Capítulo 14
Ver a Regina dirigir a la dependienta era una experiencia desconcertante para Emma. Se decidía entre todos los vestidos seleccionados con increíble precisión, desechando rápidamente los que no le gustaban y seleccionando los que sí. Francamente, era la primera vez que Emma iba de compras sin tener ningún poder de decisión sobre lo que quería.
De hecho, era Regina quien asumía esa responsabilidad. Y aunque era raro, resultaba fascinante al mismo tiempo. Obviamente Regina tenía buen ojo para saber lo que le favorecía a una mujer. También era evidente que no tenía ni el más mínimo deseo de que ella llevara nada que dejara demasiado al descubierto, aunque sí muy sugerente. De hecho, había escogido varios vestidos que eran alucinantes y Emma se moría de ganas de probárselos y ver cómo le quedaban. Pero no se podían comparar en nada al vestido que había llevado en la gran inauguración. Cuando se probó el vestido que Regina le había elegido para llevar esa noche, Emma casi se desmayó ahí en medio al ver el precio en la etiqueta.
Era obsceno.
Intentó no pensar en ello mientras se miraba en el espejo, pero era como si una señal de neón estuviera ahí gritándole el precio que marcaba la etiqueta. De todos modos, se lo tendría que devolver a Regina. El vestido le quedaba de maravilla; le resaltaba la figura y el color de la piel. Era de tubo entallado, de un intenso color rojo, y, además de ajustársele perfectamente a las caderas, también se le ceñía en las piernas hasta unos cuantos centímetros por encima de las rodillas. No tenía mangas, y tampoco era escotado. Le dejaba los brazos completamente desnudos, pero nada a la vista por delante ni por detrás. Emma nunca vestía de rojo, y a lo mejor era porque lo considera demasiado… atrevido. O descarado. Pero daba igual, porque el vestido en ese color le quedaba fabuloso. Parecía una sirena sexual. Aunque el vestido no fuera escotado, al ser tan ajustado, le dibujaba perfectamente la forma redonda de los pechos. Se la veía… sofisticada. Y eso le gustaba. La hacía sentirse como si de verdad perteneciera al mundo de Regina.
—Emma, quiero verlo.
La voz impaciente de Regina se coló dentro del probador. Emma estaba sorprendida de que simplemente no la hubiera desnudado en medio de la tienda. La dependienta había cerrado la boutique para la morena y solo estaban ellas dos dentro del establecimiento. Por la cantidad de dinero que le estaba pagando, no le extrañaba que la mujer estuviera impaciente por obedecer sus deseos. Abrió la puerta del probador y, vacilante, salió para que la viera. Regina estaba sentada en una de las cómodas butacas que había justo enfrente y los ojos le brillaron de inmediato cuando su mirada se posó sobre ella.
—Es perfecto —dijo—. Te lo pondrás esta noche.
Se giró y llamó con la mano a la dependienta, que se dirigió hacia ellos.
—Encuéntrele unos zapatos que vayan con este vestido. Ya puede poner también el resto de los vestidos que hemos estado eligiendo para ella, añadir los que considere que le quedarán bien y enviarlos a mi casa. La mujer sonrió
— Sí, señora.
Entonces bajó la mirada hasta los pies de Emma.
—¿Qué número tiene usted, señorita Swan?
—Un treinta y siete —murmuró Emma.
—Creo que tengo los tacones perfectos. Iré a buscarlos.
Un momento más tarde, la dependienta volvió con un par de zapatos con los tacones plateados que parecían tener unos doce centímetros. Antes de que Emma pudiera decirle que de ninguna de las maneras se iba a subir a esos zapatos, Regina frunció el ceño.
—Se matará con ese calzado. Encuéntrele otros zapatos un poco más razonables.
Impertérrita, la dependienta se retiró rápidamente y volvió poco después con un par de zapatos con tacones negros muy elegantes y sensuales, que al menos no parecían tener un alfiler por tacón.
—Esos son perfectos —afirmó Regina.
La morena bajó la mirada hasta su reloj, y Emma pudo ver en su rostro que ya era hora de marcharse. Sin una palabra más, volvió al probador y se quitó el vestido con cuidado de no arrugarlo, y, tras ponerse de nuevo su ropa, se lo dio a la dependienta para que lo envolviera con los zapatos. Cuando salió del probador, Regina la estaba esperando. Le puso la mano en la espalda, que era como estar quemándose a fuego lento, y ambas caminaron hasta la parte delantera de la tienda. ¿Se aplacarían algún día las reacciones que la morena le provocaba? ¿Llegaría el día en que la tocara y ella no se estremeciera? No parecía posible dada la intensidad de la atracción que existía entre ellas. Eran como dos imanes que se atraían inexorablemente.
Tras liquidar las compras con la dependienta, Regina la condujo hasta el coche que los estaba esperando fuera y juntas emprendieron el camino de vuelta al apartamento. Sabiendo que Caroline se iba a preguntar dónde narices estaba, sacó su teléfono y le envió un mensaje.
CON REGINA. NO SÉ SI ME QUEDARÉ OTRA VEZ ESTA NOCHE. TENGO UN EVENTO AL QUE IR. ACABO DE VENIR DE COMPRAS, OMG. TE PONDRÉ AL DÍA LUEGO.
Regina la miró con curiosidad, pero no hizo ningún comentario. Devolvió el teléfono a su bolso, pero apenas unos pocos segundos después el móvil empezó a sonar. Se trataba de la melodía que tenía configurada para cuando llamaba David, así que lo volvió a coger de nuevo.
—Es David —le articuló con los labios a Regina. La morena asintió.
—Hola, David —dijo Emma cuando descolgó.
—Emma, ¿cómo te van las cosas? ¿Todo bien?
—Sí, claro. ¿Qué tal tú? ¿Cuándo vais a volver tú y Ash?
Respuesta que Emma temía porque sabía que cuando David volviera no habría ninguna forma de esconderle que trabajaba para Regina. Y tampoco de saber cuántos rumores o cotilleos podría escuchar referentes a ella y a Regina. No estaba preparada todavía para hacer frente a esta delicada cuestión. Y quizá nunca lo estaría.
—Pasado mañana. Las cosas están yendo bien aquí. Solo quería ver cómo estabas y asegurarme de que todo iba bien.
De fondo, Emma escuchó la risa suave de una mujer y la voz de Ash. Los ojos se le abrieron como platos al recordar la charla que había escuchado por causalidad en el baño.
—¿Dónde estás? —le preguntó.
—En la suite del hotel. Tenemos otra reunión mañana y luego un evento social para conseguir posibles inversores locales por la noche. Cogeremos temprano un vuelo a la mañana siguiente y estaremos de vuelta en Nueva York al mediodía.
Si estaban en la suite del hotel, era obvio que sí que había una mujer con David y Ash. Estaba claro que había mucho que no sabía sobre su hermano. Era un poco raro e incómodo, además de repulsivo, conocer de repente aspectos de su vida sexual, así que… no, gracias. No quería imaginárselo en algún trío ilícito con Ash y otra mujer.
—De acuerdo, te veré entonces.
—Cenemos juntos cuando vuelva. Siento mucho no haber estado contigo en la inauguración, no te he visto apenas últimamente.
—Sí, me gusta la idea.
—Entonces es una cita. Te llamaré cuando llegue.
—Te quiero —le dijo Emma al sentir un arranque de afecto por su hermano mayor. Había sido una pieza vital en su vida. No como figura paternal, sino más bien como una presencia firme en la que apoyarse desde una edad muy temprana. A la muerte de sus padres, no muchos hombres habrían asumido la responsabilidad de hacerse cargo de una hermana muchísimo más pequeña cuando él mismo no era más que un jovencito más.
—Yo también te quiero, peque. Hasta luego.
Emma colgó y se quedó sentada mirando al teléfono por un momento, la culpa la estaba ahogando. Tenía la excusa de que ya era adulta y plenamente capaz de tomar sus propias decisiones. Pero también estaba el hecho de que David y Regina eran muy buenos amigos, además de socios en el trabajo. Meterse entre ellos no era algo que Emma quisiera para nada. Pero, de todos modos, tampoco podía ignorar la incontrolable atracción que existía entre ella y Regina.
—¿Ha pasado algo? —le preguntó Regina. Ella alzó la mirada y le ofreció su mejor intento de sonrisa.
—No, para nada. David quiere cenar conmigo cuando vuelva —entonces hizo una breve pausa y frunció el ceño al recordar que Regina tenía derecho exclusivo para controlar su tiempo—. Supongo que no hay ningún problema, ¿verdad?
Regina suspiró.
—No soy una cabrona, Emma. No te voy a alejar de tus amigos ni de tu familia. Especialmente de David, sé lo unidos que están los dos. Por supuesto que eres libre de ir a cenar con él. Aunque, después, debes volver conmigo.
Ella asintió, aliviada al oír su rápida aprobación. Regina era posesiva y controladora, y ella lo sabía antes de que el contrato hubiera entrado en escena. Pero no tenía forma alguna de saber lo lejos que llevaría las cosas o lo literal que iba a interpretar el contrato.
—Necesito que me respondas a algo, Regina.
La morena la miró confusa.
—Este trabajo, como tu asistente personal, ¿es de relleno? Es decir, me presentaron a todo el mundo como tu asistente personal. Sin embargo, luego viene Mulán, me pide el almuerzo y me lo trae. Resulta una actitud extraña para mi puesto de trabajo y ya hay habladurías…
Regina levantó la mano para hacerla callar con los ojos inundados por una repentina fiereza.
—¿Qué habladurías?
—Llegaré a eso en un minuto —le dijo con impaciencia—. Lo que quiero saber es si mi trabajo va a tener consistencia. Me estás pagando un montón de dinero y yo preferiría ganármelo con mi trabajo y no solo abierta de piernas.
Regina levantó las cejas por la sorpresa de su respuesta.
—No eres ninguna puta, Emma. Te dejaré el culo bien calentito como alguna vez vuelvas a sugerir tal cosa.
Era un gran alivio escucharle decir eso aunque ella nunca había pensado que Regina la viera realmente de esa forma. Quizás era más como ella se veía a sí misma, y no le gustaba cómo eso la hacía sentirse.
—Y respecto a tu pregunta, solo porque no te haya agobiado en tu primer día en la oficina no significa que no vayas a tener mucho trabajo. Te enseñaré mi rutina y te familiarizaré con cómo ayudarme de la mejor manera. Recuerda que esto también es nuevo para mí. No estoy acostumbrada a tener asistente personal y será un cambio al que me tendré que adaptar.
—Yo solo quiero ganarme mi sueldo, Regina. Es importante para mí. Tú eras el que decía que mi talento y mi educación se estaban desperdiciando en La Pâtisserie. No quiero depender solo de los favores sexuales que te doy para sobrevivir en este trabajo.
—Entendido. Ahora, ¿qué narices es eso que has dicho sobre los rumores? ¿Te ha dicho alguien algo? Se arrepentirán de haberlo hecho.
—No a mí. Pero estaba lo bastante cerca como para oírlos. Y no fue intencionado. Estoy segura de que se hubieran muerto de la vergüenza de haber sabido que estaba allí. No sé quién dijo qué; apenas pude procesar todos los nombres y caras cuando me presentaron a la gente. Y tampoco pude ver quién estaba hablando porque estaba en el baño escondiéndome en un retrete.
Regina la miró con incredulidad.
—¿Escondiéndote en el baño?
—Entraron cuando yo ya estaba dentro —le dijo con exasperación—. Tan pronto como empezaron a hablar, quise asegurarme de que no se dieran cuenta de que estaba escuchando la conversación. Fue bastante incómodo.
—¿Qué dijeron?
—Nada que no fuera de esperar.
—Emma —le gruñó—, dime lo que dijeron.
—Se preguntaban si te estabas acostando conmigo. También tenían cosas que decir sobre David y Ash, y, tras esa llamada de teléfono hace un minuto, yo misma me pregunto lo acertados que eran esos rumores.
—Me estoy acostando contigo —dijo la morena como si nada—. Eso no va a cambiar. Y no lo saben con certeza. Ya hemos discutido esto, Emma. Pensarán lo que quieran pensar y eso no lo podemos cambiar. Yo tengo muy claro que no pienso disuadirles de esos rumores porque, si ya se han montado su película, nada de lo que tú o yo digamos va a hacerles cambiar de parecer. No me importa una mierda lo que piensen. Pero deben ser respetuosos contigo, porque como escuche algo, o si te dicen algo a ti directamente, acabaré con la persona responsable de inmediato.
No había mucho más que añadir a eso.
Emma no mencionó la parte donde habían entrado a su oficina a propósito, aunque sintió una punzada de culpabilidad. ¿No debería saber que estaban hurgando en su vida privada? Y es más, ¿no debería saber que el tema del contrato era ahora de conocimiento público? O al menos dentro de la oficina. Toda la situación la ponía incómoda. Su lealtad era para con Regina. Emma no conocía a esas otras mujeres, por lo que no les debía nada. Si Regina averiguaba que ella lo sabía y no le había dicho nada se pondría furioso. Emma suspiró; odiaba la posición en la que se encontraba.
—¿Qué pasa? —le exigió. Ella levantó la mirada sintiéndose culpable y volvió a suspirar.
—Hay algo que deberías saber, Regina.
—Te escucho.
—Eso no fue todo lo que dijeron hoy en el baño.
Regina frunció el ceño con más ímpetu.
—Se trataba de un grupo de mujeres, así que no sé quiénes eran y no tengo ni idea de quiénes podrían ser. Pero también mencionaron tu… contrato. Especularon sobre la existencia de un contrato muy peculiar, y entonces una de las mujeres tomó la palabra y confirmó que ella lo había visto, por lo que sabía que los rumores eran reales.
—¿Cómo diablos puede saber tal cosa?
Estaba claro que Regina no la creía y que se iba a enfadar mucho cuando le dijera cómo lo había averiguado la mujer. Solo esperaba que la información no arruinara toda la velada, porque lidiar con una Regina enfadada y de mal humor no encajaba en las diez mejores formas de pasar la noche con ella.
—Comentó que había entrado en tu oficina, manipulando la cerradura, porque tenía curiosidad, y te registró el escritorio.
—¿Que qué?
El sonido de su voz fue explosivo dentro del coche, y Emma se encogió al escuchar la implícita amenaza.
—Déjame ver si lo he entendido. ¿Ella dice que manipuló la cerradura de mi oficina y me registró la mesa porque tenía curiosidad por saber si el rumor que había sobre mi vida privada era verdad?
La furia que Emma podía escuchar en su voz la puso en alerta. Estaba que echaba humo, el cuerpo entero le temblaba de ira e indignación.
—Eso es lo que dijo —contestó Emma en voz baja.
—Voy a hacerme cargo de esto mañana. Si tengo que despedir a cada uno de los empleados, lo haré. Me niego a tener gente en la que no puedo confiar trabajando para mí.
Emma cerró los ojos. Esto era lo último que quería que pasara. Lo único que quería era que Regina fuera consciente de que podía ser más cuidadosa. Quizás incluso considerar la opción de no tener información privada y personal en la oficina. Entonces Regina le cogió la mano y le dio un apretón para tranquilizarla.
—No tienes de qué preocuparte, Emma. Has dicho que no sabían de tu presencia en el baño. No sabrán que me lo has dicho. Pensarán que una de sus compañeras de oficina la ha traicionado.
—De todos modos, no me tranquiliza saber que soy la responsable de que alguien pierda su trabajo —le dijo aún en voz baja.
—Eres muy compasiva, Emma. Si me ha traicionado de esa manera, no merece trabajar para mí. No tolero la deslealtad de ninguna clase.
Emma suponía que eso era verdad, pero deseó que no hubiera sido ella la que se lo hubiera tenido que decir. El coche se detuvo justo fuera del edificio de apartamentos de Regina y ambas salieron. Cogió las cajas de la tienda de ropa y se encaminaron hacia su apartamento. Tan pronto como estuvieron tras sus puertas, Regina dejó caer las cajas en el suelo y arrastró a Emma hasta el salón para colocarla encima de la gruesa y afelpada alfombra de piel de borrego.
—De rodillas —le dijo con brusquedad. Desconcertada, ella hizo como le había ordenado y se arrodilló encima de la suave alfombra.
Emma podía sentir su excitación y su deseo correr a través de su cuerpo. La rubia sabía qué era lo que le iba a ordenar antes incluso de que la morena abriera la boca. Imaginárselo era lo único que podía hacer para no juntar los muslos y calmar y aplacar el acuciante dolor que tenía entre las piernas. La boca se le hacía agua por las ganas de tenerla entre sus labios y saborearlo con la lengua.
La morena le había dicho que tendría su oportunidad, y ahora era el momento.
—Hoy ha sido todo para ti, Emma. Ahora lo es para mí. Abre la boca.
Apenas tuvo tiempo de procesar la orden antes de que Regina se pegara con su intimidad a sus labios. Emma inspiró profundamente y saboreó su olor y su sabor. Estaba muriéndose por sentirla sobre ella. Lo quería poseyéndola. Nunca tenía suficiente de ella. Regina hundió los dedos en su pelo y le agarró la cabeza.
—Ah, Emma. Tu boca es tan placentera… He soñado con esto. Con que esos bonitos labios me follen y correrme en tu boca.
Ella cerró los ojos cuando sus movimientos se volvieron más vigorosos y provocaron que el cuerpo entero le temblara. No es que fuera ninguna experta haciendo sexo oral, pero tampoco se trataba de una principiante en lo que a sexo oral se refería, así que estaba completamente decidida a hacer que Regina olvidara a todas esas otras mujeres que la habían follado con la boca. Lamió y succionó. El gemido que Regina soltó llenó sus oídos con total satisfacción y avivó la confianza que sentía en sí misma, así que tomó la iniciativa y lo acogió con más profundidad dentro de su boca.
—Joder —gimió—. Eso es, nena. Más adentro, más fuerte. Me encanta sentirte. Eso es.
Los dedos se enredaron con más fuerza en su pelo hasta que a Emma le fue imposible moverse. Se dio cuenta de que Regina quería el control. Quería dirigir la acción. Por tanto, ella accedió y le dejó que se saliera con la suya. Relajándose, echó la cabeza hacia atrás para poder acogerla, Emma quería que la morena estuviera satisfecha. Quería sacudir todo su mundo.
—Dios, lo que me haces… —dijo con voz ronca —. Quédate de rodillas, Emma. Voy a correrme en tu boca.
Ella podía saborear los fluidos de la morena, así que sabía que estaba cerca. Todo el cuerpo de Regina estaba completamente tenso, señal de que el inminente orgasmo estaba a punto de estallar. No era un baile sensual y lento hasta encontrar placer al final, no. Más bien iba rápido y directo al grano. Regina comenzó a moverse rápido y con fuerza. Aunque Emma supo que su orgasmo estaba a punto de llegar. La morena tiró del pelo hasta rozar el límite del dolor, pero la rubia lo ignoró. Regina se puso de puntillas y empujó las caderas hasta que Emma estuvo casi abrumada por la profundidad de su entrada. Cuando terminó, le soltó el pelo por fin y lentamente dejó que su miembro se saliera de su boca. Emma tragó y tosió y tragó otra vez con ojos lacrimosos, pero se obligó a sí misma a fijar su mirada en la morena. Quería ver su satisfacción, su aprobación. Sin embargo, todo lo que encontró fue arrepentimiento.
Regina la agarró con suavidad para ponerla de pie y le acarició los brazos desde los hombros hasta las muñecas mientras la miraba fijamente.
—No tengo remedio contigo, Emma. Te hago promesas que no puedo cumplir. No soy yo cuando estoy contigo. No estoy siquiera segura de gustarme ahora mismo. Pero no puedo parar. Dios, incluso si eso hace que me odies, no puedo parar. Y no pararé. La necesidad que tengo de ti me consume y no se va.
Impresionada por su franca admisión, Emma solo pudo mirarla a los ojos mientras su corazón latía y golpeaba contra las implicaciones que esa confesión conllevaría. Regina le acarició la mejilla con suavidad con el arrepentimiento aún ensombreciendo sus ojos.
—Ve y vístete para esta noche. No nos quedaremos demasiado tiempo en la fiesta, así luego podremos ir a cenar.
