—¡¿Qué carajos fue lo que le diste?! —bramó Thor nada más entrar a la carpa de la reina Norn aquella mañana.
—Buenos días majestad —saludó esta, sin dejar de cortar un puñado de hierbas y sin prestarle más atención a su inesperada visita.
—¡Responde! —exigió el príncipe, dando un impaciente golpe en la superficie de la mesa.
Karnilla detuvo su labor y clavó sus penetrantes ojos oscuros en aquella mano insolente que le exigía respuestas, luego miro a su interlocutor y Thor supo que tal vez se había excedido en su comportamiento. Un Norn podía ser alguien muy alegre, pero muy peligroso si se les provocaba. Su baja población se debía, principalmente, a la enorme cantidad de duelos "por honor" en los que se veían envueltos casi a diario. Retar a la reina de todos ellos no era una buena idea.
—Lo lamento —se disculpó en un tono más moderado, pero no menos impaciente—. Simplemente me gustaría saber ¿Qué carajos le pusiste a mí cuñado en la poción? ¿Algún afrodisiaco tal vez?
—Nada de eso —fue su escueta respuesta.
Karnilla se puso lentamente de pie, sacudiendo sus manos y limpiándolas en las largas enaguas. Se encaminó despacio hacia un gabinete donde sacó unos costales con semillas, los acercó a su nariz catando su caducidad y regresó a su labor, con igual parsimonia. Esto estaba desquiciando terriblemente a Thor.
—¿Entonces? —insistió.
—¿Entonces qué?
Thor rio de forma hilarante ¿acaso esa mujer estaba jugando con sus nervios? Cuando estaba a punto de arremeter nuevamente ella lo interrumpió.
—La fórmula de esa poción no se puede alterar ni siquiera un poco —dijo con calma sin dejar de cortar ingredientes—. De hacerlo, correríamos el riesgo de que no funcione. En el peor de los casos, vuelve demente al que la consume al no poder diferenciar entre lo real y lo onírico ¿Por qué?
Esta vez, fue el rubio quien guardo silencio ante su pregunta. Si eso era verdad, y Karnilla no tenía por qué mentirle, significaba que aquel volcán de pasión que había descubierto en su cuñado era innato de él. Aquella revelación lo descolocó. La imagen de un Loki frio y distante, comportándose elegantemente ante los demás y la de un Loki agitado, montándolo fogosamente como si la vida le fuera en ello, eran dos imágenes que le costaba ensamblar en la misma persona.
Bastó que Karnilla viera la forzada calma con que el príncipe curioseaba sus cosas para saber lo que pasaba por su cabeza.
—Lo hizo participar ¿cierto? —aunque no necesitaba confirmación, el rosado color que tiñó las mejillas del guerrero lo hizo por él. Karnilla se echó a reír y el pequeño sonrojo de su interlocutor se tornó a un rojo intenso que cubrió hasta sus orejas—. ¿Qué pasó? ¿Resultó no ser lo que pensaba?
—Yo solo… —titubeó en voz baja—, solo le pedí que participara, de manera moderada… y… simplemente… —gruñó molesto estrujando un extraño muñeco de trapo que había encontrado entre los cachivaches de la reina ¿para que querría una mujer como Karnilla un muñeco de trapo? Al parecer era realmente importante, pues esta se aproximó hasta donde estaba y le quitó el juguete de las manos—. Lo desconocí —continuó con el relato, acercándose ahora a otra curiosidad—, ese no puede ser el chiquillo con el que se casó mi hermano ¡Es simplemente imposible! —dijo indignado.
—No tiene por qué serlo —contestó la morena, sirviéndole al rubio un vaso de su licor más fuerte: "aliento de fuego", de Muspelheim—. Todos los seres estamos compuestos por un caleidoscopio de posibilidades. Usted, por ejemplo: le puedo asegurar que su comportamiento como guerrero dista mucho del que muestra ante sus padres.
—Quizás —reconoció aceptando la bebida que la dama le ofrecía e intentando tomarla de un solo trago… grave error. Tan pronto el alcohol llego a su garganta la calcinó. Escupió el resto en un intento por jalar aire desesperadamente. Karnilla sonrió.
—Es una bebida fuerte —le comunicó con burla.
—Lo noté —dijo sin voz, el interior de su garganta estaba como si hubiera sido arañado por las zarpas de un gato.
—Debe tomarse con precaución —le recomendó, dando un buen sorbo a su propia bebida y degustando placenteramente la sensación de fuego bajando por su garganta—. Perdóneme que se lo diga, su alteza, pero su gran error es subestimar todo lo que no es Asgardiano.
—Aesir —volvió a corregirla, esta vez su voz se escuchó más repuesta.
—Los "Aesir" —recalcó con sorna—, suelen creerse la medida de todas las cosas y son bastante intolerantes con aquello que es diferente. Esta bebida es un buen ejemplo, su cuñado es otro.
Thor no podía estar más de acuerdo con eso. El pueblo habría rechazado a Loki incluso antes de conocerlo, solo por tratarse de un jötnar. Sin embargo, estaban tan eufóricos por el fin de la guerra, que decidieron hacer a un lado momentáneamente sus prejuicios. Luego, cuando entendieron que el consorte real era un varón, estos volvieron con renovados bríos adjudicándole la responsabilidad por la falta del heredero, cuando era Balder el responsable de dicha falta.
Ni que decir de todo lo demás. Para la gran mayoría, Loki era una bestia domesticada, demostrándoles luego con hechos que las bestias eran ellos. Mostró un sorprendente dominio de la magia y una sabiduría propia de los sabios ancianos del concejo.
En noches pasadas se había enterado que algunas de las ideas más descabelladas e innovadoras implementadas en su reino, habían salido de su brillante cabeza. Como la creación del Bifröst por ejemplo, un puente interdimensional que acortaba considerablemente las distancias entre los reinos. Ya no tenían que viajar semanas en Drakar para llegar a su destino. Y en cuanto a sus habilidades como guerrero… bueno, el día anterior había demostrado también sus dotes de cazador nato, el que prefiriera la tranquilidad de una biblioteca no lo hacía menos letal.
—No sé qué hacer, no sé cómo reaccionar ante él —le confesó a la reina, observando detenidamente el contenido ambarino del vaso que balanceaba entre sus dedos.
Karnilla podía percibir el conflicto interno del príncipe y no le gustaba para nada. Un solo error y a la mierda la paz de los nueve mundos.
—Todo esto dejo de ser una simple follada para preñar a su cuñado ¿verdad? —y el silencio que precedió su pregunta se lo confirmo. ¡Carajo! Odín estaría muy contrariado si todo se salía de control y mucho presentía que se estaba saliendo. —Debe tener cuidado, su alteza, no debe abrirle la puerta a los demonios si no está preparado para lidiar con ellos.
—¿Qué quieres decir?
—Se está obsesionando con el consorte de su hermano, si no tiene cuidado terminara enamorándose de él.
El silencio reino luego de eso. Thor se irguió, tenso cual cuerda de arco, sus músculos se contrajeron y sus huesos crujieron, parecía incluso mucho más alto. La forma feroz en que miraba a Karnilla le hizo temer a esta por su seguridad. Sutilmente se hizo de la daga con la que estaba trabajando.
—¿De done demonios sacas que yo pueda sentir amor por ese… ese… —¿monstruo? ¿Ergi? ¿Qué? Cualquiera de los despectivos adjetivos con que anteriormente lo habría denominado sin problemas, ahora se atoraban en su garganta. Loki había dejado de ser todo aquello para transformarse en algo más, en un ser exquisito, en una preciosa joya de la que solo él era poseedor… al menos de momento. Esa intrusa idea le causo un retortijón nada agradable en la boca del estómago al recordar que era de su cuñado de quien hablaban, del consorte de su hermano, alguien ajeno para él. ¡Carajo!
—Le daré una recomendación, si me lo permite —dijo Karnilla,luego de darse cuenta que Thor no la iba a atacar, se tranquilizó—. Sin importar lo que pueda estar pasando ahora dentro de su… ¿cabeza? —Dijo en lugar de la palabra corazón—, es importante que no se deje llevar por sus ansias. No permita, aunque lo desee, que el joven jötnar se abra completamente a usted. Eso puede acarrearle graves problemas.
—¿A qué tipo de problemas te refieres?
—Podría ocurrir que la poción pierda su efecto. Recuerde que no solo está violando al consorte de su hermano, sino al príncipe de un reino temible, por no hablar de un tremendo adversario.
— ¿Eso podría suceder? —preguntó temeroso, sirviéndose de aquel endemoniado líquido que la reina había denominado bebida. Esta vez bebiendo con moderación.
—Podría pasar, si la emoción es muy fuerte, la magia es solo un espejismo que nada puede hacer contra lo real. Es una suerte que el príncipe Loki no sienta absolutamente nada por su hermano, de considerarlo su pareja, de amarlo, ni la droga más poderosa podría someterlo a sus deseos. Recordemos, además, que estamos hablando de un poderoso hechicero, su magia es intrínseca y lo protege. —Thor asintió ante lo dicho por la reina, si algo había aprendido en esa celebración en Vanaheim era a no subestimar a otros, especialmente si ese otro iba a llevar a tu hijo en su vientre—. Es importante que entienda que esta es una situación pasajera —le recordó— terminara una vez cumpla con su cometido. No le conviene involucrarse más de la cuenta.
Tenía razón y Thor lo sabía, sin embargo, una parte de él se negaba a entenderlo. Regresó al castillo igual o más confundido de como había partido aquella mañana.
En un principio tenía las cosas muy claras, su reino necesitaba un heredero y, según su padre, él tenía el deber de proporcionarlo dado la infertilidad de Balder. Esa era la premisa de todo esto, pero… ¿En qué momento todo eso se volvió tan caótico? ¿Cuándo la obligación se había transformado en un deseo tan desbordante? quizá si la liberaba un poco más podría saciarse de ella y al fin terminar con aquel capricho.
Miro al cielo, era alrededor de medio día. Aún faltaban muchas horas para el encuentro con su cuñado, así que, dando un gran suspiro se dirigió hacia los campos de entrenamiento. Tal vez si hacia un poco de ejercicio, lograría exorcizar de su cuerpo las ansias que tenía por volver a tenerlo.
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Hacia un par de horas que Sif había terminado con la ronda. Como parte de la guardia personal que los escoltaría hasta Vanaheim, Thor había asignado a sus inseparables amigos: Volstagg, Fandral y Hogun; ella, por supuesto, no podía quedar atrás.
Era común que las mujeres solteras de Asgard fuesen grandes guerreras, la propia reina Frigga era un buen ejemplo de ello. En un país de guerreros, era imprescindible que hasta las mujeres supieran luchar. No siempre solían estar los hombres para defenderlas y ante cualquier ataque, era suya la responsabilidad de detener al enemigo y proteger las tierras, así como a la familia. El primer maestro de armas de un niño siempre seria su madre, hasta que tuviera la edad suficiente para ser entrenado por su padre y luego asistir a la academia militar.
Había, además, un tipo de doncellas guerreras llamadas skjaldmö, solían guardar un voto de virginidad que defendían con fiereza hasta el día en que llegara un hombre, más fuerte que ellas y lograra ganar su respeto… y eso no era nada fácil, ya que primero tendría que doblegar su voluntad. Si bien, los varones de Asgard eran temibles contrincantes, ninguno se atrevería a forzar a una mujer, no era necesario. Sin embargo, era algo común entre los ulfhednar apostar por quien lograba hacer faltar a sus votos a una skjaldmö, casi nadie lo conseguia y entre más pretendientes se daban por vencidos, más subía el valor de la doncella ante la sociedad. Al final, conseguir la mano de una Skjaldmö en matrimonio era un honor que muy pocos podían ostentar.
Las skjaldmö no eran chicas para pasar el rato, eran la clase de mujer que un guerrero deseaba para ser su esposa y la madre de sus hijos. Sif era una de ellas y, dada la gran cantidad de pretendientes que habían llorado ante su indiferencia, muchos apostaban a que pronto llegaría a ser princesa de Asgard.
Aquella idea le agradaba. Había estado enamorada de Thor desde que eran pequeños, pero lo conocía lo suficiente para saber que no la tomaría enserio si se limitaba a ser una frágil y frívola doncella. Thor era un conquistador, le encantaban los retos y domar a las fieras; todas las que podían considerarse sus parejas, le habían prestado batalla antes de caer entre sus fuertes brazos. Pero Thor no le era fiel a nadie. Jamás repetía dos noches con la misma chica y nunca embarazo a ninguna, algo que era de admirarse en una sociedad donde todos tenían ya una docena a su edad. Pero Thor no compartía esas prácticas, para desilusión de todas aquellas que querían un hijo del Dios del trueno.
—Es fácil controlarse —fue la respuesta que dio una vez cuando se le preguntó sobre esa cuestión—. Además, lo que es propio para el pueblo no siempre es propio para un príncipe.
Volstagg y Fandral parecieron no entender, pero Hogun le explico que un reino con demasiados bastardos podía poner en peligro a la corona. La lucha por el poder traía traiciones y enfrentamientos internos, asesinatos y manipulaciones que se podían ahorrar con un control de la natalidad adecuado por parte de la familia real. Demasiado control si se tomaba en cuenta la ausencia del futuro heredero.
En ese sentido estaba feliz. Gustaba de imaginar que ella seria quien le entregara a Asgard el tan esperado heredero.
Una vuelta más y se retiraría a su alcoba. Hogun había llegado puntual a la guardia y la había relevado, pero no podría descansar hasta estar segura que todo estaba en orden en la planta donde se alojaban los príncipes, no confiaba para nada en la gente de Vanaheim. Pero al pasar frente a la puerta de la habitación de Thor escuchó un gemido ahogado que la alerto, algo le ocurría al príncipe y tenía que averiguarlo.
Tocó tres veces y al no obtener respuesta, entró con la espada desenvainada. La habitación estaba iluminada muy tenuemente, la cama se encontraba desecha y la esencia de un olor que no logro identificar flotaba en el ambiente. Pocas veces había traspasado este límite con Thor, el único que tenía el privilegio de entrar a sus habitaciones era Fandral.
Viendo la luz que salía del baño se dirigió hacia ahí tocando una vez más.
—¿Thor? ¿Te encuentras bien? —pregunto preocupada. Thor le había pedido que lo llamara por su nombre y dejara el formalismo para actos oficiales.
—¿Sif? —Se oyó la fuerte voz en el interior —¿Qué haces aquí?
—Estaba de guardia, ya me retiraba, pero al pasar frente a tu habitación oí un ruido y me preocupe ¿todo bien?
—Si, no te inquietes, solo estoy un poco indispuesto del estómago —dijo con voz ronca.
—seguramente es por todo lo que has comido en esta fiesta, con lo que sirven en una de sus cenas podríamos alimentar un batallón. Aguarda, buscare algo que puedas tomar para que te sientas mejor —dijo la skjaldmö, saliendo en busca de una sierva que pudiera traerle algún remedio al príncipe.
Lo que Sif ignoraba, es que dentro de ese baño no se encontraba un Thor enfermo sino todo lo contrario, se hallaba un macho que en ese momento poseía salvajemente a su hembra. De rodillas y vistiendo su traje real de Jötunheim, un jadeante y cerúleo jötnar recibía en su boca los embates del rubio que lo miraba con lujuria y deseo.
—Calladito, si no quieres que la guardia nos descubra —le susurró con sorna.
Loki obedeció al momento gracias a la poción ingerida que lo hacía cumplir las órdenes de su cuñado sin chistar. Por esa misma razón, era que esa noche a diferencia de las otras, no se había presentado en la habitación de Thor cubriendo su desnudez con una de sus elegantes batas, si no que en esta ocasión lucia como un auténtico príncipe de Jötunheim.
El rubio había fantaseado con poder follarse a ese chiquillo altanero que se presentó a lomos de su lobo varg el día de la cacería, aquel soberbio príncipe al que todos deseaban gimiendo bajo su cuerpo y que era inalcanzable para los demás, excepto para él, claro, y no iba a desaprovechar la oportunidad, así que le ordeno que cambiara su apariencia para esa noche.
Fue verdaderamente excítate poder arrancarle la capa de ridícula seda Vanir y poder devorar ese par de tetillas, mordiéndolas y chupándolas hasta dejar su marca en la tierna carne, dejándolas enrojecidas y amoratadas; disfruto sobre manera poder deslizar sus manos por sus hermosas piernas hasta perderse bajo su taparrabos en busca de su intimidad, hacerlo a un lado dejando al aire su hermoso culo para que él pudiera gozarlo a voluntad.
Disfruto poder azotar a su antojo las exquisitas nalgas de su cuñado como si de un niño mal portado se tratara, hasta dejarlas completamente enrojecidas.
Deseaba verlo sumiso y totalmente sometido al placer que solo él le proporcionaba, así que lo llevo hasta el baño para poder ver su reflejo mientras le ordenaba que se la mamara. Y justo a tiempo, porque si solo se hubiera tardado unos minutos más, su futura esposa lo hubiera encontrado follando la boca de su ardiente cuñado como si la vida se le fuera en eso.
El hecho de que Sif se encontrara en la misma habitación, solo separada por una puerta, le despertó un morbo tremendo incrementando su excitación. Lo tomó por los cuernos, obligando a Loki a levantar la mirada; quería que lo mirara mientras le comía la verga y ver en sus ojos ese fuego lleno de lujuria que lo enajenaba.
No lo amaba, no sentía absolutamente nada por él, se repetía constantemente desde esa mañana en la tienda de la reina Norn. Era simple lujuria, el morbo de lo prohibido y la satisfacción de ser el quien sometiera al altanero chiquillo. Solo eso.
—Mírame —le exigió, clavando sus ojos azules en aquella imagen que le regalaba: las mejillas sonrosadas, el cabello despeinado y sus labios rojos, hinchados y tirantes, abarcando con dificultad el grosor de su pene, casi a punto de sangrar debido a la fricción.
Era tan sensual tenerlo así, totalmente dispuesto para él, que a punto estuvo de correrse. Para evitarlo, salió de su boca maravillándose con los hilos de saliva que conectaban aun su verga con la pequeña boca de su cuñado.
Thor podía percibir el deseo con que Loki lo miraba, esa mirada desafiante, orgullosa y llena de fuego que llegó a odiar durante aquella ridícula celebración, se había convertido en su mayor afrodisiaco. Tan solo verse en esos hermosos ojos verdes a cualquier hora del día le producía una erección casi inmediata.
Tiró de él hasta ponerlo en pie y estamparlo contra una mesita donde descansaba un recipiente y una jarra para lavarse las manos cayeron al suelo con un estrepitoso ruido.
—¿Qué fue ese ruido? —gritó la voz de Sif desde afuera.
—Nada, solo se me callo algo —le contestó con un gruñido.
—¿Estas bien?
—Si, ahora salgo —le contestó rápidamente, para volver su atención a quien tenía sometido con su cuerpo—.¿Sabes? Me encanta tu culo —le susurro a Loki cerca del oído—, desde que fue mío la primera vez, no dejo de desear durante todo el día que llegue la noche para volverlo a disfrutar, dime Loki ¿quieres que te rompa nuevamente el culo?
El pelinegro cerró sus ojos soltando un lastimero gemido y para el rubio, esta fue una clara señal para volver a tomarlo.
Thor se tomó su tiempo para acomodar el glande en la entrada de su cuñado, hundiéndose de forma violenta y brutal se hundió en lo más profundo de ese joven cuerpo, provocando que el jötnar abriera la boca en un grito silencioso, ya que ningún sonido podía ser emitido por él. Esto enardeció al rubio sobremanera, haciéndolo sentir poderoso al ser él y solo él el poseedor de ese lugar donde nadie más podía estar.
Lo vio desplomarse sobre la mesa, mientras gruesas lágrimas salían de sus bellos ojos tratando de controlar con fuertes respiraciones el dolor que su invasor le producía. El rubio siguió entrando con fuerzas renovadas dispuesto a tatuarle las entrañas con su esencia.
—Por tu bien, no dejes de mirarme pequeña puta —le advirtió imprimiéndole un sonoro azote en su perfecta nalga, enrojeciéndola aún más de lo que ya estaba. Deseaba que la imagen de él entrando en su cuerpo que le devolvía el reflejo en el espejo, se grabara a fuego en su inconsciente; para que entendiera que nadie, ni siquiera Balder, se le podía comparar. Que era suyo.
Mientras, Loki llegaba a un doloroso orgasmo, sin poder dejar de mirarle con sus orbes empapados en lágrimas por el torturante placer que ese bruto le proporcionaba.
Thor había perdido la cuenta de la cantidad de veces que su cuñado se había corrido en lo que iba de la semana y sin embargo sentía que no eran suficientes. Necesita cada día más de él, como una poderosa droga que lo aturdía sin permitirle medir las consecuencias. No podía dejar de mirar a través del espejo su esbelto y sudoroso cuerpo vistiendo su traje real, era realmente exquisito, la lozanía de su piel azul, sus piernas largas y torneadas; pero sobre todo lo que más loco lo volvía era ver su cara enrojecida producto de su excitación. Definitivamente era una imagen tan contradictoria que ese rostro de niño bueno fuera poseedor de unos ojos tan llenos de lujuria y deseo, que era imposible no anhelarlo cada vez más.
—¿Está todo bien? Te han traído un remedio vanir para la indigestión ¿Necesitas ayuda?– se escuchó la voz un poco angustiada del otro lado de la puerta
—No es necesario Sif, enseguida estoy contigo solo dame un minuto —dijo arremetiendo aún más fuerte en el perfecto culo del príncipe jötnar hasta sentirse derramar en su interior.
Aun jadeante salió del cuerpo del consorte de su hermano. Le fascinaba verlo así, con las piernas abiertas, su culo levantado y su orificio escurriendo su esencia, era una imagen demasiado sensual que, si no fuera porque Sif se encontraba a pocos pasos, regresaría una vez más a poseerlo como solo él podía hacerlo. Se colocó su bata arreglándose su larga cabellera rubia mientras se acercaba al oído de su cuñado:
—No creas que esto se ha terminado ricura, enseguida vuelvo. Mientras ve preparando la tina y espérame, me apetece follarte ahí.
—¡Thor! —Grito alarmada la skjaldmö al verlo salir del baño— ¿pero qué te ha pasado? Seguramente tienes fiebre, mírate nada más como estas de rojo y sudoroso. —se acercó a palpar su temperatura, la cual estaba por encima de lo normal en él.
—No es nada, solo estoy un poco descompuesto del estómago, pero nada que no se alivie con un buen sueño reparador ¿dónde está ese remedio vanir que me prometiste?
—Aquí —se dirigió hacia una charola que descansaba en una mesita auxiliar, con un vaso de un líquido de un color un tanto sospechoso.
—Perfecto, a tu salud entonces —le dijo el príncipe de Asgard con una sonrisa un tanto perversa y apuró su contenido hasta vaciarlo por completo.
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Ese día por la mañana, Loki se sentía realmente cansado y somnoliento, no entendía como aun habiendo dormido tanto amanecía sintiéndose así. Casi a rastras, se dirigió hacia el baño que sus siervos le prepararon a la espera que el agua fresca lo reactivara.
Al salir paso frente al espejo y no pudo evitar detener su marcha para contemplar la imagen que éste le devolvía. Realmente se veía cansada. Si bien sus ojos estaban rodeados por notorias ojeras, estos desprendían un brillo deslumbrante que hacía que su rostro se viera hermoso.
Paso sus manos lentamente hacia su intimidad percibiéndolo hinchado y húmedo como en las últimas semanas a causa de su celo. Se preguntaba si es que acaso los demás varones podían percibirlo; notaba que de un tiempo a la fecha las miradas de los hombres al pasar se posaban en el de forma lujuriosa, seguramente producto de las feromonas que desprendía por su constante excitación. Miro el sol, se hacía tarde. Tenía que darse prisa si quería comer algo antes de ir a la siguiente celebración programada para ese día.
Se arregló elegantemente sexy con un conjunto ligero que le enmarcaba y apretaba perfectamente su firme figura. Trenzó su cabello de la forma acostumbrada y se colocó los emblemas de oro que lo distinguían como miembro de la casa real de Asgard y Jötunheim. Y con un suspiro, se preparó para enfrentar otro día.
Sus habitaciones se unían con las de su cuñado en un hermoso salón donde una mesa redonda los esperaba con el almuerzo servido como cada mañana; salvo que, en esa ocasión, se sorprendió de encontrar que había sido trasladado hacia una amplia terraza que en días anteriores tanto le maravillara por su hermosura. Aquel lugar daba hacia los jardines del palacio y estaba rodeado de numerosas flores con exquisitas fragancias, algo que le encantaba y que al parecer su cuñado había notado, dado que fue el quien ordeno que el desayuno se sirviera ahí.
Nada más llegar a la mesa, el rico aroma de los alimentos lo invadió, ahí noto que estaba realmente hambriento. Thor ya se encontraba degustando los manjares con los que pretendían agasajarlos, mientras leía unos pergaminos con los informes de la guardia. Se saludaron amablemente como lo venían haciendo, por lo que ya no se veían como dos completos desconocidos.
—Buenos días ¿pasaste buena noche? —dijo el rubio sin levantar la vista de sus documentos.
—Buenos días —contesto Loki de manera jovial, sirviéndose una abundante porción del suculento desayuno—. Y si, a pesar del calor endemoniado que hace en este lugar, dormí placenteramente.
—Luces cansado —fue a su vez la respuesta de Thor, la cual venia acompañada por una extraña y misteriosa sonrisa.
—Es por el celo —contesto Loki bajando considerablemente la voz. No le gustaba hablar sobre el asunto, al menos no fuera de Jötunheim. Los demás parecían verlo como si fuera una cosa extraña y le incomodaba las miradas que le obsequiaban, como si de repente se fuera a convertir en hembra y a clamar por que lo follaran duro. No era agradable.
Afortunadamente su cuñado no era como los demás, a veces, muy a penas le prestaba atención, lo que le permitía a él agasajarse un poco con la imponente imagen del rubio guerrero.
Aun recordaba el día que llegara por primera vez a Asgard, estaba asustado por lo que le depararía el futuro en un lugar donde, hasta pocos meses atrás, eran considerados enemigos, unos monstruos a los cuales cazar.
No le costaba admitir que estaba intimidado por la ciudad dorada, por sus feroces guerreros enfundados en relucientes armaduras y por los reyes, quienes le dieron la bienvenida a él y a su sequito de una forma por demás amenazadora. Solo los príncipes no estaban ahí para darle recibirlo, la reina se disculpó amablemente por su inevitable ausencia y le aseguró que los conocería en la cena que se celebraría en su honor. Mientras tanto lo instalaron en sus aposentos y le permitieron descansar del largo viaje. Fue ahí que vio al príncipe de Asgard por primera vez.
Había escuchado muchas historias acerca de él gracias a los embajadores, sobre su sobriedad, su porte y su don de mando, su cabeza fría y su caballerosidad. Sin embargo, quien luchaba con el torso desnudo en una arena de tierra, riendo con camaradería entre sus guerreros, no era ni por asomo lo que le habían descrito con anterioridad.
"Él es el príncipe de Asgard" —le habían dicho cuando el preguntó por ese excéntrico rubio cubierto de tierra y sudor.
Un extraño calor nació desde la boca de su estómago y se expandió por todo su cuerpo, un placentero cosquilleo que recorrió bajo su piel. Ese hombre seria su pareja.
Aquella idea le gustaba más que la del caballeroso heredero de porte altivo y sobrio carácter. La risa que le llegaba hasta la ventana desde la cual lo estaba viendo, era capaz de refrescarle el alma.
Su pareja… aquella que los sabios prometieron que llegaría se encontraba frente a él. Alto, rubio, fuerte. Un guerrero, alguien con la capacidad de hacer frente a la adversidad, de proteger con fiereza la familia que formaran. Con un corazón cálido hacia sus semejantes, sin poses ni doble caras. Alguien a quien amar.
Fue una lástima el enterarse, aquella misma noche, que su prometido era uno completamente diferente, justo lo que le habían prometido los embajadores; y que el rubio, por el cual había estado suspirando toda la tarde, no era otro que su cuñado, al cual tendría que sacar de su cabeza antes de la boda del día siguiente, si no quería ocasionar una guerra a escasos días de haber firmado el tratado de paz.
—¿Qué tenemos para hoy? —fue la pregunta que lo saco abruptamente de sus reflexiones.
—Una carrera de Drakars, cortesía de los elfos oscuros —contestó Loki, sin dejar de mirar a su cuñado. Había aprendido a verlo de reojo cuando se hayaba cerca, admirar sus intensos ojos azules, sus fuertes y toscas manos, su sonrisa franca.
Eso era todo lo que tenía, su más grande secreto y con lo que había pasado la sequía de todos sus celos. Solo eso y su mano, más recientemente el cuerpo de su marido quien se había aplicado a la tarea de preñarlo, enfrentándola con la frialdad de una nueva misión en lugar de algo intimo en una pareja. Se conformaba con pensar que el cuerpo que se movía sobre él era de alguien diferente, alguien con sangre real, sí, pero con fuego en la sangre.
Pero incluso en sus fantasías, su cuñado era mucho mejor que su marido. Porque, si, no le quedaba duda que el amante que cada noche lo llenaba por completo, no podía ser otro que ese rubio sentado frente a él que hacia galopar a su corazón cada vez que posaba su mirada sobre él y sonreía. Lo deseaba tanto, que su mente enferma y necesitada lo hacía fantasear cada noche con que él lo tomara así fuera por la fuerza.
Suspiro.
—¿Sucede algo? —preguntó Thor al escuchar desesperanza salir expulsada de sus pulmones.
—Nada —sonrió. No podía negar que una parte de él se regocijaba cada que su cuñado reparaba en él, cada que se preocupaba o cada que prestaba atención a algún detalle suyo, como el desayunar en la terraza solo porque a él le encantaba ese lugar. Podía sentir que en aquellos días se habían acercado más que en todo el tiempo que llevaban de conocerse.
—¿Has terminado? Tengo algunos asuntos que atender con urgencia, pero no me gustaría dejarte desayunar solo.
—Adelante, ya estoy saciado —lo conminó a retirarse, no quería interferir con sus labores reales.
—Bien —Thor, sonrió y luego de dejar su servilleta sobre la mesa se puso de pie—. Nos vemos más tarde entonces. Si no te molesta, me encantaría escoltarte a la siguiente celebración.
—Por mi encantado.
—Tratare de que todo esté listo para la tarde entonces —divago. ¿Era imaginación suya o parecía que no quería despedirse? Al parecer el rubio también lo notó, dada su sonrisa nerviosa y la forma compulsiva en que se comenzó a rascar la cabeza.
—Bueno, será mejor que me vaya. Hasta la tarde entonces.
—Hasta la tarde —le respondió a su vez con un sonrojo que no pudo controlar.
Luego de diez años, las nornas habían puesto nuevamente a ese apuesto y varonil hombre cerca de él, lejos del escrutinio de la corte de Asgard, de la familia real y de su marido ¿para qué? Aún era inalcanzable, prohibido. A veces a las nornas les gustaba jugar con la gente.
Suspiro nuevamente.
Si tan solo el fuera su marido…
