Hacía bastante tiempo que Marinette no visitaba al Maestro Fu. Desde que le informaran de lo que había ocurrido con Gabriel Agreste y los Prodigios perdidos, Marinette apenas había hablado con el Guardián. En cierto modo, Marinette se sentía mal por haberse alejado tanto de su mentor, pero no le había quedado otra alternativa. La única manera de ir a su casa sin que algún paparazzi la reconociera era con el traje de Ladybug y, debido a los estudios, su relación y los compromisos de Adrien, solo había utilizado el poder de Tikki para ir a la mansión Agreste a escondidas en sus ratos libres.
Ahora, sin embargo, se había enfundado el traje rojo y negro con un fin diferente.
La casa del Maestro Fu se encontraba donde siempre, en una concurrida calle de París donde el tráfico no cesaba durante el día. El pequeño apartamento formaba parte de un edificio con varias plantas, aunque él ocupaba la más baja. Cuando Marinette llegó vestida como Ladybug, se encontró con la entrada del edificio abierta, por lo que no tuvo que llamar al telefonillo. Una vez dentro del vestíbulo, se deshizo del traje y le dio a Tikki un macaron rosado. Su kwami aceptó con ganas la comida y ella llamó a la puerta.
Nadie respondió.
―¿Maestro Fu? ―llamó de nuevo, frunciendo el ceño y pegando la oreja a la puerta. Tal vez se había quedado dormido y desde que Wayzz no vivía con él, no había nadie que le despertara de su siesta― Maestro, soy Marinette. Necesito hablar con usted.
Tikki revoloteó a su alrededor, confusa. Ya se había terminado el macaron y ahora miraba la puerta con la preocupación pintada en sus ojos azules.
―Maestro…
―¿Quieres que entre y eche un vistazo, Marinette? ―se ofreció Tikki, tratando de controlar su propia inquietud, que se reflejaba perfectamente en el rostro de su dueña― Le despertaré de la siesta.
―Gracias, Tikki―asintió Marinette y vio cómo su kwami desaparecía por la puerta y se adentraba en la casa del Guardián.
Apenas habían pasado unos segundos cuando escuchó un grito. La voz era familiar.
―¡TIKKI! ―chilló Marinette, aporreando la puerta.
Su kwami apareció enseguida al otro lado de la puerta, jadeante y con los ojos nublados por las lágrimas.
―Marinette…―sollozó Tikki, haciéndose a un lado para que Marinette pudiese entrar― Está…
No hacía falta que Tikki terminara la frase. El Maestro Fu se encontraba allí, sí, pero nadie habría podido despertarle. Marinette caminó por el pasillo de la entrada hasta llegar al salón, donde el Maestro solía recibirla cada vez que iba a visitarle. Sin embargo, tuvo que contener el aliento al acercarse. Aquella estancia olía demasiado fuerte, lo cual solo confirmaba las tenebrosas sospechas de Marinette.
No obstante, se sobrepuso a las náuseas y se arrodilló junto al cuerpo yacente del Guardián de los Prodigios. Tenía los párpados abiertos, aunque los ojos se habían vuelto hacia arriba y la boca se le había quedado a medio camino de un grito y una última exhalación. La piel del rostro le colgaba, muerta, con un espantoso color amoratado, sobre todo en la zona bajo los ojos y los pómulos. Los músculos habían estado tensos en el momento de la muerte, pero ahora se dejaban caer, laxos, sobre el suelo de madera.
―No puede ser―musitó Marinette, conteniendo las lágrimas―. Es imposible…
Tikki hizo un ruidito a su lado.
―Deberíamos haber venido antes…―se dijo Marinette, sintiendo cómo las piernas le fallaban― ¿Por qué nadie nos avisó?
Tikki negó con la cabeza.
―Nadie podía sospechar nada, Marinette. El Maestro…―dejó la frase a medio camino― No huele nada en el rellano. ¿Quién iba a imaginarse que llevaba días sin salir de aquí?
―Tenemos que llamar a la policía―murmuró Marinette, cogiendo un pañuelo de su bolso y enrollándoselo en la mano para tratar de cerrarle los ojos al Maestro―. No podemos dejarle aquí.
―Marinette―habló de nuevo Tikki, poniéndose frente a ella―. Tenemos que llamar a los demás antes de que se descubra esto. El Maestro estaba bien de salud, no ha muerto por la edad. Además, fíjate bien―Tikki flotó por encima del Guardián fallecido y le señaló las manos, con los dedos agarrotados, como si hubiera estado sosteniendo algo y se lo hubiesen arrebatado a la fuerza―. Ha tenido que ser alguien.
Marinette tragó saliva con fuerza. Tikki tenía razón. Si se fijaba bien, había indicios de que el Maestro había sufrido antes de morir. En los brazos expuestos había marcas alargadas, como si alguien le hubiera clavado los dedos en los antebrazos. Las piernas no estaban completamente extendidas y le faltaba una zapatilla. No se veía ninguna herida a simple vista, pero eso no quería decir nada. Si la policía se lo llevaba, ninguno de sus amigos podría echarle un vistazo y dar ideas sobre lo que podía haber ocurrido. Sin embargo, había una posibilidad que rondaba la mente de Marinette, una que le daba auténtico pánico y que, esperaba, no se cumpliera.
―Tienes razón―asintió Marinette, algo más resuelta al tener varias cosas en las que pensar. Se puso en pie y volvió sobre sus pasos a la puerta para cerrarla; nadie podía ver lo que ocurría dentro del apartamento―. Ve a buscar a Plagg, yo llamaré a Alya.
―Marinette, no pienso alejarme de ti―protestó Tikki y la voz le tembló a causa del miedo y la impresión―. ¿Y si te atacan?
―Estaré bien―Marinette se forzó a sonreír y le guiñó un ojo a su kwami―. Por favor, habla con Plagg. Pero no tardes, ¿de acuerdo?
Tikki se mordió el labio inferior y se lanzó hacia Marinette. Su dueña la acogió en un sincero abrazo que las fortaleció a ambas. Necesitaban estar serenas para lo que se les venía encima.
… … … …
El sonido del piano recorría la mansión Agreste como si fuera una caricia. Los trabajadores de la casa se habían acostumbrado a aquella melodía en particular, una que hablaba de soledad, tristeza y nostalgia. En los últimos meses, el señor Adrien Agreste solo había tocado esa pieza, una y otra vez, repitiéndola hasta que fue capaz de tocarla sin tener la partitura delante. Algunos trabajadores decían que debía de estar amargado con su pareja, pero la mayoría estaba convencida de que se trataba de otro asunto.
Aquel día, sin embargo, nadie podía escuchar la melodía, salvo Plagg. Adrien les había dado el día libre a todos, incluyendo el cocinero, así que había tenido que apañarse el desayuno y el almuerzo. Desde entonces, no había vuelto a hablar con Marinette. Sabía de sobra que Alya estaba con ella y él había esperado la visita de Nino. Su mejor amigo le había enviado un mensaje esa mañana asegurándole que se pasaría por su casa a lo largo de la tarde, pero ya eran las cuatro y nadie había aparecido por allí.
Adrien dejó de tocar, frustrado, dándole un golpe a las teclas. El sonido estridente reverberó, nada que ver con las suaves notas que había tocado segundos antes. Plagg dejó de ojear la revista que tenía frente a él y miró a su dueño.
―No le eches la culpa al piano de que esa canción sea tan triste―comentó como si nada―. ¿Por qué no compones algo nuevo? ¿Qué tal si le regalas una canción a Marinette para disculparte por haber sido un novio inútil, pésimo, egocéntrico y…?
―Está bien, Plagg―le interrumpió Adrien, girando sobre sí mismo en el banco del piano y poniéndose en pie―. No necesito que me recuerdes lo gilipollas que soy.
―No hace falta, ya estás tú para decirlo―replicó Plagg con una sonrisita.
Adrien le lanzó una mirada envenenada mientras se acercaba al ventanal y se apoyaba en él. Plagg sabía que Adrien estaba de un humor de perros, máxime si la noche anterior habían secuestrado a su padre y su novia le había dado un ultimátum. No era que Marinette hubiese dicho literalmente que le dejaría si no cambiaba su actitud, pero a fin de cuentas eso era lo que había ocurrido. A Plagg le gustó ver que la dueña de su azucarillo había crecido y madurado, pero odiaba que Adrien se sintiera tan mal.
―Vamos, Adrien―habló de nuevo Plagg, echando a volar y apoyándose en el brazo que había extendido su dueño―. Los demás tienen una vida, es lógico que Nino se retrase.
―Le dije que era urgente―repuso Adrien, fastidiado―. Alya no tardó ni cinco minutos en ir a ver a Marinette en cuanto recibió su mensaje.
―Ya, bueno, no todos trabajan como DJ durante la noche y viven para contarlo un domingo por la tarde.
Adrien suspiró, cerrando los ojos.
―Lo sé…―abrió los ojos de nuevo y los fijó en algún punto por encima del brazo― Les estoy perdiendo, ¿sabes? ―murmuró, sumido en sus pensamientos― Me he esforzado tanto en mantener la imagen y el ritmo de la empresa de mi padre que me he olvidado de todos ellos, incluida Marinette.
Plagg no dijo nada. Se limitó a escucharle.
―Debería dejar de modelar―continuó hablando Adrien, más para sí mismo que para Plagg, aunque su kwami le prestaba atención―. Gano más que suficiente con el puesto de director y dueño de la compañía. Los consejeros se me echarán encima, pero no me queda otra opción. No quiero perder a Marinette.
―¿Crees que el problema está en el modelaje?
―Solo en parte―admitió Adrien, haciendo una mueca―. Llevo años quejándome de mi padre y ahora soy como él. Me he convertido en lo que despreciaba.
―Irónico, ¿verdad? No obstante―apuntó Plagg, acercándose al rostro compungido de Adrien y posando una de sus patitas en la mejilla de él―, tú te has dado cuenta a tiempo de tus errores y quieres enmendarlos. Así que no eres exactamente como tu padre.
Adrien esbozó una sonrisa cansada.
―Gracias por intentar animarme, Plagg, pero sé bien lo que he hecho.
―No hay nada irremediable, Adrien, salvo el asunto de los dinosaurios―Plagg puso los ojos en blanco―. Yo también fui joven y me equivoqué.
Adrien no pudo evitar soltar una risa por lo bajo.
―Sí, como cuando le echaste demasiada pimienta al Vesubio.
―Era la olla perfecta para fundir queso―se excusó Plagg, encogiéndose de hombros―. ¿Quién iba a pensar que todo saltaría por los aires?
Adrien soltó una carcajada. Sin embargo, el sonido de su risa no se extendió por el resto de la casa. Hubo otro ruido que acaparó la atención de las paredes de la mansión. Con solo escucharlo, Plagg dejó de bromear y se enderezó. Adrien giró sobre sí mismo y se encontró un punto rojo y negro volando hacia él a toda prisa y chillando.
―¡Marinette…! ¡Maestro…! ¡Muerto…! ¡Socorro…!
… … … …
Cuando Adrien llegó a la casa del Maestro Fu, Marinette ya había vomitado una vez en el pequeño cuarto de baño y había tapado el cadáver con una sábana. De alguna forma, el hedor parecía extenderse más lentamente. También había abierto una de las ventanas del baño que daba a un patio interior. De esa forma, si olía mal en los pisos superiores, cualquier vecino se lo achacaría al desagüe que había en medio del patio.
Al ver llegar a Adrien con una gorra del Paris Saint Germain, sus gafas de sol y ropa deportiva, Marinette no pudo hacer otra cosa que sonreír. De alguna manera, el aspecto de Adrien le recordaba lo joven que era en realidad y lo mucho que le había interesado integrarse entre sus compañeros (la gorra del equipo de fútbol de la ciudad lo demostraba con creces). Adrien, por su parte, creyó que el suelo le desaparecía bajo los pies al encontrar a Marinette arrodillada junto al cuerpo sin vida del Guardián de los Prodigios.
Inmediatamente, se olvidó de cerrar la puerta y de Plagg y se fue derecho hacia ella. Se arrodilló a su lado y la estrechó entre sus brazos, ignorando el olor que desprendía el cadáver a su espalda.
―¿Estás bien? ―murmuró en su oído al sentirla estremecerse contra él.
―Asustada―confesó Marinette con un hilo de voz.
Adrien inspiró con fuerza, aunque eso solo sirvió para que la cabeza le diera vueltas. Se apartó un poco de Marinette para estudiarle el rostro. Como él, tenía ojeras bajo los ojos y la mirada cansada.
―Todo irá bien―y Adrien se juró a sí mismo que cumpliría su palabra―. ¿Has avisado a los demás?
―Vienen de camino―asintió Marinette―. Nino me ha pedido que te transmitiera sus disculpas, aunque te pedirá perdón en cuanto te vea. Hace apenas una hora que se ha levantado.
―¿Has llamado a Luka? ―quiso saber Adrien, aunque eligió cuidadosamente el tono de voz para preguntarle aquello.
―Sí, hace unos minutos. No tardará en llegar.
Adrien asintió una sola vez con la cabeza. No le hacía gracia que Luka se diera tanta prisa en ir a auxiliar a Marinette, pero no era el momento para dejarse llevar por los celos. Le recorrió la cara con los dedos, fijándose en cada detalle de su rostro y finalmente, se acercó para besarla con suavidad. Marinette bebió de su contacto y dejó que se le escapara un suspiro de alivio al sentirle contra ella.
No se había dado cuenta de lo mucho que lo había necesitado.
―Sé que tendrás que decírselo a los demás cuando lleguen―dijo Adrien cuando se hubo separado de Marinette―, pero quiero que me cuentes lo que has visto. Cualquier cosa.
―Preferiría no repetirlo, Adrien―Marinette dibujó una pequeña sonrisa de disculpa―. Bastante duro está siendo por sí mismo como para…
―De acuerdo―la interrumpió Adrien con calma―. Tranquila, ¿vale?
Marinette asintió con la cabeza, apoyándose en el hombro de Adrien.
―Me alegra que estés aquí―musitó Marinette, cerrando los ojos, permitiendo que la presencia y el calor de Adrien la reconfortaran.
Él se dio cuenta de su agotamiento y se ocupó enseguida de ser el apoyo que necesitaba. Se acomodó en el suelo junto a ella y la cogió por las piernas para sentarla en su regazo. Marinette sonrió contra su pecho mientras él la acunaba. Adrien sabía que el Maestro Fu había sido más importante para Marinette que para él mismo. El Guardián le había confesado a Marinette todos los secretos que había descifrado del Grimorio, solo ella conocía los detalles más escabrosos de los poderes de los Prodigios. Además, aquel hombre pequeño y enjuto suponía un enlace directo con la cultura china y le había enseñado todo lo que su propia madre no le había mostrado.
El Maestro Fu había sido como un padrino para Marinette y ahora ella le había perdido. Adrien no había visto bien el cadáver del Guardián, pero por la manera en que Marinette se retorcía y buscaba esconderse entre sus brazos, Adrien solo podía deducir que la había traumatizado lo suficiente. Se maldijo por dentro. Debería haberla acompañado, ¿por qué no le había avisado de lo que haría? Se dijo que ya se lo preguntaría en otro momento, cuando el cuerpo del Guardián no estuviese presente y Marinette hubiese recuperado un poco de la impresión.
Los minutos pasaron. Marinette no hizo ningún intento por separarse de Adrien y él no cambió la postura, aunque ya se le habían dormido los dos pies y empezaba a dejar de sentir las pantorrillas. Tras un rato esperando en silencio, la pareja y sus kwamis escucharon el sonido de pasos al otro lado de la puerta y el suave golpeteo de unos nudillos llamando. Marinette y Adrien se miraron.
―Chicos―dijo la voz de Alya―, ¿estáis ahí?
Marinette se mordió el labio inferior. Aquel gesto fue suficiente para Adrien.
―Abre, Plagg, por favor.
El kwami negro flotó sin rechistar y abrió la puerta. Alya, Nino y Luka entraron en el piso del Maestro, pero dieron un paso atrás en cuanto captaron la fetidez.
―Agradeced que Marinette ha ventilado esto―dijo Adrien a modo de saludo sin levantarse.
Alya tragó saliva con fuerza, llevándose las manos a la boca.
―¿Pero qué demonios…?―maldijo Nino, acercándose a sus amigos y encontrándose con el cadáver tapado a su espalda.
Luka tampoco dijo nada. Se quedó mirándolos con el ceño fruncido y una sombra extraña en los ojos.
―Está… muerto…―balbuceó Alya, acercándose― Está muerto de verdad.
―No tiendo a inventarme cosas así, ¿sabes? ―intervino Marinette con voz estrangulada.
―Y tampoco nadie se entretiene en matar a un anciano sin llevarse nada de su casa―apuntó Luka, que no se había movido de su sitio.
Adrien no pudo hacer cosa que darle la razón, aunque no lo dijo en voz alta.
―¿Tenéis alguna idea de quién puede haberlo hecho? ―quiso saber Nino, arrodillándose para destapar el cuerpo del Maestro Fu.
―Echadle un vistazo―les invitó Marinette, alejándose de Adrien por primera vez en un buen rato y quedándose a una prudente distancia del cuerpo―. Yo ya lo he hecho, pero no me he atrevido a quitarle la ropa.
Nino alzó una ceja.
―Genial, no eres necrófaga―intentó bromear Nino, ganándose un puñetazo por parte de Alya.
―Tío, ¿en serio? ―intervino Adrien, poniéndose en pie y yendo hacia Marinette para sujetarla por si se caía al suelo.
―Hoy no está el asunto para el humor negro, Coffaine―dijo Luka, rodeando a Alya y observando el cadáver con ojo crítico―. Bueno, es evidente, ¿no?
Cuatro pares de ojos se volvieron para mirarle, estupefactos.
―¿Qué es obvio, Sherlock? ―Adrien no pudo evitar que le fallara la buena voluntad de llevarse bien con Luka. Marinette le miró un segundo, pero no le regañó.
―El Maestro Fu protegía una sola cosa: la fuente de poder de todos los Prodigios. La caja que contenía todas las joyas. Es evidente que el Guardián se defendió de su atacante, pero esté era más joven y más fuerte―se puso en cuclillas y señaló las marcas de los brazos―. Le inmovilizó el tiempo suficiente para matarle. El cómo, ya es otra cuestión―se puso de nuevo en pie y miró a su compañeros―. Vosotros conocéis esta casa mejor que yo. ¿Veis algo que falte?
Todos se pusieron a estudiar la estancia, excepto Marinette. Su mirada había viajado directamente a la cómoda que había en la pared del fondo del salón. Era un mueble viejo, muy usado y que parecía a punto de deshacerse en cuanto alguien lo tocara. Normalmente, solo había un objeto encima del mueble, un gramófono que, en realidad, contenía la caja de los Prodigios. Sin embargo, en aquellos instantes, aquel gramófono no estaba en su sitio y, por más que Marinette lo buscara por toda la habitación, no aparecía.
Ahogó un grito que atrajo la atención de Adrien de inmediato.
―¿Princesa? ¿Qué ocu…?
―El gramófono―consiguió decir Marinette con un hilo de voz, señalando con un dedo la superficie del mueble, donde se veía perfectamente el dibujo del objeto que había estado allí no hacía mucho―. Ahí es donde el Guardián guardaba los Prodigios. Tenía una contraseña… Y… no está, ha desaparecido.
Todos se miraron, pero la única mirada que Marinette buscaba era la de Adrien. Ambos habían pensado lo mismo.
―La secuestradora―murmuró Adrien―. Es ella. Ella se ha llevado los Prodigios.
