Feliz Navidad atrasada y próspero año nuevo :D


—A ver si entendí bien —dijo Plagg—: ¿vas a llevarle flores a modo de disculpa?

—No entiendo qué hay que entender —respondió Adrien—. La última vez le cancelé a último momento y quiero llevarle un regalo para compensar mi falta.

—¿Estás seguro de que esta chica es sólo una amiga?

—Por milésima vez, Plagg, sí, Mari es mi amiga. No es sólo una amiga, es una gran amiga, pero una amiga al fin.

—Y… ¿por ello le regalarás flores?

—Sé lo que estás tratando de decir. Pero mira bien: ¿es un ramo de flores? No, es una maceta con flores. Para su balcón —insistió—. No es un regalo romántico, es un detalle en nombre de nuestra amistad. Es distinto.

El suspiro de abatimiento de Plagg dio por finalizada la conversación. Satisfecho, Adrien tomó la maceta, la colocó dentro de una bolsa de papel rosa que había escogido especialmente para Marinette y le hizo una señal a su kwami para que se escondiera bajo su camisa. Bajó hasta la oficina de Nathalie para avisarle que iría a visitar a unos amigos y que le haría saber cuándo volvería.

No mucho después, Chat Noir, ya se hallaba bajo el intenso sol del mediodía y sobre los techos parisinos respirando libertad. Saludó a alguno que otro fan que lo vio, posó heroicamente para aquellos que le sacaban fotos y, para cuando se acercaba al hogar Dupain-Cheng, intentó pasar más desapercibido. No quería que la gente notara que visitaba a su amiga con cierta regularidad. Y, si bien su figura negra no era exactamente el mejor camuflaje durante el día, creyó haber logrado su cometido al llegar a destino.

Cuando sus pies tocaron el suelo del balcón de Marinette, dejó la maceta a un lado y golpeó suavemente la trampilla con los nudillos. Escuchó el sonido de unos pasitos ligeros subir y, como si fuera otro sol, el rostro sonriente de su amiga lo se asomó tras el vidrio.

—Bienvenido, gatito —dijo.

—Buenos días, princesa.

Ella se hizo a un lado, y él bajó a la habitación, bolsa de papel en mano. Una vez estuvo a su lado, Chat Noir se inclinó reverente sin emitir sonido y le extendió el regalo. Con una carita de confusión adorable, Marinette la tomó y examinó sus contenidos.

—¿Claveles?

—Honestamente, no sé nada de flores —admitió, enderezándose—. Sólo las vi bonitas, pensé en tu balcón y en que te quería compensar por lo de la última vez, así que…

—Oh, Chat, no hacía falta, no debiste —le sonrió mientras acariciaba los pétalos de un clavel rosa—. Sé que un héroe a veces tiene cosas importantes que hacer, no te preocupes por ello.

—Siempre puedes devolvérmelas, Marinette —bromeó, recordando la sesión de fotos que su padre había organizado a último momento, razón por la cual había cancelado la tarde de juegos con su amiga.

—¡No! ¡Ahora son mías y sólo mías! —anunció risueña elevando la maceta sobre su cabeza, como mostrándosela a un público inexistente.

Bajaron las escaleras, y Marinette puso las flores sobre escritorio; no sin antes hacer a un lado un montón de telas y algunos materiales de trabajo.

—¿Un nuevo proyecto? —preguntó él.

—Algo así, sí —dijo ella—. Dame un segundo para ir a por nuestro almuerzo y te cuento todos los detalles.

Chat Noir asintió y vio a su amiga bajar hacia la sala de estar. Entonces hizo lo que siempre hacía cuando ella lo dejaba solo en su habitación: curiosear. Empezó por observar la tabla de corcho, cuyos recordatorios plasmados en papelitos de colores eran distintos cada vez que la visitaba, aunque las fotos con sus amigos seguían ahí. Bajo la tabla estaba su mochila. Hizo una nota mental para preguntarle si Marinette necesitaba ayuda con alguna tarea otra vez —particularmente porque, durante la última reunión con Adrien y sus amigos, se habían dedicado al proyecto de arte exclusivamente—. Finalmente su mirada se posó a los materiales de trabajo junto a los claveles que le había regalado. Vio que se trataba de unos metros de tela dorada, retazos de otros colores también cálidos —rojos, naranjas, marrones—, lentejuelas, un alambre fino, papel verde y, ¿unas plantas de plástico? Eso le llamó particularmente la atención, ya que Marinette contaba con un pequeño pero increíble jardín sobre su techo. ¿Para qué las querría?

—Espero que te guste el quiche —dijo ella, reapareciendo en la habitación.

—Me encanta el quiche —respondió. Había pasado mucho, demasiado tiempo desde la la última vez que había probado la maravillosa cocina de los Dupain-Cheng.

Marinette puso una bandeja entre ambos: servilletas, tenedores, un quiche de verduras varias y otro de tocino. Los padres de su amiga lograban hacer de cualquier platillo un verdadero arte. Y no se trataba de esos pretenciosos platos gourmet que eran pura visual y nada de sabor; sino que Tom y Sabine alcanzaban el perfecto balance entre ambos. Estaba seguro de que acabarían siendo santos de su devoción. Quizá algún día erigiría un templo en su honor.

—Ay, ¡olvidé la bebida! —exclamó Marinette golpeándose la frente como la palma—. Dame un segundo, Chat, ya vuelvo. Puedes empezar si quieres.

—No, no, déjame ayudarte —dijo, poniéndose de pie y ayudando a su amiga a pararse—. Es más fácil si uno trae los vasos y el otro la bebida. Además, la comida sabrá mejor si hago esperar a mi estómago.

—A veces eres tan raro, gatito —En su voz había un dejo de burla, pero cariño también.

—Y aun así me sigues invitando a tu casa.

Touché.

Descendieron hasta la sala de estar-cocina. Marinette se acercó a la alacena para tomar dos vasos altos de vidrio, mientras que Chat Noir se ocupó de las bebidas. Sin siquiera preguntar, eligió un jugo de naranja para él y otro de manzana para la dueña de casa. Estando con él, ella no tenía por qué fingir qué le gustaba y qué no. Sonrió un poco al pensar que él tampoco necesitaba fingir quién era cuando estaba con su amiga, tanto como héroe y como civil. Sirvió cada jugo en su respectivo vaso y volvió a guardarlos en la heladera.

No mucho después, ya se encontraban de nuevo en el dormitorio almorzando, hablando de trivialidades y riendo.

—Mari, antes de que la curiosidad mate al gato, ¿me vas a decir en qué estás trabajando ahora?

—Es un secreto —dijo con la boca llena y tragó—, aunque supongo que a ti puedo revelártelo: ¿te conté que mis amigos y yo vamos a hacer una presentación de arte?

—Creo que sí —Adrien obviamente sabía, pero no recordaba si Chat Noir también.

—Bueno, vamos a hablar un poco de varios períodos, compararlos y hacer nuestra propia obra de arte mezclando varios movimientos.

—Así que eso es para la obra de arte.

—No, no —le sonrió—. Adrien, Alya y Nino ya saben de esa parte. Lo que voy a hacer es, bueno, un plus. Esa es la parte secreta.

Chat Noir la miró expectante. Le daba pena que, por un lado, se estaba arruinando la sorpresa que Marinette le estaba preparando a sus amigos —él incluído—, pero por el otro lado, la curiosidad lo estaba torturando. Ante la falta de respuesta, ella rió apenas y continuó:

—Las hojas de plástico, el papel verde y el alambre son para hacer lauréolas.

—¿Lauqué?

—Coronas de laurel. Porque parte de nuestro trabajo tiene que ver con una escultura clásica —le aclaró—. Las lentejuelas y las telas son para hacer como unas bufandas o chales al mejor estilo Gustav Klimt.

—Entonces todo eso es para… —dijo para que le explicara.

—Para usarlas durante la presentación, gatito —le aclaró sin perder ni la paciencia ni la sonrisa—. Nos colocaremos las coronas y vestiremos los chales. Si mis amigos quieren, claro.

—Por supuesto que querrán. Pero dime, ¿cómo harás para…? —Y calló.

—¿Cómo haré para qué, Chat? —preguntó confundida, llevándose su vaso a la boca.

¿Cómo harás para representar la parte cubista? Casi se le había escapado, casi se había delatado con algo que se suponía que Chat Noir no debía saber. De nuevo.

—¿Cómo harás para llevarlo a la escuela sin que nadie se dé cuenta? —improvisó—. Digo, para que sea una sorpresa y todo.

—Oh, eso. Ahora parece que ocupará mucho espacio, pero cuando acabe caberá todo en mi mochila. Tengo todo fríamente calculado —Le guiñó un ojo y se dio golpecitos en la sien con el índice.

Chat Noir desvió la conversación a otro tema. Con más y más frecuencia se hallaba casi cometiendo errores o diciendo cosas que no se suponía que debía saber. Debía tener más cuidado. Especialmente si no quería ser sometido a otro sermón de Plagg, o peor, que Marinette se enterara quién era su compañero de juegos. Y no quería ni imaginarse qué haría su amiga en ese caso.

Mientras Marinette le explicaba, radiante con la alegría que siempre la destacaba del montón, las diferencias entre un horno común y uno profesional, Chat Noir se preguntaba cómo reaccionaría su amiga si se enteraba su verdadera identidad. ¿Se enojaría? ¿Le gritaría? ¿Se sentiría traicionada y dejaría de dirigirle la palabra? ¿O simplemente se decepcionaría y empezaría a tratarlo como ya lo hacía con Adrien?

De alguna forma u otra, siempre lograba acallar estas preguntas en su mente; mas siempre volvían a acosarlo como fantasmas incesantes. Además, había dos puntos claves que su kwami muy acertadamente no paraba de repetirle: primero, que su inocente engaño se había desviado de su plan original —de averiguar por qué Marinette se ponía nerviosa cerca de Adrien—; y segundo, que en algún momento, quizá distante, quizá cercano, él dejaría de ser Chat Noir. Entonces allí tendría dos opciones: o desaparecer completamente de su vida, o enfrentarla con la verdad. Una parte de él esperaba en vano que ese día jamás llegara.

—¿Gatito?

—Perdona, ¿me decías?

—¿Estás bien? Pareces más distraído que de costumbre.

—No es nada, Mari, no te preocupes. Simplemente comí mucho y demasiado rápido —rió, señalado los platos vacíos con una mano y acariciando su barriga con la otra.

—Oh, entonces supongo que no tienes lugar para el postre —le sonrió maliciosa—. Más para mí.

—Marinette —dijo con una seriedad de muerte—. Siempre tengo lugar para el postre.

Acompañados por la risita de ella, ambos bajaron hasta la planta baja, donde la joven insistió que él eligiera lo que deseara. Chat Noir no pudo evitar sentirse un poco culpable: casi siempre que se juntaban a pasar el rato, Marinette siempre se encargaba de que él volviera con el estómago lleno sin pedirle nada a cambio, como si de verdad fuera un gatito callejero desahuciado. Algo que se contradecía absolutamente con la vida de lujo que Adrien Agreste llevaba. Quizá podría convencer a su padre que alguna vez le hiciera un encargo importante a los Dupain-Cheng a modo de secreta compensación.

Finalmente se decidió por un pequeño pastel de mousse de chocolate para compartir entre los dos.

Unos minutos más tarde, el postre ya había sido colocado entre ambos mientras jugaban al ¿Quién soy?, por lo que tanto Chat Noir como Marinette llevaban un papel con un nombre pegado sobre la frente. Para el desagrado de la dueña de casa, iba perdiendo casi tan vergonzosamente como aquella vez en la que habían jugado al Jenga.

—¿Mi personaje o persona era un cantante?

—Sí, chaton.

—¿Real o ficticio?

—Sólo puedo responder «sí» o «no», Chat.

—Cierto, cierto. Entonces… ¿fue real?

—Sí.

—¿Inglés?

—No. Mi turno —sonrió esperanzada de que esta fuera una ronda de victoria—. ¿Es una persona real?

—Sí, Mari —afirmó llevándose un trozo de postre a la boca.

—¿Mujer?

—Ajá.

—¿Tiene ojos azules? —Levantó una ceja, empezándose a hacerse una idea de quién podía ser.

—Unos preciosos ojos azules —asintió—. Y una sonrisa angelical.

—¿Más o menos de nuestra edad?

Chat Noir volvió a asentir.

—¿Lleva coletas como las mías?

—Has acertado de nuevo.

—¿Es algo así como amada por todos? —preguntó ya segura.

—No sé si por todos —Elevó la vista, recordando personas que definitivamente no la amaban—. Pero digamos que sí.

—Chat, Chat, Chat —Marinette se encogió de hombros petulante—. ¿Qué pasó? Me habías puesto personajes bien difíciles hasta recién. Este ha sido demasiado fácil. Es obvio que mi personaje es Ladybug.

—¡Perdiste! —exclamó él radiante. Y de pronto ya no hubo rastro de pedantería en la carita de Marinette.

—¿¡Cómo que perdí!? —Se quitó el papelito de la frente y, no bien lo leyó, frunció el entrecejo—. «Marinette» ¡Chat! ¡Eso es trampa!

—Oye, que no hayas podido adivinar que eras tú misma, no significa que yo no me haya atenido a las reglas. ¿O esta vez sí vas a admitirme que eres mala perdedora?

Con ojos intensos y los brazos cruzados, pero con una sonrisa ladeada, Marinette le ofreció una contrapropuesta:

—Sólo si tú admites que lo de la «sonrisa angelical» fue para desorientarme.

—¡Estaba siendo completamente sincero! —se defendió mitad divertido, mitad verdaderamente herido ante la acusación.

—Oh, vamos, minou —le reprochó en un tono sarcástico que a él no le gustó nada—. Cualquier persona que tenga acceso a un medio de comunicación en Francia sabe que no paras de hacer un chiste de coqueteo tras otro cuando se trata de Ladybug. Y sólo de Ladybug. ¡Eso fue aunque sea un poquitito tramposo! ¡Admítelo!

—Marinette Dupain-Cheng —Chat Noir necesitó canalizar la calma interna para no enojarse con su amiga—. De verdad tienes unos ojos muy bonitos, en serio tienes una sonrisa preciosa, y, si bien no estoy del todo familiarizado con tu entorno y tus amistades —Le estás mintiendo descaradamente—, sé que tus amigos te aprecian muchísimo porque eres una persona que se destaca por su gentileza y por buena predisposición ante todo.

Eso pareció desconcertar a Marinette. Se quedó unos segundos callada, con la boca semiabierta y con una postura algo tensa.

—¿Sabés qué? Creo que es mejor no seguir jugando —dijo, juntando el papel con su nombre con los de las rondas anteriores para para botarlos a la basura—. ¿Te apetece ayudarme con las lauréolas?

—Claro.

Mientras ella tomaba los materiales de trabajo, Chat Noir despegó el papelito de su frente. Así que la persona que su amiga había elegido había sido Frank Sinatra. Qué pena, pues estaba seguro de que lo habría podido adivinar.

Marinette puso el alambre, el papel verde y las hojas de plástico entre ambos. Primero cortó el alambre en partes iguales e hizo a un lado lo que sobraba. Tomó uno y le mostró a Chat Noir cómo forrarlo con el papel. Finalmente cogió un par de hojas, le explicó cómo poner el pegamento eficientemente y las pegó.

—¿Crees que podrás encargarte de esto mientras empiezo con los chales?

—Por supuesto, Mari.

—No dudes en preguntarme si no sabes cómo hacer algo o si tienes problemas para seguir.

Él sólo asintió al mismo tiempo que ella se ponía de pie y se acercaba a su computadora. Le preguntó qué música tenía ganas de escuchar, a lo que él le respondió que cualquier cosa que ella eligiera estaría bien. Marinette escogió entonces una lista de reproducción de los éxitos del momento, tomó las telas con las que trabajaría y se puso manos a la obra.

Mientras la música y el ruido intermitente de la máquina de coser de su amiga llenaban la habitación, Chat Noir no terminaba de comprender qué acababa de pasar. Concentrado en su trabajo, se preguntó si de verdad había ido demasiado lejos con lo de la sonrisa de ángel. Es decir, de verdad creía lo que le había dicho. Nunca hubiera mentido sobre algo así. ¿Pero quizás ese comentario la había incomodado y por esa razón ella había reaccionado de esa manera? Cabía la posibilidad, sí.

No obstante, el interrogante más grande era por qué él se había sentido tan dolido. ¿Por qué le había molestado la reacción de Marinette? Creía que sus propios sentimientos estaban exagerando. O tal vez no, porque también percibía algo de tensión en el aire, una tensión que ni la música ni la máquina de Marinette terminaban de apaciguar. A Chat Noir le daba la sensación de que ella había creado ese espacio saturado de sonido justamente porque tampoco terminaba de entender qué había sucedido entre ambos. Era, dicho mal y pronto, una situación rara.

Pensó que debería decir algo. Pero, ¿qué exactamente? Creía que, de abrir la boca, debía premeditar sus palabras con sumo cuidado. Rayos, ¿cómo había dejado que esto ocurriera? ¿Cómo había arruinado una de sus preciadas tardes de juegos de esta manera? ¡Si era tan fácil llevarse bien con Marinette! Y ahora su dormitorio, el hogar fuera del hogar de Chat Noir, se había convertido en un campo minado: creía que, si daba un paso en falso, todo explotaría al demonio.

No, un momento. No todo. Estaba dándole demasiadas vueltas al asunto. Además, no era como si le hubiera dicho algo ofensivo. Tampoco había tenido malas intenciones. Simplemente se trataba de un malentendido entre amigos. Nada más ni nada menos. Le preguntaría a Marinette si estaba enojada y hablarían al respecto. Eso era lo que hacían los adultos, las personas maduras. Y mejor ahora que nunca. Así que, armándose de valor, se dio vuelta y-

—¿Tienes sed, Chat? ¿Quieres que vaya por más jugo? —dijo ella.

—¿Eh? Oh, sí, claro. Por favor.

Marinette sonrió apenas, tomó la bandeja y en un instante desapareció por las escaleras. Vaya, con qué puntería había podido ella detener su ímpetu. Chat Noir sintió el poco coraje que había reunido desaparecer. Tal vez no era mejor ahora que nunca. Tal vez debía dejar que los ánimos de ambos se apaciguaran. Tal vez lo último que quería Marinette ahora era hablar con él. Tal vez primero necesitaba algo de espacio.

Bueno, si ella necesitaba espacio, espacio le daría.

El tiempo y la tarde pasaron tranquilos y sin nuevos pequeños incidentes. Chat Noir siguió con su labor haciéndole la ocacional pregunta a Marinette, y ésta llegó a confeccionar el primero de los chales. Hicieron una pausa para merendar y ver una película —a Chat Noir le alegró enormemente que Marinette se arrimara a él como siempre cuando se sentaban a ver una película, eso tenía que ser una mejora, ¿no?— para luego seguir hasta que anocheciera.

—Tus padres llegarán pronto, ¿verdad? —preguntó el héroe luego de echar un vistazo por la ventana—. Creo que es mejor que ya me marche.

Marinette asintió con su típica sonrisa y lo acompañó hasta su balcón.

—Gracias por tu ayuda hoy, chaton. Me has ahorrado muchísimo tiempo.

—Ey, para eso estamos los amigos, ¿no?

—Pensé que dirías algo así como que eres un superhéroe multitarea —le dijo divertida—: salvas el mundo, ayudas a las personas con la tarea y, además, ahora sabes hacer lauréolas.

—Este minino puede ser lo que sea que su princesa quiera —respondió e hizo una reverencia.

—Hasta la próxima, Chat. Durante la semana te escribiré para coordinar nuestra próxima tarde, ¿sí?

—Esperaré tu mensaje con ansias, Mari.

Chat Noir extendió su bastón, le sonrió a la chica por última vez y emprendió el viaje a casa.

En su pecho dos sentimientos se peleaban por reinar: una angustia por la pequeña discusión que había tenido con Marinette y alegría, puesto que ella lo había llamado «amigo» nuevamente. Por un lado, todavía tenía la impresión de que al principio ella había entrado en confianza con él demasiado rápido; pero por el otro, quizás él también.

Aun así no tenía manera de quitarse esta sensación agridulce de encima. Habían visto una pelicula y trabajado en el proyecto (en su proyecto) como si esa situación incómoda no hubiera ocurrido. Pero quizás era eso mismo lo que hacía que todo estuviese peor: el aparentar que nada había pasado. Porque sí había pasado. Chat Noir seguía preguntándose si haberlo conversado en el momento hubiera sido lo ideal para arreglas las cosas.

Llegó a su hogar ya destransformado y, luego de avisarle a Nathalie que estaba en casa, se dirigió derecho a su habitación. Mientras su kwami cogía algo de camembert, y se sentó en la cama.

—¿Crees que… me pasé con el comentario que le hice a Marinette?

Mientras masticaba su queso ruidosamente, Plagg lo miró con ojos cansados. Agotados, casi.

—A veces pienso que lo haces a propósito —dijo antes de dar una segunda mordida.

—¿Eh?

—Cuando te quiero dar un consejo, haces oídos sordos. Cuando ya me resigno por no opinar, vienes corriendo a mí a preguntarme qué opino.

—Plagg, no quiero discutir contigo —se quejó pasándose las manos por el rostro—. ¿Podrías, por favor, responder mi pregunta?

—Bueno —empezó una vez el queso hubo desaparecido—, a decir verdad, sí. Piénsalo así: ¿le harías un comentario de ese tipo a Nino? ¿O a Alya?

—Pues… ¿creo que sí? Es decir, en el contexto indicado quizás. Y como Chat Noir, supongo —Se encogió de hombros.

—Mmmno, creo que no lo harías. Lo sabes bien.

Adrien se tiró de espaldas sobre la cama, dejando escapar un suspiro.

—¿Puedo seguir opinando o me vas a mandar a callar de nuevo?

—Soy todo oídos, Plagg.

—Creo que estás mostrando señales mixtas. Me parece que por ello generaste una situación incómoda.

—¿«Señales mixtas»?

—Pese a que vives pregonando que esa chica no te gusta «de esa manera» (Y no, no voy a discutirlo, ahora no tengo ganas), creo que con tus actos demuestras exactamente lo contrario. La llamas princesa, le dices que eres su caballero, cosas que, bueno, se pueden entender como un chiste entre ustedes dos; pero… ¿las flores y lo de la sonrisa?

—Plagg, lo de las flores… —dijo sentándose.

—Sí, sí, no era un ramo, estaban plantadas en una maceta, ya lo entendí las primeras veinte veces —lo interrumpió—. Pero de todas formas no creo cambie las cosas demasiado. Le podrías haber regalado, no sé, lápices, un nuevo cuaderno de dibujo, un juego de agujas e hilos, lanas, telas, un libro de moda; y esas son sólo algunas de las cosas que se me ocurren ahora. Y a pesar de todas esas opciones, elegiste flores. Flores. Eso tiene una carga simbólica y cultural. No hace falta que seas un experto en el tema para saberlo.

Adrien calló como un niño pequeño al que acaban de regañar. Meditó unos segundos las palabras de su guía mágico antes de de hablar:

—¿Debería… pedirle una disculpa?

—Absolutamente deberías pedirle una disculpa —asintió—. Ahora, si me permites, voy a por más queso. Impartir sabiduría me da hambre.

Plagg se dirigió a la pequeña nevera que había en la habitación, y Adrien ladeó una sonrisa. A veces el gatito mágico podía ser insufrible, pero su perspectiva sobre la situación era innegablemente acertada. Tomó su celular y lo desbloqueó.

«Creo que hoy me pasé de la raya y creé una situación rara entre los dos. Lo siento muchísimo, Mari», escribió desde su línea de Chat Noir y presionó el botón de "enviar".

—¿Qué estás haciendo? —quiso saber Plagg, hablando con la boca llena.

—Escribiéndole una disculpa.

—¿Qué? ¡No! —exclamó, casi atragantándose.

—¿Cómo que no? ¡Acabas de decirme que sí lo hiciera!

—¿De verdad tengo que aclararte que las disculpas se piden cara a cara? —preguntó casi histérico—. ¡Tú y tu condenado aparato serán mi muerte! ¡Y eso que soy inmortal!

Adrien quedó helado por unos segundos. Rayos, Plagg estaba en lo cierto de nuevo. Esperaba no haber arruinado la situación más todavía.

Rápidamente escribió otro mensaje bajo la mirada inquisitiva del kwami:

«Sé que debería haberte dicho esto frente a frente, Mari, pero no sé si podría esperar hasta la próxima vez que nos veamos...»

—¿Mejor?

—Bueno, no es peor

El celular de Adrien vibró inesperadamente, lo que hizo que casi lo tirara al piso del sobresalto. Luego de atajarlo hábilmente antes de que golpeara el piso, abrió el mensaje y lo leyó.

«Oh, gatito, no te preocupes. Yo también te debo una disculpa. No tendría que haberte tratado de la manera en la que te traté.»

«Eres la mejor, Mari», le respondió.

«Sólo después de ti, Chat».

—Tienes suerte de que esta chica sea tan dulce y comprensiva.

—No por nada le he dicho que es la mejor —sonrió.

—En verdad te adora.

—Y yo a ella.

—Mejor me voy a buscar más queso antes de que esto se vuelva otra discusión sobre cómo yo opino que ella te gusta y cómo tú lo niegas. Definitivamente me he ganado más camembert.


¡Gracias por leer! Espero que el cap les haya gustado.
También quería comentarles que abrí una sección en mi tumblr por si alguien tiene ganas de pedirme un drabble o one-shot. Tengo activada la posibilidad de mandarlo en anónimo para quien se sienta tímido. El link se halla en mi perfil.

¡Hasta el próximo capítulo y el próximo año!