Capítulo 15

Regina estuvo callada y pensativa durante todo el trayecto hasta el club de jazz, en el Village, donde la fiesta se iba a celebrar. Emma seguía mirándola con nerviosismo; podía ver la inseguridad instalada en sus ojos pero, a pesar de querer tranquilizarla, no se vio capaz de hacerlo. ¿Cómo podría? Estaba desquiciada. La avergonzaba conocer el poco control que tenía cuando estaba a su alrededor. Ella nunca, nunca había mostrado tal falta de dominio sobre sí misma con ninguna otra mujer.

Sus acciones y respuestas siempre eran precisas; con Emma, no tenía ni una ínfima parte de la calma y la distancia que había sido parte de su vida desde que había sido un adolescente. Dios, pero si lo único que había hecho había sido vapulearla. La había llevado de vuelta al apartamento como si estuviera poseída por el diablo, la había puesto de rodillas y luego ... El asco que sentía hacia sí misma no conocía límite, y, aun así, no podía arrepentirse de lo que había hecho. Peor aún, sabía que lo iba a volver a hacer una y otra vez. Ya estaba muriéndose de ganas de volver a casa para así poder tenerla debajo de ella en la cama. Le había cabreado la falta de respeto que le habían mostrado a Emma en la oficina los otros empleados, pero ella también era una gran hipócrita.

Regina le había faltado al respeto muchísimo más al haberla tratado como la puta que ella temía ser. No es que ella nunca, ni siquiera una vez, la hubiera considerado tal cosa, pero sus actos hasta ahora no se habían correspondido con sus intenciones para nada. Su calentura estaba ocupándose de pensar por ella y no le importaba una mierda que quisiera ir más despacio para no abrumarla desde el primer día, sino que quería más. Sus manos y su boca querían más, su deseo por ella era tan incontenible que no había mostrado ningún signo de querer decaer hasta ahora. En cualquier caso, su deseo había aumentado cada vez que le había hecho el amor.

Hacer el amor.

Se quería reír. Ese era un término mucho más suave que lo que había hecho. Quizá lo había pensado en un intento de poder sentirse mejor. Porque lo que realmente había hecho había sido follársela sin descanso, había cruzado la fina línea que existía hasta llegar a maltratarla, y, a pesar de todos los remordimientos que sentía, sabía que la próxima vez no sería para nada diferente sin importar las intenciones que ella tuviera. Podría decir todo lo que quisiera, pero era una maldita mentirosa y ella lo sabía.

—Ya estamos aquí, Regina —dijo Emma tocándole el brazo con suavidad.

Salió de su ensimismamiento y se dio cuenta de que acababa de aparcar en la esquina del club. Se recompuso con rapidez y bajó del coche. A continuación, se dirigió hasta el lado donde estaba Emma para abrirle la puerta y la ayudó a bajar. Estaba increíblemente asombrosa. Tuvo la sensación de que, a pesar de haber elegido a propósito el vestido más tapadito para ella, iba a llamar la atención de la misma forma que si hubiera ido vestida con el que se puso para la inauguración.

Emma era una mujer muy atractiva, tenía algo tan especial dentro de sí que hacía que todos se fijaran en ella. Podría llamar la atención hasta vestida con un saco de patatas. Regina la cogía de forma informal del brazo y así la guio hasta la entrada. Usó toda la fuerza de voluntad que tenía para controlarse y no pegarla directamente contra su cuerpo para que todo el mundo viera que era suya, pero no la avergonzaría, y no pondría en juego su relación —o la de ella misma— con David.

Con saber que le pertenecía a puerta cerrada ya era suficiente, pero que Dios los ayudara si veía a otras personas babeándole encima esta noche. Cuando llegaron a la entrada del salón reservado para la fiesta, Regina mantuvo una distancia prudencial entre ambas. Cada instinto que tenía en el cuerpo le gritaba que la acercara hacia ella y que le pusiera el letrero invisible de «No tocar» sobre la frente, pero se obligó a sí misma a permanecer tranquila y distante. Emma estaba aquí en calidad de trabajadora, nada más.

No era ni su cita, ni su amante, ni su mujer, aunque tanto ella y la rubia supieran que sí lo era.

Nada más entrar, Mitch Johnson los vio entre la multitud y los saludó con la cabeza antes de encaminarse hacia donde ellas estaban.

—Comienza el espectáculo —murmuró Regina.

Emma hizo un pequeño reconocimiento de todas las personas que conformaban la multitud y enseguida se concentró en Mitch, que ya estaba casi llegando hasta ellas. Dibujó una sonrisa sincera en su rostro y se quedó junto a Regina con todos los sentidos alerta mientras ambas esperaban.

—Regina, me alegra ver que has podido venir a pesar de haberte avisado con tan poca antelación — dijo Mitch extendiendo la mano.

—No me lo podría perder —contestó con diplomacia. Entonces se volvió hacia Emma. —Mitch, me gustaría que conocieras a mi asistente personal, Emma Swan. Emma, este es Mitch Johnson.

Ella estrechó su mano con una sonrisa amable y seductora.

—Es un placer conocerle, señor Johnson. Gracias por invitarnos.

Mitch parecía estar más que encantado con Emma, un hecho que hacía que Regina quisiera gruñir. Sin embargo, Regina se obligó a tranquilizarse. Mitch estaba felizmente casado y no era de la clase de hombre que tenía aventuras. Pero la estaba mirando, y eso ya era más que suficiente para cabrear a Regina.

—El placer es todo mío, Emma. Por favor, llámame Mitch. ¿Puedo traeros algo de beber? Regina, hay algunas personas que quiero que conozcas.

—Para mí, no, gracias —murmuró Emma. Regina sacudió la cabeza.

—Yo quizá luego.

Mitch extendió el brazo hacia la multitud en señal de invitación.

—Si me acompañáis, haré las presentaciones oportunas. He estado hablando con algunos colegas y están muy interesados en tu proyecto de California.

—Excelente —contestó Regina con satisfacción.

Tanto la morena como Emma siguieron a Mitch a través del gentío y este les fue presentando a varios invitados. Durante todo el tiempo que se habló de negocios, Emma permaneció a su lado con evidente interés en el rostro. La verdad es que era realmente buena. Probablemente la velada estaba resultando de lo más aburrida para ella, pero Emma no dejaba ver que fuera así. Se sorprendió por completo cuando, en una de las pausas entre conversación y conversación, miró a Trenton Harcourt y le preguntó:

—Por cierto, ¿cómo le está yendo a su hija en Harvard? ¿Está disfrutando de sus estudios?

Trenton pareció quedarse de piedra, pero luego sonrió abiertamente.

—Le está yendo muy bien. Mi mujer y yo estamos muy orgullosos de ella.

—Estoy segura de que Derecho Mercantil es una carrera complicada, pero piense en lo útil que podría ser para sus propios fines cuando se gradúe. Siempre es bueno tener gente preparada dentro de la familia —dijo Emma con un brillo en los ojos.

El grupo se rio y Regina sintió una oleada de orgullo. Aparentemente sí que había estudiado. Entonces la observó mientras se adueñaba de la conversación y comenzaba a dirigir comentarios personalizados a los otros hombres presentes. Mantuvo un ritmo fluido que tuvo a todos los hombres completamente hipnotizados. Regina la contempló atentamente mientras esperaba que los otros le dedicaran alguna mirada inapropiada o algún comentario, pero los hombres se comportaron de forma cortés y parecieron estar totalmente encantados por su dulzura.

—¿Es familia de David Swan? —le preguntó Mitch cuando la conversación tuvo una pausa. Emma enmudeció, pero mantuvo la compostura.

—Es mi hermano —la voz le salió casi como a la defensiva, detalle que Regina captó pero que dudaba de que los otros lo hubieran percibido.

—Yo la pillé primero —informó Regina desinteresadamente—. Es inteligente y perfecta para ser mi asistente personal. No me importa pelearme con David para ver quién la va a involucrar en el mundo de los negocios. Los otros se rieron.

—Eres una persona lista, Regina. Siempre has sido un hueso duro de roer en los negocios. Pero bueno, el ganador se lo lleva todo, ¿no es así? —dijo Trenton.

—Exactamente —contestó Regina—. Emma es una pieza valiosa que no tengo intención de dejar que se me escape de las manos.

El rostro de Emma se encendió de la vergüenza, pero, de solo ver la satisfacción que se reflejó en sus ojos, a Regina le mereció la pena hacer el esfuerzo de dejar claro que la valoraba como empleada.

—Si nos perdonáis a Emma y a mí, estoy viendo a otras personas a las que me gustaría saludar también —se disculpó Regina con suavidad.

Esta posó la mano en el codo y la alejó del grupo. Estaban empezando a caminar a través del salón para hacerse con algo para beber, cuando de repente Regina se quedó paralizada en el sitio y fijó la mirada sobre la puerta de la entrada. Entonces maldijo por lo bajo. Emma la escuchó y la miró con el ceño fruncido, pero a continuación siguió la mirada hasta la puerta e hizo una mueca con los labios.

Su padre acababa de entrar en la sala con una rubia impresionante y mucho más joven que él del brazo. Maldita sea. ¿Qué estaba haciendo su padre aquí? ¿Por qué no se lo había dicho para que al menos hubiera estado preparado? Tras ver a su madre el pasado fin de semana e intentar por todos los medios subirle los ánimos, lo enfurecía ver aquí a su padre con su última adquisición. Emma le tocó en el brazo con el rostro lleno de simpatía. No había forma alguna de evitar el encuentro; su padre lo había visto y ya se estaba acercando a ella a través de la multitud.

—¡Regina! —dijo su padre con los ojos brillándole mientras se acercaba—. Me alegro de haberte encontrado aquí. Ha pasado bastante tiempo desde la última vez que nos vimos.

—Papá —contestó la morena con sequedad.

—Stella, quiero que conozcas a mi hija, Regina. Regina, esta es Stella.

Regina asintió con brusquedad pero no se regodeó en el saludo con más entusiasmo. La piel le hormigueaba, lo único que quería era estar bien lejos de la situación que tenía frente a sus narices. No podía ver más que el rostro de su madre, la tristeza de sus ojos. La confusión y la traición que aún sentía después de que su marido —durante treinta y nueve años— la abandonara de buenas a primeras.

—Es un placer —dijo ella con voz ronca y comiéndosela enterita con los ojos.

—¿Cómo has estado, hijo? —le preguntó su padre. Si él había notado la incomodidad del momento, no la expresó. O quizás es que no tenía ni la más remota idea de todo el daño que había causado a su familia por culpa de sus actos.

—Ocupada —le dijo Regina con sequedad.

Su padre sacudió un brazo de forma despectiva.

—Como si eso fuera algo nuevo. Deberías tomarte unas vacaciones. Un descanso. Me encantaría tenerte en casa y ponerme al día con todo lo que te ha pasado últimamente.

—¿Qué casa?

La voz de Regina habría congelado hasta el mismísimo infierno.

—Oh, la que me he comprado en Connecticut —contestó su padre animadamente—. Me encantaría que la vieras. Podríamos quedar para cenar. ¿Estás libre por la noche algún día de esta semana?

Regina apretó la mandíbula hasta que esta le comenzó a doler. Emma se aclaró la garganta con suavidad y dio un paso al frente con una sonrisa amable dibujada en el rostro.

—¿Le gustaría beber algo, señor Mills? Voy a ir al servicio un momento pero a la vuelta estaría encantada de traeros algo a usted y a Regina.

El padre de Regina la miró con confusión durante un momento antes de que sus ojos brillaran llenos de reconocimiento.

—¿Emma? ¿Emma Swan? ¿Eres tú de verdad?

El padre de Regina solo la había visto en dos ocasiones, cuando Emma era mucho más joven, y solo por unos breves instantes. Se sorprendió de que su padre la recordara siquiera. Ella asintió.

—Sí, señor. Estoy ahora trabajando para Regina como su asistente personal.

Su padre sonrió y se inclinó para darle un beso a Emma en la mejilla.

—Dios, cómo has crecido. La última vez que te vi fue hace años. Te has convertido en una muchacha encantadora.

—Gracias —dijo Emma—. Entonces, ¿qué me dice de la bebida?

—Whisky escocés con hielo —respondió su padre.

—Nada para mí —añadió Regina sin expresión alguna.

Emma le envió una mirada llena de simpatía y entonces se dirigió hacia el baño de señoras. No podía culparla. Había tanta tensión en el ambiente que la situación era extremadamente incómoda. Regina la observó mientras se alejaba y se dio cuenta de lo mucho que ella también quería largarse de ese lugar. Quería estar en su apartamento, a puerta cerrada, con Emma en sus brazos y perdiéndose en su cuerpo una y otra vez.

—Entonces, ¿qué hay de esa cena? —persistió su padre.

Emma se escapó hasta el lavabo de señoras aliviada. Ya que no tenía necesidad de usar el servicio y solo era una excusa para alejarse de la incómoda situación entre Regina y su padre, se retocó los labios y se contempló en el espejo. Para su sorpresa, la puerta se abrió y Stella entró. Se colocó justo al lado de Emma y la miró de forma ostensible antes de retocarse también con el pintalabios.

—Bueno, dime —comenzó Stella, aún aplicándose el carmín —. ¿Es cierto el rumor sobre Regina Mills y las expectativas que tiene con sus mujeres?

Sorprendida, Emma casi dejó caer su barra de labios al suelo, pero se movió con torpeza para intentar agarrarlo de nuevo y luego se giró hacia Stella; se había quedado de piedra ante su descaro.

—Aunque supiera los detalles de la vida personal de la señora Mills, de ningún modo traicionaría tal confianza.

Ella puso los ojos en blanco.

—Oh, vamos. Dame alguna pista. Me encantaría poder acostarme con ella, y si es una bestia en la cama tal y como sospecho, pues mejor que mejor.

Emma sacudió la cabeza.

—Estás aquí con su padre.

Stella movió la mano con un gesto despectivo.

—Solo por dinero. Pero Regina tiene mucho más y es más joven. Si puedes tener al Mills más joven, ¿por qué no ir a por ella? ¿Tienes algún consejo que darme? Tú trabajas para ella, estoy segura de que habrás tenido que lidiar con sus otras mujeres en algún momento.

Emma no debería haberse sorprendido, pero, francamente, estaba confundida por la avaricia y el tono tan insolente y directo de la otra mujer. Sin saber siquiera cómo empezar a responder, Emma simplemente se dio la vuelta y salió del cuarto de baño. No podía hacer más que sacudir la cabeza mientras se encaminaba hacia el bar, no se podía creer el gran atrevimiento de la mujer. Pidió un whisky escocés y esperó mientras el camarero lo preparaba. Después, se dio la vuelta y buscó a Regina y a su padre entre el gentío. Aún estaban justo donde ella los había dejado, y Regina parecía de todo menos contento. Su rostro denotaba frialdad, y sus ojos severidad. Era como si estuviera enfrentándose a un oponente al que de verdad deseara borrar de la faz de la tierra. Emma suspiró. Sabía que tenía que ser una lástima que tus padres se separaran después de tantos años. Regina había crecido en un ambiente estable y familiar mientras que ella y David habían estado luchando por volver a recomponerse cuando sus padres murieron. Mirándolo bien, el divorcio de los padres de Regina se parecía bastante a haberlos perdido a ambos aunque siguieran estando vivos, porque nada volvería a ser otra vez igual y ella no tendría más remedio que entender a sus padres como entidades separadas.

Emma hizo un mohín con los labios cuando vio a Stella volver a donde Regina y su padre se encontraban. La mujer no vaciló lo más mínimo en coger del brazo a Regina mientras le sonreía radiante y flirteaba con ella con descaro. La risa de Stella sonaba como un tintineo, y esta se hizo evidente a los oídos de Emma cuando se acercó un poco más a ellos con la bebida. Para su sorpresa, Regina le devolvió la sonrisa a la mujer con una propia, seductora y matadora, que hizo que Emma retrocediera al instante. Era una sonrisa que Regina usaba cuando estaba de caza. Una sonrisa que le indicaba a la mujer que no había ninguna duda de que estaba interesada. ¿Qué narices estaba pasando? Emma se quedó a unos cuantos pasos de ellos, que aún no se habían percatado de su presencia, e intentó controlar la feroz envidia —y rabia— que le corría por las venas. Intentó recordarse que ella no era una persona celosa, pero a la mierda. Estaba loca de celos y no quería más que arrancarle a esa rubia los pelos de raíz.

¿Se había vuelto loca? ¿Este era el tipo de mujer que le atraía? ¿Una que solamente se interesaba en ella por lo que pudiera pillar económicamente?

Estaba claro que la morena prefería evitar los enredos emocionales en sus relaciones. Lo había dejado más que claro. Pero habiendo un contrato firmado con Emma de por medio, tendría que pasar por encima de su cadáver si quería flirtear con esa zorra. Les daría una buena tunda a ambas si hacía falta. Emma se acercó a ellos y le tendió la bebida al padre de Regina.

—Gracias, querida —dijo el señor Mills con una sonrisa amable. Stella le hizo entonces un mohín a Regina.

—Baila conmigo, Regina.

La música está ahí desperdiciándose y yo estoy más que lista para bailar. Regina se rio entre dientes y a Emma el sonido la puso de los nervios.

—Si nos perdonas… —le dijo Regina a su padre.

Ni siquiera la miró a ella cuando condujo a Stella hasta el área reservada para bailar. Emma se las quedó mirando completamente atónita mientras Regina la estrechaba entre sus brazos — acercándola mucho, muchísimo, más cerca de su cuerpo de lo que era necesario en cualquier baile casual — y le regalaba una sonrisa. ¡Una sonrisa! La morena, que apenas sonreía a nadie. La había dejado con su padre, una situación bastante incómoda dado el hecho de que Regina se había largado con la que era su acompañante. Y no podría escaparse al cuarto de baño otra vez. Ya había utilizado esa excusa. Se dio cuenta de que el señor Mills había fruncido el ceño mientras su mirada se dirigía al punto de la sala donde Regina y Stella estaban bailando.

Ella misma era incapaz de desviar la suya. Cuando vio a Regina deslizar una de sus manos por el cuerpo de la mujer de manera provocativa, la furia le aumentó por momentos. A la mierda con todo. No se iba a quedar en la fiesta cuando Regina estaba manoseando a otra tía delante de sus narices. ¡Y nada menos que con la mujer con la que estaba saliendo su padre! Ya había hecho su trabajo. Había sido amable y cordial, había encantado a los inversores y había soltado de un tirón toda esa información inútil que había estado memorizando durante toda esa tarde. Tenía mejores cosas que hacer. Principalmente irse a casa y desahogarse con Caroline.