No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Gregory Maguire. Yo solo me divierto un poco.
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Una tarde, hacia el final del verano, Nana dijo:
—Hay una bestia por los alrededores. La he visto varias veces al anochecer, acechando entre los helechos. A propósito, ¿qué clase de animales son propios de estas colinas?
—Aquí no suele haber nada más grande que una ardilla —dijo Renee.
Estaban a orillas del riachuelo, lavando la ropa. Hacía tiempo que habían pasado las parcas lluvias primaverales y la sequía volvía a apretar la mano. La corriente no era más que un hilillo. Isabella, que se negaba a acercarse al agua, estaba despojando a un peral silvestre de su atrofiada cosecha.
Se agarraba al tronco con las manos y los pies torcidos hacia afuera y movía a los lados la cabeza, atrapando con los dientes los frutos amargos, para luego escupir al suelo las pepitas y el corazón.
—Lo que yo digo es más grande que una ardilla —dijo Nana—, créeme. ¿Tenéis osos? Podría ser un cachorro de oso, aunque se movía con bastante rapidez.
—Aquí no hay osos. Corre el rumor de que hay tigres de las rocas en la sierra, pero hace siglos que nadie ve ninguno. Y todo el mundo sabe que los tigres de las rocas son tremendamente tímidos y asustadizos. No se acercan a las casas.
—¿Un lobo, entonces? ¿Hay lobos? —Nana dejó que la sábana cayera al agua—. Pudo haber sido un lobo.
—Nana, esto no es un páramo. Wend Hardings es un sitio inhóspito, sí, pero su desolación es mansa y doméstica. Me estás alarmando con tu cháchara de lobos y tigres.
Isabella, que aún se resistía a hablar, produjo un gruñido grave con la garganta.
—Esto no me gusta nada —dijo Nana—. Terminemos ya y volvamos a casa a secar la ropa. Además, hay otras cosas que me gustaría decirte. Dejémosle la niña a Corazón de Tortuga y vayamos tú y yo a algún sitio —se estremeció—, a algún sitio seguro.
—Lo que tengas que decir, puedes decirlo delante de Isabella —dijo Renee—. Ya sabes que no entiende ni una palabra.
—Confundes no hablar con no escuchar —replicó Nana—. Yo creo que entiende muchas cosas.
—Mira, se está frotando fruta en el cuello, como si fuera colonia…
—Como si fuera pintura de guerra, querrás decir. —¡Ay, qué amarga eres, Nana! Deja de decir tonterías y restriega con más fuerzas esas sábanas. Están asquerosas.
—No hace falta que pregunte de quiénes serán estos sudores y estos jugos corporales…
—¡Cómo eres! Claro que no hace falta que lo preguntes, pero no empieces a sermonearme…
—Ya sabes que Charlie lo advertirá, tarde o temprano. Esas vigorizantes siestas que te echas por la tarde… No sé, tú siempre has sabido apreciar a cualquier hombre que vaya bien servido de embutido y huevos duros…
—Basta ya, Nana, no es asunto tuyo.
—Ésa es mi desgracia —replicó la nodriza, suspirando—. ¿Verdad que la vejez es una broma pesada? Ahora mismo cambiaría todas mis perlas de sabiduría, que mi buen trabajo me ha costado ganar, por un buen revolcón con el Tío Cucaña.
Renee le tiró a Nana un puñado de agua a la cara para hacerla callar. La anciana parpadeó y dijo:
—De acuerdo, es tu jardín; planta lo que quieras y cosecha lo que puedas. En cualquier caso, de lo que yo quiero hablar es de la pequeña.
Para entonces, la niña estaba en cuclillas detrás del peral, entornando los ojos para ver algo a lo lejos.
Parecía una esfinge —pensó Renee—, una bestia de piedra.
Una mosca llegó a aterrizar en su cara y caminar por el puente de su nariz, sin que la niña se sobresaltara ni se estremeciera. Después, súbitamente, Isabella saltó y se abalanzó sobre algo, como un gatito verde desnudo atacando a una invisible mariposa.
—¿Qué pasa con ella?
—La niña tiene que habituarse a estar con otros niños, Renee. Empezará a hablar poco a poco, si ve hablar a otros niños.
—La conversación entre niños es un concepto muy sobrevalorado.
—No trates de apabullarme con palabras difíciles. Sabes muy bien que necesita acostumbrarse a gente distinta de nosotros. De todas maneras, no le va a resultar fácil, a menos que cambie la piel verde cuando crezca. Necesita adquirir el hábito de la conversación. Mira, yo le pongo tareas, le canto cancioncillas infantiles… ¿Por qué no reacciona como los otros niños, Renee?
—Es una niña aburrida. Algunos niños son así.
—Debería jugar con otros niños. Le contagiarían el sentido de la diversión.
—A decir verdad, Charlie no espera que ninguna hija suya se interese por la diversión —dijo Renee—. En este mundo se le da demasiada importancia a la diversión, Nana. En eso estoy de acuerdo con él.
—Entonces, ¿qué son tus dragoserpenteos con Corazón de Tortuga? ¿Ejercicios religiosos?
—¡Deja ya la socarronería, por favor!
Renee se concentró en las toallas, que procedió a golpear con disgusto. Nana seguiría insistiendo; se traía algo entre manos. Y había dado en el clavo. Cuando Renee estaba fatigada por el trabajo de la mañana en el huerto, Corazón de Tortuga entraba en la fresca penumbra de la casa. La cubría con una sensación de santidad, y era algo más que la ropa interior lo que perdía ella cuando ambos caían jadeando entre las sábanas. Perdía el sentido de la vergüenza.
Sabía que lo suyo no obedecía a ningún razonamiento convencional, pero si un tribunal de clérigos unionistas la hubiese citado a declarar por adulterio, habría dicho la verdad. De algún modo, Corazón de Tortuga la había salvado y le había devuelto la confianza en la gracia divina y en el mundo. Su fe en la bondad de las cosas se había hecho añicos cuando la pequeña y verde Isabella hizo su ingreso en la vida.
La niña era su desmesurado castigo por un pecado tan nimio que ni siquiera recordaba haberlo cometido. No era el sexo lo que la había salvado, aunque el sexo era tremendamente enérgico e incluso aterrador. Era que Corazón de Tortuga no se sonrojaba cuando aparecía Charlie, ni se arredraba ante la pequeña y bestial Isabella.
El hombre instaló junto a la casa el taller donde soplaba y esmerilaba vidrio, como si la vida lo hubiera conducido hasta allí con el único propósito de redimir a Renee. Cualquier otro lugar al que pudiera dirigirse había caído en el olvido.
- Muy bien, vieja entrometida —dijo Renee—. Escucharé lo que tengas que decir. ¿Qué propones?
—Tenemos que llevar a Bellis a Rush Margins y encontrar niños que jueguen con ella.
—Estarás bromeando, ¿no? —exclamó Renee, mientras se agachaba para sentarse en cuclillas—. Con lo lenta y pausada que es, aquí al menos no se hace daño. Quizá yo no sea capaz de darle mucho calor maternal, Nana, pero la alimento e impido que se lastime. ¡Sería una crueldad exponerla al mundo exterior! Una niña verde sería una invitación a la burla y al acoso. Los niños son más crueles que los adultos, no conocen ningún límite. Sería más o menos como arrojarla al lago que tanto la atemoriza.
—No, no y no —dijo Nana, apoyando sus manos gordezuelas en las rodillas, con la voz grave por la determinación—. Renee, pienso seguir discutiendo contigo hasta que me des la razón. El tiempo en su sabiduría te hará ver las cosas como las veo yo. Escúchame. Préstame atención. Tú no eres más que una niñita rica mimada que iba de aquí para allá, de la clase de música a la clase de danza, con los niñitos del vecindario, que eran tan ricos y estúpidos como tú. ¡Desde luego que hay crueldad! Pero Isabella tiene que aprender quién es y tiene que enfrentarse a la crueldad lo antes posible. Y habrá menos de la que esperas.
—No juegues conmigo a la Diosa Nana, porque eso no cuela.
—Nana no se da por vencida —dijo la anciana con la misma fiereza—. Yo pienso en tu felicidad a largo plazo y también en la suya, y créeme, si no le das armas y escudos para defenderse contra las burlas, te amargará a ti la vida y se amargará la suya.
—¿Y esas armas y escudos se los darán los gamberrillos mugrientos de Rush Margins?
—Risas. Diversión. Bromas. Sonrisas.
—¡Oh, por favor!
—Por esto soy capaz incluso de chantajearte, Renee —dijo Nana—. Puedo acercarme a Rush Margins esta tarde, averiguar dónde intenta celebrar Charlie su reunión evangelizadora y susurrarle unas palabras al oído. ¿Crees que le interesará saber lo que hace su esposa con Corazón de Tortuga mientras él está ocupado alentando el fervor religioso de los ganapanes de Rush Margins?
—¡Eres una vieja miserable y desalmada! ¡Eres una asquerosa tirana sin el menor sentido de la ética! —exclamó Renee. Nana sonrió con orgullo.
—No más tarde de mañana —dijo—. Iremos mañana y haremos que comience su vida.
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Por la mañana, un viento rígido y despiadado bajaba galopando de las cumbres, levantando hojas muertas y restos de cosechas fallidas y cultivos domésticos. Nana se echó un chal sobre los hombros redondos y se encasquetó una gorra hasta la frente.
Tenía los ojos llenos de bestias marginales; no hacía más que volverse para ver furtivas formas gatunas o zorros disolviéndose en grumos de hojas muertas y restos esqueléticos. Recogió una rama de endrino para ayudarse en su marcha sobre piedras y rodadas, pero esperaba estar preparada para blandiría contra cualquier bestia hambrienta.
—La tierra está seca y fría —observó casi para sí misma—. ¡Y ha llovido tan poco! Es natural que las grandes bestias bajen de las colinas. Caminemos juntas, no te adelantes corriendo, verdecita.
Anduvieron en silencio: Nana, temerosa; Renee, enfadada por tener que perderse su esparcimiento vespertino, e Isabella, como un autómata, poniendo firmemente un pie delante del otro. Las orillas del lago habían retrocedido y algunos de los toscos muelles se habían convertido en pasarelas sobre guijarros y verdes algas resecas, con el agua retraída fuera de su alcance.
Angela vivía en una casa de piedra con el techo de paja medio podrida. Por culpa de una cadera mala, no podía recoger las redes de pesca ni arrodillarse en el huerto infecundo. Tenía un montón de niñitos en diversas fases de desnudez, que no dejaban de berrear, enrabietarse y trotar por la tierra del fondo, formando una pequeña manada. Al acercarse la familia del clérigo, Angela levantó la vista.
—Buenos días. Tú debes de ser Angela —dijo Nana animadamente. Estaba feliz de poder abrir el portón y sentirse segura dentro del jardín, incluso de aquella casucha—. El hermano Charlie nos ha indicado que te encontraríamos aquí.
—¡Válgame Lurlina! ¡Lo que cuentan es cierto! —exclamó Angela, haciendo la señal sagrada contra Isabella—. ¡Yo creía que eran sucias mentiras, y aquí está!
Los niños ya no corrían, sino que caminaban. Eran niños y niñas de cara morena y piel blanca, mugrientos y ansiosos de ver algo nuevo. Aunque no dejaron de caminar, jugando a algún juego de resistencia o de imaginación, tenían los ojos fijos en Isabella.
—Ella es Renee, como ya sabes (claro que sí), y yo soy su Nana —dijo Nana—. Estamos encantadas de conocerte, Angela.
Miró de reojo a Renee, se mordió el labio inferior y asintió con la cabeza.
—Encantadas, realmente encantadas —dijo Renee en tono glacial.
—Y necesitamos tus consejos, porque nos han hablado muy bien de ti —dijo Nana—. La niña tiene problemas y, por mucho que pensamos, a nosotras no se nos ocurre qué hacer.
Angela se inclinó hacia adelante, suspicaz.
—La niña es verde —susurró Nana confidencialmente—. Quizá no lo hayas notado, atraída por su calidez y su encanto. Sabemos muy bien que la buena gente de Rush Margins jamás se fijaría en un detalle como ése. Pero como es verde, la niña es tímida. Mírala. Parece una tortuguita asustada en primavera. Necesitamos sacarla al exterior y alegrarle la vida, pero no sabemos cómo hacerlo.
—Es verde, bien verde —dijo Angela—. ¡Ahora entiendo por qué el inútil del hermano Charlie pasó tanto tiempo sin predicar! —Echó hacia atrás la cabeza y soltó una risa áspera y muy poco cortés—. ¡Y hasta ahora no había reunido coraje para volver! ¡Eso sí que es tener valor!
—El hermano Charlie —la interrumpió Renee fríamente— nos pide que recordemos las escrituras: «Nadie sabe de qué color es el alma.» Me ha sugerido que te mencionara ese pasaje, Angela.
—¿Lo ha dicho? —masculló Angela, bajando la vista—. Bien, ¿qué queréis de mí, entonces?
—Déjala que juegue, déjala que aprenda, deja que venga contigo y se ponga a tu cuidado. Tú sabes más que nosotras —dijo Nana.
«Qué vieja tan astuta —pensó Renee—. Está utilizando la más infrecuente de las estrategias: decir la verdad y hacer que parezca verosímil. Se sentaron.»
—No sé si me encariñaría con ella —dijo Angela, resistiéndose aún—. Además, no sé si sabéis que mi cadera me impide saltar y ponerles freno cuando hacen de las suyas.
—Ya veremos. Además, lógicamente, habrá una retribución, algo de dinero. Renee está totalmente de acuerdo —dijo Nana. El huerto baldío le había llamado la atención. Aquello era pobreza. Nana le dio un empujoncito a Isabella—. ¡Bueno, pequeña, adelante! Ve y aprende cómo es la vida.
La niña no movió un músculo, no parpadeó. Los niños se le acercaron. Eran cinco niños y dos niñas.
—¡Qué niñita tan fea! —dijo uno de los chicos mayores. Le tocó un hombro a Isabella.
—Jugad y sed buenos —dijo Renee, a punto de levantarse de la silla, pero Nana la cogió de la mano, para indicarle que permaneciera sentada.
—¡Al pilla-pilla! ¡Juguemos al pilla-pilla! —dijo el chico—. ¿Quién es la mosca verde?
—¡Yo no! ¡Yo no!
Los niños mayores chillaron, se apresuraron a rozar a Isabella con las manos y huyeron corriendo. Ella se quedó quieta un instante, confusa, con las manos bajas y apretadas, y entonces corrió unos pasos y se detuvo.
—Esto es lo que necesita. ¡Ejercicio saludable! —dijo Nana, asintiendo con la cabeza—. Angela, eres un genio.
—Conozco a mis chiquillos —replicó Angela—. Nadie los conoce mejor que yo.
Como un rebaño, los niños se acercaron corriendo otra vez, tocaron a Isabella y se alejaron nuevamente a toda prisa, pero la niña no salió a perseguirlos. Entonces volvieron a acercarse.
—¿Es cierto que también tenéis un puerco quadling alojado en casa? —preguntó Angela—. ¿Es verdad que sólo come hierba y estiércol?
—¡Por favor! ¿Qué estás diciendo? —exclamó Renee.
—Es lo que dice la gente. ¿Es cierto? —insistió Angela.
—Es un buen hombre.
—Pero ¿es un quadling?
—Bueno… sí.
—Entonces no lo traigas. Contagian la peste —dijo Angela.
—No contagian nada de eso —replicó Renee secamente.
—¡No tires cosas, Bellis, cariño! —exclamó Nana.
—Yo sólo repito lo que he oído. Dicen que cuando los quadlings se quedan dormidos por la noche, el espíritu les sale por la boca y se marcha a vagabundear.
—La gente estúpida dice un montón de cosas estúpidas. —Renee hablaba con brusquedad y a un volumen excesivo—. Nunca he visto que le saliera el espíritu por la boca mientras dormía, y eso que he tenido muchas oportuni…
—¡Cariño, nada de piedras! —chilló Nana—. ¿No ves que los otros niños no tienen piedras?
—Ahora sí las tienen —observó Angela.
—Es la persona más sensible que conozco —dijo Renee.
—La sensibilidad no le sirve de mucho a la mujer de un pescador —repuso Angela—. ¿Y a un clérigo? ¿Y a la mujer de un clérigo?
—¡Ahora está sangrando! ¡Qué fastidio! —dijo Nana—. ¡Niños, dejad que Bellis se levante, para que pueda limpiarle la herida! No he traído ningún trapo. ¿Tendrás alguno, Angela?
—Sangrar les va bien. Así tienen menos hambre —señaló Angela.
—Por lo que a mí respecta, ser sensible es muchísimo mejor que ser estúpido —dijo Renee, echando humo.
—¡Nada de morder! —le dijo Angela a uno de los niños más pequeños, y después, viendo que Isabella abría la boca y se aprestaba a tomar represalias, se puso de pie, pese a la cadera mala, y gritó:
— ¡Nada de morder, por lo que más queráis!
—¿Verdad que los niños son divinos? —dijo Nana.
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