Edit 9/11/17: Resubido con correcciones


—¡Marinette! ¡Esta no es la clase de vocabulario que tendría que tener una jovencita como tú! —se quejó Chat Noir horrorizado.

—Oh, ¡vamos, Chat! ¿Qué eres, mi amigo o mi madre?

Mas el héroe no alcanzó a contestarle, puesto que Marinette siguió cantando «Beelzeboss» en el karaoke de la consola de videojuegos. Parada frente al televisor de la sala de estar, cantaba tanto las líneas del diablo como las de JB y Kyle. Y con cada mala palabra u obscenidad (de las cuales había más o menos una por línea), Chat Noir se espantaba un poco más. Sabía que estaba fuera de lugar, mas realmente quería mandar a su amiga a que se lavara la boca con jabón. Reiteradas veces.

Después de casi cinco minutos y medio de rock y tortura, la canción finalizó. Marinette rió al ver la cara de Chat Noir. Era como si alguien le hubiese dicho por primera vez que Papá Noel son, en realidad, los padres.

—Nunca pensé que te gustara tanto este tipo de música, Mari.

—¿Por qué lo dices, gatito?

—No sé… Porque… ¿Nunca te imaginé fan del metal? Es decir, no tienes pinta de ser fan del género.

—Oh, vamos, Chat —le sonrió—. Estoy segura de que tú entiendes una cosa o dos sobre gente que no es lo que aparenta, ¿no? Con la máscara, y la doble identidad, digo.

—Buen punto, princesa —asintió.

—Es tu turno —dijo ella—. ¿Con qué canción me vas a deleitar?

Con un «Mmm» pensativo, Chat Noir cogió el control de la consola y empezó a revisar las opciones que tenía. Quizá era porque sentía la necesidad de contrarrestar la violencia de la canción que había elegido su amiga, pero le apetecía cantar algo cursi. Ignoró la risita curiosa de Marinette cuando desplegó el menú de la música disco y se halló frente a grandes clásicos, de los cuales conocía la gran mayoría. Sonrió cuando dio con una de sus canciones favoritas de Earth, Wind & Fire. La seleccionó sin pensarlo dos veces y tomó el micrófono.

—¡Esto me suena de algún lado! —dijo Marinette cuando las primeras notas empezaron a sonar.

—¡Debería!

Chat Noir cantó las dos primeras estrofas prestando toda su atención al televisor mientras Marinette, sentada en el sillón, se movía de lado a lado al ritmo de la música. Cuando el estribillo por fin llegó, Chat Noir dio un salto, dio media vuelta y señaló a su amiga:

Ba de ya - say do you remember! Ba de ya - dancing in September! Ba de ya - never was a cloudy day! —cantó.

Marinette dejó escapar una risa al reconocer la canción. Triunfante, Chat Noir sonrió y le tendió la mano libre. Ella la tomó gustosa y ambos bailaron exageradamente al ritmo de la música disco. El héroe siguió cantando sin mirar la pantalla: él se sabía la letra como si hubiera formado parte de la banda.

Cuando «September» acabó, empezó un juego entre los dos a modo de tire y afloje. Por cada canción de rock —a veces pesado, a veces no— que Marinette cantaba (Iron Maiden, The Killers, Franz Ferdinand, entre otros), Chat Noir contraatacaba con un tema alegre de los ochenta (Gloria Gaynor, Bee Gees, ABBA, Diana Ross). Hicieron las paces con algunas canciones de Gorillaz, Daft Punk y Jagged Stone, que cantaron a dueto.

—En serio, Chat, ¿sólo cantarás canciones de la época disco? ¿Cuántos años tienes? —preguntó Marinette cuando por fin decidieron hacer una pausa—. ¿Cómo sé que no estoy juntándome con un hombre de mediana edad?

—Te comento, princesita —dijo con un tono exageradamente ofendido—, que cumpliré los diecisiete a fin de año. Además, creo recordar que «Run to the Hills» salió al principio de la década de los ochenta. Así que no fui el único que cantó clásicos aquí.

—A fin de año, ¿eh? Entonces creo que soy unos meses más grande que tú —se burló ella al mismo tiempo que se ponía de pie para ir al cuarto de baño.

—¡Y tienes el descaro de llamarme a mí viejo! —rió y se llevó un vaso a la boca, pero lo halló vacío—. Mari, ¿te importa si me sirvo más…?

—Para nada, gatito.

—¿Te sirvo a ti también? ¿Jugo de naranja está bien?

—Sírveme cualquier cosa menos de naranja —Y con una sonrisita, desapareció tras la puerta.

Chat Noir se levantó y se acercó a la nevera de los Dupain-Cheng con una mueca pensativa. Un momento. ¿Acaso Marinette no había dicho que el jugo de naranja le gustaba? El héroe trató de hacer memoria. Estaba seguro que aquella tarde, en la que se habían juntado a hacer la tarea con Nino y Alya, su madre y su mejor amiga habían hecho un comentario al respecto. Algo así como que a Marinette había empezado a gustarle ese sabor de jugo de la noche a la mañana.

Bueno, no tenía mucho sentido darle vueltas a un asunto tan banal como ese. Seguramente había entendido mal. Chat Noir se sirvió su jugo preferido y de manzana para su amiga y puso los vasos sobre la mesa ratona frente al sillón.

—¿Cómo es que conoces tantas canciones de los ochenta, gatito? —preguntó Marinette unos minutos después después de sentarse a su lado.

—Oh, la música disco era la favorita de mi madre —le sonrió—. Ella solía poner este tipo de canciones y bailar conmigo cuando era pequeño. De vez en cuando incluso perseguíamos a mi padre por toda la casa para que se nos uniera —Elevando la vista, Chat Noir recordó cómo seguían a Gabriel Agreste de aquí a allá y de habitación en habitación hasta el hartazgo, de manera que al hombre no le quedaba otra más que bailar y cantar con ellos—. Nos divertíamos mucho. A veces la extraño muchísimo.

—Ay, minou —Chat Noir se volteó y encontró una mirada azul de arrepentimiento—. Perdona, no quería…

—No, no, no te preocupes, Mari. Al contrario, gracias por dejarme compartir esta tarde de karaoke contigo —dijo para tranquilizarla—. ¡No sabía lo mucho que necesitaba volver a bailar y cantar disco hasta hoy!

—Gracias ti por venir a visitarme, gatito —Marinette le sonrió y Chat Noir supo que había logrado su propósito.

Cuando ella iba a decirle algo más, el celular de Marinette vibró y el bastón de Chat Noir emitió un pitido. Revisaron sus respectivos aparatos al mismo tiempo.

—¡Por supuesto! —rugió Chat Noir al ver que se trataba de un alerta del Ladyblog—. ¡A Le Papillon se le tenía que ocurrir hacer aparecer un akuma justo la primera tarde que pasamos juntos! ¿No podría tener un poquito de consideración y hacerlo durante la semana?

—Al parecer el mal no se toma descansos, Chat. Será mejor que te pongas en marcha —dijo, poniéndose de pie—. Ya podremos juntarnos otro día.

—Lo sé, Mari, lo sé… —Notó no sólo que estaba haciendo un berrinche, sino que además estaba perdiendo tiempo. París y su dama lo necesitaban, después de todo—. Lo siento.

—Nada que perdonar, Chat —Ladeó una sonrisa gentil—. Ahora ve. Escríbeme más tarde para avisarme que estás bien, ¿sí?

—Oh, ¿acaso la princesa se preocupa por su caballero…?

—Chat. París. Akuma. Ahora —dijo impaciente, señalando la ventana.

—Cierto, cierto.

El superhéroe comprobó la ubicación del akuma y estiró su bastón. Dirigiéndose a su salida, se despidió de su amiga y prometió que le mandaría un mensaje no bien hubiese salvado el día una vez más. Salió por la ventana dando una pirueta y pronto se halló saltando por los techos y edificios parisinos.

En cuestión de minutos, Chat Noir dio con el enemigo a enfrentar. Siguió la estrategia que había formulado con Ladybug hacía tiempo: primero debía comprobar si un civil corría peligro. Al asegurarse de que no parecía haber nadie directamente expuesto al akuma, el héroe se dedicó a observarlo.

Era una suerte de mujer flor que se hacía llamar «La rose ennemie». Su vestido, de un estilo y de una época que Chat Noir no supo identificar, parecía estar hecho con tallos y lianas y decorado con hojas y espinas; los cuales extendía y retraía a gusto y placer para coger bancos, maceteros, faroles y otros elementos de propiedad pública y así revolearlos por los aires.

Del cuello del vestido nacía una gran rosa roja que le tapaba la mitad inferior de la cabeza, lo cual le recordó a esas cosas que le ponen a los animales para que no se saquen las vendas. Rió por lo bajo. Bueno, si necesitaba insultar al akuma, ahora sabía que podía llamarlo una lámpara inversa.

—¿De qué te ríes, Chat? —preguntó una dulce y maravillosa voz a sus espaldas.

—Buenas tardes, my lady —Chat Noir observó a su compañera acuclillarse a su lado—. ¿No te parece que la flor parece uno de esos cuellos de plástico que los veterinarios le ponen a las mascotas?

—Se llaman cuellos o collares isabelinos, gatito —le explicó Ladybug.

—¿Lo del vestido o lo de los animales?

—Ambos, hasta donde sé.

Zanjado el tema de la lámpara inversa —todavía prefería llamarlo así—, Chat Noir le comentó sucintamente lo que había observado del enemigo. Lamentablemente, todavía no había podido determinar dónde estaba el objeto poseído por el akuma, así que tendrían que averiguarlo durante el combate.

Así que en el combate de adentraron.

La rose ennemie resultó ser una contrincante digna de los héroes, pero no imposible. Ladybug precisó usar su Lucky Charm para darse una mínima pista de dónde estaba el akuma, para lo cual fue vital que Chat Noir la obligara a ocupar todas sus lianas con objetos varios: sin la mata espesa de protección, el akuma —una joya con forma de rosa. Claro que tenía forma de rosa. Le Papillon no era muy creativo con sus akumas la gran mayoría de las veces— quedó expuesto.

Usando una enorme lupa roja con motas negras, la luz del sol y su ingenio, Ladybug pudo quemar y cortar las lianas sobre que hacían de sostén de su enemiga; ésta cayó y, en el momento de confusión, Chat Noir logró arrebatar la joya endemoniada.

La purificación de la mariposita se llevó a cabo sin problemas como siempre. El dúo heroico chocó puños en señal de victoria y se dispusieron a ayudar a la pobre víctima de Le Papillon. Una vez la mujer recobró los sentidos, y Ladybug y Chat Noir recibieron sus respectivos agradecimientos, se marcharon. Al parecer ninguno de los dos tenía ganas o tiempo de quedarse a ser entrevistado o felicitado. No hablaron sino hasta cuando se detuvieron sobre un edificio a unas pocas calles de donde había sido la batalla.

—No has causado problemas últimamente, ¿no, gatito? —preguntó Ladybug con voz de diablilla. Chat Noir sabía perfectamente a qué se estaba refiriendo.

—Pues, hasta ahora Mari no se ha convertido en akuma —Se encogió de hombros—, así que podríamos decir que sí —y rió.

—Lo sé, lo sé —rió ella también—. Eres buen tipo, Chat.

—Oye… —Una idea fugaz se apareció en la cabeza del héroe— Antes del akuma, estaba pasando el rato con Mari. ¿No quieres venir conmigo? ¡Apuesto que le encantará verte!

—Espera, ¿vas a volver? —Ladybug puso cara de… ¿susto? Chat Noir no supo descifrarla del todo.

—Pues… No he usado Cataclysm —Se miró el dorso de la mano y su anillo—, así que mi transformación no se deshará hasta que yo quiera. Y, en teoría, los padres de Mari no volverán hasta dentro de unas horas, así que… ¿No quieres venir? —volvió a preguntar.

—Oh, Chat, cuánto lo siento, tengo, eh, otros asuntos urgentes a los que atender.

—No hay problema, Bugaboo —Ladeó la cabeza y le sonrió, buscando tranquilizar esos nervios repentidos.

Tenía ganas de preguntarle qué le ocurría, pero sabía que ella o le daría una respuesta vaga o ninguna. Ella era así de reservada en cuanto a su vida privada. No obstante, y quizás por culpa de su lado felino, no podía evitar sentir curiosidad. ¿Ladybug se habría puesto celosa? ¿O quizás no Marinette no le caía del todo bien...? No, no podía ser. Por un lado, porque le parecía que ellas nunca habían interactuado mucho (llevar un registro mental de todos los civiles que conocían no era precisamente algo fácil de hacer) y, por el otro lado, ¿cómo podría alguien como Marinette caerle mal a Ladybug?

—Bueno… Hasta la próxima, my lady.

Y, sin siquiera esperar a que su dama se despidiera también, Chat Noir se marchó. Cada momento que pasaba era un momento en el que Ladybug no atendía a sus asuntos personales, y él no quería ni entretenerla ni desperdiciar su preciado tiempo. Sumado a eso, había muchas canciones que no había llegado a cantar para y con Marinette.

En el camino hacia el hogar Dupain-Cheng, su mente lo entretuvo pensando en lo bien que lo pasaría con Ladybug y Marinette en una tarde de juegos o karaoke. Ambas eran súper divertidas y muy pero muy brillantes. Chat Noir sonrió para sí mismo. ¡Qué bendición era tenerlas en su vida!

Entonces la vio. Fue un segundo en el que desvió la vista hacia las calles parisinas, pero la vio. Corriendo como alma que lleva el diablo, esquivando personas, algún que otro perrito y objetos varios y pidiendo disculpas, la vio. A Marinette. ¡A Marinette! ¿Qué estaba haciendo allí? ¿Por qué no se había quedado en su casa? ¿Y de qué corría? Chat Noir sabía que no había ningún akuma nuevo; nunca pasaban menos de unos días entre akuma y akuma.

Resolvió, entonces, preguntarle.

—¡Marinette! —la llamó desde lo alto de un edificio.

La susodicha se detuvo en seco. Uno podría decir que se había congelado en su lugar, salvo por su pecho que ascendía y descendía con cada respiración agitada. Giró lentamente el rostro en dirección a Chat Noir, terror dibujado en su expresión.

—Ho-hola de nuevo, minou.

De un salto, bajó del edificio y se paró frente a su amiga, ignorando a los demás transeúntes que los miraban curiosos.

—Mari, ¿por qué no estás en casa? ¡El akuma atacó no muy lejos de aquí!

—Oh, verás, Chat, yo…

Nunca en su vida, ni como Adrien, la había visto desencadenar una serie de balbuceos y excusas que no tenían ni pies ni cabeza como aquella vez. Era, hasta cierto punto, asombroso ver cómo la pobre chica podía enredarse tanto con sus propias palabras. Palabras que no acababan por decir absolutamente nada: Marinette hasta lograba hacer de los balbuceos todo un arte. Era genuinamente impresionante.

Pero, ¿qué hacía allí? Se notaba que apenas se había calzado y tomado su pequeño bolso antes de de salir de su casa. Además, teniendo en cuenta el tiempo que había pasado desde que se habían despedido y la distancia desde el hogar Dupain-Cheng hasta el lugar donde se encontraban ahora, todo indicaba que Marinette había ido en su búsqueda no mucho tiempo después de que él saltara por la ventana. En otras palabras, Chat Noir estaba casi seguro de que lo había seguido.

No obstante, eso aún dejaba el interrogante del porqué.

De pronto algo en la mente de Chat Noir hizo «clic» y empezó a atar cabos sueltos.

—Un momento, Mari —la interrumpió con un tono inusualmente serio.

—¿S-sí, gatito?

—Tú… —Frunció el entrecejo— ¿me seguiste?

Marinette puso cara de sorpresa. ¿O quizás de incredulidad? Al parecer Chat Noir había dado en el clavo y la había descubierto.

—Sí, Chat —habló Marinette después de unos segundos—. Claro. Por supuesto.

—Pero ¿por qué?

—Te seguí porque estaba preocupada por ti. O sea. Naturalmente me iba a preocupar por ti —El superhéroe reparó en cómo Marinette empezaba a relajarse poco a poco; como si la confesión le hubiera alivianado el alma—. Esa fue la razón por la cual te seguí.

—Mari —dijo con una mezcla de enojo con su amiga e irritación por los mirones que, poco disimuladamente, trataban de escuchar su conversación—. Vamos, te llevo a casa.

Chat Noir extendió su bastón y, sin pedir permiso como hubiera hecho en cualquier otro momento, tomó a Marinette por la cintura. No mucho después, ambos estaban de camino nuevamente hacia el hogar Dupain-Cheng, yendo de techo en techo, de tejado a tejado. Por un rato, ninguno de los dos dijo nada. Chat Noir estaba enojado con ella, y no le cabía duda de que Marinette no tenía palabras para templar el ánimo de su amigo. Fue él quien rompió el silencio cuando no quedaba mucho más para llegar a destino.

—¿Sabes? Mientras volvía venía pensando en lo inteligente que eres, Mari.

—¿De verdad, gatito? —dijo con voz pequeña.

—Sí. Por eso estoy tan decepcionado contigo. ¡Deberías saber tan bien como yo que los akumas son peligrosísimos! No me malintenpretes: me hace muy feliz que te preocupes por mí y que confíes en que Ladybug y yo salvaremos el día, ¡pero todo tiene un límite!

Marinette calló. Uno minutos después ya se encontraban sobre el balconcito de la dueña de casa.

—Lo siento mucho, Chat.

—Sólo… —suspiró— Sólo prométeme que no volverás a hacerlo. Sé que no hiciste algo imprudente como meterte entre el akuma y nosotros; pero hubiera sido mucho mejor que te quedaras en casa.

—Lo prometo, gatito…

—No suenas muy convincente, Mari —dijo en tono de broma, aunque su comentario iba totalmente en serio.

—Prometo no volver a seguirte la próxima vez que haya un akuma, Chat Noir —dijo Marinette con voz exageradamente solemne y llevándose una mano al corazón. El héroe no pudo evitar reír.

—Así me gusta, princesa. Ahora, ¿nos queda tiempo para ver una película antes de que lleguen tus padres? Quisiera seguir cantando, pero no quisiera quedarme sin mi maravillosa voz.

A modo de disculpa, Marinette dejó que Chat Noir eligiera qué verían. Disfrutaron del tiempo que les quedaba juntos cómodos en el sillón, bebiendo refrescos, comiendo bocadillos poco saludables y viendi Los Aristogatos. Chat Noir comentó en cierto momento que se sentía identificado con Thomas O'Malley —era un galán de buen corazón, después de todo—, mas Marinette replicó que él se parecía más bien a Berlioz o Toulouse. Chat Noir señaló que, en ese caso, si Marinette fuera uno de los personajes, sería Marie. De hecho, notó, no había mucha diferencia entre «Marie» y «Mari».

Tom y Sabine llegaron apenas unos minutos después de que Los Aristogatos terminase: Chat Noir los había oído llegar con su escucha aumentada. Rápidamente, pero cuidando de no hacer mucho escándalo, el par de amigos subió a la habitación de Marinette. Los últimos rayos del sol pintaban el lugar con pinceladas naranja; que, mezclados con el rosa que predominaba el dormitorio, transmitían una acogedora sensación. Daban ganas de quedarse a remolonear allí.

—Gracias por todo, Mari.

—Gracias a ti por venir, gatito.

—Y pórtate bien, ¿eh?

—Lo haré, Chat. Te escribo luego para coordinar nuestra próxima reunión, ¿sí?

—Espero que sea pronto.

Le guiñó el ojo, Marinette rió y en cuestión de segundos Chat Noir se hallaba de camino hacia la mansión Agreste. Una vez allí y deshecha su transformación, Adrien hizo el recorrido de siempre: de la entrada a la cocina —tomó algo de Camembert y un refresco para él— y de la cocina a su habitación.

No bien oyó la puerta cerrarse, Plagg salió de su escondite bajo su camisa y Adrien le entregó su recompensa. A continuación el joven se sentó sobre su cama y miró a su compañero comer, regalándole una verde mirada expectante.

—¿Qué? —preguntó el kwami con la boca llena de queso.

—¿No vas a sermonearme?

—¿Debería?

—Lo has hecho constantemente desde que empecé a visitar a Marinette —se encogió de hombros—. Y, con lo que sucedió hoy, supuse que me señalarías cómo mi amistad con ella hizo que se comportara imprudente o algo así.

—Lamento decepcionarte, pero no, muchacho —Engulló lo último que le quedaba de Camembert y, después de masticarlo ruidosamente, continuó—: Tu amiguita es responsable por sus propias acciones. Además, como bien dijiste, no es que cometió la locura de meterse en la batalla contra el akuma. Hasta debería felicitarte: la manera en la que la regañaste fue muy madura.

—¿De verdad? —dijo Adrien apenas iluminándose.

—Sumado a todo esto, y por más de que no quiera reconocerlo —hizo una mueca de molestia—, cumpliste con tu deber tal y como lo habías prometido cuando apareció el akuma.

—¡Te lo dije! —sonrió anchamente.

—Es decir, sigo desaprobando completamente de todo esto; pero no es como si por algún milagro ahora fueras a empezar a escucharme.

Adrien sólo puso los ojos en blanco y se echó atrás sobre su cama.


N/A: No sé cuántos años tienen Adrien y Marinette, ni tampoco hay fecha oficial para sus cumpleaños. Así que me tomé la libertad de inventármelos. Y la canción a la que hago referencia con el akuma es «Mon amie la rose» de Françoise Hardy.

Edit: Gracias por aclararme cuántos años tienen los protas c:

¡Gracias por leer!