Capítulo 11: Piedad

I wish I had an angel
For one moment of love
I wish I had your angel
Your Virgin Mary undone
I'm in love with my lust
Burning angel wings to dust
I wish I had your angel tonight

I Wish I Had an Angel, Nightwish


No le quitan los grilletes cuando vuelven a dejarlo en las habitaciones de Xiao Xingchen.

Xue Yang sospecha que no lo consideran ni humano ni vampiro ni ninguna clase de criatura que respeten. Para ellos es tan sólo un monstruo como los que masacran para protegerse y proteger a las poblaciones humanas. Lo dejan con los grilletes, aunque le retiran los talismanes que después los ve poner en el marco de la puerta para que no pueda salir de allí. Pero no lo intenta. Acepta su reclusión y a todos les parece algo sospechoso.

Xue Yang no los culpa.

Pero todavía no es contra ellos su furia.

Todavía.

Llegará un día en que Xiao Xingchen no se encontrará en el templo y el podrá escabullirse. Llegará un día en que las llamas lo cubrirán entero y Xue Yang lo sellará por fuera para que ningún vampiro pueda escapar.

Pero hoy no es ese día y se conforma con esperar.

Las horas corren y se acerca la mañana. Queda poco de la madrugada cuando Xiao Xingchen entra por la puerta. Lleva una venda blanca que le cubre las cuencas de los ojos que ya no están en su rostro.

Xue Yang pensó que se le lanzaría encima con furia cuando lo viera por primera vez sin ellos, pero no lo hace.

Se queda congelado viéndolo a lo lejos.

La venda, la confirmación de que realmente lo hizo.

Xue Yang creyó que lo destrozaría a él. Que volvería a dejarlo prácticamente morir de hambre y conseguiría que suplicara desesperado de nuevo, aunque le tomara más tiempo. Creyó que Xiao Xingchen sería capaz de acercarlo a la muerte y él aceptaría la penitencia por que era Daozhang y no mentía la vez que le dijo que lo aceptaría si se trataba de él.

Xue Yang creyó que su furia sería infinita y que caería toda sobre él.

No que Xiao Xingchen se sacaría los ojos para ofrecerlos a otro por lo que Xue Yang había causado.

«Seré tu perro guardián», había dicho Xue Yang.

—¡Maldita sea! —grita cuando por fin reacciona.

¿Quién paga la penitencia cuando se hace responsable de las acciones de un perro guardián?

Tuvo que haberlo visto desde el principio; al menos sospechado.

El dueño del perro guardián que ha pecado se hinca siempre para pedir perdón. Hace todo lo posible para evitar su sacrificio.

Y Xue Yang se le lanza encima con toda la furia de la que es capaz porque no se supone que Xiao Xingchen sea dañado en su nombre. Él no es la escoria, él no es quien debería sufrir. Xue Yang clavó en él su mirada porque parecía perfecto con su piel clara como porcelana y su rostro afilado, casi de tipo aristocrático, sus ojos rasgados, pero siempre muy abiertos, amables incluso ante la crueldad desmedida. Sus ojos grandes, del mismo color que la tierra húmeda un día de lluvia que deja detrás de sí ese olor que Xue Yang algunas veces es capaz de asociar con la tranquilidad.

Cree que logrará dar el golpe, pero los sentidos de Xiao Xingchen son más agudos de lo que espera.

Con una mano detiene su puño y con la otra lo empuja hacia atrás. Apenas si hace esfuerzo, aunque Xiao Xingchen no pueda verlo.

Xue Yang termina siendo empujado contra la pared; su espalda se estrella con un golpe seco y su cuello da un coletazo que acaba por sentir en su cabeza.

—Para, Xue Yang —ordena Xiao Xingchen.

—¿Cómo…?

—Mi maestra —empieza Xiao Xingchen— decía que había que cultivar todos los sentidos para poder desenvolverse en el mundo, incluso en las peores circunstancias.

Son esras acaso las peores circunstancias, Daozhang. Tiene la pregunta en la punta de la lengua y no se atreve a hacerla.

—Tuve que pagar tus destrozos, Xue Yang —musita Xiao Xingchen y por primera vez es consciente de que la fría furia del vampiro también lo atemoriza—. Ojo por ojo.

—Podrías haber entregado los míos.

—Eso sería cruel —dice Xiao Xingchen—; un perro guardián debe poder ver para anticipar el peligro que le ocurrirá a su amo, Xue Yang.

Traga saliva.

—¿Qué se siente, Xue Yang? —sigue Xiao Xingchen, sin darle tregua—. ¿Qué se siente saber que lo hiciste por salvarme y aún así no salí ileso? ¿No duele? —Con una mano aferra la barbilla de Xue Yang y lo obliga a alzar la cabeza hasta que a Xue Yang no le queda más remedio que ver la venda y ver la sangre que todavía la empapa en las orillas; con la otra aprieta su cuello—. Es un buen castigo, Xue Yang. Para alguien que no tiene consideración por su propia integridad, como tú, que sólo te comunicas con el dolor y el castigo; la furia y el odio; para ti, que no conoces la ternura y podrías permitir que te arrancara la piel a tiras antes que suplicar perdón. Es un buen castigo, Xue Yang, si daño aquello que quieres y persigues con más ilusión.

Tiene razón, comprende Xue Yang, palideciendo.

No es sólo el dueño que paga por el perro que arrastra tras él. Es también el hombre cruel que no infringe el castigo sobre el cuerpo del pecador, sino sobre lo que más ama. Comprende también que es una medida desesperada, porque la mano que aprieta su cuello tiembla y el movimiento es apenas perceptible, pero Xue Yang puede sentir el miedo.

—¿No duele, Xue Yang?

Pero el casi escupe las palabras que siguen.

—¡No tenías que hacerlo por mí!

—Ah, Xue Yang. —Y la mano de la barbilla se dirige hasta su mejilla—. ¿Nunca nadie ha hecho nadie amable por ti? ¿Nadie ha aceptado un castigo en tu nombre? Sé que duele. —Hay una pausa—. Sabía que dolería. Sabía que te enseñaría una lección. Pero no lo hice sólo por eso, Xue Yang. —Hay una pausa tensa entre ellos y el silencio amenaza con aplastarlo todo a pesar de que dura tan sólo unos segundos—. ¿Quieres saber por qué lo hice Xue Yang?

Y él duda, porque parece que Xiao Xingchen está decidido a sacarle el corazón a pedazos.

Pero al final, de todos modos contesta.

—Sí.

Sí, Daozhang —corrige Xiao Xingchen.

—Sí, Daozhang.

Y Xiao Xingchen elimina la distancia que existe entre ellos, guiándose con una mano, para poner sus labios cerca de la oreja de Xue Yang.

—Es mi manera de agradecer tu salvación, Xue Yang. Gracias por salvarme, Xue Yang.

Eso es lo que lo destroza. Lo que finalmente lo hace caer por el precipicio. Lo que lo hace apretar los dientes y cerrar los ojos.

Si Xiao Xingchen quería aplastar su corazón tan negro que nunca ha sabido querer bien, lo está haciendo en ese momento. Lo tiene en el suelo, bajo sus pies y parece que se deleita en hacerlo trizas.

—Daozhang…

No quiere imaginar los ojos de Xiao Xingchen en nadie más; ese color café cálido en otro rostro que no mire igual que él le parece algo insoportable.

—Tu castigo está pagado, Xue Yang —dice Xiao Xingchen, y las palabras que siguen duelen más que ninguna otra—: todo está perdonado.

Pero se ve obligado a aceptarlas.

«Si fueras tú, Daozhang, aceptaría el castigo y la misericordia».

Ese es el momento en que las rodillas le fallan. Nunca lo ha hecho totalmente convencido, ni a manera de manipulación; siempre han forzado aquella posición en él o Xue Yang la ha adoptado por conveniencia, incluso a manera de burla, sardónicamente. Pero esa vez sabe que se está postrando convencido, que sí hay algo en Xiao Xingchen que adora de una manera enfermiza.

Las manos de Xiao Xingchen lo sueltan y el cae con un golpe agudo sobre las rodillas.

Sus manos buscan los pies de Xiao Xingchen.

—Aprenderás, Xue Yang —musita el vampiro, poniendo una mano sobre su cabeza—; serás un buen perro guardián.

Después de todo, aquel es un destino elegido.

Daozhang es el único que puede destrozarlo, siempre que prometa estar allí para unir uno a uno los pedazos que queden de Xue Yang.


Xiao Xingchen besa con cuidado y delicadeza, pero deja la piedad para otras circunstancias. Sus labios no le dan tregua a Xue Yang en ningún momento. Lo vuelve a tener con la espalda contra la pared y lo hace alzar la cabeza para cortar de alguna manera el palmo de estatura que le saca. No es mucho, pero se nota cuando están tan cerca y Xiao Xingchen se pega de esa manera a él.

—Daozhang… —musita Xue Yang.

Los dedos de Xiao Xingchen recorren su rostro, buscando cada facción, acostumbrándose a otra manera de encontrarlo, de descubrirlo.

—Sh, Xue Yang. —Y una mano en su cuello. Antes de apretar un poco, para hacer saber su presencia, recorre con las yemas de sus dedos hasta sentir todas sus venas y la manera en la que su clavícula resalta—. ¿No lo dije ya? Todo quedó perdonado.

—Daozhang…

Pero la mano aprieta, diciendo «no hables, no todavía».

—No haré nada que no me permitas —dice Xiao Xingchen—, pero si lo permites… recorreré todo tu cuerpo con mis dedos, mis manos, mis labios. Sentiré tu piel entera hasta que aprendas lo que es la ternura, Xue Yang.

Y él sabe que va a odiar cada segundo de eso.

La mano de Xiao Xingchen que no está en su cuello se dirige hasta la faja de su hanfu.

—Pero sólo lo haré si lo permites.

Y lo jala por la faja para obligarlo a dar una media vuelta, empujándolo hasta la cama, con la que tropieza. Intenta asirse a Xiao Xingchen, pero el vampiro, en cuando comprende lo que está haciendo, no se lo permite. Xue Yang nota que todavía le cuesta reaccionar a algunas cosas sin sus ojos, pero sus manos son rápidas y parece atento a escuchar hasta el menor rumor del viento.

—Así que, Xue Yang, ¿lo permitirás?

Y una mano vuelve a su faja cuando ya está en la cama, a merced de Xiao Xingchen. La otra busca sus manos: primero la izquierda, luego la derecha; luego las sube hasta que encuentra la cabecera.

—Xue Yang —insiste. Quiere oír una respuesta.

Y Xue Yang haría con los ojos cerrados lo que Xiao Xingchen pidiera; incluso lo que no se atreva a pedirle.

—Sí, Daozhang.

—Mantén tus manos en la cabecera —dice Xiao Xingchen.

No agrega nada más. Jala los cordones que mantienen anudada la faja para darle forma al hanfu. Sus manos se mueven entre los ríos de tela hasta que nada cubre a Xue Yang, hasta que está a la merced de las yemas de los dedos de Xiao Xingchen y nada más. No hay ninguna barrera entre su piel y los labios del vampiro, ni de sus colmillos y la manera en que lo rozan sin llegar a morderlo.

Está a su merced y es desesperante.

Primero traza el mapa de su piel con los dedos hasta que casi se lo aprende. Las veces que Xue Yang intenta mover sus propias manos para intentar tocarlo, Xiao Xingchen simplemente las hace volver a la cabecera; algunas veces un tenue «no» sale de sus labios.

Luego recorre parte de su cuerpo con sus labios y Xue Yang comprende que nunca nadie lo ha tocado así.

Conoce muy bien el acero de una daga o de una espada, el beso doloroso del látigo, el roce de una vara de bambú. Conoce los golpes y la manera en que el arroz se clava cuando uno se arrodilla sobre él con las piernas desnudas. Conoce, sobre todo, cómo se siente la rueda de un carro sobre su mano y su dedo meñique, como suenan los huesos cuando los trituran hasta hacerlos polvo, el dolor del puño sobre su rostro.

Entiende ese lenguaje y esa manera de vida.

Pero nadie antes lo había tocado como Xiao Xingchen.

Es doloroso, es insoportable, es desesperante. Y es, quizá, piensa con los labios de Xiao Xingchen sobre sus muslos, lo más hermoso que le ha pasado en la vida.

«Todo está perdonado, Xue Yang».

Las palabras suenan en su mente. Es la primera vez en años que siente ganas de llorar de desesperación. Por las manos de Xiao Xingchen, que no dejan de recorrer su cuerpo con aquella ternura que no recuerda ni siquiera de una madre que quizá tampoco tuvo tiempo de cantar canciones de cuna.

Todo está perdonado.

Y a qué costo.

A Xue Yang nunca se le ocurrió que el precio fuera tan alto, pero tampoco nunca pensó que el perdón para él era posible.

No sabe cómo sentirse al respecto.

(Quizá porque es Daozhang quien lo otorga, quizá porque sólo el suyo le importa, porque no quiere otro, ni lo espera).

Cierra los ojos para evitar las lágrimas traicioneras y ese sabor salado qué dejan. Xue Yang no recuerda la última vez que lloró. Odia ese estado de vulnerabilidad, porque el llanto puede ser también manipulador, pero es desagradable y conduce a un estado de vulnerabilidad que nunca le ha gustado. Aun cuando ha estado de rodillas —especialmente cuando lo estuvo ante Jin Guangshan, a quien más tarde ayudó a asesinar—, siempre tuvo el control, el sartén por el mango.

Pero Xiao Xingchen ha roto cada uno de sus esquemas.

Quizá por eso Jin Guangyao le dijo que no le convenía. «No te obsesiones, Xue Yang».

Y allí está otra vez, con los labios de Xiao Xingchen sobre su rostro, que alcanzan a probar una de las lágrimas que, rebeldes, ya se le han escapado.

—No importa si tengo que unir tus pedazos, Xue Yang —murmura Xiao Xingchen—, la ternura y la piedad también tienen esa ventaja.

Un dedo en su mejilla.

Xue Yang intenta negar con la cabeza; Xiao Xingchen, aún tocando su rostro, entiende el gesto.

—Ah, Xue Yang, no importa. Los perros guardianes también saben de afecto.

Y eso es más insoportable que todo.

Que el hombre que entregó sus ojos a cambio de su integridad y fue castigado en su nombre lo trate de aquella manera.

—Daozhang…

Pone un dedo sobre sus labios.

—Déjame sentirte Xue Yang. —Hay una pausa. Siente demasiado y demasiado poco a la vez. Xiao Xingchen desliza sus uñas por su pecho, sin atreverse a rasguñar, haciendo tan sólo unas cuantas cosquillas—. Permítete sentir. —Los labios de Xingchen en su oreja, de nuevo—. Se llama placer.

—Daozhang.

Se le atraganta la palabra en la garganta y sólo atina a por fin quitar las manos de la cabecera antes de que Xiao Xingchen tenga tiempo de reaccionar y clavar sus uñas en los hombros del vampiro y a repetir la misma palabra, como si fuera una mantra o su vocabulario entero en ese momento.

—Daozhang…


Notas de este capítulo:

1) Ahora sí verdaderamente siento el fic en la recta final. Like, toda la trama era XueXiao siendo tóxicos y caóticos.

2) Siento que realmente el afecto es capaz de destrozar a Xue Yang. No el dolor, porque lo conoce y puede que no le guste, pero lo entiende, sino el afecto, la ternura. No hay más detalles porque no soy mucho de escribir smut, pero imagínense lo más soft y tender de la vida con Xue Yang desesperado porque es medio brat y no es eso lo que quiere.


Andrea Poulain