Capítulo 24
El teléfono de Regina sonó justo cuando estaba entrando por las puertas del edificio de oficinas a la mañana siguiente. Había llegado más temprano de lo habitual. Ya se había convertido en un hábito, una rutina con la que se encontraba cómodo y a gusto, el ir al trabajo con Emma tras haber pasado la noche en su apartamento.
La noche anterior se había quedado inquieta y nerviosa, y se había pasado la mayor parte del tiempo pensando en silencio mientras se imaginaba a Emma en su cama, sola, tal y como ella estaba en la suya. No le gustaba sentirse de esta manera. Odiaba que de alguna forma fuera dependiente de Emma para sentir esa paz mental que solo sentía cuando ella estaba cerca.
La hacía sentir como una tonta desesperada y avariciosa, y con la edad y experiencia que tenía no debería estar comportándose de esa manera. Hizo una mueca cuando vio que era su madre la que llamaba. Dejó que saltara el contestador mientras entraba en el ascensor y se prometió devolverle la llamada ya en la privacidad de su oficina. La conversación que iban a mantener no deseaba tenerla en público. O al menos, se imaginaba por dónde irían los tiros.
Las oficinas estaban vacías y en silencio. Sin embargo, Regina se dirigió hacia el pasillo donde se encontraba la suya. Emma no llegaría hasta dentro de una hora y media, y ya sentía la ansiedad y la excitación. Los puños se le cerraron cuando se sentó tras la mesa. Debería haber ido al apartamento de Emma antes del trabajo. Debería haber enviado un coche para que la recogiera cuando terminara de cenar con David. Pero había decidido probarse a sí misma que no la necesitaba. Que no pensaba en ella cuando no estaban juntas. Necesitaba ese espacio entre ambas, porque esa mujer se estaba convirtiendo muy rápidamente en una adicción de la que no tenía esperanza ninguna de recuperarse. Aunque hasta el momento eso le estuviera yendo muy bien. Cogió el teléfono y marcó el número de su madre, entonces esperó mientras daba tono de llamada.
—Mamá, soy Regina. Siento no haberte cogido el teléfono antes. Estaba entrando en la oficina.
—No te vas a creer lo que he de contarte —le dijo, la angustia era evidente en su voz. No había tardado ni un segundo en llegar al asunto por el que había llamado. Regina suspiró y se echó hacia atrás en la silla; ya sabía qué era lo que vendría a continuación. Aun así, le preguntó y fingió ignorancia.
—¿Qué pasa?
—¡Tu padre dice que quiere reconciliarse conmigo! ¿Te lo puedes creer? Estuvo aquí anoche.
—¿Y qué es lo que quieres tú? —le preguntó con suavidad.
Ella balbuceó durante un momento y luego se calló. Era evidente que no esperaba que Regina no reaccionara a ese bombazo. O quizás es que no había pensado todavía en lo que ella quería.
—Dice que no se acostó con todas esas mujeres. Que me quiere y que quiere recuperarme, y que ha cometido el mayor error de su vida —continuó con rabia —. Se compró una casa, Regina. ¡Una casa! ¿Te suena eso a que no haya pasado página y que no haya superado su matrimonio conmigo?
—¿Lo crees?
Hubo otro silencio bastante claro. Entonces Regina la escuchó suspirar con fuerza y se la pudo imaginar derrotada y derrumbada.
—No lo sé —le contestó con un tono molesto en la voz—. Tú viste las fotos, Regina. Todo el mundo piensa que se acostó con esas mujeres, incluso aunque sea mentira. Y ahora viene arrastrándose porque ha cometido un error. Después de toda la humillación que he sufrido y todo por lo que me ha hecho pasar, espera que lo perdone así sin más y que me olvide y haga como si nunca me hubiera abandonado tras treinta y nueve años de matrimonio.
Regina se mordió la lengua porque no había nada que pudiera decir. No era una decisión que ella pudiera tomar por su madre, y tampoco le podía meter en la cabeza que perdonara a su padre porque ella sabía muy bien cómo se sentía. Qué irónico era que su propia exmujer hubiera venido a suplicar al mismo tiempo que su padre lo hacía también. Ni mucho menos iba ella a volver con Daniela, así que entendía las reservas que tenía su madre en lo referente a su padre. Sería una grandísima hipócrita si la incitara a ir en esa dirección. Nunca lo haría, aunque en el fondo de su corazón quería que sus padres volvieran a estar juntos. Su familia. Dos personas a las que había admirado toda su vida.
—Entiendo por qué estás enfadada —dijo Regina—. No te culpo. Pero tienes que hacer lo que tú realmente quieras, mamá. Decide lo que te haga feliz y que les den a los demás. ¿Aún lo quieres?
—Por supuesto que sí —contestó con agitación—. Eso no se va en un mes o dos, ni siquiera en un año. No se pasan treinta y nueve años de tu vida con un hombre para olvidarlo solo porque él ya no te quiera.
—No tienes que decidirte ahora mismo —le hizo saber—. Llevas la voz cantante en este asunto, mamá. Él es el que tiene mucho por lo que compensarte. No hay nada malo en tomarse un tiempo y poder valorar todas las opciones y sentimientos. Nadie dice que lo tengas que volver a aceptar de la noche a la mañana.
—No, es cierto —coincidió ella—. Y no lo haría. Hay muchas cosas que tenemos que solucionar. Yo lo quiero, pero también lo odio por lo que me hizo y por la forma en que lo hizo. No me puedo olvidar de todas las fotografías que le hicieron con todas esas mujeres. No puedo mirarlo a la cara sin imaginármelo con otra a su lado.
—Yo solo quiero lo mejor para ti —le dijo Regina con suavidad—. Sea lo que sea. Sabes que tienes todo mi apoyo sin importar lo que decidas.
Se escuchó otro suspiro y entonces Regina percibió en su voz que estaba llorando. Eso le hizo tensar la mandíbula y cerrar los puños de la ira que sentía. Maldito fuera su padre por lo que le había hecho a su madre.
—Te lo agradezco mucho, Regina. Gracias al cielo que te tengo. No sé qué habría hecho sin tu apoyo y comprensión.
—Te quiero, mamá. Estoy aquí siempre que necesites hablar.
Esta vez la escuchó sonreír mientras le devolvía el amor que él le había mostrado.
—Dejaré que vuelvas al trabajo —le dijo—. Pero has ido demasiado temprano esta mañana. Creo que deberías considerar tomarte esas vacaciones de las que hablamos. Trabajas demasiado duro, hijo.
—Estaré bien. De todos modos, cuídate, ¿de acuerdo? Y llámame si me necesitas, mamá. Sabes que nunca estoy demasiado ocupado para ti.
Colgaron y Regina sacudió la cabeza. Así que su padre finalmente había movido ficha. No había sentido ni una pizca de arrepentimiento tras la confesión que le había hecho a Regina. Había ido a ver a su madre y había dado comienzo el largo y sinuoso camino que le esperaba hasta llegar a la reconciliación. Regina se obligó a estar atareada con correos electrónicos al mismo tiempo que se mantenía ojo avizor con el reloj. Cuanto más se acercaba la hora a la que Emma llegaría, más inquieta se ponía. Ya había tenido dos momentos en los que había estado a punto de mandarle un SMS para preguntarle dónde se encontraba, pero en ambas ocasiones había dejado el teléfono sobre la mesa, decidido a no parecer tan jodidamente desesperado. En su mesa estaba el último dildo que tenía intención de usar en su ano para prepararla para el sexo anal. La imagen de Emma doblada y tumbada sobre su mesa con los cachetes del culo abiertos mientras ella le insertaba el juguetito era más que suficiente para ponerlo dolorosamente excitada. Se estaba impacientando. Quería tener pleno acceso a su cuerpo. Le había dado tiempo suficiente para adaptarse a sus órdenes, ya era hora de permitirse disfrutar por completo de cada fantasía perversa y hedonística que había tenido sobre Emma. Ya estaba haciendo planes con antelación para el fin de semana.
A la semana siguiente lo acompañaría a un viaje de negocios fuera del país, y antes de eso quería tener unos pocos días donde solo fueran y existieran ellas dos. La completa iniciación a su mundo. La excitación le subió por todos los nervios de la espina dorsal, y todo su cuerpo sucumbió a la lujuria mientras se la imaginaba atada en la cama y bien abierta delante de ella. Mientras se imaginaba embistiéndola por detrás. Ya había reclamado a Emma. No había dejado de poseerla, pero lo que ahora venía era quitarle cualquier duda a ella de la cabeza de que le pertenecía a ella por completo y por entero.
Quería que cada vez que la mirara a los ojos viera reflejado en ellos que sabía a quién pertenecía. Que lo recordara tomando posesión de su cuerpo y marcándola con todo lujo de detalles. Si eso lo convertía en una zorra primitiva, pues que así fuera.
Así era ella en realidad, y le era imposible controlar la necesidad que sentía por ella y la fiera urgencia por querer dominarla por completo. A las ocho y media, la puerta se abrió y Emma entró. Su cuerpo volvió a la vida, y el alivio se instaló en ella como una nube en el cielo.
—Cierra el pestillo —le ordenó con voz queda.
Ella se dio la vuelta para hacer lo que le había mandado y luego se le acercó para mirarla fijamente desde el otro lado de la estancia. Estaba demasiado lejos de ella. La necesitaba a su lado, rozándole la piel como si de un tatuaje se tratara.
—Ven aquí.
¿Había sido solamente ayer al mediodía la última vez que la había visto? Parecía una eternidad. La morena solo tenía interés en restablecer esa dominancia sobre ella. O en hacerle recordar a quién pertenecía. Regina alargó la mano hasta la mesa para coger el dildo, pero esta vez, en vez de hacer que se inclinara por encima de la mesa y se levantara la falda, le indicó con la mano que lo siguiera hasta el sofá que había junto a la pared. Se sentó y luego se dio unos golpecitos en el regazo para que ella se tendiera sobre sus piernas. Emma apoyó la cara contra la suave piel del sofá y se giró de forma que pudiera verlo por el rabillo del ojo. El pelo le caía alborotado por encima del rostro y los ojos, que tenían una mirada adormilada, no hacían más que brillar con deseo. Deslizó una mano por debajo de la falda, y se sintió satisfecho cuando se encontró con la suave y desnuda piel de su trasero. La giró hacia arriba para exponerla ante sus ojos y luego alargó la mano para coger el lubricante. Sabía que ahora lo iba a necesitar más porque este dildo era el más grande hasta el momento. Jugó con su entrada al mismo tiempo que la acariciaba con los dedos y le aplicaba libremente el gel. Emma estaba tensa sobre su regazo, así que Regina le pasó suavemente la mano por el trasero y la subió luego hasta su columna vertebral.
—Relájate —le murmuró—. Confía en mí, Emma. No te voy a hacer daño. Deja que te haga sentir bien.
Ella soltó un suspiro y se quedó laxa sobre sus piernas. A Regina le encantaba que fuera tan receptiva, tan dulcemente sumisa. Regina comenzó a mover la punta del dildo dentro de su apertura, empujando el pequeño aro a la vez que la acariciaba una y otra vez para ganar poco a poco más profundidad. Emma dobló los dedos y cerró con fuerza los puños. Cerró los ojos y dejó escapar un suave gemido de sus labios. Labios que tenía toda la intención de usar. O a lo mejor se hundía en su sexo. La morena sabía que estaría exquisitamente apretado gracias al juguetito anal que tenía bien colocado. Emma dio un pequeño grito cuando le introdujo el dildo anal por completo en su interior. La morena inmediatamente la acarició y le masajeó el culo y la espalda para tranquilizarla y calmarla.
—Shhh, cariño. Ya está. Respira hondo. No luches contra él; te arderá por un momento y te sentirás apretada y llena por completo, pero solamente respira.
Su pecho se infló y desinfló en rápidas sucesiones, todo el cuerpo lo sentía jadear en su regazo. Tras darle un momento para que recuperara el control de sus sentidos, la puso en pie. Y justo después de que le ordenara que se colocara entre sus rodillas dándole la espalda hizo que se apoyara del sofá, levantara el culo, se mete dos dedos en la boca y los humedece con su propia saliva, sabía que Emma estaría ya excitada por el dildo, sin ceremonia penetra con sus dedos a la rubia desde atrás. Le encantaba poseerla desde atrás. Era una de sus posiciones favoritas. La agarró bien fuerte por las caderas, los dedos de su otra mano bien marcados en la piel, y comenzó a hundirse con fuerza en ella. La morena bajó la mirada y observó cómo sus dedos desaparecían en su interior y luego volvían a aparecer llenos de jugos y líquidos que resbalaban por su piel.
—Tócate, cariño. Haz que te corras. —le dijo con tono necesitado.
Era una afirmación y un pensamiento bastante familiar. Era lo mismo que parecía decirle cada vez que hacían el amor. Regina simplemente no podía controlarse cuando Emma se encontraba a su alrededor. Ella solo sabía ir a una misma velocidad cuando estaba con ella. A mil por hora.
E sexo de Emma se aferra a los dedos de Regina, la rubia se derritió toda entera al instante, volviéndose suave y sedosa en su interior. La estaba volviendo loca. Regina cerró los ojos, que casi se le pusieron en blanco. Se sentía en la gloria. Nada la había hecho sentirse tan bien. Nunca nadie la había hecho volverse tan loca y tan descontrolada, en el buen sentido. No podía siquiera explicarlo. Simplemente Emma le provocaba eso. Ella era su droga. Su adicción. Una de la que no iba a salir. O, mejor dicho, una que no tenía ningún deseo de superar.
La morena se volvió a hundir en ella para quedarse dentro de su ardiente interior por un rato más. Cuando se retiró, la ayudó a ponerse de pie y la envió al cuarto de baño para que se refrescara mientras ella se acomodaba la ropa. Regina había tenido uno de los orgasmos más alucinantes de su vida, sin que ni siquiera la tocaran, y, aun así, seguía lista otra vez para continuar en el mismo momento en que Emma salía del baño. La morena se tragó el aire y volvió a su mesa, decidida a actuar con un poco de clase y no como una perra en celo.
Cuando levantó la vista para echar un vistazo al calendario, se dio cuenta de que aún no le había dicho nada sobre el viaje a París de la próxima semana. Regina quería sorprenderla y esperaba que se le iluminara la cara tal y como ella se la había imaginado.
—Tengo que viajar a París la semana que viene por negocios —le dijo en un tono informal.
Emma levantó la cabeza de su propia mesa.
—¿Oh? ¿Cuánto tiempo vas a estar fuera?
¿Era decepción eso que había escuchado en su voz o solo eran las ganas que ella tenía de que fuera eso? Regina sonrió.
—Tú te vienes conmigo.
Sus ojos se abrieron como platos.
—¿De verdad?
—Sí. Nos vamos el lunes después del mediodía. Supongo que tu pasaporte está en regla, ¿cierto?
—Sí, por supuesto.
Su voz estaba inundada de emoción y todo su rostro se había iluminado.
—Pasaremos el fin de semana juntos y te llevaré de compras para todo lo que necesites para el viaje —le dijo con indulgencia.
La expresión de Emma se ensombreció y bajó la mirada por un momento. Regina no sabría decir si parecía culpable, o si simplemente le estaba evitando la mirada. La morena frunció el ceño y siguió mirándola fijamente, esperando que, sea lo que fuere a lo que ella hubiera respondido, se manifestara.
—Tengo planes para el viernes por la noche —le dijo con voz ronca—. Ya los había hecho antes. Quiero decir, antes de que tú y yo…
Tenía en la punta de la lengua preguntarle de qué planes se trataba e interrogarla mucho más. Estaba en todo su derecho. Pero a Emma se la veía tan incómoda que Regina no quiso ponerla a la defensiva, y tampoco quería por nada del mundo que le mintiera. Y era posible que lo hiciera si la arrinconaba.
—Supongo que solo es la noche del viernes, ¿cierto? —le dijo con un tono brusco. Ella asintió. —De acuerdo, entonces ven a mi apartamento el sábado por la mañana. Pasarás el fin de semana conmigo y después nos iremos el lunes por la tarde a París. El alivio se le reflejó en los ojos y Emma le volvió a regalar esa sonrisa de oreja a oreja.
—Me muero de ganas —le dijo—. ¡París suena emocionante! ¿Tendremos oportunidad de ver algo?
Regina sonrió ante su entusiasmo.
—Probablemente no, pero ya veremos qué pasa.
Su teléfono sonó y la morena le echó una mirada a su reloj. El tiempo se le había echado encima prácticamente y ya era la hora acordada para su conferencia de negocios. Sacudió la mano en dirección a Emma para indicarle que volviera a lo que estaba haciendo, y luego se acomodó en su silla antes de responder a la llamada.
