Capítulo 29
Regina observó a Emma usar su carisma y encanto con los otros hombres durante la cena.
Ella sonrió, conversó y habló con comodidad; los tenía a todos y cada uno de ellos hechizados. La pregunta era: ¿la tenía también a ella? La pregunta de Daniela no dejaba de darle vueltas en la cabeza.
«¿Estás enamorada de ella?»
Regina no podía terminar de explicar la furia ni la impotencia que había sentido ante aquella pregunta. Había estado pensativa todo el día, y a momentos enfadado y frustrado debido a su incapacidad de mantener las distancias entre ella y Emma. La enfurecía que no hubiera podido rebatirle al momento la enrabiada pregunta que le había hecho Daniela. Había pensado en terminar su acuerdo con Emma justo en esos momentos, en alejarse de ella y decirle que su empleo con ella había acabado.
Pero no había podido, y eso solo la hacía sentirse más impotente. La necesitaba.
Maldita sea, la necesitaba.
Su mirada se desplazó hacia los posibles licitadores, los hombres que iban a venir a la suite luego. Obviamente deseaban a Emma; ¿qué hombre hetero y con sangre en las venas no lo haría?
Hacía que Regina quisiera rechinar los dientes, pero contuvo las ganas y en su lugar recibió con los brazos abiertos la oportunidad que eso le ofrecía. La posibilidad de probarse a sí misma que esa obsesión que tenía con Emma no era irrompible.
Que no la amaba, ni la necesitaba. Lo que tenía planeado venía en el contrato, aunque en realidad nunca se había planteado compartirla con otra persona antes. La mera idea le producía unos celos fieros y salvajes. Y ahora mismo también.
Pero ella había sido la que le había expresado su curiosidad ante la idea. La morena sabía que Emma no estaba terminantemente en contra, y tampoco era nada que Regina no hubiera hecho en el pasado. Podía hacerlo.
Lo haría.
Solo esperaba, por su bien, sobrevivir a ello y no destrozarlas a ambas en el proceso. El humor de Regina había pasado de pensativa y enfadada… Emma no estaba segura de cuál era exactamente su humor. Le preocupaba porque ahora se la quedaba mirando fijamente, cuando antes no la miraba apenas nada. Y, además, esa mirada era nueva, como si la estuviera observando con una luz completamente distinta.
Como si sus expectativas hubieran cambiado de una forma drástica. El problema era que ella no tenía ni idea de qué expectativas eran esas. Mientras que antes había agradecido el silencio que había habido entre ambas porque no quería ahondar en la razón que lo había puesto de tan mal humor, ahora la incomodaba de verdad. Emma quería algo de ella, alguna especie de consuelo, aunque no tenía ni idea del porqué. Volvieron en coche al hotel con la tensión tan bien asentada entre ellos que Emma casi se ahogó en ella. Quería preguntarle, interrogarla, pero había algo en esa inamovible mirada que le hacía temer lo que podría escuchar de sus labios. Tan pronto como estuvieron dentro de la suite, Regina cerró la puerta y fijó esa rutilante mirada en Emma. La dominación se podía percibir irradiando de la morena donde antes solo había demostrado paciencia y ternura con ella.
—Desnúdate.
Ella parpadeó al escuchar su tono. No era de enfado. Era más… decidida. La inquietud se izó sobre Emma y la joven vaciló, pero solo consiguió que la morena entrecerrara los ojos.
—Pensé… —dijo tragando saliva con fuerza—. Pensé que iban a venir a tomar algo.
—¿Habían cambiado los planes?
Regina asintió.
—Y van a venir. «Oh, Dios».
—No me hagas repetírtelo, Emma —le dijo con una voz suave y peligrosa.
Con las manos que, temblándole, Emma se agachó para agarrar el dobladillo de su vestido y se lo quitó por la cabeza. Luego lo dejó en el suelo a su lado. Se quitó los tacones y los deslizó a través del suelo de madera. Había miles de cosas que Emma quería decir, miles de preguntas que le estaban rondando la mente, pero Regina tenía un aspecto tan… imponente… que ella pegó los labios y se quitó las bragas y el sujetador.
—Ve y arrodíllate en la alfombra que hay en el centro de la habitación —le indicó. Al mismo tiempo que ella caminaba lentamente hacia la alfombra, Regina comenzó a recoger la ropa y los zapatos del suelo y se dirigió al dormitorio, dejándola a ella para que cumpliera su orden.
Emma se hundió en sus rodillas y sintió el afelpado grosor de la alfombra de piel de borrego contra su piel. Cuando escuchó pasos, Emma alzó la mirada y ahogó un grito cuando vio que tenía una cuerda en las manos. No era una cuerda tradicional, de las trenzadas que se podían encontrar en cualquier ferretería, sino que estaba cubierta de raso y era de un color malva intenso.
Parecía suave y sugerente, pero, aun así, Emma no tenía ninguna duda de que estaba presente únicamente para atarla a ella. Regina se la enrolló en las manos dejando que ambos extremos se quedaran colgando mientras se acercaba en su dirección. Se inclinó justo donde ella estaba arrodillada y, sin decir ni una palabra, le puso las manos en la espalda.
Emma cerró los ojos; el corazón le latía a mil por hora cuando la morena comenzó a enrollar la cuerda alrededor de sus muñecas para atarlas bien fuerte la una contra la otra. Para su mayor sorpresa, Regina incluso le rodeó los tobillos con lo que sobraba de cuerda para así asegurarse bien de que no podía moverse, ni ponerse de pie, ni nada más que quedarse ahí arrodillada y recibir todo lo que ella tenía intención de darle. Y esa idea la excitaba. La desconcertaba ese deseo, esa curiosidad e inquieta necesidad que la invadía. Estaba nerviosa a más no poder, pero también excitada ante la perspectiva de lo prohibido: que otros hombres la tocaran e hicieran a saber qué bajo las órdenes de Regina.
Seguramente eso era lo que pretendía. Al fin y al cabo, ya lo habían hablado. Cuando terminó se pudo oír el sonido de unos nudillos llamando a la puerta de la suite. Emma dio un pequeño salto en el suelo; el pulso se le aceleró tanto que hasta se mareó.
—Regina —le susurró.
La inseguridad se hacía más que evidente en esa simple súplica. La morena aseguró el último nudo, y mientras se alzaba le enredó la mano en el pelo para acariciarla con un gesto tranquilizador. Esa pequeña caricia la animó como ninguna otra cosa podía hacerlo, y el alivio se instaló dentro de su ser a la misma vez que Regina se encaminaba hacia la puerta.
Emma había sabido desde el primer momento cuáles eran sus deseos, sus propensiones. Se los había explicado al más mínimo detalle. Y ella había firmado con su nombre un contrato en el que aceptaba ser suya y consentía que la morena hiciera todo lo que deseara con ella. A lo mejor Emma no había pensado que realmente Regina fuera a hacerlo. O quizás una parte secreta en su interior esperaba que sí lo hiciera. Fuera cual fuera el caso, ahí estaba, arrodillada, atada de pies y manos y desnuda, a la espera de que otros hombres entraran y la vieran. Regina abrió la puerta y les indicó a los tres caballeros con los que habían cenado que pasaran dentro. Sus miradas se posaron en ella de inmediato, y lo que más le llamó la atención es que no estaban para nada sorprendidos.
No se les veía impresionados. Solo se reflejaba lujuria y aprecio en sus ojos.
¿Lo sabían? ¿Les había dicho Regina qué esperar cuando llegaran? ¿Les había dicho que Emma iba a ser el entretenimiento de la noche?
Regina no le dedicó atención alguna al momento, sino que se quedó conversando con los hombres y sirviéndose algunas copas mientras ella se quedaba sentada en silencio. Unos minutos más tarde fue cuando todos se desplazaron hasta el salón, con las bebidas en la mano. Estaban hablando de sus negocios. Regina hablaba de las propias ideas que tenía para el nuevo hotel y les explicó todo el apoyo que HCM ya tenía y qué otras colaboraciones estaban buscando.
Todo era muy serio y formal, excepto por el hecho de que ella estaba atada como un pavo y no tenía ni una prenda puesta encima. Emma observó a los hombres, atractivos y viriles. Vio cómo sus miradas se desviaban hacia ella, incluso hasta estando inmersos en mitad de la conversación de negocios que estaban teniendo. Estaba claro que sabían que ella estaba ahí, así que la anticipación se podía respirar desde todos los rincones de la habitación. El ambiente estaba cargado de ella. Recorrió toda la superficie de sus labios con un dedo y seguidamente lo introdujo en su boca para que su lengua lo humedeciera.
Los otros hombres contemplaban la escena con gran atención. Los ojos los tenían fijos en Emma mientras esperaban con la lujuria claramente dibujada en sus rostros. Regina liberó sus senos y le dio un pequeño golpe con uno de ellos en la frente para que esta inclinara la cabeza hacia atrás y estuviera en un buen ángulo.
—Abre —le ordenó.
Emma estaba nerviosa perdida, pero la excitación también se hacía eco en sus venas. Estaba excitada por el hecho de lo que harían delante de todos esos extraños. Estaba experimentando tantas emociones opuestas que le era difícil saber exactamente qué pensaba o cómo se sentía ante la situación. Pero ella confiaba en Regina, y eso ya era más que suficiente para calmarla y hacer que se dejara llevar por sus manos y sus cuidados. Emma separó los labios y la morena deslizó su pezon por sus labios.
Fue sorprendentemente dulce con ella dado el estado de ánimo tan intenso en el que se encontraba. Emma había esperado que se comportara de una manera mucho más brusca, más exigente. Pero le rodeó el rostro con las manos y le acarició las mejillas con los dedos pulgares.
—Preciosa —murmuró.
—Sí que lo es —dijo uno de los hombres que se encontraba detrás de Regina.
Su voz la asustó y la sacó de su ensimismamiento. Había sido capaz de olvidar la presencia de esos tipos porque estaba plenamente consumida por Regina. Solo Regina. Ahora volvía a ser enteramente consciente de que estaban ahí, observándola, deseándola… Todos queriendo ser Regina mientras Emma le daba placer.
—Céntrate solo en mí —le susurró Regina mientras volvía a meter su pezón en la boca.
Era una orden bastante fácil de seguir. Emma cerró los ojos y se perdió en Regina y en su dominación.
—Joder, me la está poniendo dura —dijo Tyson en voz baja.
—Yo también quiero que me la chupe —dijo Charles con una voz forzada llena de lujuria y envidia.
Las manos de Regina se endurecieron contra el rostro de Emma.
—Merde —murmuró el francés.
Los sonidos húmedos de la lengua de Emma hacían al disfrutar los senos de Regina aumentaron de volumen en toda la habitación. Sonaban eróticos y estridentes en contraste con el silencio que reinaba en el ambiente.
Regina llevó las manos hasta los nudos de sus muñecas y aflojó la aterciopelada cuerda que tenía alrededor de manos y tobillos. Los brazos y las piernas de Emma gritaron en protesta cuando este la levantó hasta ponerla de pie. Regina se quedó ahí abrazándola durante un buen rato y dejó que recobrara sus fuerzas. Entonces la cogió en brazos y la llevó hasta la larga mesa pequeña que había frente a los sofás. La tumbó y le separó las piernas. Luego le puso los brazos por encima de la cabeza y deslizó la cuerda alrededor de cada muñeca antes de atarla a las patas de la mesa que tenía Emma bajo la cabeza. Cuando se volvió a enderezar, su mirada se dirigió directamente al hombre que se encontraba más cerca de ella.
—Puedes tocarla. Puedes darle placer. Pero no le hagas daño bajo ningún concepto. No la asustes. Todo esto es por y para ella. La polla se la dejan dentro de los pantalones y no la penetren, de ninguna forma. ¿Está claro?
—Como el agua —contestaron los 3.
/dejar comentarios provoca que no les de gripe/
/si la relación es ultra toxica, pero en fin el morbo es mediático y gusta a la mayoría de las personas/
