Vacaciones de invierno 1: Llamadas nocturnas.

Recomendación musical: Love runs out de One republic.

Me remuevo un poco debajo de las sábanas, giro hasta volver a ver de nuevo el techo, las sombras que se proyectan gracias a la poca luz que entra del exterior son un poco tétricas. No puedo dormir, llevo mucho tiempo tratando de encontrar una posición cómoda para poder conciliar el sueño, suspiro irritado, no tiene sentido seguir perdiendo el tiempo de esta manera; me siento, estoy sudando, siento mi cuerpo muy acalorado, jadeo y trato de buscar algo con lo que distraerme. Mi mente esta abarrotada de imágenes, sonidos, pensamientos, diálogos, escenas y todo ese tipo de cosas, se fue muy lejos esa parte relajada de mí. Ahora viene el momento en donde me atormento por todo. Hace ya mucho tiempo que no perdía el sueño de esta manera. Hace mucho que no sufría de insomnio.

Me asomo por la ventana que está a un lado de mi cama, la calle está totalmente vacía, se ve muy tenebrosa a estas horas, hay unos cuantos faroles alumbrando la calle pero eso no le quita ese aspecto de miedo. Falta poco para que empiece a nevar, una semana a lo mucho, pero ya hay alguno que otro copo de nieve vagando de forma solitaria. Miro una vez más el reloj que está en mi buró, aun lado de mi cama. 3:24 am. Aun es demasiado temprano como para hacer algo.

Decido bajar por algo de agua, tal vez eso me refresque un poco las ideas y me relaje. No tengo la menor idea de porque no puedo conciliar el sueño, tal vez se deba a que aún estoy un poco preocupado e indeciso sobre mi situación sentimental actual. Tomo uno de los vasos de vidrio que están perfectamente acomodados junto a los platos, Isabel es algo perfeccionista a la hora de acomodar cosas, el orden simétrico es lo suyo, cada plato debe encajar uno con otro, cada vaso debe estar ordenado de modo que pueda tomarse con facilidad sin que choque con otro y pueda ser utilizado para cada una de sus acciones, leche, café, agua, limonada… cada vaso tiene su función.

Hay una ventana junto arriba de la estufa, es una ventana pequeña, solo se puede asomar por ella para saludar a los vecinos, de forma cuadrada y está cubierta por una cortina pequeña de colores, no cubre todo el cuadrado y así puede entrar un poco de luz plateada, de la luna, o blanca, de los faroles, a iluminar el interior de mi cocina. Las fechas de invierno son frías pero el mismo tiempo muy pacíficas, al menos a mí, llenan de algo parecido a la relajación y a la conexión con uno mismo.

Me siento en una de las altas sillas del desayunador, veo directamente la ventana, pongo atención en los tenues rayos de luz que iluminan la superficie plateada de la estufa, dándole un brillo singular, hay momentos en los que todo nos puede resultar adecuadamente bello, dependiendo de nuestro estado de ánimo. Como ahora, ver la belleza de la luz nocturna cayendo sobre un electrodoméstico.

Suspiro y tomo solo un sorbo de mi agua, miro por el interior del vaso, la superficie del vidrio, junto con la irregularidad del agua, el movimiento y de fondo la pared de mi cocina. Incluso eso es bonito ahora.

—¿Problemas para dormir? Hace mucho que no te veía a estas horas.

—Supongo que mi cuerpo ya extrañaba mirar a la nada durante la madrugada.

Isabel se sienta a mi lado y mira conmigo la ventana.

—Es un lindo espectáculo. Siempre he pensado que la luz lunar embellece las cosas. —toma mi vaso de agua y bebe.

—Lo sé.

—¿Qué te preocupa ahora? – susurra después de unos segundos de silencio.

Me encojo de hombros y bajo la mirada a la superficie rasposa del desayunador.

—Eso me pregunto yo.

Hay pesadumbre y relajación recorriéndome el sistema circulatorio, me aplasta y hace que me sienta débil, siento mi vista cansada, mi mente agotada y mi cuerpo nadando sin rumbo, me siento perdido, es un sentimiento tan… desesperante de alguna forma. Me recargo sobre el desayunador y vuelvo a suspirar. Siento la mano de Isabel dándome golpecitos cariñosos en la espalda.

—Le das demasiadas vueltas al asunto, solo disfruta y ya. Deja de preocuparte. —dice con algo de burla en su voz.

—Me gustaría tanto hacer eso, pero siempre hay pensamientos que me atormentan.

—Tus libros, películas y series te están metiendo tantas cosas en la cabeza que ya ni siquiera sabes cómo actuar. Si te rompe el corazón, yo me asegurare de romperle los huesos, no te preocupes. No soy medalla de oro en Judo por nada. —dice llevándose las manos a las caderas.

Suelto una risita ante ese comentario. Seria gracioso ser espectador de ese duelo.

—Claro Isabel. Gracias.

—Estoy para apoyarte, hermano, para eso estoy yo aquí. —me da más palmadas en el cabello y me sonríe.

— Eso debería ser al contrario.

Se encoge de hombros y se pone de pie de nuevo, tomando un último sorbo de mi vaso con agua.

—Es nuestro deber darlo todo por quienes queremos. —sonríe y me revuelve el cabello. — Ve a dormir pronto.

—Eso haré. —le devuelvo la sonrisa.

En cambio lo único que hago es llenar de nuevo mi vaso de agua y subirlo conmigo a mi habitación, arrastro los pies por los escalones y el piso hasta llegar a mi cama, no prendo la luz, mi habitación luce mejor con las pocas luces del exterior, además así solo alejaría más mis intentos para dormir.

Pongo el vaso en mi escritorio, me siento en el borde de mi cama y me dedico a ver el cielo, las pocas estrellas que lo iluminan y la luna nueva que lo adorna. Si me pongo los auriculares ahora tendré algo de miedo, no me gusta el silencio excesivo de las madrugadas, es muy terrorífico.

Mi celular me exalta con el sonido de llamada entrante, me petrifico por un instante, nadie llama a estas horas, las llamadas nocturnas nunca son buenas.

—¿Diga? —trato de sonar adulto y seguro de mí mismo.

Estas despierto. —del otro lado, Levi suspira con alivio. Yo hago lo mismo.

—Me asustaste. No suelo recibir llamadas a las tres de la mañana. —replico.

Lo siento, pero… no puedo dormir. —se excusa él.

—Estamos en las mismas circunstancias. —me dejo caer en la cama, mirando al techo.

No sé si alegrarme o preocuparme.

Sonrió.

—Entonces también sufres de insomnio. —pregunto.

No exactamente, ¿Tú sí?

—Si.

Por un par de minutos nos quedamos en silencio, sospesando los pensamientos del otro.

¿Qué piensas de la luna esta noche?

—Luce igual a la de otras noches, ¿Le ves algo especial? —pregunto volviendo a tomar asiento y haciendo a un lado la cortina para verla.

Pensé que sería un buen tema romántico para comenzar.

—Tú no eres romántico ni de lejos. —rió un poco.

Lo sé, pero tienes que admitir que lo intente. Aunque sea solo un poco.

Suspiro como si fuera algo ridículo.

—No te sobre esfuerces. —digo con sarcasmo.

Entonces entretenme.

—¿Qué? ¿Quieres que baile? —entorno los ojos y sigo observando el cielo.

Me encantaría verte bailando pero estas demasiado lejos y es un poco tarde como para que vaya a tu casa.

Esta vez bufo con molestia.

—Deja de decir tonterías.

Hablo muy en serio. ¿Por qué no puedes dormir?

—Pensamientos atormentantes. ¿Y tú?

Pensamientos no atormentantes.

—Supongo que sí. Es demasiado lógico. ¿Qué harás para navidad?

Iré a visitar a unos parientes. Doris tiene ganas de pelearse con la esposa de Arthur, el tipo calvo que vino a la fiesta de cumpleaños. ¿Y tú?

—No lo sé, tal vez vaya a casa de unos tíos como cada año, depende del trabajo de mis padres.

El silencio se vuelve a adueñar de la plática telefónica. No sé de qué podemos hablar. Mi cerebro esta frito, me siento agotado pero no puedo dormir, es demasiado frustrante y desesperante.

Me recargo en la ventana y busco algo con lo que sacar la plática, no quiero que me deje solo mientras trato de sobrevivir a mi pequeña y privada soledad.

¿Cuándo empecé a depender de la compañía de alguien? Siempre he estado solo, estoy acostumbrado a estar en mi propio mundo, no suelo depender de alguien para saciar esa soledad, o a lo que muchos llaman soledad, los libros son mi única compañía, mi familia como en términos de personas a mi alrededor. ¿Me siento solo en realidad? Tal vez es solo mi imaginación y el sentimiento de debilidad que me embarga ahora. Tal vez solo estoy siendo paranoico. No lo sé con mucha exactitud. De repente tengo mis propios arranques de adolescente incomprendido. Es una etapa. Al parecer.

Te quiero. — su voz se convierte en un susurro que recorre mis neuronas haciendo que me exalte.

Sonrió pero no dejo que eso salga por mi voz.

—¿Por qué dices ese tipo de cosas?

No sé, creí que era necesario que lo supieras.

—Deja de decir tonterías. —susurro de igual manera.

No es una tontería, es cierto. Estoy enamorado de ti. —dice con la voz más firme.

—Ten en cuenta que lo que estás diciendo es demasiado cursi.

Cada persona tiene esa parte ridículamente cursi y romántica, ¿Por qué yo no?

—Porque entonces no serias tú. —digo solo por decir.

De repente me siento muy acalorado.

¿Por qué no?

Guardo silencio por un instante.

—Yo que sé. —exhalo de repente.

Gracias por leer.
Parlev.