2. Cruda realidad

Carol despierta con un dolor punzante martilleando su cabeza. ¿Cuando fue la última vez que despertó así? Quizás en sus años de juventud cuando la noche parecía no tener fin.
Parpadea varias veces intentando orientarse. Unos números rojos aparecen en su visión. 12:43 marca el reloj despertador. Hoy no podrá tomar su café mirando a la ventana con aire ausente observando a los pájaros darse el primer baño de la mañana. No, el casi la hora del almuerzo, pero no se arrepiente de nada.
Se frota los ojos intentando hacer desaparecer el rastro de sueño antes de emprender su camino hacia el baño. Las piernas le tiemblan y sonríe al recordar el porqué.
Nada más entrar por la puerta el espejo delator le muestra su reflejo.
-Mierda - susurra al ver el rímel corrido alrededor de sus ojos. Se había duchado la noche anterior, pero no fue su cara la zona de su cuerpo a la que más atención prestó.
Necesitaba otra ducha.
El agua tibia recorre su cuerpo y ella se deja acariciar disfrutando de la sensación.

La mañana es tranquila, sin gritos, insultos, ni el sonido del pasar de las hojas del periódico que tan nerviosa le ponía:
Una mala noticia, un mal resultado en el partido de la noche anterior, la combinación incorrecta de los números de la lotería, o una señorita de compañía cuyo nombre coincidiese con el de ella.
"Me llamo Carol, 23 años, rubia, ojos verdes, cuerpo para el delito, domino el francés y el griego. Llámame"
Cualquier cosa podía activar a su marido de la peor forma posible. A veces era una simple mirada de desaprobación, un insulto gratuito, un empujón al pasar por su lado... y otras era una paliza que la mandaría directamente al hospital.
Para bien o para mal, ella era buena actriz y el repertorio de excusas y mentiras era tan amplio como la falsa sonrisa con la que salía todos los días a la calle.

Se mira en el espejo de nuevo para poder ordenar su cabello, tan rebelde como ella lo fue en su juventud. Acaricia su cuello y garganta donde las marcas de la noche anterior permanecen aún más visibles que horas atrás.
Niega con la cabeza divertida, por primera vez en muchos años puede observar unos moretones sin sentirse humillada, últimamente todas las marcas de su cuerpo eran vergonzosas y pedían a gritos que los ocultase.
Tenían una semana para desaparecer antes de que el sonido de las llaves de su marido en el ojal de la puerta le recordasen que estaba casada.
Ed estaba en un viaje de negocios, o eso decía él, seguramente volvería oliendo a alcohol y perfume barato, y a la hora de lavar sus pantalones encontraría en el bolsillo de alguno la tarjeta de X club de carretera con la silueta de una exuberante mujer dibujada en el reverso.
Por esa misma razón, no puede sentirse culpable por lo que hizo la noche anterior. Necesitaba salir, necesitaba sentir que aún era atractiva, necesitaba sentir algo más que dolor y vergüenza.
Se compró un vestido, uno que Ed jamás aprobaría y salió al mundo.
Ahora ese vestido está descansando a los pies de su cama hecho un desastre. Por unos segundos piensa en lavarlo, en llevarlo a la tintorería si la mancha de semen no sale, pero luego recuerda que no se lo podrá volver a poner, por lo que, la basura será su lugar.

Sonríe como una idiota al recordar a ese extraño que hizo que se sintiese mujer otra vez.
La sensación de sus labios recorriendo su cuerpo, sus manos callosas acariciándola, su voz grave en su oído, el placer casi olvidado que le hizo sentir, sus penetrantes ojos azules que no se apartaban de los suyos...
Le pidió su nombre ¿Debería habérselo dado? Sacude la cabeza intentando sacar esa locura de su cabeza. Sólo fue una noche, ahora toca volver a la cruda realidad.

Daryl mira fijamente el techo de su habitación, está amarillo por el humo del tabaco, y manchas oscuras de humedad decoran cada una de las cuatro esquinas. Debería arreglarlo, comprar un bote de pintura blanca, y... No, ¿Para qué molestarse? Su mayor sueño es poder reunir el dinero suficiente y marchar de allí para no volver a ver a aquellos seres a los que él llama familia.
Escucha a su padre arrastrar los pies por el pasillo, y recuerda el miedo atroz que sentía de niño cuando aquellos pasos se acercaban a su puerta. Aún siente escalofríos al recordar, y las cicatrices de su espalda parecen doler como el primer día.

No ha dormido, no entiende porqué, pero el sueño no ha venido a buscarlo y unas profundas ojeras son la señal de ello.
Aún huele a ella; a su perfume, su sudor, su excitación...
Debería ducharse.
Debería.
Los recuerdos invaden su mente: el sabor de sus labios, la suavidad de su piel, los mechones de cabello pelirrojo pegados a su frente por el sudor, sus gemidos de placer, su pálida piel marcada, sus muslos manchados por su semen caliente y aquellos enormes ojos azules...
Su pene se agita reclamando atención y él lo atiende acariciándolo distraído mientras repasa una y otra vez las imágenes de ella que tiene grabadas a fuego en su mente. La sensación de estar dentro de ella, su calor, la maravillosa sensación cuando la sintió pulsar contra él...

-Hey, Darylina, mira lo que pillé anoche -irrumpe su hermano en su habitación sin previo aviso -Esta mierda es de la buena - anuncia agitando una pequeña bolsa de plástico frente a él.

-Pues que la disfrutes, Merle, por mí te la puedes meter por el culo si quieres, pero yo no pienso perder otra día en el hospital para que te hagan un lavado de estómago. Estás avisado. La próxima vez dejaré que la palmes.

Merle da un sonoro bufido antes de salir de la habitación, no sin antes escupir un "cariñoso" Marica.

Se frota los ojos con desesperación. Su excitación se ha ido, al igual que aquella extraña mujer. Es hora de volver a la cruda realidad.