Disclamer: Todos los personajes y parte de la trama pertenecen a Thomas Astruc y Jeremy Zag, yo solo escribo para divertirme y sin ánimo de lucro.

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Nota: He decidido participar en el reto #MarichatMay porque el marichat es uno de mis shipps favoritos y como el año pasado me quedé sin tiempo, pues espero resarcirme este. Trataré de llegar lo más lejos posible y no retrasarme demasiado a la hora de subir los relatos. ¡Espero que os gusten!

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Maullidos a la Luz de la Luna

(Reto Marichat para el mes de Mayo)

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Día 20: Seguridad

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I.

Adrien Agreste no era un chico que se moviera por presentimientos ni corazonadas, y sin embargo nada más abrir los ojos aquella mañana, tuvo la seguridad de que iba a ser un día duro.

Al posar sus ojos sobre la tinta negra del calendario de su escritorio, sintió algo.

20 de mayo

No era una fecha especial para él, aunque experimentó una leve sorpresa al ver lo avanzado que iba el mes. No es que debiera importarle que los días pasaran a tan deprisa, no obstante al ver el número arrugó la nariz.

Era uno de esos calendarios con palabras y definiciones; una para cada día. No era el regalo más horrible que su padre le había hecho, pero tampoco era de los mejores. En realidad, él solo recordaba un único regalo bueno en los últimos años: su querida bufanda azul.

Adrien se levantó para ir al baño, deteniéndose antes a leer la palabra:

Seguridad: 1. Ausencia de riesgo, la confianza en algo o en alguien. 2. Estado de bienestar que el ser humano percibe y disfruta. 3. Un nivel de riesgos aceptable. 4. Necesidad básica del ser humano.

Todavía adormilado, chasqueó la lengua retomando su camino. No solía cuestionar las definiciones de ese calendario, pero en este caso concreto no le gustó ninguna de ellas.

Y no era de extrañar, puesto que la relación del chico con la seguridad podía calificarse de amor-odio debido a la exagerada importancia que le daba su padre. Las personas quieren sentirse seguras (necesidad básica) como complemento a sentirse felices, pero ese no era su caso.

Para él seguridad era lo mismo que ausencia de libertad, y por tanto, falta de alegría en su vida.

Y esa palabra en su calendario fue solo un pequeño aviso de todo lo que vendría.

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II.

La mañana en el instituto transcurrió con una cierta normalidad para él hasta que a la hora del almuerzo tuvo que recoger sus cosas para ir a comer a su casa. Su padre no le permitía comer en la cafetería de la escuela con sus amigos, sino que le hacía ir y venir; y no era porque deseara que ambos comieran juntos. Si hubiese sido por eso, a Adrien no le habría importado.

Había otra razón, la misma de siempre.

Es por tu seguridad, Adrien.

Debía comer en su casa, solo el menú que su padre ya había elegido para él.

Estaba resignado a esta particularidad y apenas le prestaba atención, porque intentar luchar contra este tipo de situaciones era inútil. Sin embargo, había días en que era más difícil que otros.

—Hoy tampoco te quedas a comer aquí, ¿no?

El chico, semi oculto tras la puerta de la taquilla mientras fingía ordenar las cosas en su mochila, alzó los ojos cuando Marinette le habló. No pudo evitar sorprenderse pues la chica había estado algo distante con él los últimos días.

—Ah… no. Me tengo que ir a casa.

Había estado haciendo tiempo mientras ella guardaba sus cosas, observándola por el rabillo del ojo, con la débil esperanza de que se le cayera algo para así poder recogerlo y quizás, rozarle la mano al devolvérselo.

Como Chat Noir llevaba esos guantes que le impedían rozar de verdad la piel de la chica y como Adrien tenía que buscar excusas tontas para hacerlo, aunque fuera solo un segundo.

—Mi padre cree que sería malo para mi dieta —Le explicó, deseoso por continuar con la conversación—. Es muy estricto con la alimentación.

—Bueno… seguro que la comida de tu casa está más rica que la de aquí —comentó ella. Adrien sonrió a medias.

—No te creas…

Todo provenía de un cattering muy caro que su padre tenía contratado, de un restaurante exclusivo que no se caracterizaba por preparar comida casera.

Marinette, más habladora que de costumbre, separó los labios para decir algo más pero entonces las puertas del vestuario se abrieron.

—¡Oh, hola Marinette!

Adrien giró la cabeza y al principio, no reconoció al chico que asomaba medio cuerpo por el umbral, aunque su rostro le resultó familiar. Marinette en cambio sonrió al verle.

—¡Hola, Claude!

¿Claude? Pensó él. El nombre también le sonaba pero… ¡Ah, claro! Entonces recordó y frunció el ceño.

Claude, el graciosillo…

—¿Qué te parece si comemos juntos y adelantamos los detalles de la fiesta? —propuso el recién llegado.

—¿Fiesta?

—El instituto organiza una fiesta de fin de curso adelantada —Le explicó Marinette—. Es que van a hacer obras de remodelación aquí el mes que viene.

. Iban a empezar en verano, pero para que todo esté listo para el próximo curso tienen que empezar antes.

—Va a ser un lío bestial —añadió Claude—. El director quiere hacer la fiesta antes de que los obreros traigan los materiales, las maquinas…

—Ah, entiendo —Arrugó la nariz, para después mirar a uno y a otro—. ¿Y lo estáis organizando vosotros dos… juntos?

—Nosotros y el resto de delegados —contestó Marinette. Cerró su taquilla y se echó la mochila al hombro—. Pero falta muy poco tiempo y queda mucho por hacer…

—¡Por eso hay que aprovechar hasta el último minuto libre! —Claude parecía muy emocionado por tales circunstancias. Sonrió, con esa gran dentadura destellando reflejos blancos y le dedicó un gesto de cabeza—. ¡Hasta la vista, Agreste!

. ¿Nos vamos?

Marinette asintió y se volvió una última vez para despedirse con la mano del chico.

—Hasta la tarde —le dijo y Adrien sonrió.

La puerta se cerró tras ellos y él apoyó la espalda en su taquilla, fastidiado. Se había olvidado por completo del tal Claude, pero por lo visto Marinette y él pasaban juntos mucho tiempo organizando la fiesta.

Era normal, siendo ambos delegados…

Y para colmo, él siempre tenía que irse a otro lugar. Nunca estaba presente, por eso ni siquiera sabía que había una fiesta en marcha.

Un tanto deprimido, y aprovechando que no había nadie más, sacó su móvil y buscó la fotografía de Marinette y él. Nada más verla se sintió un poco mejor, una alegría familiar se extendió por su pecho.

No importa se dijo. Aunque no pueda estar con ella todo el tiempo… Trató de consolarse. Quizás hubiera algún akuma esa tarde y se verían; ahora que sabía que Marinette era su lady se multiplicaban las oportunidades de verse.

Y si no, esa noche la vería en el café.

No tenía razones para estar molesto, en realidad. Entre el instituto, los ataques de Lepidóctero y el café, pasaba casi todo el día con ella. Claro que dependiendo del momento su relación era totalmente distinta…

—No deberías mirarla aquí —le aconsejó Plagg, asomando la cabeza por el borde de su chaqueta—. Como Marinette te descubra…

. No sé si es seguro que la tengas ahí guardada.

Adrien hizo una mueca, aunque sabía que llevaba razón. Le gustaba saber que la foto estaba en su móvil y que podía mirarla cuando quisiera, en cualquier momento en que sintiera que necesitaba recordar que tenía algo bueno en su vida.

Pero es verdad pensó, apesadumbrado. No es nada seguro.

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III.

Adrien creó una carpeta especial para la fotografía en su ordenador.

Le puso un nombre neutro (trabajos de clase) y la colocó un par de candados que solo se abrían por medio de códigos numéricos. Se aseguró de usar combinaciones de números al azar; nada de fechas especiales o cosas así, y los memorizó. Después, subió la carpeta a un sistema de almacenamiento en la red que no dejaba rastro en el ordenador y, con gran dolor, borró la imagen de su teléfono.

Se sintió satisfecho por su trabajo, pero en el último minuto cedió a la tentación de imprimir una copia en papel. También contaba con un escondite especial para ella.

Una caja fuerte que había comprado en secreto y donde guardaba la cajita hexagonal donde encontró el prodigio de Plagg, algunas fotos de su madre y otros objetos importantes. También estaba protegida por varios códigos de números (que iba cambiando regularmente) y la había disimulado, de un modo bastante acertado, entre los innumerables discos y libros que tenía en la estantería.

Con la fotografía en su mano se sintió de pronto más acompañado que antes. Deseó dejarla a la vista, quizás en su mesilla o en el escritorio; en algún lugar donde pudiera mirarla y sentir que la presencia de Marinette le acompañaba en su enorme habitación, en su gran casa vacía.

No es posible se dijo, apretando los párpados. Sería terrible que alguien más la viera.

Se disponía a subir al piso superior cuando escuchó pasos acercándose a su puerta, que se abrió sin una llamada previa de modo que apenas tuvo tiempo para esconder la foto en uno de sus libros de clase y disimular.

—Adrien, date prisa —le urgió Nathalie, mostrando su rostro impasible—. Tu padre te espera.

—¿Hoy comeremos juntos?

—Sí, tiene algo que decirte.

—Vale… —guardó silencio, a la espera de que la mujer saliera para poder esconder la foto, pero ella no se movió. Al parecer le escoltaría hasta el comedor—. Voy.

Atravesaron la gran casa y cuando llegaron al amplio comedor de paredes blancas y molduras negras, Gabriel Agreste ya estaba sentado en su lado de la mesa. El plato de comida estaba intacto, el tenedor reposaba sobre la servilleta doblada y el hombre miraba con interés algo en su Tablet. No levantó la vista cuando su hijo le saludó, ni cuando se sentó e hizo un ruido pesado con la silla, tampoco cuando empezó a comer.

Casi había terminado el postre y la hora de volver a clase se acercaba, cuando el adulto parpadeó y se aclaró la voz.

—¿Recuerdas el evento que tenemos esta tarde, hijo? —le preguntó.

—Sí, una fiesta en un consulado de…

—Habrá una cena a las ocho y media para los invitados y después, se llevaran a cabo unas conferencias —continuó. Su rostro neutro apenas cambiaba al hablar, era como una estatua con la boca entreabierta de la cual escapaban palabras—. Había pensado que tú regresaras antes y cenaras aquí.

—Sí, por mi dieta…

—Pero he cambiado de opinión —replicó, de manera sorprendente—. Cenarás conmigo y permanecerás a mi lado el resto de la noche.

—¿En… serio? ¡Vaya, eso es…! —De pronto, la voz de Adrien se cortó. ¿El resto de la noche?—. ¿Cuánto tiempo se alargará el evento?

—No más tarde de la medianoche.

¿Medianoche?

Hizo una mueca, soltando el tenedor. Plagg se revolvió en su bolsillo, sobre su pecho, al mismo tiempo.

—¿Y no sería mejor que yo volviera antes, como pensaste? —sugirió Adrien, tratando de no sonar muy ansioso—. Es que tengo deberes y trabajos que hacer…

—No voy a enviarte solo en el coche en medio de la noche, Adrien —le espetó el hombre sin siquiera pensárselo—. Hay cada vez más akumatizaciones por ahí. Prefiero que estés conmigo todo el tiempo.

. Es por tu seguridad.

La frase final, el chico sabía que una vez que esta era pronunciada, ya no podía hacerse nada más.

—Sí, padre.

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IV.

Adrien se pasó ensimismado todas las clases de la tarde. Ni siquiera escuchar la clara vocecilla de Marinette a su espalda le ofreció el suficiente consuelo como para sacarle de ese estado de apatía.

Regresó a su casa arrastrando los pies y se encerró en su habitación. Comprobó que su padre ya le había dejado la ropa que debía lucir esa noche sobre la cama.

No tengo mucho tiempo, se dijo al ver las prendas.

Frente a él se planteaba un problema que debía solucionar como fuera, pero los planes maravillosos eran cosa de su Lady, de modo que tuvo que acudir al único otro ser del mundo que podía ayudarle. Se arriesgaba, eso sí, a que la solución que le diera fuera demasiado temeraria o, en el peor de los casos, absurda.

—Plagg —Le llamo y el Kwami acudió con esa expresión indolente de aburrimiento tan suya. Entonces, le mostró dos ruedas completas del más delicioso y oloroso camembert que pudo encontrar y los ojillos de la criatura se abrieron de par en par—. Tengo un problema.

—¡¿Qué dices?! ¡Tienes queso! —Aspiró su aroma y suspiró sonoramente—. Los problemas no existen cuando hay camembert…

—¡Plagg, necesito ayuda!

—¡Qué exagerado eres! —rebatió el otro—. Tan solo llegarás un poco más tarde de lo normal a la cita con tu novia.

Sí, era verdad. Medianoche era, más o menos, la hora a la que quedaba con Marinette en el café. Probablemente solo se retrasaría un cuarto de hora y eso no era tanto como para que ella fuera a preocuparse. Pero había otro detalle por medio; era de vital importancia que él llegara a la cita antes que ella.

—Uhh… ¿y eso por qué? —Se burló el Kwami que, obviamente, conocía la respuesta pero quería divertirse a su costa—. ¿Será para que no descubra tu vergonzoso secreto?

—¡No es vergonzoso!

—¿Y por qué no se lo cuentas?

Vale, sí que era un poco vergonzoso.

Desde hacía unas pocas noches, Chat Noir regresaba al café después de separarse de Marinette para coger la manta que ella le había bordado y sobre la que ambos dormitaban en sus siestas, y se la llevaba consigo a casa.

La primera vez lo hizo porque el cielo estaba cubierto de nubes y no quería que algo tan preciado para él se estropeara por la lluvia. Era tan suave y cálida que se la echó por encima para dormir y entonces, descubrió que la prenda estaba impregnada por el aroma de Marinette, ese que él tanto adoraba.

Adrien había comprobado que durante sus siestas en el café sus recurrentes pesadillas no aparecían, lo cual, había decidido, era debido a que Marinette dormía entre sus brazos. Lo más curioso era que, desde que dormía con su manta las pesadillas tampoco le atormentaban en su casa.

Así que la había seguido haciendo.

Por las noches se tumbaba con la manta entre sus brazos, pegada a su nariz y lograba dormir del tirón, sin ningún malestar. Sabía que era una conducta un poco extraña; por eso iba al café antes y regresaba la manta a su lugar. Pero esa noche no podría hacerlo si tenía que quedarse en el evento con su padre.

Marinette llegaría primero, no encontraría la manta y cuando le preguntara…

—Tengo que devolverla a su lugar antes de que ella llegue, Plagg…

El pequeño espíritu chistó.

—¿Por qué me toca a mí arreglar todos los problemas? —Se preguntó. Actuaba con exagerada teatralidad, de modo que Adrien le dio tiempo para que se llenara el estómago y cuando estuvo empachado y satisfecho, sus pupilas verdes brillaron con esa chispa de astucia y maldad—. ¿Por qué no te llevas la manta al evento ese? ¡Y a la mínima oportunidad que tengas te transformas en Chat Noir y vas a dejarla en su sitio!

—¿Con mi padre delante?

—Ya sabes que al principio no te quita los ojos de encima. Pero luego siempre se escabulle a algún rincón para que nadie le hable y se olvida de ti…

—¡Plagg!

—¡Perdón! Quiero decir que se olvida de que te tiene que vigilar…

Todavía con los labios fruncidos por el enfado, Adrien meditó el plan. Lo que el Kwami había relatado pasaba con bastante frecuencia cuando acompañaba a su padre a fiestas y reuniones sociales. El hombre se agobiaba rápido al estar rodeado de tantas personas desconocidas y acababa retrayéndose.

¡No es que se olvidara de él!

Pero esa incomodidad que atrapaba a su padre cuando había tanta gente… podría resultarle útil para escaparse.

Era arriesgado, pero tampoco demasiado.

La seguridad también es encontrar un nivel de riesgos que sea aceptable… ¿verdad?

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V.

Adrien se vistió deprisa y guardó la manta en el maletero del coche antes de que su padre le llamara para irse. No tuvo dificultades, y para cuando ambos iban rumbo al evento, el chico se sentía más confiado con su plan.

El evento comenzaba a las seis de la tarde, así que calculó que para las siete o siete y media, su padre ya estaría lo bastante agobiado como para que pudiera escabullirse de su atenta vigilancia. Iría a la azotea como astrocat, colocaría la manta en la hamaca y regresaría a toda velocidad.

Apenas sí tardaría unos minutos y el problema estaría resuelto.

Saldrá bien se repetía, como un mantra, mientras penetraba junto a su padre en el enorme hall del consulado. El corazón le brincó feliz al ver la enorme cantidad de invitados que había por allí. Miró de reojo a su padre y ya apreció un rictus en su semblante, y el movimiento nervioso de sus manos colocándose la corbata una y otra vez.

No le gustaba ver a su padre pasarlo mal, pero al menos esta vez era por una buena causa. Quizás no buena, pero sí necesaria.

Se mantuvo a su lado un rato. Siguiéndole allá a donde iba y saludando con educación a las personas que se iban encontrando; todos querían hablar con el gran Gabriel Agreste pero acababan conversando con su hijo cuando este les respondía con su inevitable sequedad.

En un momento dado, Adrien se quedó paralizado al ver a lo lejos a Kagami. Por supuesto, ella también solía acompañar a su madre a esos actos. No movió un músculo hasta que la joven le vio. Entonces se miraron a través de la sala llena de gente y Kagami le hizo un gesto con la cabeza. Algo despegado y frío, pero que expresaba un saludo cordial. Él respondió con la mano y una sonrisa, pero la chica se alejó.

Vaya…

Sin embargo, aquel pequeño despiste hizo que su padre aprovechara para escabullirse a un rincón y ponerse a revisar su móvil, espantando a la gente que se le acercaba con una mirada helada.

—Es el momento, chico —le aconsejó Plagg. Y él asintió.

Abandonó la sala a paso ligero y después el edificio, rumbo al aparcamiento para recuperar la manta del coche. Tardó unos minutos en encontrarlo pero después todo fue más fácil.

Se transformó en Astrocat y surcó los cielos rumbo a su café secreto. Estaba vacío, por supuesto, era demasiado pronto. Colocó la manta en su lugar y se marchó igual de deprisa. Cuando aterrizó de nuevo junto al coche de su padre y comprobó que había tardado menos de siete minutos, sintió un profundo alivio recorrerle el cuerpo.

Por una vez las ideas de Plagg tienen éxito pensó.

Se deshizo del traje de Astrocat y mientras buscaba un lugar donde transformarse, sus orejas captaron unos pasos sobre la grava del suelo.

—¿Chat Noir? —Una voz conocida le habló—. ¡Vaya! ¡¿Qué haces por aquí?!

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VI.

No puede ser se dijo el héroe. Esta vez reconoció la voz y después el rostro, de inmediato.

Se dio la vuelta y allí, en medio del aparcamiento del elegante consulado, se encontró con Claude Bonnet. Parecía que acabara de materializarse allí, entre los coches que costaban miles de euros y las farolas decoradas con relieves y estatuas en miniatura que iluminaban el camino a la entrada.

Chat Noir se mantuvo estirado, confuso y consciente de que debía volver junto a su padre antes de que este notara su ausencia.

—¡Hola! —saludó. Miró a todos lados y señaló al edificio—. ¡Bonita fiesta!

—No sé, no he podido entrar —le respondió el otro—. He venido a acompañar a mi padre, es el aparcacoches…

—Ah…

—¿Tú estás invitado? —le preguntó, entonces—. ¿O acaso hay algún akuma por aquí?

—No, no, no es nada de eso —contestó Chat—. Solo estaba en una de mis patrullas diarias. Asegurándome de que todo está bien —Claude asintió—. Aunque ya debo irme, Ladybug me espera.

. ¡Hasta otra!

—¡Espera! —Le detuvo justo antes de que saltara. Chat Noir resopló y se volvió de nuevo—. Se me ha ocurrido algo… ¡Ladybug y tú podríais venir a la fiesta de mi instituto!

—¿Qué?

—Verás, yo estudio en el Françoise Dupont —Le explicó, acercándose más a él. La luz amarilla de las bombillas rociaron su rostro y Chat Noir vio de nuevo esos dientes tan blancos y grandes que hacían imposible que se fijara en otra cosa—. Lo conoces, ¿verdad?

. Creo que ha habido bastantes akumatizados allí.

—Sí, me suena.

—Vamos a dar una fiesta de fin de curso en unos días y sería una pasada si Ladybug y tú acudieseis —Le propuso—. ¡A la gente le encantaría veros por allí!

Por un instante… Chat Noir consideró esa idea. Ladybug, es decir Marinette, tendría que estar allí como delegada organizándolo todo, pero si él acudía como el héroe le daría una sorpresa. ¡Y sería totalmente seguro puesto que le habría invitado uno de los organizadores!

Recordó lo que la chica le dijo sobre los mimos en el instituto…

—Es que… sería genial si yo lograra que los héroes fueran a la fiesta —continuó Claude, llamando su atención. Su expresión socarrona se había diluido en una más prudente, aunque ilusionada—. Verás… hay una chica a la que me gustaría impresionar.

Las orejas de Chat Noir se estiraron, al tiempo que un escalofrío le recorría la espalda.

—¿Una chica?

—Sí —El otro se estiró, balanceándose sobre sus pies—. Me gusta desde hace mucho pero nunca pude intentar nada con ella.

. Pasó mucho tiempo enamorada de otro chico, no tenía ojos para nadie que no fuera él y después, empezó a salir con otro. Pero creo que rompieron hace poco y… bueno, este podría ser mi momento.

—No.

Claude dio un respingo, confuso.

—¿No… qué?

Chat Noir apretó los puños, pero se cuidó de no decir nada de lo que pensaba.

No, Claude, no es tu momento pensó, molesto. No, Claude, no te voy a ayudar a que impresiones a Marinette. ¡Porque era obvio que hablaba de ella! No, Claude, olvídate de todo eso porque no pasará.

—Ladybug y yo nos dedicamos a proteger la ciudad de Paris —Le respondió, cuando pudo controlar el tono de furia de su voz—. No podemos perder el tiempo en fiestas de instituto, mucho menos porque tú quieras impresionar a una chica.

—¡No sería solo por eso!

—La seguridad de los parisinos es algo muy importante —continuó, sin dejarle hablar—. Ahí fuera hay un villano que nos amenaza a todos y solo nosotros podemos detenerlo.

. No es algo para tomar a broma.

Claude guardó silencio y Chat Noir recordó a su padre.

¡¿Cuánto tiempo había pasado ahí fuera?!

—Tengo que irme —anunció—. Hay asuntos más urgentes que debo atender.

Sacó su bastón y pegó un salto hasta lo alto del edificio.

Se descolgó por una de las ventanas y ya en el interior, se convirtió de nuevo en Adrien. Echó a andar, buscando las escaleras que le llevarían a la planta baja, a toda prisa. Plagg se enganchó a la solapa de su chaqueta para no salir volando.

—Vaya, vaya —siseó en voz baja—. Se lo has dejado bien claro, ¿eh?

—¿Y qué querías que hiciera? ¡Estaba hablando de Marinette!

—No ha dicho su nombre.

—¡Era obvio! —replicó Adrien, agitado—. Ya sé que Claude no sabe que Marinette y yo estamos juntos pero…

Puede que se hubiera pasado un poquito de la raya pero no había podido evitarlo.

Alcanzó la última planta por fin. Acaba de pisar la moqueta que cubría el suelo del hall cuando alguien gritó su nombre.

—¡Adrien! —Se dio la vuelta y vio a su padre yendo hacia él con fuertes zancadas—. ¡¿Dónde te habías metido?!

—Eh… en… el baño.

—Nos vamos de aquí —anunció de repente.

—¿Cómo? —Gabriel le cogió del brazo y empezó a tirar de él. El chico trastabilló y a punto estuvo de caerse por seguirle—. Pero… si no hemos cenado… ¿qué ha pasado?

Pero la expresión malhumorada de su padre y la rigidez de sus gestos hablaban por sí solos. Debería haber previsto que no soportaría tanto tiempo entre desconocidos.

Estupendo pensó él, metiéndose en el coche de nuevo. Tanto lío para nada.

Se había arriesgado de la manera más tonta para volver a su casa con tiempo de sobra para la cita en el café secreto. Se podría haber ahorrado la carrera y el momento incómodo con Claude.

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VII.

Cuando horas más tarde, Chat Noir aterrizó sobre la azotea y se quedó mirando la hamaca, le pareció oír una risita en el viento que se burlaba de él. Avanzó con una mueca de agotamiento terrible en su rostro y se dejó caer sobre ella.

Resopló, dejando que sus brazos y piernas asomaran por los bordes, deteniendo el movimiento brusco de esta. Descansó así por unos minutos y cuando esa calma se extendió por su cuerpo inerte, hizo el esfuerzo de girarse y recogerse un poco.

Entonces, miró al cielo y al segundo siguiente, se le cerraron los ojos.

Seguridad pensó, en medio de esa calma que le rodeaba. Estado de bienestar que el ser humano percibe y disfruta.

Se sentía seguro en su café secreto. Incluso estando a solas, como en ese momento, notaba un tipo de paz tan envolvente y sólida que le costaba creer que siguiera habiendo problemas en el mundo. Hundido en esa suavidad que se balanceaba, con ese olor tan reconfortante… Hasta el más difícil de los días valía la pena si lo que le esperaba al final eran esos instantes de placer.

Debió adormecerse por el calor que pesaba en el ambiente. Poco a poco volvió en sí, aunque se resistió a abrir los ojos. Escuchó de nuevo esa risita burlona aunque sonó más clara, más amable… Entonces percibió un beso en su mejilla e intentó parpadear.

—Hola gatito —dijo una voz. Abrió los ojos y se encontró con el rostro sonriente de Marinette sobre él—. ¿Hoy has decidido empezar por la siesta?

Sonrió, contento y le tendió los brazos en silencio. La chica se dejó caer sobre la hamaca, a su lado y acomodó la cabeza en su hombro.

—¿Un día cansado? —le preguntó.

—No, ha estado bien —respondió. Giró sobre sí mismo, alargando los brazos en torno a la cintura de la chica. Ella se retorció, acoplándose al espacio restante y posó las manos con suavidad sobre el pecho de él—. ¿Es verdad que estás organizando una fiesta en tu instituto?

—¿Y tú cómo sabes eso?

—Me he encontrado con un compañero tuyo que me lo ha contado —contestó y la chica puso los ojos en blanco—. ¿No va bien?

—¡Es horrible! —Se quejó, de repente, cogiéndole desprevenido—. ¡Es imposible que la gente se ponga de acuerdo!

. Se supone que la fiesta será en unos días y apenas hemos decidido la temática y poco más.

Chat Noir sonrió al escucharla. Se había acostumbrado a que Marinette se desahogara de ese modo, viéndolo todo desde un prisma mucho más oscuro de lo que era en verdad para después, resolverlo con facilidad y diligencia.

Por supuesto, ella era su Lady y resolver problemas era lo que mejor sabía hacer.

—¿Y yo podría pasarme por la fiesta?

—¿Tú? —La chica dio un respingo—. No me parece una buena idea.

—Podría disfrazarme.

—¡Pero si tú ya vas disfrazado! —Señaló ella, dándole un toquecito con el dedo al cascabel del traje—. ¿Te disfrazarías, sobre el traje?

—¿Por qué no?

Marinette sacudió la cabeza. Podía ver como la somnolencia empezaba a acariciar sus rasgos. Esa hamaca tenía algo tan plácido que era difícil resistirse a su poder y no caer rendido al instante.

—No creo que sea muy seguro —opinó ella. Se acercó hasta que su rostro reposó en el hueco entre la cabeza y el cuello del chico. Bostezó y su aliento le hizo cosquillas sobre la piel, después notó su brazo deslizarse por su pecho, su pequeña mano posándose en su hombro—. Aunque me encantaría que estuvieras allí.

Bueno… estaré pensó él, complacido. Aunque fuera como Adrien estaría con ella.

Estrechó su abrazo y bajó la cabeza. Posó la barbilla sobre su pelo y dio rienda suelta a su imaginación sintiendo que el sueño volvía a estirar sus tentáculos hacia él, pero ahora mucho más dulce y amoroso, como lo era sentir el peso de la chica sobre él o su respiración tan cerca de su corazón.

Abrazando a la chica que amaba, Chat Noir se imaginó el día de la fiesta, apareciendo y caminando hasta Marinette para coger su mano frente a todos, para después guiarla hasta una hermosa pista y bailar con ella.

Bailando juntos hasta que volvió a quedarse dormido.

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VIII.

En su sueño ocurría algo particular.

La gente que los observaba bailar no reaccionaba con extrañeza al verlos, ni se sorprendían por su aspecto. Y había algo más, podía sentir la piel cálida y fina de Marinette en sus manos mientras bailaba; así se dio cuenta de que no llevaba sus guantes.

Porque no era Chat Noir, sino Adrien.

Pero aun así Marinette le miraba igual, con el mismo amor vibrante en sus pupilas. No rechazaba su mano al ofrecersela, y cuando se inclinaba para besarla, ella le recibía con el mismo cariño de siempre.

Estuvo pensando en ese sueño al día siguiente, tan distraído que se le cayeron los libros varias veces mientras los metía en su taquilla. Sentía una alegría especial en su corazón cada vez que lo rememoraba; Marinette amaba a sus mitades por igual y eso le llenaba de dicha, de seguridad…la confianza en algo o en alguien.

Cuando salió de los vestuarios, sin embargo, chocó contra otro cuerpo y eso le sacó de sus ensoñaciones.

—Perdón, no…

—Mira por dónde vas, Agreste —le gruñó Claude. Adrien se apartó, confuso y el otro chico abrió de un golpe la puerta del vestuario.

Se preguntó si estaría así por lo que había pasado la noche anterior en la fiesta, aunque tampoco demasiado, pues sus cursis fantasías lo atraparon de nuevo y pronto lo olvidó.

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IX

Sin embargo, Claude no podía olvidarlo.

Al contrario, cuantas más horas pasaban desde su desafortunado encuentro con el héroe, peores eran los sentimientos que estaban creciendo en su interior.

Al principio, las palabras de Chat Noir le hicieron sentir avergonzado consigo mismo por su infantil propuesta. Pero después, a base de repasar la conversación y la actitud del otro, Claude empezó a sentirse humillado. Chat Noir se había burlado de él, tratándole como un crío inconsciente mientras que él, un gran súper héroe, se estiraba y sacaba pecho.

Mirándole por encima del hombro, tal y como todos esos ricachones de la fiesta habían hecho con él y con su padre.

Como ese Gabriel Agreste que había gritado a su padre al darle las llaves de su coche como si fuera mejor que él.

Los Agreste.

Adrien nunca le había caído mal, aunque sabía (como todos) que Marinette había estado absolutamente enamorada de él durante mucho tiempo; sin embargo, acababa de sentir una intensa y rara antipatía hacia él.

Claude se frotó la nuca y respiró hondo. Bajo la vista para repasar una a una las baldosas del suelo y así calmarse un poco.

Entonces vio un papel tirado junto a las taquillas.

Se levantó para cogerlo y notó que era una fotografía.

—¿Qué…?

Se quedó sin respiración. La mano con que la sostenía le tembló con violencia y tuvo que apartar los ojos y volver a mirarla, para asegurarse de que no estaba equivocado.

No, era imposible equivocarse.

—¿Marinette… y Chat Noir? —susurró, espantado.

Ahí estaba su amiga, la chica en la que más pensaba al cabo del día, besando a ese vanidoso y despreciable héroe de pacotilla. Pero… ¿cómo era posible?

Primero se burla de mí pensó, furioso. ¡Y ahora resulta que me quita a la chica de mis sueños!

Pero Claude era listo. Mucho más que todos esos tontos que dejaban ir sus emociones, dando paso libre a los akumas hasta sus corazones y por eso, volvió a respirar, lenta y pausadamente, hasta que los latidos de su corazón se calmaron.

No tenía ni idea de que haría con esa fotografía, pero se la guardó en el bolsillo. Y siendo dueño de sí mismo de nuevo, salió del vestuario.

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¡Hola a todos y a todas!

¿Qué tal?

Veamos… ¡No sé bien qué estoy haciendo! Jajaja, estamos llegando a ese punto en la lista, que me temía cuando la leí por primera vez, en que las palabras me agobiaban porque ya no sabía qué hacer, así que… como para que una historia siga adelante hacen falta conflictos, pues aquí está: un grandísimo conflicto, jajaja.

Adrien, como todos nos temíamos, ha perdido la foto de la discordia y ahora la tiene Claude. Un Claude muy enfadado ¬¬ Ya no se hace tanto el gracioso, ¿eh? Como es una historia marichat, no quería meter akumatizaciones, ni peleas porque entonces tendría que meter a Ladybug ¡Y claro… ya se nos va al Ladynoir! Pero vamos, que yo tampoco sé que es lo que piensa hacer este chico con la foto, jajaja, solo sé que por ahora la tiene.

Espero que se me ocurra algo bueno en los próximos capítulos.

¿Os ha gustado? Creo que ha sido más un capítulo de Adrien/Chat Noir que marichat, jajaja.

Muchas gracias por todos vuestros comentarios y opiniones geniales; Daikra, Arianne Luna, Ranma84, , Lizzielpz,génesis, Nhymc9, Lina Breen, Staterfe, Ialiceiamagodness, Mizuki0709, LightGiogia, Karen Agreste, y Gabriela Cordon (Gracias por tus vibras, eres muy maja. Solo son unos análisis rutinarios, me los hacen a menudo pero no es nada ^^). Muchas gracias a todos y a todas por tantos comentarios amables y bellos ^^ De todo corazón espero que os siga gustando ahora que voy un poco sin rumbo, pero eso sí, siempre esforzándome lo más posible para que disfrutéis al leerlo.

Os deseo un día estupendo, maravilloso y genial *_*

Nos vemos en el siguiente

¡Besos para todos y todas!

-Erolady-