Pasaron cuatro meses, cuando la volvió a ver a la niña. Tenía el pelo como un arbusto, venia platicando con Everdeen, ella traía consigo varias botellas de alcohol de diferentes colores. Everdeen le dio una leve reclinación de cabeza. El hizo lo mismo. La niña venía con una sonrisa expectante.
—hola señora, hola señor —saludó la niña.
— ¿Qué te trae por aquí pequeña? —preguntó Ripper con una sonrisa enternecedora.
—vengo a ofrecerle mi producto, ya pase por la zona comercial y quedaron maravillados a mi licor casero. —respondió con un orgullo. Everdeen rodó los ojos.
—yo también vendo licor, dulzura. —respondió Ripper con una sonrisa.
—lo sé… por eso quiero llegar un acuerdo, yo le ofrezco quince botellas de mi licor casero de uvas, higo, fresa, naranja y café. A cambio que me provea diez litros de alcohol por este mes… gratis.
Ripper pareció meditarlo. De hecho pareciera quien salía perdiendo era la chiquilla que todo Ripper. Haymitch observó como la niña se ponía nerviosa y ansiosa por el silencio de Ripper. Everdeen veía curioso la situación. Haymitch se acordó que Everdeen tenía una hija de la misma edad que esta chiquilla.
—está bien, pero que sean quince litros. —dijo Ripper con una sonrisa.
La niña sonrió deslumbrante, mientras le decía a Everdeen que bajara las bolsas. Después desempacar los envases, Everdeen mencionó que necesitaba comprar hilos y otras cosas que necesitaba su mujer.
La chiquilla se despidió de la señora para después ir hacia donde estaba Sae la grasienta. Haymitch observó los envases de licor con cierto deleite por probar diferentes sabores a lo acostumbrado. Los del capitolio amaban el vino y cierta cosa espumosa llamada champagne.
—Apártame una de cada una —ordenó para ir detrás de la chiquilla.
La niña estaba saboreando su sopa de calabazas y habas. Ella le estaba respondiendo a la señora con un tono educado. Haymitch por hacerla rabiar o más bien para saber de qué hablaba la chiquilla se sienta a su lado.
—dame lo mismo que la mocosa —pide el con la voz rasposa y casi despreocupada.
La señora asiente mientras sirve un cuenco de sopa. Haymitch observa como la niña saca uno de los panes del panadero, pueda que canjeó uno de sus licores por unas piezas frescas de pan. Y sin más tardanza, empieza a comer su sopa. De refilón la niña lo mira con desconfianza para después darle uno de sus panes.
—toma, sabe más rico de esta manera —Haymitch lo toma con cierta cautela, como si el pan estuviera envenenado, a regañadientes lo prueba. Si la pequeña mocosa tiene razón. Sabe delicioso, mejor que las comidas del capitolio.
— ¿para qué quieres quince litros de alcohol? —pregunta de bocajarro.
— ¿eres un agente de la paz? —respondió con una pregunta astuta la mocosa. Haymitch siente ganas de soltar una carcajada pero lo retiene y pero una curva de su boca se articula.
—no, pero solo tengo curiosidad de que me quites una parte de ese alcohol.
—oh, entiendo. ¿Sufres de abstinencia verdad?
Haymitch dejó de comer y la observó escrutadoramente, vio como Sae fingía mover y limpiar los cuencos sucios. Sus alertas hacia el capitolio se encendieron. Algo estaba mal con esta niña.
— ¿te importa? —fue brusco.
—no, disculpa por mi intromisión. —la chiquilla siguió comiendo su sopa mientras bajaba la cabeza avergonzada.
— ¿entonces? ¿Para qué quieres tanto alcohol? —insistió.
La niña pareció meditarlo un momento.
—quiero regalárselo a los mineros que no pueden pagar un antiinflamatorio. Ya sabes, ayudar al prójimo si esta en tus manos.
Haymitch la observó como si fuera un agente de la paz encubierto. ¿Quién diablos era esta niña?
—eso es muy dulce de tu parte, querida —respondió Sae uniéndose a la conversación.
—gracias, mi huerto ya tiene más plantas medicinales, y sé que plantas son buenas para las articulaciones. Por cierto… —vio como la niña sacaba de su bolsa una botella de vidrio de unos ocho centímetros—, tenga, úntelo en sus rodillas y la parte que le duela. Es un antiinflamatorio.
¿Esto era cierto? ¿Había escuchado bien? ¿Estaba viendo lo que estaba viendo? Soltó una carcajada de ironía. Una pequeña niña estaba dispuesta a ayudar a los que menos tenían, y para el colmo lo presumía con cierto orgullo.
Ambas mujeres lo vieron como si se hubiera vuelto loco. Hermione aprovechó para despedirse de Sae. Vio como la niña lo vio de pies a cabeza para después negar e irse hacia su hogar.
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Había hecho cierta amistad bizarra con la pequeña mocosa. Cada quince días se encontraban en el quemador, ella le daba un comentario de su persona. El no sabía cómo interpretarlo, si era una observación o una debilidad que aquella chica leyera entre líneas sus palabras. La chiquilla era muy inteligente y fascinante.
Ella por tiempos se dejaba guiar por sus ideales y argumentos sobre la libertad, le gustaba su forma de hablar tan elocuente pero precavida. Ya era casi una rutina para ellos ir de la licorería, y de la licorería hacia donde estaba la grasienta Sae. Este día se encontraron con el jefe de los agentes de paz, Cray.
—Hola señor Cray —saludó solemne su pequeña amiga.
—Hola pequeña —Cray le acarició la mejilla con cierta mirada lasciva. Haymitch le produce asco, estaba a punto de darle un puñetazo. Sintió como alguien lo jalaba de su abrigo, Hermione con una mirada le prohibió hacer una tontería. Vio como Cray no pasó por desapercibido este intercambio de miradas—. Parece ser cierto, que nuestro vencedor ha tomado bajo su protección a nuestra dulce pequeña Hermione.
—no, solo me invita cada quincena un plato de comida. —Hermione intercede antes que él diga un comentario que defina la personalidad del agente de la paz— ¡por cierto! —dijo con la voz alta y como si no la escucharan—. Muchas gracias por su contribución por ayudar a la gente pobre de la Veta. Muchas gracias. —su pequeña amiga le da una reclinación como si Cray fuera el mismo presidente Snow.
El hombre se siente muy ufano y prepotente que le da leves palmadas para después irse hacia Ripper. Hermione le da una sonrisa agradecida para después retomar su camino hacia el puesto de Sae.
— ¿Cuánto te dio Cray? —preguntó curioso por cuanto compró la amabilidad de Hermione.
—cincuenta monedas por cada mes —musitó Hermione como si fuera un secreto.
Haymitch por pura cortesía no quiso preguntar cómo le hizo para conseguir esa cantidad. Pero pareciera que su compañera le había leído la mente. Porque la muy astuta le contestó.
—dice que cuando cumpla la mayoría de edad, quiere que ser el primero en…
—No me lo digas —la cortó. No le gustaba por donde iba la conversación.
—darme el mi primer beso, es estúpido, lo sé.
Haymitch la vio con asco.
—deja esa cara que no te queda, se te olvida que para esa fecha a lo mejor ya esté muerta por ser seleccionada en la cosecha. O que no regrese del bosque, uno nunca sabe… pero estoy agradecida en que al menos algo productivo se hará con ese dinero.
Haymitch aun así le dio una mirada reprobatoria, pero evitó comentar algo demás. Ambos pidieron el plato del día, Hermione declinó al momento que se enteró que era hueso de perro. Se fue más por el caldo de pescado y verduras, con algo de corteza de cierto árbol.
