6

El sol lució al día siguiente, y el cielo estaba arrebolado al atardecer. Aquello era un indicio de que volvería a salir el sol durante el resto de la semana. Y el calor, casi iracundo y feroz, se apoderó nuevamente de la tierra.

Peter lo interpretó como una buena señal.

De camino a la universidad, no perdió el tren, llegó a tiempo para su examen, consiguió el último brownie de la cafetería, inclusive logró desasirse de las responsabilidades del laboratorio y salió temprano para combatir el crimen… actividad que no duró mucho, puesto que treinta minutos después se encontraba en la torre de los vengadores, donde Tony lo esperaba, tal y como le había indicado la noche anterior, puntualmente a la hora que le había recomendado.

Aún sin saber con exactitud si estar allí era un golpe de suerte, una buena señal, o un pésimo juicio de su parte, se columpió hasta llegar a la cima del edificio contiguo, sopesando otra vez sus opciones.

Podía marcharse. Podía seguir el plan original y nunca volver a ver a Stark, a menos que fuera estrictamente necesario. Podía darse la vuelta sin su nuevo traje y-

De pronto, vio a Tony a través de las paredes de cristal. Caminaba por delante de un sillón de un lado a otro, sirviéndose un whisky escocés con la mano derecha, mientras que con la izquierda tenía el teléfono adherido a la oreja. Parecía estar manteniendo una conversación importante. Peter se preguntó cómo podía soportar la falta de intimidad, aquella sensación de estar expuesto constantemente a la mirada.

Mientras Peter seguía allí, indeciso, Tony se sentó en el sillón a beber su whisky. La llamada había finalizado. Tenía el pelo alborotado, como si hubiese estado jugueteando con él un rato antes de echar mano en el whisky.

Llevaba un traje de tres piezas, unos pantalones de vestir y unos zapatos bien pulidos y relucientes. Ni un solo pelo facial estaba fuera de lugar. Era bien sabido que Tony Stark poseía una elegancia y sensualidad que ya quisieran los modelos. Pero que ese hombre le hubiera pedido un beso a Peter…era casi tan impresionante como el hecho de que Peter hubiera encontrado la fortaleza para negarse. O algo parecido.

Sólo le atraigo porque no puede verme, pensaba desde la noche anterior. Apenas me conoce. Si supiera lo que hay debajo de la máscara… Probablemente no quedaría tan fascinado. Además, ¿cómo podría mostrar su rostro infantil a un hombre maduro y devastadoramente atractivo?

Tony flexionó las piernas, miró el reloj de cuarzo en su muñeca y bebió otro trago. Entonces Peter notó un rápido cosquilleo en el estómago, seguido por un impotente golpe sordo justo debajo del corazón. Se dijo que no había ningún problema en sentirse extraño al verlo esperándolo. Eso era aceptable. Lo que no podía consentir era que aquello llegara al punto al que se estaba dirigiendo a velocidad de vértigo. Eso no. Eso no era juicioso, ni seguro. Ni siquiera…

Entonces Tony miró a través de la pared de cristal, sus ojos se encontraron con la máscara de Peter durante un ardiente segundo y luego sonrió. El cosquilleo y el golpe sordo se intensificaron.

Tony le hizo un gesto con la mano libre para que se acercara.

Él apuntó a la torre y la red lo llevó hasta la ventana, que se había abierto en el momento en que Tony movió los labios. Cuando Peter atravesó la ventana, el hombre se levantó del sillón, depositando la bebida en la mesita y poniendo las manos en los bolsillos de los pantalones mientras caminaba, que Peter, a regañadientes, no podía describir como nada más que cautivadoramente elegante.

—Hola, Desconocido.

—¿Cómo supiste que estaba ahí?

—Puedo sentir cuando alguien me mira directamente. Llámalo "Habilidad Desbloqueada Luego De Tantos Años Eludiendo Intentos De Asesinato".

En realidad, JARVIS le había dicho. Pero eso no tenía por qué saberlo el enmascarado.

—Entonces, Spider-man, ¿me estabas espiando?

—N-no. No. No —el tercer "no" le salió algo ofendido—. Tú me pediste que viniera a esta hora.

—Cierto. ¿Pero qué hacías parado allá cuando podías venir aquí?

—Sólo estaba…um… ¿tienes mi traje? —«Gran esquivada, Parker».

—Oh, tengo tu traje. Pero no está listo.

—¿No está listo?

—Lo siento, corrección: está listo, pero le falta mucho para estar asombroso.

—Con listo tengo y me sobra.

—Yo creo que no. No cuando veas las actualizaciones que quedan por delante. Escucha, mallitas, creo que empezamos con el pie izquierdo —añadió encogiéndose de hombros.

—Ah, ¿sí?

—Afirmativo. Hay un elefante en la habitación y se llama sexo. Ahora, tengo entendido que tú no te llevas bien con el animal cuadrúpedo de seis mil kilogramos, así que, en lo que a mí respecta, sexo puede quedarse apartado en una esquina y ocuparse de sus propios asuntos.

Okey…

Aquello sí que era inesperado.

Y… ¿ligeramente decepcionante?

No, no, no, era inesperado, sí, y enormemente aliviador.

Peter no se dio cuenta de su silencio hasta que Tony lo cortó.

—También me disculpo por mi comportamiento anterior. Verás, estoy acostumbrado a obtener lo que quiero. De modo que, si te hice sentir incómodo, fue únicamente porque me sacaste de mis casillas al negarme lo que sentí que querías. Como un niño pequeño al que le rehúsan su caramelo favorito. Te diré qué —Donde antes había visto ardor en los ojos de Tony, ahora albergaban un calor sencillo, muy diferente al clima estival que rodeaba la tierra aquel día—: Hagamos una tregua: yo no intento ligar contigo, y tú permites que curioseé con tu traje, tanto como yo quiera. Estoy algo aburrido. Ésa es otra razón por la que te importuné ayer, si haberte acorralado significa lo mismo que importunar. Ha pasado tiempo desde que me interesaba un proyecto que no fueran mis propias armaduras. Entonces, hago algo para combatir mi aburrimiento, tú me dejas, no te hostigo, y todos felices.

Ahora sería un buen momento para hablar, pensó Peter, pero el gato le había comido la lengua.

—¿Spidey?

—Um… —la voz se le antojó un poco rasposa—, supongo, supongo que…puede funcionar. Siempre y cuando nuestra, um, relación sea estrictamente profesional.

—Dalo por hecho —dijo Tony sonriendo—. ¿Empezamos? Quiero mostrarte todas mis ideas.

Superando la confusión inicial, la todavía pululante decepción que se esforzaba por convertir en alivio –cada vez con más éxito– Peter trató de interpretar todo el vuelco de la situación como una buena señal. Dejaría de preocuparse por pasar tiempo con Tony Stark y podría relajarse pasando tiempo con Tony Stark. Una notable diferencia. Aquel era un día que empezó perfecto y terminaría perfecto, se convenció.

Tony, en cambio, tuvo una mañana de espanto.

Si la ineptitud humana tuviera nombre y apellido, desde luego que se llamaría Phineas Mason.

No avisarle en el nanosegundo en que el reactor de arco empezó a darle problemas ya era bastante malo. Pero dejarlo pasar tiempo malfuncionando, permitiendo así que el resto del prototipo causara estragos en la fuente de electricidad, calificaba como seriamente estúpido.

Tony odiaba esa parte de su trabajo, pero no le quedó otra opción más que despedir a Mason. Aparentemente, si quería algo bien hecho, tenía que hacerlo él mismo; en recursos humanos no eran capaces de contratarles un puñado de ingenieros decentes.

Pero, aparte de la mañana luchando contra la imbecilidad de propios sus empleados, y de su batalla contra las abejas robóticas para salvar la base militar de Nueva York que le había hecho subir la presión arterial, Tony había estado peligrosamente a punto de caer en el aburrimiento aquellos últimos días. Algo que consideraba peor aún que una enfermedad. Necesitaba alguna actividad, un desafío…, aunque fuera pequeño.

Miró a Spider-man por el rabillo del ojo, que iba siguiéndolo a través de su laboratorio, y parloteaba como perico sobre la mecánica que configuraba sus webshooters (a petición de Tony).

Aquél no era desafío pequeño. Lo único que no había hecho en compañía del chico había sido aburrirse. De alguna forma, él conseguía avivar su interés. ¿Sexualmente? Sí, no hacía falta decirlo. Pero también intelectualmente. Lo cual era un gran aliciente. Y el misterio de lo que había debajo de aquella máscara…, Aún no había resuelto la cuestión de cómo conseguir que se la quitara, pero lo deseaba. Lo deseaba tanto. No le preocupaba admitir que lo deseaba cada vez más. Había deseado a muchas personas. Nunca había pensado en reprimirse. Cuando uno no deseaba algo, estaba muerto.

Convencerlo para que se quitara aquel feo estropajo que le cubría la cara sería tan difícil, y tan satisfactorio, como convencerlo para que se metiera con él a la cama.

De momento, lo había convencido de que no intentaría nada con él.

En cierta forma, cumpliría su tregua. Pero no para siempre.

—¿Cuánto tiempo tienes, chico?

Peter detallaba la difícil pero implacable búsqueda del fluido necesario para crear sus telarañas cuando se detuvo.

—No tengo toque de queda, si a eso te refieres.

—Pediré comida china. Para llevar —añadió rápidamente, leyendo los pensamientos del chico. Peter le agradeció en silencio. No se convencía de comer en frente de Tony, no después de anoche.

—¿Nunca cocinas nada en casa? —preguntó, queriendo aligerar el ambiente.

—Si lo hiciera, perdería tiempo para crear el siguiente invento que cambie al mundo.

—Tienes razón.

La mirada, la postura, incluso el repentino silencio y el cambio de atmósfera, indicó que el chico había visto su nuevo traje.

Con un aire reverente, se acercó despacio a la cápsula, donde una notable mejora de traje yacía terminada.

—¿Del uno al diez? —preguntó Stark, mirando detrás.

—Tres mil —el susurro de Peter resonaba con admiración pura—. No puedo creer que lo hayas hecho de la noche a la…puesta de sol.

—La máquina lo hizo, no yo.

—¿Quién hizo la máquina?

Tony torció la boca, en una sonrisa que fingía no estar demasiado complacido.

—Si te gustó eso, espera a ver mis diseños de tu traje con un tipo de material más fuerte.

—¿Y cuál material es ése?

—Uno que es a prueba de balas.

Estaba seguro que detrás de la máscara, se agrandaban unos ojos. Tony se los imaginaba del color del trigo.

—¿En serio? —sonaba incluso esperanzado.

—También estaba pensando en rehacer tus webshooters, usando los mismos componentes, pero, ya sabes, nuevos. Y esos adhesivos tuyos merecen por lo menos un primer lugar en alguna feria de ciencias. Supuse que te gustaría experimentar con las sustancias que tengo aquí. ¿Qué más podemos hacer? Oh, sí, JARVIS tiene la lista, ¿JARVIS?

"Quinientas setenta y seis posibles combinaciones para lanzamiento de telarañas"

—¿Quinientas setenta y seis? —preguntó Peter.

—¿Quinientas setenta y seis? —preguntó Tony.

Ambos se miraron al mismo tiempo.

—¿No lo sabías?

—No realmente —admitió Stark—. Le dije que hiciera los cálculos con base a algunas ideas mías. No siempre se le puede aventajar a una Inteligencia Artificial.

—Pero es tu Inteligencia Artificial. Tú la creaste.

—Es lo que sigo diciendo, pero ese maldito se ha creído su propia autonomía. Creo que no se convierte en un segundo Ultron sólo porque se llama igual que mi mayordomo de la infancia. A lo mejor algo del verdadero Jarvis se le pegó.

—¿Mayordomo?

—¿Tú no tuviste uno?

No preguntaba por eso, pero Peter consideró mejor opción mantenerse callado en asuntos privados.

—Tuve un pez dorado. Supongo que no es lo mismo.

—Pero son igual de serios. Bien, ¿qué opinas de todo hasta ahora, Spider-man?

—Es genial —respondió Peter inmediatamente. Lo decía de corazón—. También es un poco excesivo, ¿no lo crees?

—Ah, ¿sí? —preguntó como si nadie le hubiera dicho tal cosa—. La verdad es que nunca he sabido cuándo detenerme.

—Puedo verlo.

—Si consideras que estoy yendo demasiado lejos, no te muerdas la lengua. Confianza es la palabra del día.

—¿La anoto en el pizarrón?

—¿Qué?

—La palabra del día…como en la escuela.

Tony presionó los labios, aunque no para contener la risa.

—¿Ni siquiera una carcajada por amabilidad? —se asombró Peter.

—Tu chiste apesta.

—¿La lástima tampoco es una opción?

—No aquí conmigo.

Peter intentó enmascarar su bochorno –cosa extraña, pues enmascarado ya estaba– apuntando a su nuevo traje y diciendo lo primero que se le vino a la mente.

—¿Qué tal unas alas de telaraña? A veces me cuesta tomar impulso cuando las corrientes de aire no están a mi favor. También me ayudaría a planear como una hoja.

—Es una buena idea —concedió Tony. Dios, el chico era tan listo como torpe. ¿Por qué eso lo encendía tanto?—. Si se te ocurre algo más, no te muerdas la lengua. Es tu traje, después de todo. Nadie como tú para decidir qué cambios le harán mejor.

—Comunicación es la segunda palabra del día —dijo Peter—. Además de confianza.

—Exacto —Por lo menos aquella vez, le arrancó una sonrisa a Tony—. En marcha, joven padawan. Tenemos trabajo que hacer.


Y así como así, Tony no volvió a sentirse aburrido.

Nunca le había importado que lo consideraran un granuja, un libertino, un playboy. Las aventuras amorosas iban y venían, tal y como se suponía que debía ocurrir. No duraban más que una fracción de lujuria.

A Tony no le había costado en absoluto aceptar que los polvos de una noche tenían ventajas características y concretas frente al dramatismo y las molestias de las relaciones... Sin embargo, no había tardado demasiado en darse cuenta de que también dejaban mucho aburrimiento a su paso.

La compañía de Spider-man (alias: su nuevo compañero de laboratorio), era un espléndido bálsamo contra el aburrimiento. De hecho, actuaba mejor que un bálsamo.

Transmitía vida, energía, y una encantadora torpeza al ambiente como si aquélla fuera su única misión. Con el pasar de los días, Tony aprendió a encontrarle gracia a los chistes maravillosamente malos del chico, pese a su férrea determinación de no soltar una carcajada.

Pero él lo seguía haciendo, seguía contando chistes malos, seguía relatando anécdotas que retazaban un poquito de información sobre su identidad, y Tony seguía sin preguntar al respecto.

Descubrir por sí solo fragmentos que componían su personalidad ya era otra cosa.

Por ejemplo: descubrió que el chico estaba seriamente oxidado en defensa personal. Tony se dispuso a tomar cartas en el asunto.

—¿Quién necesita saber de defensa personal cuando se tiene un sentido arácnido? —había rezongado el chico cuando Tony le propuso una clase.

—Puede que tengas un sentido arácnido —había respondido Tony—, pero careces de sentido común. Nunca subestimes el conocimiento básico de cómo dar un golpe.

—Yo sé cómo dar un golpe —replicó tozudo.

—Puedes lanzar uno y esperar a que haga efecto, o puedes propinar un raudo puñetazo, y tener la certeza de la clase de daño que causará en tu oponente.

La discusión se prolongó el tiempo en que terminaron de diseñar arañas robóticas espía, pero al final logró convencer al chico de practicar en el gimnasio de la torre. Al principio se había mostrado reacio a usar las mismas instalaciones que usaban los Vengadores, pero cuando Tony le dijo que de todas formas nadie estaba en casa, aceptó sin denuedo. Aquello le dio la convicción de que el chico ocultaba algo, y de que no quería encontrarse con el equipo por alguna misteriosa razón que Tony no se molestó en averiguar.

Si era sincero, y lo era, Tony tampoco quería vérselas con el equipo. Su tiempo a solas con el chico era vital en su lento pero seguro plan para conquistarlo. Lo estaba logrando, humildemente creía él.

Maldita sea, esa máscara resultaba un estorbo, pero no el impedimento para descifrar sus emociones.

Aquellos pequeños saltos que daba el chico cuando Tony invadía su espacio personal (con perfectas y creíbles excusas en el camino) eran demasiado naturales para pensar lo contrario.

Su pulso disparándose como cañón de guerra cada vez que le tomaba el brazo, su lenguaje corporal…sí, claro, al diablo con "no me gusta el sexo". El chico se negaba a él por alguna misteriosa razón que a Tony tampoco le interesaba averiguar, pero que descubriría tarde o temprano.

Tarde o temprano.

Más vale temprano, pero él estaba bien con eso de esperar el momento indicado. Podía tener una infinita paciencia sólo para aquello que en verdad valiera la pena.

Si algo le había enseñado la experiencia, era que algunas personas nacían sabiendo; otras, dudando.

Peter dudaba de todo lo que hacía frente a Tony Stark, pero no lo demostraba. O, al menos, hacía el intento.

Su vómito verbal cuando algo lo emocionaba, así como los chistes que Stark aparentaba odiar, eran sus únicas debilidades.

Lo demás era trabajo, algo que se le daba muy bien a Peter.

Con los días acumulándose uno tras otro, como una torre de waffles, alguien escéptico habría podido diferir en el estilo de vida que Peter llevaba. Pero ése alguien no sabía que Peter estaba acostumbrado a cierto ritmo, desde sus quince años.

No podía (ni quería) abandonar ninguna de sus actividades. La universidad era tan obligatoria como necesaria para su futuro, trepar muros era indispensable para el futuro de otras personas, y trabajar con Stark…era todo eso y más.

¿Por qué trabajar con Tony Stark involucraba el futuro de otras personas? Pues bien, mejorando su traje, salvaría más gente, claro. Peter lo veía intencionalmente de esa manera.

Definitivamente no tenía que ver con el hecho de que a Peter le gustaba la sonrisa de Tony. Aquella sonrisa le decía que sabía muy bien quién era y qué quería. No, eso no tenía nada que ver. Tampoco se trataba de la espontaneidad que Tony guardaba para tomarle el pelo y para sus inventos, a partes iguales. Ni hablar de su inteligencia apabullantemente superior, y por supuesto era irrelevante aquella virilidad y ostensible sexualidad que derrochaba el hombre.

Apretaba su agenda, al punto de llegar molido a su dormitorio, sólo en el nombre de la ciencia y porque con su nuevo traje patearía traseros. Nada más ni nada menos.

Y si tenía que poner a prueba su autoconvencimiento entrenando en el gimnasio al lado de un sudoroso Tony, que así sea, pensaba mientras llegaba al clímax todas las noches.


—Dime, ¿es mi imaginación, o eres absurdamente fuerte?

—Um, lo segundo.

—Ya lo imaginaba yo.

A veces, Peter no sabía cómo se las ingeniaba para detener un golpe sin que Tony se derribara igual que una casa naipes. Lo cierto era que Iron Man era un gran luchador, sabía moverse con la discreción sutil de un ninja, y la fuerza de un oso pardo. Tenía tantas técnicas y ataques que a Peter le impresionaba esa agilidad viniendo de un hombre metido en una lata. O eso le decía para irritarlo.

—Eres bueno en esto de la lucha cuerpo a cuerpo —concedió Tony mientras se secaba el ligero sudor de la frente—. ¿Pero serás bueno al Smackdown?

—¿Bromeas? Estás mirando al campeón invicto de lucha libre virtual en toda el área tri-estatal.

—Veremos.

Peter tenía que contentarse con una escapada al baño para limpiar el sudor debajo del traje, pero normalmente no sudaba tanto. No como doce minutos después, en la sala más grande que hubiera visto jamás, cuyo exclusivo uso se limitaba a jugar las batallas más épicas a través de una pantalla gigante.

—¿Eres gamer? —la cabeza de Peter nunca había viajado a tantos lugares a la vez; la enorme repisa estaba cargada de toda clase de videojuegos, que provocaría un infarto al pobre corazón de Ned.

—No, pero el equipo puede serlo. No hay nada como un descanso grupal luego de un arduo entrenamiento. O invasión alienígena.

—Claro, reemplazar la lucha real con otra igual de emocionante y menos peligrosa.

—Lo entiendes, ¿verdad?

Peter rio en respuesta.

De pronto, la habitación reverberaba con los sonidos y las imágenes del juego de lucha libre Smackdown. Peter perdió la cuenta de los minutos –quizá horas– empleadas en no bajar la guardia de su avatar, pero tenía que admitir que Stark era un formidable oponente. Hasta que…

—¡Picadillo, te he hecho picadillo de hojalata! —exclamó Peter mientras manejaba con furia los mandos—. ¡Deberían llamarte hombre hojalata!

—Todavía no, araña inservible. ¡Chúpate esa!

Un enorme luchador rubio derribaba a su colosal oponente y le castigaba dejando caer encima todo el peso de su cuerpo.

—¡Noooo! —Peter casi lanzó el mando a través de la habitación.

—¡Así es, bebé! ¡Nadie puede igualar al campeón de lucha libre, Tony Stark!

Antes de darle la oportunidad a Tony para seguir fanfarroneando, Peter lo empujó con un lado de su cuerpo, su brazo golpeando el de Tony, pero logrando apenas que el hombre se moviera del sillón. No obstante, el acto estaba hecho, y Tony lo consideró una declaración de guerra.

Le respondió con la misma moneda, pero empujándolo más fuerte. Peter entonces volvió a empujarlo, incrementando su impulso. Tony lo empujó después, lo suficiente para hacerlo tocar el otro extremo del sillón.

Lo que siguió fue una serie de forcejeos, gruñidos y gritos que no procedían del videojuego.

Era diferente al entrenamiento en el gimnasio, claro. Ninguno obedecía las normas del combate, relegándose a una especie de lucha/boxeo/karate/cosquillas.

Cayeron del sofá, se levantaron, y se dirigieron a sus respectivas esquinas para luego enredarse en más lucha. Durante toda la pseudo-pelea, Peter midió con precisión el punto necesario para no romper ningún hueso.

Tony propinó una serie de puñetazos y patadas que Peter esquivó fácilmente. A continuación, apuntó con ambas palmas abiertas a la cara del arácnido. Sin embargo, Peter lo atrapó antes de que se cerraran en torno a su cuello.

Entonces maniobró con todo su cuerpo, y lanzó a Tony con una llave inglesa que él mismo le enseñó aquella tarde. Oh, la ironía.

Ambos tumbados en el suelo, Peter logró percibir el débil eco de una señal de alarma que sonaba en su cabeza, pero su cuerpo siguió pegado al de él, reteniéndolo.

—Okey, Spider-man —la voz de Tony sonaba sin aliento—. Me tienes. Me rindo.

Peter lo soltó.

No se separaron.

Tony cayó con los brazos abiertos y la boca jadeante. Peter estaba encima de él, respirando al mismo ritmo agitado.

Bien, es hora de detener esto, pensó Peter. Hora de retroceder. Estás demasiado cerca ahora. Cada parte del cerebro de Peter le gritaba, pero su cuerpo experimentaba una grave disfunción ejecutiva, porque aquel divertido juego acababa de desviarse hacia un territorio muy peligroso.

—Bueno, ¿qué vas a hacer ahora? —preguntó Tony.

—¿Huh?

—Estoy a tu merced. ¿Piensas hacer algo más divertido?

Cierto, sólo en aquel momento se le ocurría sentir su propio miembro duro y palpitante.

Sólo en aquel momento eligió rastrear la cara de Tony, un ligero brillo de sudor recorriéndolo, pero sus pupilas dilatadas evidenciaban el verdadero motivo por el cual yacía laxo e inmóvil debajo de Peter y, desde luego, no era el cansancio. Los codos de Peter tocaron el suelo, cada uno a un lado de la cara masculina y perfectamente relajada de Tony Jodido Stark.

Peter aún no se movía. Cuerpo traicionero que tenía, nublándole el juicio, y entonces su cerebro comenzó a traicionarlo también. Le sugirió lo fácil que sería presionar los últimos centímetros hacia adelante para cubrir el cuerpo de Tony con el suyo. Los ojos de Peter bajaron a los labios de Tony.

Sí, quería hacer algo más divertido. Oh, dios, cuánto quería. Quería, quería tanto. Deseaba inclinarse y cerrar la insoportable brecha que los separaba. Deshacerse de todo obstáculo, incluyendo su máscara. Cada poro de su cuerpo parecía gritar de necesidad.

El súbito arranque de lujuria le recordó la última vez que se había visto embargado de la misma forma y con la misma intensidad frente a otra persona, y Peter no había hecho nada por detenerse.

Las cosas no terminaron bien.

Ágil como gato, se paró sobre sus cuatro extremidades y luego se incorporó. Por cada paso que daba atrás, la sonrisa de Tony se alargaba.

—¿Te rindes?

—Sí. No. No lo sé.

No se le escapó las diversas connotaciones que albergaba la pregunta y su respuesta.

Tony irguió la espalda y posicionó su brazo sobre la pierna que tenía flexionada hacia arriba.

—Tengo hambre. Creo que podría morir de inanición si no pruebo un bocado ahora mismo. Haré un sándwich o algo. ¿Quieres?

—Um…

—Estaré en la cocina.

Al salir por la puerta, Peter se hizo un escaneo interno, intentando tranquilizarse.

Eso estuvo cerca.

Demasiado.

Peter podía mantener el autocontrol, se convenció, siempre y cuando no volviera a suceder nada parecido a aquel desastre. Siempre había logrado dominar sus urgencias, por lo menos desde que la araña lo mordió; en cierta forma salía de sí mismo para dirigir y controlar la situación, aunque a base de mucho ensayo y error.

No más desastres.

El siguiente desastre lo esperaba en la cocina.