¡Saludos! Aqui vengo por fin con el cuarto capítulo. De vuelta lo lamento por la tardanza, intento mantener la constancia, mas solo escribo cuando puedo jeje. Este capítulo me ha costado un poco hacer, pues eran varias las ideas que quería introducir que serían parte principal de la historia. Realmente espero que les guste, agradezco opiniones y críticas de todo tipo. Ya sin más que agregar, ¡Disfruten!
Capitulo 4- La princesa y la bestia
El calor del fuego hizo que despertara, recobrando por fin el conocimiento. No sabía cuanto tiempo había pasado, pero Zelda solo podía recordar el momento en que saltó por la chimenea, su mano comenzó a arder y el colgante que le dio Impa se iluminó formando una barrera, a partir de ahí su mente era borrosa, como si estuviera recordando un sueño. Pudo ver tuberías, sentir que se movía a una velocidad vertiginosa y nauseas constantes que duraron por mucho tiempo, hasta que una explosión la hizo caer inconsciente. Su vestido estaba rasgado, lo que la hizo suspirar de irritación, pero luego se asustó al notar que ya no tenía el colgante de Impa en su cuello
Vio a su alrededor, estaba en una habitación vacía y en ruinas, las paredes estaban agrietadas y el suelo era frio, en el medio de la habitación había una lampara de gas, la única fuente de iluminación. Intentó moverse, mas no pudo, lo entendió cuando vio que sus piernas estaban juntas y sus brazos estaban girados a su espalda, ambos atados con un fierro doblado. ¿Donde estaba y quien la había apresado? Por las condiciones del sitio pensó que estaba en la Subcolmena, lo que la llenó de terror, más aún estando apresada, a merced de algún degenerado. Entonces escuchó pasos acercándose, lo que hizo que Zelda se agitará, en busca de salir de su situación, se movió en busca del alguna forma para liberarse, pero las vigas eran muy gruesas para que ella pudiera doblarlas, antes de que su captor entrara resolvió por hacerse otra vez la dormida.
- Te escuché- Dijo Ragnas, haciendo que Zelda no tuviera otra opción que aceptar la derrota, abriendo los ojos- Tranquila, mi plan no es aprovecharme de ti-.
- ¿Que quieres de mi?- Preguntó Zelda intentando expresar ira, más su miedo era palpable.
- De ti, solo que me respondas algo- Respondió Ragnas, sacando entonces el colgante de Impa y enseñándoselo- ¿Quien te dio esto?-.
Zelda se quedó viendo la joya con sorpresa, su boca se entreabrió mientras sorteaba sus opciones, finalmente optó por no ceder.
- N-no es de tu incumbencia- Respondió Zelda a la pregunta, frunciendo el ceño.
- Está bien si no quieres decirme- Dijo Ragnas, guardando entonces la joya en su bolsillo- Te pregunté para tantear la ruta fácil, pero puedo averiguarlo por mi mismo-.
- ¿Que harás conmigo entonces?- Preguntó Zelda, intentando todavía ocultar su temor.
- Te dejaré en donde vivo- Dijo Ragnas- Digamos que ando peleado con mis padres, por lo que si te llevo allá podría arreglarlo todo-.
Ragnas se descolgó de su espalda una mochila, de la que sacó dos latas y una cuchara metálica, las abrió metódicamente con un cuchillo y tomó un bocado, Zelda notó lo que estaba engullendo, parecían granos bañados en pasta verde, le pareció asquerosa. Al terminar, Ragnas se limpió los labios con su camisa y se acercó a Zelda, abriendo la otra lata y extendiendo una cucharada hacia ella.
- Come, necesitarás energía- Dijo Ragnas.
- De ninguna manera comeré eso- Respondió Zelda asqueada.
- Escucha, niña de papi, en la Subcolmena ya tienes suerte de que te den comer, así que no me quejaría siendo tú- Dijo Ragnas, ofendido por el rechazo a una comida- Ahora come-.
- Al menos dime que e...- Zelda fue interrumpida cuando Ragnas introdujo a la fuerza la cuchara en la boca de la princesa.
Zelda fue sorprendida en seco, saboreando de lleno lo que sea que le estaban dando, Sabía a alguna especie de vómito salado con carne echada a perder. En su vida jamás había probado algo tan asqueroso, sintió la tentación de escupirlo, más la cara amenazante de Ragnas la obligo a engullir la comida, lagrimeando un poco mientras aguantaba las ganas de vomitar.
- Son raciones estándar, todos los nutrientes necesarios están aquí- Comenzó Ragnas forzando otro bocado dentro de Zelda- Esto es lo que comen en el ejercito, por si no sabías-.
Zelda miró con furia al hombre mientras se forzaba a si misma a comer. Ella no negaba que sentía hambre, más ya se odiaba a si misma y a Ragnas por tener que rebajarse a tal humillación, comiendo lo que siempre consideró comida de la baja clase. Sin embargo razonó mientras comía, pues si toda su vida estuvo acostumbrada los lujos de la realeza, entonces tendría que sacrificarlos si quería sobrevivir lo suficiente hasta regresar a la espiral.
- Ahora si siento curiosidad, ¿Quien eres?- Preguntó Ragnas, quien seguía alimentando a una Zelda resignada a comer tal asquerosidad.
- No te incumbe- Masculló Zelda, sin tiempo a tragar para poder hablar, pues ya otro bocado iba a su boca, se denotaba el odio que sentía hacia aquel hombre.
- Te vendría bien bajar el tonito, no estás en posición para ser altanera- Le respondió Ragnas- Bueno, ya está. Agradece que no te haya forzado a comerla tu misma-.
Zelda tenía las mejillas humedas de las lágrimas, mientras que su boca estaba llena de aquella pasta combinada con su saliva. Se sentía humillada y degradada, pero más que todo impotente, pues no tenía medios de cambiar su suerte en ese momento. Ragnas le limpio el rostro con su camisa, Zelda no pudo protestar, para su pesar. Ragnas liberó entonces sus piernas, forzándola luego a levantarse.
- Bien, ahora vamos- Dijo Ragnas empujando a Zelda para que empiece a caminar.
- ¿A donde me llevas ahora?- Preguntó Zelda.
- Ya te dije, a donde mi familia- Se limitó Ragnas a responder.
Así, Ragnas sacó a Zelda del edificio en donde se refugiaban, cerca de un rio de aguas tóxicas. Esa fue la primera vez que Zelda pudo vislumbrar la Subcolmena con sus propios ojos, una gran colección de ruinas, infraestructura que en su momento mantenían las poblaciones industriales de la baja colmena y que terminó colapsando por el desgaste y el descuido, todo bajó un gran techo que los separaba del resto, de la civilización.
Para Zelda era ya sabida la situación de la Subcolmena, era un problema desde hace siglos para los reyes de Hyrule, mas parecía no tener solución, todo intento de pacificación o de integración de aquellos que vivían apartados de la sociedad fracasaba con consecuencias devastadoras para los habitantes de arriba, ya sea por costos astronómicos o ya de plano revueltas causadas por la integración de un clase indeseada, por eso mismo los monarcas prefirieron olvidarse de la subcolmena desde hace siglos, incluso explotando su infamia para mantener la cohesión de Hyrule como estado único. Para Zelda era un error que debía reivindicar, si bien no arreglando las vidas dañadas de los habitantes de abajo, lo haría entonces mejorando a la de los de arriba, acabando con la sociedad feudal que oprimía al reino desde hace ya milenios.
El camino se hizo silencioso, pues Zelda estaba sumida en sus pensamientos, mientras que Ragnas repetía el recorrido que había hecho cuando recibió su castigo por sus superiores. Luego de encontrar a Zelda, Ragnas se tomó el tiempo de revisar el perímetro, con la esperanza que los servitores que lo perseguían fueran los únicos, cosa que terminó siendo cierta. La vista de la joven lo sorprendió se sobremanera, pues no todos lo días caían muchachas de un ducto de desechos de arriba, menos con las ropas y el porte propios de la nobleza, sin embargo lo que más le llamó la atención fue el pendiente de la chica, así como su símbolo, aquel de un espíritu olvidado por todos excepto por su gente, a quien abandonó hace mucho tiempo.
Eventualmente llegaron a los cuarteles de la Familia, la banda de la que Ragnas era parte, los cuarteles eran una fortaleza formada por un edificio central de 4 pisos de forma circular, en la cima se hallaban antenas de comunicación, en la parte trasera estaba la arena, la gran área que usaban de entrenamiento y castigos, mientras que en la delantera habían garajes para lo vehículos que la banda usa durante sus incursiones. Ragnas al llegar con Zelda causó que los vigías de la banda voltearan a ver, todos estaban anonadados por la joven que él traía, varios comenzaron a lanzarle piropos, muchos subidos de tono.
Ragnas presionó un botón de la consola ubicada frente a la puerta trasera, una voz sonó entonces desde un comunicador, era el guardia de la puerta, quien por protocolo debía corroborar quien estaba allí y que deseaba.
- ¿Diga?- Dijo el vigilante.
- Ácol, abre la puerta- Respondió Ragnas, quien ciertamente quería acabar rápido la conversación.
- ¡Estás vivo, Ragnas! Vaya logro- Comenzó el vigilante, quien respondía al nombre de Ácol- ¿Dime, de donde se sacaste a ese bellezón? No me digas que te la quieres quedar tu solito jeje-.
- Eso lo decidirá Padre, ¡Ahora abre!- Respondió Ragnas.
- ¡Yahoo!- Exclamó alegre Ácol antes de abrir la puerta.
Para Zelda el encuentro se le hizo desconcertante, ¿Quien era Padre? ¿Porque el vigilante celebró cuando este lo mencionó? ¿Y que implicaba que decidiría él? Un escalofrío recorrió la espalda de la princesa cuando cayó en el entendimiento de la situación: Estaban dándola como esclava, la estaban rebajando al nivel más bajo y lamentable de la sociedad, deseo con todas sus fuerzas poder hacer algo al respecto.
Ragnas empujó a Zelda hacia los cuarteles, donde tuvo que aguantar el escrutinio de un montón de bandidos depravados, nunca en su vida se sintió tan vulnerable e indefensa como ahora, pero se forzó a mantener un porte altivo, tenía que mantenerse firme, no debía perder el raciocinio. Comenzaron a avanzar a través de los pasillos hasta llegar a una sala central, en donde un hombre maquillado y de porte femenino, acompañado por una gerudo fornida y de porte masculino los estaban esperando.
- Ragnas, hijo mio- Se acercó Padre a Ragnas, tomándole la cara con ambas manos- Me alegra que hayas salido, no pude dormir pensando en que pudiste morir anoche-.
- Lo lamento, Padre- Respondió Ragnas mirándolo sin expresión.
- Espero aprendas tu lección- Advirtió Madre de brazos cruzadas.
- Si, Madre- Dijo Ragnas asintiendo en respuesta.
- Bien, ya te asignamos a otra unidad, es la octava, serás rebajado de rango, espero lo entiendas- Dijo Madre.
- Así lo haré- Respondió Ragnas.
- Y cuéntanos, hijo mio, ¿A quien traes contigo?- Pregunta Padre observando a Zelda, quien no podía siquiera mirarlo- Es muy preciosa, ¿De donde la sacaste?-.
- La conseguí entre las ruinas, Padre- Comentó Ragnas, indiferente ante Zelda- Es decisión tuya que se hará con ella, a mi no me interesa-.
- Si me permites proponer padre, digo que sea incluida con los supervivientes, necesitamos carne fresca- Propuso Madre.
"Carne Fresca", pensó Zelda como una bomba estallando en lo profundo de su mente, ¿Eran acaso caníbales? Tomó mucha de su fuerza de voluntad para mantener su calma en dicho momento, tenía miedo por su vida, a merced de aquel grupo de bárbaros incivilizados. También le llamó la atención el que estén organizados en unidades, al igual que el ejercito de Hyrule, posiblemente sean parte de un batallón renegada, lo que explicaría además el equipamiento con el que cuentan.
- Esta bien madre, ¡Llévenla con las madrinas!- Ordeno Padre, señal acatada por dos guardias que entraron en la sala y se llevaron a Zelda de la habitación, dejando a los Padres y a Ragnas solos.
- Puedes integrarte con tus hermanos luego de descansar, te lo mereces hijo- Dijo Padre a Ragnas, este solo asintió y se retiró por la misma puerta en la que entró.
- Las ropas de esa chica eran muy opulentas, ¿Será alguien importante?- Comentó Madre.
- Parece ser una noble, ¿La hija del gobernados, quizás?- Responde Padre- Que caiga con el sector es algo inusual, pero las oportunidades no se desaprovechan-.
- ¿Desea que me ponga en contacto con el Capitán Paric?- Pregunta Madre, recibiendo una gesto afirmativo de Padre- Habrá que traerla de vuelta entonces, valdría mas en una pieza-.
- Solo ordena que tengan cuidado con ella, tampoco hay que desaprovechar la oportunidad de genes nobles- Responde Padre sentándose de vuelta en su trono.
Zelda era llevada por los guardias a través de los pasillos de aquella fortaleza, estos eran de metal y las puertas eran todas automáticas, controladas todas por una consola electrónica. Los guardias la tenían firme de los brazos, cosa que le dio seguridad ante las miradas sucias de los hombres que habitaban el recinto, mientras que sentía que varios dejaban de hacer lo que hacían para seguirlos por los pasillos. Zelda se dio cuenta de una habitación, sin embargo, una que poseía un aparato circular y metálico, no pudo detallarla, pues apenas intentó enfocarse en ella la puerta se cerro a cal y canto por un guardia, quien le dedicó una mirada de seducción a Zelda.
Se detuvieron frente a una puerta custodiada por dos guardias, quienes no evitaron en poner sus ojos en Zelda apenas llegó, la puerta parecía ser mucho más resistente que las demás, además de tener una ventanilla, Zelda supuso que era una celda. Tras un ademán los guardias abrieron la puerta, liberaron los brazos de Zelda y la empujaron dentro, cayendo al suelo con un estruendo, acto seguido la puerta se cerró tras de sí. Zelda se quedó en el suelo por un momento, acariciándose las muñecas por la irritación, fue entonces que escuchó sollozos en la habitación.
Zelda se levantó para detallar los alrededores, viendo un gran numero de personas arrinconadas en el suelo, todas mujeres vestidas con ropas humildes, notó que varías de ellas estaban sollozando, abrazadas por otra que intentaba consolarlas sin mucho éxito. Zelda se dio cuenta que estaba llamando la atención, porque inmediatamente después de levantarse vio como gran parte de las mujeres que allí se encontraban voltearon a verla.
- ¿Eres nueva, no?- Se animó a decir una joven pelinegra y de voz rasposa- Nunca te he visto en Ordon, ¿Eres hija de un mercader?-.
- Ehm- Zelda la miró anonadada, ¿Ordon? Sabía que era un sector industrial, mas no veía la asociación.
- Oye, te hice una pregunta- Volvió a decir la pelinegra fastidiada, Zelda seguía sin saber que responder- Veo que sigues en shock, me llamo Salma, ¿Me dirías al menos tu nombre?-.
- Zelda… me llamo Zelda- Se animó Zelda al fin, decidió que debía aprovechar el momento para resolver sus dudas sobre todo lo que ha visto y oido- Y no, no soy de Ordon, me atraparon ayer entre las ruinas-.
- Eres rara, ¿Que hace una chica con ropas tan finas en la Subcolmena?- preguntó Salma.
- ¿Que hace una chica de Ordon en la Subcolmena? Pensé que el acceso estaba restringido desde allí- preguntó Zelda en respuesta.
- Supongo que aún no es noticia, pues resulta que Ordon colapsó y cayó, los que sobrevivimos fuimos atrapados y ahora nos toca vivir un infierno- Respondió Salma con una sonrisa irónica.
- Eso lo explica entonces, ¿Y que quieres decir con vivir un infierno?- Preguntó Zelda con curiosidad.
- Supongo que no te dieron las explicación. Pues resulta que ahora somos los esclavos de estos bárbaros, los hombres serán sus obreros y nosotras sus objetos, podría decirse que no ha cambiado nada de allá arriba- Dice Salma manteniendo su tono irónico.
- ¡Eso es horrible!- Exclamó Zelda espantada, Salma solo soltó un bufido en respuesta- No podemos quedarnos así sin hacer nada-.
- Tienes agallas, me gusta eso- Dijo Salma con una media sonrisa- Pero eso es más fácil decirse que hacerse, ellos están armados hasta los dientes y les encanta la violencia, aquí la mayoría apenas ha visto armas de fuego en su vida, yo recomiendo relajarte y esperar a que no te tomen pronto, sirve más si ya no eres virgen-.
Zelda estaba espantada, pero más que todo enojada por lo que la joven acaba de decirle, ¿Como podría quedarse de brazos cruzados? Reconoció que era difícil y la balanza estaba en su contra, pero ella era una Hyrule, y juró por su linaje que hallaría una manera, tal fue su juramento antes de tirarse por aquel ducto hace solo unos días. Se sentó en el suelo a meditar, buscando y analizando la situación tal como las hermanas Gerudo le enseñaron a hacer, a lo que sintió que sus mano comenzó a arder, mientras conciencia comenzaba a expandirse.
Un millón de imágenes pasaron por su mente, todas recopiladas en su memoria y codificadas en ideas, debía reorganizarlas para buscar un curso de acción, uno que pudiera darle una posibilidad de no solo salir de su periplo. Sin embargo faltaban algunos elementos clave, cuestiones que a pesar de mantener su introspección no podía resolver, finalmente salió de su estado en completa frustración. Se sentó pegada a la pared, pensando en sus opciones nuevamente, más fue interrumpida por el sonido de la puerta abriéndose.
- Es hora- Dijo uno de los guardias- Llamaremos a cinco solicitadas, si se resisten las mataremos sin excepción, así que colaboren-.
El hombre comenzó a listar cinco muchachas para que se coloquen pegadas a la pared cercana a la puerta, estas serían entonces llevadas a las habitaciones de los respectivos solicitantes del servicio y serían traídas de vuelta cuando estos terminen con ellas. Las reglas eran que las muchachas no debían ser asesinadas, pues eran propiedad de la Familia, y estas tendrían el privilegio de salir unicamente tras asegurar nuevos reclutas para la Familia, por embarazo. Así, el guardia llamó a cinco mujeres: Una joven de cabellos castaños y rizados, una morena de piel castaña, una pelirroja de piel pecosa, a Salma y a Zelda.
Zelda tuvo que colaborar, pues al ser mencionada una idea llegó a ella, una que no le gustaba, pues implicaría el riesgo de perder lo que guardaba para su futuro esposo tal como dictaba la tradición, pero debía hacerlo, era un riesgo que debía tomar. Así, ella se levanto, y se colocó al lado de las otras, Salma le dedicó una mirada triste, lamentando que la joven fuera escogida tan rápido, más no podía protestar. Zelda entonces le dedicó una mirada conciliadora, señal de que todo estaría bien, a pesar de que la pelinegra no entendía el como ni el por qué.
- Su trabajo, madrinas, será crear a la nueva generación de nuestra familia, tengan en cuenta que esto es un gran honor y se les promete que tras el nacimiento de los nuevos miembros serán liberadas con una compensación y el favor de la familia hasta el de sus días. Más les vale darnos descendencia digna- Recitó el guardia.
Los guardias llevaron a las mujeres, también nombradas "madrinas" a las habitaciones designadas, donde les esperaban los bandidos que realizarían la labor de expandir la Familia. Zelda estaba nerviosa, pues estaba apunto de correr un riesgo increible con tal de escapar, mas no perdía la calma, mantuvo una mascara estóica propia de alguien que nació y se crió en la nobleza. Finalmente llegaron a la puerta, la cual se abrió revelando a un hombre acostado en una cama ancha de sábanas rojas, tenía vello corporal por todas partes de su cuerpo y su cara estaba llena de cicatrices, Zelda suspiro y entró en la habitación, dedicándole a los guardias una última mirada de determinación antes de que la puerta cierre.
Ragnas entró en su habitación en silencio, notó que nadie mas estaba allí, cosa que agradeció, pues debía evitar sospechas. Se acerco a la cama y sacó una daga de su cintura, procediendo entonces a realizar un corte al colchón lo suficientemente grande como para introducir su mano, sacando luego una caja de metálica. Chequeó una ves más que no hubiera nadie más en la habitación y se sentó sobre el colchón y abrió la caja, revelando una serie de papeles, parecían cartas y fotografías, eran los recuerdos de Ragnas.
En si la Familia prohibía los lazos con el pasado, una vez entrabas eras para siempre parte de ella, nada debe existir por fuera, pues la Familia proveía de todo a sus miembros. Ragnas conservó sus recuerdos, sin embargo, pues no por deseo salió de su antiguo hogar, el tenía el objetivo de conseguir algo para su gente, algo que perdió hace mucho tiempo. Revisó entonces las notas y cartas de su madre y hermanos, a quienes hace años no contactaba, llegando entonces a la carta de alguien especial, la matriarca de su tribu, una sabia de una gran longevidad y conocimientos.
Ella le dio el conocimiento necesario para su búsqueda, una promesa hecha por los suyos y que al cumplirse cambiaría el orden de todas las cosas, Ragnas todavía pudo recordar lo que le había dicho:
- Para que todo cambie el ciclo debe repetirse, Ragnas- Le había dicho su abuela- Cuando consigas la reliquia que posea alguno de estos símbolos perdidos, así como su portador, deberás traerla a nosotros, solo así la historia se repetirá y seremos libres-
Ragnas no entendió muy bien a que se refería, pero pudo entender una cosa, debía llevar la reliquia y a su portador hacia ella para ayudar a su pueblo, y bien que la consiguió. Corroboró la carta en donde la matriarca dibujó los símbolos y lo corroboró, efectivamente el collar que portaba aquella muchacha rubia de ropas nobles era una de aquellas reliquias. La guardó en su bolsillo y pensó en su siguiente paso, pues ahora debía buscar a aquella joven y sacarla de allí, pues ya no había motivos para jurar lealtad a aquella banda de bandidos que tanto lo habían dominado por años.
Guardó la caja y tapó el hoyo con sábanas, luego se acostó y decidió tomar un descanso, pensando en su actuar, quizás solicitaría a la chica como madrina, contando claro con la suerte de que no tener que esperar mucho por ella, cosa que dudó, pues al llegar ella llamó la atención de muchos. Sus pensamientos fueron entonces interrumpidos por un ruido chillante, la alarma de la base se había activado.
Zelda observó la habitación, parecía la escena propia de un burdel, cosa que no le sorprendió, pues se suponía que ahora era una prostituta. Fue entonces que observó al hombre que la esperaba en la cama, quien la miraba con una expresión total de deseo.
- Ven, no seas tímida, quiero darte un buen rato- Le dijo el hombre.
- Lo lamento, es que es mi primera vez haciendo esto- Dijo tapándose la cara, fingiendo inocencia- Me gustaría al menos un poco de preparación previa-.
- Pídeme lo que quieras mi princesa- Le respondió, Zelda casi se ríe de lo redundante de su comentario.
- Quizás algo para tomar, me gustaría brindar primero- Pidió Zelda, notó que su propuesta fue la correcta, pues el hombre sonrió con ganas y tomo un teléfono que se encontraba en la mesa de noche, pidiendo alcohol.
Zelda se sentó en un extremo de la cama, decidiendo mostrar una de sus blancas piernas, causando que el hombre se mordiera los labios antes la vista, queriendo acercarse. Zelda entonces le puso su indice en los labios, especificando que solo podría comenzar luego de un brindis. El hombre se dejó llevar por la seducción de la princesa, quien solo podía reír en sus adentros por la ingenuidad de un hombre a merced del encanto femenino. Eventualmente llegó la bebida, yendo el hombre a abrir la puerta y entrando con lo que solicitó: Una botella de vino barato y dos copas, Zelda procedió a seguir con su plan.
- Yo me encargo cariño, ¿Por qué no terminas de desvestirte mientras sirvo las copas?- Propuso Zelda dándole un guiño al hombre, quien con emoción cumplió la orden, dándole la espalda a Zelda.
Ahí Zelda aprovechó, debía ser rápida si quería tener éxito. Con gran fuerza golpeo la pared con la botella, rompiéndola de un extremo, el hombre volteó a ver que pasaba pero era muy tarde, pues Zelda se abalanzó encima y le clavó el filo de la botella en el cuello, haciendo que soltara sangre a montones. Intentó resistir el ataque, más Zelda respondió introduciendo la cuña aún más, hasta que el hombre perdió sus fuerzas y murió desangrado. La respiración de Zelda era agitada, no le gustaba ensuciarse las manos, más no era momento de titubear, debía seguir.
Revisó las pertenencias del hombre, consiguiendo lo que más le convenía: Una pistola guardada en una funda en el suelo. Zelda tomó el arma, chequeó de que estuviera cargada y se dirigió a la puerta. Al abrirla elevó el arma, dispuesta a disparar a lo que estuviera del otro lado, afortunadamente no había nadie, pero no implicaba que no fuera a usar el arma, pues con rapidez se dirigió a la habitación de al lado, donde Salma se encontraba, abrió la puerta y vio como un sujeto con gran sobre peso estaba intentando retirarle las ropas a la joven pelinegra.
- ¡Quieto!- Gritó Zelda
- ¿Qué?- Preguntó el hombre confundido- ¿Que significa eh...?-.
El hombre no pudo terminar su frase, pues Zelda ya le había disparado dos veces en la frente, Salma estaba sorprendida.
- Veo que eres de otra cosa- Dijo Salma con admiración, Zelda ignoró su comentario, yendo a buscar el arma del hombre que asesinó.
- Agradéceme luego, hay que buscar a los otros y salir de aquí- Dijo Zelda- ¿Has usado alguna un arma?-.
- Siempre hay una primera vez- Respondió Salma.
-Bien, toma- Dijo Zelda entregándole una pistola a Salma- Ahora hay que ir a por las demás, luego hay que liberar a los esclavos-.
- Me encargaré de las otras chicas, tu ve por a liberar a los demás- Propuso Salma, Zelda aceptó la propuesta asintiendo y saliendo de la habitación a toda velocidad.
Zelda debía, pues quería evitar lo más posible llamar la atención, llegó al pasillo donde se encontraban las celdas y vio a los dos guardias que custodiaban la celda de las mujeres, se escondió rápidamente para evitar ser vista. Pensó en su plan, debía buscar ahora a los hombres, armarlos y buscar una ruta de escape, no podía fallar, pero tampoco deseaba negar la salvación a algunos, por lo que decidió ir a por ellas. Entonces suspiró, se llenó de valor y se asomó rápidamente por el pasillo.
Al hacerlo los guardias se pusieron en guardia y alzaron sus rifles, uno de ellos sin embargo no tuvo tiempo de reaccionar, pues Zelda le disparó en el pecho haciendo que cayera, el otro comenzó a disparar, pero la princesa mantuvo la calma y se tiró al piso sin modificar su postura, logrando asestarle tres disparos en el torso, acribillándolo. Para Zelda la agitación del momento era increíble, sintiendo como su mano ardía al intentar mantener su cabeza fría ante los acontecimientos, nunca pensó que tendría que rebajarse a tales prácticas de prostitutas y plebe para lograr su cometido, pero no debía retroceder ahora, pues todo por lo que peleaba podría desvanecerse si no tenía éxito.
Zelda abrió la celda con la llave de uno de los guardias, tomando por sorpresa a las mujeres dentro.
- ¡Tenemos que salir, ya!- Gritó mientras las otras madrinas veían sin creerlo a la joven princesa- Llévenme a la celda de los hombres, ¡Rápido!-.
Su orden fue cumplida, pues la llevaron a donde estaban los hombres, una serie de celdas individuales custodiadas por un grupo de diez guardias. Zelda cuestionó el si podría hacerse cargo de ellos, pero tuvo la mujer idea de atacar mientras tenía aún la sorpresa de su lado. Al acercarse a la intersección del pasillo giró con rapidez y elevó el rifle automático que le robó a uno de los guardias, disparando sin pensar a lo que tuviera al frente. Acribilló a tres en una ráfaga de balas, haciendo que el resto se echara a cubierto, momento que Zelda aprovechó para acercarse, sin dejar de soltar ráfagas cortas, para agarrar la llave de las celdas del cadáver de un guardia, liberando a un grupo de ordonianos.
- No hay momento para explicar, tomen un arma y liberen a los otros, necesito una ruta de escape- Ordenó Zelda, orden que fue acatada por el resto, quienes tomaron las armas de los guardias y contribuyeron al creciente caos.
Eventualmente el tiroteo resultó en una revuelta activa. Tras acabar con los otros guardias los ordonianos se repartieron las armas y comenzaron a causar estragos en la fortaleza, buscando alguna salida por la cual escapar. Las alarmas comenzaron a sonar mientras los pasillos de la Familia se transformaban en un auténtico campo de batalla. Zelda recorría los pasillos en busca de alguna forma de salir, más ya no tenía mucho rango de maniobra, pues ya la mayoría de bandidos comenzaron a organizarse y contraatacar.
- ¡Zelda!- Era Salma, quien estaba llegando con las otras tres madrinas- Ya tengo a las chicas, ¿Ahora que?-.
- Hay que buscar una salida, pero este sitio parece un laberinto- Dijo Zelda expresando su frustración.
- Se de una salida por lo garajes, solo hay que tomar un vehículo y abrir las puertas- Respondió Salma, a lo que Zelda le sonrió con satisfacción, pues su plan estaba saliendo de maravillas
A partir de allí la labor de las jóvenes fue el buscar a los ordonianos que acababan de rebelarse y contarles las idea de Salma, tarea que fue más difícil de lo que imaginaron, pues el combate estaba subiendo en intensidad dentro de la fortaleza, con los bandidos trayendo armas cada vez más pesadas y acabando con mayor facilidad a los ordonianos. Zelda pudo convencer a un gran grupo de seguirla, sin embargo y se dirigieron a toda velocidad a los garajes, que estaban defendidos por decenas de bandidos.
Los dos lados chocaron con fuerza, mientras el tiroteo subía en intensidad, el ruido de los disparos eran repetidos y constantes, mientras las bajas aumentaban en ambos lados, una bala perdida casi impacta a Zelda en la pierna, por lo que tuvo que lanzarse al suelo, sana pero incapaz de moverse, pues ya había llegado a su límite. Salma la tomó de los brazos y la llevó a cubierto, donde intentó calmarla.
- No podemos seguir así, nos acabarán si no llegamos ahora- Dijo Salma.
- Debe haber otra manera de llegar a los garajes, solo hay que buscarla- Dijo Zelda más calmada.
- La hay- Se escuchó tras las espaldas de las jóvenes, quienes al voltear se encontraron con Ragnas apuntándoles a ambas con un rifle de asalto- Las puedo llevar allí-.
- Tu- Se limitó a decir Zelda al ver al hombre que la puso en aquel aprieto, lo miró con odio palpable- ¿Por qué debería confiar en ti?-.
- Porque nos necesitamos- Respondió Ragnas sacando el colgante de Impa y lanzándolo hacia Zelda- Tu me ayudarás con algo y yo te guiaré al salir de aquí-.
- No necesito tu ayuda- Mencionó Zelda.
- Si la necesitas- Reafirmó Ragnas- ¿O que piensas que harás luego de salir de aquí? Morirás sin un guía en la Subcolmena, princesa-.
Zelda apretó los dientes en frustración, pues bandido había dado en el clavo, incluso si escapaba se las vería negras allá afuera en la Subcolmena.
- Los llevaré a un sitio seguro y me ayudarás con el colgante ¿Tenemos un trato?- Dijo Ragnas acercándose más.
- Espera, ¿Como quieres confiemos en un esclavista como tu?- Dijo Salma con desprecio.
- No soy solo un bandido, y creo que no tienes muchas más opciones- Replicó Ragnas, fijando su vista en Zelda.
- Acepto, solo hasta que lleguemos a un sitio seguro- Dijo Zelda.
-¡Zelda!- Gritó Salma en rechazo, de respuesta solo recibió una mirada de determinación por parte de la princesa, cosa que le hizo calmarse y confiar.
- Veo que al fin conozco tu nombre- Dijo Ragnas- Ahora, Zelda, Sígueme-.
Ragnas llevó a las dos jóvenes a un acceso de ventilación, que pudo abrir disparando a dos puntos críticos de la ventanilla, luego ayudó a Salma y a Zelda a subir, quienes lo ayudaron a subir a el posteriormente. El espacio era limitado, pero lo suficiente mara moverse a gachas por encima de los pasillos, que comenzaron a recorrer hasta llegar a la ventanilla que daba al garaje. Zelda observó la zona y vio que la mayoría de hombres dentro estaban concentrados defendiendo los accesos al lugar, oportunidad que el grupo tomó para salir y tomarles por sorpresa. No fue muy difícil, pues tras unas ráfagas certeras ya todos los bandidos estaban inhabilitados, dándole el paso a los ordonianos a entrar y subirse a dos camiones lo suficientemente grandes como para tenerlos a todos en una caravana.
Ragnas se apresuró a abrir la puerta del garaje mientras que Zelda y Salma se introducían en unos de los vehículos. Tras abrir la puerta, Ragnas comenzó a escuchar el acercamiento de refuerzos por los pasillos, tenía poco tiempo, y antes de que pudiera llegar al vehículo, disparos comenzaron a ir en su dirección mientras los vehículos comenzaban la marcha. Zelda, sin embargo pudo brindarle fuego de cobertura , permitiendo que pudiera subirse al camión al ultimo segundo de arrancar, escapando de la fortaleza.
Tal suceso no pasó desapercibido, pues a la distancia podía verse una gran columna de humo producto de la conmoción, lo que llamó la atención de cierto grupo de supervivientes en la zona de residencias del que fue el sector de Ordon.
Continuará…
Próximo capítulo: Dejando Ordon
