Capítulo 20

Enfurruñarse era una actitud infantil e inmadura, pero le daba igual y ahí estaba haciendo un puchero como si fuera una niña de dos años. Ella sabía perfectamente lo que le estaba haciendo, y Emma ya estaba fantaseando seriamente con todas las formas con las que pudiera hacerlo sufrir a la morena.

Incluso tras el asombroso orgasmo que le había provocado, seguía inquieta y de los nervios. ¡Necesitaba correrse otra vez! Ese maldito dildo la estaba volviendo loca, y Regina lo sabía.

Regina estaba sentada, así sin más, al otro lado de la sala, frente a su mesa, y actuaba como si no acabaran de follar como animales sobre esa misma mesa. El interfono sonó, un hecho poco usual, y Emma, como siempre, lo ignoró y se centró en la tarea que Regina le había puesto para ese día en particular. Pero cuando escuchó lo que Mulán dijo, inmediatamente puso la oreja mientras intentaba aparentar que no estaba prestando ni la más mínima atención.

—Señora Mills, eh… la señora Mills está aquí y quiere verle.

Regina se enderezó en la silla con un gesto de sorpresa en todo el rostro.

—¿Mi madre? Claro, dile que entre.

Al otro lado de la línea se escuchó una ligera e incómoda tos.

—No, señora. Dice que es su esposa.

Emma apenas pudo controlar la boca antes de que se le abriera de la estupefacción. Guau… la mujer tenía ovarios para presentarse en la oficina de su exmarido afirmando ser la señora Mills.

—Yo no tengo esposa —respondió Regina glacialmente.

Se escuchó un suspiro y Emma sintió pena de Mulán. Esta situación tenía que ser tremendamente incómoda para ella.

—Dice que no se irá hasta que la reciba, señora.

Oh, mierda. Esto no podía terminar bien. Emma alzó la mirada esperando ver a Regina furiosa. Pero se veía tranquila e impávida. Como si el hecho de que su exmujer viniera a la oficina fuera algo normal y corriente.

—Dame un minuto y luego dile que entre —dijo Regina con un tono neutro. Entonces levantó la mirada hasta Emma. —Si nos perdonas… Puedes esperar con Mulán o tomarte un descanso.

Emma se levantó más contenta que unas pascuas por salir del despacho. La temperatura había caído sus buenos diez grados. Caminó tan rápido como pudo al tener el maldito dildo metido en el culo, y salió justo cuando la ex de Regina estaba entrando en el pasillo. Emma la había visto antes. Había visto fotos. Daniela era una mujer guapa. Era alta y elegante y no tenía ni un pelo mal colocado. Era la mujer perfecta para una mujer como Regina. Se la veía tan refinada y rica como la propia Regina.

Hacían muy buena pareja, tuvo que admitir Emma. Con el pelo rubio platino de Daniela y el casi negro azabache de ella, contrastaban a la perfección. Los ojos de Daniela eran de un verde apagado mientras que los de Regina eran de un exquisito avellana intenso. Daniela pasó por su lado mientras le sonreía ligeramente. Era humillante para Emma estar ahí con un dildo que Regina le había insertado no mucho antes mientras su exmujer desfilaba por su lado. Las mejillas le tenían que estar ardiendo.

—Gracias —murmuró Daniela.

Emma cerró la puerta cuando esta entró y se paró un momento a pensar en los valores éticos de lo que estaba contemplando hacer. A la mierda. ¿Qué es lo peor que podría suceder? ¿Más azotes? Pegó la oreja a la puerta y luego echó una mirada con nerviosismo al pasillo para asegurarse de que nadie la veía. Se estaba muriendo de curiosidad, y, posiblemente, a lo mejor también se sentía un poco amenazada por la visita de Daniela. La hacía sentirse insegura y… celosa. Sí, podía admitir los celos que tenía de la otra mujer. Después de todo, ella había tenido lo que Emma no tuvo y nunca tendría. El corazón de Regina. Escuchó con atención y al final pudo pillar y descifrar sus palabras conforme sus voces se alzaban.

—Cometí un error, Regina. ¿No puedes perdonar eso? ¿Estás dispuesta a darle la espalda a lo que tuvimos?

—Tú fuiste la que se marchó —dijo Regina en un tono tan frío que a Emma le entró un escalofrío—. Esa fue tu elección. También fue tu elección mentir sobre nuestra relación y burlarte de todo lo que compartimos. Yo no te di la espalda, Daniela. Tú me la diste a mí.

—Te quiero —le dijo ella con una voz tan suave que Emma tuvo dificultades para entender—. Te echo de menos. Quiero que volvamos a estar juntas. Sé que aún sientes algo por mí. Lo veo en tus ojos. Me arrastraré, Regina. Haré lo que sea que tenga que hacer para convencerte de que lo siento.

Maldita sea, debían de haberse alejado de la puerta, ¡porque no escuchaba nada!

—¿Qué estás haciendo? Emma se enderezó al instante y pegó un bote del susto.

—¡Maldita sea, Ash! ¡Me has asustado!

Él cruzó los brazos encima del pecho y la observó con diversión.

—¿Hay alguna razón en particular por la que tengas la oreja pegada a la puerta de Regina? ¿Te ha echado? ¿Ya has provocado la ira del jefe? Ves, deberías venir a trabajar para mí. Yo te mimaría y te querría y sería amable contigo.

—Oh, por el amor de Dios, Ash. Cállate. Estoy intentando escuchar.

—Eso es evidente —le dijo con sequedad—. ¿A quién estamos escuchando a escondidas?

—Daniela ha venido a verlo —siseó Emma —. ¡Y mantén la voz baja o nos oirán! La sonrisa de Ash se apagó de forma progresiva y en su lugar apareció un gesto de preocupación.

—¿Daniela? ¿Su exmujer? ¿Daniela?

—Esa misma. Estaba intentando enterarme de lo que pasaba. Lo único que he pillado es que ella lo siente y quiere volver.

—Por encima de mi cadáver —murmuró Ash—. Muévete, que quiero escuchar.

Emma se apartó lo suficiente como para que ambos pudieran poner la oreja sobre la puerta. Ash puso un dedo sobre los labios para indicarle a Emma que se quedara en silencio. ¿En serio? Si ella era la que estaba intentando que él se callara.

—Ah, mierda. Está llorando —volvió a murmurar Ash—. Que una mujer llore nunca es bueno. Regina no puede soportarlo. Se muere cuando una mujer llora y esa zorra lo sabe.

—¿No crees que estás siendo un poco duro? —le dijo Emma.

—Ella lo jodió, se la jugó a Regina pero bien jugada, Emma. Yo estaba ahí. Y también David. Si alguna vez tienes dudas, pregúntale a David lo destrozado que se quedó cuando le contó a los medios todas sus mentiras. Es una imbécil como no la eche ya de la oficina.

—Bueno, eso es lo que estoy intentando averiguar, si es que te puedes quedar calladito —le dijo con paciencia.

—Cierto —contestó Ash, y se quedó en silencio al mismo tiempo que ambos se pusieron a escuchar una vez más.

—No me voy a rendir, Regina. Sé que me quieres y yo aún te quiero. Estoy dispuesta a esperar. Sé que tienes tu orgullo.

—No esperes mucho rato —le soltó Regina mordazmente.

—Mierda, se están acercando —dijo Ash. Agarró a Emma del brazo, la arrastró por el pasillo y luego la metió dentro de su despacho—. Siéntate —le indicó—. Actúa como si hubiéramos estado pasándolo pipa.

Él se precipitó hacia su mesa y plantó el culo en la silla antes de poner los pies encima de la pulida superficie. Ni tres segundos después, Daniela pasó dando zancadas con el rostro enrojecido por las lágrimas. Se estaba poniendo las gafas de sol para esconder lo evidente al mismo tiempo que desaparecía por el pasillo.

—Quédate aquí —le dijo Ash con suavidad—. No quiero que vuelvas a la guarida del león tan pronto después de esa confrontación.

Un sonido fuera hizo que ambos levantaran la vista de nuevo para ver a David pasar por delante de su puerta. Se detuvo cuando vio a Emma, y parpadeó para comprobar que estaba viendo correctamente. Entró en el despacho con la frente fruncida, y Emma, en silencio, gimió. Esto ya se pasaba de incómodo. Estaba atrapada en el despacho de Ash con David, tenía un dildo anal metido en el culo mientras Regina se encontraba en la habitación de al lado esquivando los tejos que le estaba tirando su exmujer.

—¿Qué pasa? ¿Por qué está Emma aquí?

Ash negó con la cabeza.

—¿No puedo saludar a mi chica favorita?

—Corta el rollo, Ash. No seas imbécil —gruñó David—. ¿Era Daniela a la que he visto salir de la recepción?

—Sí —contestó Ash—. De ahí que Emma esté aquí conmigo. La estoy librando de la ira de Regina al estar todavía tan reciente el encuentro con su ex.

—¿A qué narices ha venido? —inquirió David. Estaba claro que ni a Ash ni a David les caía bien Daniela.

Su lealtad para con Regina era fuerte y los tres se unieron más aún tras el divorcio.

—Ash y yo estuvimos escuchando a hurtadillas en la puerta —dijo Emma. David arqueó una ceja. —¿Y quieres conservar tu trabajo? Regina te cortaría la cabeza y ni siquiera yo podría salvarte.

—¿Quieres saber lo que hemos escuchado o no? —Emma sacudió la cabeza con impaciencia. David asomó la cabeza por la puerta para controlar el despacho de Regina y luego volvió a entrar y cerró la puerta del despacho de Ash tras de sí.

—Soltad prenda.

—Quiere volver —dijo Ash arrastrando las palabras—. Y también se marcó un numerito.

—Ah, joder —murmuró David—. Espero que la haya mandado a la mierda de una vez por todas.

—No estoy segura de lo que le dijo —murmuró Emma—. Alguien no quería callarse para que pudiera escuchar.

—Te garantizo que Regina no cayó en su mentira —dijo Ash echándose hacia atrás en la silla y cruzando los brazos sobre el pecho. Emma no estaba tan segura. Después de todo, Regina había estado casado con ella. El final de su relación era lo que había formado la base de todas y cada una de las relaciones que habían venido después, incluyendo la suya propia con ella. Eso decía lo mucho que lo había afectado. Puede que estuviera enfadada, eso no lo dudaba ni por un segundo, pero eso no significaba que Regina ya no la amara y que no fuera a intentar hacer que las cosas funcionaran si eso implicaba que la iba a tener otra vez bajo sus condiciones.

—Voy a darle una buena hostia —murmuró David. Entonces miró a Emma y alargó la mano para despeinarla con la mano.

—Aún tenemos esa cena mañana por la noche, ¿verdad? ¿A qué hora quieres que te recoja?

—¿Qué? ¿Y a mí no me invitáis? —preguntó Ash con horror.

—¿No tienes a quién más molestar? —le replicó David. La expresión de Ash se puso tensa por un momento y luego murmuró: —Una reunión familiar. Yo paso.

El corazón de Emma se ablandó e incluso David hizo una mueca, con el rostro lleno de compasión. Ash y su familia no se hablaban. Nada. Ash ni siquiera intentaba poner buena cara; si su familia iba a ir a algún lado, él se buscaba algún otro plan para estar en otro sitio diferente. Y la mayoría de las veces era con David o Regina.

—Oh, deja que venga —dijo Emma manteniendo la voz suave para que Ash no se diera cuenta de lo que estaba haciendo—. Me evitará que me des la charla por Dios sabe qué. Ash me defiende.

—¿Ves? A ella le caigo mejor —dijo Ash con suficiencia.

—Está bien, ¿a qué hora quieres que te recojamos? —preguntó David con falsa resignación.

—A las seis me va bien. ¿Os viene bien a vosotros? No voy a necesitar mucho tiempo para cambiarme y estar lista. ¿Vamos a tomar algo en plan informal, o cómo?

—Yo sé de un pub genial donde se cena muy bien justo en tu calle, peque. Así que ponte vaqueros y vamos allí —dijo David. Lo que significaba que estaba haciendo esto por ella, ya que eso de salir a pubs no iba exactamente mucho con él.

— Perfecto.

La puerta se abrió y Regina asomó la cabeza con la frente fruncida.

—Eh, tíos, ¿habéis visto a…?

Se paró cuando vio a Emma sentada frente a la mesa de Ash y luego miró a este y a David con sospecha.

—¿Estoy interrumpiendo algo?

—Para nada —dijo Ash con aire despreocupado—. Solo estábamos haciéndole compañía a Emma mientras tú te liabas y te reconciliabas con tu ex.

Los ojos de Emma se abrieron como platos ante el atrevimiento de Ash. Joder, iba a conseguir meterlos a ambos en problemas con Regina.

—Cierra la puta boca, Ash —gruñó Regina.

—Genial —murmuró David—. Ahora estás mandando a Emma ahí dentro con ella cuando se supone que la estabas rescatando precisamente de eso mismo.

Emma se puso de pie esperando poder acallar los siguientes gruñidos de Ash.

—Os veré a ambos mañana para cenar —dijo ella precipitadamente mientras empujaba a Regina para sacarla del despacho.

Cerró la puerta a su espalda para separar a Regina de David y Ash y de cualquier otro comentario que cualquiera de ellos pudiera soltar. Sin esperar a Regina, Emma se encaminó hasta el despacho y entró. Regina llegó justo detrás de ella. Podía sentir su presencia tan abrumadora, podía sentir el calor irradiando de su piel. Era como un león al acecho. Muy apropiado, ya que Ash había estado muy convencido de que iba a volver a la guarida del león.

—¿Vas a cenar con los dos?

Ella se dio la vuelta con las cejas arqueadas ante el extraño deje en su voz.

—Sí. Ash se invitó solo. David me recogerá a las seis. Me iré a mi apartamento directamente tras el trabajo.

La morena se acercó a ella con la mirada intensa y taciturna.

—Pero no te olvides de a quién perteneces, Emma.

Ella parpadeó de la sorpresa y luego se rio.

—No puedes pensar en serio que Ash… —sacudió la cabeza para evitar pronunciar esa idea tan ridícula. La morena le levantó el mentón y la obligó a mirarlo a los ojos.

—A lo mejor necesitas un recordatorio. Había algo en su voz, en ese poder primitivo que fluía de su cuerpo, que la hizo permanecer en silencio y sumisa.

—De rodillas.

Ella se hundió sobre las rodillas posicionándose de una manera bastante rara para que el dildo se quedara intacto. Regina se quita la parte inferior de su ropa

—Chupa —le ordenó—. Haz que me corra, Emma. Quiero esa boca tuya tan preciosa alrededor de mí.

Regina le echó la cabeza hacia atrás, enterró los dedos en su pelo y luego la empujó contra su sexo. Emma se preguntó exactamente cuánto le había afectado la visita de Daniela. ¿Estaba intentando eliminar todo rastro de ella de su despacho? Pero entonces la miró a los ojos y se relajó. Regina estaba enfadada, pero no con ella.

Había necesidad, casi desesperación en su mirada; las manos vagaron libres por toda su cabeza y luego por su rostro. La acarició y la tocó casi como si se estuviera disculpando por esa necesidad tan desesperada. Ralentizó el ritmo y a lamer lentamente y sin ninguna prisa. El orgasmo que iba a sentir no iba a ser uno cualquiera. Le iba a dar amor incluso aunque ella no lo quisiera. Lo necesitaba. La morena la necesitaba, aunque eso fuera lo último que fuera a decirle nunca.

—Joder, Emma —dijo Regina en voz baja—. Es increíble lo que me haces.

Le dio todo su amor y atención mientras la chupaba con dulzura y movimientos lentos. La lamió, no se dejó ni un centímetro. La estrechó entre sus brazos y la sujetó fuertemente contra su pecho mientras su cuerpo jadeaba del alivio que Emma le había proporcionado.

—No puedo estar sin ti —le susurró—. Te tienes que quedar, Emma.

Ella le acarició la espalda con las manos y luego las subió hasta la cabeza para abrazarla con cariño.

—No me voy a ningún lado, Regina.