3
Cuando Peter despertó y el pánico se apoderó de él, lo único que pudo escuchar además del torbellino de pensamientos en su cabeza, fue la lluvia, que seguía cayendo a cántaros.
Su vista, no obstante, ya no estaba enturbiada por las gotas ni oscurecida por la inconsciencia. Todo había sido reemplazado con una luz muy brillante. Adentro de lo que lucía como la mitad de una sala de estar y la otra mitad como un taller mecánico, supo que alguien merodeaba cerca, a pocos metros de él.
Más rápido de lo que se tarda en contarlo, sus sentidos se activaron, y como si hubiese pulsado un interruptor, brincó del sofá. Su figura voló por los aires, en una impresionante voltereta, y aterrizó con los dos pies sobre el suelo de mármol.
—¡Guau! Te doy un nueve por ese salto mortal.
Volteó la cabeza para encontrarse con nada más y nada menos que Tony Stark. Detrás de una barra de granito, sirviéndose un coctel, parecía igual de elegante y confiado como si estuviera ante las cámaras dando el reporte del clima. Peter habría saltado de entusiasmo de no ser porque ya no era un niño de seis años. En cambio, fue la inevitable oleada de alivio lo que lo recorrió de pies a cabeza al verlo.
—¿Un nueve? —repitió él con sorna, haciendo acopio de sus fuerzas para sonar calmado—. ¿Sólo eso? Puede que tenga un dolor de los mil demonios en la cabeza, pero recuerdo haberte salvado la vida. Por cierto, ¿en dónde estoy?
Tony escuchó una voz de trino cantarían que fue música para sus oídos, al mismo tiempo que una latente preocupación. ¿Qué tan joven era el chico? Por lo que oía, mucho. Dejó esos pensamientos de lado y buscó la gracia en la rapidez con que el arácnido se recuperaba; tanto de despertar en un lugar extraño, como del golpazo que se dio antes.
—Estás en la Torre de los Vengadores —respondió—, y te hubiera dado el diez si no fuera porque…—alzó la barbilla—, ensuciaste mi sofá.
Una gran capa de agua se adhería a los asientos de cuero, donde la figura de Peter estuvo descansando quién sabe por cuánto tiempo.
La cabeza del chico viajó desde el sofá hasta Tony, y viceversa.
—¿Lo dejamos a mano? —la risa que emitió el millonario sin despegar los labios le erizó la piel de un modo singular y aún desconocido. Tony abandonó la barra con dos vasos en cada mano, llenos de lo que parecía un whisky seco. Peter observó rápidamente que Stark, en persona, era de estatura baja, pero con el cuerpo de un corredor y el tipo de sonrisa encantadora que probablemente funcionaba el noventa por ciento de las veces. Su ropa casual, camisa azul marino y pantalones negros, parecían hechos por un sastre.
Él, por otro lado, se sentía incómodo y pegajoso. Con un frío atroz.
Tony lo estudió mientras iba caminando. Similar estatura, engañosamente delgado, pero con hombros fornidos, bíceps marcados, y los glúteos…dios bendiga la licra mojada, pensó; carnosos, firmes y redondos. Toda esa cuestión del vigilante enmascarado lo alcanzó de la mejor manera posible.
Sintió la punzada usual del deseo. Aquella atracción instantánea, aguda como un cuchillo, podía controlarse. No querría ir demasiado rápido. Tal vez lo espantaría.
—Acepta este reconfortante trago y estaremos a mano —la voz de Tony fue un ronroneo bajo que hacía subir la presión sanguínea.
Peter sacudió la cabeza, y parte de su cuerpo tembló al hacerlo.
—No bebo alcohol.
El hombre paró en seco. Estaban a un metro de distancia.
—¿Qué edad tienes, exactamente? —necesitaba saber por cuál clase de líos se estaba interesando.
—Lo suficientemente mayor para haber probado alcohol y decidido que no me gusta —Peter pudo ver el alivio apareciendo en sus facciones.
—Entonces nunca estaremos a mano —bajó los vasos a la altura de sus caderas en un aire decepcionado—. Cuando yo ofrezco un trago, no es nada más un líquido lo que entrego; es un gesto de solidaridad y confianza mutua: es un acto de camaradería.
—Qué profundo —la burla le habría sonado natural, de no ser porque sintió otra sacudida en su espina dorsal que le alteró la voz. Tony lo vio y se esforzó para no sonreír.
—Así soy yo. ¿Tienes frío?
—Un poco —la verdad era que no castañeaba porque iba apretando la mandíbula cuando no hablaba.
—Lo siento.
—¿Por qué lo sientes?
—Porque yo quería hacerte el favor de quitarte ese pijama ridículo que tienes para evitarte un resfriado, pero JARVIS me lo impidió.
—¿JARVIS?
"Ese sería yo"
—¡Santa mierda! —berreó el arácnido. Tony no podía verle los ojos, pero imaginó que estarían muy abiertos, buscando los sensores de JARVIS—. ¿Es una Inteligencia Artificial? ¿Por eso lo escucho en todos lados?
El chico, pensó con sorpresa, era listo. Llegó a la conclusión correcta de que los sensores estaban en todas partes y que eran intencionalmente discretos, cuando la mayoría de la gente preguntaba "¿de dónde viene esa voz?"
—Mallitas, te presento a JARVIS. Dile "hola" a mallitas.
"Hola, mallitas" fue el intento de JARVIS para hacer un chiste.
—¡Hola, JARVIS! —le respondió Peter a la habitación general—. Es un placer conocerte. Llámame Spider-man —puntualizó.
"Así lo haré, Spider-man"
—¡Esto es asombroso! —exclamó Peter—. Nunca había conocido una Inteligencia Artificial, al menos no una que fuera tan avanzada. Hace mucho, mi amigo y yo construimos un prototipo para que nos preparase malteadas de fresa con una sola orden, pero después de ensuciar el techo a la primera… ¡Oye, espera un momento! —se volvió hacia Tony—. ¿Qué quisiste decir con pijama ridículo?
Al fin la reacción deseada. La sonrisa de Tony era galante, ligeramente calculadora. Si pulsaba los botones correctos, muy pronto su plan se vería en acción.
Depositó los cocteles en la mesa más cercana, y regresó para estar cerca de su eje, sin demasiada proximidad, pero dejando en claro que la línea que los separaba no era tan abismal.
—Sólo apuntaba la pobre habilidad de diseño y costura de quien hizo ese traje.
—Yo lo hice —repuso Peter.
—Oh. —su cara no tenía el menor asomo de vergüenza—. ¿Lo ves? Podrás ser un amigable vecino araña, pero tus dotes de confección dejan mucho que desear.
—Usted diseñó su primera armadura en una cueva —subrayó Peter—. De un montón de chatarra logró reunir las piezas correctas.
Tony intentó no ser molestado por aquel rasgo de formalidad en sus palabras y siguió adelante.
—Sí, pero luego evolucioné. Convertí la chatarra en algo mejor.
—El problema es que yo no soy multibillonario con una compañía a mis pies.
—Pero ahora te has topado con uno. Y llámame Tony, por favor. No me hables de usted, o JARVIS se pondrá incómodo.
—Okey. Tony.
—¿Y el tuyo es…?
—Buen intento.
—Déjame ayudarte, Spider-man.
—¿Pero por qué?
—Estás temblando —señaló.
—¿Sí?
—Mojado hasta las enaguas.
—¿Cuál es tu punto?
—A pesar de que soy muy bueno a la hora de apreciar las virtudes de la licra mojada y entallada, no puedo apartar el pensamiento sobre lo incómodo que debe ser tu traje ahora mismo.
—Daño colateral. Gajes del oficio. ¿Acabas de insinuarte? —escupió la pregunta sin que su cerebro la hubiera aprobado del todo. Lo único que recibió a cambio fue una pequeña sonrisa de lado.
—Mi punto es —continuó como si nada— que si quieres, puedo dar una aportación muy fructífera y totalmente desinteresada a tu traje de batalla —verdad a medias, las mentiras blancas no le hacen daño a nadie—. Podríamos terminar con el experimento antes de que la tormenta termine con Manhattan.
—¿Quieres experimentar con mi traje? ¿Usando tu tecnología? —la emoción se le estaba haciendo evidente en la voz. Todo iba en la dirección correcta.
—Quiero evitar que se te congele el trasero la próxima vez que luches bajo la lluvia.
—¿Qué tienes en mente? ¿Calefacción?
—Algo por el estilo. Piensa más en una sensación térmica incorporada en cada fibra de tu traje.
—¿Qué hay de mi identidad secreta?
—¿Qué hay con ella?
—Bueno… —titubeó un momento—, ¿tengo que quitarme el traje? Porque, ya sabes, me aferro a mis derechos de anonimato.
A Tony no le quedó de otra más que componer una mueca de resignación.
—Me gustaría decir que sí, pero no. No es necesario que te quites el traje; puedo hacer mi trabajo sin él. Aunque si no quieres morir de hipotermia, te vendría bien un cambio de ropa. Creo que tengo talla para enanos.
—Mira quien habla, Frodo Baggins —Tony Stark podía ser más alto que él, pero eran centímetros de diferencia. Seguramente cualquier ropa que tuviera para prestarle le quedaría—. Puedo cambiarme todo, pero la máscara se queda puesta.
—Una lamentable decisión —detectó la pena en su voz—. Me hubiera gustado saber si el rostro iba a la par con ese cuerpo. —Vio cómo los ojos de Tony le lamían la figura, así que cuando Peter tembló, no fue debido al frío.
Oh, dios, estaba flirteando. Definitivamente Tony Stark estaba flirteando con él. Oh, dios, oh dios.
Casi dio un paso atrás. Lo miró con otros ojos.
Hora de las maniobras defensivas.
—Todo eso suena genial —empezó a decir sin voltear a verlo a la cara pese a que él no podía ver la suya—, es grandioso, pero…Es tarde. Debería irme —huir de todo aquello que conseguía dispararle el pulso era como su segundo sentido arácnido.
—Resulta que es más temprano de lo que parece; lo que pasa es que está nublado.
Peter observó a través de un gran ventanal la densa cortina de lluvia que caía incesante, las nubes cenizas y el aire impregnado de humedad. Su vista regresó de golpe a Tony.
—Tengo cosas que hacer.
—No me digas —lo había asustado, se reprochó. Pero no dejaría que se le escapara así sin más— ¿Qué cosas?
La mente de Peter se vació por completo. Apestaba para inventar excusas.
—Un, hum, un, un criminal que…que dejé enredado en mis telarañas.
—¿Con esta lluvia?
—Sí.
—¿Por qué será que no puedo creerte?
—Probablemente porque nunca supe mentir ni aunque mi vida dependiera de ello.
Stark resopló de risa.
—No aceptaste el trago —le recordó—. Tienes que aceptar mi propuesta o rallarías el límite de la descortesía. Y también considéralo un agradecimiento por salvar mi vida. Yo no olvido esas cosas tan fácilmente.
Peter tenía la sensación de que no importaba lo que dijera, ese hombre iba a encarcelarlo si hacía falta. Rebosaba una confianza que provenía del verdadero talento y de toda una vida para conseguir que lo imposible fuera posible. Lo había visto en televisión, lo había dibujado con crayones cuando era niño, y puede que un par de veces lo había soñado en la intimidad de su habitación cuando era adolescente: por lo tanto, conocía el alcance de su terquedad y su propensión hacia el flirteo. Sí, pensó, Tony Stark era un don juan por naturaleza, lo tenía muy presente. Tal vez no habría de qué preocuparse si jugaban por lo seguro, si sólo flirteaban, si sólo era eso. Simplemente eso. Peter era fuerte, después de todo. Aterradoramente fuerte.
Tony supo, por el largo y ruidoso suspiro, que lo había convencido. Alzó la mano.
—¿Trato?
Aceptó la mano. Era grande, y le gustó; le gustó su tacto curtido y calloso. Pudo sentirlo a través de la licra, a través de la carne, y a través del pensamiento, enviando ondas eléctricas a cada célula de su cuerpo. Mierda.
—Trato...
Mientras se estrechaban las manos, el hombre mayor ingeniaba las mil y un formas de meterse en los pantalones de Spider-man, al tiempo que Peter esperaba que la tormenta no fuera a prolongarse demasiado. Porque Tony Stark era guapo hasta lo absurdo, y Peter era fuerte, pero pensándolo mejor, quizá no tanto.
