Disclamer: Todos los personajes y parte de la trama pertenecen a Thomas Astruc y Jeremy Zag, yo solo escribo para divertirme y sin ánimo de lucro.

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Nota: He decidido participar en el reto #MarichatMay porque el marichat es uno de mis shipps favoritos y como el año pasado me quedé sin tiempo, pues espero resarcirme este. Trataré de llegar lo más lejos posible y no retrasarme demasiado a la hora de subir los relatos. ¡Espero que os gusten!

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Maullidos a la Luz de la Luna

(Reto Marichat para el mes de Mayo)

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Día 21: Noche de Película

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Era viernes 21 de mayo y una noche cálida y serena había cubierto Paris.

—Quiero llevarte a un sitio, princesa.

Marinette torció la cabeza como primera reacción. La curiosidad se manifestó, repentina, como un cosquilleo en las palmas de sus manos, espoleada por el brillo de ilusión que crepitaba en las pupilas del héroe. Sin embargo, acontecimientos demasiado recientes la obligaron a ser prudente.

—Después de lo que pasó la otra noche… ¿Crees que es buena idea?

—Pues… —Chat Noir vaciló y eso le llamó la atención—. Esta vez es distinto.

. No vamos a estar tan expuestos.

Aunque su expresión y su mirada denotaban el entusiasmo habitual, había algo al fondo de su voz que a Marinette no le sonaba como siempre.

—¿Y a dónde quieres ir?

Ante esa pregunta, el chico agrandó su sonrisa casi logrando que esa nota discordante en su voz se desvaneciera. Pero incluso cuando dijo las siguientes palabras, ella pudo captarla. Seguía ahí, ensombreciendo su animado timbre, como algo fuera de lugar en una habitación ordenada con esmero.

—¡Hoy nos toca noche de película!

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Por un absurdo minuto, Marinette barajó la posibilidad de que Chat hubiera metido una pantalla de cine dentro del edificio del viejo café. Al imaginarlo resultaba surrealista, pero si pensaba con todas las otras cosas que había hecho hasta ahora, no parecía del todo imposible.

Pero no, esta vez su idea no era tan extravagante. De hecho, era algo bastante normal.

—¡Iremos a un cine de verdad! —le reveló, contento—. Le Cinéma du Panthéon.

Había oído hablar de ese lugar. Era uno de los cines más antiguos de la ciudad, databa del 1900, cosa que para alguien con la edad de Marinette, sonaba casi a Edad Media.

—Pero… ¿sigue abierto?

—¡Por supuesto que sí! Ofrece pocas sesiones y sus salas son muy pequeñas —Le explicó él—. Me he asegurado que esta noche no irá mucha gente, así que estaremos casi solos.

. De todos modos, y solo por si acaso, te he traído esto.

Descubrió, entonces, de un modo llamativo y teatral una caja que había ocultado con una sábana. En ella había todo tipo de complementos de ropa: gorros, gafas de sol, pañuelos, bufandas… Marinette lo revisó todo casi sin parpadear; eran de una calidad excepcional y la mayoría pertenecía a la marca Agreste, su favorita.

Se mordió la lengua antes de preguntarle al chico de donde lo había sacado, y más animada, hurgó entre las prendas en busca de algo que disimulara su aspecto. Encontró una graciosa boina de color rosa palo con costuras negras, y pensó en combinarla con un pañuelo de seda de color oscuro.

—¡Ah, tengo una idea! —exclamó Chat. Se acercó a ella y con suavidad y claro deleite, le quitó los coleteros liberando su cabello sobre los hombros para después mirarla con parte del rostro ruborizado—. Estás preciosa con el pelo suelto.

A Marinette se le escapó una risita nerviosa.

—Gracias —Se colocó la boina, peinándose el flequillo y después el pañuelo alrededor del cuello de manera que le cubriera la barbilla y la boca—. ¿Debería añadir unas gafas?

—¡Al final no se te va a ver la cara!

De todos modos, se guardó unas finas gafas de sol en el bolsillo para cuando llegaran al cine.

Una vez lista, Chat Noir la tomó en sus brazos extendiendo al tiempo su bastón y Marinette notó de nuevo esa débil aunque palpable vacilación en sus gestos, un atisbo de temblor en su mano cuando la posó en su espalda, y fue más consciente de que el chico retiraba la mirada con demasiada rapidez cuando ella le miraba a los ojos.

—¿Va todo bien? —le preguntó, curiosa.

—Por supuesto —respondió él, a pesar de todo—. Vamos a ir al cine como la gente normal y lo pasaremos genial.

La sonrisa alargada y feliz de siempre, tembló un instante, como si fuera a venirse abajo. Pero ella no pudo indagar más, porque Chat saltó al vacío y en un minuto estuvieron recorriendo los cielos nocturnos de Paris.

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Se notaba que era noche de viernes en la ciudad.

Marinette observó las calles repletas de personas que iban y venían, los coches circulando y la música que, a pesar de venir de mil puntos distintos, se unía en una única y armoniosa melodía que ascendía hasta las estrellas. Sintió que se balanceaban entre las notas vibrantes, esquivando los haces de luz y que la gente que miraba hacia arriba y distinguía dos borrones cruzando el firmamento, los saludaba con amabilidad.

Todo estaba bien y ella decidió olvidar sus sospechas y disfrutar de la sorpresa, sobre todo porque Chat Noir parecía muy ilusionado con aquella salida y si realmente estaba preocupado por algo, ella quería que lo olvidara y fuera feliz esa noche.

El cine, pequeñito y con un modesto cartel luminoso en la fachada, se situaba casi con miedo, entre dos edificios altos del barrio Latino. Antes de que aterrizaran en la entrada, Marinette vio el resplandor naranja y rojo de las letras de la fachada y de los carteles que anunciaban las películas que se estaban proyectando.

Aterrizaron sobre la diminuta entrada y Chat Noir, que ya parecía más animado, le abrió la puerta al interior. No encontraron el típico vestíbulo con moqueta y luces parpadeantes, impregnado de ese delicioso olor a palomitas de un cine tradicional. No, al otro lado de la puerta de cristal se toparon con una especie de cafetería privada.

—¡Vaya! —exclamó Marinette, sorprendida.

Con una barra de color neutro al fondo, la sala se extendía entre mesas, sillones mullidos y diminutos taburetes de aspecto moderno tapizados en piel. Los muros de color crema estaban salpicados de cuadros y espejos, y la luz la proporcionaban unas cuantas lámparas de distintos tamaños y formas que se repartían por la estancia. También había flores frescas en jarrones altos de modo que su esencia se mezclaba con el amargo olor del café y la dulzura de la bollería.

—Nunca había estado en un cine así…

—Yo tampoco había venido antes —admitió Chat Noir, que también admiraba el lugar con los ojos nublados de un intenso sentimiento—. Pero un amigo conocía este cine porque… su madre le hablaba de él, cuando era pequeño.

. Ella era actriz y algunas de sus películas se estrenaron aquí.

Marinette volvió a captar algo extraño en su tono, pero no era como lo anterior. Se preguntó si al amigo del que le hablaba le habría ocurrido algo malo…

—Vamos —Le señaló una pequeña escalera de caracol que había al fondo de la sala y ella alejó esas ideas.

Marinette se colocó las gafas de sol y se caló bien la boina a la cabeza. Había algunas personas charlando en voz baja en los sillones y también un par de señores mayores leyendo un libro en los taburetes de la barra. Se respiraba una atmosfera relajada e íntima, como si fuera una reunión de personas que se conocían y respetaban el espacio de los demás.

Por desgracia, ellos la interrumpieron.

La gente detenía sus conversaciones para mirar al héroe y clavaban sus ojos en ella, la extraña chica que iba con Chat Noir, y que claramente trataba de ocultar su identidad. Aunque nadie hizo si quiera el intento de sacar su móvil para hacerles una fotografía, cosa que la alivió mucho.

Les miraban, sí, pero en cuanto se alejaban de ellos, esas personas retomaban la charla con absoluta indiferencia.

Marinette suspiró, aunque siguió caminando un tanto encogida y con el rostro inclinado hasta que llegaron a la puerta de la sala. Allí les recibió un hombre entrado en años que arqueó una ceja cuando Chat le entregó las entradas; su expresión se tornó aún más grave al mirarla a ella.

—Me temo que así no verá nada, señorita —Le advirtió.

—Sí… gracias por el aviso —murmuró ella, nerviosa, y se apresuró a colarse por la puerta.

Era igualmente pequeñita y oscura.

Con filas de butacas ancladas al suelo en llano, y no en escalera como en las salas modernas. La pantalla también le pareció más pequeña que a las que estaba acostumbrada, con un tono algo amarillento en su superficie.

Pero… era innegable que ese lugar tenía algo.

En su decoración antigua, en sus reducidas dimensiones y en la sencillez que lo dominaba todo. El tiempo había desgastado las paredes, empalideciendo el brillo de los colores y la tela de las butacas, tan auténtica y no confeccionada en serie, tenía arrugas y zonas desvaídas. La moqueta, aplastada por miles de pisadas distintas a través de los más de cien años, recorría el pasillo con una dignidad firme.

Todo hablaba de historia; no solo la de las películas que se habían proyectado, sino de la de los cientos de personas que se habían sentado donde ella estaba ahora para evadirse de sus problemas durante un rato. La esencia de sus vidas flotaba, sus voces susurraban en los rincones…

Le invadió una energía nerviosa que la recorrió entera por estar en ese lugar mágico.

—¡Este sitio me encanta! —le susurró al chico, cuando las luces empezaban a apagarse. Unas lamparillas cuadradas ofrecieron un resplandor tibio sobre las paredes.

—¿En serio te gusta?

—¡Oh sí, es fantástico! —aseguró, excitada—. Tiene algo especial.

Chat Noir le sonrió con ternura.

—Sí, para mí también.

Las puertas se cerraron a sus espaldas y los susurros se extinguieron.

Debido a la emoción y a la sorpresa, ni siquiera sabía que película iban a ver pero no le importó. Fuera la que fuera, merecería la pena por estar en un lugar como ese. Aunque, todo sea dicho, le sorprendió un poco descubrir que se trataba de una película de animación.

—¿El Castillo Ambulante? —murmuró, sorprendida.

—¿La conoces?

—Sí… aunque no la había visto —respondió, para después entornar los ojos algo confusa—. Pensé que sería una película de acción con súper héroes o quizás una romántica.

Chat Noir frunció el ceño.

—Creí que no te gustaban las pelis románticas…

—¿Y por qué piensas eso?

El chico parpadeó y dio un respingo. Se pegó a su asiento, sacudiendo la cabeza.

—¡Ah, pues… no sé! ¡Lo di por hecho, supongo! —contestó a toda prisa—. Es que… una vez fui con Ladybug a ver una película romántica y se enfadó mucho.

. No quería volver a dar por hecho que, solo porque seas una chica, te tienen que gustar las películas de amor.

Es cierto…

Casi lo había olvidado, pero Chat Noir y ella ya habían ido juntos al cine una vez. Aunque claro, las circunstancias no podían ser más distintas. Fue poco después de que pasara lo de Luka y ella aún estaba muy triste. Y también muy resentida con el amor, con la suerte y con la idílica imagen del romanticismo que vendían en las películas sobre lo sencillo que es encontrar al chico de tus sueños y eso de que el amor puede con todo.

Se acomodó en su asiento y sonrió.

—Tienes razón —admitió—. Las pelis románticas están sobrevaloradas.

Durante los siguientes minutos, centró su atención en la pantalla disfrutando de la belleza de los dibujos de la cinta, recreándose en las fabulosas melodías de la banda sonora que vibraba por los altavoces e intentó meterse en la historia de Sophie y Howl. Que aunque tenías toques románticos, eran lo bastante sutiles como para que le gustaran.

De vez en cuando, sin embargo, se desconcentraba con los peculiares movimientos que hacía Chat Noir a su lado, como si estuviera incómodo.

—¿Estás bien? —le preguntó, volviendo el rostro hacia él justo cuando el chico hacía un gesto con el brazo extendido. Lo recogió de golpe y saltó sobre el asiento.

—Sí, bien —respondió al instante, tenso como un niño cogido en medio de una travesura.

Pero, ¿qué hacía? Se preguntó ella.

Un par de filas por delante, Marinette vislumbró a otra pareja. Sus cabezas muy cerca, asomaban por encima del borde de la butaca y por alguna razón, se quedó mirándolas. De repente el chico se estiró con fuerza y sus brazos se agitaron en el aire para después bajar, uno de ellos cayó despacio y con cuidado rumbo a los hombros de la chica. Solo cuando esta aceptó el acercamiento, posando la cabeza en el hombro masculino, vio que este suspiraba, relajado.

¡Ah! Marinette se llevó una mano a la boca y miró de reojo a Chat. Seguía rígido sobre el asiento, con las manos hundidas en su regazo. ¿Eso era lo que hacías?

Se le escapó una risita que amortiguó con sus manos.

Tonto pensó.

¿Por qué parecía tan nervioso por algo así? ¡Sí se habían abrazado miles de veces!

Aunque el chico de la otra fila también parecía tenso. Puede que fuera por el aura de ese lugar, la importancia de ese gesto que era como un rito para las parejas en los cines.

Algo solemne, pensó.

Regresó su vista al frente y carraspeando con la garganta para llamar su atención, se inclinó un poco hacia delante, dejando hueco entre su espalda y el asiento. Volvió a mirar de reojo al chico, pero Chat Noir parecía ahora demasiado atrapado por la película como para captar su invitación.

Vaya… pensó, frustrada. Volvió a echarse sobre el respaldo y se dijo que tendría que esperar una nueva oportunidad.

Entonces, por alguna razón, recordó las otras dos ocasiones en que había estado en un cine a solas con un chico. En su última cita con Luka y en aquella ocasión en que Adrien y ella habían huido de sus fans y se habían escondido en una sala parecida a esa.

Qué diferentes habían sido esas dos ocasiones…

Con Luka había ido relajada a pesar de las expectativas que tenía en su cabeza. Se sentía cómoda y segura con el chico. Luka le gustaba y cuando llegó el momento crucial, apenas dudó al aceptar ese beso que le ofreció.

Casi nos besamos… recordó. Se sintió un poco mal por él, pero al explorar más sus sentimientos Marinette supo que aunque hubiese deseado ese beso, había estado más ansiosa porque ese momento pasara de una vez. Que pasara y la convenciera de que estaba haciendo lo correcto saliendo con Luka porque… si era todavía más sincera, no siempre lo había visto del todo correcto.

Puede que fuera algo bueno que no llegáramos a besarnos, pensó.

Por otro lado, con Adrien había estado histérica todo el tiempo. Nerviosa, pendiente de todo a su alrededor para no meter la pata, decepcionada por llevar puesto un pijama en lugar de un vestido bonito, pero… ¡Cómo le latía el corazón sentada a su lado, cómo le bullía la sangre por estar viviendo esa experiencia con él!

Aunque aquello no fue una cita de verdad, claro.

Ahora le sorprendía haberse sentido tan diferente en la misma situación. Pero supuso que eso dependía del chico; desde el principio se había sentido distinta con uno y otro a pesar de ser ella misma. Era como si con cada experiencia, una nueva parte de Marinette se revelara para tomar el control.

Ahora tampoco me siento igual, pensó.

No, con Chat Noir se sentía totalmente diferente.

Porque latía en ella la tranquilidad de saber que por fin estaba sentada al lado del chico adecuado y eso le confería libertad para actuar como quisiera, pero al mismo tiempo sentía esa misma excitación alarmante, irresistible e histérica que hacía vibrar su cuerpo de alegría.

La combinación de emociones perfecta.

Gracias a él pensó, y volvió a mirarle, feliz.

Al cabo de unos minutos, Marinette sintió de nuevo el movimiento oscilante del brazo del chico sobre ella. Su corazón se disparó, pero fingió no darse cuenta. Siguió mirando la pantalla y echó su cuerpo un poco hacia delante, esperó, con impaciencia, hasta sentir el brazo posándose sobre sus hombros.

Sonrió, emocionada.

Pero… a causa de esa emoción, fue incapaz de controlar el entusiasmo y la cabeza, que iba a posar sobre el hombro del chico, fue lanzada con demasiada fuerza, justo cuando él se inclinaba también, tal vez para susurrarle algo. Ambas cabezas chocaron en un sonoro golpe que les arrancó también sendas exclamaciones de dolor.

Cada uno se apartó hasta su butaca y el resto de espectadores de la sala les mandó callar.

—¡Perdón! —pidió Chat Noir, frotándose la frente.

Marinette, angustiada, se volvió hacia él.

—¡Lo siento! ¡Perdona! ¿Te he hecho daño?

—No, no estoy bien… ¿y tú?

—¡Soy tan torpe!

—¡No, he sido yo que no…!

Distinta… pero hay cosas que nunca cambian pensó ella, fastidiada. Fuera como fuera, su torpeza la acompañaría para estropear los momentos románticos.

Un señor con muy mala cara se puso en pie se giró hacia ellos:

—¡SHHHH!

Lo hizo con tanta fuerza que ambos se callaron a la vez. No movieron un músculo hasta que el hombre volvió a sentarse y entonces, se miraron aún con las manos en la cabeza.

Y no pudieron controlar las carcajadas que brotaron de sus pechos. Lo cual despertó todavía más quejas en la sala y provocó una visita incómoda del acomodador que por poco no les deja ciegos al apuntarles directamente a los ojos con su linterna.

Se disculparon varias veces y prometieron guardar silencio a partir de ahora.

Marinette suspiró, acurrucándose en su butaca y lentamente, se acercó al chico para posar la cabeza en su hombro. Con el mismo cuidado, Chat Noir movió el brazo, deslizándolo a través de su espalda, hasta colocarlo sobre sus hombros. Y también suspiró.

Así, por fin, pudieron terminar de ver la película.

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Chat Noir llevó a Marinette de vuelta al café secreto presa de los nervios más terribles que hubiera experimentado nunca.

Había sido muy especial para él llevarla a ese cine que él nunca se había atrevido a visitar solo, a pesar de que era uno de los favoritos de su madre; y había sido feliz observando lo mucho que le gustaba a la chica. Trató de aplacar y disimular su ansiedad mientras duraba la película y lo había logrado hasta cierto punto pero cuando tienes en el horizonte una tarea que no te agrada, es imposible disfrutar del todo.

Y él tenía por delante una prueba dura.

Esa tarde había hecho un descubrimiento terrible: su foto con Marinette no estaba en la caja fuerte de su cuarto. La había abierto buscando otra cosa pero cuando la revisó entera, la foto no estaba.

Obviamente, antes que nada, interrogó a Plagg por si le estaba gastando una broma. El Kwami era, a parte de él mismo, el único que podía abrir la caja fuerte.

Pero entonces recordó algo: no había llegado a guardarla allí.

Estaba a punto de hacerlo cuando Nathalie apareció y él guardó la foto en uno de sus libros de la escuela. Al instante, sacó todos sus libros y los agitó uno a uno sobre el suelo, pero la foto no apareció. Tampoco estaba en la mochila que vació por completo e incluso volvió del revés.

Se puso a pensar y llegó a la peor conclusión de todas.

Si la foto había ido con sus libros al instituto y ahora ya no estaba, era porque la foto se había perdido allí.

Por supuesto, se transformó en Chat Noir y acudió a la escuela para revisar cada uno de los lugares en los que había estado ese día… pero tampoco la encontró.

La fotografía estaba perdida.

Y como ya no podía hacer nada más para solucionar semejante problema, debía contarle la verdad a Marinette. Sabía que ella se asustaría y quizás, se enfadaría con él. Pero debía saberlo… ya había suficientes secretos entre ellos como para guardar uno tan peligroso como ese.

Así que cuando llegaron al Café secreto, Chat Noir se dio ánimos mientras la chica preparaba el té y parloteaba sobre las impresiones que le había producido la película. Cuando se acercó a él y le ofreció la tacita, el chico la cogió pero fue incapaz de beber nada. Tenía el estómago y, puede que también la garganta, cerrados.

Aun así la sonrió.

—Me alegra que te hayas divertido, princesa —Le dijo en primer lugar—. Para mí era importante que hoy fueras feliz.

—¿Ah, sí? ¿Y por qué era tan importante?

El chico la miró, absorbiendo hasta el último detalle de la radiante sonrisa que ella le brindaba. Después bajó la mirada, suspiró y soltó la tacita sobre la mesa.

—Porque tengo que contarte algo que no te va a gustar.

Entonces, los nervios estallaron en su pecho y sintió la necesidad de moverse. Empezó a caminar sobre el cemento, frotándose los brazos y al final, se sentó en el borde de la hamaca con el corazón desbocado.

Aquella noche no se oía nada en absoluto en la azotea. Ni voces de personas chillando en la calle, ni ruido del tráfico; el silencio era ensordecedor.

Marinette fue tras él, con una más que apreciable mueca de temor en su rostro.

—¿Qué ocurre?

Adelante se dijo. Y se forzó a mirarla directamente. Ella merece saberlo.

—¿Recuerdas la fotografía que nos hizo ese niño tan repelente en el Trocadero?

—Sí, claro…

—¿Recuerdas que… la borré de su teléfono?

—Sí… —Ella tembló, ladeando la cabeza—. ¿No lo hiciste?

—Sí, claro que sí —afirmó. Cogió aire, llenando sus pulmones hasta el límite—. Pero antes me la envíe al móvil —Los ojos de Marinette se crisparon antes de abrirse—. ¡Lo siento! Lo siento mucho… es que, no pude evitarlo.

. Pero lo siento muchísimo.

Se tapó los ojos con las manos y meneó la cabeza. Ahora sentía náuseas y la necesidad de seguir hablando, tan deprisa como pudiera, para liberarse de la carga que albergaba dentro. Finalmente, la mano de la chica se posó su hombro.

—Está bien, Chat, no… no pasa nada —Le dijo, dándole un suave apretón. La comprensión de su voz solo consiguió hacerle sentir peor—. No es tan grave.

. Mientras nadie pueda acceder a tu móvil, no pasa nada…

El chico apretó los párpados.

—Ya no está en mi móvil, la guardé en una carpeta blindada en la red.

—¡Oh! Bueno, mejor… ¡Ahí estará más segura!

—Pero también imprimí una copia —La mano se apartó de su hombro y un pinchado, como el de la hoja de una espada, le apuñaló partiendo su cuerpo en dos del dolor. Aun así, levantó la mirada y añadió—. Y me temo que la he perdido.

—¿Qué…?

—No sé dónde puede estar —siguió él—. Pensaba guardarla en una caja fuerte de mi cuarto, pero…

—¿La… has perdido? —La voz de Marinette se convirtió en un aullido agudo y frágil.

—Sí… lo siento mucho.

—Pero… ¿C-cómo… has podido…? —Marinette sacudió la cabeza, el labio le temblaba y el chico se encogió. Sabía lo que pasaría ahora; lo mismo que en Nueva York. Él había metido la pata y fallado a su lady una vez más, así que vería de nuevo su mirada de decepción, escucharía su voz furiosa, reprochándole su temeridad…

No puedo creer que esto esté pasando otra vez se lamentó. ¿Por qué he sido tan estúpido?

—E-esa foto… ¡podría tenerla cualquiera! —exclamó ella y por fin le miró, pero no con decepción y furia como él se temía. Con miedo, con dolor y confusión—. ¿Por qué hiciste algo así?

—¡Lo siento, lo siento de verdad! —insistió él—. Sé que hice mal…

—¡¿Y por qué lo hiciste?!

—Porque… porque… —Pensó en ello, y la verdad se le escapó sin remedio—. Porque quería conservar el recuerdo de ese momento, un momento feliz y especial.

. No quería que nada de esto pasara. Te aseguro que me siento fatal.

—¡Pero, ¿por qué?! ¡Es que no entiendo cómo has podido hacer algo tan peligroso!

—Marinette, yo…

—¡¿Te das cuenta de lo que significa?!

—¡Sí! ¡Pues claro que lo sé!

—¡No sé, es que no entiendo en qué pensabas…!

Desesperado, Chat Noir golpeó un pie sobre el suelo.

Hasta ese instante ni siquiera él mismo se había podido explicar la verdadera razón por la que había cometido semejante locura, pero después de visitar el cine y de que viejos recuerdos volvieran a su mente, sí lo sabía.

Y ella también debía saberlo, no como excusa, sino porque era la única verdad.

Le costó decirlo. Una roca se le atoró en la garganta, estrangulándole con más saña cada vez que una palabra escapaba al exterior.

—Las… cosas cambian aun cuando no queremos. Y las personas nos dejan —dijo, con la voz ronca. Apretó los labios pero se obligó a seguir—. Y después, solo nos quedan los recuerdos de momentos felices, pero con el tiempo… estos también se difuminan —Hizo una pausa, el dolor intentó pararle. Tuvo que llevarse una mano a los ojos cuando sintió que estos se le nublaban—. Si no tienes fotos de esos momentos, cuesta mucho recordar.

Y él mejor que nadie lo sabía.

Tenía montones de carpetas llenas de fotografías que trataban de llenar la ausencia más dolorosa de todas.

Solo estaba siendo precavido.

Sabía que las cosas no duran para siempre y hay que atesorar los recuerdos para cuando te sientes solo y echas de menos a las personas que nos han dejado.

En el fondo seguía temiendo que aquello acabaría también. Lo que fuera que había atraído a Marinette hacia él se desvanecería cuando Ladybug volviera a estar en forma y entonces…

—Chat Noir —La chica le rozó la mano y la apartó de sus ojos. Tenía las cejas fruncidas y una mirada muy triste—. Escucha… aunque nunca lo hayas dicho, hace tiempo que intuyo que has… sufrido una pérdida —El chico se frotó la nariz, incapaz de más gesto que ese—. Cuando nos ocurre algo tan malo, aun cuando lo superamos, siempre nos queda una huella de miedo dentro.

. Miedo a que eso tan terrible vuelva a ocurrir.

Asintió ante eso.

Marinette suspiró y con cierta cautela, se sentó sobre las rodillas del chico. Este la miró y creyó ver restos de humedad en sus pestañas.

—Pero es que yo no voy a ir a ningún lado —Le dijo, convencida. Le pasó un brazo por los hombros y con la otra mano le tocó el rostro, acariciándolo con cariño y guiando su rostro para que la mirara—. Por más complicadas que se pongan las cosas, encontraremos la manera de resolverlas.

. Y sea la forma en que sea, tú y yo estaremos juntos. Siempre. Lo estaremos porque somos…

La palabra se perdió, aunque Chat la adivinó con facilidad.

Compañeros.

Abrió los ojos sintiendo una profunda sorpresa al descubrir que, por primera vez, estaba viendo a Ladybug en Marinette. Las palabras de la heroína se expresaban a través de la dulzura y la compasión de su princesa, las veía a ambas diferentes, pero por fin unidas en un único y maravilloso ser.

La determinación de su lady ardiendo en esos ojos azules, igual que durante las peleas, pero enmarcados en ese adorable rostro ruborizado que le había entregado su amor y su cariño.

—Porque… —retomó tras pensarlo un poco—; porque te quiero mucho, Chat Noir.

El corazón del chico se detuvo un instante y después explotó de júbilo.

Me quiere… repitió en su mente, en voz baja y después mucho más fuerte. ¡Me quiere!

Sonrió, con el corazón inflado y cerró los párpados, alargando los brazos hacia ella, abrazándola con fuerza contra sí. Al abrir los ojos, se encontró con que Marinette le hacía una graciosa mueca.

—Así que deja ya de hacer estas tonterías —Le soltó de improviso—. ¡Que al final nos vas a meter en un buen lío, payaso!

El chico se echó a reír de felicidad y tardó un buen rato en parar. Cuando lo hizo se sintió más agotado que nunca en su vida, pero aun así retuvo a la chica sobre su regazo y la besó con todo su amor.

Estaba tan feliz, tan contento; se sentía la persona con más suerte del mundo. Quería ponerse a saltar por los tejados y gritar lo afortunado que era porque al fin, después de tanto, la chica de sus sueños, la chica que más había amado, también le amaba a él.

Pero no le quedaban fuerzas para algo así.

También deseaba acurrucarse con Marinette en la hamaca y perderse entre besos y mimos por el resto de la noche, pero la chica saltó al suelo cuando él tiró de ella hacia el centro de la manta para tal fin.

—¡Espera! —Le dijo—. Antes que nada tenemos que encontrar esa fotografía.

—Yo ya la he buscado por todas partes…

—¿Dónde la perdiste? ¿En tu casa?

—Ah… no —El chico apretó la mandíbula—… Fue en el instituto Françoise Dupont…

—¡¿En mi instituto?! ¿Qué hacías tú allí? —Pero sin dejarle responder, alzó la mano y le detuvo—. No, creo que no debo saberlo.

—Sí, mejor.

—Seguramente alguien la habrá encontrado ya… —La chica suspiró—. Y hasta que no dé la cara, me temo que no podemos hacer nada.

Chat Noir asintió, de acuerdo.

Fuera quien fuera quien tuviera la fotografía, se prometió que lo encontraría y que haría todo lo que estuviera en su mano para recuperarla y mantener en secreto su relación con Marinette.

Ahora más que nunca, estaba dispuesto a cualquier cosa con tal de proteger ese secreto.

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¡Hola a todos y a todas!

Un día más, aquí estoy ^^

Noche de Película, jejeje. ¿No os da la sensación como que las palabras de ahora no tienen el mismo tono que las del inicio? ¡Será para complicar la cosa!

Reconozco que de no haber sido por el capítulo 3 de la t4 donde Chat y Ladybug van tan tranquilos al cine, no se me habría ocurrido esto. Yo pensaba que las gentes de París reaccionaban de un modo mucho más exagerado en presencia de los héroes, pero supongo que ya se han acostumbrado a ellos y es lo más normal del mundo encontrártelos en el cine, en una tienda, en el parque…jajaja

Así que… ¿qué tiene de raro que Chat lleve a una chica al cine?

Y bueno… era evidente que Chat Noir tenía que confesar. Y después de ver lo mucho que teme perder la confianza de Ladybug (ya lo vimos en el especial de NY), es de esperar que estuviera muy asustado. Igual, se trata de Marinette, y creo que sin la máscara de la heroína, no se siente tan inclinada a regañar, jajaja, no es que Ladybug no tenga empatía, pero creo que la responsabilidad le puede y a veces no mide lo que dice.

En fin… ¿qué os ha parecido?

Sigo sin saber qué pasará con esa dichosa foto y ya no quedan tantas palabras, aysss

¡Pero lo seguiré intentando!

Entre tanto… ¡Muchas gracias por todos vuestros comentarios y opiniones geniales!; Daikra, Arianne Luna, Ranma84, Lina Breen, Ialiceiamagodness, Karen Agreste, y Gabriela Cordon Muchas gracias un día más, de verdad. Por todo lo que hacéis por mí apoyando mi fic y motivándome para que cada día trate de hacerlo mejor. Espero de corazón que os haya gustado el capítulo de hoy y haga vuestro día un poco mejor.

Nos vemos en el siguiente

¡Besos para todos y todas!

-Erolady-