La primera vez que Marinette entró en aquel cobertizo fue para ocultarse de Chat Noir cuando estaba a punto de transformarse. En aquel entonces, ella jamás habría imaginado que acabaría mostrándose por completo a su compañero de batallas, el mismo por el que suspiraba en el instituto. Aquel recuerdo fugaz cruzó la mente de Marinette en el momento en que Adrien cerró la puerta tras él y ambos se quedaron sumidos en la más absoluta oscuridad. Marinette tanteó con la mano hasta dar con el interruptor para encender una pequeña bombilla, que iluminó débilmente las estanterías llenas de productos de limpieza, varios pares de escobas y recogedores, así como fregonas y cubos húmedos.
Frente a ella, Adrien la observaba en silencio, atento a todos sus gestos. Marinette suspiró y se cruzó de brazos. Los ojos de Adrien la recorrieron de arriba abajo. Estaba demasiado bonita aquella noche y odiaba ser él quien hubiera puesto aquella mirada apagada en su rostro.
―Tú dirás―le animó Marinette tras varios minutos en silencio.
Adrien respiró hondo.
―Lo siento―dijo de nuevo, tratando de acercarse a ella.
Marinette dio un paso atrás y se topó con una de las estanterías, pero no respondió. Le parecía una pérdida de tiempo hacerle ver cómo se sentía. Ya lo había intentado otras veces, de diferentes maneras y no había dado resultado.
―Háblame, por favor―le suplicó Adrien y Marinette captó que la voz se le rompía al final de la frase.
Cerró los ojos y volvió a suspirar.
―Yo no puedo seguir así, Adrien―las palabras se le quemaban al salir de la garganta, pero necesitaba decirlas aunque dolieran―. Créeme, he intentado adaptarme a tus horarios locos, a tu apretada agenda y a tu nueva costumbre de no mencionar quiénes éramos antes de todo esto―Marinette hizo un gesto señalando el exterior, el hotel lleno de invitados para una cena benéfica en la que Adrien era uno de los asistentes más importantes―. Pero no puedo continuar fingiendo que tu padre no destruyó París o parte de ella cada vez que quiso y pudo. Y tampoco puedo fingir que no tenemos unos kwamis que cuidar y proteger.
―Yo no finjo que…
―Sí lo haces, Adrien―le interrumpió Marinette con dureza, dejando a un lado el discurso suave―. Te empeñas en negar una parte de ti mismo. Plagg forma parte de tu vida. ¿Cómo puedes darle la espalda?
Adrien frunció el ceño.
―No le doy la espalda. Sencillamente, ya no hace falta que me convierta en Chat Noir. Y tampoco tengo tiempo para eso.
―¿Ves? ―señaló Marinette― A esto es a lo que me refiero. Te ocultas en todos tus deberes como empresario y modelo, pero no le dedicas ni un solo minuto a lo que hay más allá de tu mansión.
―¿Estás diciendo que no paso tiempo contigo? ―inquirió Adrien, anonadado. Él no recordaba no haber estado con ella casi todos los días de aquella semana, y de la anterior y la otra y la otra…
―Estoy diciendo que, aunque me gusta que compartas conmigo tus preocupaciones sobre Agreste's, necesito tener un novio y no un jefe cuando estamos a solas.
»¿Tienes idea de lo que es estar con alguien que solo se preocupa de sí mismo? ―Adrien no respondió, aunque aquella pregunta no había sido formulara para que lo hiciera― Exceptuando el fin de semana pasado, ¿cuándo fue la última vez que me preguntaste sobre mis estudios, mis proyectos, mis planes?
―Yo…―Adrien vaciló.
¿Realmente se había comportado de aquella manera? No recordaba haber hecho nada de eso, pero lo cierto era que apenas podía acordarse de lo que habían hablado el día anterior.
Adrien frunció el ceño, sintiendo cómo el nudo en el estómago se afianza a la altura del corazón. Se había concentrado tanto en pasar página y en ser él mismo que había olvidado por completo por quién se esforzaba tanto. Marinette no tenía ni idea de sus planes, no sabía lo que Adrien pretendía hacer una vez ambos hubieran acabado sus estudios universitarios. Adrien tenía varias ideas en mente y había estado trabajando en conseguir los recursos necesarios para llevarlas a cabo, pero en el proceso había obviado por completo la figura que estaba al final de ese arduo camino. No era que hubiese dejado de amar a Marinette con toda su alma, era, sencillamente, que había dado por hecho que ella jamás se iría de su lado.
Sin embargo, cuando Adrien la había visto hablando con Luka, riendo con él, abrazándole…, y luego Marinette le había dicho todas aquellas cosas, no estaba muy seguro de que lo tuviera todo tan perfectamente atado con ella.
―Marinette―murmuró con voz ronca, consiguiendo que a ella se le pusiera la piel de gallina―, lo siento muchísimo. Te prometo que no he sido consciente de nada de eso.
Adrien se acercó a ella un paso más y la tomó con suavidad por la cintura, dibujando círculos con el pulgar sobre el tejido del vestido. Marinette notó cómo su determinación se esfumaba como el humo y cómo su cuerpo se dejaba llevar por la presencia de Adrien. Al alzar la mirada hacia la de él, se encontró con esos irises verdes que conseguían que perdiera la noción del tiempo, unos irises que rezumaban arrepentimiento sincero. ¿Cómo no iba a perdonarle si la miraba de aquella manera?
―La próxima vez que me comporte como un gilipollas, dímelo―añadió Adrien, arrancándole una pequeña sonrisa a Marinette.
Ella, por su parte, posó sus manos sobre su pecho y notó los acelerados latidos de su corazón. Ahí, bajo la ropa de ejecutivo y el aspecto de joven demasiado adulto, seguía estando Adrien, su Adrien, el chico del que se enamoró, del que trató de olvidarse y del que ya no pudo separarse hacía casi un año.
―Lo haré―le aseguró Marinette en voz baja―. Pero quiero que hagas algo para resarcirme por todo lo que has hecho.
Adrien puso los ojos en blanco.
―Ya sabía yo que habría represalias…―bromeó, ganándose un suave golpe en el brazo.
―Te estoy hablando en serio, Agreste―insistió Marinette y Adrien dejó a un lado la broma para volver a ponerse serio―. Quiero que hables con alguien de lo que ocurrió con tu padre.
A Adrien le pareció que el suelo se movía bajo sus pies.
―¿Qué? Sabes que no puedo revelar el secreto…
―No hablo de un psicólogo cualquiera, Adrien. Hablo del maestro.
Adrien tragó saliva.
―¿El maestro Fu? ―repitió, confuso; ¿era demasiada casualidad que tanto su padre como su novia sacaran a colación la figura del Guardián de los Prodigios el mismo día?
―Sí―asintió Marinette, dándole suaves golpecitos con un dedo en el centro del pecho―. Ya que te niegas a hablar conmigo del tema, al menos desahógate con él. Te puede ayudar a asimilarlo y, no sé, quizá te dé alguna idea de lo que puedes hacer respecto a tu madre.
Adrien se inclinó hacia ella, ocultándola de la tenue luz de la bombilla.
―¿Él te ha dicho algo sobre ella?
―No me refiero a despertarla―negó Marinette en un susurro, alzando una mano para tomarle por el rostro a modo de consuelo―. Hablo de cómo enfrentarte a todo lo que ella ha supuesto para ti y lo que tu padre ha hecho al respecto. Hablo de tu afán de negar tu faceta como Chat Noir o de mis poderes como Ladybug. Solo lo mencionas de pasada cuando estás con las defensas bajas, como en el coche…
―Ahí no estaba con las defensas bajas y lo sabes―replicó Adrien, haciéndole cosquillas a Marinette para que quitara esa expresión tan sombría que cruzaba su rostro.
Ella no pudo hacer otra cosa que reírse por lo bajo y zafarse de los dedos de Adrien, que la sujetaron con mayor firmeza y tiraron de su cuerpo hacia él. Sus pechos chocaron y sus latidos se acompasaron al momento. Adrien se perdió en el azul de los ojos de Marinette y ella hizo lo propio en el verde esmeralda de los de él. Su respiración se hizo más dificultosa. No escuchaban nada del exterior, aunque el ruido de las conversaciones se filtraba por la puerta.
Marinette se mordió el labio inferior al tiempo que Adrien se pasaba la lengua por entre los dientes. Aquella era la tensión a la que ambos estaban acostumbrados, no a la que presagiaba una discusión. De nuevo, el deseo y la necesidad que habían sentido en el coche se apoderaron de ellos, con el incentivo de que podían descubrirlos en cualquier momento. Era como si esa posibilidad alimentara la adrenalina que corría por sus venas y les hiciera ser aún más imprudentes.
―Eres preciosa―musitó Adrien, su nariz rozando apenas la de Marinette.
―No pienso ceder―susurró ella.
Adrien dibujó una media sonrisa que volvió loca a Marinette en un nanosegundo. Era esa sonrisa que solía regalarle semioculto bajo una máscara negra, la misma que le mostraba cuando ella le pillaba in fraganti y él no podía negarlo.
―Lo sé―dijo Adrien con un hilo de voz, cerniéndose sobre su rostro, entornando los ojos, que viajaban desde su mirada azul a su boca pintada de rojo, como si fuera una fresa madura o una rosa a punto de reventar.
―¿Lo harás? ―fue capaz de insistir Marinette, cautivada por Adrien y su manera de hacer que dejara de saber quién era ella.
―¿Qué me darás a cambio?
Marinette ahogó la risa.
―No es negociable, gatito. Es lo que me debes por hacérmelo pasar tan mal.
―Uhm…―Adrien ladeó la cabeza, inhalando su perfume; se le hacía la boca agua con solo olerla y a Marinette se le ponía el vello de punta con su cercanía― Pero me quieres.
Marinette parpadeó, jadeante. En medio de la nebulosa en la que estaba sumiéndose con Adrien, aún le funcionaba algo del sentido común y captó el tono suplicante de su voz. Su corazón se enterneció al instante. Adrien necesitaba saber que aún le quería, que a pesar de sus fallos ella seguía eligiéndole.
―Más que a mi vida―reafirmó Marinette, sus brazos rodeándole el cuello.
Adrien jadeó y se lanzó sobre ella. No podía soportar más los escasos milímetros que le separaban de Marinette. La besó con auténtica hambre, con sed de ella, deseando demostrarle que estaba dispuesto a cambiar, a ser mejor y a hacerla tan feliz como le había prometido una vez. Sus manos recorrieron el cuerpo de Marinette de arriba abajo, apresándola, reconociéndola, mientras que ella se dejaba acariciar y besar por todas partes. Solo era consciente de Adrien rodeándola, besándola, lamiéndola, tanteándola, haciéndola suya sin quitarle la ropa.
Marinette echó la cabeza hacia atrás cuando Adrien atacó su cuello con audacia, sujetándose a sus hombros. A su espalda, la estantería se movía y los productos de limpieza bamboleaban peligrosamente a su alrededor. Además, cada vez era más consciente de las pisadas que pasaban cerca de la puerta del cobertizo. Si alguien veía luz dentro, podrían pensar que habría alguien y abrirían la puerta.
―Adrien―suspiró Marinette, tomándole por la cara y dándole un beso que le dejó sin el poco aliento que le quedaba―, vámonos a casa.
―¿A casa? ―repitió él, aturdido― ¿La mía?
―Sí. Por favor…―le suplicó Marinette, besándole en la comisura de la boca― No quiero seguir aquí. Es demasiado… eh… antihigiénico.
Adrien tardó un segundo en comprender la broma y echarse a reír.
―Claro, rodeados de productos de limpieza…
Marinette sonrió.
―Como quieras―aceptó Adrien, encogiéndose de hombros y dispuesto a comenzar su labor de resarcimiento cuanto antes―. No creo que nadie se dé cuenta de que no estoy.
La sonrisa de Marinette se amplió. Adrien se bañó en esa sonrisa para, después, cogerla de la mano, apagar la luz del cobertizo y salir de aquel armario con rapidez y sigilo. De inmediato, se pegaron a las cortinas más cercanas. Adrien, que iba con un traje oscuro, ocultó a Marinette tras él, como si así pudiera camuflarse con la cortina, sin contar con su pelo rubio, por supuesto. Marinette estuvo a punto de protestar, pero entonces vio que Luka se fijaba en ellos y ladeaba la cabeza.
―Mierda―murmuró.
Adrien la miró de reojo.
―¿Qué pasa?
―Luka nos ha visto. ¡Oh, Dios! Viene hacia aquí…
―¿Qué más da lo que piense Luka? ―farfulló Adrien, fastidiado.
Pero Marinette no tuvo tiempo de responder. Luka echó una ojeada alrededor en cuanto se acercó a ellos.
―¿Ya os vais? ―preguntó, mirando por encima del hombro de Adrien a Marinette.
―Sí, bueno, es…―tartamudeó ella.
―Sí, nos vamos―intervino Adrien―, pero no queremos salir por la puerta principal.
Luka asintió una sola vez con la cabeza.
―¿Y si os llevo a la puerta que usa el servicio del hotel? ―propuso― No habrá ni un solo paparazzi, os lo garantizo.
Adrien y Marinette se miraron y se sonrieron, cómplices. Aquello era exactamente igual que cuando se escabulleron de una fiesta en la playa y tuvieron que llegar de otra forma al hotel.
―Hecho―aceptó Adrien, girándose de nuevo hacia Luka―. Guíanos.
Siguiendo las indicaciones de Luka, nadie se percató de que la pareja salía a hurtadillas del hotel de Bourgeois, aunque sí escucharon a alguien preguntar por Adrien en la barra. Sin embargo, gracias a la facilidad de Luka para hacer amistades con otras personas, la chica que atendía la barra en ese momento no se chivó.
En cuanto estuvieron fuera del hotel, Adrien y Marinette respiraron, aliviados. Luka se puso las manos en las caderas y los observó, curioso.
―Creía que erais invitados especiales―comentó mientras Adrien se recolocaba la chaqueta y Marinette hacía lo propio con su vestido.
―Y lo somos―contestó Marinette con una sonrisa de disculpa―, pero nos tenemos que ir y salir apenas media hora después de entrar es un poco… raro.
Luka se encogió de hombros.
―Supongo―coincidió―. Bueno, chicos, que tengáis buena noche―sus ojos viajaron fugazmente a Marinette―. Nos vemos.
―Gracias por todo, Luka.
Adrien no dijo nada. Marinette ya había dado las gracias por los dos, de modo que le puso un brazo por encima del hombro y se la llevó por el callejón al que la puerta del servicio daba. Unos segundos después, escuchaban que esa misma puerta se cerraba a sus espaldas. Un rápido vistazo fue suficiente para corroborar que Luka ya no estaba allí.
―Bien―dijo Adrien―, ¿alguna idea sobre cómo llegar a mi casa sin llamar la atención?
Ahora fue Marinette quien dibujó una sonrisa traviesa, al tiempo que habría su pequeño bolso.
―Pues sí, tengo una.
