3. No es lo mismo

-¡¿A ti qué coño te pasa hoy?! -grita Will Dixon a su hijo menor -¡Es el quinto disparo seguido que fallas! ¡¿Es que no te he enseñado nada?!
Daryl se encoje ante sus palabras como si fuese un niño pequeño.
El viejo Will... físicamente es sólo la sombra de lo que fue; Un hombre alto, descomunal que imponía con la mirada, ahora no es más un ancianos desgarbado cuyos huesos crujen con cada paso que da. Pero para Daryl sigue siendo aquella bestia que le hacía orinarse en sus pantalones en cuanto escuchaba el motor de la furgoneta acercándose a la casa.
Cualquier cosa era motivo para enfadarlo: ¿Suspendía en el colegio? Golpe de cinturón, ¿Se metía en algún lío? Quemadura de cigarrillo, ¿Se le resbalaba un vaso de las manos? Paliza.
Ya no hay golpes, pero los insultos continúan y casi que le hacen más daño. Pero cada día que pasa es un día menos a su lado. Tarde o temprano se alejará de él y no volverá a verlo hasta el día de su muerte, en el cual, meará sobre su tumba.
-Puto marica inútil de mierda, no sirves para nada, no haces nada bien. ¡Eres escoria!
Daryl camina por delante de él, con los hombros caídos y los puños apretados escuchando la retahíla de insultos que tiene reservados para él. Pero por una vez no le reprocha nada, tiene razón, es un inútil, para una cosa que creía que se le daba bien y ahí está, fallando un disparo tras otro.
No entiende qué le pasa, pero no consigue concentrarse. Normalmente un día de caza se le hacía corto, era intenso, lo disfrutaba, ahora le aburre, se le hace eterno, ya no es lo mismo.


-2kg de Tomates
-1 bolsa de zanahorias
-1 Caja de cervezas
-6 cartones de leche

Carol revisa la lista de la compra una y otra vez mientras empuja el carro recorriendo los pasillos del supermercado. Debe de estar todo, no puede faltar nada, si no lo encuentra en ese supermercado deberá ir a otro a buscarlo.
-Yogures
-Queso
-Embutido

Debe dirigirse a la sección de fríos.
"Frutas y verduras"
"Bebidas"
"Frutos secos y golosinas"
"Bebés"

Se para en seco, una fuerza mayor le obliga a mirar hacia esa sección coronada por carteles enormes de bebés sonrientes, comiendo, jugando, caminando...
Sonríe amargamente. 6 años de matrimonio, 6 años intentándolo, 6 años de frustración llantos y palizas cuando cada 28 días su período le anunciaba con intensos cólicos que en su interior no estaba creciendo ninguna vida...
Ya le da igual, casi que es mejor así, prefiere recibir mil palizas y ser llamada puta estéril antes que traer un hijo a esa miserable vida.
¿A quién pretende engañar? Algo dentro de ella se muere por sentir unas pataditas en su vientre, los únicos golpes que con gusto recibiría, sostenerlo en sus brazos por primera vez, disfrutar de su olor a vida nada más nacer, amamantarlo, mecerlo con ternura, cuidar de él y amarlo como ya lo ama a pesar de que ni siquiera exista.
Se limpia una solitaria lágrima que cae por su rostro y vuelve a su tarea.
Se congela cuando al entrar a la zona de neveras un hombre de espalda ancha, cabello rubio y chaqueta de cuero mira distraído la etiqueta de algún producto. Son sólo unos segundos hasta que él levanta la cabeza y puede ver con claridad unos almendrados ojos color café.
Suelta el aire que no se había dado cuenta que estaba reteniendo.
No es él, y no sabe si sentirse aliviada o defraudada, no entiende esa extraña necesidad que tiene de verlo. ¿Para qué? Se prometió que sólo sería una noche, sólo una y ya está.
El hombre la mira extrañado, casi preocupado al verla allí plantada sin moverse, con la boca entreabierta y mirando fijamente a la nada con los ojos muy abiertos en una expresión de absoluto terror.
-¿Está bien señora? -pregunta con una sincera amabilidad con una mano sobre su hombro.
Ella reacciona, asiente lentamente y se revuelve ante avergonzada antes de alzar la cabeza y encontrarse con su rostro.
Es atractivo, le recuerda a él, pero no tiene sus ojos, no es lo mismo.


Está en el mismo antro, en el mismo taburete, vistiendo la misma ropa, bebiendo el mismo alcohol a casi la misma hora donde la vio por primera y última vez hace 13 días y 23 horas.

Agita su vaso vacío hacia la camarera como señal para que se lo rellene, provocando un suave tintineo cada vez que el hielo choca contra el cristal
-Paga - dice ella con voz hosca y una mano extendida hacia él mientras que con la otra sujeta la preciada botella que tanto necesita.
Daryl le sostiene una mirada llena de odio por unos segundos, la mandíbula apretada y los puños cerrados con fuerza sobre el mostrador. No le gusta que le den órdenes, que se dirijan a él de esa manera. Le gustaría escuchar un "Disculpe caballero" cuando se dirigen a él, pero no, eso nunca pasará, ¿Acaso lo merece? Es un Dixon, y ese apellido lo perseguirá allá dónde vaya.

Sacar una maltrecha certera del bolsillo trasero de su pantalón.
-¿Suficiente? -pregunta depositando con furia un par de billetes sobre el mostrador. Ella se limita a cogerlos y rellena la copa en silencio. No hay un "gracias", un "aquí tiene, disfrútelo", no hay nada, sólo desprecio, él mismo desprecio que él siente por la sociedad. Pero aquella mujer... sus palabras vuelven a su mente tan claras y cristalinas como el primer día "Muchas gracias por esto, eres un buen hombre" nunca nadie le había hablado así, esas palabras eran palabras extrañas a oídos de un Dixon. ¿Un buen hombre él? puf, esa mujer debía estar loca, y sin embargo ahí está él, otro sábado más, sin entender el porqué, esperando verla aparecer por la puerta y... ¿Y luego qué? ¿Otro polvo?

Su corazón se acelera cuando una silueta de mujer aparece en el umbral de la puerta, apenas puede verla por la luz de las pequeñas pero potentes bombillas blancas que recorren el pasillo del lugar de un extremo a otro.
Ella parece recorrer el lugar con la mirada, como si buscase algo, o a alguien y finalmente se dirige hacia él con paso firme.
Se siente nervioso, la garganta se le seca, las manos le sudan y no entiende el porqué,

-¿Quieres pasar un buen rato? -pregunta ella con una exagerada voz seductora a un palmo de su rostro. Su corazón cae a sus pies, no es ella, se siente estúpido por pensar que podía ser ella, estúpido y confuso por la reacción de su cuerpo.

La mujer acerca su mano hacia su rostro buscando acariciar su mejilla. Apenas tiene uno segundos para darse cuenta de lo que pretende hacer.
-No me toques - gruñe agarrándola de la muñeca con brusquedad sin molestarse en mirarla.
Ella retrocede cohibida y le da la espalda dispuesta a marcharse.
-Espera - la detiene. Da un largo sorbo y finalmente la mira -No he dicho que no.

De nuevo en el mismo callejón, la misma hora, la misma moto, distinta mujer.
La besa desordenadamente. No es lo mismo, no sabe igual, no se siente igual.
-Espero que folles igual de bien que besas - dice ella en un absurdo intento por encenderlo.
-¡No hables! - gruñe él. No quiere escucharla, sólo quiere cerrar los ojos e imaginar que es otra persona, y para ello necesita apartar sus labios de los de ella, porque no es lo mismo, su lengua es exageradamente posesiva y hambrienta, extraña aquellos suaves y tímidos movimientos que una vez, dos semanas atrás, experimentó.
Acaricia sus muslos. No hay tersura, no hay suavidad, y no se estremece cuando sus manos recorren cada una de sus piernas.
Ella acaricia su pecho masculino por encima de la camisa, es breve, suave, pero su cuerpo se tensa al instante ante la sensación.
-No me toques - segundo aviso, esta vez casi matándola con la mirada.
Besa su cuello. Ella gime, un gemido automático, falso, creado sólo para agradar al cliente.
Su aroma... su perfume es fuerte, molesto, irrita sus sentidos. Se aparta con un gruñido de irritación.
Acaricia sus pechos, demasiado duros, exageradamente grandes en sus manos. Ella vuelve a gemir, un gemido tan falso que casi le dan ganas de reír.
La mira a los ojos. Ojos azules, pero... no... no es lo mismo. Se aparta de ella lentamente, dejándola sentada sobre la moto, con la falda remangada y sus piernas extendidas mostrando su sexo.
-¿Qué te pasa cariño? - pregunta ella con mirada y voz seductora extendiendo sus piernas aún más. Sabe que a ella no le importa lo que le pase, no está preocupada por él, nadie se preocupa por él.
-No eres ella - gruñe con desdén.
Ella se baja lentamente de la moto y balancea sus caderas mientras se dirige a paso firme hacia él, con esa sonrisa que empieza a irritarle.
- Vamos hombretón, yo soy quien tú quieres que sea, demuestra lo que sabes hacer - le insta, acariciando sus anchos hombros.
Es demasiado para él.
-¡HE DICHO QUE NO ME TOQUES, PUTA BARATA! - grita apartándola de él de un empujón haciéndola tropezar.
La mira con la máxima expresión de odio dibujada en su rostro, ella arquea una ceja intentando comprender su reacción.
-¿A ti que coño te pasa, imbécil? -le grita con violencia.
Él se limita a mirarla sin decir nada, mientras fuma tranquilamente uno de sus cigarrillos. Intenta comprender lo que ha pasado, lo que ha sentido, o mejor dicho, lo que no ha sentido. Ella es joven, atractiva, tiene un buen cuerpo, es el tipo de mujer que no habría tenido problemas en follar dos semanas atrás, pero hoy... su mente, sus sentidos, e incluso su maldita polla, que tiende a empalmarse por cualquier chorrada, no ha querido reaccionar...
Arroja un par de billetes al suelo pagando por unos servicios que no ha recibido pero que, igualmente, no habría disfrutado, porque no habría sido lo mismo.


Dos grietas, hay dos pequeñas grietas en el marco de la ventana cerrada, son pequeñas, pero lo suficientemente grandes como para que su alma pueda escapar por ellas y dejar su cuerpo abandonado en el colchón a merced de su marido. No se mueve, no hace nada, los puños cerrados fuertemente sobre las sábanas y las piernas abiertas.
Una embestida tras otra, su frágil cuerpo se agita bajo el de él, su enorme mano fija sobre su rostro, obligándola a girar la cabeza, a no mirarle, su aliento gélido sobre su oído recordándole lo puta que es y lo agradecida que debe de estar de tenerle. Su pecho sudoroso sobre el de ella, sus gemidos de placer, sólo su placer, el de ella no importa, no es más que un recipiente vacío cuya única función es estar receptiva para ser llenada.
Su mirada está perdida en alguna parte, su mente viajando hacia otro lugar, un lugar mejor, un recuerdo mejor:
Unas manos que acarician su cuerpo, que recorren su silueta sin descanso, unos labios ansiosos por explorar cada rincón de su ser sin olvidar un sólo recoveco, un hombre... un desconocido que se preocupó y consiguió darle placer.
Su lengua explorando donde ningún otro hombre exploró antes, sus dedos acariciando su núcleo mientras la penetraba con una extraña mezcla de fiereza y dulzura, y sus ojos... sus penetrantes ojos azules mirándola fijamente.
De repente sus propios gemidos la sacan de su trance, sí, está gimiendo, y sus paredes pulsan oprimiendo el miembro de su marido que corre con fuerza llenándola ante la sensación.
Él le sonríe, no es una sonrisa amable, está cargada de odio, de prepotencia, de superioridad, de poder.
Se acerca a su oído
-Mucho llorar, mucho quejarte pero luego bien que lo disfrutas ¿Eh, puta estéril?
Ella no le responde, él tampoco espera que lo haga. Se levanta dejándola allí tumbada aún en la misma posición.
Se siente extraña, no sabe si reír o llorar. Ha tenido un orgasmo pensando en aquel desconocido, ha sentido placer, casi llega a pensar que ha estado bien, pero en el momento en el que restos del semen de su marido escapan de su interior deslizándose por su muslo, recuerda que no ha sido lo mismo.