Comenzaba a caer el ocaso cuando Larr regresó. Se despidió de un comité que le parecería siempre innecesariamente solemne y numeroso, y descartó cualquier ofrecimiento adicional que le hicieran, queriendo ingresar pronto a la mansión para liberarse por un rato del atosigamiento de la atención incesante. Dio un asentimiento a los guardias que se pusieron firmes y abrieron las puertas para él y, una vez éstas se cerraron a su espalda, se apoyó en una mesa central del recibidor y exhaló profundo. Necesitaba un trago.
Después de buscarlo, encontró a Din en un diván en la terraza más amplia.
Algo definitivamente importante había pasado en su día, porque se veía como un hombre completamente distinto: vestía únicamente un pantalón de lana y una camisa sencilla, las mangas dobladas sobre los antebrazos, un par de botones abiertos en el pecho y zapatos ligeros en vez de botas de combate. Parecía quien habría sido de no haber sido nunca un huérfano de guerra rescatado por mandalorianos.
Pero incluso sin que hubiera sobre él rastro de beskar ni de armas, aunque solo hubiera cicatrices, sus manos endurecidas cruzadas en su regazo, un perfil regio y una mirada fatigada fija en la puesta del sol, Theo se dio cuenta de que Din era íntegramente mandaloriano, el tipo de persona de este Credo que no estaba hecha por su armadura ni por su temida reputación.
Tragó, perplejo por la fuerza de la visión.
El motivo de su fascinación se volvió, blandiendo una de ésas sonrisas.
– No te oí llegar – le dijo con tono gentil y, aunque lo supiera, a Larr lo maravilló darse cuenta de que este hombre estaba feliz de verlo.
Se quitó los guanteletes de la armadura y los lanzó sobre una mesa baja, ansioso por ir a su lado. Se quitó la corona y fue a ponerla sobre un aparador, pero se paralizó al notar lo que había allí: entre una pila de libros y la pequeña estatuilla de un pastor llevando a una bantha de las riendas, estaba el Sable Oscuro. Din lo habría activado y hecho algunos movimientos con él entonces, supuso. Puso su corona al lado del arma y fue junto al otro hombre. Acarició su cabello y le dio una sonrisa, tocando su rostro con los nudillos, lo que le sacó una expresión igual.
- Te ves hermoso – le dijo sin intentar cohibirse.
- ¿En serio?
Larr asintió.
- Sí. El guapo esposo de alguien con suerte.
Din sonrió más ampliamente, las esquinas de sus ojos arrugándose, y tomó su mano para besar su palma. Sin soltarlo se volvió al paisaje. Larr se sentó a su lado y lo imitó.
- Te ves cansado – comentó tras unos momentos.
- Fue un día largo.
- ¿Un buen día?
- Eventual – exhaló Din.
- ¿Ah, sí?
- Seguro – hizo un gesto de circunstancias. – Tu guardia está llena de psicópatas, por si no lo sabías.
- Hmm – Larr apoyó los codos sobre las rodillas. – Genial.
- Y el encargado de los puentes debería echarle un ojo a las áreas rurales del lado Este.
- Presiento que hay toda una historia tras eso – Larr alzó las cejas. – ¿Algo más?
- Sí: los lantharianos en general parecen odiarme, o por lo menos desconfiar por completo de mí.
Larr dio una risa nasal que no tenía nada de humor.
- Odian a casi todo el mundo – admitió. - Mientras más desconocido, mucho peor.
- Cierto. Si no fueras de la realeza te odiarían igual - dijo Mando, sacándole una risa genuina. Miró al poniente de nuevo, a una nave pequeña que partía desde alguna villa en las montañas. El fulgor azul de los motores fue lo único que la hizo evidente en el paisaje sosegado. Vagamente se preguntó quién estaría partiendo, por cuánto tiempo y a quién habría dejado atrás, y esas pequeñas preguntas inútiles le recordaron a ese momento meses antes, tras el rescate de Theo de las manos de Molth Lánthar, donde hablaran abiertamente, sabiendo que uno de ellos tendría que quedarse y el otro irse. Había sido el momento en que Din sintiera que soltaba esa cuerda para no romperla. Tragó e hizo todo lo posible para que en esta ocasión sus ojos no lo traicionaran llenándose de lágrimas. – Por fin me comuniqué con mi Tribu – dijo casualmente.
- ¿En verdad? – eso atrapó toda la atención del médico, que se volvió hacia él - ¿Eso significa…? Ah, ¿qué significa eso?
El mandaloriano lo miró con una honesta incertidumbre.
- Aún no lo sé. Parece ser que… el que yo tenga el Sable les lleva esperanza.
- Por supuesto que sí. Hasta Bo Katán está feliz de lo tengas, incluso si planea quitártelo.
- Hm.
- ¿Qué discutiste con ellos?
- No tuve el tiempo para hablar de mucho – admitió Din - Pero… es claro que debo ver a nuestros antiguos. A La Armera de la Tribu y los miembros más experimentados.
Larr habló con cuidado.
- ¿Qué crees que va a pasar cuando lo hagas?
- ¿Quieres decir, cuando les pregunte sobre los otros mandalorianos? – Din lo miró desencantado. - ¿O cuando les hable de los Jedi a los que he ayudado? ¿O sobre el hecho de que me quité el casco un par de veces y aún me llamo a mí mismo mandaloriano?
- Sí. Entre otras cosas.
Intercambiaron una corta mirada.
- No tengo una respuesta para eso – dijo simplemente. El otro hombre asintió y se acomodó en el asiento, suspirando y apoyando los brazos sobre el espaldar.
- Bueno, mejor comienza a pensar en un plan – le avisó. – O en un par, por lo menos.
- Lo haré. Tendré que encontrar esa respuesta, después de todo.
Larr volvió a mirarlo, encontrando imposible no hacerlo cuando la luz del ocaso caía sobre su rostro así, iluminándolo de ámbar.
- Solo prométeme que tendrás cuidado mientras la buscas – le pidió.
- Lo intentaré – cedió el mandaloriano tras un momento. Larr sabía que no podía pedir más que eso.
- ¿Cuándo?
- Cuando el período de duelo se termine.
- Eso es en cuatro días.
Din asintió.
- Sé que es pronto – admitió. Larr apretó los labios.
- Cualquier momento habría sido demasiado pronto, cariño.
Mando miró su expresión triste y llamó su atención diciéndole "hey". Cuando el otro hombre lo miró, le dio un guiño y acunó su barbilla. La sonrisa de Larr acabó con cualquier rastro de pena en su expresión. Din acarició su rostro con una mano, trazando sus sus rasgos con sus dedos, tocando su labio inferior con su pulgar.
- Más guapo que un millón de taels – murmuró.
- ¿Mmm? – el médico sonrió, mientras el mandaloriano se preguntaba cuándo exactamente había comenzado a portar esa increíble barba de tres días. - ¿Dónde escuchaste ésa?
- No importa – negó con la cabeza. - ¿Qué tal tu día?
- Eventual – Larr tomó aire entre dientes. Confesó tras unos segundos –: Tendré que salir del planeta pronto.
- ¿Pronto?
- Dos días.
- Ya veo - el mandaloriano solo asintió.
- Parece… que es urgente, Din.
- Lo entiendo, de verdad – le dijo pronto y resopló una risa. – No envidio tu trabajo.
- Yo no envidio el que te espera.
· • —– ٠ ✤ ٠ —– • ·
Tras unos minutos hablando plácidamente, Larr salió de la terraza y cuando volvió llevaba una botella con un licor de color ocre y dos vasos fríos. Antes de llegar al asiento vio de nuevo el Sable y puso las cosas a un lado.
- Hey – señaló el arma a Din. - ¿Puedo?
El mandaloriano asintió y el médico tomó la empuñadura. La activó y tragó aire al sentir de inmediato la vibración de poder en su mano. Se sentía como si alrededor de la fuente de luz todo estuviera dispuesto a dejarla hacer su voluntad.
- Vaya – jadeó. Era una sensación extraordinaria. ¿Cómo había podido Moff Gideon blandirla de esa manera? ¿Y Din, en las veces que lo había hecho? – Esta cosa se siente viva.
La balanceó con cuidado un par de veces. Luego avanzó unos pasos, haciéndola girar despacio en unos movimientos básicos que hicieron zumbar el aire. Su corazón estaba latiendo desbocado sólo con ése pequeño esfuerzo. – Es tan ligera.
Con curiosidad, levantó un antebrazo protegido por su armadura y tocó el metal con la luz por solo un segundo.
- Larr – avisó Din.
- Recuérdame nunca tener a los Jedi de enemigos –el hombre apagó el arma e hizo un gesto al revisar la hendidura que había dejado. Solevó el metal en su mano, la adrenalina aún retumbando en sus venas. – Más te vale tener cuidado con esto, Din. Un roce y te dejará una muesca que ni el mejor médico podrá rellenar.
Puso el arma en donde la había encontrado y sirvió el licor, bufando por la experiencia. Entregó un vaso al mandaloriano y chocó suavemente su cristal con el propio. – Por las buenas armas – dijo con un guiño.
- Y los problemas que traen.
Larr dio un sorbo, girando los ojos al techo amigablemente.
- El consejo de los tuyos ayudará, estoy seguro.
- Quizá – dijo Din, mirándolo apoyar un talón sobre una rodilla y adoptar una expresión severa casi en reflejo. Todo él hacía juego con la armadura que vestía. – También quiero tu consejo – le dijo. El otro hombre lo miró sorprendido. – Lo digo en serio. Eres rey, después de todo.
Larr apretó los labios. Éste era un punto álgido y los dos los sabían. No tenía caso pretender que no era así.
- Sabes que no te gustará lo que te diga – le dijo cuidadosamente.
- No importa. Quiero oírlo.
- Vas a molestarte conmigo – avisó.
- No lo haré, lo prometo.
- Sí, lo harás. Porque sabes que te respeto y… que te amo más que a nada. Pero… no entiendo tu Credo. No es... No es el tipo de Credo que yo seguiría.
- Entonces no me hables del Credo. Háblame de cómo gobernarías a los mandalorianos.
El otro hombre apretó los labios y titubeó unos largos segundos, pensando intensamente.
- Es difícil imaginarlo, Mando – explicó al fin –, porque yo lidio con algo muy distinto a aquello con lo que tú lidiarías –. Ladeó la cabeza en un gesto de incertidumbre. - Mi gente es... hermética. Su deseo de progreso les ha dado unas ideas de superioridad muy desafortunadas, y culparé a Molth Lánthar toda la vida por ello, pero también ha hecho que se protejan los unos a los otros, sin mayor distinción. Tu gente… - tomó aire, tratando de hablar de la forma más cauta posible. - Boba Fett me habló de sus conflictos internos. Su sentido de comunidad parece… lesionado. Y parece que esa ha sido una constante durante casi toda su historia, pero… - dudó.
- Sigue – pidió Din suavemente. Larr exhaló por la nariz.
- Hay riqueza y complejidad en tu pueblo, tanto como en cualquier otro. Pero parece que ésa ha sido razón suficiente para que se acaben entre ustedes, una y otra y otra vez. ¿Y cómo más iba a ser? Si en realidad todo se trata de "la ley del más fuerte", siempre va a haber una tribu, o una secta, o un clan, o una persona, que quiera demostrar que lo es. Sea quien sea el próximo soberano – le dio una corta mirada – puede seguir generando más divisiones, llamando a unos mandalorianos verdaderos y a otros falsos… O puede encontrar el punto del Credo que los une a todos. – Se alzó de hombros. - Si tal cosa existe.
- La guerra es nuestra religión – explicó Mando simplemente.
- Y en la guerra la gente muere – dijo Larr. Din apretó los labios. Ya estaba molesto. El otro hombre suspiró. Bueno, ya habían llegado hasta ahí. No tenía sentido no continuar, porque en algún momento iban a tener que hablar de esto. - Si quieren sobrevivir, no pueden seguir matándose porque unos conserven el casco puesto y otros se lo quiten. Es lo que han estado haciendo todo este tiempo, ¿y cómo resultó eso cuando llegó el Imperio?
- Está bien – pronunció Din.
El otro hombre chasqueó.
- ¿Ves? Te dije…
- Está bien, Larr.
El médico suspiró. Se recostó contra la balaustrada del balcón y lo observó, cruzado de brazos. El silencio testarudo que siguió fue interrumpido por un pitido en su controlador.
- Salud, Majestad. Hay un mensaje de clasificación urgente de… - comenzó una voz robótica.
- Ahora no – exclamó éste y tras una confirmación, la comunicación se cortó.
El médico observó al otro hombre y cerró los ojos por un momento, suspirando. Luego dio un corto asentimiento y se acercó, hincando una rodilla a sus pies. Tomó una de sus manos entre las suyas.
- Lo lamento, Din – le dijo.
Antes de mirarlo, el mandaloriano sabía que la expresión que encontrara en el rostro del otro hombre lo iba a hacer ceder. Pero tomó aire y lo hizo, de todos modos. Lo que sentía por este sujeto era increíblemente poderoso.
Tocó su rostro, aceptando su gesto.
- Fui yo quien preguntó –. Sin poder evitarlo se inclinó y le dio un beso en los labios. - Nunca me mientas sobre lo que piensas, Larr.
- ¿Quieres que nos peleemos a puños?
Mando gruñó una risa, apretando su nuca con fuerza.
- No quiero que me linche tu gente – descartó. Larr se sentó a su lado esta vez. Mando tomó otro sorbo de licor y su rostro retomó algo de seriedad – Respecto a este asunto…
- ¿Sí?
- También quiero pedir el consejo de Boba Fett.
- Vaya.
Asintió.
- Incluso si dice no ser mandaloriano, conoce nuestra historia mejor que muchos de nosotros. Y entiende quiénes somos de una forma en que quizá ninguno de los nuestros lo hace.
- Entonces… ¿Estás pensando en aceptar el trono?
- … No lo sé – apretó los labios y Larr pudo ver lo que le costaba hacer la siguiente admisión -: Quizá sea mejor dejar el Sable en manos de alguien que tenga lo que se necesita.
- ¿"Que tenga lo que se necesita"? – Larr alzó las cejas. Din lo miró solo por un segundo y luego bajó los ojos. El médico negó con la cabeza. Estaba claro que este sujeto no quería gobernar. Quizá incluso lo quería tan poco como él mismo… pero aún así, allí estaba él, cargando con el legado de su madre, porque no era un asunto de querer o no querer.- Y quién tiene lo que se necesita, ¿Bo Katán?
- No es lo que quiero decir – Mando negó con la cabeza.
- ¿Entonces quién?
- No yo –. Se puso de pie, caminando de un lado a otro. – Quizá… Quizá haya grandes opciones en las otras tribus…
- ¿Las mismas tribus que no hicieron nada durante décadas para reclamar el Sable ni para buscar a otros? – Larr levantó una ceja.
- No lo sé, dan farrik – el hombre abrió y cerró las manos, impotente. – Esto fue un error. ¡Todo lo que quería era desarmar a Gideon!
- ¿Oh? Qué coincidencia, todo lo que yo quería era tener una vida normal.
- No, no es lo mismo, Theo – protestó Din. - A ti te prepararon desde tu infancia para dirigir un reino. Mira… Mira todo eso que acabas de decir. Yo solo sé romper cosas, disparar, cumplir misiones, verme intimidante… Ni siquiera tengo idea de cómo manejar esa maldita arma – señaló el Sable – ¿Qué tipo de soberano podría ser?
- No, Din, para. – Larr se puso de pie y tomó la mano con que el mandaloriano intentaba taparse el rostro. A la misma vez le puso una mano en el pecho para tranquilizarlo. Su corazón saltaba enloquecido. – Ya… Hey, mírame. Dios mío, ¿en verdad eso es lo que has pensado todo el tiempo?
- Eso es exactamente lo que…
- No, escúchame – le dijo con fuerza. – Si necesitas que sea yo quien te lo diga, te lo diré: ¿sabes qué es lo que has hecho, además de romper cosas, disparar, cumplir misiones y verte intimidante? – Señaló con el pulgar sobre su hombro –. Lograste que una ex Rebelde, un ex Imperial, un Lanthariano y unos mandalorianos que se odiaban a muerte, trabajaran juntos. En un par de años, desenterraste a un pueblo oculto de guerreros místicos para poner a salvo a uno de sus huérfanos que había estado perdido y desprotegido durante décadas. Obligaste un príncipe Lanthariano a que dejara de esconderse en el exilio y se responsabilizara por el pueblo que lo necesitaba. Has liberado poblaciones de amenazas devastadoras, acabado con remanentes de la Orden Imperial, ayudado a gente que lo necesitaba y abatido a gente que lo merecía. Seas consciente de ello o no, Din, lo quieras o no, eres un líder extraordinario – Larr hizo un esfuerzo por no conmoverse por la expresión afligida del otro hombre. – Y antes de que hables de tu educación, Mando, si algo me dio perspectiva, fue el tiempo en el destierro. Una cosa es que un montón de viejos te digan cómo se supone que debes gobernar y qué se supone que necesita un reino, pero ver la realidad… ver por ti mismo lo que pasa, es algo muy distinto. Quizá alguien que no quiera el poder es exactamente lo que tu gente necesita – contempló su expresión escarmentada y fue incapaz de no tocar su rostro, un gesto de aplacamiento. Se alzó de hombros. – O quizá estoy equivocado.
Din dio un ronquido de risa y apoyó la cabeza en su hombro.
· • —– ٠ ✤ ٠ —– • ·
Mando y Larr iban en el segundo vaso de licor cuando el último trazo de brillo ámbar abandonó el cielo. En su lugar quedó un púrpura brillante que se haría más y más profundo hasta que fuera plena noche. En unas horas, quizá, llegarían algunas auroras boreales.
- Creo que esa botella vale más de lo que hago en una misión – dijo Mando, señalando el trago con la cabeza.
– Ya sabes -. Larr dejó salir una risa nasal de desaprobación. - Privilegios.
Din estudió su expresión. Nunca había visto a alguien más infeliz por pertenecer a la nobleza.
- ¿Seríamos aliados? – preguntó entonces. – Tu gente y la mía. Si… Si yo fuera Mand'alor.
- ¿Quieres decir, los dos reinos? - Larr pensó por un momento. - Sí. Por nuestro vínculo, sería inevitable. Además quiero ayudar a tu gente… Si es que me lo permiten.
- Hm. Pues espero no estarte involucrando en un desastre, si llega el momento.
- Supongo que lo averiguaremos.
- Hm.
Larr notó entonces que una de las manos del otro hombre permanecía cerrada. La abrió con delicadeza y descubrió la bolita de metal de Gorgu. Lo único que había sobrevivido a la destrucción de la Razor además de la lanza de beskar de Mando, y lo único tangible que tenían de él.
La tomó sin que el otro hombre intentara detenerlo, y la miró sonriendo. El brillo de algunas de las estrellas se reflejaba en ella, y recordó claramente las pequeñas manitos verdes que la habían examinado exhaustivamente, jugado con ella día y noche, acompañadas de unos balbuceos quedos. Tragó con fuerza.
- Lo extraño – confesó, sintiendo su ausencia pesar en su cuerpo.
- Yo también – gruñó Din, con los ojos fijos en el anochecer que sucedía frente a ellos.
Theo suspiró y besó la pequeña esfera, guardándola en su mano como el tesoro que era. Din miró su rostro.
- Estás exhausto.
- Lo estoy.
- Fue un día duro.
- En realidad no –. Sonrió juguetonamente. – Es más culpa tuya, ¿sabes?
Din se sonrojó intensamente, pero sonrió.
- No me digas que lo lamentas – provocó y el otro hombre dejó salir una risa presumida. El mandaloriano tomó otro trago, permitiéndose recordar con mesura algunos de esos momentos y sonriendo de oreja a oreja. Pero luego recordó despertar a Larr para sacarlo de sus malos sueños, y su sonrisa desapareció. – Tuviste otra pesadilla anoche.
Theo asintió.
– Soñé con mi madre – confesó.
- ¿Algo malo?
- No. Solo… fue impactante verla. Hablarle. Escucharla. Era como si estuviera justo allí.
- ¿Qué dijo?
- Cosas importantes - se tocó la sien con un dedo. – Cosas que necesitaba recordar sobre el reino y nuestro futuro. Sobre lo que está pasando y la gente que me rodea.
- ¿Dijo algo de mí?
- No. Pero, si estuviera viva, te buscaría y te mataría de saber lo que me has estado haciendo todos estos días – Din se sonrojó de nuevo y Larr se echó a reir. – Bromeo. Quizá no le gustaría que fueras mandaloriano, u hombre… Ella quería que su color de ojos permaneciera en la familia, decía que eran las verdaderas joyas de la corona. Pero respetaría mi elección.
- Suena como una buena madre.
- Exigente y compleja. Pero excepcional.
Mando asintió. Acarició su nuca y miró las nubes que se pintaban del color de un fleco de aurora que comenzaba a emerger, un verde oscuro y reposado. Contempló la bolita, mientras Larr jugaba con ella entre sus dedos. Pensó en sonreír pero no encontró la energía para hacerlo.
- ¿Crees que esté bien? – preguntó ásperamente. –… ¿Grogu?
Theo suspiró.
- Sí – dijo honestamente. – Creo que lo está.
- ¿Y crees que el Jedi…?
- Quizá – apretó los labios. – No puedo imaginarlo prohibiéndonos verlo – suspiró y le habló con sinceridad. Miró de nuevo la esfera entre sus dedos, sorprendido por lo pequeña que era. –: Aunque…. la familia no significa lo mismo para ellos que para tu gente o la mía.
- ¿Crees que nos olvide?
El tono de Din lo hizo levantar la mirada. En su rostro estaba la aflicción de todos esos días y sus ojos se habían puesto brillantes.
- No lo sé, amor – confesó. – Pero… eso en realidad no importa, ¿o sí? Lo pusimos a salvo – aferró su mano -. Y en las condiciones en que estaba todo, fue putamente asombroso que lo lográramos. Tomó que fuéramos tú y yo, mucha suerte y un montón de aliados increíbles, mucho dolor y temor y sufrimiento... pero lo hicimos.
El otro hombre le dio una sonrisa corta pero genuina. Larr puso la pequeña esfera en su mano y cerró sus dedos.
Din la guardó en un bolsillo y respiró profundo. Se puso de pie y ofreció su mano al otro hombre.
- Ven.
- ¿Adónde vamos? – preguntó cuando comenzaron a caminar.
- Si vas a irte tan pronto, tenemos que aprovechar el tiempo.
- ¿Vamos a hacerlo? – Larr sonrió ampliamente.
- Probablemente. Quizá en dos días ninguno de los dos debería estar caminando derecho. Puedes hoy también, ¿verdad?
Con un gruñido, el otro hombre lo llevó contra una pared, asegurándolo con un brazo alrededor de su cintura e inhalando profundo en su cuello. Fuera de su armadura, Din olía increíble.
- ¿Eso es un desafío, Djarin? – le murmuró al oído.
Oyó su risa suave y llevó los labios al lóbulo de su oreja, mordisqueando con un gemido, mientras su mano iba más abajo. Eso le ganó una exhalación y una mirada ávida. De un movimiento el mandaloriano se lo quitó de encima, haciendo su sangre hervir aun más.
- Quítate eso - le dijo, mirando su armadura.
Larr había olvidado completamente que la tenía puesta y comenzó a retirarla de inmediato, dejando las piezas caer al piso. Mando habría podido ayudarle, de hecho la operación habría sido mucho más rápida con su ayuda, pero en cambio apoyó una mano en el marco de la puerta de la habitación y lo observó, maravillándose nuevamente por la improbabilidad y la suerte que había llevado a que sus órbitas se cruzaran, entre decenas de años, cientos de sistemas y miles de personas. Le dio un guiño antes de ingresar a la habitación y el otro hombre tragó con fuerza, obligando a sus manos a ir más rápido.
Luego de amarse sin timidez y con la dedicación con que estaban aprendiendo a hacerlo, cuando estaban saciados y besándose horas después cerca al gran ventanal, un cielo despejado de estrellas espléndidas y auroras radiantes los sorprendió con una belleza que quitaba el aire.
Gustosamente olvidaron las conversaciones elementales de ese día, todo lo dicho sobre política, el deber, la historia y los futuros inciertos. Solo se aferraron a ese cielo generoso pensando lo mismo sin necesidad de compartirlo: Cuánto le habría gustado.
FIN
Notas: si llegaste hasta acá... gracias por leer. ¡Espero que lo hayas disfrutado!
