Hermione se despertó en una habitación desconocida. Se asustó pero en cuanto intentó moverse, Harry apareció a su lado:
-¡Eh, eh! Tranquila, Mione. Estás en la enfermería.
La chica miró a su alrededor. Aquello no era la enfermería de Madame Pomfrey, parecía una sala con instrumental médico y pociones pero bastante más rudimentaria. Su amigo tenía rasguños en la cara y un vendaje en el brazo, pero nada grave. Ella estaba confundida y con un profundo dolor de cabeza, pero no notaba ninguna herida.
-Bueno... En lo que hemos podido improvisar de enfermería en estas doce horas. Ya sabes, guerra, destrucción y todo eso -explicó el moreno con una sonrisa triste- A la gente más grave la han llevado a San Mungo, pero...
-¿Qué hago yo aquí? - preguntó la chica confundida.
-Ah... -empezó Harry sintiéndose ligeramente culpable- después de lo de... Bueno, ya sabes, te dio una especie de ataque de ansiedad (no sé cómo lo llamarán en términos mágicos, pero eso es lo que fue), estabas muy nerviosa y no parabas de gritar y llorar... Así que te dieron una poción para dormir y que pudieras descansar. Pero físicamente, saliste inmaculada, ni un solo rasguño.
La chica asintió y preguntó por el otro componente del trío. Harry la miró con tristeza.
-Fred murió... Rookwood lo mató; después Aberforth lo derrotó a él y ya estará camino a Azkaban. Los Weasley necesitaban estar juntos en la Madriguera... Pero Ron me pidió que me quedara contigo para asegurarnos de que estabas bien.
-Claro, lo entiendo -contestó ella con profunda tristeza.
Todo el mundo adoraba a los gemelos. Y de forma inconsciente ambos guardaron varios minutos de silencio pensando en toda la gente querida a la que habían perdido durante la guerra. Pasado un rato entraron en la improvisada enfermería Tonks -la auténtica- y McGonagall.
-¡Hermione! -exclamó la metamorfomaga lanzándose sobre ella- ¡Qué alegría que estés bien!
La chica abrazó a su amiga con cariño. La directora le dirigió también una sonrisa maternal y le preguntó cómo se sentía. Todo bien salvo el dolor de cabeza y el profundo deseo de morirse. Decidió omitir el último síntoma. Y tras soltar a su amiga le ofreció sus condolencias.
-Tonks, siento muchísimo lo de Lupin y Ojoloco.
La chica asintió con dolor en los ojos y con su aburrido pelo marrón que mostraba su tristeza interna y le dio las gracias. Un minuto después, Hermione no pudo aguantar más:
-¿Cómo te...? -fue incapaz de terminar la pregunta.
Pero fue obvia para los cuatro, flotaba en el ambiente.
-Remus se apareció en Hogwarts en cuanto nos llegó el patronus de Ojoloco advirtiéndonos. Yo avisé a mi madre para que se quedara cuidando a nuestro hijo. Mientras esperaba a que llegase...
La auror calló durante unos segundos sin saber si podía nombrar a su tía sin que a Hermione le diese otro ataque de ansiedad. Decidió no arriesgarse.
-Apareció ella. Nunca había estado en mi casa, ni conocía al pequeño Ted. Me asusté -reconoció la chica-. Intenté aturdirla y avisar a alguien pero le costó desarmarme unos diez segundos. Me inmovilizó (tuvo el detalle de dejarme sentada en el sofá) y se guardó mi varita. Mientras esperábamos a mi madre, me explicó que yo no iba a ir a la guerra porque evidentemente mi hijo acabaría huérfano. Siempre tuvo una gran fe en mis capacidades.
-¿Te...? -empezó a formular Hermione.
-No me arrancó ningún pelo, ni se bebió la poción delante de mí. No sabía lo que pretendía. Curioseó por casa y obviamente no pude seguirla. Aunque supongo que ya conseguiría muestras de sobra la noche de nuestro desastroso intento de detención... No me enteré de que me había suplantado hasta que apareció Harry, me arrinconó y empezó a preguntarme cómo nos conocimos y cuál es mi patronus.
El chico la miró avergonzado por haber tenido que asegurarse de que esta vez era ella de verdad. La metamorfomaga prosiguió su historia.
-Al poco llegó mi madre. Aunque siempre se ha dedicado a la magia curativa, es muy buena defendiéndose -aseguró con orgullo-. No obstante, ver a su hermana por primera vez en quince años cotilleando los objetos del salón como si nada la paralizó más que cualquier hechizo. Así que inmediatamente mi tía lo hizo oficial y acabamos las dos en el sofá mirándola petrificadas. Nos avisó que el encantamiento duraría unas cinco horas, lo que ella calculaba que duraría la batalla. Añadió como si nada que ella probablemente moriría pero que intentaría salvar mi varita. Y se largó sin decir adiós. Cumplió su promesa...
Tonks murmuró la última parte acariciando su recuperada varita que Harry había recogido cuando Bellatrix la lanzó hacia la multitud. Hermione asintió despacio. Entendía que igual no querían hablar, que habían pasado por mucho y perdido a mucha gente. Pero le daba igual. Ella también había perdido a la persona que más quería, lo entendiera el mundo o no. Así que siguió preguntando:
-¿Cómo es posible que la varita de sauco le respondiera a ella?
-Porque al ser capaz de romper la maldición Cruciatus que le lanzó Voldemort, la lealtad de la varita cambió y la reconoció como su verdadera dueña- explicó Harry.
-Es imposible combatir esa maldición. No es como Imperio, es imposible... -comentó McGonagall desconcertada- Aunque todos la vimos hacerlo...
-¿Y tú cómo lo sabes, Harry? - Preguntó Hermione sospechando por la cara de su amigo que estaba ocultado algo.
-Eh... Snape me dejó la explicación en uno de sus recuerdos...
-Enseñámelo- exigió su amiga inmediatamente.
-Hermione -respondió Harry dubitativo- no creo que debas verlo...
-Quiero verlo- repitió ella levantándose de la cama -¿Vamos?
El resto se miraron y supieron que no había alternativa. Una vez en el despacho de Dumbledore, los cuatro se acercaron al pensadero con una mezcla de curiosidad y miedo de lo que pudieran ver.
Harry vertió el líquido y seleccionó el recuerdo adecuado.
La oficina del director se desvaneció. El recuerdo les llevó a las mazmorras, en un lateral del despacho de Snape repleto de toda clase de pociones y de libros. El profesor estaba sentado en un escritorio cuando alguien entró sin llamar. El corazón de Hermione se encogió al ver entrar a su antigua amante con esa elegancia y esa actitud tan suyas que la hacían poseer cualquier habitación en la que se encontrara. Era absurdo, sabía que era un recuerdo intangible, pero sintió ganas de correr hacia ella y abrazarla. Se contuvo y siguió observando.
-Pasa, Bellatrix, por favor- comentó Snape con ironía sin levantar la vista de los exámenes que estaba corrigiendo.
La bruja no respondió. En lugar de acercarse a la mesa, empezó a examinar los diferentes estantes de pociones extrayendo aquellas que le resultaban interesantes.
-Deja eso, Bella, no se toca lo que no es tuyo- la reprendió obteniendo un bufido por parte de ella- ¿A qué debo el honor de tu visita?
Bellatrix dedicó unos segundos más a observar las pociones hasta que finalmente se sentó en la silla frente al profesor de pociones.
-Creo que podría vencer a... nuestro Señor en un duelo- dijo ella con seriedad- pero necesito que me ayudes.
-Claro que sí, yo lo aturdo y tú lo matas, ¿te parece bien? - respondió con sorna.
Al ver la gravedad en el rostro de la ex mortífaga, Snape reculó:
-Bella, sin duda eres una de las brujas más poderosas...
-La más poderosa -corrigió ella.
-La más poderosa del mundo mágico y la mejor duelista -concedió Snape para poder avanzar- Pero incluso aunque pudieras derrotarle en un duelo justo, será imposible hacerlo cuando posea la varita de sauco. Y nada se interpondrá en su camino para conseguirla.
-Creo que puedo ganarme la lealtad de la varita -respondió Bellatrix ante un incrédulo Snape-. He estado investigando. Sabemos que la manera de quitarle la varita a un mago y que responda ante el nuevo dueño es desarmarlo o vencerlo en un duelo...
-Lo que paradójicamente no puedes hacer con la varita de sauco porque es invencible -la interrumpió el profesor.
La bruja le miró con rabia por la interrupción.
-Mis disculpas. Sigue, por favor.
-Las varitas no reaccionan exactamente ante la derrota o el acto en sí de ser desarmado, lo hacen al sentir que el hechizo se ha roto, se doblegan ante una magia más poderosa que ha cortado su propia fuente de poder.
Snape asintió interesado.
-No sería factible con hechizos de los que te puedas defender porque esa magia es débil, pero sí con las imperdonables. Si por ejemplo tú me lanzaras la maldición Imperio y yo me resistiera (cosa que evidentemente sucedería) -Snape puso los ojos en blanco ante la arrogancia- es muy probable que tu varita pasase a serme leal a mí al sentir que he sido capaz de quebrar su magia.
El maestro de pociones la miró sorprendido. Era brillante. El planteamiento era brillante. Y Bellatrix lo era más. Sin embargo, no acertaba a ver la aplicación práctica.
-Sin duda la idea es fascinante, Bella, y hasta considero posible que llegase a funcionar. No obstante, no veo por qué el Señor Tenebroso iba a usar la maldición Imperio en ti. Te considera su más leal servidora, seguro que piensa que ese hechizo jamás ha sido necesario contigo. Con suerte, te lanzará la maldición asesina y sinceramente, veo muy pocas posibilidades de que puedas romper ese maleficio.
-No eran esas dos en la que estaba pensando.
Snape palideció en cuanto lo comprendió. Habiendo servido a las órdenes de Voldemort, la tortura era algo bastante frecuente y semejante dolor nunca se olvidaba.
-No creo que sea difícil que use mi maldición favorita contra mí, si sospecha que me está perdiendo, lo hará. Y creo que si practico, podría interrumpirla. -Dijo ella sin ninguna emoción en su voz. -Quiero practicar contigo.
-¿Quieres que yo...?
-Sí.
-Escucha, Bella: estoy seguro que habrá cientos de voluntarios en ambos bandos de esta guerra deseando usar en ti la maldición Cruciatus. Elige a uno que no sea yo.
-Tienes que ser tú, Severus. Eres el único que comparte está situación tan... maravillosa -dijo ella con sorna enseñándole la marca tenebrosa en su antebrazo.
Snape comprendió que tenía razón. Y que era Bellatrix Black: no iba a cambiar de idea. Sin embargo, eso no disminuyó en absoluto el sudor frío que recorría su espalda. Bellatrix se puso de pie y le conminó a hacer lo mismo: "Cuanto antes empecemos, antes acabaremos".
En el plano real, Hermione temblaba abrazada a Tonks. McGonagall se tapaba la boca preveyendo el sufrimiento. Harry sabía lo que venía después.
Snape se puso en pie. Desenfundó su varita y apuntó hacía su compañera que asintió con la cabeza con seguridad. Respiró profundamente.
-Crucio.
No sucedió nada.
-Crucio.
Nada.
-Vamos, Sevy -canturreó ella buscando provocarle- eres más débil que mis alumnos de primero. ¿Tanto te gusto que no puedes ni hacerme un poquito de daño?
-Crucio.
La luz roja salió de su varita pero Bellatrix apenas se tambaleó. Sin embargo, sonrió: iban por buen camino. Y ella era muy buena provocando.
-Lily Potter estaría celosa- siguió ella con su irritante voz de bebé-, aunque hasta ella entendería que la olvidaras por alguien que está mucho más buena...
-¡Crucio!
La luz roja alcanzó a Bellatrix en el pecho y cayó al suelo inmediatamente. Profirió un gruñido ronco y al rato, se levantó.
-Vamos avanzando -felicitó al paralizado Snape- pero tendrás que hacerlo mejor. Esa última habría destrozado a Longbottom, pero tendrás que hacerlo mejor si quieres hacerme daño a mí.
Hermione tenía la cabeza enterrada en lágrimas en el hombro de Tonks.
Hubo dos intentos más en los que el profesor de pociones pudo lanzar la maldición con todo su poder. Bellatrix no gritó, aguantó el dolor pero no pudo frenarlo. Cuando se levantó por tercera vez temblando, Snape bajó su varita.
-Se acabó.
-No, ¡no! ¡Otra vez! -exigió Bellatrix con voz temblorosa.
-Si seguimos, puedes sufrir daños irreversibles.
-¿Qué, cuáles? -preguntó ella con una sonrisa maliciosa- ¿Locura? ¿Yo? ¡Naah! Eso es imposible.
Snape contuvo una ligera sonrisa y se mantuvo firme:
-No, Bella, no voy a hacerlo más hoy.
-¿Entonces seguimos otro día? Si no me buscaré a otro que lo haga mejor que tú- susurró ella con tono seductor.
Sabiendo que era una batalla perdida, el profesor aceptó. Sujetó a Bella por los hombros y la ayudó a sentarse en su sillón. Le costaba moverse, le temblaba el cuerpo, estaba completamente pálida y empapada en sudor. Snape nunca había visto a alguien con tanta fuerza. Había presenciado muchas torturas y nada parecido al aguante que tenía la bruja oscura. Se acercó a un estante y sacó un tubo con un líquido morado. "Bebe esto", le ordenó sujetándole las manos para que no se le cayera. Bellatrix se lo bebió sin preguntar.
-Ayuda a paliar los dolores de esa maldición concreta. Aunque solo si lo ingieres inmediatamente.
-No sabía que eso existiera- comentó ella hablando con esfuerzo.
-Lo inventé yo. Por... necesidad, ya sabes. Nuestro Señor tiene días malos.
Bellatrix forzó una sonrisa ante el que era el eufemismo del siglo. Seguía sentada en el sillón con los ojos cerrados, las uñas clavadas en los reposabrazos, las piernas dobladas sobre el asiento y su falda cayendo casi hasta el suelo. Snape no podía dejar de mirarla. Si alguien podía vencer a Voldemort, era ella. ¿Pero cuánto tiempo llevaba sufriendo castigos físicos para que el dolor fuera tan intrínseco a ella? Cuando pasaron unos minutos más de silencio, no pudo aguantar más y le preguntó en voz baja:
-¿Cuánto tiempo hace que no gritas al recibir la maldición Cruciatus?
-Nueve -Susurró ella sin abrir los ojos.
-¿Nueve años? -preguntó él horrorizado.
-Desde los nueve años -corrigió ella.
Abrió los ojos y le miró profundamente. Supo que decía la verdad. El profesor se giró simulando revisar la estantería de pociones para enjuagarse con el dorso de la mano la lagrima que pugnaba por escapar de sus ojos. La bruja volvió a cerrar los párpados dándole así más privacidad. A los pocos minutos se levantó y se acercó a su colega para despedirse.
-¿Nos vemos mañana entonces?
-Ni en broma. Una vez por semana -sentenció él.
-Tres -rebatió ella.
-Dos.
-Vaaale...-concedió Bellatrix de mala gana- ¡Qué bonito! ¡Nunca pensé que tú y yo acabaríamos saliendo juntos como dos enamorados! -se rió ella mientras se giraba para irse.
-Oh, creo que tú sí sales con alguien y no soy yo el afortunado -replicó él maliciosamente.
-No sé de qué me hablas -respondió con frialdad agarrando el pomo de la puerta para marcharse.
-¿De cierta sabelotodo a la que le doblas la edad y que podría meterse en muchos problemas si se difunde lo que sea que tengáis?
Bellatrix giró en seco. Con una velocidad animal, su varita que hasta entonces había permanecido oculta, se hundía en el cuello de Snape. Él se asustó durante un segundo, no tanto por la amenaza de la varita sino por la locura y la oscuridad que inundaban los ojos casi negros de la ex mortífaga.
-Si algo, cualquier cosa (y en "cualquier cosa" incluyo que saque menos de una Matrícula en pociones) le pasa a esa chica -amenazó ella con esa voz suave que daba mucho más miedo que cuando gritaba-, te prometo que sentirás de forma plena y reiterada cómo funciona de verdad la maldición Cruciatus.
Snape no dudó que cumpliría su palabra.
-Tranquila, Bellatrix, sabes que yo nunca diría nada- intentó calmarla.
La varita curvada seguía clavada en su cuello. Snape con movimientos lentos y con el cuidado con el que te enfrentas a una fiera salvaje, le puso las manos en los hombros apretando con cariño y la miró a los ojos para que viera que decía la verdad.
-Bella, no le pasará nada, ¿vale? Estoy de tu parte, siempre lo he estado, lo sabes. Llevamos toda la vida juntos en esta situación tan... maravillosa -dijo él repitiendo sus palabras previas.
La slytherin pareció meditarlo mientras intentaba apaciguar la rabia con todas sus fuerzas."Está bien", susurró Bellatrix al rato de mirarlo. Bajó despacio su varita e intentó calmarse sin resultados visibles. En un gesto casi inconsciente, Snape la rodeó con sus brazos y la abrazó suavemente.
Esa parte del recuerdo terminaba ahí. Se sucedieron otros similares con cierta rapidez. Más prácticas en las que Bellatrix cada vez aguantaba más. Volvieron a parar en un recuerdo localizado en la que parecía otra de aquellas sesiones, pero esta vez era una conversación:
-Severus, tengo que pedirte algo...
El profesor la miró con intriga.
-El Señor Oscuro le ha encargado a Draco que mate a Dumbledore, si no, matará a sus padres. Sé que no podrá hacerlo. Me ha pedido que le proteja... -confesó ella con un tono que denotaba profundo agotamiento.
-¿Después de todos estos años tu hermana ha tenido la desfachatez de pedirte ayuda en semejante causa suicida?
Bellatrix asintió, parecía completamente derrotada por las circunstancias.
-Pero ha sido más sutil, le ha sugerido a él que me lo pida. No sé qué hacer, porque...
-Bella -dijo Snape sujetándole la barbilla con cariño para que le mirara-. Yo lo haré, te lo prometo. Si Draco no puede hacerlo, yo mataré a Dumbledore. Además... Bueno, digamos que no creo que el director ponga muchas objeciones.
Bellatrix lo miró sorprendida, pero sabía que era mejor no hacer preguntas. Tampoco deseaba saber nada más. Asintió.
-Gracias, Sev -susurró realmente aliviada.
-Te he prometido que lo haré y así será. Pero conociéndote me extraña que no quieras tener tú semejante privilegio... Pensé que para ti sería un placer matar a Albus.
-Lo sería -respondió ella de inmediato-, lo haría encantada ahora mismo. Pero no puedo. Sé que me supondría unas consecuencias que me llevarían a Azkaban o a la tumba... y no puedo irme todavía. Le prometí a Sirius que si a él le pasaba algo protegería al inútil de Potter -añadió ella en un susurro.
Snape resopló al oír el nombre del alumno.
-Si tienes que proteger al arrogante de Potter es evidente que morirás -dijo con tono sacástico pero también sincero.
Ella le miró a los ojos y murmuró:
-Creo que los dos vamos a morir, Sev. Tú y yo.
El hombre asintió y cambió de tema.
-¿Por qué se lo prometiste? - preguntó con curiosidad -Nunca os llevasteis bien.
-¿No es evidente? -contestó ella como si fuera una obviedad- Porque hay un momento en la vida de todo mago o bruja en que decide utilizarme para algo. Y porque soy una completa imbécil.
El maestro de pociones se rió y la estrechó entre sus brazos.
El recuerdo se esfumó. Siguieron las practicas de la maldición Cruciatus. A las tres semanas, tras caer al suelo, la bruja fue capaz de cortar el hechizo por primera vez y la varita de Snape voló hacia ella.
-¡Bien! -exclamó ella levantándose y dando un salto de júbilo mientras Snape la miraba y sonreía- Vamos por buen camino. Otra vez.
La sonrisa de Snape se evaporó.
-¿Qué? Ya hemos comprobado que tu teoría es cierta y que puedes hacerlo...
-Y eso está muy bien, Sev. Pero no te ofendas: ser capaz de derrotaros a ti y a tu varita está bastante lejos de poder hacerlo con el Señor Oscuro y la varita de sauco. Así que otra vez.
El recuerdo terminó y el pensadero se apago finalmente.
El silencio fue largo. Hermione lloraba por los recuerdos y por la tensión acumulada durante tantos meses. Tonks, que había dedicado las últimas horas a verter todas las lágrimas existentes por su marido, simplemente abrazaba a la chica preguntándose en qué mundo vivían. La sabelotodo entendió por fin porqué durante los últimos meses su novia siempre parecía enferma, demacrada y temblorosa. Harry miraba incómodo el despacho de Dumbledore (McGonagall se había negado a cambiar nada). Y la directora se preguntaba cómo iban a seguir después de aquella guerra, ¿cómo podían volver a la normalidad como si nada hubiese sucedido? ¿Qué más daba que se acabara de enterar de que posiblemente una profesora estaba liada con una alumna si habían perdido tanto? Cada uno había buscado el consuelo donde había podido.
Al rato, Hermione pronunció la frase que todos temían:
-Quiero verla.
La joven sabía que ver el cuerpo sin vida de la única persona a la que había querido de verdad iba a ser el trago más duro de su vida. Pero lo necesitaba. Necesitaba pedirle perdón y repetirle que la quería aunque fuese demasiado tarde. Tonks, Harry y McGonagall se miraron entre sí intercambiando miradas de duda.
-Hermione... -empezó Harry con voz insegura.
-Me da igual cómo esté, quiero despedirme -repitió secándose las lágrimas.
McGonagall entendió que siendo la más adulta del lugar (probablemente la única conociendo a Tonks...), debía tomar la palabra. Aunque no sabía cómo explicárselo.
-Bellatrix sobrevivió a la explosión pero está muy grave. La ingresaron anoche en San Mungo, inconsciente, con quemaduras graves y apenas respira. Los sanadores están haciendo todo lo que pueden, pero lo más probable es que no sobreviva y...
-¿¡Y qué hacemos aquí?! -exclamó la chica yendo hacia la puerta sin tener claro qué sentía.
-Nadie puede verla, Mione, su estado es crítico -explicó Harry- cualquier mínimo cambio en su entorno podría ser fatal...
-Pero no te preocupes, mi madre y la señora Malfoy no se moverán del hospital, ¿vale? -la tranquilizó la metamorfomaga- De hecho, Narcissa prácticamente ha vaciado toda la planta y ha explicado muy amablemente que le traen sin cuidado el resto de pacientes, que más les vale salvar a su hermana.
Hermione comprendió muy bien el sentimiento de culpabilidad que había llevado a Narcissa a adoptar esa actitud sobreprotectora, pero no iba a quejarse, estaba agradecida de que al final sus hermanas estuviesen con ella.
-Pero quiero verla... -repitió la chica en voz baja volviendo a llorar.
