El silencio se apoderó de la estancia durante unos segundos, los suficientes como para que a Marinette dejaran de pitarle los oídos por culpa del estrés. Si Adrien tenía razón, eso significaría que el secuestro de Gabriel Agreste estaba directamente relacionado con el robo de los Prodigios. El resultado de esa combinación no podía ser bueno de ninguna manera. No obstante, Marinette aún podía tener un atisbo de esperanza.

―Puede que ella no sepa la combinación―comentó, sobresaltando a sus amigos y al propio Adrien, que la miró con el ceño fruncido.

―¿Qué quieres decir?

―Bueno―Marinette miró a todo el equipo sin separarse de Adrien, todavía no estaba segura de que las piernas no le fallaran―, el gramófono tiene un código secreto. Si pulsas los botones adecuados en el orden correcto, aparecerá la caja. Por eso no ha dejado aquí el gramófono: no sabe cómo sacar los Prodigios de ahí.

Una oleada de alivio recorrió al grupo. Alya y Nino se miraron, mientras que Luka volvió a estudiar el cadáver del Maestro Fu con ojo crítico.

―Pero, ¿cómo sabía que los Prodigios están escondidos ahí?―apuntó Luka, caminando por la habitación― Alguien debe de habérselo dicho.

Marinette se mordió el labio inferior, estrujándose el cerebro. Adrien la observaba, sin dejar de maravillarse con la capacidad de su novia para buscarle una solución a cualquier situación. Ahora, en aquellos momentos, se dio cuenta de lo mucho que la necesitaba en su vida, sobre todo porque no sería capaz de sobrevivir si se marchaba de su lado.

―Esa mujer secuestró a mi padre―habló, desviando los ojos de Marinette a los demás―. Estoy seguro de que ha sido ella.

―No tenemos ninguna prueba de eso, tío―intervino Nino―. ¿Cómo podemos estar seguros de que ha sido ella y no otra persona?

―Nadie sabía que mi padre estaba en mi casa encerrado―repuso Adrien, tragando saliva con dificultad; admitir en voz alta que le había hecho a su padre lo mismo que él en el pasado era diferente a pensarlo solo en su cabeza―. Y solo nosotros sabemos que mi padre era Hawk Moth. Si alguien quería devolverle su poder, debía venir aquí a por su Prodigio.

Marinette alzó la cabeza para mirarle directamente.

―¿Crees que eso es lo que pretende?¿Retornar a Hawk Moth?

Adrien no respondió inmediatamente y, cuando fue a hacerlo, Alya se le adelantó.

―No podemos descartar ninguna hipótesis―comentó, poniéndose en pie con las manos en las caderas―. Y me niego a seguir hablando de esto con el Maestro Fu de cuerpo presente. Llamemos a la policía y que se lo lleven para hacerle la autopsia. Seguro que encuentran algo que nosotros no nos atrevemos a buscar.

Ninguno puso objeción alguna. Alya se encargó de hacer las llamadas necesarias y, mientras tanto, el resto del equipo vagó por la estancia, cada uno sumido en sus propios pensamientos. Por su parte, Adrien se llevó a Marinette al baño, donde el hedor a muerte era más suave y la sentó en la tapa del retrete para examinarla bien.

Marinette dejó que Adrien le tomara el rostro con ambas manos. Sus ojos verdes destilaban preocupación y sabía que aquella era la única manera de hacer que se tranquilizara. Adrien se había acostumbrado a tener el control de las cosas y los últimos acontecimientos estaban echando por tierra todo su trabajo. Además, Marinette no podía olvidar que debían ocultar a Adrien de la policía si no querían que la noticia llegara a oídos de la prensa. Su relación estaba en un punto lo bastante delicado como para añadirle una ración extra de cotilleos falsos.

―Tienes que irte de aquí, Adrien―murmuró Marinette mientras él le recolocaba un mechón de cabello por detrás de la oreja; él la miró directamente a los ojos―. Nadie puede verte en esta situación.

―Ni a ti―repuso él con una media sonrisa―. Estamos en un lío.

Marinette rodó los ojos.

―Pero tampoco podemos dejar a nuestros amigos solos.

Adrien quiso puntualizar que Luka no era su amigo ni lo sería en un futuro, pero se mordió la lengua. En cierto modo, se enorgullecía por su autocontrol, aunque seguía regañándose mentalmente por comportarse como un adolescente inseguro.

―¿Crees que Alya no sabe hacerse cargo de la situación?

―No es eso―aseguró Marinette en voz baja―. No quiero que se enfrenten a esto ellos solos.

―Saben que somos caras conocidas y que nadie puede vernos aquí… de esta forma. Si les explicamos el asunto, no se enfadarán.

Marinette apretó los labios.

―¿Por qué no haces uso de tus contactos y evitas que todo esto salga a la luz? Podremos quedarnos aquí hasta que la policía decida que ha recabado suficiente información. Ellos pueden ayudarnos a resolver esto.

―No me arriesgaré a que se cuelguen más habladurías sobre ti, Marinette. No―sentenció Adrien, poniéndose en pie y lavándose las manos en el lavabo.

Marinette quiso protestar, pero las palabras murieron en su boca. Adrien y ella guardaron silencio y escucharon que Alya hablaba con alguien. Se miraron.

―La policía―vocalizaron los dos sin emitir ni un ruido.

Adrien maldijo por lo bajo y Marinette respiró hondo, echando un vistazo a la ventana.

―No me gusta la idea de largarnos sin despedirnos―dijo con un hilo de voz―. Pero no tengo otra alternativa. Tikki―llamó y su kwami, que se había quedado a un lado hablando con Plagg y los demás kwamis, apareció a través de la pared del baño―, tenemos que salir de aquí. ¿Puedes avisar a los otros?

La kwami roja asintió, claramente triste y regresó al rincón del salón donde se encontraban las demás criaturas. Unos segundos después, apareció de nuevo en el baño, esta vez acompaña de Plagg. Adrien se la quedó mirando.

―¿Vas a utilizar tus poderes? ―inquirió, sorprendido.

―No tengo otro remedio―suspiró Marinette, volviéndose hacia Tikki―. Cierra la puerta, Adrien. Tikki, puntos fuera.

Adrien solo tuvo un segundo para entornar la puerta del baño. Rogó en silencio para que la policía no se percatara del destello de luz rojiza que bañaba el aseo. No duró mucho. Antes de que pudiera comprobar si la policía les había visto, Marinette ya se había enfundado el traje de Ladybug y había desenrollado el yo-yo de su cintura.

―Vamos―dijo, tendiéndole una mano.

El corazón de Adrien dio una voltereta. Volar con Ladybug era una de sus experiencias favoritas. El traje la dotaba de la fuerza suficiente para soportar su peso de hombre adulto y le permitía disfrutar junto a Marinette de las vistas de París. Aunque la situación no era precisamente la mejor de todas, Adrien no pudo evitar sentir ese pellizco de emoción al abrazar a Ladybug y dejarle los brazos libres para que pudiera moverse sin problemas.

―¿Listo?

―Siempre―murmuró él y ambos recordaron uno de esos momentos en los que Ladybug le había salvado de una muerte segura.

Sin recrearse en el sonido de la voz de Adrien reverberando por cada poro de su piel, Ladybug lanzó el yo-yo por fuera de la ventana y lo enrolló en lo más alto de la azotea del edificio. Con un salto, se encaramó al alféizar y, con un empuje más, se encontró ascendiendo por el patio. Las ventanas pasaban a su lado a toda velocidad, las manos de Adrien se aferraron a su cuerpo. Le sintió pegado a ella, vibrando con la subida hasta que llegaron a la azotea.

Sin pararse durante mucho más tiempo, Ladybug cogió impulso, lanzó de nuevo el yo-yo, en dirección opuesta a la policía y se lanzó al vacío. Adrien no pudo evitar gritar de alegría y Ladybug sonrió como llevaba meses sin hacerlo.

… … … …

Cuando Ladybug aterrizó en la habitación de Adrien, acababan de dar las seis de la tarde. Sin darse cuenta, habían estado casi dos horas en casa del Maestro Fu. Resignado, Adrien soltó a Ladybug y Marinette se deshizo del traje. Dudaba que Tikki estuviera falta de fuerzas, pero Marinette prefería asegurarse y le dio un delicioso macaron, esta vez de chocolate y frambuesa. La kwami roja se alejó revoloteando con Plagg y ambas criaturas se escabulleron a un rincón apartado.

―Me encanta volar contigo―dijo Adrien en cuanto Marinette se hubo acomodado la ropa de nuevo.

Ella sonrió, azorada.

―Gracias.

Adrien le devolvió la sonrisa y dio un paso hacia ella. La sangre aún le bullía en las venas a toda prisa por el viajecito y notaba el corazón a punto de salírsele del pecho. Marinette dejó que se acercara y que posara sus manos en su cintura, atrayéndola hacia él.

―Has estado increíble―susurró Adrien con voz grave sin perder la sonrisa.

―¿Volando?

―No―negó él con la cabeza―. En casa del Guardián.

Marinette alzó una ceja.

―He estado a punto de desmayarme.

―Y te has mantenido en pie―repuso Adrien con dulzura.

―Porque tú me has sujetado. Francamente, Adrien, no sé qué habría hecho si hubieses tardado un poco más en llegar.

Él ladeó la cabeza y subió una de sus manos para acariciarle la mejilla a Marinette. Ella se dejó llevar por su contacto y cerró los ojos. Adrien bebió de ese momento como si fuera el último reducto de agua del mundo. Marinette, en su habitación, relajada entre sus brazos… Sus problemas de pareja habían quedado olvidados gracias a los acontecimientos recientes. Adrien sabía que estaba mal alegrarse por eso, pero no podía evitarlo. Era como antes, como cuando tenían que combatir a un enemigo común y él acababa de descubrir quién era ella.

―Eres maravillosa, ¿lo sabías? ―murmuró.

Marinette abrió los ojos y se encontró el rostro de Adrien muy cerca del de ella. Ahogó un jadeo de sorpresa y se perdió en el horizonte de los ojos de él. Le notaba cálido y nervioso junto a ella, como si temiera dar un paso en falso y que ella saliera corriendo. Marinette no pudo evitar que se le aflojaran las piernas. Sus manos se aferraron a la ropa de Adrien a la altura de los hombros. Sintió su corazón latir bajo sus dedos a toda velocidad. La boca se le resecó al oler su aroma: a jabón, ropa limpia y Adrien.

―No te vayas―musitó Adrien, perdido en el mar que eran los ojos azules de Marinette.

―No me iré―le aseguró Marinette, olvidando incluso cómo se llamaba.

―Te amo.

Aquello fue lo último que dijo Adrien antes de que sus labios se fusionaran con los de Marinette. Ella le recibió con un gemido, cerrando los ojos y echándole los brazos al cuello. Inconscientemente, su cuerpo se curvó para adherirse al de él y notó enseguida su deseo, sus ganas y su felicidad de tenerla a su lado. Marinette olvidó sus rencillas, sus dudas y sus miedos y se entregó de lleno al beso de Adrien, que amenazaba con hacerle estallar la cabeza.

Las manos de Adrien se movieron, ágiles, por su espalda y la acariciaron arriba y abajo sin prisa, pero sin pausa. Recorrieron su espina dorsal y le alzaron la blusa poco a poco a medida que subían de nuevo. La piel de la espalda de Marinette quedó al descubierto para deleite de Adrien, que no tardó en trazar dibujos sin sentido sobre ella con la punta de los dedos. Cada roce era una descarga eléctrica que sacudía el cuerpo de Marinette.

Ella se atrevió entonces a morderle el labio inferior. Quería más, más besos, más caricias, más… Adrien. Él respondió enseguida, sin hacerse de rogar, jurándose a sí mismo que le daría todo lo que ella pidiera. Su boca vagó por su mandíbula y se perdió en su cuello. Marinette torció la cabeza para darle un mejor acceso y, entonces, sintió la lengua de Adrien prendiéndole fuego a la piel de su hombro y su clavícula. A medida que descendía, Marinette quedaba más laxa entre los brazos de Adrien. Las rodillas se le aflojaron y él la cogió a tiempo en brazos.

Marinette le rodeó las caderas con las piernas mientras Adrien la llevaba al sofá. No había tiempo para llegar a la cama. La tumbó con cuidado en la amplia superficie del sofá y retomó su ataque. Sus manos subieron un poco más la blusa hasta que Marinette tuvo que alzar la cabeza para que él se la quitara. Adrien aprovechó ese momento para hacerse de nuevo con los labios de Marinette, al tiempo que tiraba la blusa a cualquier parte. Se acomodó sobre ella y repartió un reguero de besos por su mandíbula, su cuello y su escote.

Adrien ya conocía aquel cuerpo, estaba familiarizado con él, pero lo había echado tanto de menos que se le escapaban incoherencias conforme lo iba descubriendo de nuevo. Marinette apenas escuchaba sus murmullos, aunque en ocasiones conseguía diferenciar un "increíble", "preciosa", "te adoro" de entre todo su repertorio. Marinette se arqueó cuando los labios de Adrien recorrieron su estómago hasta llegar a su ombligo. Si aliento le hacía cosquillas en la piel y reavivaban su deseo constantemente. Sin pensarlo, Marinette aseguró sus piernas alrededor de Adrien y le empujó con los talones para que se pegara más a ella.

Adrien jadeó.

―Quítatela―murmuró Marinette mientras se deshacía de su gorra del equipo de fútbol y tiraba de los bajos de la camiseta casi sin fuerzas.

Adrien obedeció de inmediato. La camiseta voló por la habitación y su pecho se encontró al momento con la piel de Marinette. Lo único que le molestaba era el sujetador que aún no le había quitado. Los brazos de Marinette se enrollaron en torno a su cuerpo y le abrazó, con los dedos clavándosele en los omoplatos.

―¿Estás bien? ―preguntó Adrien, sorprendido por su necesidad.

―Más―dijo Marinette por toda respuesta.

Adrien cerró los ojos, respirando con dificultad.

―Princesa…

Adrien se perdió en el cuerpo de Marinette. Ya no sabía bien qué tocaba y qué no. El sujetador de algodón y encaje de Marinette desapareció sin que se diera cuenta y su boca besaba y lamía con auténtica adoración cada pecho de ella. Marinette enterró los dedos en su pelo rubio, maravillándose con su suavidad y su brillo y con el contraste que hacía con sus ojos verdes, abiertos, nublados por el deseo y atentos a lo que ella le pidiera.

Solo con verle entregado de esa forma, Marinette creyó que alcanzaría el cielo.

―Te necesito―dijo con un hilo de voz, acariciándole la cara mientras él se entretenía con el otro pecho.

Adrien le dio un suave mordisco y ella gritó, sorprendida.

Intercambiaron una mirada llena de significado. Adrien bajó el rostro y besó el torso de Marinette por todas partes, rápido, certero, seguro de lo que hacía, al tiempo que sus manos se peleaban con el cinturón y los botones de sus vaqueros. Tiró de la ropa de ella con decisión, llevándose por el camino las braguitas a juego con el sujetador. Marinette tragó saliva al notar la superficie tibia del sofá bajo su cuerpo desnudo. Adrien se dio cuenta del gesto y la tomó por las nalgas para subirla un poco hacia él.

―¿Tienes idea de lo perfecta que eres? ―murmuró con voz ronca, poniéndose de rodillas y agachándose hasta que su rostro quedó a menos de un palmo de su monte de Venus.

Marinette no respondió. Se limitó a contener el aliento hasta que la nariz de Adrien rozó con suavidad su centro de placer. Marinette cerró de nuevo los ojos y echó la cabeza hacia atrás, jadeando. Adrien mantuvo los ojos fijos en su rostro mientras descendía un poco más y su boca se encontraba con su sexo, abierto, húmedo y cálido. Su lengua trazó una línea recta desde abajo hasta arriba, Marinette ahogó un grito a duras penas. Adrien contuvo una sonrisa de satisfacción, aunque no pudo evitar que Marinette, al abrir los ojos, se encontrara con un brillo peligroso en sus pupilas.

Ella sabía lo que significaba esa mirada.

Y Adrien pensaba cumplirlo con creces.

Poco a poco, Adrien fue aumentando el ritmo y la frecuencia de sus besos. Lamió y chupo cuanto pudo mientras sus manos la sujetaban con firmeza para que no se moviera. Marinette se hundió en las oleadas de placer que Adrien le regalaba, se fundió con su boca hasta que no supo qué era suyo y qué era de él. La lengua de Adrien se adentraba en ella como un drogadicto, ansiosa, saboreando cada parte de su ser hasta que este explotó. La cabeza de Marinette se quedó en blanco y Adrien no paró de beber de ella hasta que su cuerpo menudo dejó de temblar.

Dejó las piernas de Marinette en el sofá con cuidado y él utilizó esos segundos de dulce paz para terminar de desnudarse. Apoyó una rodilla en el sofá, entre las piernas medio abiertas de Marinette y se cernió sobre ella lentamente, avisándola con pequeños toques aquí y allá de lo que sucedía. Era su forma de comprobar que Marinette seguía consciente y lista para la siguiente ronda.

Solo cuando ella abrió de nuevo los ojos, Adrien se quedó tranquilo y se permitió extenderse sobre ella. Marinette le recibió con los brazos abiertos. Adrien fue a decir algo, pero ella se lo impidió, besándole con auténtica adoración. Adrien se olvidó de sus palabras y se colocó bien entre las piernas de Marinette. Ella le acarició los gemelos con los pies a modo de saludo y Adrien se fue adentrando poco a poco en su cuerpo.

Hacía tanto tiempo que no disfrutaba de Marinette con tanta tranquilidad que Adrien temió que fuera a correrse en cuanto estuvo dentro por completo. El cuerpo de ella se acoplaba perfectamente a su forma y le acogía sin problemas. Esa era una de las cosas que más le maravillaban de ella: siempre había estado lista para él, siempre había estado dispuesta para ayudarle. Adrien se sentía en deuda con Marinette de mil formas distintas y ahora, mientras se fundía con ella una y otra vez, pensó que, de alguna manera, estaba devolviéndole todo el amor y el apoyo que ella le había dado. No sería suficiente, pero era un comienzo más que delicioso.

Adrien se alzó con cuidado y volvió a adentrarse en Marinette. Su calidez le envolvía y él dejó de pensar. Marinette le tomó por el cuello y le besó en el hombro, escuchando los jadeos contenidos de Adrien con cada movimiento. Sus caderas empezaron a embestirla cada vez con más fuerza, descontroladas. Marinette gimió en su oído, con esa forma tan característica de decirle que se dejase llevar.

―Hazlo, Adrien―jadeó, presa del placer conjunto―. Soy yo, estás conmigo…

―Mari… nette…―con esfuerzo, él levantó la cabeza del hueco de su hombro, donde se había refugiado momentos atrás― Te amo―musitó, sus labios rozando los de ella sin llegar a besarla por completo―. Te necesito, amor…

―Sí, sigue―le animó ella, agarrando con fuerza su pelo y tirando de él.

Adrien cerró los ojos y se movió una última vez con violencia. Marinette gritó de placer y notó que volvía a perder el norte al mismo tiempo que Adrien. Ambos cuerpos temblaron al mismo son, perdidos el uno en el otro. No se podían separar de ninguna forma; se habían enredado de tal manera que nada podía alejarlos.

Adrien gimió el nombre de Marinette en su oído y se desplomó sobre ella. Marinette se removió levemente para poder acogerlo bien contra su cuerpo y le dio un suave beso en la frente, empapada de sudor.

Poco a poco, muy lentamente, ambos fueron recobrando la consciencia. Sus respiraciones se acompasaron y sus corazones latieron más pausadamente, al mismo son, con la misma cadencia. Marinette seguía sin entender por qué ocurría aquello, cómo era posible siquiera que pasara. Por su parte, Adrien se limitaba a disfrutarlo. Saber que seguía sincronizándose con Marinette era más que suficiente para mantener alejadas sus inquietudes, que no tenían cabida en ese momento.

Aletargados, se miraron. Sin apenas fuerzas, Adrien subió una mano para acariciarle la mejilla con la punta de los dedos.

―Esto no me lo esperaba―admitió en voz baja, haciendo reír a Marinette.

―Ni yo―coincidió ella, besándole la punta de la nariz―. Pero ha estado bien, ¿no?

Adrien cerró los ojos y asintió con la cabeza.

―Sería capaz de morirme en ti―musitó, haciendo estremecer a Marinette.

Ella se mordió el labio inferior. No dijo nada, no quería estropear el momento. Desechó las dudas de su mente y se permitió estar en aquella burbuja de felicidad un poco más. No tenía sentido regresar a la realidad tan pronto, ¿no?