Era de noche en las tierras áridas del desierto de Sencona, al este de Fiore. La luna iluminaba el campamento improvisado del equipo de exploración y el viento y la arena danzaban a su alrededor. Apenas dos tiendas resistían al fuerte aire, la tela blanca bailaba en ondas y se sacudía en el silencio.
El grupo era pequeño y constaba de quince personas, el número suficiente para investigar sin ser descubiertos y a la vez poder resistir durante unos minutos un ataque por sorpresa. En él la mayoría eran soldados, ocho exactamente, el resto se dividían entre draconians y esclavos, pero para los militares los dos eran lo mismo, salvajes que podían combatir fuera cual fuera su origen o moralidad y que eran completamente prescindibles para la corona. Nadie se interesaba por ellos, la sociedad los tenía apartados, fueran libres o no. Sólo existía una diferencia, los draconian eran temidos y no eran vistos como humanos sólo como bestias o monstruos a diferencia de los esclavos que, irónicamente, sí eran vistos como personas de igual a igual a pesar del trato tan miserable que recibían.
Esa era una de las razones por las que prácticamente todo el grupo permanecía apartado de él, la otra era por el intenso calor que desprendía y que nadie podía soportar, mucho menos en ese desierto. Sencona era famoso por ser un lugar infernal, a diferencia de otros desiertos éste guardaba el calor del día y lo expulsaba todo por la noche. La leyenda contaba que existía una antigua civilización creada por la Diosa del Fuego que vivían del calor y las llamas que el Dios de la Luz les proporcionaba a través del sol, pero Sheila, la Diosa de la Luna molesta por el calor que generaban por la noche inventó calumnias sobre el Dios del Viento, Tempester, haciéndole creer que el pueblo se burlaba de sus capacidades, así fue como entonces, enfadado, los sepultó bajo la arena donde permanecerían para siempre porque los tres Dioses de la Muerte se quemaban al tocar sus almas y no podían guiarlos a donde pertenecían. Así, con el sol como venganza siguió dándoles calor y la luna ya no pudo hacer nada.
Natsu siempre había tenido una temperatura corporal alta, pero con el sol que había recibido anteriormente era como si se hubiese cargado de su fuego listo para abrasar todo aquel que estuviera cerca, era como si fuera uno de los habitantes de esa civilización y se preguntó si la leyenda tenía algo de verdad. Sin embargo, a pesar de todo el calor que él pudiera generar el hombre de pelo negro a un metro de él era la única persona que podía tolerarle en ese tipo de situaciones, Gray era su amigo y enemigo a la vez, una extraña relación de amistad-odio que nadie podía explicar pero que ellos disfrutaban. Un soldado de élite y el segundo mejor de los draconian, algo que le costaba admitir, pero Laxus siempre estaría por delante de él.
A su alrededor varias personas susurraban por encima del viento, demasiado agitado para que Natsu pudiera escuchar una conversación completa, pero él sabía de lo que estaban hablando, era un secreto a voces que no supo como llegó a propagarse. Él compartía sangre con el hombre que había amenazado a Fiore con la invasión, el hombre al que todo el mundo en Ishgar odiaba. Natsu quería aclararlo, que él no tenía ningúna otra relación con él, que la sangre no definía su lealtad hacia alguien, que él quería ser el primero en rebanarle el cuello; pero era una pérdida de tiempo y se forzó a pensar que sólo importaba lo que pensasen las personas más cercanas a él, la opinión de alguien más no importaba.
Estaba en el suelo sentado contra una roca, un pañuelo tapaba la boca y la nariz evitando respirar polvo aunque era imposible que no se metiera en los ojos. Odiaría el viento con todas sus ganas si no fuera el elemento que controlaba Wendy. Oh, Wendy. Apretó los ojos cerrados acordándose de nuevo, Wendy estaba con ellos en esa misión y junto al ejército, ella no estaba esperando en el árbol de las hadas por ellos como normalmente hacía, esta vez se había unido a ellos y además encabezaba junto con Jet la exploración. Sólo pensar en eso... una punzada de miedo apareció en su pecho y temió lo deprisa que estaba creciendo, hacía apenas unos días se hacía una bola a su lado cuando hacía frío en la noche o tropezaba con sus propios pies en una carrera. Esperaba que la realidad de la guerra no hiciera mella en ella, quería que siguiera siendo la misma chica dulce y sonriente que había sido siempre, incluso en los malos momentos.
Gotas de agua fría chocaron contra su piel como agujas finas, Gray estaba jugando con su poder, congelando la arena que tenía encerrada en su puño y al abrirlo miles de cristales de hielo volaban en el aire. Las gotas se pegaban en sus brazos y limpiaban la piel del polvo amarillento del desierto, todos estaban sucios de aquel lugar, tenían arena hasta en cualquier lugar inimaginable.
Se mordió la lengua intentando evitar soltar un insulto hacia su amigo, una pelea era lo último que necesitaban ahora, necesitaban estar en silencio y alerta. En su lugar se aclaró la garganta y le miró con el ceño fruncido. Ahora entendía de dónde venía la extraña sensación de humedad que sentía. Gray se dio por aludido y le vio suspirar molesto y morderse la mejilla.
– ¿Cuándo demonios va a aparecer Wendy? - le oyó quejarse y miró hacia la duna por la que había desaparecido la adolescente de pelo azul.
El draconian de pelo rosa intentó no ponerse nervioso pensando en ello ni en contar el tiempo que llevaba lejos de él. Alrededor de 20 minutos. Gruñó y se limitó a observar, puesto que era lo único que podía hacer en esos momentos y le podía ayudar a mantener a ralla la presión que su fuego provocaba en su interior ansioso por salir. Los soldados que les acompañaban no superaban la edad de Laxus, que estaba a punto de cumplir los treinta y no bajaban de la suya y la de Gray, eso era por la academia militar, hasta cierta edad no se les permitía participar en ciertas actividades y también era raro ver a una mujer en el ejército, Natsu sólo conocía a Erza y a Yukino, pero ellas se habían formado en la ciudad de los dioses junto con Gray, Laxus y Erik, así que de alguna forma no contaban. Los esclavos por otra parte eran desde niños hasta ancianos, a sus señores no les importaba ni su edad ni su género siempre y cuando pudieran cumplir con su trabajo. Natsu recordaba cuando él había sido un esclavo, cuando era un niño y su hermano lo había vendido para poder pagarse un hueco en un barco con destino a un continente antes desolado, Álvarez. Con cinco años tuvo que apañárselas solo, los señores lo mataban a trabajar y cada mes pasaba de una mano a otra, era simplemente mercancía, sin ningún derecho o lugar al que acudir. Era flagelado cada vez que no atendía a una órden o se revelaba que por lo general ocurría a menudo. Llevaba y mostraba sus cicatrices como recuerdo y todo esclavo que las viera conocía su pasado.
Y al igual que en aquel entonces, como recordaba, ellos eran como un reloj. Se arrodillaron en la arena a la luz de la luna sorprendiendo a los soldados que dieron un paso atrás lejos de ellos, y rezaron a Kyouka, Diosa de los esclavos. De pequeño Natsu nunca había entendido porqué la rezaban a ella y uno de los esclavos, que servía en la misma casa que él por aquel entonces, le explicó que la rezaban por venganza, para que el día en que sus señores murieran Kyouka reclamara sus almas y les torturara igual que hicieron con ellos. Él siguió sin entenderlo.
Más cerca de la roca donde estaban sentados, la capitana Agria se tumbaba boca arriba en la arena amarilla haciendo brillar su armadura plateada y miró a las estrellas sosteniendo tres llaves doradas contra su pecho. A pesar de su equipamiento mostraba sin ningún miedo la marca de nacimiento, a la izquierda de su ombligo, un dragón enroscado sobre sí mismo con una coloración más oscura que su piel. Era lo que ellos llamaban una doncella del dragón, las únicas mujeres capaces de llevar a hijos con las cualidades de los dragones en sus vientres. Todos los draconian estaban pendientes de ella, se había negado en rotundo que ella fuera a la lucha pero después de un arranque de ira tuvieron que callarse y dejar que les acompañara. A diferencia de su compañera, una muy embarazada Mira no tenía otra opción que quedarse y de no ser así Laxus se habría negado de todas formas.
Su atención volvió a la mujer. Se veía preocupada. Natsu también alzó la vista y no vio nada que no hubiese visto ya antes pero quizá ella sí podía. Su deidad era la Diosa Estelar, reina del cielo y de los buenos espíritus. Cuando bajó la mirada de nuevo, su hermano Sting se sentaba junto a ella. No parecía nervioso, ni si quiera un poco, era una característica suya pero no evitó sentirse un poco molesto. Varios minutos después observó a Yukino incorporarse y arrodillarse hacia ellos con el sudor corriendo por la frente.
– No puedo oírlas. – Dijo simplemente, dirigiéndose directamente a ellos e ignorando por completo a su hermano detrás de ella. Supongo que seguía cabreada por lo sucedido.
– ¿A quién no puedes oír? – preguntó Gray.
– A las estrellas. Estań muy silenciosas esta noche, algo ha debido ocurrir. - Anna les contó una vez que algunas personas nacían siendo sensibles a la luz de los astros y que si aprendían podían llegar a escucharlas hablar incluso sin tener la bendición de un dios, pero que a lo largo de los años se fue perdiendo. Yukino podía porque nació con la bendición de los espíritus celestiales y a través de ellos podía saber lo que ocurría. Natsu recordaba cuando hacía unos años ella les contaba los que las estrellas decían, que eran espíritus cotillas, señalaba, y se contaban entre ellas lo que veían desde arriba.
Gray y Natsu se miraron y después a ella– ¿Crees que tiene que ver con nosotros?
Yukino sacudió la cabeza y abrió la boca para contestar pero Sting la interrumpió –. Te dije que era una mala idea que vinieras
La mujer rodó los ojos y se enfrentó al dragón blanco con voz elevada –. Soy una de las capitanas del ejército como no iba a… – suspiró profundamente y habló de nuevo más bajo –. Arcadios confía en mi.
– Muchas personas morirán hoy, Yukino. – dijo con tristeza –. No quiero que seas una de ellas.
– Eh, puede que no sea así. – Gray intervino –. Tenemos un plan, si lo seguimos todo irá bien.
– Exacto. – concordó ella –. Además tengo a mis espíritus conmigo y mi diosa está de mi parte.
– Hace años que tu diosa está ausente ¿Cómo va a protegerte?
– Si hubiese estado tan ausente nunca me habría elegido.
Sting insinuaba lo que creían todos, la Diosa Estelar se había silenciado hacía años, intuían que seguía viva pues era responsable de darles un nuevo hogar a las almas que pertenecían al cielo, y tal y como contaba la tradición si el cuerpo de un fallecido desaparecía era porque había ascendido, y los dragones que murieron en la batalla hacía dos años no dejaron ningún rastro, como si nunca hubiesen existido; por lo tanto, ausente como estaba cabía la posibilidad de que la hubiese abandonado. Pero nadie quería creer eso, nadie quería creer que los dioses estaban empezando a abandonarlos o que lo habían hecho hacía mucho tiempo. Ese sentimiento se vio reflejado en los templos, menos personas eran devotas o incluso creyentes y Natsu se preguntaba si eso preocupaba a las divinidades, si les importaba lo que creyeran de ellos.
Sin embargo, para los que pertenecían a la Orden de las Hadas su situación era completamente distinta, los draconian tenían su propia historia unida al Dios Dragón, de él provenían sus habilidades, también de Laxus y Erik aunque ellos nunca conocieron a un dragón en persona como el resto de sus hermanos, y además Laxus provenía de una importante familia con sangre divina. Erza también, como guerrera de los cielos que era tenía relación directa con el Dios de la Guerra. Y sobretodo Gray, hijo de la Diosa del Agua, Mika. Y muchos otros compañeros que habían nacido con esa afinidad. Todos ellos estaban unidos de alguna manera, por eso a pesar de la situación, ninguno podía negar realmente su existencia, ellos estaban ahí gracias a ellos, hacían lo que hacían gracias a ellos, pero también por su culpa habían sufrido.
– ¿Crees que Mavis nos ayudará? – le preguntó Gray mientras Yukino y Sting discutían de nuevo.
Natsu suspiró –. Ella lo hará. Quiero creerlo. – Se levantó y se estiró haciendo crujir la espalda. Varios soldados se empezaban a amontonar al frente llevando consigo antorchas.
– El plan fue suyo ¿verdad? – Se levantó y caminó junto a él.
– Si, pero… – Realmente era una tontería pero desde que comenzaron el viaje no podía quitárselo de la cabeza –. Tengo una mala sensación sobre esto. – Su cabeza giró rápidamente hacia él.
– No me incomodes ¿quieres? Ya es suficiente con que Yukino no escuche a las estrellas como para que tú ahora tengas malas vibraciones.
– ¿Ahora eres tú el supersticioso? – caminaron juntos dejando atrás a la pareja rubia y volvió a hablar –. Además, no son malas vibraciones. – Suspiró pesado –. Hay algo en el aire, como cuando Igneel murió.
Por un momento hubo silencio entre los dos. Él no solía hablar de ello. – ¿Te refieres a… esa sensación de humedad? ¿Como si algo te estuviera aplastando y te sintieras pesado? – Natsu paró de caminar le miró con los ojos abiertos y unos segundos después ojos azules se reunieron con los suyos –. Fue la misma sensación que tuve cuando murió Ur. Había demonios por todas partes. – sacudió la cabeza.
– ¿Crees que hay demonios aquí?
Suspiró y volvió a mover la cabeza con una mueca –. No lo sé. No es como si quisiera usar mi poder ¿sabes? – el heredado de su odiado padre –. No después de lo que sucedió. – No después de que perdiera el control del hielo y congelara un bosque sagrado entero. Natsu casi se rió de él por lo sucedido pero al ver sus ojos llenos de pánico supo que algo iba realmente mal. Eran bendecidos pero eso a veces era una maldición también.
Abrió la boca para contestar pero una voz llamó su atención. Giró la cabeza hacia donde se dirigía en un principio y vio a Wendy hacerse hueco entre los soldados que intentaban detenerla. Detrás de ella Jet jadeaba–. Natsu.
– Wendy. – los dos corrieron hacia ella – ¿Qué ha pasado, estás herida?
La adolescente negó mientras tomaba aire –. Mavis se equivocó. Él mintió.
– ¿En qué se equivocó? ¿Quién mintió?
– ¡Zeref! Él no quiere invadir Fiore, han cambiado de dirección. Van hacia el este...
– Su mensaje estaba claro. – Fue interrumpida por un soldado – Él viene a invadirnos.
Gray le ignoró y llamó la atención de la peliazul – ¿Porqué iba a mentir? Fiore y Álvarez siempre han sido enemigos.
Ella sacudió la cabeza angustiada por no conocer la respuesta. – Tenemos que volver e informar.
Un murmullo se formó a su alrededor y cuando Natsu les enfrentó para callarles observó que todos miraban hacia el cielo. Una increíble cortina de luz cortaba el cielo sin un principio ni un final, como una larga capa iridiscente que se sacudía en el aire.
– Oh, dioses. – exclamó Yukino.
Natsu se giró hacia ella –. ¿Yukino? – Sting estaba a su lado y varias personas dirigieron su mirada también a ella buscando una explicación a lo ocurrido.
Ella lo miró con la mano en el pecho –. Hace años que no... – sacudió la cabeza – un dios a muerto. – dijo y el murmullo a su alrededor se hizo más alto. A su lado Gray miraba estático y completamente rígido hacia las luces. Entonces Natsu comprendió lo que significaba, lo que él vió hacía casi una década, era la segunda vez que Gray veía esa cortina en el cielo. ¿Quién había muerto esta vez?
