¡Holas! Ha pasado un tiempo, pero luego de casi dos meses, aquí les traigo el nuevo capítulo de está historia. Debo comentar que estoy muy contento, pues estamos a punto de llegar a las 500 lecturas. Gracias a todas aquellas personas que se han interesado en este proyecto, ustedes son las personas que me animan a tomarme el tiempo entre tantas cosas que pasan y las responsabilidades del día a día para seguir con esta historia.
Espero que lo disfruten, gracias por seguir ahí, y sin más que agregar, ¡Comenzamos!
Capítulo 8: Ginza
La brisa fresca y el sol radiante le daban a la cara, brindando un amable calor a su joven rostro. Sus pisadas descalzas sobre el verde pasto la invitaban a correr más rápido, buscando animadamente esa mariposa que vio entre las flores cercanas. El vestido blanco que le llegaba a los tobillos estaba sucio con tierra por haber estado jugando sin cuidado, pero eso no le importaba, había terminado sus lecciones, podía divertirse como quisiera. Con una red seguía a la dichosa mariposa a través del jardín, hasta que una voz adulta la detuvo.
– ¡Zelda, no te alejes mucho! – La voz venía de una mujer hermosa de cabellos dorados y vestido blanco, quien tenía a un pequeño rubio de dos años en sus brazos.
– ¡Está bien mamá! – Respondía la pequeña Zelda con alegría, disponiéndose a darse la vuelta para seguir con su juego, más la voz del pequeño infante la interrumpió.
– Zh-zelda… – Decía el pequeño con una sonrisa amplia y extendiéndole la mano, Zelda se voltea y se acerca a el con una sonrisa dulce.
– Daphnes te aprecia mucho, ¿Por qué no juegas mejor con el? – Propone la reina y madre de Zelda.
– ¿Daphness, tu me quieres? – Pregunta la pequeña estrujando su pequeña mano con la de su hermano, este solo le sonrió de vuelta – También te quiero, hermano… –.
( . . . )
Zelda abre los ojos de súbito, su espalda la estaba matando producto de la mala postura, sus ojos le dolían y sus mejillas estaban húmedas, parece que había llorado entre sueños. Estaba en el asiento del copiloto, arropada con unas viejas mantas que sus acompañantes habían conseguido antes de partir a Ginza. La princesa vio a sus compañeros de reojo, Salma estaba dormida y Ragnas manejaba silenciosamente por las carreteras accidentadas de la subcolmena.
– Parece que tenías un mal sueño – Dijo el moreno sin dejar de ver el camino.
– Eso no te incumbe… – Decía Zelda con desprecio desviando la mirada, prefiriendo ver por la ventana las ruinas que tenía a su lado.
– Disculpe, su alteza. ¿Sabes? Quizás nos llevemos mejor si no fueras tan arisca conmigo – Dijo Ragnas de manera sarcástica.
– Tu solo te ganaste ese trato, mejor te conformas – Replico Zelda sin más, limpiándose las lágrimas.
¿Cuando fue que su vida se volvió tan miserable? No se refería a cuando calló a la subcolmena, sino cuando perdió toda oportunidad de ser feliz, cuando tuvo que dejar sonreír con sinceridad y endurecer su corazón ante un mundo hostil. Desde que murió su madre, pocas eran las veces que Zelda era verdaderamente feliz, teniendo que cumplir de lleno sus deberes como princesa, sin el amor de su padre, y odiada por su hermano.
Decidió cambiar sus pensamientos por el momento, pensando en lo que había vivido esos días, era muy monótono. Llevaban viajando ya tres días a través del sector abandonado de Farone, recorriendo las depresivas ruinas de lo que Zelda había leído una vez como el sector más grande de la baja colmena, colapsado hace cincuenta años. Según Ragnas, Ginza se encontraba tras dicho sector, como un bastión de luces de neón entre la oscuridad de las profundidades de Hyrule, aunque no menos peligroso, pues Ginza era famoso por ser el epicentro de toda la escoria de la subcolmena, una zona sin ley de la cual la baja colmena debía depender.
A su lado dormía Salma, arropada con otra manta vieja, su semblante era serio, uno que parecía no haber perdido desde que partieron. A Zelda casi se le forma una mueca de lástima por la joven, era obvio que lo que vivió la había marcado, y eso le preocupaba, pues Salma parecía ser alguien dispuesta a aceptarla y quererla por como era, o al menos eso parecía antes de saber la verdad sobre ella. A Zelda le preocupaba si llegaría a reconciliar la relación que estaba construyendo con ella, aunque no ayudaba que en todo este tiempo la ordoniana apenas le dirigió la palabra a la princesa.
– Ya estamos cerca… – Dijo de repente Ragnas.
– ¿En serio? – Pregunta Zelda curiosa.
– Obsérvalo tu misma, alteza – Responde Ragnas con cierta burla, Zelda solo lo miró fastidiada.
A la distancia comenzaba a verse un halo de luz que alumbraba el techo de la Subcolmena, dando paso poco a poco a los numerosos brillos de una pirámide amurallada que se elevaba desde el suelo hasta el techo y repleta de brillos de muchos colores. Zelda miró impresionada tal estructura, era como un distrito entero en medio de las ruinas, una luz en medio de la oscuridad.
– Señoritas, les doy la bienvenida a Ginza – Comienza a decir Ragnas – No encontrarán un nido de escoria mas grande en toda la estructura de Hyrule, si el mundo tuviera un culo, ciertamente sería este lugar –.
– Aquí solo venderemos las piezas de servitor y nos suministraremos, ¿Verdad? – Interroga Zelda.
– Así es, pero no es claro cuanto tiempo estaremos – Replica Ragnas con una media sonrisa – Entre buscar un comprador que pague una buena cifra y otro que nos venda suministros a precios asequibles, podemos estar aquí más de un día –.
– No parece ser el sitio más idóneo para dos jovencitas – Menciona Zelda.
– En tanto no llamen la atención estarán bien – Responde Ragnas – Eso y que se queden en la zona correcta –.
– Mmmm… – Gruñe Salma, despertándose del sueño con lentitud, inconsciente de lo que pasaba a su alrededor – ¿Qu- que me perdí? –.
Zelda apenas pudo contener una carcajada.
( . . . )
El proceso de entrada fue más tedioso de lo que pensó. Para empezar, se tenía que presentar una identificación para entrar, ya sea tu documento de ciudadano de Hyrule o uno impreso por la ciudad… A su módico precio. Esto para la joven princesa suponía un problema, ya que sin contar que no contaba con ninguno de sus documentos (Y nunca ha tenido, por ser de la familia real), estaba el peligro de que alguno de los oficiales de Ginza la reconociera. Ragnas le explicó que la ciudad en si era propiedad privada de un magnate de arriba, y que sus autoridades no respondían al estado mayor, pero eso no hacía las cosas seguras. Eventualmente tomaron la decisión de hacer trueque con uno de los rifles láser de los servitores y un nombre falso, lo que le daba a Zelda la ventaja del anonimato.
– ¿Marín, eh? – Comenta Ragnas mientras el trío se bajaba del camión tras estacionarlo en un complejo de estacionamiento, pues Ginza no contaba con muchos pasos vehiculares.
– Es el personaje de un viejo cuento – Explica Zelda procediendo a caminar – Ahora terminemos con lo que venimos a hacer, ¿Quieres? –.
– Disculpe princesa – Zelda solo gira sus ojos ante la actitud del moreno, fijándose entonces en Salma, quien seguía sin decir una palabra.
– ¿Te encuentras bien? – Pregunta Zelda con genuina preocupación, aunque no era la primera vez que lo hacía.
– Si, terminemos con esto – Se limita a responder la pelinegras, tomando la iniciativa para salir del lugar.
Para Zelda era una escena impresionante, un festival interminable de luces de neón que se extendían a través de infinitos callejones repletos de todo tipo de gente. Una amplia variedad de negocios mostraban sus avisos luminosos y coloridos, en contraposición de la gente que caminaba bajo ellos, quienes caminaban caminaban rápido y de manera agresiva, como si sospecharan unos de otros. Para Zelda este contraste se le hizo evidente y de los más curioso.
– ¿Ahora a donde? – Pregunta la princesa.
– Conozco una tasca por aquí – Comenta Ragnas – El dueño es un maldito bastardo, pero sabe de por aquí –.
– El ambiente aquí parece agresivo – Menciona Zelda, mirando las expresiones de la gente que pasaba a su lado.
– Pues más te vale que no les prestes mucha atención – La mirada de Ragnas se enfureció sobre la princesa – Todos tienen algo que ocultar, y matarían para que siga así –.
Zelda sintió una sensación de familiaridad, pues conocía este tipo de ambientes muy bien, obviando por supuesto las sucias calles y el olor a grasa con suciedad, este era el mismo panorama en las altas élites hylianas, llenas de intrigas y traiciones. Zelda se mantuvo junto a Ragnas, pues lo que diferenciaba a dicho lugar con aquel del cual ella venía, era que aquí todos debían ser capaces de atacar de improvisto.
– ¿Salma? – Dice Zelda al notar que su compañera ya no estaba con ellos, rápidamente buscando entre la multitud, al final se encontraba parada a unos metros de ellos con la cabeza baja.
– Salma, no debemos separarnos, es peligroso aquí – Dice Zelda tomándola del hombro, pero Salma la aparta con brusquedad.
– ¿Peligroso dices? – La sonrisa de Salma era una de burla total, Zelda la miró incrédula – ¡El único peligro acá eres tu, Zelda! – Los ojos de la rubia se abrieron como platos.
– ¡Desde que apareciste solo hemos sufrido! – El rostro de ella iba llenándose de lágrimas e ira, varios transeúntes iban volteando ante la conmoción.
– Salma, entiendo que te sientas… –.
– ¡No, no entiendes nada! – Salma estaba fuera de si – ¡Apareces un día luego de que cayera Ordon, llevas a la muerte a mis amigos y luego resulta que eres…! – No pudo terminar la frase, ya que Zelda le había tapado la boca bruscamente.
– No lo digas… – Dijo Zelda con temor, no podía ser reconocida.
– Mentiste sobre quien eras, ¿Como puedo confiar en ti? – Dice Salma al quitarse la mano de Zelda.
– Entiende que podría ser peligroso, no podía decir quien era en realidad – Zelda intentaba mantener la compostura, pero poco a poco iba perdiendo los estribos.
– Esos servitores iban por ti, ¿No es así? – Salma se había calmado un poco, Zelda no supo que responder – Vi como se detuvieron frente a ti y mencionaron que encontraron lo que buscaron –.
– Salma… –
– ¡Si no hubieras venido nadie hubiera muerto! – Salma intentó abalanzarse sobre la princesa, mas recibió un manotazo por parte de Ragnas, que intervino echándola hacia atrás.
Finalmente, la pelinegra chasqueo los dientes y echó a correr entre la multitud. Zelda quiso seguirla, pero fue detenida por Ragnas, quien con un gesto de negación le indicó que no era correcto. Zelda estaba frustrada, y en parte le dio la razón, sus acciones y presencia en la Subcolmena han generado una serie de eventos desafortunados para la joven ordoniana, pero debía dejarla ser, pues nada de lo que le dijera le tranquilizaría, y eso era lo que Zelda más temía. El dúo decidió seguir con su camino, ignorando las miradas chismosas de los habitantes de Ginza, pero sin que Zelda le dedicara una última mirada a la dirección a la que su nueva amiga se había ido, con preocupación.
– ¿Lo vio todo, capitán? – Menciona por un intercomunicador un encapuchado que veía la escena desde un callejón.
– Lo vi, la descripción coincide con la del harlequín – Responde una voz gruesa del otro lado – Por ahora síguelos, no dejes que se pierdan –
– Parece que entrarán a un bar – Menciona el encapuchado – Pero viendo la escena que acaba de ocurrir, se me viene una mejor manera de acercarme –.
– Haz lo que tengas que hacer, cambio y fuera – El hombre se desconecta de la transmisión, el encapuchado solo sonríe mientras ve la dirección que tomó Salma.
– Así lo haré, capitán Páric, así lo haré –.
( . . . )
El ritmo tranquilo de la música de jazz sumada a la poca cantidad de personas relajó a Zelda, pues parecía un sitio poco transcurrido, lejos del ambiente hostil de la ciudad. Una vez entro ella con Ragnas, Zelda vio como el moreno dio una ceña al tabernero, quien al verlo le dedicó un gesto de invitación, a lo que este respondió acercándose a la barra. Zelda, poco enterada de su comunicación no verbal, asumió que ambos se conocían desde antes, por lo que se pegó al bandido y se sentó junto a el.
Una vez sentados, Zelda pudo apreciar al tabernero con más detalle, un hombre mayor fornido de cabellera blanca y barba frondosa, contando con gentiles, pero duros ojos cafés.
– ¿Que te sirvo, Ragnas? – Dice el tabernero – Hace tiempo que no pasas por mi humilde negocio –.
– Lo de siempre, Ferrus – El tabernero le sirve un vaso pequeño con una bebida amarillenta, Ragnas lo toma de un sorbo – Necesito tu ayuda –.
– No es para esconder a la chica traes, ¿No? – Menciona mirando de manera amable a Zelda, quien solo desvía la mirada con desdén – Veo que no eres de las simpáticas, ¿Como te llamas y que haces con este idiota? –.
– Lo lamento, pero eso no le importa – Se limita a decir Zelda, siendo entonces confundida por la carcajada de Ferrus –.
– ¡Pero vaya chica tienes contigo viejo amigo, jajajajaja! – La sonora risa de Ferrus claramente incomodó a Ragnas un poco, quien suspiraba con resignación ante la escena.
– Necesito que me consigas a un comprador de piezas de servitor, ¿Conoces a alguien? – Pregunta Ragnas, intentando centrar la conversación.
– Creo que conozco al indicado, un viejo conocido en el mercado de Ghezzo – Comenta Ferrus peinándose la barba con una mano – ¿Y eso que tienes piezas, una faena? –.
– Digamos que tuve un incidente hace unos días – Se limitá a decir Ragnas – Tambien necesito combustible para un vehículo que tengo, pienso regresar a Kakariko pronto –.
El comentario hace que el tabernero eleve una ceja de sorpresa, notando una mirada suma seriedad en los ojos del moreno. Ferrus suspiró y miró hacia abajo por un momento, con expresión dura, pues sabía que no era algo de poco cuidado lo que su viejo amigo proponía. Finalmente, y por petición del barbudo, ambos entraron a una habitación continua para hablar con más privacidad, dejando atrás a una confundida Zelda.
– Las cosas no son iguales a cuando te fuiste, ¿Lo sabes? –.
– Lo entiendo, pero entiende – Ragnas mira la puerta tras de si para procurar que nadie los esté escuchando – Ella es portadora, estoy seguro de ello –.
– ¿Esa chica? – Ragnas asiente lentamente – Pero la leyenda dice que la única chica del trio es… No puede ser...-
– Así es, ella es la… –.
– ¡No lo digas! – Ragnas lo mira confundido – Las paredes escuchan, ¿Ragnas sabes en el increible problema en el que te metes estando ella? – Una mirada de determinación en Ragnas le dio la respuesta.
Zelda escuchaba un intercambio de gritos y argumentos, no podía escuchar exactamente lo que decían, mas su cara de interés le daba la curiosidad acerca de lo que sea que estuvieran hablando. Mirando a los lados, notó que el puñado de clientes que moraban en el local la veían con cierto recelo, cosa que alertó a Zelda sobre sus posibles intenciones. Sin más interés, le llamo la atención una de las pantallas del lugar, la cual parecía transmitir lo que parecían ser juegos gladiatorios, una deporte barbárico y propio de donde se encontraba. Aunque eso no fue lo que le llamó la atención, pues un corte de emergencia dio paso a lo que parecía ser un noticiero.
– Y ESTAS SON LAS NUEVAS NOTICIAS DE GINZA, PARA TODOS AQUELLOS AVENTUREROS A SUELDO – Al terminar el anuncio, una muchacha rubia con un vestido largo de múltiples colores y adornos con formas de mariposas sale al escenario con mucho ánimo
– ¡SALUDOS, MIS QUERIDOS TELEVIDENTES, AQUÍ SU PRESENTADORA FAVORITA, AGITHA, DÁNDOLES LAS NUEVAS PRESAS PARA SU LABOR! –
Zelda miró interesada el programa, aparentemente era un programa para cazarrecompensas, una festival de luces coloridas y música daban transición a cada uno de los trabajos más recientes.
– EMPEZANDO CON EL PRIMER BLANCO, UN HOMBRE FUERTE Y PELIGROSO, PRÓFUGO DE LAS PRISIÓN DE LA MONTAÑA DE LA MUERTE, UN MONSTRUO EN EL SENTIDO LITERAL DE LA PALABRA, AQUÍ ESTÁ DARUNIA, POR 30.000 RUPIAS –
Una criatura fornida de ojos negros y piel grisácea se asomaba en la pantalla, tenía cabellos largos picudos saliendo de su cabeza, y era muy fornida. Zelda elevó una ceja, pues veía nada más ni nada menos que un goron, una raza inteligente muy rara de ver en Hyrule hoy en día. Según leyó Zelda una vez, antes los goron eran más comunes, pero ahora no eran más que una rareza de ver.
– SIGAMOS CON NUESTRO PRÓXIMO BLANCO, UN INDIVIDUO ESTRAFALARIO DE CARÁCTER EXÓTICO Y CARISMA EXTRAORDINARIO, LÍDER DE TODO UN EJERCITO, LA FAMILIA DE LOS HARLEQUINES, AQUÍ TENEMOS A ZABZON, EL PADRE DE LOS HARLEQUINES, POR 50.000 RUPIAS –.
A Zelda se le hizo conocida esa cara, pues era aquel hombre afeminado que dirigía la banda donde estaba Ragnas, padre recuerda ella que se hacía llamar. No puedo bajar la vista en tristeza al recordar lo ocurrido con Salma, ya que por una parte quería buscarla para que esté bien, pero dudaba siquiera que ella quisiera verla de nuevo. Finalmente decidió distraerse viendo el programa, pero fue golpeada con una terrible sorpresa.
– Y PASEMOS AL EVENTO PRINCIPAL, UNA RECOMPENSA DADA POR EL MISMÍSIMO ESTADO MAYOR. UNA JOVEN DE UNA IMPORTANCIA Y VALOR IMPRESIONANTES, CASI TAN HERMOSA COMO SU SERVIDORA, DESAPARECIDA DE SU HOGAR DESDE HACE CASI UNA SEMANA, Y CON EL PREMIO EXORBITADO DE 500.000 RUPIAS A QUIEN LA TRAIGA DE VUELTA CON VIDA, LA MISMÍSIMA PRINCESA DE LA COLMENA, ZELDA NOHANSEN DE HYRULE –.
Los ojos de Zelda se abrieron de par en par, ¿Que demonios significaba esto? Un escalofrío recorrió su espalda a la velocidad del rayo, haciéndole temblar. Ahora debe de estar siendo buscada por cada maleante de aquella ciudad, como un pez entrando directamente a la red de pesca. Miró con discreción hacia atrás. Viendo como algunos de los presentes veían impresionados el anuncio, y mayor fue su sorpresa al ver que frente a ellos estaba la que les garantizaba una cifra descomunal de dinero.
– Tu… ¿Tu eres la princesa, no? – Un hombre gordo y alto se le acercaba a Zelda, la cual nerviosamente miraba al frente, evitando siquiera mirarlo.
– Ven… te llevaremos a casa, no debes tener miedo – La voz de un segundo hombre se le unía al primero, esta era nasal y temblorosa, le causaba repulsión a la joven.
– ¡Espera, no te metas que es mia! – Dice el primer hombre, el cual es golpeado por el segundo.
– ¡Para nada, el dinero es… – No pudo terminar la frase, pues fue golpeado por el gordo, lo que hizo estallar una pelea en el bar por la princesa.
Zelda frunció el ceño e inhaló con fuerza, impulsando entonces su cuerpo para pasarse al otro lado de la barra, mientras el caos se elevaba en el recinto. Ella corrió hacia la puerta donde entró Ragnas y su amigo y la abrió de golpe, interrumpiéndolos en medio de su discusión.
– ¡Te dije que esperaras! – Replicó Ragnas molesto.
– ¡No hay tiempo para eso, me están buscando! – Ferrus elevó una ceja ante el comentario de la princesa, viendo entonces como se libraba una batalla campal en su negocio, con las botellas y vasos volaban de un sitio al otro mientras las mesas se iban volteando y los participantes desnfundaban sus armas de fuego.
– ¿¡Ves a lo que me refiero con problemas!? – Exclama un iracundo Ferrus halando a la princesa y cerrando la puerta tras de si, el ruido de disparos se empezaba a oír.
– No tenemos tiempo para tus sermones, tenemos que salir de aquí ya – Ragnas dijo mientras sacaba su rifle, Ferrus le hizo un ademán para que lo sigan.
El grupo se dirigió a una trampilla en el área del almacén, la cual al abrirla dio paso a un túnel, el aire séptico causó repulsión y frustración en Zelda, pues otra vez debería ir a una cloaca.
– Sigue hasta la salida 42 y busca a León, él les dará un salvoconducto para salir de la ciudad – Dice Ferrus, luego sacó una tarjeta electrónica y antes de dársela a Ragnas decide dársela a Zelda, quien lo miró con confusión – Esta es mi cartera electrónica, con ella podrán contar con capital, también me aseguraré de vender las piezas que consiguieron. Se lo confío a usted majestad para evitar que este tonto se gaste mi dinero en prostitutas y alcohol, usted es de la nobleza y debería de saber usar mejor el dinero –.
Zelda rió por lo bajo mientras un fastidiado Ragnas se adelanta a bajar por la trampilla.
( . . . )
El programa había terminado, las luces se apagaban y el escenario estaba siendo limpiado. Agitha se había dirigido a su camerino con una sonrisa amplia, esta vez le habían dado su platillo correctamente, y su agua estaba en la temperatura que a ella le gustaba, por una vez estaba de buen humor. Sentada frente al espejo mientras retiraba su maquillaje, Agitha sintió que la puerta se abría sin su permiso, antes de que pudiera reclamar, un hombre de traje formal, cabellos corto purpureo, piel morena y ojos agresivos entra con una sonrisa arrogante.
– Diste un excelente show hoy, Agitha – La muchacha bufó con desdén mientras seguía con lo que hacía.
– Ugh, ¿Que te he dicho de molestarme en el trabajo, Konrad? – Su tono denotaba su indignación, a lo que el hombre solo ampliaba su sonrisa.
– Me es inevitable, con solo verte en la pantalla, haces que mi corazón lata con tanta fuerza que no te puedo sacar de mi mente – El hombre se acerca descaradamente a la muchacha, acariciando su mejilla con delicadeza. La joven voltea la cara, sintiendo un escalofrío.
– ¿Que es lo que quieres? – Dice la chica desviando la mirada y frunciendo los labios.
– No hay necesidad de ser tan grosera conmigo, querida. No me hagas recordarle a tu padre lo que tu y yo tenemos – El hombre toma el rostro de la joven y la besa a la fuerza, la muchacha toma aire hondo, intentando aguantar lágrimas – Vengo a darte lo tuyo por la otra noche, y algo más –.
Konrad le entrega a la chica una bolsa, al revisarla la chica nota que esta llena de rupias rojas.
– ¿Y que es ese algo más? – Pregunta la chica, Konrad ríe por lo bajo, sacando una hoja de papel de uno de sus bolsillos.
– Es con respecto a la bomba de esta noche – El hombre muestra una copia del cartel con la cara de Zelda, la princesa de Hyrule – Quiero que me des la nueva contraseña de la terminal de Ravio, me interesaría tener más información con respecto al objetivo –.
– Sabes que no puedo seguir dándote esa información, sabes que Ravio podría matarme si se enterara que lo hago – Agitha bajaba la cabeza y evitaba al hombre, el cual la tomaba por los hombros y le pasaba las manos por su cuerpo, para la incomodidad de la muchacha.
– Mi amor, sabes que esta es una gran oportunidad, y la culpa es de el por introducirla contigo mirando – Konrad le hablaba al oído a la joven – Además, ¿La vida de quién esta en riesgo aquí? –.
– No… Konrad – Agitha suplicaba, el hombre rió para si mismo.
– No te olvides quien le provee de su tratamiento, de su soporte vital. ¿Cuanto tiempo crees que le falte? ¿Dos, tres meses? Todavía puedo pedir reembolso y dejar que muera en la calle – La mirada de Agitha temblaba ante el comentario, a la vez que mordía el labio en frustración.
– Rocdorado – Termina de decir Agitha.
– Entendido, iré yendo entonces – Konrad se separa de la chica, dirigiéndose a la puerta – Hoy iré a buscarte a casa a las 10, ponle ganas esta vez, sabes que me encanta cuando sacas tu lado más pícaro –.
Al cerrarse la puerta la chica se abrazó a si misma mientras derramaba lágrimas, atemorizada y miserable por la situación en la que se encontraba. Le era imposible escapar, y se veía incapaz de escapar a sabiendas que la persona que más amaba estaba a merced de ese hombre. Tras un tiempo ella se calmó, procediendo a cambiarse para salir, le esperaba una larga noche.
( . . . )
La tapa de alcantarilla se levanto con sumo silencio, y después de chequear los alrededores asomando su cabeza, Ragnas sale al exterior con su rifle en alto, observando que estaban en uno de los muchos callejones de los barrios de Ginza. Luego de el salió Zelda, respirando pesadamente para sacarse el hedor a cloaca de su olfato, ¿Es que acaso se la pasaría toda su vida en la alcantarilla? Se preguntaba a si misma con resignación. Ragnas le dio varías señas para que lo siga, y tras cubrirse la cara con un trozo de tela dado por Ferrus, la chica procedió a seguirlo a través de los sucios y oscuros callejones.
Eventualmente llegaron a una puerta, la cual tenía una placa con el numero cuarenta y dos al lado. Ragnas decidió tocar la puerta mientras Zelda miraba con temor los oscuros alrededores. La puerta se entre abre, revelando la mitad del rostro de un hombre mayor con anteojos de botella, quien miraba al dúo de manera penetrante.
– ¡¿Quien eres y que quieres?! – Dijo con voz rasposa, causando un leve sobresalto en Ragnas.
– Ehmm… ¡Ehem! – Ragnas se aclara la garganta y recupera la compostura – Estamos buscando a León – El viejo hombre abre los ojos levemente, gesto que no pasa desapercibido por la princesa.
– ¡No está, se murió! – Dice para cerrar la puerta de golpe, dejando a ambos perplejos.
Zelda miró a Ragnas con confusión, quien tampoco salía de su asombro, el cuál no decreció al ver que la princesa se adelantaba y tocaba la puerta nuevamente.
– ¡Les dije que León está muerto! – Grita el hombre al abrir la puerta, siendo recibido por una sonrisa amable por parte Zelda.
– Venimos de parte de Ferrus, el dijo que un tal León nos ayudaría a escapar de Ginza – La sonrisa de la princesa fue adornada con una mirada triste, cosa que sorprendía aún más al bandido – Verá, si no salimos de Ginza pronto, moriremos. Solo déjenos hablar con el, por favor – Zelda junta sus manos, suplicando por la clemencia del viejo mientras le miraba fijamente.
– Está bien, pasen… – El hombre resignado abre la puerta para dejar pasar al dúo. Ragnas mira con la mandíbula por el piso a la princesa, quien discretamente lo mira con una sonrisa pícara de satisfacción.
A Ragnas le asustaba lo que la belleza natural de la joven podía lograr si se lo propusiese.
Zelda y Ragnas entran dentro de lo que parecía ser un taller, desordenado y con un montón de maquinaria grasosa y otros desperdicios regados por ahí, todo bajo luces amarillentas de bombillas viejas. Zelda dibujó una cara de asco al percibir el olor fuerte a grasa y sudor en el ambiente, mientras Ragnas examinaba los que parecía ser la carcasa de una armadura móvil con el cableado afuera. A Ragnas siempre se le habían hecho fascinantes esas máquinas, trajes especiales que daban al usuario la capacidad de moverse a gran velocidad y luchar con gran fuerza con armas muy potentes. Dichas máquinas eran muy costosas y solo reservadas para el ejército, por lo que era raro ver una en la subcolmena.
Zelda miró al hombre sentarse en una de las mesas, notando por fin sus facciónes, era un hombre mayor calvo y de barba larga dispareja, que vestía un simple overol y traía unas gafas enormes con distintas lentillas para ajustar el aumento. El hombre entonces sacó un paquete de pasta instantánea, que comenzó a comer sin importarle el ruido que hacía.
– Un poco de comida sintética siempre le hace bien al corazón de un anciano, ¿No quiere un poco jovencita? – Zelda deniega la oferta de manera educada.
– Verá, nos gustaría hablar urgentemente con León, ¿Sabe donde está? –.
– Habla con el jovencita, ¿Pero no le parece raro que pregunte sin siquiera presentarse? –.
– Me llamo Marín, y el es Ragnas, estamos siendo perseguidos por la mafia. Ragnas es amigo de Ferrus y nos recomendó venir con usted para un salvoconducto – Decidió mentir Zelda.
– Pues si, conozco una que otra forma en la que podrían salir, ¿Pero por qué los ayudaría? – León los mira fijamente, a lo que Zelda saca la tarjeta de Ferrus y se la enseña.
– Si es dinero lo que pide, con gusto lo podemos… –.
– No quiero dinero – El hombre frunce el ceño ante la princesa, la cual lo mira confusa.
– ¿Que quiere entonces? –.
– Quiero que se me devuelva mi antiguo trabajo – El hombre terminaba de comer, mientras que Zelda lo seguía viendo aún confusa.
– N-no entiendo que podemos nosotros hacer al respecto, yo… – Zelda comenzaba a sentirse nerviosa ante su petición.
– Su alteza, no es necesario que me oculte su identidad, se muy bien que es usted – Zelda abrio los ojos de golpe, ¿Que acaso ya todos sabían quien era? – Solía trabajar para el ejército, en la sección de desarrollo de armaduras móviles. Una vez llegamos a vernos, su majestad, ¿No lo recuerda? –.
– Lo lamento, pero no lo recuerdo – Zelda le dio una mirada compasiva, el hombre solo le sonrió de forma melancólica.
– ¿Le suena el nombre del Baltazar? – Algo en Zelda hace "click" mientras sus memorias daban con el nombre.
– Uno de los tres sabios, eminencias en los adeptos mecánicos, desaparecieron hace años, no diga que usted… –.
– Así es, soy Melchor, y me desterraron mas bien – León se levantaba de su silla y procedía a caminar hacía la maquinaria del taller, admirándolas – Esos dogmáticos del estado mayor dejaron de creer en la mejora tecnológica, se centraron en recopilar aquello que perteneció a otras eras y se olvidaron del presente. Lo mismo ocurrió con los otros dos, y eme aquí –.
– ¿Otras eras, a que te refieres, viejo? – Intervino Ragnas.
– Las pandillas no solo asaltan sectores caídos, mas veces de lo que crees son contratados por los adeptos a buscar artefactos entre las ruinas, tal parece que el pasado esconde mas cosas de lo que creemos – Zelda miró al hombre, quien se encendía un cigarrillo – Pero quisiera saber algo, su alteza, ¿Por qué no regresa a Hyrule, si la caza es para traerla de vuelta? –.
– Digamos que las cosas no están muy bien allá arriba, y por mi seguridad debo estar alejada lo más posible de la escena política de la Espiral – Ragnas escuchó interesado al comentario de la princesa, con que por eso no ella no ha buscado escaparse y regresar arriba.
– ¿Es tan terrible como para bajar al sitio más peligroso de Hyrule? – León eleva una ceja.
– Tanto como para escapar al único sitio fuera de su control – La determinada mirada de Zelda parecía haber convencido al anciano, quien comenzaba a fumar con una sonrisa dibujándose en sus labios.
– Entiendo… Les ayudaré entonces – Una sonrisa sincera se dibuja en el rostro de Zelda.
Leon les da al dúo un ademán para que lo sigan, llevándolos a una terminal electrónica que interactuó para mover una serie de pinzas móviles desde el techo, las cuales trajeron un contenedor metálico que él procedió a abrir, revelando una armadura móvil de color amarillo y con pinzas muy fuertes en el área de los brazos.
– Esta armadura móvil la solían usar para construcciones, su servidor la compró a bajo precio y la restauré, les ayudará en su viaje – León entonces busca entre algunos cajones y saca lo que parece ser una tarjeta de algún tipo – Este es un pase para las obras del ala norte de la ciudad, solo personal calificado puede entrar en ella, pues da al exterior, imagino que ya saben que hacer –.
Zelda tomó la tarjeta con suma gratitud hacia el anciano, más apenas hacerlo, se escucha como golpean a la puerta por la que entraron previamente Ragnas y ella.
– ¡León! – Gritaba un hombre mientras tocaba repetidamente la puerta – ¡Abre la puerta, hombre! –.
– ¡Demonios, métanse en la caja, yo me encargo de el! – Dice León empujando a Zelda y a Ragnas dentro del contenedor de la armadura y cerrándolo.
León se incorporó y caminó lo más calmado que pudo a la puerta, abriéndola levemente para atender al visitante inesperado. Para sorpresa del León, dicho visitante abre la puerta bruscamente, siendo este un hombre joven entraje de piel morena y de cabellos negros, acompañado por una temerosa joven rubia que usaba un vestido, ambos acompañados por dos hombres fornidos que los esperaban en la entrada.
– ¡No entres así a mi casa Konrad, ya te lo he dicho! – Replica molesto León.
– Por favor viejo, tu sabes que siempre soy bienvenido aquí – La sonrisa arrogante en el rostro de Konrad le sirvió a León para saber que no le importaba ser un imbécil – Además, necesito un favor tuyo –.
– ¿Y cual sería? –.
– Necesito equipo para una cacería, estoy buscando a alguien que estuvo en el programa de Agitha esta tarde, me refiero a la mismísima princesa Zelda – Konrad miró a la joven que iba junto a él, quien solo bajó la cabeza con timidez.
– No tengo mucho esta vez, Konrad, y mucho menos desde que me debes los de la otra vez – El enojo en León era palpable, cosa que no borró la sonrisa en el joven.
– Eso fue culpa tuya por darme chatarra defectuosa, ahora vamos, al menos una armadura móvil me sirve –.
– ¿Si tu eres bueno para luchar, por qué insistes en que te una armadura móvil? – León se cruza de brazos con suma molestia.
– Porque se que esta vez me enfrento a los mejores del oficio en este trabajo, por ello, prometo que te pagaré está vez, lo juro –.
Mientras la discusión entre León y Konrad se llevaba a cabo, Zelda y Ragnas escuchaban de manera detenida las intenciones del muchacho, temiendo lo peor, Ragnas se comienza a montar cuidadosamente en la armadura.
– ¿Que haces? Nos descurbriran – Murmura Zelda con molestia.
– Es un por si acaso, princesa – Replica silenciosamente Ragnas, Zelda solo lo miró confusa – Si revisan este contenedor, debemos buscar escapar a toda costa –.
Ragnas comenzó a introducir su cuerpo en la armadura, primero introduciendo sus pies, luego ajustando su torso e introduciendo sus brazos en los compartimientos respectivos, finalmente reposando su cabeza en el collarín reservado para esta. Ragnas había utilizado una aradura móvil pocas veces en su vida, todas para asaltos para la familia, en aquellas pocas veces que los habitantes de sectores caídos sabían podían defenderse a si mismos. En todo caso, con la armadura puesta el crecía en estatura a unos cuatro metros aproximadamente, y tenía una buena idea de como manejar una, si bien no sabía mucho de su mantenimiento y su funcionamiento técnico, el al menos podía hacerla andar.
– Sujétate a las manijas de los hombros, parece que son para un copiloto – Zelda miró la parte de atrás y se dio cuenta que tenía razón, pues en la espalda habían escalones para que un acompañante se sujete, se preguntó si era para el ayudante en la construcción, pero supo que no había tiempo para hacerse esas preguntas y se aferro a la armadura.
– ¡La respuesta es no, Konrad, no tengo que darte ahora! – Exclamó firme León, a Konrad se le borra la sonrisa en ese momento.
– Ohh, así que me niegas la ayuda – Konrad miró de manera fiera al anciano, mientras que Agitha retrocedió temerosa ante sus gestos, claramente asustada – Si no quieres ayudarme voluntariamente, no tengo otra opción que forzarte –.
Konrad chasquea sus dedos, llamando a los dos matones que lo acompañaban, León retrocedió lentamente mientras una gota de sudor bajaba por su frente. Konrad y sus acompañantes desenfundaron cada uno una pistola y le apuntaron al viejo, quien retrocedía nerviosamente al contenedor.
– Siempre indispuesto a escuchar, ¿No es así, Konrad? – Leon apretaba los dientes mientras Konrad reía de manera arrogante.
– No intentes hacerte el duro ahora, viejo verde – Konrad disparó el arma, impactando la pared detrás del anciano, era un tiro de emergencia, el tipo de juegos que el moreno disfrutaba – Al menos una armadura tienes, y tu me la darás –.
– Vamos Konrad, no tienes que hacer es… – Agitha intentó mediar para que Konrad se calmara, pero este la golpeó en el rostro con la pistola, tirándola al suelo.
– ¡Cállate! ¡No te metas en mis asuntos! – Konrad miró enfurecido a la joven, quien lagrimeaba mientras posaba su mano en la mejilla lastimada – Estoy perdiendo la paciencia anciano –.
Zelda escuchaba la escena con furia, no tenía que verlo para saber que odiaba a ese sujeto, más por como parecía tratar a quien parecía ser su acompañante, quería hacer algo, debía hacer algo. Su corazón comenzó a palpitar con fuerza mientras un escalofrío recorrió su espalda y su mano comenzaba a brillar. Exploraba sus opciones, analizaba los riesgos y sacaba sus conclusiones, y al final decidió un plan de acción que le pareció adecuado. Por un momento titubeó, sin embargo, pues la última vez que tomó el liderazgo en una situación, las cosas no habían salido muy bien.
– ¿Que harás, Zelda? – Escucho la princesa en su mente, parecía un joven cuya voz nunca había oído antes, mientras su marca le ardía con fuerza la mano – Si te quedas parada no llegaras a ningún lado, ¡No te rindas! –.
– ¡Contaré hasta tres anciano! – Gritó finalmente Konrad, apuntado su arma al nervioso anciano.
– Ragnas, dame su rifle – El moreno miró a la princesa confundido, pero al notar la determinación de sus ojos, no pudo sonreír con resignación a su terquedad. Le dio su arma a la princesa sin más, confiando en lo que sea que pasara por su mente – A mi señal, abrirás el contenedor –.
- ¡Uno!-.
– Harás que nos maten, ¿Lo sabes? – Ragnas dijo.
– No es la primera vez que hago esto – Zelda no parecía perder su determinación, mirando con seriedad la compuerta – A este paso matarán a León –.
– ¡Dos! –.
– No es nuestro problema – Ragnas parecía retar a la princesa, pues le sonreía de manera engreída.
– En serio que eres un hombre despreciable, a mi señal – Ragnas suspiró con una sonrisa nuevamente, en serio que Zelda parece atraer los problemas.
– ¡Vamos hombre, última oporunidad! – Konrad ya no quería jugar más, pues sintió que no llegaría a ningún lado.
Zelda recostó el rifle a los hombros de la armadura para mitigar el retroceso y Ragnas encendió la armadura, la cual comenzó a cubrirlo para proteger su cuerpo, luego encendió el modo transporte, en el que los pies de la armaduras eran apoyados por una serie de ruedas para moverse a altas velocidades como si fueran patines automotrices.
– Y tr… –.
– ¡Ahora! – Ragnas jaló la palanca para abrir el contenedor, el cual se abrió de golpe, para sopresa de los presentes.
– ¡¿Que demonios?! – Solo pudo decir Konrad antes de ver a la mismísima princesa Zelda disparar a uno de sus hombres en la frente matándolo en el acto.
– ¡Avanza Ragnas! – Exclamó la princesa.
Ragnas tomó la orden de Zelda, acelerando la armadura a todo dar, obteniendo el impulso necesario para atacar el moreno. Konrad, con sumo reflejo y salto a un lado para esquivar el ataque, aunque Ragnas no desaprovechó el momento y con la misma velocidad le dio un manotazo al otro matón que acompañaba al mafioso, quien fue incapaz de detener al bandido a pesar de dispararle varias veces a la armadura, que paró cada proyectil con facilidad. El manotazo lo impulso varios metros y lo hizo chocar contra la pared, un "crack" tras el impacto les hizo saber a los presentes que no se levantaría nunca mas.
– ¡Maldita, justo a quien buscaba! – Se levantó Konrad apuntando a la dirección León rápidamente – El trato es simple, vienes conmigo o el viejo muere –.
– ¡No lo creo! – Exclamó León, quien la confusión pudo alcanzar el extintor de incendios y lo descargó sobre el, haciendo que dispare perdidamente y falle en su cometido.
Las oportunidades estaban dadas, Ragnas avanzó a toda velocidad y golpeó a Konrad con fuerza, pero este pudo poner sus manos al frente para mitigar en parte el impacto, aunque no fue suficiente para evitar que fuera lanzada a uno de los muros. León aprovecho la oportunidad y manipuló la consola para sacar otro contenedor de armadura, todo mientras Agitha seguía en el suelo cubriéndose la cabeza, aterrorizada.
– ¡Leon, la puerta! – Ordena Zelda a un León que ya estaba en una armadura similar a Ragnas.
– ¡Entendido! – responde León moviéndose rápidamente a jalar una palanca de la pared, el cual abrió una gran puerta al exterior.
Tras el anciano, Ragnas comenzó a acelerar para salir de allí a toda velocidad, pero antes de pasar de largo de Agitha, Zelda hizo algo que nadie se espero.
– ¡Y tu vienes con nosotros! – Dijo Zelda tomando a la joven de los brazos y jalándola con todas sus fuerzas para que suba.
– ¡Espera, detente! – Grito Agitha con dolor por la sacudida, pero Zelda insistió jalándola hasta que esta puso sus pies en los escalones, junto a la princesa, saliendo todos a las calles de Ginza a gran velocidad.
– Si te quedas ahí, el se desquitará contigo – Comenta Zelda a una temerosa Agitha – Yo no aceptaría que alguien me tratara así, si fuera tu –.
– No lo entenderías – Comentá Agitha agachando la cabeza, pues sabía que Zelda tenía razón, pero ahora era más complicado todo, pues se había metido en un gran problema.
El grupo avanzó a toda velocidad a través de las calles estrechas de Ginza, ignorando toda ley de seguridad y acabando con cualquier puesto y obstáculo a su paso. El trío de Zelda, Ragnas y Agitha seguían al anciano a través de las calles, pues inferían que el los llevaba hacía el ala norte.
Pero entre las sombras, alguien los estaba observando desde hace rato, una figura enmascarada cubierta en ropajes oscuros, sosteniendo un intercomunicador en sus manos.
– Están moviéndose, prepárense para tomar acción – Dijo al verlos recorrer las calles, debían actuar rápido, pues no podían permitirse una respuesta de las fuerzas de orden público intervengan.
Pacientemente observaron al grupo pasar el umbral del ala norte, la nueva zona en construcción, un laberinto de vigas y placas de acero se expandía por al menos un kilómetro de distancia. La obra llevaba varios años dándose, pero la ineficiencia y corrupción del gobierno local impedía que el proyecto se completara, y lo que quedaban eran los restos de un sueño que no va a ningún sitio.
– ¡Ahora! – Gritó el espía, dándole señal a sus aliados de actuar.
Ocultos entre la obra incompleta, tres armaduras móviles de colores negros y armadas con martillos enormes de hierro y cañones de hombro salieron por sorpresa, con uno atacando a León para frenarlo y otros dos para frenar a Ragnas. Al momento de verlos salir, Ragnas se ladeó bruscamente, sacudiendo tanto a Zelda y a Agitha de su espalda, las cuales rodaron por el suelo.
– ¡Mierda! Están bi-eewha… – Dijo Ragnas antes de ser golpeado
Ragnas recibió un golpe repentino de una de las armaduras atacantes con el martillo, siendo lanzado hacia atrás y haciéndolo caer de espaldas, la segunda armadura se apresuró a lanzar un martillazo a Ragnas, pero este pudo esquivarla justo a tiempo, pero acorralándolo y separándolo de Zelda.
Zelda se arrastró lentamente hacia a Agitha, quien estaba tirada en el piso, era probable que la chica se haya lastimado con la caída, así como Zelda los estaba. Le dolía el cuerpo, y le era imposible levantarse, pues parecía haberse roto una pierna al caer. Respiraba pesadamente, sentía como su sangre bombeaba violentamente intentando mantener la conciencia, frustrada y desesperada de salvar a esa pobre chica, sin cuestionarse en ningún momento el por qué, o que quería lograr haciéndolo.
Sin embargo, una figura se detuvo frente a la princesa, aquella persona usaba una grebas metálicas en sus tobillos, pasando a unos pantalones ajustados que llevaban a una armadura de ceramita de color negro. Zelda antes de elevar la cabeza, sintió como le pegaba el barril de una pistola pegar con su frente, y al ver a la persona que tenía el dedo en el gatillo, solo pudo sentir su corazón torcerse desde lo más profundo.
– S-salma… –.
Continuará…
Próximo episodio: Alguien en que confiar
