Las reacciones a las palabras de la periodista del programa del día anterior no se hicieron de rogar. No hacía mucho, Alya había descubierto que existían varios blogs que hablaban sobre Adrien y algunos de ellos se titulaban "Adrinette", una combinación de los nombres de Adrien y Marinette que señalaba su felicidad por la pareja. Alya siempre le mostraba a Marinette esos blogs para subirle la moral días como aquellos, en los que una gran mayoría de las mujeres jóvenes de París insultaban a Marinette por el simple hecho de estar saliendo con el guapísimo y popular Adrien Agreste.

Dejando a un lado esos comentarios y la extraña sensación que Marinette sentía en el estómago cada vez que pensaba en su novio, el proyecto de Marinette iba viento en popa. Durante la siguiente semana, estuvo trabajando hasta tarde en los diseños, borrando y dibujando varias ideas para presentárselas a su profesora. De esa manera, si rechazaba su primer boceto, tendría varias opciones más. Sin embargo, no podría aprovechar aquel fin de semana, puesto que Adrien tenía una importante cena con algunos diseñadores famosos y ella no podía faltar.

De modo que el viernes por la tarde, sobre las cinco, Marinette recibió en su casa al peluquero de Adrien y a sus ayudantes. Marinette disfrutaba mucho con ellos, se sentía como si ella fuera Anne Hathaway en The Princess Diary. Lo bueno de esas sesiones es que Marinette se olvidaba por un momento de la tediosa noche que le esperaba, ignorando por completo los pensamientos de Adrien al respecto.

Al joven Agreste tampoco le hacía ninguna gracia compartir esa noche su tiempo. Quería entregárselo solo a Marinette, pues era consciente de lo mucho que ella necesitaba su atención. Pero no pudo decirle que no a uno de sus asistentes cuando le recomendó que no faltara a esa importante cita, donde estaría incluso la madre de Chloé, que había viajado desde Nueva York exclusivamente para el evento. Así que siempre hacía lo único que creía que podía hacer por Marinette y era que se sintiera como él la veía siempre: la chica más increíble del mundo.

―Supongo que hoy tampoco te pondrás el traje, ¿verdad? ―dijo entonces Plagg, mientras Adrien se recolocaba la chaqueta sobre los hombros.

Adrien alzó una ceja y le miró a través del imponente espejo del baño.

―Ya llevo traje, Plagg.

El kwami le dirigió una mirada llena de significado.

―Sabes a qué traje me refiero.

Adrien rodó los ojos.

―No puedo ir vestido de Chat Noir. Y tampoco tengo ningún motivo para hacerlo. Ya no existe Hawk Moth, ¿recuerdas?

A Plagg no le pasó desapercibido el leve estremecimiento que recorrió el cuerpo de Adrien. Porque, si había algo que el joven Agreste no había superado del todo, era el hecho de que se había llevado cinco años luchando contra su padre y contra el mal que él mismo creaba.

Tras la larga batalla en el escondite de Gabriel, Adrien no había sido capaz de volver a enfundarse el traje de Chat Noir. Lo había intentado en varias ocasiones, pero algo dentro de él repelía el disfraz y le obligaba a deshacerse de él al poco tiempo. Adrien no le había contado nada a nadie y se había inventado la excusa de que no había ningún peligro para que ni Plagg ni Marinette se percataran de nada. Hasta aquel momento, le había funcionado bastante bien.

―Si crees que soy idiota, lo llevas mal―replicó Plagg, flotando hacia el sofá―. No sé de qué tienes miedo Adrien, pero va siendo hora de que hables de tu problema con alguien.

―¿Miedo? ―bufó Adrien, estupefacto― ¿Quién ha hablado de miedo?

―Tu cuerpo lo ha hecho―Plagg se encogió de hombros―. Sigue negándotelo a ti mismo.

―No me da miedo volver a ser Chat Noir, Plagg―Adrien sonrió, adoptando la máscara de fría cortesía que se había acostumbrado a llevar ante sus socios; tal vez se hubiera librado de la máscara negra, pero ahora llevaba una que pesaba aún más―. Es solo que ya no hay nadie akumatizando a las personas.

»Los Prodigios han vuelto con el Maestro Fu y París está a salvo. ¿Qué mal hay en disfrutar de esa tranquilidad?

La mirada de Plagg se ensombreció.

―El Guardián buscará a su sucesor dentro de poco, Adrien―dijo el kwami de la destrucción en voz baja―. Quienes sepan de la existencia de los Prodigios, harán lo que sea por ser elegidos. Si el Maestro Fu no escoge bien, tú y Ladybug deberéis encargaros del resto de los poderes. Tienes que estar preparado para ese momento.

Adrien dejó de arreglarse la ropa y se giró hacia el sofá para mirar directamente a Plagg. Era rara la vez que su kwami hablaba en serio, pero cuando lo hacía solía acertar. ¿Y si Plagg estuviera en lo cierto? ¿Y si París necesitase a Chat Noir una vez más en el futuro? Adrien no estaba seguro de si se sentía con fuerzas para acarrear con esa responsabilidad de nuevo, más aún si se trataba de proteger los Prodigios.

―El Maestro Fu es sabio―repuso Adrien, intentando sonar tranquilo―, acertó con Marinette y conmigo. Cuando llegue el momento de su jubilación, todo irá bien.

Plagg cabeceó. Estuvo a punto de añadir que aquel era un pensamiento demasiado optimista si tenían en cuenta la suerte que ellos habían tenido para encontrar a Hawk Moth, pero no dijo nada. Se guardó para sí sus pensamientos y dejó que Adrien asimilara sus palabras durante aquella noche. Si le conocía bien, y Plagg creía que así era, estaba seguro de que Adrien no dejaría de darle vueltas al asunto y que, tarde o temprano, se lo comentaría a Marinette. Tal vez Plagg tuviera que hablar con la misma Marinette para que Adrien entrase en razón; al fin y al cabo, ella seguía utilizando los poderes de Tikki de vez en cuando, aunque solo fuera para pasearse por la ciudad e ir a ver a Adrien.

―Bueno―Adrien dio una palmada y giró sobre sí mismo―, ¿cómo estoy?

Plagg entornó los ojos.

―Como cada día, chico: impecable.

―Genial―Plagg se mordió la lengua para no soltar un comentario mordaz―. Ya sabes dónde tienes el queso. Estaremos en el hotel de Bourgeois toda la noche.

―No sé para qué me lo cuentas si no voy a acompañarte ni me vas a llamar al anillo―replicó Plagg, dándole la espalda.

Adrien chasqueó la lengua y se acercó a él para darle un par de palmaditas en la cabeza.

―Buenas noches, gruñón.

Adrien salió de su habitación, preparándose mentalmente para la noche que le esperaba. Sin embargo, antes de salir a buscar a Marinette, tenía algo que hacer. Recorrió el pasillo hasta el otro extremo y llamó dos veces a la puerta antes de entrar en la habitación de su padre.

Gabriel Agreste se encontraba allí, sentado en un sofá idéntico al que tenía su hijo y viendo la televisión, aunque parecía que no le estaba prestando mucha atención. Ni siquiera se inmutó cuando Adrien entró en el cuarto y entornó la puerta a su espalda.

―Buenas noches, padre―saludó Adrien con prudencia.

―Buenas noches―respondió Gabriel sin girarse―. Me agrada ver que mi hijo se sigue acordando de mí.

Adrien hizo una mueca de disgusto que su padre no vio.

―Sabes que estoy muy ocupado―replicó él con acidez―. Me paso cada vez que puedo.

Gabriel no dijo nada. Adrien caminó y se sentó en el otro extremo del mullido sofá. Le echó un vistazo a la habitación de su padre, minimalista, como todo lo que había en la mansión. Si había algo que Adrien no había querido tocar era la decoración de la casa. Aquella casa no era suya, seguía perteneciéndole a su padre y sentía que estaría dándole por perdido si se atrevía a quitar una sola silla elegida por Gabriel.

―Me han dicho que haces progresos en tus sesiones―comentó Adrien como si nada, mirando la televisión sin prestarle atención.

―Eso dicen.

―¿Empiezas a entender lo que hiciste?

Gabriel le miró de reojo, un sencillo gesto que Adrien supo cómo interpretar: su padre estaba molesto.

―Mi cabeza funciona perfectamente, Adrien, no estoy loco.

―Tener a psicólogo haciéndote un seguimiento no significa que estés loco―repuso Adrien sin vacilar―. Pero tienes que comprender hasta qué punto hiciste daño a las personas.

Gabriel suspiró.

―Ya hemos hablado de esto varias veces, Adrien. Nunca estaremos de acuerdo.

Adrien frunció el ceño y se levantó. Ahora era él quien se sentía impotente.

―No estés tan seguro, padre.

No dejó que añadiera nada. Adrien giró sobre sus pies y atravesó la habitación como una exhalación, pero antes de que pudiera salir por completo, escuchó la voz de su padre al fondo:

―Tal vez estés dispuesto a colaborar cuando veas que pierdes aquello que más amas.

Adrien le miró por encima del hombro.

―¿Eso es una amenaza?

―No―repuso Gabriel y se movió en el sofá para poder encarar a su hijo; la luz de la televisión arrancó destellos a la montura de sus gafas plateadas y sus penetrantes ojos grises se clavaron en los verdes de su hijo―. Es la realidad―Adrien no respondió―. Pásatelo bien esta noche.