta tenía sus rasgos únicos. Lantharia era única a su manera, con los diversos colores que pintaban el cielo a lo largo del día, sus auroras boreales inesperadas, sus construcciones imponentes, afiladas y sin temor al exceso, y su clima que iba desde la escarcha en las noches, hasta un calor ardiente cuando el sol se encontraba en lo más alto, durante la primeras horas de la tarde. Si había un rostro perfecto de este reino, la Capital lo era.

La casa del hermano de Larr se encontraba en las afueras, abrazada por la privacidad del campo, su lejanía de la urbe. Las noches y días eran silenciosos, y ese silencio estaba volviéndolo loco por el solo imaginar el tipo de cosas que estaban pasando en la Galaxia mientras él se refugiaba allí ajeno a todas ellas, lidiando con una pena que no quería soltarse de su pecho por más que hubiera intentado librarse de ella, hacerla caer como un adversario empedernido finalmente vencido.

Durante un par de semanas había intentarlo todo lo que había por intentar allí… aventurarse a explorar la naturaleza de este nuevo lugar sin protección especial y a la suerte de los elementos; ejercitarse hasta que sus músculos gritaran de dolor; practicar tiro en uno de los batallones de la Capital tal y como si se encontrara en la guerra y bajo la mirada preocupada del Prefecto de Seguridad del Rey; conducir un vehículo tan rápido como fuera posible antes de que su motor se fundiera; agarrarse a golpes con unos sujetos en una cantina que no lo habían reconocido pero sí detestado por ser mandaloriano; inventariar y reabastecer su munición y revisar y mejorar sus armas hasta la precisión milimétrica; y, encontrando la mirada de Larr en ciertos momentos donde la tristeza los paralizaba, desahogarse en horas de sexo intenso y desenfrenado, hasta que sus cuerpos les suplicaran algo de descanso.

Y aún así, allí estaba; manejando su moto jet con el talego en su costado lleno de herramientas pero vacío de esa pequeña carga que había sido más preciosa para él que cualquier otra, se sentía más solo de lo que se había sentido incluso antes de encontrarlo. Ninguna palabra del Jedi. Ninguna señal de que fuera enviarle alguna nunca. Pero una sola certeza que era como una sentencia: ni un solo día iba a dejar de extrañar al pequeño.

Se detuvo a la sombra de un almacén y bajó del vehículo. La puerta del lugar se abrió al aproximarse él y cuando ingresó al interior cesaron las conversaciones. Había compradores de todo tipo allí, comunes e inofensivos, y otros otros taimados y furtivos. También había un puñado de militares. Todos se volvieron lo observaron sin disimulo, intercambiando murmullos a los que Din, por distintas razones, estaba acostumbrado. Caminó hacia la ventera tranquilo pero alerta a cualquier reacción de la que tuviera que preocuparse.

- Necesito estos equipos de sistemas de transrecepción – dijo a la comerciante cuando llegó al mostrador. Le mostró el holograma con las especificaciones desde su controlador. Ella lo observó y luego a él, con el mismo celo.

- Tengo algunos de esos – rezongó. Los lantharianos en general parecían poco amigables hacia los forasteros. – Pero valen más de lo que probablemente puedes permitirte, Mando. ¿A menos que quieras pagar con alguna pieza de tu armadura…? – y ojeó su beskar con ese brillo de codicia que Din conocía bien.

- Cuánto – dijo.

- Podría decirte, pero no te caben esa cantidad de créditos bajo tu capa – descartó la mujer. -A menos que…

El mandaloriano puso tres discos mon calamari sobre el mostrador.

- Cuánto – repitió.

- Hm…- la mujer dudó, mientras un par de clientes farfullaban. – No tienes los permisos necesarios, me temo. Para adquirir algo así necesitas diligenciar un Formulario de Registro de Transacción de Electrónicos, solicitar una Autorización Temporal Migratoria y una Declaración de Afinidad, sin contar con las licencias que…

- Ese es un procesador de un semiconductor integrado – interrumpió una de las militares, acercándose con paso tranquilo. Miró a Mando fijamente. – Normalmente usado en telecomunicaciones. ¿No es así?

Din dudó, preguntándose en qué problemas se estaba metiendo.

- Lo es.

La mujer asintió pensativamente, mientras otros soldados se acercaban. El mandaloriano hizo un rápido recorrido mental de la ubicación de sus armas, antes de recordar por qué no debería usarlas. Pero la militar hizo una seña con la cabeza a la ventera, que le escupió una protesta en lanthariano hasta que la otra ordenara de un grito:

- ¡Dale al hombre lo que pide!

La comerciante saltó, atónita, y viendo la mirada en el rostro de la mujer se dirigió a regañadientes a la trastienda. La soldado miró al mandaloriano con curiosidad e hizo una inclinación de cabeza, lo que lo sorprendió por tan solo un segundo. – Mis disculpas, señor – le dijo. – Algunas personas entre nuestra gente pueden ser hoscas y no pensar dos veces sobre a quién puedan estar tratando. Pero terminan por entenderlo tarde o temprano.

- Está… bien – dijo él simplemente. Esa atención privilegiada era tan enojosa como el tratamiento hostil que estaba habituado a recibir en cuanto la gente notaba su casco. A veces le parecía que prefería el segundo.

- Por favor no dude de la adhesión de nuestro pueblo y de su lealtad – continuó la mujer. – Lo que puede parecer aversión hacia alguien externo, es en realidad un fuerte sentido de protección hacia nosotros mismos. Nuestro progreso siempre ha encontrado detractores.

- No hay ninguna ofensa – aseguró Din. Reconoció la inscripción en su pechera – Teniente. Puede estar tranquila.

La ventera apareció entonces llevando el equipo solicitado mientras refunfuñaba por lo bajo. Lo dejó caer sobre el mostrador y la militar hizo una seña a un subordinado, que lo revisó y le dio un asentimiento. Entonces la Teniente aferró a la comerciante por el cabello y azotó su frente contra la madera.

- Creo que tienes que disculparte con el señor Mandaloriano, mujer – le dijo.

- Por favor – Din se había adelantado y levantado una mano, sin tener claro qué podía o no hacer sin perjudicar la imagen de Larr. – Eso no es necesario, de verdad.

La soldado lo estudió estoicamente y dio un asentimiento.

- Agradécele por su generosidad – exigió a la mujer, sin soltar su cabello. Esta exclamó unas gracias varias veces, aterrorizada, hasta que fue liberada. Luego extendió las manos a él, agachando la cabeza.

- Perdón, mi señor. Le ofrezco disculpas… ¡sinceramente!

- Las acepto – dijo Din pronto. – Está bien. No tiene por qué asustarse.

- Ella no está asustada, ¿no es verdad? – sonrió otro soldado. – Solo está feliz de haber aprendido algo importante hoy.

- ¡Lo estoy! Lo estoy – aseguró ella, haciendo otra reverencia. – Gracias, gracias, mi señor.

- Acá tiene, señor – la Teniente entregó a Din el equipo solicitado. - ¿Hay algo más que requiera?

- Sí: no lastime a esta mujer. Por favor – dijo. Tomó aire –; el Rey no lo aprobaría.

La soldado lo estudió y terminó por ceder.

- Como lo indique, mi señor – hizo una seña a los demás, que se rezagaron.

Din respiró más profundamente.

- ¿Cuál es el precio, entonces? – se dirigió a la comerciante, que palideció.

- No se preocupe por eso – la teniente señaló el exterior. – Por favor.

El mandaloriano la siguió renuentemente. Una vez afuera la mujer le ofreció escolta o usar los equipos de comunicación en un batallón cercano, y cuando él negó, ella asintió respetuosamente y le ofreció disculpas adicionales por el incidente. Din recordó la pelea con esas personas de la cantina unos días atrás y se preguntó qué habría podido pasar con ellas.

- La guardia lanthariana tiene mano dura – admitió la mujer, leyendo su silencio. – Hacer a la población responsable de sus actos es una de las bases de la armonía dentro de nuestra casta y de nuestra dignidad.

- … Ya veo.

- Ahora que el Rey ha vuelto, especialmente, todos deben hacer de su parte más que nunca para que el Reino prospere.

- Entendido -. Levantó el equipo entregado.– Gracias por esto.

- Es un honor servirle, señor.

Y con una reverencia de la mujer, Din montó en la moto de nuevo, retomando su camino.

· • —– ٠ ✤ ٠ —– • ·

Cuando comenzó a acercarse a la base de lamontaña, revisó el mapa de nuevo y giró a la izquierda, tomando una pendiente disimulada que iniciaba lo que estaba marcado como un camino poco transitado.

Pasó entre algunos campesinos que recogían setas y se internó en un bosque poco denso, de terreno uniforme, árboles fuertes y arbustos de distinto tipo salpicados aquí y allá, adonde corrían a esconderse pequeños animalitos al escuchar la moto acercándose.

Tras una buena media hora moviéndose entre los árboles, el paisaje se abrió a una explanada en donde se permitió acelerar hasta que la resistencia del viento lo obligara a tensionar todo el cuerpo para no perder el control del vehículo. Atravesó pasturas donde retozaba ganado adormecido y algún pastor de mirada vigilante que lo observó avanzar por el paisaje hasta que se perdió de vista.

Finalmente, tras otras pendientes, explanadas, caminos angostos y un poco más del tiempo que había calculado, llegó al río que marcaba el primer punto de llegada. Atravesaba una serie de montañas que se alejaban de la Capital, caudaloso y de corriente enérgica en el punto al que llegó, pero tranquilo y angosto en otros, si lo que decía su mapa era de fiar.

Disminuyó la velocidad y continuó bordeando la montaña despacio, sin dejar de admirar el paisaje y siguiendo la ruta hacia donde se señalaba un puente amplio.

El puente que había esperado encontrar estaba… destrozado. Solo algunos restos de la estructura se aferraban aún a las orillas, completamente inutilizables. Esto era inconveniente. Mando suspiró y desmontó del vehículo. Levantó el casco lo suficiente para tomar agua de una cantimplora.

Revisando el panorama general en busca de opciones, vio otro pequeño puente río arriba, en un punto donde las orillas estaban más estrechas entre sí pero el terreno era rocoso e inestable. El puentecito en sí era angosto e improvisado, hecho con tablas amarradas a distancia aleatoria las unas de las otras. Podía funcionar para una sola persona con buen estado físico que necesitara pasar de forma muy urgente y que no quisiera detenerse justo en medio a contemplar la vista. Pero por supuesto que no iba a servirle en nada, porque era evidente que no soportaría el peso del vehículo.

Fue al acercarse más que notó el aviso: un letrero pintado sobre madera con caracteres que Din no entendía (seguramente en el lenguaje lanthariano), pero sí que podía entender de qué tipo de caligrafía se trataba.

Encendió el visor de su casco y encontró huellas allí, muchas y caóticas. También encontró que estaba siendo vigilado desde un árbol a un par de metros, por exactamente tres sujetos... Suspiró y atravesó el pequeño puente, esperando en el otro lado que sucediera algo. Nada.

Se puso las manosen la cintura, decidiendo aguardar algo más. Detrás del árbol había murmullos y movimientos nerviosos.

- Necesito hablar con el encargado de este peaje – informó en voz alta. Hubo un silencio súbito, luego una serie de susurros furiosos, un chillido y, finalmente, un niño de no más de once años emergió bruscamente tras el tronco, con expresión sorprendida. A su espalda, los dos pequeños que lo habían empujado, mucho más jóvenes, volvieron a su refugio tras la madera. Din y el chico solo se contemplaron por un momento - ¿Hablas el Lenguaje Galáctico? – dijo al fin el mandaloriano.

- Sí – admitió el pequeño. Lo miró de arriba abajo, aprensión en sus ojos, y luego miró el puente que acababa de atravesar y la moto jet más allá. Señaló el hechizo letrero de madera – Tiene que pagar para cruzar. Es un peaje – explicó.

- ¿Cuánto cuesta?

El pequeño parpadeó y se volvió a los otros, que se alzaron de hombros. Miró a Din nerviosamente.

- Um… tres táels – indicó, refiriéndose a la moneda lanthariana.

- Ya veo – el mandaloriano asintió y señaló a los otros dos con la cabeza - ¿Y tus colegas? ¿No reciben paga?

- No, cuando alguien es tan cobarde no merece comisión– farfulló lanzándoles una mirada poco amigable.

Din rió suavemente.

- Dado que eres el sujeto a cargo, tengo una propuesta para hacerte, entonces – le dijo. – Pero necesitaría la colaboración de todos. – Si los pequeños vivían en el área, debían conocer de la cumbre específica que estaba buscando, y en especial, debían saber de una ruta de acceso desde allí. Pero los ojos del pequeño brillaron con suspicacia y una de los que estaban escondidos le gritó algo en su idioma. - ¿Qué?

Un segundo después el chico había echado a correr y así los otros, con toda la fuerza que tenían sus cortas piernas. Din los observó alejarse y suspiró–. Genial.

En realidad, Larr no se parecía mucho a su gente…

Avanzó unas decenas de metros río arriba y hacia a una espesura. Allí ocultó la moto entre árboles y arbustos y, activando su jetpack, transportó el equipo de comunicación desarmado al otro lado del río, en un par de viajes. Estaba amarrándolo a un madero que iba a atravesar sobre sus hombros para poder transportarlo, cuando escuchó un chasquido y un chapuzón, seguido de un gritó agudo de pánico, en donde se encontraba el pequeño puente.

Ese pequeño grito tuvo un efecto que no había esperado pero que no intentó detener. Dejó caer todo y corrió hacia la fuente de sonido, entendiendo pronto la escena: el pequeño puente roto a la mitad y dos niños corriendo en la dirección de la corriente. Al tercero no lo habría visto de no haber notado hacia dónde se dirigía el pánico de los otros: el chico se hundía y emergía del agua una y otra vez, chapoteando inexperta e infructuosamente, mientras con cada metro las orillas se separaban más y más y la corriente tomaba fuerza.

Se sintió cortar el aire cuando activó el jetpack. Rosando el agua, aseguró su puño alrededor de la camisa del pequeño, que inteligentemente se aferró de su brazo, y lo extrajo del líquido. Al aterrizar lo puso sobre el pasto, sosteniéndolo mientras tosía y escupía. Los otros dos niños llegaron armados con palos y piedras, pero los bajaron cuando vieron que su amigo se recuperaba.

- Calma, caaalma… - le dijo Din al pequeño aún en pánico. – Ya estás bien, solo déjalo salir. Controla tus inhalaciones, eso es…

El pequeño lo miró al casco, sin fuerzas aún para alejarse. Su rostro asustado estaba iluminado también por una honesta gratitud que para el mandaloriano se sintió como una punzada. - ¿Estás bien?

El niño se dejó caer sentado sobre la hierba, gimiendo alivio. Sus compañeros le hablaron en su lengua, Din no supo si riñéndolo o preguntándole si estaba bien. Al final pareció que estaban haciendo una representación de lo que había pasado, la pequeña moqueando y señalando el puente roto metros arriba, y el otro yendo entre Mando y el niño mayor, saltando, gesticulando, haciendo ruidos de chapuzones y remedando gritos.

El chico los ignoró y solo le dijo al mandaloriano:

- Gracias.

- Está bien – respondió él. Miró al río y luego a los que suponía eran tres hermanos. – Ustedes viven en el sector. ¿Cómo es que no sabes nadar?

- ¡A él le da miedo el agua!- acusó la pequeña, señalándolo.

- ¡Cierra el pico! No me da miedo, solo… no he tenido el tiempo.

- Vas a tener que sacar el tiempo, porque estuviste muy cerca a ahogarte-. Din se dio cuenta que había hablado más fuerte de lo previsto cuando los pequeños se encogieron. Suspiró y le entregó un zapato que había perdido en el forcejeo. – Si vives cerca a cuerpos de agua debes aprender a nadar. No hacerlo aumenta las posibilidades que este tipo de situaciones salgan mal. ¿Entiendes?

- Sí… - el pequeño miró al piso, más avergonzado que alterado. Intentando escapar del centro de atención, le dio una palmada en un brazo a la niña. - ¿Ves?

- ¡Au!

- ¡Te dije que los mandalorianos no eran tan malos como dice mamá! … Usted es Mandaloriano, ¿verdad?

- … Sí.

- ¡Pues hazle el reclamo a mamá, no a mí! – se defendió la chica.

- Pues ya puedes decirle que no son… ¿cómo fue que lo dijo?

- "Mercenarios desalmados y oportunistas que venderían la piel de su madre si pudieran conseguirle un buen precio" – recitó la niña.

- Eso es… un poco duro – admitió Din.

- Pero papá dijo que si el Rey se casó con uno, entonces no pueden ser tan malos – recordó el tercer niño. – Dice que el rey Theo puede ser un forastero, pero no tiene un ápice de tonto.

- Mamá dice que debe ser tonto si se puso en las manos de un salvaje como ése – recordó la chica.

- Sí, pero papá dice que ese Mandaloriano rescató al Rey de Lord Molth y lo ayudó a reclamar la corona.

- Mamá dice que solo actuaba por interés y que cualquiera lo haría si significa ponerle las manos encima al rey Theo porque es más guapo que un millón de táels.

- Wow – Din abrió más los ojos.

- ¡Pues preguntémosle! – el chico mayor se volvió a él y los otros lo imitaron. - ¿De cuál eres tú?

- Creo… que el Rey me aprobaría – dijo en tono casual, consciente de que se había sonrojado. -Además, intenté pagar mi peaje, ¿verdad? – los niños asintieron. – Y hablando de eso, apreciaría si me echan una mano con algo. ¿Conocen este pico? – hincó una rodilla y activó su proyector, mostrando el holograma del mapa tridimensional. Los pequeños exclamaron con sorpresa al ver el despliegue y lo rodearon, cualquier renuencia olvidada. Uno de ellos levantó una mano.

- ¡Ese es el páramo Bláyac! – dijo. Explicó a sus hermanos: - ¡Donde Adcale encontró ese champiñón gigante!

- ¿Queda lejos? – preguntó Din.

- No - la pequeña tomó la delantera, haciéndole una seña para que la siguiera - ¡Por aquí!

Una hora después, se encontraba con el equipo a su espalda, jadeando y comprendiendo cómo la noción de "lejos" y "cerca" cambiaba entre personas de campo y de ciudad. También, era evidente que el estado físico que había tenido hacía un mes lo había dejado, esto era dolorosamente notable mientras ascendía por un terreno rocoso, abierto y sin sendero, cada paso un verdadero esfuerzo, observando a los pequeños que, adaptados a la geografía, jugueteaban, corrían y saltaban entre las piedras con la respiración serena y hablando a gritos con él o entre ellos.

- Solo no vayan a caerse – pidió en un momento, pensando que no necesitaba que más lantharianos lo odiaran ese mismo día.

La pequeña se asió a su capa.

- ¡Quiero ayudar! – exclamó. Una mirada a su rostro claro y Din supo que perdería tiempo intentando decirle que no. Se detuvo resoplando y, sosteniendo todo el peso del equipo con un brazo, sacó algo bajo su capa y puso en sus manos una bobina.

- Ésa – le dijo. – Es la parte más importante de todas, ¿de acuerdo?

- ¡La cuidaré! – prometió, resuelta.

- Bien.

- ¡Yo también quiero ayudar!

- ¡Y yo!

- No, no. No hay más piezas para nadie. Ustedes son nuestros guías, ¿de acuerdo?

Algo decepcionados, aunque no mucho, los pequeños continuaron con su camino. Din estaba casi resoplando cuando llegaron a una explanada inesperada y los niños anunciaron que habían llegado. Con un cuidado obligado descargó su equipo, comprobó la ubicación en el mapa y tomó aire por un par de minutos.

La niña puso la bobina en sus manos con solemnidad. Antes de que Mando pudiera decirles nada, el mayor estaba gritando: "¡bueno, adiós!" y los tres habían comenzado a alejarse hacia el camino de rocas, ágiles como gacelas.

- Hm – farfulló Din escuchando sus voces apagándose a lo lejos. – Yo iba a pagarles...

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Ensamblar el equipo no fue muy sencillo, pero fue familiar y preciso, y en unos cuarenta minutos lo tenía funcionando, conectándose a una baliza de comunicación poco utilizada pero que era segura y accesible desde ese punto específico, por razones de meteorología y geografía. El procesador del semiconductor funcionó de maravilla (la mercader lanthariana realmente había entregado algo de calidad) y tras ingresar la frecuencia del comlink, vio el aviso de búsqueda de la conexión.

Respiró profundo, esperando, sin tener ni idea de cuánto tendría que aguardar, o de si iba tener éxito siquiera. Miró a su alrededor para asegurarse de que no hubiera nadie y se llevó las manos al casco, retirándoselo y dejando que una brisa magnífica refrescara su rostro bañado en sudor.

Miró lejos, hacia la Capital. Sus edificaciones señalaban al cielo y la textura de la ciudad se extendía en medio del paisaje domado. Algunos edificios especialmente opulentos, a los que el sol tocaba en cierto ángulo, brillaban como piedras preciosas. El Palacio Real era uno de ellos. Quizá Larr estaría allí, o quizá no. Lo único que Din sabía con certeza era que no estaba lejos, porque el otro hombre le había prometido avisarle si tenía que salir de la Capital, o del planeta.

En cuestión de pocos días Din había dejado de intentar comprender el orden de su día a día. Cada vez más, el médico se entregaba a las obligaciones que esa corona ponía en sus hombros. Cada vez más, dejaba de ser Larr Mósdov para convertirse en Theo Lánthar, y por más que se viera soberbio vestido como realeza y con su corona puesta, Din no dejaba de extrañar el tiempo en que eran solo ellos dos. Ellos dos y su pequeño hijo.

De haber querido, Larr podría haber sido el tipo de rey que dejaba todo a cargo de sus ministros y gobernadores y se dedicaba sólo al exceso y a disfrutar de sus privilegios. Pero éste era Larr y una sensación de obligación y una empatía desbordada lo dominaban. Din había sabido que esto iba a pasar, sabía que apenas estaba comenzando y no tenía ni idea de hasta dónde llegaría… pero cómo le habría gustado que se demorara mucho más.

Bajó la cabeza a su controlador. Estaba seguro de que encontraría un mensaje del otro hombre allí, si lo buscaba. Nada más que un saludo y una expresión de afecto para darle a entender que lo extrañaba y que se preocupaba, algo como: "Espero que tu día vaya bien.Dime si hay algo que necesites. O dile a quien sea, te darán una mano. Te amo, te veré pronto" era su estilo usual, suficiente para hacer que el mandaloriano sonriera como un idiota. Pero quitó los ojos del controlador e intentó dejar de pensar en él. Tenía que estar enfocado, no solo en lo que estaba haciendo, sino en lo que resultaría de ello. Su tiempo de duelo casi se acababa.

El transreceptor dio un pitido y Din levantó la mirada. Se puso el casco de nuevo e hincó una rodilla, escuchando con mucho cuidado. Respondió a una serie de pitidos ingresando la frecuencia de otro comlink y aguardó en el largo silencio que siguió, con el corazón retumbado fuerte en su una voz del otro lado habló en Lenguaje Galáctico y en tono impaciente:

- ¿Sí? ¿Quién es y para qué asunto?

- Me conoces – respondió Din.

Hubo un pequeño silencio confuso.

- Debes estar equivocado, no he oído esa sucia voz en mi vida – fue la respuesta.

- Qué rápido olvidas a los amigos, Saavalt – recitó Din. - Soy Hux.

La otra persona guardó silencio por unos momentos. Cuando volvió a hablar sonó molesta.

- ¡Frecuencia equivocada, cretino! ¡Deja de desperdiciar mi batería, o te pondré una cicatriz donde el sol no ilumina!

- ¿Y cómo planeas hacerlo?

- Bueno, tengo tres cuchillos listos, ¿cuál quieres que use contigo?

- El de hierro se va a partir, el de acero se va a mellar y el de titanio terminará en mis manos.

Hubo otro silencio prolongado, hasta que la voz solo dijo:

- Espera.

Un cambio de tono y una espera que pareció eterna. Un nuevo link para emparejar. Din activó otros comandos en el proyector del transreceptor y se puso de pie, dejando que la pequeña luz del dispositivo lo escaneara. Una voz al otro lado habló en Mando'a. Tragó aire al escuchar su idioma.

- Hermano – dijo una voz femenina que no conocía. – Tu voz me trae esperanza.

- Y la tuya me lleva a casa.

- Por favor, identifícate.

- Soy Din Djarin, del Clan Cuerno de Barro – dijo.

Nuevamente un silencio. Se desplegó en su proyector el holograma de una mandaloriana, con una armadura ligera personalizada, su casco intacto pero rayado y golpeado, habiendo visto combate recientemente.

- Hermano – la mujer sonó incrédula. – Hemos estado buscándote por todas partes. Hemos escuchado... Temíamos que hubieras muerto. Dejamos de saber de ti durante mucho tiempo.

- No fue fácil llegar hasta acá con vida – confesó. – Pero estoy bien, y así todos los miembros de mi clan. La Tribu, ¿cómo está? ¿Lograron re establecerse?

- Algunos estamos en un resguardo temporal. Otros se dispersaron a otros sistemas. Pero las pérdidas del último encuentro en Nevarro fueron pocas, afortunadamente.

- ¿Y los que se vieron obligados a descubrirse?

La mujer suspiró con pena.

- A quienes pidieron un indulto, se les concedió. Pero los hubo que no intentaron volver a cubrirse y entregaron su casco a la Tribu, marchándose para siempre.

- Eso es… - Din cerró los ojos, tragando fuerte. – Eso es desafortunado.

- Es ése el Camino –dijo la mujer. Él hizo eco de su frase. – Hermano…

- La Armera – dijo entonces. – Necesito hablar con ella. Por favor, dime que se encuentra allá.

- Lo lamento - dijo y el corazón del hombre se hundió. – No está aquí, y no sabemos en dónde se encuentra. Se ha comunicado, indicando que está aún fundiendo y preparando un arsenal para cuando encontremos un refugio permanente. Pero su ubicación es un misterio.

Din bajó la cabeza. Necesitaba de su consejo como nunca lo había necesitado. La mandaloriana pareció notar su desespero. - Aún sin su presencia, podemos ayudarte. Hemos escuchado… del Sable. De que ahora eres Mand'alor – dijo en tono desconcertado. - Muchos de los nuestros partieron para buscarte. Y, debes saber, muchos otros te buscarán muy pronto, gente que quiere lo que el Sable otorga.

- Eso pensé – jadeó Din.

- ¿Qué necesitas ahora mismo? ¿Estás a salvo? ¿En dónde estás? Podemos enviar efectivos y armas.

- No puedo indicarte mi locación – dijo. Apretó los dientes y volvió a suspirar. – Necesito hablar con alguien que haya estado en el refugio de Nevarro todos estos años. Alguien veterano en cuyo juicio pueda confiar.

- Por supuesto. ¿Puedes pensar en un nombre?

Mando cerró los ojos, preguntándose si se arrepentiría de lo que iba a decir:

- Paz Vizsla.

· • —– ٠ ✤ ٠ —– • ·

- Djarin.

Su nombre, pronunciado con un desprecio familiar, alcanzó a resonar con algo de aprensión.

- Vizsla.

La penúltima vez que hubiera visto a este sujeto, éste había intentado retirarle el casco y molerlo a golpes, todo por haber adquirido beskar de unos agentes Imperiales. La última vez, había salvado su vida y la del niño y cubierto su escape de Nevarro junto con el resto de la Tribu.

Era un tipo impulsivo, orgulloso e inflexible, como los más ortodoxos de su Tribu. Vivía el Camino y el Credo con cada una de sus acciones y pensamientos y estaba listo a morir para protegerlo. Por más que Din estuviera en conflicto con quien era, era lo más cercano a la Armera que tenía en ese momento.

- Estás vivo – reconoció Vizsla, como si no se lo hubiera esperado.

- Lo estoy. Gracias a todos ustedes.

El hombre guardó silencio y luego gruñó.

- Fue una causa honorable por la que lo hicimos.

- Lo fue.

- ¿El Expósito?

- A salvo, en manos de sus pares.

- Entonces cumpliste tu misión.

- Era mi misión – dijo simplemente, por toda explicación.

El hombre volvió a gruñir. Dio un paso a un lado, manos en la cintura.

- Tienes una nueva misión ahora mismo, si lo que hemos oído es cierto. Una importante.

Din apretó los labios.

- ¿Quién llevó ese rumor?

- Muchas fuentes, en canales abiertos. Pero también, fuentes confidenciales. Y Bo Katán – pronunció el nombre con desprecio – pidió una audiencia con nosotros. Quería saber de ti, de tu origen y tu paradero.

- Esa mujer… - Din negó con la cabeza.

- Por supuesto que le dijimos dónde podía meterse su indagación – descartó Vizsla y luego habló con gravedad. – Aún así, ¿es cierto?

- Qué.

- Vamos, Djarin – gruñó. - ¿Venciste a Moff Gideon otra vez? ¿Ganaste el Sable Oscuro?

Din miró su casco. Naturalmente nunca había visto su rostro, pero conocía las inflexiones de su voz, su lenguaje corporal, sus gestos y microgestos, mejor de lo que querría admitir.

- Sí – dijo. El otro mandaloriano levantó la barbilla, un gesto de estupor – No lo busqué. No lo quise. Pero terminó en mis manos.

- Muéstramelo – exigió Vizsla. Como respuesta, Din lo miró fijamente. Vizsla sostuvo su mirada y terminó por bajarla. Cuando volvió a hablar, lo hizo con el tono más razonable que podía conseguir. - Entonces, según la tradición, eres el soberano legítimo – le dijo. Esta vez fue Mando quien bajó la cabeza, exhalando con frustración. - Debes reclamar el trono de Mandalore y el gobierno de todos los mandalorianos –, insistió. – Este es el nuevo comienzo que nuestro pueblo necesita, si queremos sobrevivir a la extinción. Es la oportunidad para que volvamos a nuestros orígenes, para unificarnos. –Inevitablemente, había abandonado su tono razonable, hablando más y más fuerte con cada frase, hasta casi gritar. - ¡Djarin DI ALGO, dan farrik! No puedes ignorar esta responsabilidad.

- Aceptarla no es lo mismo que tomar la mejor decisión – se defendió Din. – Nunca se me enseñó a gobernar. Nunca he pisado el suelo de Mandalore. Nunca se me enseñó nada de las otras tribus ni de otras costumbres.

- No hay mucho que necesites aprender, más de lo que ya sabes – descartó Vizsla. Se había acercado todo lo posible al proyector, por lo que se veía solo el tercio superior de su cuerpo. Din sabía que querría lanzarse hacia él y hacerlo entrar en razón, de la forma que fuera. – El Camino de Mandalore. El Credo. Eso es lo que somos, ¡es lo que las otras tribus necesitan recordar!

Din negó con la cabeza.

- Somos mucho más que eso. Lo he visto. Yo… - suspiró. Era extraño, sin duda, admitir algo así a este sujeto. Pero Vizsla y él habían sido cercanos en una época, muy cercanos. Un corto tiempo vivido impulso tras impulso, y luego una desabrida conclusión, que había dejado decepción en Din y resentimiento en el otro hombre. Aún así, había honor y lealtad en este mandaloriano, más que en muchos otros de su misma tribu. – Necesito… consejo, Paz. De la Armera, de nuestros antiguos.

- Sí – asintió él. – Sí, es una buena idea. Entonces encuéntranos, Din. No podemos ir hacia ti, no sin causar sospechas, pero puedes llegar a nosotros antes de que los rumores comiencen a escucharse con más fuerza – lo señaló, con un gruñido amenazante. - No te atrevas a perder ese Sable, o te las cobraré yo mismo.

Din habría podido responder con la misma violencia. Es lo que habría hecho antes, mucho antes, de hecho. Pero en esta ocasión se sorprendió a sí mismo riendo por lo bajo.

- Siempre encantador – le dijo y se dio cuenta, en cuanto pronunció esas palabras, de que era algo que Larr habría dicho. Vizsla se quedó inmóvil por la sorpresa.

- Sabes… sabes por qué sueno así – se defendió.

- Por supuesto que sí - Mando sonrió, una sonrisa que se notaba en su voz. Observó la incomodidad del otro hombre, recordando el tiempo en que él mismo se habría visto así.

- ¡Esto no es ningún juego, Djarin! – insistió.

- Paz – le dijo tranquilamente. – Sé eso.

El hombre se llevó una mano a la nuca.

- Por supuesto que lo sabes – dijo aún con irritación pero perdiendo algo de su fuerza. - Así que… Viaja acá, tan pronto como sea posible. Esto es tan urgente como puede serlo.

- Lo sé, y lo haré. Encontraré la forma.

- Bien.

- Mientras tanto, necesitaré contacto constante con alguien de la Tribu – dijo sin pensarlo. - Y que reúnas a todos los miembros que se dispersaron. ¿Pueden hacerlo?

- Por supuesto que podemos.

Din asintió.

- También tenemos que encontrar un nuevo refugio permanente, lo más pronto posible.

- Así es. Nos encargaremos de coordinar búsquedas.

- Bien – ahora que había retomado el contacto con su Tribu, recordaba todo lo que había por hacer. Y, sorprendentemente, le aliviaba estar en una posición en la que pudiera solicitar ayuda para comenzar a hacerlo, por lo menos lo más urgente. Los mandalorianos eran buenos para sobrevivir, pero, había notado, no necesariamente para avanzar. – Estaré en contacto.

- Un momento – dijo Vizsla y Din se detuvo en el gesto de desconectar la comunicación. Vio al otro sujeto dudar, algo que salía de su carácter. Finalmente terminó por decir: – Cuando Bo Katán estuvo olisqueando por acá, preguntó por alguien más, aparte de ti.

- ¿Alguien más?

- Larr Mósdov – exhaló con desaprobación en su voz. - Ése médico revoltoso que ha hecho estragos en varios planetas. ¿Lo conoces?

- Ah… Sí.

- Dice que te vinculaste a él – le dijo, sonando incrédulo. – Que son riduur.

Mando gruñó.

- No era algo que le correspondiera decir a ella.

- Entonces… Entonces es verdad.

Din asintió.

- Es verdad. Ahora que el pequeño Expósito se encuentra con los suyos, somos un clan de dos.

- Hm – Paz se cruzó de brazos. Su tono era de desaprobación. - Ya veo.

- ¿Es todo?

El otro mandaloriano hizo un corto silencio.

- Debes presentarlo a la Tribu, entonces – sugirió casualmente. Mando entendió de inmediato esa pequeña inflexión en su voz.

Lo miró fijamente. Gruñó por lo bajo y se acercó a su imagen.

- Escúchame, hermano – le advirtió tranquilamente –. Si estás pensando en darle mierda a Larr, o en tratarlo de forma distinta a cualquier otro riduur, voy a arruinarte.

El otro hombre lo miró al casco, claramente sorprendido.

- Solo… Solo quería decir que deben realizar el ritual de 'Tome apropiadamente. – mintió en forma de excusa. - Y debe recibir el blasón de tu Clan. Es ése el Camino.

- Es ése el Camino – repitió Din, rezagándose cuando el otro mandaloriano lo hizo.

Vizsla, raramente, no dijo nada más, mirando al piso por un largo momento. Luego se cruzó de brazos, y Mando tuvo que reconocerle el enorme esfuerzo en la siguiente admisión:

- Lo lamento, Din.

- De acuerdo.

- No, lo lamento... de antes.

- Ah – el mandaloriano retrocedió un paso. - ¿Quieres decir…?

- Esa… esa última vez…

- Eso no es necesario – descartó pronto.

- Desearía que no lo fuera, pero…

- Eso fue hace años – le recordó Din. – Está en el pasado. Soy riduur ahora y no lo cambiaría por nada.

Vizsla se mantuvo en silencio.

- De acuerdo – asintió, manos en la cintura. Dijo en un tono más ligero – Más vale que sea un cónyuge a la altura del nuevo Rey de Mandalore.

- Lo… es. Lo es.

- Deberías viajar con él, entonces. Oficializar tu estatus será bueno para tu imagen.

- No es posible.

- Por qué no. ¿Es un tipo ocupado?

Din resopló una risa.

- Él diría que ser revoltoso toma tiempo.

Se oyó un pitido desde el transreceptor, avisando que el comlink iba a eliminarse y actualizarse con otro, como sucedía por seguridad cada pocos minutos. – Estaré en contacto. Los veré pronto.

- Seguro.

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