Capítulo 3
Emma se bajó del taxi en la Quinta Avenida, ya que solo tendría que dar un pequeño paseo hasta el edificio que albergaba las oficinas de HCM, y suspiró por el buen tiempo que hacía. El viento le alborotaba el pelo y daba indicios del fresco que para la fecha en la que estaban era poco más que inevitable. Los días se estaban volviendo más fríos mientras el otoño se iba y dejaba paso al invierno.
Regina vivía muy cerquita, en el número 400 de la Quinta Avenida, en una moderna urbanización residencial de lujo, mientras que David vivía en el Upper West Side, mucho más cerca de Emma. Sin embargo, ella estaba segura de ser la razón por la que David nunca se había mudado más cerca de su oficina. Y luego estaba Ash, que vivía en el número 1 de Morton Square, con vistas al río Hudson.
Se precipitó hasta el rascacielos que albergaba el HCM y sacó rápidamente el pase de seguridad para poder dirigirse hacia el torno que llevaba a los ascensores. David le había dado el pase cuando le hizo una visita guiada por las oficinas de HCM unos cuantos años atrás, pero apenas lo había usado ya que siempre que venía estaba con él. Por lo que ella sabía, esa cosa podría haber dejado de funcionar, y entonces tendría que identificarse con los de seguridad para que la dejaran pasar.
Solo que, antes de perder todo ese tiempo, a lo mejor se acobardaba, daba media vuelta y se iba. Afortunadamente, no tuvo ningún problema. Bajó la mirada hacia su reloj cuando el abarrotado ascensor llegó, accedió a él y se colocó como pudo al fondo ya que mucha más gente empujaba para entrar. Eran las diez menos cinco y odiaba llegar tarde. Y no es que ahora llegara tarde —al menos no todavía—, pero Emma era una de esas personas a las que siempre les gustaba llegar temprano.
Se ponía nerviosa si no lo hacía, y llegar con tan poco tiempo de antelación la había puesto ansiosa. No tenía nada que ver con que estuviera tan empeñada en obedecer la orden de Regina, tampoco es que ella fuera a querer su cabeza si llegaba tarde. Pero había habido algo en su voz que la hacía mostrarse recelosa de llevarle la contraria. Y si era honesta consigo misma, estaba loca por saber por qué le había dicho que acudiera a la cita de forma tan imperiosa.
Caroline la había precipitado hacia la ducha y la había vestido después como si Emma fuera una niña que no tuviera ni idea de qué llevar ni de cómo vestirse. Tras elegir unos vaqueros que se le ceñían en cada curva, cogió un top y una camiseta ancha que se le caía por un hombro, le llegaba por la cintura y dejaba a la vista una diminuta parte de su vientre si se movía bien. Le secó el largo cabello dándole volumen y ondeándole algunos mechones para darle una apariencia más alocada. Caroline juraba que melenas como la de Emma volvían locos a los hombres o a las mujeres, pero esta última no tenía muy claro que quisiera volver loca a Regina.
Sí, había estado más de una vez en sus fantasías adolescentes —y adultas—, pero, ahora que se había acercado a ella de forma más personal, sentía un inmenso poder que radiaba de ella. La había intimidado y le había hecho pensárselo dos veces antes de decidir si podría algún día manejar a una mujer como ella.
Emma apenas se había puesto maquillaje; no era que no llevara, sino que de alguna forma arreglarse demasiado para esta reunión misteriosa con Regina parecía… desesperada, como si llevara una señal de neón en la cara que dejara claro cuáles eran sus intenciones y sus deseos. ¿Y si se trataba de un encuentro completamente mundano? ¿No se sentiría como una completa idiota si iba vestida para seducirla y luego se daba cuenta de que solo quería saber cómo estaba? De todas formas, ¿quién narices sabía lo que ella estaba pensando?
Regina no era de las que iban contando sus pensamientos y sentimientos al mundo. Justo cuando quedaba un minuto para las diez, Emma salió del ascensor y se apresuró hacia la recepción de HCM. Mulán, la recepcionista, le sonrió y saludó a Emma mientras se acercaba. Emma no tuvo tiempo de decidir si estaba loca por haber aceptado acudir a la cita, ni de serenarse y calmarse antes de lanzarse a los lobos. Apenas tenía un minuto para entrar en la oficina de Regina.
—Había quedado con Regina a las diez —dijo Emma sin aliento.
—Le haré saber que has llegado —dijo Mulán mientras cogía el teléfono.
Emma se dio la vuelta, no muy segura de si él saldría a recepción a buscarla o de si era ella la que tendría que acudir a su despacho. Siempre que había venido a ver a David, había ido directamente hasta allí, no había tenido que esperar como si tuviera una cita.
—Puedes ir a su despacho —le informó Mulán.
Emma se volvió rápidamente y asintió a la vez que respiraba hondo y se dirigía hacia el pasillo donde se encontraban los despachos. Pasó por delante de la de David y se encontró al final del pasillo, donde se encontraba el espacioso despacho de Regina. Se detuvo un momento justo detrás de la puerta y bajó la mirada hacia los dedos del pie, con las uñas pintadas que sobresalían de los seductores zapatos de tacón alto que Caroline le había sugerido.
De repente se sintió como la idiota más grande del universo. Fuera lo que fuere que hubiera poseído a Regina en la fiesta de la noche anterior, seguro que lo había malinterpretado por completo y ahora venía vestida con la única intención de seducirla.
Estaba a puntito de darse media vuelta y volver al ascensor tan rápido como los tacones le permitieran, cuando la puerta se abrió y Regina Mills apareció detrás y se la quedó mirando con atención.
—Me preguntaba si habías cambiado de idea —le dijo.
Ella se sonrojó llena de culpabilidad y rezó por lo que más quería para que la morena no pudiera leer los pensamientos. Lo más seguro era que la culpabilidad estuviera plasmada en todo su rostro.
—Estoy aquí —dijo valientemente a la vez que levantaba la barbilla y le devolvía la mirada.
Regina retrocedió un paso y extendió el brazo.
—Pasa.
Ella volvió a coger aire y se adentró en la guarida del león. Emma ya había visto la oficina de Regina una vez, años antes cuando David la había llevado de visita por toda la planta que HCM ocupaba, pero había estado tan emocionada que todo permanecía borroso en su mente. Ahora sí que se detuvo a estudiar el interior de la oficina con agudo interés. La estancia gritaba «elegancia». y «dinera». por los cuatro costados. El suelo estaba revestido de una sofisticada madera caoba y cubierto parcialmente por una elegante alfombra oriental. Los muebles eran oscuros como el cuero y tenían una apariencia antigua y pintoresca. Algunos cuadros decoraban tres de las paredes mientras que la cuarta estaba cubierta por una amplia biblioteca llena de una mezcla ecléctica de libros. A Regina le encantaba leer. David y Ash siempre se metían con ella y lo llamaban «rata de biblioteca»., pero esa era una pasión que Emma y ella compartían. Cuando Regina le regaló las pasadas Navidades los pendientes y la gargantilla que había llevado puestos la noche anterior, ella le había regalado a su vez una primera edición de una novela de Cormac McCarthy.
—Pareces nerviosa —dijo Regina, adentrándose en sus pensamientos—. No te voy a morder, Emma. Al menos no todavía.
Ella levantó las cejas y Regina le indicó con la mano que tomara asiento frente a su mesa. Movió la silla y le puso la mano en la espalda al mismo tiempo que se sentaba. Mantuvo la mano en su espalda por un rato más, logrando que a Emma le entrara un escalofrío por el contraste del calor de su contacto con el ambiente.
Dejó que los dedos de la mano se deslizaran por su hombro antes de rodear su mesa y sentarse justo enfrente de ella. Durante un largo rato, la morena la miró fijamente hasta que el calor ascendió por el cuello de Emma hasta llegar a sus mejillas.
Regina no solo la miraba; la estaba devorando con los ojos.
—Querías verme —dijo ella en voz baja.
Una de las comisuras de los labios de Regina se arqueó hacia arriba.
—Quiero hacer más que verte, Emma. Si solo quisiera verte, habría pasado más tiempo contigo anoche —la respiración de Emma salió de forma irregular por sus labios, y por un breve lapso simplemente se olvidó de cómo respirar. Se relamió los labios y recorrió su labio inferior con la lengua, inquieta—. Por el amor de Dios, Emma.
Sus ojos se agrandaron.
—¿Qué?
Las fosas nasales de Regina se ensancharon y sus puños se cerraron encima de la mesa.
—Quiero que trabajes para mí.
De todas las cosas que Emma había pensado que pudiera decir, esa precisamente no había sido una de ellas. Le devolvió la mirada, sorprendida, e intentó procesar el hecho de que Regina acababa de ofrecerle un trabajo. Dios, había estado a punto de cagarla enormemente. Sus mejillas se tensaron por la humillación que sentía.
—Ya tengo trabajo —le dijo ella—. Lo sabes.
Regina le hizo un gesto despectivo con la mano y un ruido de impaciencia salió de sus cuerdas vocales.
—Sabes perfectamente que no es un trabajo que esté a la altura de tus capacidades y de tu formación.
—No es que pretenda tenerlo para siempre —se defendió ella—. Los propietarios han sido muy buenos conmigo y están necesitados de personal, así que les prometí que me quedaría con ellos hasta que puedan contratar a otra persona.
Regina le dedicó una mirada de impaciencia.
—¿Cuánto tiempo llevan diciéndote eso, Emma?
Ella se sonrojó y bajó la mirada ligeramente.
—Estás hecha para ser más que una simple dependienta en una confitería. David no ha gastado todo ese dinero y tú no te has pasado todo ese tiempo en la universidad para servir dónuts.
—¡Yo nunca tuve la intención de que fuera algo permanente!
—Me alegro de escuchar eso. Preséntales tu dimisión y ven a trabajar para mí.
Regina se recostó en su silla, mirándola con atención mientras esperaba su respuesta.
—¿Qué trabajo me estás ofreciendo exactamente?
—Serías mi asistente personal.
Solo por la forma en que había pronunciado las palabras, un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. El énfasis que había puesto en «personal». no podía ser obviado.
—Tú no quieres asistentes personales —la acusó—. Nunca has querido. Las odias.
—Es cierto que tú serás la primera en bastante tiempo. Confío en que demostrarás ser una empleada muy competente.
Ahora era el turno de Emma para estudiarla. Entrecerró los ojos y observó su intensa y taciturna expresión.
—¿Por qué? —le preguntó de forma abrupta—. ¿Qué es lo que quieres, Regina? Y ya que estás, explícame lo que pasó anoche. Porque estoy completamente perdida.
La sonrisa que se formó en los labios de Regina fue lenta y deliciosamente arrogante.
—Así que mi gatita tiene garras.
¿«Su». gatita? A Emma no le pasó desapercibido el significado que tenía esa pequeña palabra.
—No juegues conmigo. Hay algo más. ¿Por qué quieres que trabaje para ti?
Su labio superior se frunció y sus fosas nasales se ensancharon mientras la miraba fijamente desde el otro lado de la mesa.
—Porque te deseo, Emma.
De repente un silencio abrumador se instaló en la habitación, ahogando todo sonido excepto por el pulso errático que latía en sus oídos.
—No… entiendo.
Entonces, Regina puso una sonrisa depredadora en sus labios que se deslizó sobre ella como la más suave de las sedas.
—Oh, yo creo que sí.
Se le hizo un nudo en la garganta y sintió mariposas revolotear dentro de su estómago. Esto no estaba ocurriendo, tenía que ser un sueño.
—Lo que sugieres no puede ser —dijo—. Si trabajo para ti… no podemos…
—¿No? —preguntó Regina con sorna.
Se echó incluso más hacia atrás en su silla, indolente y seguro de sí misma, a la vez que se giraba a un lado para poder estirar sus largas piernas. El cuerpo entero de Emma se llenó entonces de calor mientras se movía inquieta en la silla y jugueteaba con las manos en su regazo.
—Esto es demasiado —confesó. Era pobre, completamente pobre como respuesta, pero ¿qué era lo que se suponía que tenía que decir?
Estaba totalmente boquiabierta. El corazón se le iba a salir del pecho. Ella sabía que había mucho más que sus palabras. Había una riqueza de significados en esos marrones ojos que la hacía sentirse perseguida… acosada.
—Ven aquí, Emma.
La firme, pero gentil, orden disipó toda neblina de confusión. Los ojos de Emma se agrandaron al mismo tiempo que se encontraban con los de ella, y entonces se dio cuenta de que Regina estaba esperando a que ella se le acercara. Se levantó con las piernas débiles y se restregó las manos en los vaqueros en un intento de serenarse. A continuación, Emma dio ese primer paso y caminó alrededor de la mesa hasta llegar a la silla de ejecutivo donde ella permanecía sentado. Regina alzó la mano y, una vez tuvo sus dedos entrelazados con los de ella, tiró de Emma para que se sentara en su regazo. Esta aterrizó de forma incómoda, pero Regina se estiró y la acomodó bien para que estuviera acurrucada contra su pecho y pegada justo contra su costado. Con la mano que le quedaba libre hundió los dedos en su cabello y entrelazó los nudillos con sus mechones mientras seguía sosteniéndole la mano con la otra.
—Esta relación que te estoy proponiendo no es tradicional —dijo—. No voy a hacer que te metas de lleno en el tema a ciegas y sin saber exactamente a lo que te estás enfrentando y lo que puedes esperar de nosotras.
—Muy considerado por tu parte —replicó ella con un tono seco. Regina le dio un ligero tirón de pelo.
—Pequeña atrevida —entrecerró los ojos mientras miraba directamente a los suyos. Separó los dedos de los de ella y los llevó hasta sus labios para perfilar la boca de Emma con la punta del dedo índice —. Te quiero, Emma. Y te voy a advertir ahora. Estoy muy acostumbrada a conseguir lo que quiero.
—Así que quieres que trabaje para ti y me quieres… a mí. Físicamente, me refiero.
—Oh, sí —murmuró—. Está claro.
—Y esa relación que propones… ¿Qué quieres decir exactamente con que no es tradicional? —
Regina dudó por un instante.
—Te poseeré —dijo—, en cuerpo y alma. Me pertenecerás.
Oh, guau. Sonaba muy… fuerte. Emma no podía siquiera concebir la idea. La boca se le secó e intentó lamerse los labios, pero se lo pensó mejor al recordar la reacción de Regina cuando lo había hecho momentos antes.
—Te guiaré en todo esto —dijo en un tono mucho más delicado—. No te voy a lanzar a los lobos. Seré paciente mientras aprendes la clase de relación que espero.
—No sé siquiera qué decir ahora —soltó Emma. Regina deslizó su mano sobre el mentón de Emma hasta llegar a su mejilla. Estaban a la misma altura mientras se miraban a los ojos, sus bocas se encontraban a pocos centímetros de distancia.
—Creo que ahora es cuando me dices las oportunidades que tengo —la animó Regina—. ¿Me deseas tanto como yo te deseo a ti?
Oh, Dios. ¿Esto estaba ocurriendo de verdad? ¿Se atrevería a decir las palabras en voz alta? Era como estar de pie en la cornisa de un rascacielos mirando hacia abajo, dándole el viento en toda la cara y sabiendo que, si daba un paso en falso, se caería en picado. La boca de Regina se le acercó, aunque no se detuvo en sus labios, sino que continuó rozándole la piel del mentón. Al llegar a la oreja, la mordió, y logró que a Emma le entrara un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo.
—Dime lo que quiero saber —le ordenó en un susurro ronco sobre la oreja.
—S. sí —contestó Emma también con voz ronca.
—Sí, ¿qué?
—Sí, yo también te deseo.
La confesión salió como un suspiro, sus labios rehusaban admitirlo. No podía ni siquiera mirarla a los ojos.
—Emma, mírame. Había algo en su tranquila voz autoritaria que la hacía obedecer y estar muy al tanto de su presencia, de ella como mujer. Le hacía desearla incluso más. Emma desvió su mirada hasta la de ella y vio el fuego que reflejaban sus ojos. Regina agarró su pelo de nuevo y tironeó de él ligeramente mientras jugaba con los rizos.
—Tengo un contrato —dijo—. Cubre cada detalle de la relación que propongo. Quiero que lo leas con detenimiento durante el fin de semana y que me des tu decisión este lunes.
Emma parpadeó rápidamente, tan sorprendida que no podía encontrar las palabras. Cuando lo hizo, la lengua la sentía demasiado grande y difícil de manejar.
—¿Un contrato? ¿Quieres que tengamos un contrato?
—No hace falta que te muestres tan horrorizada —dijo Regina con un tono de voz neutro—. Es para tu protección. y la mía.
Emma sacudió la cabeza, confusa.
—No lo entiendo.
—Mis gustos son extremos, Emma. Lee el contrato y, como he dicho, préstale mucha atención. Después considera si puedes acceder a la clase de relación que pido.
—Vas en serio.
Las cejas de Regina se elevaron y sus labios perdieron toda expresión. Entonces se inclinó hacia delante a la vez que reforzaba su brazo alrededor de la cintura de Emma para evitar que se cayera de su regazo. Alargó la mano hasta el cajón de la mesa y sacó un documento extenso que tenía un clip en una de las esquinas. A continuación, lo dejó sobre su regazo.
—Tómate todo el fin de semana. Léelo con atención. Asegúrate de que lo entiendes y me gustaría tener tu respuesta el próximo lunes por la mañana. Si hay cosas que necesitas que te las aclare, podemos discutirlas entonces también.
—Así que eso es todo —dijo Emma, aún perpleja por todo el asunto—. ¿Me voy a casa, leo tu contrato y entonces nos vemos el lunes para finalizar los términos de nuestra relación?
Regina apretó los labios otra vez pero asintió.
—En pocas palabras, sí. Pero tú haces que suene mucho más impersonal de lo que es.
—No estoy segura de que pueda ser mucho más impersonal —dijo—. Haces que suene como una negociación, como si fuera uno de tus hoteles o resorts.
—No hay ninguna negociación —replicó Regina suavemente—. Recuérdalo bien, Emma. Lees mi contrato y lo firmas o no. Pero si lo haces, te adhieres a esos términos.
Emma pasó la mano por encima de las páginas escritas a ordenador y lo levantó de su regazo. Tras respirar hondo, se incorporó y se apoyó en la mesa con la mano que tenía libre para estabilizarse mientras caminaba hasta el otro lado de la mesa. Ojalá las piernas quisieran cooperar con ella.
—¿Cómo has venido hasta aquí? —le preguntó Regina.
—En taxi —respondió esta débilmente.
Entonces Regina cogió el teléfono.
—Le diré a mi chófer que te lleve de vuelta a tu apartamento y haré los arreglos necesarios para el lunes por la mañana.
—Suenas muy segura de ti misma —murmuró—. De mí
se apartó el auricular mientras la miraba directamente a los ojos.
—Lo único de lo que estoy seguro es de que he esperado demasiado tiempo para tenerte.
