No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Gregory Maguire. Yo solo me divierto un poco.

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Charlie estaba más preocupado por Renee de lo que ella sospechaba. Se detuvo en la primera choza de pescadores que vio y habló con el dueño de la casa a través de la media puerta. ¿Sería posible que una o dos mujeres pasaran el día y, si era preciso, también la noche con Renee? Sería un gran favor. Charlie asintió con una mueca de gratitud, reconociendo sin palabras que Renee no era muy apreciada en aquellos parajes.

Después, antes de seguir bordeando el extremo de Illswater en dirección a Rush Margins, se detuvo junto a un árbol caído y extrajo dos cartas de su fajín. El autor era un primo lejano de Charlie, también clérigo. Semanas antes, su primo había invertido tiempo y tinta muy costosa en la descripción de lo que la gente llamaba el Reloj del Dragón del Tiempo. Charlie se preparó para la santa campaña de la jornada, releyendo lo referente a aquel reloj de idolatría.

Te escribo estas líneas apresuradas, hermano Charlie, para captar mis impresiones antes de que se desvanezcan.

El Reloj del Dragón del Tiempo va montado en un carro y es alto como una jirafa. No es más que un inestable teatrillo ambulante, perforado por los cuatro costados con nichos y arcos. Sobre el techo plano hay un dragón mecánico, un artilugio de cuero pintado de verde, con garras plateadas y ojos engastados de rubí. Su piel está hecha de cientos de discos superpuestos de cobre, hierro y bronce, y bajo los pliegues flexibles de las escamas, hay una armazón controlada por un mecanismo de relojería. El Dragón del Tiempo gira sobre su pedestal, repliega las estrechas alas de cuero (cuyo sonido recuerda al de un fuelle) y eructa bolas sulfurosas de inflamada pestilencia anaranjada.

Debajo, en las docenas de puertas, ventanas y porches, hay títeres, marionetas y muñecos: personajes de los cuentos populares, caricaturas de campesinos y también de la realeza, animales, hadas y santos. Nuestros santos unionistas, hermano Charlie, ¡robados de la tierra bajo nuestros pies! ¡Qué indignante! Las figuras se mueven sobre engranajes. Entran y salen girando de las puertas. Flexionan la cintura, bailan, holgazanean y coquetean unas con otras.

¿Quién habría engendrado a ese Dragón del Tiempo, ese falso oráculo, ese instrumento de propaganda de la perversidad que desafiaba el poder del unionismo y del Dios Innominado? Los que manejaban el reloj eran un enano y varios mancebos de escueta cintura que sólo parecían reunir, entre todos, capacidad cerebral suficiente para pasar la gorra pidiendo dinero. ¿Quién más se estaría beneficiando, además del enano y sus agraciados jovencitos?

La segunda carta del primo le advertía que el reloj ya estaba próximo a Rush Margins. La historia era más detallada.

El espectáculo comenzó con un rasgueo de cuerdas y un cascabeleo de huesos. La muchedumbre se apiñó aún más, lanzando exclamaciones. En la ventana iluminada del escenario vimos una cama de matrimonio, con dos marionetas: una esposa y un marido. Mientras el marido dormía, la mujer suspiró e hizo un gesto con sus manos de madera, indicando que el hombre estaba decepcionantemente infradotado. El público aulló de risa. La esposa marioneta también se quedó dormida y, cuando estaba roncando, el marido títere se levantó sigilosamente de la cama.

En ese momento, en lo alto del teatrillo, el Dragón giró sobre su base y apuntó con sus garras al público, señalando —sin lugar a dudas— a un humilde pocero llamado Stephan, que había sido un marido fiel, aunque poco atento. Entonces, el Dragón retrocedió y extendió dos de sus dedos, invitando a la muchedumbre a acercarse, y aislando a una viuda llamada Carolyne y a su hija soltera de dientes torcidos. El gentío guardó silencio y se apartó de Stephan, Carolyne y la ruborizada doncella, como si las dos se hubieran cubierto de pronto de úlceras purulentas.

El Dragón volvió a la inmovilidad, no sin antes posar una de sus alas sobre otra ventana, que se iluminó revelando al marido marioneta, que vagaba en medio de la noche. Apareció entonces una viuda marioneta, de cabello desordenado y colores encendidos, arrastrando tras ella a su hija de dientes torcidos, que iba protestando. La viuda besó al marido marioneta y le bajó los pantalones de cuero. El hombre estaba equipado con dos juegos de atributos masculinos, uno por delante y el otro colgando de la base de la columna vertebral. La viuda colocó a su hija sobre el abreviado espolón delantero, y se reservó para ella el artefacto más impresionante de la parte trasera. Los tres títeres se pusieron a botar y a balancearse, emitiendo gemidos de regocijo. Cuando la viuda marioneta y su hija hubieron terminado, desmontaron y besaron al adúltero marido títere. Después le administraron sendos rodillazos, simultáneamente, por delante y por detrás. El marido marioneta comenzó a oscilar sobre sus muelles y bisagras, intentando sujetarse todas las partes dañadas.

El público rugió. Stephan, el pocero auténtico, sudaba gotas grandes como uvas. Carolyne fingió una carcajada, pero su hija ya había corrido a esconderse por la vergüenza. Antes de que terminara la velada, Stephan fue acorralado por sus agitados vecinos e investigado por su grotesca anomalía. A Carolyne le volvieron la espalda. Su hija parece haber desaparecido por completo. Sospechamos lo peor.

Al menos a Stephan no lo mataron. Pero me pregunto qué huella habrá quedado en nuestras almas después de presenciar un espectáculo tan cruel. Todas las almas son prisioneras de sus envoltorios humanos, pero seguramente han de degradarse y sufrir ante tamaña indignidad, ¿no crees?

A veces le parecía a Charlie como si cada bruja y cada charlatán vidente desdentado de Oz, capaz de realizar hasta el más transparente de los trucos, se hubiera aposentado en el apartado distrito de Wend Hardings para buscarse la vida.

Sabía que los habitantes de Rush Margins eran gente humilde, con una vida difícil y pocas esperanzas. A medida que se prolongaba la sequía, su tradicional fe unionista se iba erosionando. Charlie era consciente de que el Reloj del Dragón del Tiempo combinaba el doble atractivo del ingenio y la magia, y él mismo tendría que recurrir a sus más hondas reservas de convicción religiosa para resistirlo.

Si su congregación resultaba vulnerable a la denominada fe del placer y sucumbía al espectáculo y la violencia, ¿qué pasaría entonces? Él se impondría. Él era su ministro. Durante años les había sacado las muelas, había dado sepultura a sus bebés y había bendecido las ollas de su cocina. Se había humillado en su nombre. Había vagado de caserío en caserío, con la barba desgreñada y un cuenco de limosnas en la mano, dejando sola durante semanas enteras a la pobre Renee, en la cabaña del clérigo. Se había sacrificado por ellos. No podían dejarse persuadir por ese artilugio del Dragón del Tiempo. Tenían una deuda con él.

Siguió adelante, cuadrando los hombros y apretando las mandíbulas, sintiendo un amargo desarreglo en el estómago. El cielo estaba marrón, por el polvo y la arena que se habían levantado. El viento corría impetuoso en lo alto de las montañas, con un gemido trémulo, como si pasara a través de la fisura de alguna roca en una montaña lejana, más lejana que cualquiera de las que Charlie podía ver.

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A penas un primer comentario jajaja me alegro que al menos haya algunas personas que dejaron sus alertas, mil gracias por darle una oportunidad a la historia.

Aquí está el segundo cap… y me parece que también subiré el próximo, ya que me parece que los primeros caps están un poco monótonos… pero todo irá mejorando.

¡Nos leemos pronto!