Nuevo cap recién salido del horno c: ¡Que lo disfruten!
—¿Nuevo teléfono, hermano? —preguntó Nino—. ¿Me permites?
—Por supuesto —Y se lo cedió a su mejor amigo.
Nino, sentado a su lado mientras esperaban a que comenzaran las clases, examinó la nueva posesión de Adrien.
—¿Pasó algo con tu otro celular?
—Se me cayó hace unos días, y si bien puede cumplir con las funciones básicas, no es lo mismo.
—¿Y alguna razón por la cual te lo compraste con SIM dual? —observó.
—Para separar los contactos personales de los relacionados al mundo del modelaje —Adrien había tenido esa respuesta preparada hacía rato—. Todavía no puedo creer que mi padre me haya dado esta clase de… no sé, ¿autonomía? ¿Libertad?
—Pues yo creo que te lo mereces, viejo. Eres un hijo y estudiante modelo, después de todo. «Modelo» en el sentido de «ejemplar», quiero decir.
Adrien dejó escapar una risita suave cuyo sonido fue invadido por el de la campana. El resto de sus compañeros fue llegando y cada uno fue sentándose en su lugar correspondiente. Entre los últimos aparecieron Alya y Marinette, quienes parecían estar en medio de una conversación banal. Adrien les deseó unos buenos días y ellas le devolvieron el saludo. El profesor de historia llegó poco después de sus alumnos, lo que no dio lugar a más conversaciones matutinas.
Antes de iniciar la clase, el hombre entregó los reportes que habían hecho la semana anterior. Se dirigió a sus alumnos, uno por uno, para hacer la devolución correspondiente con alguna crítica constructiva o comentario. Adrien estaba más ansioso por saber el resultado del reporte de Marinette que por el propio. Grande fue su regocijo cuando el profesor no tuvo más que felicitaciones para su amiga. No pudo evitar que su ego se inflara un poco también.
Cuando el profesor terminó con las devoluciones y mientras éste se dirigía a su escritorio para por fin empezar con la clase, Adrien se dio vuelta para darle un pulgar arriba a Marinette. Ella le regaló una adorable sonrisita tímida.
A pesar de ya haber recibido el nuevo celular y ya tener la nueva línea habilitada, todavía no se había animado a escribirle a Marinette. No sabía por dónde empezar. Pensaba, por ejemplo, en mandarle un mensaje para preguntarle cómo le había ido en el reporte de historia, pero, ¿y si levantaba sospechas que casualmente le preguntara el día que se lo habían devuelto? ¿O ella simplemente lo tomaría como una casualidad?
Tal vez estaba dándole demasiadas vueltas al asunto, así que decidió prestar atención a su profesor por el resto de la clase.
—Vaya, de verdad te pasaste, Marinette —comentó Alya cuando la asignatura hubo finalizado. Adrien giró el cuerpo y vio a la chica con la tarea de Marinette en sus manos—. No sólo está muy bien redactado, sino que además está súper completo.
—Tuve un poco de ayuda al hacerlo —admitió.
—¿Oh? No te habrás copiado de un artículo en internet o algo así, ¿no, Marinette? —preguntó Alya con voz picarona, y recibió un codazo suave de su amiga.
—Claro que no.
—¿Puedo ver tu reporte, Marinette? —dijo Adrien. Para su pesar, notó cómo su intervención había transformado la expresión de la chica de jovial en tensa.
—Seguro.
—¿Tienes envidia, hermano? —rió Nino.
—Por supuesto que no —Adrien revisó fugazmente las correcciones que había hecho el profesor y se satisfizo al ver que se trataban de detalles—. Es brillante, Marinette —Y se lo devolvió.
—Gracias, Adrien.
—Así que… —comenzó Alya suspicaz— ¿obtuviste ayuda? ¿De quién?
—Oh, de un amigo que estaba de visita. Y ahora que estamos en tema, ¿qué les parece si hacemos un grupo de estudio para este tipo de cosas? Ya saben, si trabajamos juntos podemos hacer este tipo de tareas más fácil y más rápido.
Las palabras de Marinette generaron una confluencia de emociones en Adrien. No sólo le sorprendió la naturalidad con la que había respondido y cambiado de tema para evadir más preguntas de Alya; sino que además había sugerido aquella la idea de Chat Noir, lo cual lo hizo muy feliz.
—¿Qué dices, Nino? —preguntó Alya—. Creo que si nos juntamos con este par de cerebritos, será sólo conveniente para nosotros.
—Leíste mis pensamientos —rió y chocó palmas con su novia.
—¿Adrien? ¿Tú qué opinas? —preguntó Marinette con un dejo de timidez. Para tranquilizarla, él puso su mejor sonrisa de modelo.
—¿Por qué no empezamos hoy mismo?
—Espera —lo detuvo Nino—, ¿no tienes práctica de esgrima hoy?
—Es verdad —Con la emoción, se había olvidado completamente.
—Un momento —dijo Alya con un tono de «no todo está perdido»—, ¿Adrien, tu práctica empieza no bien terminan las clases, verdad? ¿Cuánto tiempo dura?
—Sí, y poco menos de dos horas.
—Bueno, si no estás muy cansado al terminar, podríamos juntarnos después de tu práctica. Nosotros podemos hacer tiempo mientras o empezar a organizarnos para tener todo listo cuando llegues. Nadie tiene nada importante que hacer hoy, ¿no? —Alya miró a Nino y a Marinette: ninguno de los dos tuvo objeciones.
—Podríamos juntarnos en mi casa —sugirió Marinette—. Vivo literalmente a una calle de aquí…
—Está decidido entonces —sonrió Adrien.
Resolvieron que mientras el modelo tendría su clase, el trío restante lo esperaría en la casa de Marinette: primero jugarían videojuegos o buscarían relajarse un rato hasta que Adrien llegara. El entusiasmo de poder juntarse con sus amigos hizo que el día pasara con más lentitud que lo habitual; sin embargo, eso hizo que recibieran el fin de clases con más alegría que de costumbre. Adrien se despidió de sus amigos y los vio partir antes de ponerse en marcha hacia los cambiadores.
Allí se cambió el atuendo por el uniforme de esgrima y dejó su mochila dentro de su casillero. Se aseguró de no haberse olvidado nada fuera antes de cerrarlo: pues no, toda su ropa, sus pertenencias e incluso su nuevo teléfono habían sido prolijamente guardados.
Se quedó unos segundos mirando el nuevo aparato, no obstante. Miró a su alrededor: era el único que quedaba en los vestidores. Tomó el celular en sus manos y lo desbloqueó, el fondo de pantalla lo recibió con una foto suya y de Nino. Lo había recibido hacía unos días y Marinette le había dado su número (el cual él ya tenía, pero al pedírselo no levantaría sospechas) hacía poco más de una semana. Habían sido las palabras de Plagg la razón por la cual todavía no se había comunicado con ella como Chat Noir. El kwami estaba en lo cierto, eso no podía negarlo. Todo se había vuelto un embrollo. Si empezaba a mandarse mensajes con Marinette, estaría dando un paso al vacío y ya no habría vuelta atrás.
Adrien sintió cómo su corazón empezaba a latir un poco más de prisa.
Era sólo un mensaje de texto. Abriría una nueva forma de hablar con su amiga sin el peligro de quedar expuesto o meterla a ella en problemas. Nada más. Le estaba dando demasiadas vueltas al asunto. Para probarse a sí mismo que estaba exagerando, decidió abrir la aplicación de mensajería. Prestando mucha atención para no equivocarse, eligió su línea alternativa como el emisor del mensaje. Seleccionó a Marinette como el destinatario y su pulgar se detuvo en seco sobre la pantalla. ¿Qué podría escribirle? Tenía que ser obvio, puesto que su amiga recibiría un mensaje de un desconocido. Recordó también que en esos momentos Marinette se hallaba con Alya y con Nino. ¿Sería prudente escribirle en ese momento? ¿Y si alguno de sus amigos veía el mensaje y le preguntaba a Marinette al respecto? Había ideado todo este plan para no ponerla a ella en un aprieto, y, si daba un paso en falso, podría arruinarlo todo.
La voz de su profesor, llamando a sus alumnos para poder comenzar la clase, lo devolvió al planeta Tierra.
Al diablo con todo. Ser cuidadoso estaba bien, pero lo suyo empezaba a bordear la paranoia. En un arranque de osadía, escribió un «Miau» y se lo envió a Marinette. Si alguien más veía el mensaje, estaba seguro de que ella podría inventar una excusa creíble. Mari era así de inteligente.
Bloqueó su teléfono y lo dejó dentro de su casillero. Sentado sobre su ropa doblada, Plagg lo miraba con una ceja elevada.
—Oh, cállate.
Cerró el casillero con un portazo y se dirigió por fin al patio.
Adrien se esmeró en concentrarse en la clase, mas le fue difícil. Era un manojo de nervios, ansiedad y emoción tratando de practicar un deporte que exigía especial atención a los movimientos de su oponente y los propios. En otras palabras, ese día estaba esgrimiendo su estoque miserablemente.
Al notar que su rendimiento no era el de siempre, el profesor lo llamó y puso a su compañero a practicar con el alumno al que había estado ayudado.
—¿Estás bien, Adrien? Estás cometiendo errores de principiante que ya has superado hace mucho —le preguntó. Armand D'Argencourt era un hombre sencillo y pragmático que iba derecho al grano cuando sus alumnos tenían dificultades, pero de todas formas se preocupaba por ellos.
—Sí, profesor. Estoy algo cansado y me duele un poco la cabeza, eso es todo —mintió. D'Argencourt asintió.
—Muy bien. Ve a sentarte un rato, y, si no te sientes mejor pronto, hoy puedes irte a casa temprano.
—Gracias, profesor.
Adrien no pudo evitar sentirse un poco culpable: sabía que se estaba aprovechando de la buena fe y de la confianza de su profesor, no obstante, eso no le impidió dirigirse a su casillero para coger su celular nuevamente. Se moría por saber si tenía una respuesta de Marinette.
Su corazón volvió a agitarse al ver que, en efecto, tenía un mensaje nuevo. Lo abrió y se halló con dos signos de pregunta. Bien. Marinette había sido precavida y no había sacado conclusiones apresuradas. Miró la hora: su mensaje había sido mandado hacía veinte minutos, y el de su amiga había llegado con apenas unos minutos de diferencia. Adrien tomó asiento en uno de los bancos de madera del vestidor mientras seleccionaba una imagen de su galería para enviarle a Marinette. Si bien hasta el momento nunca se había contactado con ella, había estado recopilando memes de gatos para mandarle. Quizá era porque le había tomado cariño a los felinos en general desde que se había vuelto Chat Noir; pero los encontraba graciosísimos. Podía perder horas y horas en internet riéndose de imágenes graciosas de gatos.
Escogió una imagen donde un gato negro de ojos verdes sacaba la lengua, la cual le recordaba aquella tarde de jengas y de besos de gatitos que no fueron. Era perfecta. Escribió un «Yo», adjuntó la imagen y presionó el botón de «enviar». Volvió a notarse nervioso, pero esta vez también impaciente.
El destino pareció apiadarse de él, y a los pocos minutos el celular vibró suavemente en sus manos. El mensaje comenzaba con una carita llorando de la risa, seguida por un «¿Cómo estás, gatito?». Adrien estaba extasiado. Le respondió que se encontraba muy bien y le preguntó a Marinette qué estaba haciendo y si estaba ocupada. Ella le dijo que estaba en su casa con sus amigos, esperando a que el «ídolo» de Chat Noir llegara para poder ponerse a estudiar los cuatro. Adrien no pudo evitar reír como un tonto. Oh, si Marinette supiera la verdad…
—¿Hablando con tu amiguita? —preguntó Plagg con tono burlón, apoyándose sobre su hombro.
—De hecho, sí —le respondió molesto.
—¿Entonces no vas a volver a la práctica?
Adrien ponderó sus opciones. Por un lado, ahora que ya había recibido las primeras respuestas de Marinette, podría volver a su clase de esgrima tranquilo. Bueno, no, estaba excitado como un niño pequeño en una dulcería, pero no nervioso como antes. Por el otro lado, su profesor le había dado permiso de retirarse si así lo deseaba. Adrien era un alumno diligente y tenía una asistencia casi perfecta, así que…
¿Qué daño podía hacer si una vez en su vida se iba antes?
En un abrir y cerrar de ojos ya se había quitado el uniforme y puesto su ropa nuevamente. Dobló y guardó algunas cosas prolijamente en su bolso, dejó otras dentro de su casillero y fue al patio para hacerle saber a D'Argencourt que se retiraría. Cuando su profesor lo vio asomarse por la puerta, simplemente asintió. Adrien lo saludó con la mano y salió de la Collège.
Se detuvo unos segundos antes de bajar las escaleras del edificio para escribirle nuevamente a Marinette: «Perdón por no responderte antes, surgió algo. Hablamos luego, ¿sí?». Añadió un emoticón de un gato y deshabilitó la línea de Chat Noir por el momento. Las casualidades existían, pero la idea de que Marinette le respondiera y que al instante el teléfono de Adrien sonara no le gustaba en lo absoluto.
Al llegar a destino, fue recibido por Tom y Sabine, como de costumbre, con una sonrisa. Sabine lo condujo por una puerta de la panadería que daba al hogar Dupain-Cheng y, al subir las escaleras que daban al primer piso con ella, no pudo evitar recordar el incidente que no fue en la habitación de Marinette.
—Marinette, Adrien está aquí —anunció Sabine luego de abrir la puerta de la sala.
Más sonrisas recibieron a Adrien: Nino y Alya pausaron el videojuego que estaban jugando y Marinette bajó de su habitación para darle la bienvenida.
—¡Llegaste temprano, hermano! ¿Pasó algo con la práctica? —preguntó Nino.
—Simplemente pude irme antes hoy —respondió y se encogió de hombros—. ¿Quieren empezar ahora?
—Déjame ganarle esta ronda a Nino primero —dijo Alya llena de confianza.
—¡En tus sueños, Césaire! —su novio tomó el control y reanudó el juego antes de que Alya pudiera tomar el suyo, por lo que fue acusado de tramposo por ella.
—¿Quisieras algo para beber, Adrien? —preguntó la vocecita de Marinette—. Tenemos jugo de manzana o de naranja.
—Oh, de naranja para mí, por favor.
Marinette asintió y le dijo que podía poner sus cosas junto a las de los demás. Mientras Adrien se quitaba su bolso, ella fue hacia la nevera para servirle la bebida.
—¿Sabes si le ha pasado algo raro a tu amiga, Alya? —preguntó Sabine divertida—. De la noche a la mañana pasó de odiar el jugo de naranja a amarlo… ¡Ahora no puede faltar de la casa!
—No, señora, pero si encuentro información al respecto, ¡seré la primera persona en informarla! —dijo la chica con tono divertido y solemne.
—Mamá, ya te dije que ahora me gusta. Es eso sólo, nada más —se quejó Marinette poniendo los ojos en blanco—. Aquí tienes, Adrien.
—Gracias, Marinette.
Ella le sonrió tímidamente, Sabine se despidió de ellos diciendo que pronto les alcanzaría algo para acompañar las bebidas y Adrien se dedicó a ver la partida de Nino versus Alya. Ninguno de los dos tenía especial ventaja sobre el otro, y saltaba a la vista que ambos eran principiantes. Él y Marinette —especialmente Marinette— los ridiculizarían en cuestión de segundos.
La batalla terminó proclamando a Nino como el vencedor, aunque por un margen mínimo. Alya hizo un mohín acompañado de un suspiro de derrota y Adrien y Marinette rieron.
—¿Empezamos? —preguntó Adrien—. No debería volver muy tarde a casa…
—¡Seguro! —exclamó Nino con el ánimo renovado.
—Pfft, quieres hacer los deberes ahora para evitar la revancha —dijo Alya—. ¡Pero sólo estás retrasando lo inevitable!
Los invitados tomaron sus bolsos y mochilas, y Marinette los guió hacia su habitación mientras dejaba escapar una risita cantarina. El lugar de trabajo sería, por una sencilla cuestión de espacio, el piso. Se sentaron, tomaron los útiles y libros que necesitarían y se pusieron manos a la obra. Se dividieron en dos grupos para mayor eficacia: mientras que Marinette y Nino («la dupla artística», como los denominó Alya) planearía un proyecto de arte que pronto presentarían los cuatro, Adrien y Alya («el dúo alfa superior en todo y para siempre», cuyo título fue duramente criticado por los otros dos) se ocuparía de la tarea de literatura e inglés.
Para cuando ambos grupitos ya se habían encaminado bastante en sus respectivas tareas, Sabine llegó con refrescos, galletas y unos pancitos. Creyeron oportuno hacer una breve pausa y comentar los progresos: por un lado, Marinette y Nino habían pensado en tomar una escultura o una pintura clásica y recrearla en un movimiento artístico posterior —todavía no sabían cuál—; por el otro lado, Adrien y Alya ya habían acabado con la tarea de inglés, así que estaba lista para ser copiada (Aunque Adrien se encargó, reiteradas veces, de pedirles que le preguntaran si había algo que no entendían). Para la tarea de literatura, el dúo alfa había recopilado información de distintos autores franceses para que después cada uno hiciera un pequeño reporte individual.
—Pasa algo, ¿Marinette? —preguntó en un momento Nino.
—¿Eh? ¿Por qué lo dices?
—No sé, has estado chequeando tu teléfono cada cinco minutos.
El rostro de Marinette delató cómo el comentario de Nino la había tomado desprevenida. Fue un segundo fugaz, pero Adrien lo había podido ver claramente. Un momento. ¿Acaso ella estaba esperando un mensaje de texto de…?
—Oh, es que estoy esperando un correo electrónico de confirmación de una compra que hice en una librería online —le sonrió Marinette, recomponiéndose—. Encargué un libro acerca de la historia de la moda asiática, pero todavía no he tenido noticias. Y el correo me tendría que haber llegado hace unos días…
—Ya veo —asintió Nino—. Si necesitas hacer un reclamo o algo, puedo darte una mano con ello.
Alya se sumó diciendo que ella también sabía una cosa o dos de compras en línea, y prontamente pasaron a otro tema.
Cuando tanto los refrescos como los bocadillos se hubieron acabado, los cuatro se pusieron a trabajar nuevamente para terminar los últimos detalles. Durante todo ese tiempo y cada tanto, Adrien le echaba miradas de soslayo a Marinette. ¿Era cierto lo que había dicho acerca del libro? ¿O quizá había sido una muy creíble mentira y en realidad esperaba un nuevo mensaje de Chat Noir? Con esas preguntas en la cabeza, le resultó un poco más difícil concentrarse.
Marinette y Nino resolvieron que podrían hacer una Venus de Capua a escala o una Luperca de papel maché, pero imitando el estilo cubista de Picasso o el modernista de Klimt. Lo decidirían otro día. Adrien y Alya habían hecho un gran avance también: no sólo habían recopilado bastante sobre la vida y obra de los autores, sino que también habían podido organizar la información de tal forma que ahora sólo quedaba redactarla.
—Definitivamente tenemos que volver a hacer esto —concluyó Adrien un rato después, mientras se colocaba su morral—. Pero, por favor, asegúrense de revisar la tarea de inglés, ¿sí? No tiene sentido si no entienden por qué elegimos determinadas respuestas…
—Sí, hermano, ya entendimos las primeras quinientas veces —bromeó Nino—. Pero estoy de acuerdo. En volvernos a juntar, quiero decir. Así es más fácil trabajar, y la tarea se hace mucho menos pesada.
—Siempre son bienvenidos en casa —sonrió Marinette—. Creo que juntarnos una vez por semana es suficiente, ¿no?
—¿Este día les queda a todos bien? —preguntó Alya.
Al mismo tiempo, tres cabezas se voltearon para ver a Adrien. Él era quien tenía la agenda más complicada, a fin de cuentas.
—Um, ¿puedo organizarme y después confirmar? No me gustaría decirles que sí y después cancelarles…
—Desde luego, Adrien —dijo Marinette un poquito menos tímida que de costumbre.
—Y si alguna vez necesitas cancelar a último momento, no te hagas problema, hermano. Ojalá puedas venir siempre —Nino puso una exagerada mueca de angustia y se llevó el dorso de la mano a la frente—: ¿qué será de mí si me dejas a solas con estas dos bellas damas? ¡Ay, pobrecito de mí!
Entre risitas el grupo de amigos dejó el dormitorio de Marinette para que ésta los guiara hasta la puerta de entrada, no sin antes pasar por la panadería para que los tres visitantes pudieran despedirse de Tom y Sabine, quienes les regalaron una magdalena a cada uno. Ninguna duró más de tres minutos.
Sólo cuando habían salido del negocio, Adrien reparó en que pronto anochecería. Supuso que, por un tema de seguridad, lo mejor sería llamar a su guardaespaldas para que pasara a buscarlo.
—¿Los alcanzo a casa? —les preguntó a Nino y Alya mientras buscaba el contacto de Nathalie.
—Nah, no te preocupes hermano. Son sólo unas calles.
—Quédate tranquilo, Adrien, yo me aseguraré de que a tu mejor amigo no le pase nada —le sonrió Alya.
Se despidieron del modelo y de Marinette y, tomados de la mano, se pusieron en marcha. Adrien no pudo evitar sentir un poquito de envidia y pensar cuán dichoso sería si pudiera caminar tomado de la mano de su dama. Suspiró al imaginársela.
Su ensueño romántico fue interrumpido por la voz de Nathalie, quien, tras una breve conversación, le informó que su guardaespaldas y estaría allí pronto. Adrien le dio las gracias y colgó. Había estado a punto de recordarle a Marinette nuevamente que no se olvidara de revisar la tarea de inglés, mas, al voltearse hacia ella, la vio otra vez revisando su teléfono.
—El libro te tiene bastante preocupada, ¿no? —se aventuró.
—¿Qué libr-? ¡Oh! —dijo Marinette con un dejo de nerviosismo—. Sí, pasado mañana se cumplirá una semana desde lo pedí.
—Ah, ya veo.
Se hizo un breve silencio incómodo entre ambos, el cual era sólo interrumpido por el sonido de los autos al pasar. Adrien se imaginó que, de estar allí como Chat Noir, eso no hubiera ocurrido. ¿Debía canalizar su Chat Noir interior para cambiar la situación? ¿O debía probar seguir siendo él mismo?
—No hace falta que te quedes esperando conmigo, Marinette —le sonrió—. No quisiera mantenerte ocupada.
—No te hagas drama, Adrien, no me molesta —le sonrió también.
Rayos, rayos, ¿por qué le resultaba tan difícil mantener una conversación fluída con ella? ¿Qué tenía Chat Noir que Adrien no? ¿Era el traje? ¿Su encanto natural? ¿El rabo? ¿Las orejitas?
—Gracias por invitarnos a tu casa hoy.
—No es nada —Negó suavemente con la cabeza—. Al contrario, gracias por venir. La paso muy bien contigo y con los demás, Adrien.
La limusina por fin llegó, se despidieron y en cuestión de segundos Adrien ya estaba de camino a casa. Ya cómodo en el asiento de cuero, se halló sonriendo. En ese momento más que nunca, no había más lugar para dudas: Marinette lo consideraba un amigo. Cada vez que se convencía de ese hecho, una nueva señal aparecía para recordárselo y reafirmárselo; como si el destino no se cansara de reprocharle lo mucho que se había equivocado en un primer lugar. Todavía quedaba el misterio mayúsculo de qué era lo que exactamente la ponía nerviosa de él; pero sabía que bajo esas miradas de sorpresa y esporádicos balbuceos, había cariño genuino.
Sus pensamientos lo llevaron a sus primeros días de clase, cuando Marinette se había llevado la peor primera impresión de él. Afortunadamente, eso había cambiado luego de que Adrien le diera las explicaciones correspondientes. Desde ese momento en el que le había prestado su paraguas, la había considerado una amiga.
Oh, es verdad. Su paraguas.
Bueno, por ahora no lo necesitaba. Quizá en otro momento se lo pediría de vuelta.
No mucho después, Adrien ya se encontraba en su hogar. Dejó sus cosas en su dormitorio, bajó a cenar —a solas, como siempre; Nathalie se había marchado no mucho después de que él llegara—, navegó por el foro del Ladyblog un rato, comentó algunas entradas, se puso el pijama entre bostezos y se acostó. Había sido un día lago, intenso y lleno de satisfacciones al fin y al cabo. Se aseguró de que la alarma de su celular estuviese programada correctamente y, al tomar el aparato, recordó que todavía tenía deshabilitada la línea de Chat Noir.
Giró la cabeza para observar a Plagg: éste dormía plácidamente sobre su almohada. Comprobó la hora. Era tarde, pero tampoco tan tarde. Habilitó la línea, un mensaje nuevo entró unos segundos después y su corazón se aceleró. «¡No te preocupes! Que estés bien, gatito», leyó. Ah, cierto. Había desactivado esa línea no bien se había despedido de Marinette; así que no le había entrado el último mensaje de ella. Qué desilusión…
¿Qué hacer, qué hacer? Jugueteó con los botones del lado del aparatito sin presionarlos, indeciso si iniciar una conversación o no.
Ahora bien, eso era lo conveniente de los mensajes de texto, ¿no? Podía escribirle a Marinette y ella le respondería cuando pudiese o quisiese. «¿Duerme la prrrrrincesita?» escribió. Se aseguró de que el emisor fuera el deseado y lo envió.
Pasaron unos minutos en los que se dedicó a abrir y cerrar aplicaciones sin fin alguno. Llegó a la conclusión de que Marinette debía de estar dormida ya. Bloqueó el teléfono y lo colocó sobre su mesa de noche. Se puso bien cómodo y cerró los ojos.
No era tan malo lo que estaba haciendo, ¿no? Es decir, era verdad que había muchas cosas que le estaba ocultando a Marinette; mas, como bien le habían dicho Plagg, Nino y la mismísima Ladybug, todo lo que estaba haciendo nacía de buenas intenciones. No era una simple excusa que se estaba diciendo a sí mismo. No obstante, Adrien reconoció que quizá se estaba desviando un poco de su plan original de averiguar qué le pasaba a su amiga en su presencia, pero no estaba haciendo daño alguno, ¿no?
¿No?
Su enorme habitación se iluminó apenas, y oyó una vibración a su lado. Con cuidado de no hacer movimientos bruscos (contener su excitación estaba un poco difícil) para no despertar a tu kwami, Adrien tomó el teléfono. «Nop, recién termino de bocetar unas ideas. Tuve un ataque de inspiración. ¿Qué haces tú, gatito?» leyó. Ladeó una sonrisa: «¿No tienes clases mañana? ¡No vayas a dormirte tarde! Yo estoy relajándome antes de acostarme».
Esta vez el intervalo hasta que llegó la respuesta fue menor. «¿Y qué hay de ti? ¿No tienes que levantarte temprano también?».
Entre mensaje y mensaje, la conversación fue pasando de lo que harían al día siguiente a contarse qué habían hecho desde la última vez que se habían hablado. Marinette no le contó nada que Adrien no supiera (la reunión en su casa, la tarea), y él fue sincero pero vago con sus respuestas.
—Vete a dormir —le ordenó la voz somnolienta de Plagg desde la oscuridad.
—¿Estás despierto? —preguntó Adrien mientras se volteaba a verlo. El brillo del celular se reflejaba ominoso sobre los ojos felinos. Plagg hasta podría haber dado miedo, si no fuera porque medía apenas unos centímetros.
—Claro que estoy despierto —respondió ante la obvia pregunta—. El sonido de tus hormonas no me deja dormir.
Adrien dejó escapar un bufido y se decidió por la opción sabia: no contestarle. Y seguir con el intercambio de mensajes, claro. Ahora se estaba dedicando más que nada mandarle memes de gatos a su amiga, quien, según ella, se estaba partiendo de la risa.
—¿A dónde planeas ir con todo esto? —volvió a hablarle Plagg, esta vez notablemente más despierto.
—¿Tengo que volver a explicártelo?
—Sí, porque no entiendo cómo esto puede ayudarte a acercarte a ella como Adrien —dijo con una inusual paciencia—. Esto que estás haciendo es Chat Noir haciendo una nueva amiguita, no te estás ateniendo al plan original.
Adrien dejó de escribir unos segundos y meditó las palabras de su kwami.
—Me parece que descubrir la razón por la cual tiene problemas para comunicarse conmigo llevará más tiempo de lo que pensaba. Ya sabes, si me traigo a colación de una manera forzada, ella sospechará algo; estoy seguro.
—Llámalo como quieras y ponte cuantas excusas te plazca. Simplemente te estás dejando llevar por el momento —dijo con crudeza y bostezó—. Como un verdadero gato.
¡Gracias por leer!
