Capítulo 7: Xue Yang

I'm beggin', beggin' you
And put your loving hand out darlin'
I need you to understand
Tried so hard to be your man
The kind of man you want in the end
Only then can I begin to live again

Beggin', Måneskin


El silencio no es un problema para Xue Yang. Es un estado que le gusta tanto a los cazadores de vampiros como a las sectas, especialmente dentro de sus templos. Se ha acostumbrado a él, aunque no lo prefiera. El silencio de la soledad no es, al menos, el silencio que pesa entre Xiao Xingchen y él por momentos. Es tan sólo el silencio de la ausencia.

Los brazos se acalambran, pero el dolor se acalla después de un rato. Igual en las rodillas. Está allí, puede sentirlo, pero después de unas horas se vuelve parte de él.

Cuando Xiao Xingchen vuelve más tarde, sólo le regala silencio.

—¿Y ahora, Xue Yang?

Como no hay respuesta, vuelve a darse la vuelta.

—Tenemos tiempo.


Durante el día descubre que el problema no es la posición ni el dolor. Es un vampiro que puede curarse y que puede permanecer inmóvil sin que eso sea un problema. Tampoco es problema el sol, porque no hay ninguna ventana por la cual pueda asomarse.

Lentamente, descubre que el problema es la falta de sangre.

Pero sigue aferrándose a su obstinación, esperando que Xiao Xingchen pierda los estribos. Quizá eso le consiga otro beso, la mano en el cuello, algún atisbo de furia.

La sed no es demasiada.


Sus labios se parten al segundo día. Siente cómo la piel de su cráneo se estira y empieza a agrietarse, pegándose poco a poco al hueso.

Al llegar, Xiao Xingchen lo mira como si supiera que eso iba a pasar.

—¿Todavía, Xue Yang? Sabes lo que es la sed.

Poco a poco, su mente es incapaz de pensar en nada más, como en aquel tiempo en la casa de los Chang. Recuerda a las ratas y a una vaga furia contra Xiao Xingchen. Recuerda la palabra Daozhang y el sabor de las ratas. Ahora vuelve a concentrarse en aquella furia para recordar que no se arrepiente de haberle clavado un cuchillo de cazador a Xiao Xingchen.

—Me la arrancarás de los labios, Daozhang.

—Sea.

Xiao Xingchen no es sino un hombre paciente.


Al tercer día, sus labios parecen cartón y está demasiado débil. Sus brazos sólo se mantienen alzados gracias a los grilletes, pero sus muñecas están rojas y en carne viva. Cada vez tardan más en curarse.

Oye pasos y ve los faldones de la túnica blanca de Xiao Xingchen, pero no encuentra fuerzas para alzar la cabeza.

El vampiro se acuclilla frente a él y una mano se posa en su barbilla, obligándolo a alzar la cabeza.

—Xue Yang —dice Xiao Xingchen.

Todavía se las arregla para esbozar una sonrisa que más bien recuerda a una mueca.

—Daozhang.

—¿No te has cansado de sentir la sed?

Intenta sacudir la cabeza, pero la mano de Xiao Xingchen en su barbilla es más fuerte. El vampiro se queda observándolo un momento y entonces parece decidir algo. Xue Yang sólo puede pensar en la sed y en la furia. Ya no caben demasiadas cosas dentro de su mente.

—Daozhang…

No alcanza a ver lo que hace. Busca algo entre sus ropas —metálico, pequeño— y lo pasa por su mano. Xue Yang no ve cuando lo guarda, porque algo más inunda sus sentidos. El aroma más hermoso que ha percibido nunca.

La mano vuelve a su barbilla y lo obliga a alzar la cabeza.

Y entonces la otra se acerca y se le olvida la furia. La sed y la sangre inundan todo.

—Bebe —dice, lejana, la voz de Xiao Xingchen.

Pone su otra mano, con una herida abierta, sobre sus labios. Y Xue Yang prueba la sangre del vampiro y lo siente como el elixir mismo de la vida. Sus labios partidos y acartonados vuelven a la vida tan sólo un momento y su garganta seca y desesperada se deleita con aquel líquido.

Sin embargo, termina demasiado pronto.

Xiao Xingchen retira su mano antes de que haya podido recuperar sus fuerzas y Xue Yang siente que queda más sediento que antes. Apenas una probada no basta; si acaso, lo hace desear más, beber hasta saciarse, hasta que no quede nada, hasta que toda la sangre que le ofrece Xiao Xingchen esté en su cuerpo.

Su propio instinto lo traiciona, intentando seguir el rastro del líquido.

Xiao Xingchen esconde la mano, la aleja de su alcance.

—Suficiente —declara.

—Daozhang…

Y la palabra deja sus labios como una súplica.

—Dije que ibas a sentirlo, Xue Yang. Te hace falta conocer el remordimiento.

Cuando Xiao Xingchen sale, todavía suena la risa de Xue Yang tras de él. Risa desesperada, risa hueca, carcajada inaudita. Daozhang se marcha, pero la sed se queda con él.


A veces Xiao Xingchen deja salir comentarios que Xue Yang no comprende. «Zichen sugirió que quizá sería buena idea sacarte los colmillos». Lo dice con la mano en su barbilla, obligándolo a alzar la cabeza. Xue Yang lo encara pensando que se encontrará con una mirada calculadora, que está de verdad considerando someterlo al suplicio que supone que le vuelvan a crecer esos dos dientes, pero tan sólo se encuentra con la mirada amable y benevolente de toda la vida. «¿Lo harás?». Y Xiao Xingchen esboza algo que parece la sombra de una sonrisa amable y piadosa. «No soy cruel, Xue Yang».

Ni siquiera le parece irónico.

Xiao Xingchen pasa un dedo por su mejilla.

—Sólo puedes entender así lo que significa estar cerca de la muerte —dice—; es la única manera en la que puedo hacerlo sin hacerte daño.

«Más daño», entiende Xue Yang.

—Esto no es lo que sintieron los Chang. —Le cuesta escupir las palabras—. Ellos murieron en medio del terror. Esto no es…

«… nada».

No termina la frase.

La mano de Xiao Xingchen vuelve a acariciar su mejilla, como si buscara curarlo de todos los males. Es una caricia amorosa y Xue Yang no sabe qué hacer ante ella.

—Es tan solo lo más cercano, Xue Yang. Si lo sientes, entonces…

—No me arrepentiré, Daozhang. No de los Chang.

Y por primera vez, le parece observar algo triste tras los ojos de Xiao Xingchen. Es sólo una sombra lejana, curiosa. No es su melancolía común: es genuina tristeza.

—¿Y de mí, Xue Yang?


«¿Y de mí, Xue Yang?»

Lo oye en medio del delirio porque la voz de Xiao Xingchen no lo abandona.

«¿Te arrepientes de lo que me hiciste, Xue Yang?»

Siente que está en medio de un sueño cuando consigue conciliar el sueño. Con las manos arriba, las rodillas en carne viva, la cabeza caída y los labios partidos. A veces se le aparece Xiao Xingchen lleno de sangre y sonríe y sus labios se parten en dos como si fueran a pronunciar su nombre.

—Xue Yang.

Y esa ya no es la voz del delirio ni de los sueños.

Intenta alzar la cabeza, pero no tiene la fuerza suficiente. Es una de las manos de Xiao Xingchen la que la levanta.

—Daozhang —dice, con la voz medio partida cuando la otra mano se posa en sus labios y deja caer unas cuantas gotas de sangre. Xue Yang las saborea como si acabara de encontrar un oasis, pero Xiao Xingchen nunca lo deja beber demasiado. Nunca es suficiente para recuperarse.

Hay una pausa en la que no alcanza a ver el rostro de Xiao Xingchen y su cabeza cae pesadamente otra vez, hacia abajo y sus ojos quedan fijos en el suelo. Y luego, unos dedos acarician su mejilla.

—Xue Yang —repite la voz de Xiao Xingchen.

Y esa vez lo hace con ternura y Xue Yang se la bebe toda.

(Nunca ha oído realmente ese nombre pronunciado con ese tono, ni siquiera de los labios de la madre que no recuerda).

—Eres cruel, Daozhang.

Los dedos aun recorren su mejilla.

—Intentaste matarme. —Xiao Xingchen se acuclilla ante él y por fin le distingue la cara: los ojos, los labios, la nariz. No pierde su porte, aunque Xue Yang piensa que hay una sombra vulnerable en sus ojos, como si le doliera todo aquello—. Tengo que asegurarme de que no vuelva a suceder.

—Me abandonaste, Daozhang.

Es la queja de un niño pequeño, con un tono más chillón y más desesperado que antes. Está perdiendo el control y eso le duele. Antes siempre lo mantuvo. Incluso amarrado, encadenado, incluso de rodillas. Pero Xiao Xingchen se lo está quitando, poco a poco, con los dedos que le acarician la mejilla.

Xiao Xingchen pasa un rato sin decir nada.

Su dedo recorre en círculos la mejilla de Xue Yang. Aquel gesto no se parece a la mano que presiona su cuello, pero tiene un efecto similar.

—Podrías terminar con esto.

Xue Yang se ríe.

—¿Quieres que te suplique, Daozhang? —Esboza una sonrisa de lado y hace un esfuerzo por alzar la cabeza.

Xiao Xingchen aprieta los labios. No dice nada. Pero el gesto lo traiciona.

«Sí».

La carcajada de Xue Yang retumba en la habitación y Xiao Xingchen no se atreve a decir nada más. Se queda en silencio, mirándolo, con los labios apretados, sin atreverse a dar un solo paso. Ni al frente, ni detrás. No huye, pero tampoco se acerca. Parece incluso calculador, lo cual es extraño para él.

—Ah, Daozhang…

Cuando la risa termina, esboza una sonrisa torva, medio de lado, y ladea la cabeza.

—Sólo tenías que pedirlo por favor.

Es cuando por fin se acerca. Xue Yang no alcanza a ver lo que está haciendo pero escucha el movimiento de las cadenas. No está preparando cuando caen y cae con ellas. No tiene suficiente fuerza como para mantenerse sin su ayuda.

Alcanza a ver a Xiao Xingchen marcharse.

No vuelve en varios días.


No hay dolor que se compare con la sed. Después de un rato, Xue Yang comprende que no importa cuántas veces lo hieran, nada será como la sed. Esa duele dentro, en lo más profundo de las entrañas y no existe nada que la alivie. Le quita la esperanza poco a poco, se la arranca de las entrañas como si alguien lo hubiera abierto en canal y le estuviera sacando los órganos uno a uno. Como si le estuvieran rompiendo los huesos uno a uno.

No le cuesta volver a sentirse abandonado en aquella oscuridad, donde la soledad sólo responde con silencio.

Y es que siempre ha sido eso, ¿no?

Un niño abandonado.

Un niño hambriento de que aprovecharse.

Un niño que va allá a donde se lo lleven, porque la palabra «hogar» nunca le evocó nada.

El niño que los cazadores entrenaban porque odiaba suficiente a algunos vampiros como para que consideraran que tenía potencial. El joven que los vampiros usaron porque no tenía lealtad alguna y se sabía algunos de los trucos del Yiling Lazou, eternamente fascinado con su figura y su leyenda.

Xiao Xingchen no vuelve en días.

Xue Yang lo añora y lo odia en el mismo segundo. Cabe todo en la misma fracción de tiempo. Desea tenerlo y desea despegárselo de la piel para siempre. Lo tiene adherido desde la primera vez que lo vio en Jinlintai, cuando Jin Guangyao le advirtió que no debía obsesionarse con él.

Cuánto tiempo ha pasado desde entonces.

Cuántas veces ha huido y vuelto a los Jin.

Cuánto.

—Xue Yang.

No sabe si la voz es o no es un delirio producto de la sed.

—Por favor… —murmura.

«Piedad», es la palabra que no alcanza a decir cuando unos brazos lo envuelven. La sed es lo que finalmente rompe en mil pedazos a Xue Yang. No se reconoce en aquel delirio, con aquella voz tan rota. Espera que una mano se extienda para alcanzarlo, pero en realidad son los brazos los que lo acunan.

—Xue Yang —repite la voz.

—Daozhang. —Xue Yang se esconde de su cuello y es al aspirar su aroma que comprende que sí se arrepiente de haberlo apuñalado. Que lo hizo desde el momento en que vio su sangre y que el cuchillo de cazador entró en su carne. Probablemente Xue Yang no conozca el arrepentimiento otra vez, no de aquella manera, pero es ahí cuando lo inunda—. Lo siento, Daozhang. Por favor…

«… no me abandones».

Las palabras nunca llegan a sus labios.

Demuestran demasiada vulnerabilidad, incluso para él, incluso entre los brazos de Xiao Xingchen.

—Xue Yang —dice la voz, más amable esta vez—, bebe. No me iré. Lo juro.

Y Xue Yang alza la cabeza y ve la curva del cuello de Xiao Xingchen, expuesta, sólo para él.

Daozhang lo aprieta contra sí y Xue Yang muerde.


Notas de este capítulo:

1) No sé cómo explicar este capítulo. Sólo que tenía que romper al psycho local como pudiera. Y la sed de los vampiros es perfecta para eso.

2) No sé a donde va la historia, sólo sé que XXC gotta tame the brat.

Andrea Poulain