Capítulo 21
Emma se dobló sobre la mesa de trabajo de Regina y apoyó las manos en la superficie, con la falda subida hasta la cintura para que este le extrajera el dildo. Cerró los ojos y dejó escapar un suspiro de alivio; el juguetito la había tenido de los nervios toda la tarde. A lo mejor ahora podía calmar todo ese subidón que le había provocado.
Regina le limpió el ano con cuidado. Se tomó su tiempo en pasarle la toalla por la piel, y luego le bajó la falda y le dio una ligera palmada en el cachete.
—Ve por tus cosas. Pasaremos por el apartamento para cambiarnos y después iremos a cenar.
Emma solo quería quedarse tumbada encima de la mesa durante los siguientes quince minutos mientras se recuperaba de esa sensación de tensión que había sentido durante tanto rato. En vez de regañarla por no seguir sus órdenes de inmediato, Regina deslizó las manos por sus hombros, la levantó y la estrechó entre sus brazos. Ella se acurrucó junto a la morena, inhaló el olor sazonado que desprendía su piel y absorbió todo su calor. Luego Regina la besó en la cabeza y murmuró:
—Sé que te he presionado mucho. Pero parece que no me sale hacer otra cosa.
Ella sonrió contra su pecho y la envolvió con sus brazos para estrecharla con fuerza. Regina pareció sorprenderse ante el gesto; se quedó rígida durante un instante, pero luego la apretó más contra ella y escondió el rostro en su cabello.
—No dejes que te cambie, Emma —le susurró—. Eres perfecta tal y como eres.
Pero ya la había cambiado de una forma irrevocable. Emma ya nunca volvería a ser la misma. Cuando la soltó, Regina se giró casi como si no le hubiera gustado el hecho de haberle susurrado lo que acababa de susurrarle. Ella se alisó la ropa y pretendió no ver su incomodidad. Se acercó a su propia mesa para coger el bolso y luego se volvió a girar hacia Regina con una amplia sonrisa en el rostro.
—¿Nos vamos?
Ella extendió el brazo para instarla a ir delante y luego le puso la mano en la espalda al tiempo que salían del despacho. Ambas se despidieron de Mulán, que también estaba preparándose para marcharse, y luego se encontraron a Ash esperando el ascensor. A Emma se le paró el corazón. ¿No se suponía que estaba en una cena de negocios con David? Dios, ¿qué hubiera pasado si hubiera querido presentarse en el despacho de Regina? ¿Habría ido y se la habría encontrado cerrada? Peor, ¿podría haber escuchado algo?
—Ash, pensé que estabas con David —pronunció Regina como si nada.
Ash sonrió y Emma se asombró de lo guapo que era ese hombre.
—Me olvidé una carpeta con información importante sobre la gente con la que nos íbamos a reunir. David está camelándoselos y excusándome por mi inevitable retraso.
Emma resopló.
—¿David camelándoselos? Ese es tu fuerte, Ash. ¿Cómo demonios te las has apañado para ser tú el que venga por la carpeta? Seguramente se está tirando de los pelos ahora mismo. Ash la cogió de la barbilla y luego la estrechó entre sus brazos.
—Te he echado de menos, chiqui. Y sí, no es que le haya dejado muchas opciones a David. Me fui antes de que pudiera mostrarse amenazante.
Ella le devolvió el abrazo a Ash, relajada ante el evidente afecto que le estaba mostrando. Hasta ese momento, había pasado bastante tiempo desde la última vez que había disfrutado de la compañía de Ash y David. Lo echaba de menos. Echaba de menos su constante y reconfortante apoyo.
—Yo también te he echado de menos. Ha pasado mucho tiempo, Ash. Estaba empezando a pensar que ya no me querías.
Entraron en el ascensor y Ash la miró con cara horrorizada.
—¿No quererte? Si hasta podría ir a matar dragones por ti. Yo te adoro.
Ella puso los ojos en blanco.
—No te pases. No me vengas con todo ese encanto que tienes porque conmigo no te va a servir de nada.
Ash le echó un brazo por encima de los hombros y sonrió durante todo el rato.
—Soñar es gratis —suspiró de forma dramática —. Un día… serás mía.
—Sí, justo después de que David te arranque las pelotas —le dijo Regina, seria.
Ash se ruborizó, lo que solo logró que pareciera mucho más atractivo. Era una pena que no se sintiera atraída hacia él, porque se imaginaba que podría ser muy bueno en la cama. Ligón y divertido, además de un completo pervertido. Pero si los rumores eran ciertos, él y David tendían a tener sexo siempre con la misma mujer, y eso sería bastante raro e incómodo. Le entró un escalofrío solo de pensarlo. Había cosas que no tenía la necesidad de saber sobre su hermano, por el amor de Dios. E imaginárselo desnudo con Ash sencillamente había estropeado toda la imagen que tenía de Ash. Lo cual era triste, porque el hombre sí que suscitaba momentos dignos del mejor suspiro.
—Te veo luego por la noche, Regina —dijo Ash mientras salía del ascensor—. David me espera y, si no llego pronto, espantará a los inversores antes de que tenga oportunidad de usar mi encanto.
Regina se despidió con la mano y Emma le dijo adiós. Entonces, Regina la metió en el coche para volver al apartamento.
—¿Has quedado con Ash esta noche? —le preguntó Emma cuando ambas se sentaron—. Entonces, ¿no vamos a vernos?
Este apretó los labios en una fina línea.
—Vas a cenar conmigo, como estaba previsto. Tengo que reunirme con David y Ash sobre las nueve para tomar algo con ellos.
—Oh —soltó ella, preguntándose de qué iba todo eso. Aunque tampoco era nada del otro mundo; cuando los tres se encontraban en la ciudad y no viajando en una dirección diferente cada uno, solían pasar bastante tiempo juntos. Emma suponía que, si eso cambiaba tan repentinamente justo después de que hubiera empezado a trabajar para Regina, podría levantar algunas sospechas sobre todo en David.
—¿Qué debo ponerme? —le preguntó para cambiar de tema. Los ojos de Regina se posaron en ella, recorriéndola de arriba abajo como si se la estuviera imaginando desnuda.
—Uno de tus vestidos nuevos. El negro con la abertura en el muslo.
Ella levantó el entrecejo.
—¿Vamos a ir sofisticados esta noche?
Ella no reaccionó. La expresión de su rostro era inescrutable.
—Voy a llevarte a cenar a un sitio bonito y tranquilo. Después iremos a bailar. Buena música, buena comida y una mujer hermosa. No hay mucho más que una persona pueda pedir.
El cuerpo de Emma se llenó de satisfacción ante su cumplido. Y aunque fue breve, los labios de Regina se arquearon hacia arriba casi como si no pudieran evitar reaccionar ante el gozo de ella. Momentos después la expresión de su rostro se volvió más seria.
—No eres solamente una mujer hermosa, Emma. No quiero que lo olvides nunca. Tú eres más que eso. No me dejes nunca que arrase con todo y no deje nada a mi paso.
Sus crípticas advertencias aumentaban en número. Emma no estaba completamente segura de saber qué hacer con ellas. ¿La advertía a ella, o se advertía a sí misma? Era un enigma. Nunca estaba completamente segura de lo que pensaba a menos que estuvieran teniendo sexo. Sus pensamientos entonces eran más que evidentes; en esos momentos sabía exactamente lo que tenía en la cabeza.
Cuando llegaron al apartamento, subieron y ella desapareció en el cuarto de baño para prepararse. Si iban a ir más elegantes, quería impresionar a Regina. Quería parecer sofisticada, como si encajara a su lado. Se moldeó el pelo y entonces se hizo un recogido que dejaba algunos tirabuzones sueltos en la nuca y a los lados del cuello. Se maquilló de forma sencilla, solo con máscara de pestañas y un brillo de labios de color pálido que hacía que sus labios destacaran, pero no de una manera exagerada. Era un claro ejemplo de que menos, es más. El arte del maquillaje consistía en parecer no estar realmente maquillada. El vestido era impresionante. Aún no se podía creer lo bien que le quedaba. Esos altos tacones que llevaba le daban la altura necesaria como para permitirle ponerse ese vestido largo, con abertura de muslo incluida, y le hacía las piernas mucho más largas y curvilíneas. Aunque Regina se había quejado del vestido con la espalda al aire que había llevado en la gran inauguración, había elegido este otro que tenía solo dos tiras que se cruzaban por detrás.
El resto de la espalda iba al aire y llegaba atrevidamente justo hasta la línea donde se iniciaba su trasero. Su coxis era bastante tentador, no hacía más que invitar a los hombres a posar las manos en él. No llevaba sujetador; el corpiño era lo bastante firme como para no tener que preocuparse por el tema, pero el escote bajaba hasta mostrar ligeramente la parte superior de sus pechos. Era evidente que Regina estaba de un humor interesante. Normalmente se mostraba amenazador con cualquiera —especialmente con otros hombres— que la viera con algún trapito remotamente revelador. Pero esta noche Emma se sentía y parecía una fiera sexual. Le gustaba la confianza y seguridad que eso le daba.
Cuando salió del cuarto de baño, Regina se encontraba sentada en el borde de la cama, esperándola. Los ojos le brillaron con inmediato aprecio, lo que hizo que Emma se girara. Levantó las manos, se dio la vuelta y luego se quedó frente a él.
—¿Paso el examen?
—Joder, sí —gruñó Regina.
Cuando esta se levantó, Emma la miró con detenimiento también. El caro traje de tres piezas hizo que la boca se le hiciera agua. En otra mujer luciría aburrido, casi formal. ¿Pero en Regina? Resultaba divino. Pantalones negros, chaqueta negra y blusa blanca con el último botón desabrochado. Iba informal y exquisita, como si no le importara en absoluto lo que la gente pensara, y eso lo hacía parecer incluso más atractivo.
—¿Me lo tomo como que en el sitio al que vamos la corbata es opcional? —bromeó. Regina le respondió con una media sonrisa.
— Hacen la vista gorda conmigo.
¿Y quién no? ¿Quién podría decirle «no»? a Regina Mills? Además del hecho de que estaba forrada, tenía un carisma natural que atraía tanto a mujeres como a hombres por igual. Todos respondían a ella. Algunos la temían, otros la odiaban, pero todos la respetaban.
—¿Quieres algo para beber antes de que nos vayamos? —preguntó Regina.
Ella negó lentamente con la cabeza. Cuanto más se quedarán en el apartamento, más probable era que nunca consiguieran ir a cenar. Y, en realidad, Emma tenía ganas de tener una cita normal con la morena. Hasta ahora había habido sexo, trabajo y no mucho más.
La morena extendió el brazo hacia ella y Emma deslizó los dedos hacía los suyos. La llevó hacia el ascensor y bajaron para meterse en el coche. Durante el trayecto, Emma se debatió sobre si sacar el tema de Daniela. Se estaba muriendo de curiosidad, pero no quería meterse en un berenjenal tampoco. La miró de soslayo, pero ella la sorprendió y arqueó las cejas de manera inquisitiva.
—¿Qué pasa? —le preguntó.
Ella dudó por un segundo y luego se figuró que era mejor lanzarse al vacío. Regina no la iba a dejar en paz hasta que soltara lo que tenía en la cabeza, de todas formas.
—Mmm, Daniela…
Antes de que pudiera continuar, el rostro de Regina se volvió frío como el hielo y levantó la mano para hacerla callar en medio de la frase.
—Me niego a arruinar una noche perfecta hablando de mi exmujer —pronunció con mordacidad.
Bueno, y eso fue todo. En realidad, no se iba a quejar. Ella tampoco quería arruinar la velada, aunque se estuviera muriendo de curiosidad por saber qué pensaba Regina de toda la situación. Y quizá también estuviera un poco asustada… En el restaurante, los condujeron hacia una de las mesas del fondo, en una zona privada. Era perfecto. El interior estaba poco iluminado, pero había velas encendidas a cada lado de las mesas y una variedad de luces navideñas se veían en varios arbustos decorativos, para crear un ambiente festivo. Le hacían desear que llegara la Navidad. A Emma le encantaba la Navidad en Nueva York. David siempre la había llevado al Rockefeller Center para que viera las luces del enorme árbol que ponían allí. Era uno de los recuerdos favoritos que ambos compartían.
—¿En qué estás pensando? —le preguntó Regina. Ella parpadeó y centró su atención en la morena.
La estaba observando con una expresión curiosa en el rostro.
—Se te veía muy feliz. Sea lo que sea que ocupara tus pensamientos debía de ser bueno.
Emma sonrió.
—Estaba pensando en la Navidad.
—¿La Navidad?
Parecía haberse quedado perpleja.
—David siempre me llevaba a la ciudad para ver las luces del árbol de Navidad. Es uno de mis recuerdos favoritos que tengo con él. Me encantan todas las luces, y el ajetreo y el bullicio que traen las Navidades a Nueva York. Me encanta ir a ver escaparates, es la mejor época del año.
La morena pareció quedarse pensativa durante un momento y luego se encogió de hombros.
—Daniela y yo siempre las pasábamos en los Hamptons, y luego, cuando nos divorciamos, simplemente me quedaba trabajando todas las vacaciones.
Ella la miró boquiabierta.
—¿Trabajando? ¿Trabajas durante la Navidad? Eso es terrible, Regina. ¡Pareces Scrooge!
—Son unas vacaciones sin sentido.
Emma puso los ojos en blanco.
—Ojalá lo hubiera sabido. Te hubiera obligado a pasarlas con David y conmigo. Nadie debería estar solo en Navidad. Yo pensaba que las pasabas con tus padres.
Emma se derrumbó y se mordió el labio con consternación por sacar un tema tan doloroso.
—Lo siento —le dijo en silencio—. Lo he dicho sin pensar.
Regina le dedicó una sonrisa triste.
—No pasa nada. Aparentemente mi padre ha decidido que la ha cagado y ahora quiere volver con mi madre. Solo Dios sabe cómo va a acabar todo esto.
Ella abrió los ojos como platos.
—¿Te dijo eso?
—Oh, sí —dijo Regina con un suspiro de cansancio—. Cuando vino a la oficina el día que fuimos a almorzar. El día después de que su novia intentara llevarme a la cama.
Emma gruñó y Regina se rio.
—¿Y qué va a hacer tu madre? —preguntó Emma.
—Ojalá lo supiera. Pero si tengo que decir algo… mi padre aún no ha ido a arrastrarse porque si no ya habría tenido conocimiento de ello.
—No sé si yo podría perdonar el que se acostara con todas esas mujeres —dijo Emma con infelicidad —. Eso ha tenido que dolerle a tu madre una barbaridad.
—Él dice que no le ha sido infiel.
Emma le lanzó una mirada que decía «sí, claro».. Regina sacudió la mano.
—No tengo ni idea de lo que él considera ser infiel, pero no estoy seguro de que siquiera importe que no se haya acostado con ellas. Todo el mundo piensa que sí lo hizo. Mi madre piensa que lo hizo. No es una humillación que vaya a superar pronto.
—Esto debe de ser muy duro para ti —le dijo con una voz suave.
Qué mierda de día había sido hoy. Primero venía su padre a soltar la bomba, y luego su exmujer aparecía apenas unas horas después. Regina parecía estar incómoda con su compasión y apartó la mirada. Sus ojos se llenaron de alivio cuando el camarero vino con sus entrantes. El marisco olía divinamente, como Emma pudo apreciar al instante. El camarero le sirvió gambas a la plancha a ella y lampuga marinada a la morena.
—¡Oh! Lo tuyo tiene una pinta impresionante —le dijo Emma.
Regina sonrió, pinchó un trozo con el tenedor y extendió el brazo para ofrecérselo. Emma se lo metió en la boca y se quedó así durante un momento mientras ambas se miraban a los ojos y se sostenían la mirada. Era sorprendentemente íntimo eso de darle de comer, aunque solo fuera un mordisco. Regina tenía los ojos fijos en su boca mientras volvía a bajar el tenedor hasta su plato. Ella cortó un trozo de gamba y entonces se lo ofreció a la morena tal y como había hecho con ella. Regina vaciló por un momento, pero luego dejó que le deslizara el bocado en la boca. Un poco inquieta por cómo le había afectado el intercambio, Emma bajó la mirada hasta su plato y se centró en su comida.
—¿Está bueno? —le preguntó Regina unos minutos después. Ella alzó la mirada y sonrió.
—Delicioso. ¡Estoy casi llena!
Regina cogió la servilleta que tenía en su regazo y se la llevó a la boca antes de dejarla de nuevo en la mesa. Justo después de que Emma soltara el tenedor y moviera su plato más al centro de la mesa, Regina se levantó y alargó la mano hacia ella.
—Bailemos —murmuró.
Sintiéndose como una adolescente en su primera cita, Emma dejó que la levantara y la guiara a través del laberinto de mesas hasta llegar al área reservada para bailar. Ella se giró hacia la morena y se pegó firmemente contra su cuerpo, no quedaba ni un centímetro entre ambas. Regina posó la mano bien abierta en su espalda desnuda para agarrarla de forma posesiva justo encima de donde la tela empezaba. La mano no se quedó quieta encima de su trasero. La movía por toda la espalda, acariciándola mientras bailaban y con su cuerpo bien moldeado al de ella. Emma pegó su nariz al cuello de Regina para inhalar su aroma. Estaba muy tentada a morderlo en la oreja y en la piel del cuello.
Le encantaba su sabor, pero tampoco había tenido demasiadas oportunidades para darse el gusto de saborearlo. Regina siempre llevaba el mando cuando tenían sexo. Ay, lo que Emma daría por tener una noche para poder explorarla a su voluntad… Una canción llevó a otra y ambas continuaron pegadas como si ninguna de las dos quisiera violar esa intimidad que los rodeaba y los ocultaba en ese pequeño espacio que ocupaban.
Emma cerró los ojos lánguidamente mientras se balanceaba al ritmo de la música entre los brazos de Regina, mientras esta seguía acariciándola con la mano. Estaban prácticamente haciendo el amor sobre la pista. No era sexo. No era esa tórrida y absorbente obsesión que se adueñaba de ellas cada vez que se quitaban la ropa. Esto era mucho más dulce, más íntimo y ella estaba disfrutando de cada segundo. Se podría enamorar de esta Regina. De hecho, ya se estaba enamorando.
—Me pregunto si tienes alguna idea de lo mucho que te deseo ahora mismo —le murmuró al oído.
Ella le sonrió y luego alzó la boca para poder susurrarle al oído.
—No llevo ropa interior.
Regina se paró justo en medio de la pista de baile sin hacer siquiera el esfuerzo de seguir como si estuvieran bailando. La agarró con mucha más fuerza y el cuerpo se puso rígido contra el de ella.
—Dios santo, Emma. Vaya comentario para decirlo en mitad del maldito restaurante.
Ella dejó de sonreír y parpadeó con aire inocente.
—Solo pensé que te gustaría saberlo.
—Nos vamos ya —gruñó.
Antes de que pudiera decir nada, la morena la agarró de la mano y tiró de ella hacia la salida mientras su otra mano sacaba el teléfono móvil. ¡Gracias al cielo que no había traído bolso o se lo habría dejado en la mesa! Con brusquedad le dijo a su chófer que ya estaban listas. Ya fuera en la acera, Regina se pegó más al edificio mientras la ceñía de forma protectora contra su costado, lejos de los transeúntes.
—Regina, ¿y la cuenta? —le preguntó mortificada de que hubieran salido sin más.
Ella le envió una mirada de paciencia.
—Tengo una cuenta con ellos. Soy cliente regular aquí, y hasta tengo una cantidad estándar de propina añadida para todas las cuentas, así que no te preocupes.
El coche apareció y Regina la metió en el interior. Justo cuando las puertas se cerraron y el coche comenzó a moverse, Regina pulsó un botón para bajar la mampara entre los asientos delanteros y traseros y así poder tener privacidad. La expectación le burbujeaba en las venas como si de una bebida carbonatada se tratara.
La morena se quitó el pantalón de forma rápida junto con las bragas.
—Súbete el vestido y siéntate en mi regazo —le dijo extendiendo una mano hacia ella.
Maniobrando como pudo en el asiento, Emma se levantó el vestido para dejar desnudos la mayor parte de sus muslos, y luego Regina la atrajo hasta el centro de los asientos traseros para que pudiera sentarse a horcajadas encima de ella. Regina deslizó una mano por debajo del vestido y la elevó por el interior de su muslo hasta llegar a su sexo desnudo. Sonrió entonces de pura satisfacción.
—Esa es mi niña —le dijo en un ronroneo—. Dios, Emma, he fantaseado con follarte con ese vestido y esos tacones matadores que llevas desde que saliste del cuarto de baño de mi apartamento.
Metió un dedo en su interior y luego lo sacó para subir la mano entre los cuerpos de ambas. Brillaba con su humedad. Lentamente, Regina pasó la lengua por uno de los lados del dedo y Emma casi consiguió correrse. Joder, esa mujer era letal. Entonces le puso el dedo en sus labios.
—Chúpalo —le dijo con voz ronca—. Saboréate.
Emma sintió pánico, pero a la vez una mezcla de curiosidad y morbo que le hizo entreabrir los labios y dejar que le deslizara el dedo sobre la lengua. Ella lo succionó con ligereza y a Regina se le dilataron las pupilas.
Regina le sacó el dedo de la boca para poder agarrarla por la cintura. La bajó sobre su regazo y la guio hasta que sus coños se juntaron. Oh, cuán perverso resultaba ver Manhattan pasar por la ventana, el brillo de las luces, el ruido del tráfico mientras Regina se la follaba en el asiento trasero del coche. La agarró con ambas manos por la cintura y comenzó a moverse mientras la sujetaba y se arqueaba hacia arriba. Era una carrera para ver si podía hacer que ambas se corrieran antes de que llegaran al apartamento. Emma fue la primera. Una sensación súbita y frenética la asedió con la fuerza de un huracán. Terminó jadeante mientras la morena continuaba frotándose en ella una y otra vez. Emma se agarró a sus hombros como si se le fuera la vida en ello, y entonces el coche comenzó a pararse. Regina explotó. Ella se unió aún más a ella. El coche se detuvo definitivamente frente al apartamento y Regina pulsó el telefonillo.
—Danos un momento, Thomas —le dijo en voz baja. Regina se quedó ahí sentada durante un momento.
Levantó las manos para ponérselas a cada lado de su rostro y entonces la besó. Era una completa contradicción al ritmo frenético con el que la había poseída antes. Era un beso dulce y lento. Cariñoso y muy tierno. Como si estuviera expresando lo que nunca podría decir con palabras. Lo que nunca diría con palabras. La estrechó contra sí y la abrazó mientras le acariciaba el pelo. Durante un largo rato ella se quedó tumbada encima de la morena mientras esta se relajaba en su interior.
Finalmente la levantó y la colocó abierta en el espacio que había a su lado. Se sacó un pañuelo del bolsillo y la limpió entre las piernas antes de asearse ella mismo. Sin prisa alguna, se volvió a meter en los pantalones y se subió la cremallera. Luego se estiró la ropa mientras ella se recolocaba el vestido.
—¿Lista? —le preguntó.
La rubia asintió, demasiado agitada y desmoronada como para decir nada. Lo que dijera no tendría ningún sentido. Regina abrió la puerta y salió para un momento más tarde rodear el vehículo con el fin de abrir la de ella.
—Te vas a quedar otra vez —la informó mientras caminaban hacia la entrada.
No era una petición, pero tampoco encontraba la arrogancia que caracterizaba su voz. Lo dijo como si nada, aunque no hubiera ninguna otra opción imaginable. Pero entonces la miró y una ligera chispa de inseguridad —tan breve que no estaba segura de haberla visto— se reflejó en sus ojos.
Pero Emma asintió y confirmó sus palabras.
—Claro que me voy a quedar —le dijo con suavidad. Subieron en el ascensor y, cuando salieron, Regina la volvió a pegar contra ella mientras usaba su propio cuerpo para bloquear las puertas.
—Espérame en la cama —le dijo con voz ronca—. No llegaré muy tarde.
Ella se puso de puntillas y pegó su boca contra la de Regina.
—Esperaré.
Los ojos de la morena se llenaron de inmediata satisfacción. Luego le dio un empujoncito hacia delante y ella retrocedió hasta estar de nuevo en el interior del ascensor y así dejar que las puertas se cerraran.
