Solo quedaba una semana de clase para los alumnos del último año: los dos meses siguientes los tenían libres para poder estudiar para los exámenes finales. El jueves, durante la última clase de Defensa contra las Artes Oscuras que la profesora dedicó a resolver dudas, Hermione decidió que al terminar hablaría con ella. Llevaban desde aquella noche agridulce sin intercambiar una palabra. Harry había respetado su silencio y simplemente la acompañaba en las comidas y en la biblioteca cuando la chica se lo pedía. Ella sabía que su amigo no se fiaba de Bellatrix (ni de Snape, ni de Malfoy, ni de casi nadie en esos días); pero también había visto su cara de placer al entregarle el ejercicio de Aritmancia a su profesora y ver como a esta le ardía el rostro al comprobar que se había equivocado (y más al saber que había sido Bellatrix la que detectó el error). Ginny hizo algún intento de hablar con la castaña, pero ella ya estaba harta de conversaciones y cotilleos.

Mientras escuchaba la explicación de cómo enfrentarse a un hombre lobo, Hermione contempló a la duelista. La pasión con la que hablaba de la magia oscura, el brillo en sus ojos cuando notaba la admiración de sus alumnos, su apariencia frágil que engañaba por completo... La quería, claro que la quería. Igual no estaba segura de si la Orden podía confiar en ella, pero lo que sí que tenía claro era que la quería. No obstante, estaba cansada. Estaba cansada de que todo en esos días resultase tan difícil, de que hubiese que luchar por cada causa y nunca nada estuviese claro. Deseaba más que nada seguir con Bellatrix, pero igual debía esperar a terminar sus estudios o a que acabase la guerra... No estaba segura y no tenía ni idea de lo que pensaría la bruja. Así que cuando terminó la clase, le hizo un gesto a Harry para que fueran yendo ellos a cenar. Reunió coraje y se acercó a su escritorio. Pero alguien se le adelantó y ella frenó en seco.

-Tía Bellatrix...-empezó Malfoy.

Hermione miró al rubio sorprendida de que tras trece años recuperaran el parentesco. La duelista parecía igual de sorprendida, dejó de recoger para mirar a su sobrino.

-¿Podría hablar contigo un momento?

Bellatrix asintió lentamente y le miró esperando la pregunta.

-Aquí no... Si puede ser en privado...

La bruja guardó sus libros y se puso la capa.

-Acompáñame entonces a mi despacho -contestó.

Draco asintió y se marchó del aula con su tía. Hermione se quedó unos segundos paralizada sin entender qué querría el slytherin de repente tras más de una década sin hablar con ella. Pensó en contárselo a Harry, pero el chico ya odiaba lo suficiente a Draco y sospechaba de Bellatrix; no ayudaría en nada y tampoco sacarían nada positivo. Así que salió de la clase junto a los últimos alumnos rezagados y se dirigió a la biblioteca. Cenaría con tranquilidad en su cuarto una noche más.

Ya en su lugar favorito del castillo, saludó a la bibliotecaria, se sentó en una mesa y sacó un pergamino. Decidió escribirle una carta: sería más fácil expresarle sus pensamientos así y no mirando en sus ojos oscuros casi negros que tanto la desconcentraban. Siempre le había encantado redactar cartas y recibirlas, las palabras eran su fuerte. Tras pensarlo nerviosa y revisarlo durante una hora, al final se sintió satisfecha:

Querida Bella:

No sé muy bien cómo empezar, ni qué decirte. Siento de verdad que nuestra última cita acabara mal. Fue realmente una de las noches más mágicas de mi vida (no escribo "la que más" porque ha habido otras contigo que sin duda han estado a la altura). Sé que desde el principio me advertiste que no sería fácil, pero tampoco creí que fuese tan complicado... Y no por ti, por supuesto, sino por las circunstancias que nos han tocado.

Desde el principio te prometí que creería en ti y siento haberte fallado. Hay tantas historias de oscuridad y traición a mi alrededor que a veces ni siquiera sé si hay alguien con quien realmente pueda contar. Pero te quiero. Eso lo sé seguro: te quiero, Bella. Y ojalá tú sigas queriendo estar conmigo. No sé qué piensas, igual prefieres esperar a que acabe el curso o la guerra o a que ambas podamos centrarnos en nosotras mismas y no en salvar el mundo... Aunque yo te necesito cada día, lo que tú prefieras estará bien.

Solo prométeme, por favor, que como me dijiste aquella vez, cuando todo haya pasado seguiremos juntas. Quiero cuidarte y que tú me protejas.

Te quiere, Hermione.

Esperó que eso fuese suficiente al menos para conseguir una respuesta. Metió la carta en un sobre, escribió el nombre y subió a la lechucería. Eligió una de las que solían emplearse para envíos internos del castillo y le entregó la misiva. El animal salió volando de inmediato. La castaña rezó para que la destinataria estuviese receptiva y contestase.

A los tres días seguía sin recibir respuesta. Se centró en diseñar horarios (el suyo y el de sus amigos) para organizar las semanas libres que tenían y que el estudio les cundiera lo máximo posible. Gracias a gestos como ese, la relación con Ron ya casi volvía a ser como antes. El pelirrojo incluso parecía haber dejado un poco de lado a Lavander en favor de sus estudios (cosa nada habitual en él). Tras un duro día de estudio, Hermione se duchó y se refugió en su cuarto para acostarse temprano. Llevaba días durmiendo poco y sin apenas descansar. En ese momento, alguien arañó su puerta. Para su sorpresa, al abrir, una lechuza entró a su habitación. Se dio cuenta de que se trataba de la elegante lechuza negra de Bellatrix y el corazón le dio un vuelco. Obvió incluso el hecho de que el animal hubiese encontrado la forma de llamar a la puerta y cogió rápidamente la carta. El animal se marchó de inmediato. La joven se sentó en la cama nerviosa y abrió el sobre deseando que su contenido le permitiera dormir mejor esa noche.

Querida Hermione:

Soy yo la que tiene que disculparse por su comportamiento, pero la verdad es que llevo semanas sin tener tiempo para nada. Para mí también fue una noche maravillosa y lamento profundamente el final. Tu pregunta era totalmente legítima y no tenía ningún derecho a ponerme como me puse, pero soy así, por desgracia no puedo controlar mi temperamento destructivo. En cualquier caso, tienes razón, tienes toda la razón del mundo al no confiar en mí. Ni yo misma sé en qué o en quién creo, así que resulta ridículo pedirte a ti que lo hagas. Nunca te he mentido, te dije que podría volver a su lado y lo mantengo. Obviamente ya no creo en su causa, pero tengo tanto odio dentro... La gente que se considera "buena" y a la que todo el mundo exalta me ha hecho tanto daño... De todos modos, esté de parte de quien esté, a ti jamás te haría daño y siempre te protegeré, no dejaré que te pase nada.

Pero no mereces estar con alguien que alberga tanta ira y odio como yo. Nadie lo merece y mucho menos tú. Me decías que lo que yo prefiera estará bien: prefiero dejarlo ahora que todavía podemos salir ilesas. Sé que a tu edad una ruptura parece un mundo y da la sensación de que nunca te recuperarás, pero créeme: lo harás y antes de lo que crees. Encontrarás a alguien que pueda protegerte físicamente sin herirte emocionalmente. Yo soy una guerrera y lo mío siempre ha sido el conflicto, es lo único que sé hacer. Jamás podría garantizarte la vida que mereces. Incluso aunque no hubiese guerra, mi carácter, mis orígenes y lo que he conocido toda la vida no cambiaría. Por una vez no pienso ser egoísta, tengo que elegir lo que es mejor para ti.

Lo siento de verdad. Pero me quedo con que he tenido la oportunidad de conocerte durante unos meses y eres lo mejor y lo más puro que me ha pasado nunca. Jamás creí que encontraría a alguien a quien puedo comprender sin ninguna necesidad de magia. Quiero que te quedes el colgante hasta que sientas que ya no lo necesitas, ¿vale?

Yo también te quiero.

Bellatrix.

Releyó aquellos párrafos hasta que las lágrimas empezaron a difuminar las palabras. Entonces la secó con un hechizo, la volvió a meter en el sobre y la depositó en su caja de recuerdos sabiendo que sería lo último que guardaría ahí. No le hacía falta tenerla en las manos para darle vueltas durante toda la noche: había memorizado cada línea. ¿Salir ilesa? "Llego tres años tarde para salir ilesa..." lamentó la chica. No era un cuelgue adolescente, ni una obsesión temporal; Hermione era lo suficientemente inteligente como para entender eso. ¿Encontraría a otra persona? Seguramente. ¿Sentiría la magia, la fuerza y la seguridad que le aportaba Bella? Jamás. Lo tenía muy claro, pero sabía que no habría forma de hacérselo entender a ella, no era una persona propensa a cambiar de opinión. Pero lo que más le dolía era el final: ¿era necesario que le dijera que la quería por primera vez mientras la dejaba? Supuso que la intención de la bruja era buena, que pretendía hacerle entender que no había estado sola en eso, pero solo había logrado agravar el dolor.

Se tomó esa noche y el día siguiente para guardar luto. Su cerebro racional se lo dejó claro: no podía permitirse llorar por la bruja oscura más tiempo. Cuando terminasen los exámenes y la guerra lloraría porque su desconfianza le había costado el amor de su vida, pero ahora no podía. Simplemente no podía.

Hermione pasó todo el mes estudiando, encerrada en sus libros. Ya no había viajes a Hogsmeade y las medidas de seguridad se habían incrementado porque los ataques de los mortífagos eran cada vez más frecuentes y menos encubiertos. Lo único que les quedaba a los chicos cuando necesitaban tomar el aire era visitar a Hagrid en su cabaña. Harry dividía su tiempo entre estudiar y espiar a Malfoy por el castillo, sospechaba que planeaba algo pero sus amigos le aseguraban que se estaba volviendo paranoico. Al fin y al cabo, Draco solo era un crío. Ron, por su parte, terminó definitivamente la relación con Lavander y pidió perdón a Hermione por haberse comportado como un idiota. Ella le perdonó y les dijo que ella y Bella habían decidido tomarse un tiempo para centrarse en la guerra y los exámenes. Nadie habló más del tema. Si se cruzaba con su profesora por el castillo se saludaban cordialmente. Luego Hermione corría al baño más cercano hasta que su corazón volvía a su latir habitual; Bellatrix no parecía sentirse mejor, cada día se la veía más demacrada y temblorosa.

Uno de los exámenes que más preocupaba a Hermione -a pesar de saberse todos los libros mejor que sus autores- era el de Pociones. Ea la mejor de la clase como en todas las demás asignaturas pero Snape era muy duro. Además, esos últimos meses le daba la sensación de que era especialmente duro y frío con ella. En las tutorías que le había pedido apenas había sacado nada en claro y les dejaba -a juicio de la sabelotodo- muy poco tiempo e ingredientes para practicar las diferentes mezclas. Así que llevaba días pidiendo ingredientes a los elfos, cosechando otros cerca del bosque prohibido o incluso solicitándoselos a Hagrid. Sus amigos se reían de su creciente obsesión. Haciendo auto análisis igual tenían razón: quizá, como ya dominaba todas las materias, se había buscado una nueva ocupación para no obsesionarse con otros asuntos.

Se había dado cuenta de que recolectar plantas y pequeños insectos para luego crear sus pociones la relajaba muchísimo. Así que no iba a renunciar a su única distracción. La tarde del viernes decidió ir a las orillas del Lago Negro para intentar conseguir limo de estanque necesario para una poción regenerativa. No le costó mucho localizarlo. Sin embargo, era difícil de recolectar, pues sus propiedades podían degradarse al interaccionar con la magia y había que hacerlo manualmente. Se puso los guantes de botánica que Neville le había dejado y con mucho cuidado de no caer al lago y paciencia para atrapar las escurridizas plantas, consiguió varias muestras. Como había anochecido ya, decidió volver al castillo.

Fue entonces cuando vio una luz iluminar la oscuridad. Solo que no era luz. Parecía fuego. Hermione abrió los ojos y empezó a gritar: ¡la cabaña de Hagrid estaba ardiendo! Sin pensarlo dos veces corrió hacia el lugar. El incendio debía haber empezado en ese momento porque si no ella se habría dado cuenta y además la estructura aún seguía en pie. Cuando casi sin aliento llegó al lugar, utilizó varias veces aguamenti hasta despejar un pequeño camino para observar si había alguien en el interior de la cabaña. Algo se movió entre las llamas. Era Fang, el perro del gigante, que salió sin ningún daño y echó a correr como un loco hacia el castillo alejándose del fuego. Era evidente que Hagrid no estaba en casa. La joven se dio cuenta de que el incendio se propagaría rápido: hacía viento y le iba a costar mucho sofocarlo. Lo más sensato era ir a buscar ayuda al castillo. Se giró. Sintió una mano que la agarraba firmemente por el hombro y dejó caer el frasco donde había guardado las plantas.

-Vaya, vaya, ¿a quién tenemos aquí? - preguntó con una sonrisa putrefacta Rabastan Lestrange apresando a la chica.

-Creo que es la sangre sucia de Potter – escupió otro mortífago mientras le examinaba la cara con detenimiento y le quitaba la varita.

-El Señor Oscuro estará encantado de que se la llevemos. La recompensa será grande – siseó un tercero con crueldad y emoción en la voz.

Hermione estaba temblando. Estaba segura de que uno, el que parecía el líder del trío, era el mayor de los Lestrange. Otro podía ser Mulciber. Y el tercero debía ser algún nuevo recluta porque no le sonaba haber visto su cara entre los archivos de la Orden.

-¡Fíjate, he incendiado esa choza por diversión y resulta que ha picado un pececillo! - se rió a carcajadas Lestrange mientras empujaba a Hermione con fuerza.

La chica empezó a lanzar gritos de socorro sin éxito. Ahí no había nadie. Vio con horror cómo se internaban en el Bosque Prohibido, supuso que para alcanzar la zona dentro del mismo donde se podía empezar a practicar la Aparición. "Ojalá una criatura, cualquiera, nos mate antes a todos. Prefiero eso que encontrarme ante Voldemort", pensó con lágrimas en los ojos. Pero decidió que moriría luchando. No en vano llevaba tres años estudiando Defensa contra las Artes Oscuras como una demente... En cuanto recordó a su profesora, en un gesto instintivo agarró el colgante. El iron belly ucraniano emergió de inmediato y se perdió entre los árboles.

-¿¡Qué demonios ha sido eso?! - exclamó Rabastan totalmente desconcertado.

Hermione aprovechó la distracción para golpearlo en la entrepierna con todas sus fuerzas (muchos hechizos pero al final las técnicas de defensa muggles eran más eficaces). El hombre se agachó y cayó al suelo retorciéndose de dolor. Le quitó la varita y la utilizó para invocar la suya que salió volando hacia ella de la mano de otro de los sorprendidos mortífagos. Inmediatamente pronunció un expelliarmus y lo desarmó también. Con un hechizo defensivo, esquivó el conjuro del tercer atacante, a quien tras una breve lucha de hechizos atrapó con un incarcerous. Sabía que eran hechizos que podrían romper, pero estaba aterrada. Su fuerte eran los libros, no el duelo; de esa parte solía encargarse Harry.

Cuando iba a petrificar al hombre desarmado, Rabastan se levantó del suelo y se lanzó sobre ella con furia. Para lo joven y pequeña que era en comparación con los mortífagos, Hermione se defendió con una destreza sobresaliente. Posiblemente hubiera vencido de haber luchado solo contra uno o incluso contra dos. Pero tres era un número demasiado superior. Lestrange la inmovilizó de nuevo mientras sus compañeros se recuperaban y se ponían en pie.

-¡Vas a pagar por esto, asquerosa sangre sucia! - chilló Rabastan golpeándola con rabia.

-Tienes razón. Deberíamos divertirnos con ella antes de entregársela a nuestro Señor- contestó entre carcajadas el más sádico de todos.

-Toda tuya, Mulciber, puedes empezar. Todos tendremos nuestro turno.

Los gritos de la gryffindor empezaron a mezclarse con el llanto. Mulciber le inmovilizó las manos tras la espalda con un hechizo, le estiró del pelo para arrastrarla hacia él y la agarró por el hombro tirándola al suelo y cayendo sobre ella. Eso era lo que hacía cuando una daga con piedras preciosas incrustadas en la empuñadura se clavó en su garganta provocando un inmenso chorro de sangre que salpicó por completo a una aterrada Hermione. Se apartó a rastras del cadáver. Rabastan aulló con rabia sin saber por dónde les atacaban y se agachó sobre su compañero. En cuanto intentó retirar la daga, un hechizo aturdidor le levantó tres metros por los aires hasta que se estampó con un sonido sordo sobre el suelo.

-¡Ni se te ocurra tocar lo que es mío! – bramó la voz encolerizada de Bellatrix.

El tercer mortífago, el único ileso en aquel momento, lanzó un hechizo contra la bruja. Ella lo desvió como si nada con un gesto apenas imperceptible de su varita. Empleó toda su fuerza de voluntad en evitar lanzar un crucio, sabía que asustaría a Hermione y crearía una imagen que le costaría olvidar.

-¿Y este idiota novato quién es, Rab? - preguntó ella decidiendo si le perdonaba la vida.

-¡Soy el que te va a matar, maldita puta, y después me voy a follar a la sangre sucia y...!

Decisión tomada. La luz verde salió de su varita sin necesidad de pronunciar la maldición asesina. El mortífago novato cayó al suelo de inmediato.

-Vamos, Rab, levántate -canturreó la duelista-. No quiero matar a mi casi-cuñado sin que se defienda.

El hombre gruñó algo mientras su mirada mostraba un odio intenso, pero apenas se movió del árbol en el que tenía apoyada la espalda. Hermione estaba completamente paralizada presenciando aquel horrible espectáculo. No sabía si era el pánico o el asombro. Bellatrix no se había movido del lugar desde donde había lanzado el primer hechizo. La chica nunca había presenciado un avada kedavra y menos tan de cerca. Y con tan poco esfuerzo, como quien lo hace por cumplir más que por defenderse o por luchar. Casi desde fuera, como si hubiese salido de su cuerpo, vio que Bellatrix se agachaba y registraba el cadáver de Mulciber. Le quitó la varita de Hermione y se la guardó al ver que la chica no iba a ser capaz ni de sostenerla. Después, extrajo su daga que le sobresalía de la yugular, la limpió en la propia ropa del muerto y se la guardó en la funda oculta en un pliegue de la falda. Mientras parecía distraída con dicho ritual, Rabastan apuntó con su varita y gritó: "Avada...". No pudo terminar porque de la varita de la siempre atenta bruja salió un chorro de fuego que envolvió por completo al mayor de los Lestrange. Se oyeron chillidos durante unos segundos y después nada. Con un aguamenti Bellatrix impidió que el fuego se propagara y que el espectáculo de ver y oler derretirse la carne empeorara. De inmediato retiró el hechizo inmovilizador de Hermione.

-¿Estás bien, peque? ¿Te han hecho algo? -preguntó con miedo en la voz por primera vez.

La chica negó con la cabeza incapaz de articular palabra. La duelista se acercó a ella y la condujo unos metros más allá junto a un claro donde brillaba la luna para asegurarse de que no tenía ninguna herida que no hubiese notado por la adrenalina. Nada grave. Con un par de hechizos solucionó los cortes y rasguños.

-No puedo curar los moratones -dijo acariciándole la mejilla donde Rabastan la había golpeado-, pero se irán en un par de días. Toma tu varita -le dijo colocándosela en la mano.

La chica asintió de forma casi imperceptible sin salir de su estado de trauma. Para intentar solucionarlo, Bellatrix la abrazó con fuerza. Unos segundos después, Hermione lloraba sobre su hombro y la agarraba con toda su energía. "Shh... Ya está, peque, estoy aquí" susurró ella, "Estás a salvo, estás bien. Nadie va a hacerte daño, no mientras yo esté cerca". La chica siguió llorando pero asintió. Se estaba tan bien así... Tras el incendio de la cabaña de Hagrid y ver a Rabastan arder vivo creyó que aquel aroma nunca volvería a resultarle atractivo, pero el olor a fuego de la bruja oscura seguía siendo el lugar donde deseaba perderse. Estaba en el Bosque Prohibido, a escasos metros del lugar donde unos mortífagos había intentado torturarla y entregarla a Voldemort; pero en aquel momento, solo estaba entre los brazos de Bella.

La bruja pensó que lo mejor era volver al castillo. A Hermione le preocupaba seriamente que aquellos mortífagos se hubiesen colado traspasando todas las barreras de seguridad. Cuando iba a soltar a la chica, se dio cuenta de que alguien venía a reclamar los cuerpos. Dos enormes acromántulas aparecieron entre los árboles y se aproximaron a los cadáveres. Bellatrix miró en su dirección y asintió levemente. Estrechó a Hermione con más fuerza junto a su pecho para que no se viese el macabro espectáculo que ocurría a su espalda. Los bichos enroscaron los cadáveres entre sus múltiples patas y empezaron a retirarse con ellos. A los pocos segundos ya no había arañas ni cuerpos. Era el momento de marcharse.

-Vamos, campeona, volvamos al castillo -la animó cogiéndola de la mano-. Quiero que sepas que estoy muy orgullosa de ti, te has defendido muy bien.

-Gra... gracias – musitó la chica agarrando su mano con fuerza y la varita en la otra.

Hermione dio realmente gracias de que Bellatrix estuviese ahí. Se habían adentrado bastante en el bosque y no tenía ni idea de dónde estaba la salida. Los mortífagos la habían obligado a internarse en una zona que ella nunca había visitado. Sin embargo, la duelista no dudaba ni por un segundo el camino que debían seguir. Mientras se alejaban, la estudiante se dio cuenta de algo.

-¿Dónde... dónde están los...? - preguntó confusa al no ver los cadáveres.

-El Bosque siempre reclama lo que es suyo -respondió Bellatrix con calma-. Para las criaturas que viven aquí, este es un lugar sagrado y nadie debería entrar si no posee la suficiente fortaleza. El Bosque se ocupará de los cadáveres como hace con todo lo que intenta perturbar su calma.

Hermione sintió un escalofrío pero se dio por satisfecha con la respuesta, mejor no entrar en terrenos más escabrosos.

-¿Te encontró tu patronus? - le preguntó para intentar distraerse- Llegaste muy rápido.

-Te prometí que siempre lo haría – respondió solemnemente- ¡Ah, por cierto! Creo que esto es tuyo – comentó sacando de un bolsillo de su falda el frasco con las plantas que la chica había recolectado.

-¿Cómo...?

Hermione se cortó a sí misma. Se encogió de hombros ante el hecho de que su profesora hubiese parado para recoger sus plantas y le dio las gracias. Bellatrix era peculiar, había que quererla igual.

-¿Y la cabaña de Hagrid? - preguntó con miedo por su amigo.

-Lo apagué. Llegué a tiempo, apagué el fuego y reconstruí la cabaña lo mejor que pude. Tendrá que hacer arreglos y comprar muebles nuevos, claro, pero tampoco es que ese sitio fuese antes mucho más que una escombrera...

-¿También has matado a Voldemort y encontrado el Santo Grial de camino hacia aquí? - preguntó la chica que ya había rebasado su capacidad de sorprenderse con la bruja oscura.

-¿Qué es eso?

-Un cáliz de la historia muggle que se supone que... Nada, nada importante -se cortó Hermione recordando que la bruja nunca había querido cursar Estudios Muggles.

Bellatrix se encogió de hombros. "Si lo quieres, lo busco y te lo traigo" respondió sin un ápice de broma en su voz. Hermione se rió por primera vez en muchas semanas. La duelista no entendió porqué, pero le encantaba el sonido de su risa y lo echaba de menos.

-¿Estabas en el castillo? ¿Cómo has llegado tan rápido?

Parecía que la parálisis de Hermione había derivado en una suerte de incontinencia verbal que la llevaba a preguntar todo lo que se le pasaba por la cabeza como si estuviese en clase. O igual solo sentía miedo al silencio y la voz de su profesora la tranquilizaba.

-Sí. Tengo mis... métodos para desplazarme con rapidez – respondió la morena.

Hermione sabía que eso era todo lo que le diría. Recorrieron unos metros en silencio. Entonces, para desmayo de Hermione, escucharon pisadas aproximarse. Demasiadas pisadas para ser humanas. Centauros. La chica juzgaba que ya había tenido suficientes experiencias con dichas criaturas y ninguna especialmente positiva. Agarró la mano de Bellatrix con fuerza. Ojalá fuese Firenze, era el más razonable... Pero aquella no era su noche.