Hora libre 8: Fuegos artificiales.

Por este instante puedo sentirme la persona más afortunada del planeta, entre estrellas, polvo estelar y ese tipo de cosas que están en el cielo, iluminando y haciendo de nuestra vida un nuevo misterio. Por este instante, solo por este instante, puedo simplemente sentirme como la persona más feliz que pueda existir, entre el mar, la arena y las risas de mis compañeros a mis espaldas.

No puedo evitar sonreír, verlos y sentirme realmente afortunado de estar vivo.

Aunque no me considero realmente una persona activa, que se dedique a brincar, gritar, saltar y dar maromas como si se tratase de un circo, ahora podría hacer todo eso y más, disfrutar del breve momento que la vida amablemente me ofrece.

Es ese sentimiento que nace desde el pecho y se expande por todo el cuerpo de manera silenciosa, como un dulce veneno que solo hace que sonría y me sienta navegando en una esponjosa nube de azúcar, no dejo de sonreír, decir "si" a todo, dejarme llevar por la marea que me rodea.

Felicidad.

Es lo único que puedo decir en este instante.

Desde que llegamos a la playa, hace solo unas horas, hemos hecho toda una revolución adolescente en este lugar, fuera de reglas, fuera de orden, fuera de todo lo que podría suponer una barrera en nuestra propia y egoísta diversión y emotividad, gritando, cantando a todo pulmón, haciendo cosas que jamás podríamos estando en la ciudad. Comemos, cantamos, bailamos, corremos unos detrás de otros, jugamos, nos enterramos en la arena, nadamos, hacemos bromas, bebemos…

Adolescencia y rebeldía en todo su esplendor.

Estoy sentado en el borde más alejado del ajetreo, dejándolo solo por un instante, tomar un respiro y tratar de simplemente seguir la corriente a todo esto.

Veo a las chicas corriendo con las pistolas de agua y gritando cosas que no comprendo en este instante, sonrió de nuevo y niego lentamente, algunos más allá juegan voleibol playero, o al menos eso es lo que tratan de hacer, entre gritarse improperios y lanzarse torpemente la pelota de un lado a otro, llenándose de arena el trasero, es divertido, sacas lo más salvaje de ti solo para reírte.

El aire fresco me seca el sudor de la frente, cierro los ojos y dejo que este me queme un rato, el sol aún está en lo más alto, es apenas el inicio de la tarde, aún nos falta mucho por delante, aunque no quería separarme del grupo por lo bien que lo pasaba, una parte de mi me dijo que solo me alejara unos pasos, solo para ver desde afuera como es que era este pequeño mundo al cual me había integrado.

Puede sonar la cosa más extraña de todas, es como estar dentro de una burbuja donde todo de repente es perfecto, tengo miedo de romperla si la toco con demasiada agresividad, eso no me gustaría mucho, no quiero que se rompa.

Me abrazo a las rodillas y suspiro, me recargo sobre ellas, mirando cómo es que las olas vienen y van a una velocidad apenas perceptible, mojándome las sandalias y dejando de vez en cuando algún regalo a mis pies, como si me felicitaran por salir de esa zona de confort que tanto me estaba encerrando y ahogando.

Aun no puedo creerlo, es casi como un sueño, un sueño del que no desearía despertar nunca.

Los chicos gritan mi nombre y respondo de la misma manera, al parecer algunos están preparando las cosas para comer, entre nadar y hacer tonterías, el hambre se está asomando.

Me sacudo la arena de los bermuda que mi madre tan amablemente ha guardado dentro de la maleta que preparo, me aseguro de no llevar arena de más en la ropa y camino hacia donde están los otros, las sandalias se hunden un poco y hace que el caminar sea un poco más pesado, al menos al inicio, después simplemente es adaptación natural.

Las rocas que están un poco más atrás se tiñen de rojo y naranja, un poco más a la punta esta de amarillo y café, algo brillante e iluminado, se notan algunas grietas y algunos animalejos que se hospedan allí. Antes algunos de mis compañeros han recorrido esa muralla para saltar a las profundidades del agua, en una competencia de resistencia y ese tipo de cosas.

Por supuesto, no he participado. No me gustaría morir antes de…

En la barra que se ha hecho de manera improvisada esta Levi, no dice nada ni me hace señas para que me acerque, solo me mira y sonríe, alzando el vaso plástico que tiene en la mano derecha, como si brindara en silencio. No sé qué con exactitud pero brindo con él de igual manera.

Sasha me pregunta si deseo ayudar con la comida y digo que sí, quiero mantenerme ocupado en vez de pensar, a veces pienso mucho y eso no es del todo saludable, las ideas pueden llegar a matar si uno deja que crezcan de más.

—Te notas un poco raro. —dice mi compañera mientras asa la carne en las parrillas.

—¿Raro? —pregunto haciéndome el desatendido.

—Ido. —dice aunque no parece muy segura de ello. —Me recuerdas a mi cuando recién me levanto antes de regresar a clases.

Se toca la barbilla y el tenedor le quema, se queja haciendo que el cubierto caiga a la arena, los demás le dicen que tenga cuidado.

—Lo siento. —se disculpa, luego vuelve a dirigirse a mí. —Tal vez sea solo mi imaginación, no me hagas mucho caso.

Pero lo hago, mamá también ha dicho que luzco diferente, distante, ausente, más que de costumbre. Quiero creer que es solo parte del proceso.

Ayudo a servir la comida a los demás, en poco tiempo hacemos una especie de picnic improvisado, ponemos mantas para que no se llene todo de arena y comemos a gusto, Levi se sienta a mi lado pero no dice nada, conversa muy poco, solo limitándose a preguntas de algunos de mis compañeros, cuando la conversación simplemente gira a otro rumbo se queda pensando y comiendo, picando la carne, la verdura y bebiendo de la soda, a veces robando algo de las frituras que hemos traído.

Yo trato de integrarme más, pero al igual que él, cuando no tengo nada más que decir simplemente me dedico a mi plato, trato de no pensar mucho y logrando solo eso, aunque hemos estado juntos tanto en espacio abierto como en privado, en la escuela e incluso frente a nuestras familias, estar frente a compañeros de clase es un poco intimidante, como si cualquier movimiento fuera registrado por ellos. Al menos yo me siento de ese modo y me asusta.

No quiero que mi relación se ve afectada por ese tipo de pensamientos. Sería algo toxico y para nada saludable.

Tampoco es como si buscara que todo el mundo sepa de esto, simplemente es un sentimiento que se queda allí, presente y haciendo bulto, como si no tuviera ya suficientes problemas. Ja.

Después de la comida volvemos a recoger todo de nuevo, colocando las cosas en un solo lugar y advirtiendo a todos de que no deben olvidar nada y que deben verificar todo para regresar a salvo a la cabaña que amablemente los padres de Connie nos han rentado por este fin de semana.

—Queremos hacer algo en la noche, traemos luces de bengala y pequeños fuegos artificiales, tal vez hasta podamos hacer una fogata y alguna actividad divertida. —dice Sasha antes de que todos puedan irse a perder a algún lado de la playa.

—Suena bien. —dice Thomas. —¿Nos vemos todos aquí antes de que anochezca?

—Si. —corea la mayoría.

Todos se separan en grupos, algunos deciden quedarse a cuidar las cosas y seguir jugando, casi por inercia busco a Levi con la mirada, aunque no logro ubicarlo y eso hace que me sienta un poco decepcionado y alerta, no hemos conversado desde que llegamos, entre que ayudo al grupo que hizo esta reunión como de repente simplemente alejarme de todos.

—Debo adivinar que buscas atacar los restos de frituras que han quedado. —susurra detrás de mi mientras me sostiene de los hombros.

Grito asustado pero como casi no hay nadie no atraigo la atención, aprieto los labios y me quejo.

—Uno simplemente llega y avisa de su presencia. —digo entrecerrando los ojos.

—Bueno, aquí estoy. —sonríe inocentemente.

—Ja, ja. —pongo cara de pocos amigos y después simplemente no sé qué decir.

—Ven, hay que caminar, has estado con todos menos con quien deberías estar. —me toma de la mano y me jala hacia donde estaba yo antes.

—¿Ah, sí? ¿Y eso que se supone que significa?

—Que este viaje era para simplemente divertirnos pero me has dejado con tus compañeros, tratado de ser amable y bebiendo soda como si fuera el fin del mundo. —me reclama casi con cariño.

—Lo siento por ser de utilidad para el resto. —digo con sarcasmo.

—Utilidad de todos menos para mí.

Finjo reírme.

—Claro, claro, lo siento, lo siento. —rueda los ojos y termina por jalarme hasta pegarme a su lado, me toma de la mano como si no quisiera soltarme.

El sentimiento de extrañeza se va y vuelve esa inmensa ternura y cariño que solo este tipo de detalles puede sacar de mí, es una tranquilidad que solo existe en este momento, algo que no puedo definir solo con palabras o letras, existe y eso es lo que importa. Al menos por el momento.

Caminamos en silencio por el sendero que marca la gran muralla de roca, algunos caminan por arriba de ella, corren y saltan para dar clavados en el mar, se escuchan sus risas, algunos gritos y algo de música por allí, entre más nos alejamos, más diluido se hace el sonido. Y no me importa, podríamos simplemente perdernos en este lugar y no me interesaría.

—Siéntate aquí. —dice empujándome hacia abajo, caigo de golpe contra la arena, me quejo pero no parece importarle mucho y a decir verdad, a mi tampoco.

Luego se sienta a mi lado y sin aviso previo descansa su cabeza en mi hombro, siento el lento subir y bajar de sus hombros, no dice nada, solo se dedica a respirar y a quedarse allí, a mi lado, mirando el azul del agua, estira su mano y vuelve a enredar nuestros dedos, de repente sé que no está mirando el mar, mira el entrelace, juega con mis manos, tocando cada yema de mis dedos, rozándola y al final simplemente sosteniéndola con fuerza.

—No me sueltes. —dice en voz baja.

Algo me dice que no se refiere solo al agarre, es algo más profundo, un poco más metafórico, aunque otra parte de mi me dice que no profundice mucho, no debo idear tanto.

—No. —digo, se acomoda en el hueco de mis hombros.

—No me gusta la playa. —dice de repente.

—¿Ah, no?

—No, la arena es molesta, se mete en todos lados, el sol te requema, en verano apesta a algas, las gaviotas se comen tu comida. Es odioso.

Medito un rato sobre eso y asiento.

—Tienes razón. Es odioso. —dejo salir.

—¿A ti tampoco te gusta? —pregunta moviendo su cabeza hacia arriba mirándome sin separarse de mi hombro.

—Me gusta, es tranquilo, al menos esta playa lo es, la luz que llega aquí es realmente una belleza, las noches son maravillosamente artísticas, puedes crear mil historias en este lugar.

No dice nada, vuelve a acomodarse para ver hacia delante, como si tratara de ver lo que acabo de decir.

—No se me ocurre ninguna historia. —dice y yo me rio.

—Así no funcionan las cosas. —digo.

—¿Entonces cómo?

Niego lentamente, como si no supiera que decir a continuación.

—Es… imaginación. —miro al frente y trazo una línea imaginaria con mi mano libre. —Entre el cielo y el mar puede haber un millar de historias diferentes, entre la arena y el agua puede haber tantas como los corales que se esconden allí y entre la ciudad y la playa existe otra cantidad infinita de cosas que puedes contar, la vida, la muerte, la estancia, el abandono, el amor, la tristeza, las lágrimas derramadas o una sonrisa que ilumina los días y apaga las noches.

Agacho la mirada, encontrándome directamente con la de él, hace que me sienta intimidado y rápidamente me aparto, como si quisiera seguir contando más sobre esto, pero me quedo en blanco y no puedo continuar.

—Entonces cuéntame una historia. —murmura.

Sonrió sin que él lo note.

—Una historia… —repito, como si la palabra se me antojara extraña y lejana. —No se me ocurre ninguna ahora.

—Haz dicho que aquí puedes crear mil historias.

—Y es verdad, solo que ahora no puedo pensar, imaginar requiere de muchas neuronas y muchas sinapsis.

—¿Ah, sí?

—Si.

Se separa de mí, me toma de la barbilla y me besa, no digo nada, no me muevo, solo me limito a cerrar los ojos y separar los labios, siguiéndole el ritmo, como una lenta danza previamente programada, porque de repente me he adaptado a sus besos sorpresas. Me sostiene del rostro, no apresura el paso, ni hace seña de querer profundizar el tema, lo deja a la superficie, igual a la espuma de la playa.

Nuestros labios solo se separan un poco, lo suficiente para dejar pasar el aire que nos hemos robado mutuamente, trago saliva y lentamente abro los ojos.

—Ahora no soy capaz de crear ni una sola sinapsis. —digo y él se ríe.

§

La noche se hace demasiado rápido con nosotros, nos cubre y hace que la luz sea solo una historia pasajera, nos reunimos un poco más tarde de lo previsto, pero eso no supone un real problema, las bengalas y luces están ya hechas por los que se han quedado cuidando las cosas.

El grupo organizador dice que en la barra hay bengalas y cerillos para poder utilizarlos, cada uno toma una caja de luces y nos volvemos a separar un poco, hacemos una prueba para ver que todos sepan usar las luces sin accidentes, algunas chicas gritan sorprendidas y algunos chicos se ríen de ello, una vez que vemos que todo está bajo control dejamos que cada quien disfrute de las luces bajo su propia diversión y vigilancia.

Algunos corren a los lados agitando las luces e iluminando de nuevo la playa, Sasha apaga las lámparas que han colocado para ese propósito, las luces tomaran más protagonismo.

Como no soy realmente muy hábil para manejar estas cosas me quedo en un solo lugar y trato de arreglármelas para no provocar algún incendio o algún accidente, me pongo a cuclillas cerca del agua, por si necesito apagar esto rápidamente, tomo una cerilla y la pongo cerca del inicio de la bengala, esta estalla en muchas chispas, me sorprende por un instante, me caigo hacia atrás, dando de todo contra la arena, me rio para mí mismo.

Sostengo la bengala y la alzo, por entre las chispas veo a los demás corriendo y haciendo de las suyas como es su costumbre, vuelvo a sonreír divertido.

—¿No te parece infantil? —dice Levi parándose a mi lado.

Alzo la mirada y lo señalo con la luz apunto de apagarse.

—Es divertido.

Rueda los ojos y se agacha, toma otra de las luces que hay en mi bolsillo, prende otra cerilla y la acerca a la punta de la luz, esta estalla pero no me toma desprevenido, así que puedo estar cerca sin sufrir un paro cardiaco.

—Son bonitas. —dejo salir casi inconscientemente.

—Son luces. —dice él.

—Las luces significan más que iluminación. A veces son la única esperanza de las personas.

La bengala se extingue rápidamente.

—¿Te sucede algo? —pregunta.

—No. —le sonrió y tomo otra varita para encenderla. —Es solo…

No sé qué decir, niego con la cabeza, un par de lágrimas me recorren el rostro y me siento ridículo por ello.

—Creo que me siento muy feliz, solo eso.

—¿Acaso eres tonto? —pregunta pegándome en la nariz con una de las varitas de luz.

—Tal vez. —respondo sacando otra cerilla. —Tal vez lo sea.

Prendemos la última luz de bengala y vemos cómo es que se extingue poco a poco, como es que la luz siento tan poderosa se pierde poco a poco hasta simplemente desaparecer y apagarse.

—¿Quieres que vaya por más? —pregunta.

—No. Así está bien, siéntate conmigo.

Obedece y lentamente se deja caer a mi lado, me abraza y esta vez soy yo quien deja caer la cabeza en su hombro.

¿Por qué los momentos no son capaces de congelarse, guardarse en una caja y conservarse para siempre?

Gracias por leer.
Parlev.