No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a S. M. y la historia es de Gregory Maguire. Yo solo me divierto un poco.

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Todo el camino desde Stonespar End, donde Charlie fue al encuentro de su carruaje, Nana se estuvo quejando: lumbago, riñones débiles, pies planos, encías inflamadas, caderas doloridas.

«¿Y qué me dices de tu ego hinchado?», le hubiese gustado preguntar a Charlie, pero, aunque llevaba cierto tiempo fuera de circulación, sabía que semejante comentario hubiese sido una grosería. Nana iba bamboleándose y palmoteándose, aferrada con determinación a su asiento, hasta que llegaron a la casita cerca de Rush Margins. Renee recibió a Charlie con conmovedora timidez.

—Mi escudo protector, mi espina dorsal —murmuró.

Se había quedado delgada después del duro invierno y sus pómulos eran más prominentes. Su piel parecía restregada, como si un artista la hubiera rascado con un pincel. Pero siempre había tenido aquel aspecto de litografía. Normalmente era descarada con sus besos, y a él le pareció alarmante su reticencia, hasta que advirtió la presencia de un extraño en la penumbra. Después, tras las presentaciones, Nana y Renee se pusieron a cazcalear para poner la comida en la mesa y Charlie sacó un poco de avena, para el mustio jamelgo que tenía que tirar del carro.

Hecho esto, salió a sentarse a la luz del atardecer primaveral y a ver a su hija. Isabella se movía con cautela a su alrededor. Charlie sacó de su morral una figurita que le había tallado: un gorrioncillo de pico ávido y alas desplegadas.

—Mira, Bella —susurró. (Renee detestaba el apodo y por eso mismo lo usaba él; era su vínculo privado con Isabella, el pacto padre-hija contra el mundo)—. Mira lo que me he encontrado en el bosque: un pajarito de madera de arce.

La niña lo cogió en sus manos. Lo tocó suavemente y se llevó la cabecita a la boca. Charlie se preparó para oír cómo se hacía astillas y para reprimir su suspiro de decepción. Pero Isabella no lo mordió. Chupó la cabecita y la volvió a mirar. Húmeda, parecía más viva.

—Te gusta, ¿eh? —dijo Charlie.

Ella asintió y empezó a tocarle las alas. Aprovechando que estaba distraída, Charlie pudo atraerla hacia sí y situarla entre sus rodillas. Con su mentón de rizada barba, se puso a acariciarle el pelo, que olía a jabón, humo de leña y pescado con pan tostado, un olor bueno y saludable. Cerró los ojos. Era agradable estar en casa.

Había pasado el invierno en la choza abandonada de un pastor, en la vertiente azotada por el viento de Griffon's Head, orando y ayunando, ahondando en su interior y apartándose progresivamente de sí mismo. ¿Por qué no? En su casa había sentido el desprecio de la gente de todo el claustrofóbico valle de Illswater, que había oído la calumniosa historia del clérigo corrupto difundida por el Dragón del Tiempo y la había vinculado con la llegada de una niña deforme. Los vecinos habían sacado sus propias conclusiones. No acudían a sus misas.

Por eso le había parecido que una especie de vida de ermitaño, al menos por breves intervalos, sería a la vez penitencia y preparación para alguna otra cosa, para lo que viniera después, pero ¿qué?

Sabía que esa vida no era la que Renee esperaba cuando se casó con él. Considerando el linaje de Charlie, parecía casi segura su promoción a vicario o incluso, al cabo del tiempo, a obispo. Había imaginado la felicidad de Renee como dama de la sociedad, presidiendo cenas en los días de fiesta, galas de beneficencia y tés episcopales. En lugar de eso, la veía allí, junto al fogón, rallando una última y raquítica zanahoria invernal para añadirla a la olla del pescado. Allí no hacía más que derrochar su vida, en un matrimonio difícil, en la costa fría y sombría de un lago.

Charlie tenía la impresión de que a ella no la entristecía verlo partir de vez en cuando, porque de ese modo podía alegrarse al verlo regresar. Mientras cavilaba, su barba le hizo cosquillas en el cuello a Isabella, que con un chasquido partió las alas del gorrión de madera. La niña se puso a chuparlo como si fuera un silbato y, soltándose de su padre, corrió al espejo que colgaba del alero y empezó a darle manotazos.

—¡No! ¡Lo vas a romper! —dijo su padre.

—Ella no puede romper. —El viajero, el quadling, vino desde la pila donde se había estado lavando.

—Ha destrozado su juguete —dijo Charlie, señalando el pajarito roto.

—Ella misma tiene placer con cosas a mitades —dijo Corazón de Tortuga—. Eso creo. La niña pequeña jugar mucho mejor con trozos rotos.

Charlie no acabó de entenderlo, pero asintió. Sabía que varios meses sin oír la voz humana lo volvían algo lerdo. El chico de la posada, que había subido a Griffon's Head para transmitirle el pedido de Nana de que fuera a recogerla a Stonespar End, se había llevado obviamente la impresión de que Charlie era un hombre salvaje, gruñón y desharrapado.

Charlie había tenido que citar un pasaje de la Oziada para demostrarle cierta humanidad: «País de verde abandono, país de interminable fronda», fue todo lo que pudo recordar.

—¿Por qué dices que no puede romperlo? —preguntó Charlie.

—Porque yo no hacerlo para romper —respondió Corazón de Tortuga.

Pero le sonrió a Charlie sin agresividad. Isabella iba y venía con el cristal brillante como si fuera un juguete, atrapando sombras, reflexiones y luces sobre su superficie imperfecta, casi como si estuviera jugando.

—¿Adónde te diriges? —preguntó Charlie.

Justo en ese instante Corazón de Tortuga decía:

—¿De dónde es usted?

—Soy del País de los Munchkins —respondió Charlie.

—Yo tengo idea, todos munchkins muy bajos, más bajos que yo o usted.

—Los aldeanos y los campesinos, sí —dijo Charlie—, pero cualquiera cuya estirpe merezca recordarse tiene algún antepasado alto en su linaje. ¿Y tú? Tú eres del País de los Quadlings.

—Sí —respondió el quadling.

Su pelo rojizo, recién lavado, se estaba secando en un halo etéreo. Charlie se alegraba de ver que Renee había tenido la generosidad de ofrecer a un caminante, agua para bañarse. Quizá se estuviera adaptando a la vida en el campo, después de todo. Porque era bien sabido que, en la escala social, un quadling se situaba en el peldaño más bajo donde era posible estar sin dejar de ser humano.

—Pero yo quiero entender —dijo el quadling—. Owels es pequeño mundo. Hasta llegar momento marcharme, yo no saber nada de montañas: una, otra y otra más, como espina dorsal del mundo tan ancho alrededor. Niebla en lo lejano hace daño a los ojos, porque no deja ver. Señor, por favor, describa el mundo que conoce.

Charlie cogió un palo y trazó en el suelo la forma de un huevo acostado.

—Esto es lo que me enseñaron en la escuela —dijo—. Lo que hay dentro de este círculo es Oz. Si dibujas una X —y así lo hizo, atravesando el óvalo—, tendrás, a grandes rasgos, un pastel cortado en cuatro trozos. El trozo de arriba es Gillikin, lleno de ciudades, universidades, teatros y vida civilizada, según dicen. También industria —prosiguió en sentido horario—. Al este, se encuentra el País de los Munchkins, que es donde estamos ahora: agricultura, el granero de Oz, excepto en las montañas del sur. Estas rayas, en el distrito de Wend Hardings, son las montañas que has estado escalando. —Se sacudió y se estremeció—. Directamente al sur del centro de Oz se encuentra el País de los Quadlings: tierras áridas, según tengo entendido; pantanoso, yermo, infestado de bichos y miasmas infecciosas. —Corazón de Tortuga pareció perplejo al oír esto último, pero asintió—. Después, al oeste, está lo que llaman el País de los Winkis. No sé mucho al respecto, salvo que es un lugar seco y despoblado.

—¿Y alrededor? —preguntó Corazón de Tortuga.

—Desiertos de arenisca al norte y al oeste; desiertos de piedra manchada al este y al sur. Solían decir que la arena del desierto era un veneno mortífero. Pero eso no es más que propaganda, una forma de disuadir a los invasores procedentes de Ev y de Quox. El País de los Munchkins es territorio agrícola, rico y apetecible, y Gillikin tampoco está mal. En el Glikkus, aquí arriba —Charlie rascó unas líneas sobre la frontera entre Gillikin y el País de los Munchkins—, están las minas de esmeraldas y los famosos canales del Glikkus. Tengo entendido que hay una disputa en cuanto a la identidad munchkin o gillikinesa del Glikkus, pero no opino al respecto.

Corazón de Tortuga movió las manos sobre el dibujo en la tierra, flexionando las palmas, como si estuvieran leyendo el mapa desde arriba.

—¿Pero aquí? —preguntó—. ¿Qué está aquí?

Charlie se preguntó si se refería al aire sobre Oz.

—¿Los dominios del Dios Innominado? —dijo—. ¿La Otra Tierra? ¿Eres unionista?

—Corazón de Tortuga, vidriero.

—Me refiero a tu religión.

Corazón de Tortuga inclinó la cabeza y no le devolvió la mirada a Charlie.

—Corazón de Tortuga no sabe ningún nombre de esto.

—No sé nada de los quadlings —replicó Charlie, sintiendo una creciente simpatía por un posible converso—, pero los gillikineses y los munchkins somos mayoritariamente unionistas. Así ha sido desde que se extinguió el paganismo lurlinita. Todo Oz está lleno de santuarios y capillas unionistas desde hace siglos. ¿No los hay en el País de los Quadlings?

—Corazón de Tortuga no conoce eso —replicó el extranjero.

—Y ahora, hay unionistas respetables que se están pasando en masa a la fe del placer —dijo Charlie con un bufido—, o incluso al tiktokismo, que ni siquiera puede considerarse una religión. Para los ignorantes, todo es espectáculo en estos tiempos. Los antiguos monjes y monjas conocían su lugar en el universo, porque reconocían que la fuente de vida es demasiado sublime para ser nombrada; pero ahora, vamos oliéndoles los calzones a cualquier mago roñoso que se nos cruza en el camino. ¡Hedonistas, anarquistas, solipsistas! ¡La libertad individual y la diversión lo son todo! ¡Como si la hechicería tuviera componentes morales! ¡Encantamientos, magia de feria, sonido a todo volumen, espectáculos de luz, embaucadores que dicen cambiar de forma! ¡Charlatanes, potentados de la necromancia y los saberes químicos y herborísticos, farsantes hedonistas! ¡Vendiendo sus falsas recetas, sus aforismos de vieja arpía y sus supersticiones de escolares! ¡Qué enfermo me ponen!

—¿Trae agua, Corazón de Tortuga? —dijo el quadling—. ¿Lo ayuda Corazón de Tortuga a meterse en la cama?

Apoyó sus dedos suaves como la piel de cabritillo a un lado del cuello de Charlie, que se estremeció y advirtió que había estado gritando. Nana y Renee estaban de pie en la puerta, con la olla de pescado, en silencio.

—Es una manera de hablar. No estoy enfermo —dijo, pero estaba conmovido por el interés demostrado por el extranjero—. Creo que ahora vamos a comer.

Y así lo hicieron. Isabella no prestó atención a la comida, excepto para sacarle los ojos al pescado guisado e intentar ponérselos a su pajarito sin alas. Nana refunfuñaba apaciblemente acerca del viento que soplaba desde el lago, sus escalofríos, su espalda y su digestión. Sus flatulencias eran perceptibles desde unos cuantos palmos de distancia, por lo que Charlie se cambió de sitio lo más discretamente que pudo, para situarse contra el viento. Se encontró entonces sentado junto al quadling, en el banco.

—¿Lo has entendido bien? —dijo Charlie, señalando con el tenedor el mapa de Oz.

—¿Ciudad Esmeralda estar en qué sitio? —preguntó el quadling, con espinas de pescado sobresaliéndole de los labios.

—Justo en el centro —replicó Charlie.

—Y allí, Ozma —dijo Corazón de Tortuga.

—Ozma, la reina coronada de Oz, o al menos eso dicen —repuso Charlie—, porque el Dios Innominado debe ser quien nos gobierne a todos en nuestros corazones.

—¿Cómo puede gobernar criatura sin nombre…? —empezó Corazón de Tortuga.

—Nada de teología durante la cena —canturreó Renee—. Es una regla de la casa que se remonta al comienzo de nuestro matrimonio, Corazón de Tortuga, y todos la respetamos.

—Además, yo aún siento devoción por Lurlina. —Nana hizo una mueca en dirección a Charlie—. Los viejos como yo nos lo podemos permitir. ¿Ha oído hablar de Lurlina, extranjero?

Corazón de Tortuga negó con la cabeza.

—Si no podemos hablar de teología, menos aún podremos hablar de necedades paganas… — comenzó Charlie; pero Nana, que era la invitada y además aducía una ligera sordera cada vez que le convenía, insistió.

—Lurlina es la reina de las hadas, que voló sobre las áridas extensiones arenosas y descubrió la verde y hermosa tierra de Oz. Dejó a su hija para que gobernara el país en su ausencia y prometió regresar a Oz en sus horas más oscuras.

—¡Ja! —dijo Charlie.

—Nada de ¡jas! conmigo —replicó Nana desdeñosamente—. Tengo tanto derecho a mis creencias como tú, Charlie el Devoto. Las mías, al menos, no me meten en problemas como te pasa a ti con las tuyas.

—Nana, controla tu temperamento —dijo Renee, disfrutando de la situación.

—¡Son todas tonterías! —dijo Charlie—. Ozma gobierna en la Ciudad Esmeralda, y cualquiera que la haya visto, en persona o en retrato, sabe que es de estirpe gillikinesa. Tiene la misma frente ancha, los mismos incisivos ligeramente separados, el mismo paroxismo de pelo rubio rizado, los mismos cambios repentinos de humor… habitualmente para mal. Son todas características de los pueblos gillikineses. Tú la has visto, Renee, díselo al extranjero.

—Oh, sí, es elegante a su manera —reconoció Renee.

—¿Hija de una reina de las hadas? —pregunto Corazón de Tortuga.

—Más majaderías —dijo Charlie.

—¡Nada de majaderías! —exclamó Nana.

—Se creen que nace y renace una y otra vez, como el ave pfénix —dijo Charlie—. ¡Ja! y dos veces ¡ja! Llevamos trescientos años de Ozmas completamente diferentes. Ozma la Mendaz era una monja de clausura que bajaba sus decretos en un cubo, desde una celda en lo más alto de la torre de un convento. Estaba más loca que un escarabajo frangollero. Ozma la Guerrera conquistó el Glikkus, al menos por un tiempo, y se apropió de las esmeraldas para adornar la Ciudad Esmeralda. Ozma la Bibliotecaria no hizo nada, excepto leer genealogías durante toda su vida. Después vino Ozma la Poco Amada, que criaba armiños como animalitos de compañía. Sofocó de impuestos a los granjeros, para empezar la red de caminos de baldosas amarillas que todavía están intentando terminar, y ojalá tengan suerte y lo logren.

—¿Quién es Ozma de ahora? —preguntó Corazón de Tortuga.

—A decir verdad —dijo Renee—, tuve el placer de conocer a la última Ozma durante una temporada de bailes y recepciones en la Ciudad Esmeralda. Mi padre, el Eminente Swan, tenía una casa en la ciudad. En el invierno de mis quince años fui presentada en sociedad. Ella era Ozma la Biliosa, por sus problemas de digestión. Era del tamaño de un narval lacustre, pero su traje era precioso. La vi con su marido, Pastorius, en el Festival Melódico y Sentimental de Oz.

—¿No más es reina? —preguntó Corazón de Tortuga, confuso.

—Murió a consecuencia de un desafortunado accidente con veneno de ratas —explicó Charlie.

—Murió —dijo Nana—, o su espíritu pasó a su hija, Ozma Tippetarius.

—La actual Ozma tiene más o menos la edad de Isabella —terció Renee—; por eso su padre, Pastorius, es el regente. El buen hombre gobernará hasta que Ozma Tippetarius tenga edad para ocupar el trono.

Corazón de Tortuga meneó la cabeza. Charlie estaba molesto porque habían pasado demasiado tiempo hablando del gobierno del mundo, sin prestar atención al reino eterno, y Nana sufrió otro ataque de indigestión, que todos lamentaron profundamente desde el punto de vista olfativo.

En cualquier caso, incluso estando irritado, Charlie se alegraba de estar en casa, por la belleza de Renee (que prácticamente resplandecía esa noche, mientras el sol abandonaba el cielo), y por la sorpresa de tener a Corazón de Tortuga, sonriente y confiado a su lado, quizá a causa del vacío religioso del extranjero, que a Charlie le parecía un atractivo reto, casi una tentación.

—Después está el dragón debajo de Oz, en una caverna oculta —le estaba diciendo Nana a Corazón de Tortuga—, el dragón que ha soñado al mundo y que lo hará consumirse en llamas cuando despierte…

—¡Deja ya de decir sandeces supersticiosas! —gritó Charlie.

Isabella avanzó gateando por los desiguales tablones del suelo. Enseñó los dientes (como si supiera lo que era un dragón, como si lo estuviera imitando) y rugió.

Por su piel verde, parecía más persuasiva, como si fuera una niña dragón. Volvió a rugir («No cariñito, no lo hagas», le rogó Charlie), se orinó en el suelo y olisqueó su orina con satisfacción y disgusto.

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