5
—De acuerdo. Bien —Miró a su alrededor. La cocina era enorme—. ¿Qué puedo hacer?
—Puedes sentarte. Te serviré una copa de champagne. Eso si la ley no me castiga…—tanteó.
—No lo hará —aseguró de nuevo. Tampoco le iba a lastimar un trago, pese a que no le fascinaba el sabor—. Debería ayudarte… —se interrumpió al ver que Tony vertía la botella sobre una copa ovalada.
No tenía idea de cómo iba a comer ni beber con la máscara puesta.
—Siéntate y bebe champagne —insistió.
Aunque seguía pensando que debería ayudar, se acomodó en uno de los taburetes que había junto a la barra, jugueteando con la copa entre sus dedos. Cuando Tony le dio la espalda, levantó la máscara hasta los labios. El champagne sabía dulce y frutal.
Mientras tanto, Stark envolvió unas patatas en papel aluminio. Luego prendió el horno y sacó de la nevera dos bandejas; una del pato sin hornear y otra de entremeses.
—¿Tú preparaste todo eso?
Tony caviló un momento mientras dejaba la bandeja sobre la encimera, delante de Peter.
—Podría mentirte e impresionarte de verdad, pero en vez de eso voy a deslumbrarte con mi sinceridad: todo esto es de Luciano´s, al igual que el pastel de chocolate que hay de postre y las colas de langosta.
—¿Colas de langosta? ¿De Luciano´s?
—Sí, de vez en cuando me aprovisiono de allí para no morir de hambre. Admito que no sé cocinar.
—Yo me aprovisiono de las farmacias y las tiendas de segunda mano. Pero apuesto a que esto sabe mejor —Esperó a que Tony se girara de nuevo para deslizar un bocadillo rápidamente. Gimió cuando los distintos sabores se mezclaron en la lengua.
—¿Está bueno? —preguntó Stark por encima del hombro.
—Podría comer esto durante toda mi existencia.
—Te aburrirías, créeme.
—No estoy tan seguro.
Peter tenía que concederle crédito a Tony: había logrado transformar una cena improvisada en la cita más elegante que jamás presenció. Los nervios aumentaron cuando pensó en la palabra "cita".
No es una cita, se reprendió con dureza. Molesto consigo mismo, se llevó otro canapé a la boca.
—¿Piensas hacer eso cada vez que me dé la vuelta? —la voz de Tony sonaba cerca del horno, y un segundo más tarde lo estaba mirando.
—¿Perdón?
Tony recargó los codos en la barra de atrás antes de señalar su copa.
—Le has bajado al champagne y desaparecieron dos canapés las dos veces que no te estaba viendo. Llámame paranoico, pero creo que lo haces a mis espaldas.
El chico sólo se encogió de hombros. Si tan sólo pudiera verle el rostro, se lamentó Tony, sabría qué pasaba por su cabeza. Aquellas rendijas blancas e inexpresivas sin labios no cooperaban con su plan.
—A ver, ilumíname, chico: ¿cómo planeas comer en una mesa donde yo esté sentado de frente?
Peter inhaló y exhaló por la nariz.
—Reconozco que no tengo todos los aspectos de esta velada planeados.
Yo sí, dijo Tony en silencio.
—Podrías, no lo sé, quitarte la máscara y comer tranquilo —sugirió como quien no quiere la cosa—. JARVIS aquí presente se encargaría de borrar los videos de vigilancia, mientras que yo puedo dar mi palabra de no revelar lo que sea que estés escondiendo allí abajo. Y te advierto que mi palabra es sagrada —añadió con convicción—. Estás a salvo. Lo prometo —Decía no más que la simple y llana verdad; que tuviera segundas intenciones, era otra cosa.
Resultaba demasiado tentador. La propuesta, otra vez. Peter tamborileó los dedos sobre la barra.
—Cámaras de vigilancia. ¿Cuántas hay?
—Bastantes como para no poder hurgarte la nariz en paz, pero JARVIS tiene un código moral. Claro que puede hacer una excepción contigo, ¿no es así, amigo?
"Si usted lo ordena, señor, ciertamente puedo"
—Aww, mira eso, tan servicial como siempre.
Aun dudando, Peter se mordió el labio. No confiaba en Tony Stark al cien por ciento, pero quizá podría confiar en Iron Man. Posiblemente, él, más que nadie, comprendería lo que era tener un alter ego. Y lo pesada que podía volverse una máscara.
De repente, no obstante, sintió con más fuerza las costuras de la máscara que terminaban en su cuello. Cuántas veces había creído que podía bajar la guardia, relajar las defensas; y muy rápido se encontraba a sí mismo en una situación de vida o muerte. Traicionado, expuesto… Volvió a tamborilear los dedos.
—No lo sé…
—Es tu decisión. Tienes hasta la cena —No quería presionarlo. Gran base de su plan consistía en que el chico estuviera de acuerdo con todo lo que él le iba proponiendo. Incluyendo ir a la cama—. Pondré esto al horno una hora y media —dijo, refiriéndose al pato—, hasta que haya que sacarlo para regarlo con brandy. Mientras tanto, ¿por qué no regresamos al laboratorio para tomar tus medidas?
Peter parpadeó.
—¿Me-medidas?
—Para tu nuevo traje. No pensarás que puedo adivinar tu talla —Sí podía, y ya lo había hecho. JARVIS también lo podía respaldar con eso. Pero no iba a privarse de un lujo demasiado apetitoso.
—Sé mi propia talla —dijo de inmediato el chico—. Uno setenta y ocho de altura, y setenta y seis de peso. El perímetro de cintura es de setenta y cinco centímetros.
—Mmm…—Stark torció la boca para anunciar su decepción—. De acuerdo. Vayamos aun así, porque la fibra de autoregeneración tiene que ser moderada cada cierto tiempo.
Con qué facilidad adoptaba su voz aquel tono íntimo y seductor, pensó Peter, sintiendo cómo la sangre se le encendía en respuesta. Eso no estaba marchando bien.
Perdió una oportunidad, pero ya tendría muchas, se dijo Tony mientras le abría la puerta de la cocina.
—¿Disculpa, has dicho algo? No pude oírte por toda esta genialidad.
La nariz de Peter estaba presionada contra el cristal de la máquina. Nunca había visto nanorrobots trabajando, no al menos con tal velocidad, pero alegremente se hubiera podido comer unas palomitas.
—Dije que, cuando termine el proceso, me señales dónde quieres los colores de la bandera, Spider-man.
—Bien —su nariz aún no estaba del todo despegada. Era maravilloso.
Tony sonrió de lado.
—Si realmente te interesa, puedo enseñarte el subterráneo. Ahí tengo otros juguetes.
El chico sólo se irguió para mirarlo.
—¿Pero cuántas plantas tiene este edificio?
—Hay 93 pisos, 24 dormitorios y tiene algo más de 900 metros cuadrados.
—Dios santo, he estado en centros comerciales más pequeños.
Él soltó una carcajada.
¿Cómo podía alguien proporcionarle paz y nervios al mismo tiempo? se preguntaba Peter. Su risa, sus ojos y todo lo relacionado con sus facciones y movimientos le parecían de lo más excitantes. Sin embargo…
—Sígueme, Mallitas.
Atravesando el elevador, le preocupó que la electricidad manara de su cuerpo en forma de ondas. Tony parecía tan relajado a comparación.
El tintineo de las puertas que al abrirse empujó a Peter de sus pensamientos.
Las paredes estaban obviamente reforzadas y no había una sola ventana hacia el mundo exterior. La sala era enorme, con techos altos y tantas estaciones de trabajo que Peter no tenía idea de en qué centrarse primero.
Este, definitivamente, debe ser el nivel más bajo; la base de la Torre, pensaba Peter. Sin ventanas, la sensación subterránea y ¡mierda santa!, ¿es eso un avión?
—Un jet —Tony parecía haber captado la dirección de su mirada e inferido sus pensamientos—. Un Quinjet, para ser exactos. A mí me gusta llamarlo "StarkQuinjet", pero nadie del equipo me sigue la corriente. Ni siquiera porque yo lo diseñé, aunque da igual.
La velocidad de conversación fue más rápida, pero en ese taller, de alguna manera, se necesitaba el doble de tiempo. Tony le enseñó los proyectos y el chico captó casi todo con una percepción instantánea. Innata, decidió. Tenía que serlo.
Pasaron años dentro del Quinjet hasta que Peter tuvo que admitir que, está bien, la aerodinámica era bastante genial. Le gustaría darle una leída a esos temas.
Aún más genial, sin embargo, era el reactor de arco.
—Después de que me secuestraran, tuve esta idea, y la combiné con la semilla que legó mi padre antes de morir —explicó Tony—. Un reactor de arco. A pequeña escala —se señaló el pecho donde relucía débilmente el azul cobalto—. Y a grande escala —Ambas miradas se dirigieron al enorme reactor con forma de rosquilla—. El primer prototipo funcionó con Palladium, pero…
—¿La tasa de descomposición?
Tony se giró.
—¡Exactamente!
—Entonces, ¿cuál es el núcleo ahora?
De pronto, por primera vez, Tony lucía presumido.
—Un elemento que creé.
—¡Eso es increíble!
—Justo la reacción que esperaba. ¿Puedo conservarte?
La máscara cubrió el rubor, pero la forma tímida en que el chico se encogió ante el comentario, decía más que mil palabras.
—No, hablando en serio —dijo Tony—. ¿Cómo te ganas la vida? Alguien de tu calibre debe estar metido en una universidad excelente. Con beca. Internado en alguna empresa de investigación. Y premios rodeándote los codos —Creyó que jamás había adulado tanto a alguien, pero le pareció coherente, correcto. Dio un paso adelante—. ¿Qué haces cuando te quitas la máscara?
—Eso, señor Stark, no puedo decirlo.
—¿Identidad secreta?
—Identidad secreta.
—Yo preferiría llamarlo dificultad para intimar. ¿Sería tan malo si supiera algo sobre ti?
La curiosidad ardía solo en comparación con su deseo.
—Cada vez que me quito la máscara delante de algo que no es mi espejo, cosas malas pasan —dijo Peter, casi en un susurro.
—¿Has sido atacado?
—Múltiples veces. Y han secuestrado a las personas más cercanas a mí.
—Mierda.
Este chico tenía razones de sobra para ser precavido, se estaba dando cuenta Tony. No era simple paranoia. Bueno, quizá sólo un poco.
—¿Ni siquiera conmigo? —no pudo morderse la lengua a tiempo—. Has visto mi laboratorio, mi taller, mis experimentos, y mi pobre habilidad para la cocina. No me molestaría firmar un acuerdo de confidencialidad por ti. Es lo justo.
Peter sintió ganas de estar convencido.
—Yo…
—Sólo dime algo. Lo que sea. Arrójame un hueso y yo iré a buscarlo —El chico ladeó la cabeza—. Okey, no es mi mejor analogía, de acuerdo. Pero el punto persiste.
—¿Qué quieres saber?
«Bingo».
—Edad. Nada muy revelador —dijo en tono que le quitaba importancia—. Todos compartimos alguna edad.
—Veintiún años.
El alivio y la excitación lo recorrió. Luego, casi inmediatamente, preocupación.
—Los periódicos comenzaron a satanizarte hace seis años —musitó—. Por lo que…
—Empecé a trepar muros a los quince años, sí.
—Demasiado joven —el tono de prejuicio le salió natural.
Pero el chico, sorpresivamente, irguió los hombros y enderezó la espalda.
—Cuando puedes hacer las cosas que yo puedo, pero no las haces… y luego pasa algo malo, es por culpa de uno.
—¿No viene con un precio? —replicó Tony—. ¿Doble vida? ¿Secretos?
—¿No volaron tu mansión en Malibú? ¿No fuiste atacado por tres hombres de negocios? ¿No raptaron a tu ex?
Demonios, el chico había visto las noticias.
—Touché. Pero si crees que a Pepper le molestó en algún momento adquirir el superpoder de transformar todo en infierno ardiente…estás en lo cierto.
Peter rio. Conversar con ese hombre era fácil. Mirarlo a los ojos más de diez segundos era como ser hipnotizado.
—¿Tienes novia?
Al instante, Peter quiso retroceder físicamente un paso.
—¿Qué? No. ¿Por qué?
Stark notó el tono de reserva en su voz y reprimió una sonrisa.
—Simple curiosidad —se encogió inocentemente de hombros—. ¿Novio?
—¿Te han dicho que tu curiosidad se acerca a lo patológico?
—Miles de veces. Ya perdí la cuenta. ¿Entonces…?
—¿Oye, eso es un convertible?
«Mala jugada, Spider-man. Lo lamentarás».
El chico caminó (huyó) en dirección a su Thunderbird rojo de colección.
Un prodigio de gracia y poderío. Esa clase de auto se aferraba a las curvas y rugía en los tramos rectos. Unos podrían considerarlo un vehículo y otros un juguete; pero Peter sabía que era toda una «máquina».
—Primera clase. Cuatro marchas, 327. Motor de inyección —susurraba.
—Increíble. Sabes de autos —dijo Tony, aproximándose.
—A mi tío le gustaban —matizó con una nostalgia preñada en su voz.
—¿Ya no?
Mordió su labio inferior, reprendiéndose por el error tan básico.
—No…—de repente, su voz se hizo de hielo—. Ahora sabes que solía tener un tío. No es una gran pista.
—Oye —hizo un gesto de rendición con las dos manos—. Puedo ser un entrometido, un fisgón y poseer una insoportable curiosidad natural, pero no me gusta aprovecharme de la tragedia. Lo siento mucho.
Peter deseó que no lo hubiera dicho de aquella forma. Deseó que su voz no fuera tan cálida, tan sincera, como sus ojos. Como los sentimientos que hacía brotar dentro de él.
—¿Tenía alguna de estas bellezas? —Por supuesto, se refería al auto. Peter sacudió la cabeza.
—No. Nunca hemos tenido esa clase de dinero —Otro error. Acarició el retrovisor, fingiendo que no había dicho nada relevante—. Pero era un gran aficionado. Me mostraba revistas. Su favorito era el Stingray del 63.
—Un hombre de excelente gusto. Éste lo puedo poner a 220. Podría mostrártelo, pero todavía nos estamos conociendo. —le guiñó un ojo—. Le he echado el visto bueno a un convertible Caddy, del 59. Llega el próximo miércoles.
—Te odio.
—Qué lástima. Yo esperaba que, después de esta noche, terminaras sintiéndote de otra forma.
Peter, ahora sí, dio un paso atrás sin darse cuenta. Interesado, Tony alzó una ceja
—Chico, ¿te pongo nervioso?
Él tragó saliva.
—¿Por qué habrías de ponerme nervioso? No seas absurdo.
—¿Lo soy? —Llevado por un impulso, Tony dio otro paso hacia el chico. Peter se encontró con la espalda pegada a la portezuela del auto.
—Tony…
—No, chist. Vamos a hacer un experimento. —suavemente, sin dejar de mirarlo, le acercó los labios a la mejilla, enfundada con la máscara. Notó que él contenía el aliento y luego exhalaba un suspiro trémulo. Era lógico que estuviera nervioso. Cuando dos personas se sentían atraídas y estaban cerca, siempre había nervios. Sin ellos, la pasión resultaba insípida, como un auto sin buena marcha.
Pero… ¿miedo? ¿Acaso no era miedo lo que percibía en el cuerpo del niño? Rigidez extrema, puños cerrados, como si estuviera preparado para salir huyendo en cualquier momento. Tony sabía cómo enfrentarse a los nervios, cómo sacarles partido. Pero el miedo era cosa distinta. Lo perturbaba, lo dejaba bloqueado y, al mismo tiempo, lo conmovía.
—No voy a hacerte daño, chico.
Peter lo miró fijamente, con la garganta reseca.
—No creo que…no soy… —balbuceó. «No seré yo quien salga lastimado», consiguió decir en silencio.
Fue incapaz de poner en práctica lo que su cuerpo le pedía a gritos, porque se trataban de demasiadas voces contradictorias: «Sal de ahí, antes de que te arrepientas». «Inspira más hondo, te encanta su aroma». «Márchate, porque si no lo haces, acabarás sucumbiendo a la exigente necesidad en tu interior». «Esos son unos labios plenos y firmes, y desde luego serían implacables sobre los tuyos».
Tony lo tomó de la mano, pretendiendo abrirla despacio. No pudo. «Está demasiado tenso, pensó con culpa».
—Es hora de cenar.
Sin previo aviso, apareció un holograma cerca de ellos, mostrando "9:39 pm" en un tono azulado similar al reactor de arco.
—Síp, tal y como pensé. ¿Vamos? —preguntó girándose y caminando en dirección opuesta.
Al sentir que el aire volvía a fluir entre ellos, Peter relajó el cuerpo, pero la alarma seguía sonando en su cabeza. El corazón le seguía latiendo a mil por hora.
—Se está haciendo tarde.
—Oh-oh —Tony detuvo en sus pasos y lo miró—. Déjà vu.
—Lo siento —dijo Peter—. No puedo.
—¿Qué es lo que no puedes? —preguntó, encarándolo de nuevo—. No es cuestión de lo que puedes, es cuestión de lo que quieres. Quieres o no quieres cenar.
—Tampoco es cuestión de lo que yo quiera —insistió Peter—. Tengo clases mañana temprano de Termodinámica y…mierda.
Ante la otra metedura de pata, Tony no pudo menos que sonreír.
—Si te hace sentir mejor, fingiré paulatina sordera de vez en cuando.
—Al ritmo que voy, tendrías que ser vergonzosamente constante —dijo Peter masajeándose las sienes.
—Chico… —No dejes que se vaya, pensaba él. A toda costa retenlo. Estabas tan cerca. Tal vez, después de una exquisita cena, afloje un poco—, ese pato ya se coció en el horno. Tu traje aún no. Te advertí que tomaría un puñado de horas. Aun faltan los gadgets y los adornos con tecnología Stark de la más alta calidad. Y no me hagas empezar con el diluvio de proporciones bíblicas que espera allá fuera. Así que no es hora de-
—Ya terminó.
—¿Qué?
—Terminó. Ya- digo, es, es menos que antes. Ahora es pura brisa.
—¿JARVIS?
"En efecto, señor"
—¿Cómo demonios lo sabes?
—¿JARVIS o yo?
—¡Pues claro que tú! ¿Eres alguna especie de gurú del clima? ¿Es parte de tus poderes arácnidos predecir el clima?
—Como dije: no percibo el mundo igual que la mayoría.
Eso, pensaron los dos al mismo tiempo, era quedarse corto.
—Okey —retomó Stark—: Ha parado de llover. ¿Qué más da? Tu traje no está terminado, y no puedo enfatizar lo delicioso que está ese maldito pato.
Sus manos, notó él, se retorcían. Se acercó lentamente al arácnido, complacido al ver que, pese a que no estaban ni a un palmo de distancia, su recelo hubiera hecho de nuevo acto de presencia.
—No consigo convencerme de no hacerlo.
—Nunca he entendido por qué la gente siempre trata de convencerse de no hacer las cosas que quiere.
Lo había deseado. Durante un breve y cegador instante, lo había anhelado. Un error muy serio. Había bloqueado esa necesidad, pero no había dejado de emerger…Si no se andaba con cuidado podría perder el control.
Tendré que reflexionar sobre esta… situación, decidió. Era evidente que Tony le provocaba esa reacción física que cualquiera reconocería como una lujuria básica, lo que le resultaba casi tranquilizador; tal vez comenzaba a volverse loco, pero por lo menos el cuerpo aún le funcionaba. No había experimentado esa sensación con demasiada frecuencia últimamente. Estaba restringida.
Pero entonces, surgió, no sin consecuencias.
Mientras veía cómo le daba los últimos toques a la cena, Peter pensó que Tony no era en absoluto distinto ahí, en aquella cocina, a como era en el taller, o delante de las cámaras.
Sí, era un error, se dijo mientras colocaba los platos. Pero sólo un tonto rechazaría algo que olía como aquel pato. Y él no era tonto. Podía controlarse. El instante de miedo que había sentido en el taller había pasado. Disfrutaría de la cena informal (con la máscara puesta hasta los labios, había decidido pero no comunicado), se bebería un par de copas de aquel vino excelente, luego llegaría a su casa con un nuevo traje y dormiría ocho horas seguidas. El mundo continuaría girando al día siguiente. El examen de Termodinámica lo esperaba. Y no habría de qué preocuparse.
—Entonces sacaré el pato del horno mientras tú te ocupas de las colas de langosta. Luego lograré que te aburras hablándote de mi nuevo proyecto.
—Inténtalo, pero te advierto que no me aburro con facilidad. —Se volvió hacia la nevera, la abrió y volvió a cerrarla—. No me gusta el sexo.
Tony se detuvo a un paso del horno. Se aclaró la garganta antes de preguntar:
—¿Qué has dicho?
—Es evidente que tú quieres que forme parte de la velada. —Peter escondió las manos en los bolsillos de la sudadera. Más vale zanjar el asunto, pensó, aunque le diera argumentos inválidos. ¿Cómo podría no gustarle algo que nunca había probado? De todas formas, después de haber pronunciado las palabras, ya no podría echarse atrás.
Stark bebió un largo trago de vino, previamente servido en la barra.
—No te gusta el sexo.
—Tampoco lo aborrezco —dijo—. Por lo menos no tanto como el coco.
—El coco.
—Detesto el coco… su olor me descompone. El sexo se parece más a…a… —¿Por qué demonios pensó que sería buena idea comparar el sexo con comida? —, no lo sé… a un flan.
—El sexo se parece a un flan.
—Bueno... algo así. Si lo tienes a la mano, estupendo, pero ¿para qué molestarse en buscarlo?
Tony se rascó la cabeza.
—Me cuesta fingir que te sigo la corriente.
—Lo que intento decir es… que no pienso acostarme contigo, Tony Stark.
Un parpadeo. Dos parpadeos.
—Bueno, entonces más vale que me ahogue en el río que dejó la tormenta. Acabas de destrozar el sueño de mi vida.
Peter no pudo contener la risa.
—Sólo pretendo ser honesto contigo.
—¿Por qué no empezamos con algo sencillo antes de entrar en lo más complicado? La cena, por ejemplo.
—No vamos a empezar nada. No vamos a hacer nada de nada.
—Oye, te oí la primera vez —Le estaba costando disimular el sonido de engranajes rotos que circundaban por su mente. ¡Aquello no se suponía que pasara!—. ¿Qué te hace pensar que yo quiero acostarme contigo, desconocido? —Por supuesto que quería, claro que lo deseaba—. Hasta donde yo sé, podrías tener enfermedades venéreas, o tener ocho ojos en la frente como las arañas de verdad, o…, —¡piensa en más munición!—, o bien podrías ser el hermano del Jorobado —o bien podrías tener unos labios carnosos y ricos.
—Sí, tal vez podría.
Tony bajó los hombros.
—¿Ni siquiera vas a defenderte?
—¿Con qué punto? No voy a quitarme la máscara para que cuentes todos mis ojos ni que te horrorices por mis deformidades. Tampoco tendré la oportunidad de contagiarte las enfermedades venéreas.
Al ver que Tony se quedaba callado, Peter dibujó una sonrisa de pena bajo la máscara.
—Lo siento.
Silencio.
—O tal vez jamás hayas tenido una experiencia con un flan tan bien preparado como el mío.
—¿Q-qué?
Los nervios habían regresado.
—Quítate la máscara, hasta los labios. Déjame besarte.
Vació el vaso de un trago y lo depositó sobre la mesa. Peter lo miró con desconfianza al ver que se acercaba.
—No pretendía… esto no es lo que quería decir.
—Me resulta imposible entender lo que quieres decir. Un flan jamás le ha hecho mal a nadie.
—No.
Ante la negativa, una temblorosa y desesperada negativa, él se detuvo en seco. Luego sonrió como el gato que atrapó al canario.
—Dime que no te intriga.
El muchacho sacudió la cabeza, en movimientos rápidos y cortos.
—No me intriga.
—Sí, por supuesto que sí —Acercó la boca a la suya, sin llegar a rozar la tela que la cubría—. A mí también me ha intrigado desde el principio. Esta noche has decidido mostrarte honesto y embustero a la vez, ¿verdad, Spidey? Di otra vez que no te intriga, que no te apetece. Pero en esta ocasión, ponle más convencimiento.
Aquel cambio de estrategia le estaba funcionando a las mil maravillas.
Todo era un error, un tremendo error, tenía que irse de allí pero ya.
Su aliento, cálido y firme, azotándole la máscara, se volvió más denso, más cercano. Tony pudo sentir la abreviatura de algo suave y anhelante esperando por su boca. Cada músculo de su cuerpo se tensó cuando el hombre mayor subió las manos hasta su cintura.
De pronto, tres cosas sucedieron a la vez.
El horno comenzó a sonar.
El teléfono de Peter empezó a timbrar.
Ambos se separaron, inquietos como si les acabaran de interrumpir un gran beso, aunque lo cierto es que sus cuerpos apenas se habían tocado.
—Tony…
—Lo sé —musitó—. Te lo envuelvo para llevar.
Se miraron. Los ojos de Tony estaban nublados y oscuros. Los de Peter, ocultos.
Cuando Peter dio por muerto su teléfono debido a la tormenta, no se molestó en apagarlo; simplemente lo dejó arrumbado en el bolsillo del pantalón, creyendo que no le importunaría. Grande fue su sorpresa al recibir de golpe seis mensajes de texto. Su compañera de laboratorio podía ser muy insistente.
—Tengo que irme.
—Actualízanos, JARVIS.
"El traje aún no está terminado"
—¿Fase?
"Dos, señor"
—Mmmm. Parece que tendrás que regresar mañana, Spider-man.
Llegó a su pequeñísimo dormitorio alrededor de las diez y media. Su compañero de cuarto no estaba; había salido de fiesta por lo que Peter logró recordar tras el torrente de emociones, más intensas que las de una pelea.
Aunque había parado de llover, el aire estaba saturado de humedad y el viento transportaba un rocío de agua. El nivel de la crecida no había disminuido en lo más mínimo en varias calles.
Su traje continuaba mojado. Tony tuvo la gentileza de envolvérselo junto con la comida en una bolsa de plástico y aluminio.
Cuidadosamente se quitó la ropa que le había sido prestada y la dobló, depositándola en el pequeño escritorio, a lado de su pequeña litera. Peter había dormido en espacios más reducidos que aquél, pero siempre había dispuesto de un techo, de modo que se consideraba afortunado.
El baño olía a moho y a caño descompuesto Al quitarse la máscara, después de unas buenas cinco horas, y contemplar su reflejo en el espejo mugriento de nueve pulgadas, tuvo que hacer algunos pactos consigo mismo.
Tras la ducha relativamente fría, se arrojó sobre la cama, vestido por fin con su propia ropa.
Una vez reconocido que Tony le resultaba atractivo e interesante, y que le gustaba más de lo estrictamente permitido, debía ponerle fin. Era por su bien.
Pensó en esconderse. No regresar al día siguiente, jamás involucrarse en las mismas peleas, darle la espalda cuando éste se aproximara…Algo muy cruel, para gusto suyo.
No…, tendría que tratar con él. Y consigo mismo. La idea de que tenía que pasar cierto tiempo con Tony, aprender a conocerlo mejor y a trabajar con él, ya no se podía clasificar como inofensiva. Si era honesto, debería reconocer que desde el principio supo que Tony Stark no tenía nada de inofensivo. Eso completaba el círculo y lo devolvía a la atracción básica.
«Y eso», decidió mientras se bajaba los calzoncillos, «no puede pasar de platónico».
El camino que tenía realmente era simple… tratarlo como trataría a cualquier persona. Con educación y amabilidad. «Bueno», corrigió al untarse lubricante en la mano, «no con tanta amabilidad». «Y basta de flirtear», añadió antes de cerrar los ojos y echar la cabeza en la almohada.
Presión. De eso trataba todo el proceso.
Medir la presión exacta, permitir que circule la sangre de forma placentera, pero sin dejarse llevar totalmente. No quería ir de nuevo a la sala de urgencias. Estirar, contener. Calcular la fuerza exacta de su mano sobre su polla. No dejarse llevar. Concentrarse. Pensar.
Visualizó primero su barba. Probablemente se sentiría rasposa contra su piel y olería a algún costoso aftershave, mientras que su boca trabajaría maravillas sobre su cuerpo.
Imaginó después sus manos; callosas y fuertes, creativas, avariciosas…tal vez un poco delicadas sobre él. Quién sabe. Tenía derecho a soñar.
Por último, antes de sucumbir, evocó toda su figura; todo él en su taller, usando esa playera que descubría los hombros y los brazos, tan duros, tan musculosos, y se preguntó si el resto de su cuerpo sería igual de…
En ese momento sintió un orgasmo duro y largo que lo complació. Pero no se perdió en él. Le era imposible perderse en su propio placer.
Porque eso sería lo más lejos que llegaría con Tony Stark: exclusivamente en su imaginación. Todo lo demás suponía un terrible riesgo.
Con la toalla en torno a la cintura, entró al enorme dormitorio. Su piel aún seguía húmeda luego de la ducha.
Aunque el chico rechazara de nuevo la oferta del traje, tal como había esperado que hiciera en un principio, Stark no pensaba dejar que todo acabara ahí. Si era necesario, calculaba que podía manipular un par de cosas para encontrarlo en otra lucha de vida o muerte, y una vez que estuvieran allí, dispondría de la ventaja de la cercanía para hablar con él.
De su espacioso armario sacó una bata y mientras se la ponía dejó que la toalla cayera al suelo.
Como el resto del edificio, su habitación era igual de sofisticada. La cama kingsize constituía el mayor lujo. Edredón azul eléctrico, mullida como la seda, invitante, sugerente. Se preguntó cuántos hombres y mujeres habían dormido en ella. No lo sabía ni le importaba. No habían significado nada más y nada menos que una noche de placer.
Siempre, siempre había dispuesto de compañía. Si quisiera a alguien esa noche, solo le bastaría con seleccionar un número de teléfono de la agenda y llamar. Su cuerpo anhelaba una presencia. Pero, por primera vez en su vida, sabía que no bastaría con cualquiera.
Contempló el ventanal, donde la mayor parte de Manhattan relucía en miles de puntos luminiscentes.
—¿Encontraste algo prometedor?
JARVIS respondió al siguiente latido.
"Dada la información reunida en las últimas horas, es posible cotejar una lista de candidatos. Cuanto más vaya eliminando prospectos con base a historial familiar, estatus económico y horarios de trabajo, muy pronto podrá averiguar quién es Spider-man"
Tony hizo un sonido de aprobación.
—Gracias, amigo. Borra todo.
El silencio de JARVIS casi lo hizo reír.
"No entiendo, señor"
—Eso es porque no tienes impulsos ni deseos…en otras palabras, no tienes pene.
"Sé que se siente sexualmente atraído a Spider-man. Lo que no sé, es por qué pretende que borre la información. ¿No era su intención descubrir la identidad del enmascarado para deshabilitar sus defensas más rápido? ¿Qué ha cambiado?"
—La emoción de la caza —dijo simplemente. Era verdad… a medias. Le había prometido al muchacho que con él estaba a salvo. Y lo estaría.
Por otro lado, sin importar el tiempo que le tomara, aunque fuese lo último que hiciera:
Lo obtendría.
Ese chico no sabía con quién había de vérselas.
Tony Stark no puede obtener el no, pensó con sorna. Sólo obtiene satisfacción.
