Capítulo 31

A la mañana siguiente, cuando Emma se despertó, Regina no se encontraba en la cama con ella. Emma sintió la pérdida de su contacto, pero también se sintió aliviada ya que no sabía cómo podía enfrentarse a él todavía. Había demasiadas cosas que tenía que decirle y no estaba completamente segura de cómo decirlas. Quizás eso la convertía en una cobarde, pero sabía que lo que tenía que decir podría significar perfectamente el final de su relación con Regina. Estaba tumbada bajo las sábanas, abrazada a la almohada de Regina y decidiendo si moverse o no, cuando él apareció por la puerta con la bandeja del desayuno en las manos.

—¿Tienes hambre? —le preguntó con un tono serio y bajito—. He pedido el desayuno.

Emma estaba sorprendida por lo nervioso que lo veía. Había verdadera preocupación en sus ojos, y el arrepentimiento se reflejaba en su mirada, oscureciéndola, cada vez que la miraba. A Emma el corazón le dio un vuelco y cerró los ojos para bloquear las imágenes de la noche anterior.

—¿Emma?

La joven abrió los ojos y se lo encontró de pie junto a la cama aún con la bandeja entre las manos. Emma se enderezó y se colocó las almohadas en la espalda de forma que quedara incorporada para comer.

—Gracias —murmuró cuando Regina le puso la bandeja sobre las piernas.

Regina se sentó en la cama junto a ella y le pasó el dedo pulgar por el labio amoratado. Ella se encogió de dolor cuando llegó a ese particular punto sensible en la comisura, de inmediato los ojos de Regina se llenaron de disculpa.

—¿Podrás comer? —le preguntó en voz baja. Ella asintió y luego bajó la mirada para coger el tenedor. Ya no podía seguir mirándolo a los ojos. —He cancelado todos los compromisos de trabajo que teníamos.

Al instante, Emma levantó la cabeza con el ceño fruncido. Antes de que ella pudiera responder, Regina continuó como si ella no hubiera reaccionado.

—He cambiado el vuelo de vuelta a Nueva York para mañana por la mañana a primera hora. Así que hoy te voy a llevar a ver París. La Torre Eiffel, Notre Dame, el Louvre y todo lo que quieras ver. Tengo reserva para cenar a las siete. Un poco más temprano de lo normal aquí en París, pero mañana salimos temprano y quiero que estés descansada.

—Eso suena genial —contestó Emma con voz ronca.

La felicidad y el alivio que se adueñaron de sus ojos fueron impactantes. La morena abrió la boca como si fuera a decir algo más pero luego la volvió a cerrar. Emma no se podía imaginar por qué había cancelado todos los compromisos que tenía para ese día. El único propósito de su visita era el trabajo y el próximo hotel que abriría. Pero un día en París con Regina era algo que había salido directamente de una de sus fantasías. Sin trabajo de por medio. Sin hombres extraños. Solos ellas dos pasándolo bien y disfrutando del tiempo juntas. Sonaba como el paraíso. Y por un breve instante pudo ignorar el malestar que había entre ambas. Podría fingir que la noche anterior no había ocurrido nada. No se olvidaría de ello; era un tema del que tendrían que hablar. Pero se tomaría el respiro que Regina le había ofrecido, y se enfrentaría a lo que fuera que le tuviera que decir luego. Porque, cuando llegara, bien podría ser el final de su relación.

Mientras Regina la observaba con ojos aún llenos de preocupación, ella se dio prisa en comer; quería pasar todo el tiempo que pudiera explorando la ciudad. Con solo un día en París era imposible verlo todo, pero aprovecharía al máximo y se quedaría con todo lo que pudiera y le diera tiempo a ver. Cuando terminó, se vistió y se sujetó el pelo nuevamente con una pinza. Ni siquiera se molestó con el maquillaje. Se había traído su par de vaqueros preferidos, y ahora daba las gracias por ello.

—Hace frío esta mañana. ¿Has traído algo calentito que ponerte? —le preguntó Regina. Estaba apoyada contra el marco de la puerta del cuarto de baño, observándola mientras se ponía los pantalones. —Siempre podemos ir a comprar lo que necesites. No quiero que estés incómoda.

Emma sonrió.

—Tengo un jersey. Y si andamos mucho eso será más que suficiente.

El aire salió de los pulmones de Regina con una rápida y sonora exhalación.

—Dios, eres preciosa cuando sonríes.

Emma, sorprendida por el cumplido y por la absoluta sinceridad que mostraba su voz, sonrió de oreja a oreja y apartó la mirada con timidez. Tras ponerse los calcetines y calzarse las zapatillas deportivas, sacó el jersey de botones y se lo puso también, dejándolo abierto por delante. Regina ya estaba vestida y preparada, así que descendieron hasta llegar al vestíbulo del hotel, donde Regina cogió un mapa de París y se pasó un rato hablando con el portero. Salieron del hotel y seguidamente Emma cogió aire ante el día tan bonito que se presentaba. Había una frescura en el aire que inmediatamente la despejó. No podría haber pedido un día mejor para hacer turismo por París. El cielo brillaba de un azul intenso sin una nube que lo arruinara. Tras recorrer una primera manzana, Emma se estremeció cuando un viento frío sopló con fuerza por la calle. Regina frunció el ceño y, a continuación, se alejó para dirigirse a uno de los vendedores que estaban instalados en la acera. Escogió una bufanda de colores vivos, le dio unos cuantos euros al hombre y luego volvió a donde Emma estaba esperándola. Le rodeó el cuello con la bufanda y se aseguró de que las orejas estuvieran también tapadas por el cálido material.

—¿Mejor? —le preguntó. Ella sonrió.

—Perfecta.

La morena la pegó a su costado y la mantuvo ahí abrazada contra su cuerpo mientras seguían andando. Emma respiró profundamente varias veces para deleitarse en la impresionante belleza de la ciudad. Se detuvo con cierta frecuencia para mirar los escaparates o para ojear los puestos que los vendedores tenían colocados en las calles. Mientras tanto, Regina fue paciente y atenta. Si Emma veía algo que le gustaba, ella rápidamente se lo compraba. Y como resultado, ahora llevaban varias bolsas en las manos. La vista desde la Torre Eiffel era magnífica. Se quedaron contemplando la ciudad de París desde arriba del todo con el viento despeinándola y tirando de las puntas de la bufanda. En un impulso, Emma se puso de puntillas y le dio un beso a Regina en los labios. A este los ojos se le oscurecieron ante la sorpresa y por una sensación que parecía ser de alivio. Cuando volvió a posar los talones en el suelo, ella sonrió con pesar.

—Siempre había sido uno de mis sueños recibir un beso en la cima de la Torre Eiffel.

—Entonces hagámoslo en condiciones —le dijo Regina con brusquedad. Soltó las bolsas que tenía en la mano y la estrechó entre sus brazos. Le levantó la barbilla con las manos para que su boca estuviera perfectamente al alcance de la suya, y entonces deslizó los labios suavemente sobre los suyos. La lengua la tanteó ligeramente, persuadiéndola para que abriera la boca y la dejara avanzar. Emma suspiró y cerró los ojos para empaparse en cada segundo de la experiencia. Aquí, en una de las ciudades más románticas del mundo, estaba haciendo realidad su sueño de adolescente.

¿Qué mujer no querría que la besaran en lo alto de la Torre Eiffel?

El resto del día siguió cumpliendo sus fantasías más románticas. Contemplaron las vistas, se rieron, sonrieron y se dejaron llevar por las maravillas de la ciudad. Regina fue muy tierna con ella y le consentía cualquier cosa sin parar. Llegó a un punto que tuvo que llamar a un chófer para que se llevara las bolsas de vuelta al hotel porque ellas ya no podían con tantas. Cuando el día llegó a su fin, Regina la llevó a un restaurante con vistas al río Sena. El crepúsculo había descendido y todas las luces de las farolas parpadeaban y brillaban en el horizonte. Estaba cansada por estar todo el día caminando, pero no habría podido ser más perfecto. Mientras estaban esperando los entrantes, Regina alargó la mano por debajo de la mesa y le puso los pies en su regazo. Desabrochó los cordones de sus zapatillas, se los quitó y comenzó a masajear cada pie. Ella gimió de total y completo placer cuando Regina hundió los dedos contra sus empeines y le acarició las plantas.

—Cogeremos un taxi hasta el hotel —le informó Regina—. Ya has caminado bastante por hoy. Te van a doler los pies mañana.

—Ya me duelen —dijo con pesar—. Pero ha sido el día más maravilloso de mi vida, Regina. Nunca te podré agradecer lo suficiente.

La morena se puso serio al instante.

—No necesitas darme las gracias, Emma. Haría casi cualquier cosa por hacerte sonreír.

Su mirada era seria, llena de determinación. Todas las veces que la había mirado a lo largo del día, había visto una dulzura que le encogió un poquito el corazón. Era casi como si se preocupara por ella más que si solo fuera un juguete sexual. La comida llegó y Emma le hincó el diente encantada a pesar de haber estado picoteando deliciosos dulces, panes y quesos durante todo el día. Ralentizó el ritmo cuando estaba acabando. Al haber sido un día tan maravilloso, Emma sabía que cuando volvieran al hotel llegaría la hora de enfrentarse al asunto que ambas habían estado evitando.

Ella no tenía ninguna prisa en acabar el día. Sería un recuerdo que tendría para toda la vida. Pasará lo que pasase en el futuro, Emma nunca iba a olvidar el tiempo que había pasado con Regina en París. Cuando llegó la hora de irse, Regina la cogió de la mano, entrelazó los dedos con los de ella y salieron a la terraza que daba al río, donde había un barco-restaurante con gente cenando, con sus luces titilando de forma alegre. Era una noche preciosa. Fresquita. Mensajera del invierno que estaba por llegar.

Sobre sus cabezas, una luna llena se estaba alzando apenas por el horizonte. Emma suspiró y se embebió de las vistas, los barcos, las parejas caminando por el paseo que iba en paralelo al río… Sí, había sido un día perfecto, y también una noche perfecta. Regina la atrajo hasta su pecho y la rodeó con el brazo para mantenerla caliente mientras observaban toda la actividad que acontecía en el río.

La besó en la sien y luego le colocó la cabeza justo bajo su barbilla. A Emma un dolor que no parecía querer írsele comenzó a palpitarle en el pecho. Ojalá las cosas fueran así entre ellas todo el tiempo.

Eran esperanzas —un sueño— que no parecían remitir. Cerró los ojos y saboreó el momento; la cercanía de Regina y su contacto. La morena parecía estar igual de reacia que ella a que la velada terminara. Le cogió la mano con la suya y la guio hacia la parada de taxis que se encontraba un poco más abajo en la calle. Unos pocos minutos más tarde, las dos se encontraban de camino de vuelta al hotel. De vuelta a una realidad que las estaba aguardando a ambas.