Adrien tomó a Marinette en brazos y la condujo entre besos hacia su cama. Unos meses atrás, había reformado la distribución de la habitación y ahora el lecho se encontraba en la planta baja, mientras que su área de trabajo quedaba en la zona superior del cuarto. Notó las manos de Marinette aferrándose a su cuello y sus muslos envolviéndole la cintura.

Al llegar a la cama, clavó una rodilla en el colchón y se apoyó en ella para, después, inclinarse hacia adelante y posar con suavidad a Marinette. Sus jadeos se mezclaron con los de la chica, al tiempo que sus manos recorrieron su figura y le fueron quitando las capas de ropa a tientas. Marinette se dejó desnudar, sintiéndose el centro de atención de Adrien por primera vez desde hacía bastantes días. Adrien disfrutó de su predisposición y se aseguró de besar cada poro de su piel en cuanto la tuvo completamente desnuda bajo su peso.

El cuerpo de Marinette siempre era un redescubrimiento para Adrien. Cada vez que la tenía entre sus brazos así, entregada a él por completo, se sentía el ser más poderoso del mundo. Saber que era él, Adrien, quien la hacía temblar, quien le arrancaba lo suspiros con cada caricia, quien la mantenía en vilo mientras se hundía en ella una y otra vez… No tenía palabras para explicar lo que suponía.

Y justo cuando se adentraba en su cuerpo poco a poco, abrió los ojos y notó cómo una lágrima se derramaba de los ojos cerrados de Marinette. Confuso, entró por completo y mantuvo su peso sobre sus brazos.

―¿Princesa? ―murmuró, apartando por un segundo el gemido de placer que tenía atascado en la garganta.

Marinette abrió los ojos. Estaban vidriosos, aunque la expresión de ella seguía siendo de absoluta satisfacción.

―No pares―musitó ella, empujando hacia arriba con las caderas y consiguiendo algo de fricción.

Adrien aferró con fuerza las sábanas. Quiso preguntar de nuevo, pero Marinette tiró de él hacia su boca y le acalló con un beso profundo, hambriento, lleno de necesidad. Adrien perdió el norte de inmediato y se olvidó de la inquietud que había sentido al ver que ella estaba llorando. Solo podía centrarse en lo que ella le había pedido: no parar. Y no pensaba hacerlo hasta conseguir que llegara a las estrellas.

―Eres preciosa―dijo contra su boca, saliendo y entrando de ella con un ritmo constante.

Marinette echó la cabeza hacia atrás y Adrien aprovechó para alimentarse de su cuello. Repartió mil besos húmedos por su garganta y la yugular, mordiendo con suavidad aquí y allá, lamiendo los mordiscos con lentitud y soplándole en los puntos débiles bajo las orejas.

―Te amo―susurró en su oído; Marinette gimió con fuerza, demasiada, de modo que Adrien tuvo que apoyarse en un solo brazo y taparle la boca con la mano―. No grites. Nadie sabe que estás aquí.

―Adrien…

―Solo quiero oírte yo―dijo entre dientes, empujando con más fuerza dentro de ella y obligando a Marinette a ahogar un nuevo grito entre sus dedos―. Solo yo, my lady.

―Solo tú―repitió Marinette con un largo suspiro.

―Te amo―repitió Adrien, aumentando el ritmo, perdiéndose en ella, en su olor, en el contacto directo de su cuerpo con el de ella, en cada sonido que dejaba escapar y que le regalaba el oído―. Te amo…

Marinette abrió la boca para responder, pero su cuerpo tenía otros planes. Se deshizo por completo bajo el de Adrien, le abrazó con piernas y brazos y se contrajo a su alrededor. Adrien la siguió a la cima unos segundos después, enterrando la cabeza en la unión de su cuello con el hombro.

Adrien se dejó caer a un lado, con Marinette aún pegada a él y sus piernas entrelazadas. Su miembro no había salido de su cuerpo, de modo que podía notar las últimas contracciones del cuerpo de ella, desvaneciéndose poco a poco.

Marinette alzó las manos y le acarició la cabeza y el pelo a Adrien, revolviéndoselo aún más después del intenso encuentro sexual que acababan de tener. Agotada, le dio un beso en la frente y él le respondió con un suave ronroneo, saliéndose de ella y enroscándose hasta que su cabeza quedó entre ambos pechos. El sonido del corazón de Marinette era el mejor calmante del mundo.

Marinette no dijo nada, ni siquiera se quejó porque la esencia de Adrien estuviera manchando la cama. La última vez que lo habían hecho, Adrien había tenido que marcharse corriendo porque le habían llamado urgentemente desde la empresa. Aquel día, Marinette se había saltado las clases y le había hecho una visita sorpresa, por lo que sabía que no contaba con mucho tiempo. Sin embargo, la despedida de Adrien fue un tanto fría. En aquellos instantes, la situación era bastante parecida, aunque con cierta diferencia horaria y una parte de Marinette esperaba que el teléfono sonase para romperle la burbuja de nuevo. Luego, recordó que el teléfono estaba apagado, así que se relajó en brazos de Adrien y disfrutó de ser ella la que le mantuviera con los pies en la Tierra.

―¿Cómo te van las clases? ―preguntó entonces Adrien, sacándola de sus recuerdos.

Marinette parpadeó, sorprendida. Adrien no solía preguntarle cómo iba en sus estudios. Normalmente, estaba tan ocupado que no sacaba el tema a colación. De hecho, tampoco tenían demasiado tiempo para pasarlo juntos hablando de sus cosas. Marinette sabía cuál era la rutina de Adrien y le ayudaba con ella, pero él no tenía mucha idea de los progresos de Marinette, de la envidia de estudiantes de cursos superiores y de las buenísimas notas que estaba consiguiendo.

―Bien―admitió Marinette, encogiéndose de hombros―. Mi profesora de Técnicas de costura antigua quiere que participe en el certamen del mes que viene que organiza la Facultad. Quiere que presente un modelo basado en el encaje tejido a mano, el lino y el algodón.

―Eso es genial―sonrió Adrien―. Ya te dije que tienes mucho talento―Marinette sonrió a su vez, azorada―. ¿Crees que podrías…? Bueno, no sé si tendrás mucho tiempo con los exámenes finales, pero… ¿Querrías presentarle algunos de tus diseños a mi equipo?

Marinette se tensó y apartó a Adrien lo justo para poder mirarle directamente a la cara.

―¿Hablas en serio?

―Por supuesto―asintió Adrien, apoyándose en un codo y peinándole el pelo a Marinette con la otra mano―. Les dejarías con la boca abierta.

Marinette frunció el ceño y alzó una ceja.

―No me parece buena idea, Adrien. No quiero que piensen que te estoy utilizando para comenzar a trabajar en una de las mejores firmas de moda del mundo.

―No lo pensarán…

―Lo harán, Adrien―repuso Marinette con firmeza, desenredando sus piernas de las de Adrien y enderezándose en la cama―. Todo el mundo piensa que lo hago. Los periodistas no saben hablar de otra cosa.

Adrien suspiró largamente, borrando la sonrisa.

―Puedo evitar que te hagan fotos y que te graben con sus cámaras, pero no puedo obligarles a que dejen de hablar de ti, princesa…

―Lo sé, no te estoy pidiendo nada de eso―murmuró Marinette, que cogió un poco de sábana y se tapó parcialmente. Hablar desnuda con un Adrien desnudo suponía un ejercicio mental demasiado intenso para ella―. Nadie piensa que yo esté contigo porque te quiero y no por tu dinero.

Adrien desvió la mirada hacia la pared del fondo. Marinette tenía razón. La prensa no dejaba de elucubrar sobre su relación desde que la había hecho pública casi un año atrás. El verano estaba a la vuelta de la esquina y su vida amorosa volvía a copar las portadas de las principales revistas y programas del corazón.

Aunque Marinette creyera que Adrien no se fijaba en ella, sí se había dado cuenta de cómo fulminaba con la mirada a la presentadora del programa del corazón más famoso de París. Incluso Nadja Chamack había dedicado una sesión entera a su vida y a Marinette: desde cuándo se conocían, su relación de amistad, las diferentes fotos que tenían de ellos saliendo como amigos junto a Alya y Nino, las del Moulin Rosse en el viaje del año anterior… Habían hecho todo un recorrido buscando los puntos débiles de su relación y explotándolos al máximo, centrándose sobre todo en la diferencia económica entre ambos.

―Marinette―habló de nuevo Adrien tras varios minutos en silencio―, no tienes que darle crédito a nada de lo que veas o leas sobre nosotros. Son habladurías, no les des importancia.

Marinette se mordió la lengua para evitar contestar de malas maneras.

―No es tan fácil, Adrien―respondió en su lugar con sequedad, poniéndose en pie y yendo al cuarto de baño.

Adrien la siguió, anonadado, pero Marinette cerró la puerta a su espalda, dejándole fuera del baño y de la conversación. Adrien se miró las manos, confuso. ¿Cómo habían podido pasar de estar disfrutando el uno en brazos del otro a discutir por culpa de unos comentarios sin importancia? Adrien no lo comprendía.

Se apoyó en la pared junto a la puerta del cuarto de baño y llamó suavemente con los nudillos.

―Marinette, abre, por favor.

―Dame un minuto―dijo Marinette al otro lado de la puerta.

Adrien rodó los ojos hacia el techo.

―¿Por qué estás enfadada conmigo? No soy yo quien se inventa esas cosas…

Se oyó un ruido tras la pared y, un segundo después, Marinette asomó la cabeza por la rendija de la puerta. Adrien se fijó en que tenía el rostro contraído en una mueca extraña, como si no quisiera dejarse llevar por las lágrimas que volvía a tener agolpadas en los ojos. De nuevo, la alarma se encendió dentro de él y dio un paso para abrir la puerta con firmeza y abrazar a Marinette sin dudarlo un segundo.

―Todo irá bien, princesa―susurró, dándole un beso en la coronilla y respirando, aliviado, al notar que ella le envolvía el cuerpo con los brazos―. Eres una gran diseñadora. Eres preciosa, inteligente y talentosa. No dudes de ti misma. El proyecto de tu profesora saldrá genial y mi equipo estará encantado de ver tus ideas.

Marinette no dijo nada. Se limitó a dejarse llevar por la calidez de Adrien y a recrearse en sus palabras, deseando no escuchar esa voz en su cabeza que le decía que ella era demasiado diferente de Adrien, que la prensa tenía razón y que, tarde o temprano, Adrien se daría cuenta de lo diferentes que eran sus mundos.