El Camino Real
El Prisionero del Norte:
Capturado y encadenado. Así había terminado luego de la batalla, Guardián del Norte y Señor de Invernalia le llamaban… pero no pudo proteger a su mejor amigo en el combate.
«Perdóname Robert, perdimos»
Luego de su derrota ante Ser Barristan el Bravo, Rhaegar le había prometido ver a Lyanna… pero Ned no estaba seguro si sería en esta vida o en la otra. Rhaegar le encerró en un carromato encadenado y le privo de las vistas exteriores por medio de una cortina, la batalla la habían perdido.
Unas cuantas horas luego de la carnicería el carro donde estaba encerrado se empezó a mover pero no sabía en qué dirección, no sabía quién había sobrevivido, quien había muerto… si todavía quedaban esperanzas de ganar la guerra. Solo tenía oscuridad y silencio.
Su prisión rodante siguió en marcha lo que le pareció una eternidad, las cortinas que lo rodeaban le impedían ver el día o la noche, llevaba una cuenta inexacta del tiempo por las comidas que le daban pero no confiaba del todo en eso. En una ocasión se detuvo por lo que pareció una hora, hubo ruido, choque de acero contra acero y gritos… una revuelta, pero aquello ceso y Ned seguía tan impotente como antes.
Estaba cargado de cadenas pero no inmóvil, podría moverse por su amplia celda rodante pero decidió no hacerlo, esperaría el momento justo para escapar. Lo más seguro era que le ejecutaran en Desembarco del Rey, tendría que encontrar una forma de huir antes de aquello o terminaría quemado vivo como… como su padre y Brandon.
Ya llevaban una eternidad en movimiento cuando se detuvo el carromato, un asomo su cabeza pelirroja con hebras blancas entre la cortina, posteriormente abrió la verja que le impedía salir y entro. Allí pudo verlo con detenimiento aun en la oscuridad. Aquella armadura y capa blanca solo lo poseía la Guardia Real y el único miembro vivo que acompaño a Rhaegar al Tridente fue…
– Ser Barristan. – Le saludo. – Quisiera que nos viéramos en otras circunstancias.
– Si, yo también. – Dijo y se sentó en el suelo de la celda rodante como estaba él. – Vuestro padre era un buen hombre y Brandon… era un gran guerrero.
– Si, y a ambos dejasteis morir.
– Soy un Guardia Real, mi misión es proteger y obedecer al rey… no importa lo loco que sea.
– Dejemos eso de lado, hábleme de la guerra por favor, aquí dentro se oyen cosas de vez en cuando pero… no todas son muy creíbles.
Por un momento pensó que se daría la vuelta y lo dejaría solo pero en lugar de eso hablo.
– Luego de la muerte de Lord Robert las fuerzas de las Tormentas se mermaron y huyeron, al ver como usted caía en las garras del enemigo los Norteños se reagruparon y cargaron tres veces contra nosotros y tres veces los rechazamos no sin pérdidas. Al dar la batalla por perdida Lord Tully y Lord Arryn replegaron sus fuerzas y retrocedieron, Ser Brynden Tully y Ser Lym Corbray dirigieron una facción de sus tropas y nos detuvieron todo lo posible… Ser Brynden y Ser Lym están ahora capturados en Darry. Los remantes del ejercito de Robert fueron atacados en su intento de huida por los Frey…
– Los Frey son vasallos de los Tully. – Replico, el anciano Lord Walder no podía ser tan deshonroso… ¿o sí?
– Lord Frey se mantuvo firme a la corona… continuando los señores de los ríos que escaparon a esa matanza se refugiaron en Aguasdulces, Septo de Piedra o Árbol de Cuervos. Lord Arryn se llevó a los Norteños y a los señores del valle hacia Harrenhal, todos esperan un asedio que acabe esta rebelión por fin. Los Norteños intentaron liberarle una pero fueron capturados.
– ¿Bastión de Tormentas sigue en pie? – Pregunto, Stannis no era un guerrero tan bélico como Robert pero si más testarudo, no aceptaría la victoria tan fácil.
– Por ahora, se dice que los Tormenteños se dirigen hacia allí para liberar a Stannis y coronarlo rey como a su hermano. – Respondió el Guaria Real.
«¿Stannis… rey? Eso no terminara bien»
– ¿Es cierto? – Pregunto desconfiado.
– No lo creo, las tropas de las tormentas no salieron bien paradas del Tridente, si lo intentan serán aplastados por Lord Tyrell. – Reconocio Ser Barristan, era cierto, las primeras tropas en desertar del Tridente fueron los Tormenteños.
– Querrás decir Lord Tarly. – Replico, era Lord Randyll Tarly quien había vencido a Robert en el Vado de Ceniza no Mace Tyrell.
– Si… Lord Tarly. – Reconoció esbozando una sonrisa.
– Hágame un favor Ser Barritan, si planean asesinarme hágalo aquí y ahora, no dejare que me quemen como quemaron a mi padre y a mi hermano.
– El príncipe Rhaegar nunca ordenaría una ejecución tan espantosa. – Dijo ofendido.
– Pero Rhaegar no es el rey.
Era confortable hablar con alguien después de pasar tanto tiempo encerrado en una carcasa rodante… además le desviaba sus pensamientos negativos, se preocupaba por Jon, el que había sido un padre para él, se preocupaba por Lyanna, la hermana a la que tanto quería y le habían arrebatado e incluso por el pequeño Ben ahora Señor de Invernalia en funciones. El carromato se detuvo.
– Lord Stark, el príncipe me ha dicho que su vida no corre peligro. – Le aseguro Ser Barristan.
– ¿Porque debería creerle al hombre que secuestro a mi hermana? – Pregunto con desdén.
– Porque no la secuestro. – Respondió el caballero. – Acompáñeme.
Ser Barristan le quito las cadenas y lo saco de aquella carroza. Tardo unos segundos para adaptase a la luz del sol.
– ¿Cuántos días han pasado? ¿Dónde estamos? – Pregunto preocupado.
– Han pasado tres días desde el Tridente y estamos en la Puerta del Rey, en Desembarco del Rey.
Era cierto, un gran portón rojo se alzaba cerca de él. La silueta de un dragón estaba enmarcada en la puerta simbolizando a la estirpe de los reyes Targaryen. Ned observo que las tropas del príncipe Rhaegar estaban mermadas, no habría ni dos mil hombres cuando en el Tridente habían luchado cuarenta mil.
– ¿Tan devastadora fue la batalla? – Pregunto, Ser Barristan vio que estaba mirando las tropas y negó con la cabeza.
– Murieron millares de hombres pero la mayor parte de nosotros fueron en persecución de los remanentes del ejército de Robert. – Explico.
Los sonidos de los cascos de un caballo se acercaban poco a poco. Rhaegar Targaryen se dirigía hacia ellos sobre un semental blanco inmaculado, Ser Barristan se arrodillo pero él siguió de pie.
– Ser Barristan, Lord Stark, acompáñenme en mi retorno a la ciudad. – Dijo el príncipe de Rocadragón sin parecer notar el acto de no arrodillarse.
Ned monto sobre una yegua gris y se preguntó porque Rhaegar quería que un traidor le acompañara en su retorno a la capital.
Los Desembarqueños aclamaron como nunca al Príncipe de Rocadragón. «¡El Príncipe Dragón! ¡Viva el Príncipe Dragón!» exclamaban al verlo pasar. Poco después de la puerta se habían organizado los "Capas Doradas", unos dos mil.
Uno de ellos recibió al príncipe en persona con siete soldados a su espalda.
– Príncipe Rhaegar, soy Ser Manly Stokeworth el Comandante de la Guardia de la Ciudad. Estoy a sus órdenes. – Dijo Ser Manly.
– Quiero que un millar de "Capas Doradas" me sigan a la Fortaleza Roja, tres de sus capitanes incluidos. – Ordeno el Príncipe Dragón.
– Príncipe, si me permite pregunta ¿Qué va a hacer? – Pregunto Ser Stokeworth.
– Lo que deba hacerse. – Respondió bruscamente Rhaegar.
Nadie volvió a cuestionar al príncipe, los "Capas Doradas" marcharon junto a Rhaegar sin preguntar y sin dudar. Junto al Príncipe se encontraban Ser Barristan Selmy de la Guardia Real y a su derecha Ned.
El semental de Rhaegar se detuvo a las puertas de la Fortaleza Roja, el Príncipe de Plata desmonto.
– La mitad de ustedes síganme. – Ordeno dirigiéndose a la Guardia de la Ciudad. – La otra mitad prepárense si son llamados.
«Aquí entramos a otra carnicería».
El Príncipe de Rocadragón:
La Fortaleza Roja estaba más aislada que cuando abandono la ciudad, su padre en los últimos tiempos estaba tan paranoico que no soportaba la presencia ni de sus propios hijos. A su espada se encontraban quinientas espadas pero llegado el momento de la verdad, ¿le defenderían a él o a su padre? Pronto lo averiguaría.
Al pasar a la sala del trono todos se petrificaron. El Rey Aerys, el segundo de su nombre, Rey de los Ándalos, los Rhyonar y los Primeros Hombres, Señor de los Siete Reinos y Protector del Reino yacía con la garganta cortada en el piso ahogándose en su propia sangre mientras Ser Jaime Lannister, hermano juramentado de la Guardia Real se encontraba postrado en el Trono de Hierro, lucia su famosa armadura dorada pero con la capa blanca de la Guardia Real. La espada del Lannister yacía sobre su regazo manchada con la sangre del dragón.
– Majestad. – Saludo Jaime Lannister, pero tardo un segundo en captar que se dirigía a él.
«¿Soy rey ahora?».
– ¿Qué significa esto, Ser Jaime? – Pregunto Ser Barristan impactado por tal escena.
– ¿Qué has hecho Lannister? – Pregunto Lord Eddard con una furia latente.
«Lo le enfurece la muerte de mi padre, le enfurece que le haya matado alguien de la Guardia Real».
La Guardia de la Ciudad puso en guardia y apuntaban sus armas contra Jaime, una palabra, una sola palabra y terminaría con su vida… pero hacerlo podría ser desastroso, tenía que pensar con mente fría.
«¡Tienes que ser un guerrero muchacho! ¡Seguro que esperas al momento en que muera! ¡Lárgate niñato, estoy ocupado! ¡Basura! ¡Basura! ¡Basura!». La voz de su padre le atormentaba en su mente.
– ¿Dónde está la Mano del Rey? – Pregunto asegurándose que su voz no tuviera ninguna emoción. – ¿Dónde está Rossart, Jaime?
Aquella pregunta tomo desprevenido a Jaime pero casi ni lo dejo ver.
– Junto al antiguo rey, en alguno de los Siete Infiernos. – Respondió escogiéndose de hombros como si no fuera nada.
– ¿Y el resto del Consejo Privado? – Siguió preguntando, analizando las palabras de Jaime, las reacciones de la Guardia de la Ciudad, las de Ser Barristan e incluso las de Lord Eddard.
– Lord Symon Stauton escapo luego de que el Rey Loco quemara vivo a Ser Lucerys Velaryon y a Lord Qarlton Chelsted. Ni idea de donde podría estar la Araña y Pycelle estará en sus aposentos junto a alguna puta. – Respondió con calma Jaime.
– Alteza, debemos apresarlo. – Le ungió Ser Barristan.
Rhaegar repaso esas palabras una y otra y otra vez. Pensó en todas las veces que Aerys lo desprecio, todas las veces que lastimo a su madre, todas las veces que fue cruel con sus hermanos, en como desdeño a su pequeña Rhaenys cuando se la presento. Ira, remordimiento… ¿tristeza? Un remolino de sentimientos sobre Aerys le llegó a la mente, al corazón.
– Prendedlo. – Dijo después de meditarlo un rato. Jamie se levantó del trono de un sobresalto, apretaba la empuñadura de su espada de una forma fiera. – Solo será hasta el juicio Ser Jaime. Has matado a mi padre y el reino esta en caos… tarde o temprano iré a verte.
Jamie parecía que iba a protestar y lanzarse al combate pero al final tiro su espada a los pies del Trono, no podía ganar eran medio millar contra uno.
– Capitán Asberon, dirija a Ser Jaime a las celdas negra. – Ordeno.
El anciano capitán llego hasta Jaime seguido por tres "Capas Doradas", los cuatro le escoltaron fuera de la sala. Rhaegar avanzo hacia el cadáver de su padre, se quedó mirando con ojos melancólicos y tristes a su progenitor, al hombre que tantas desgracias le había causado incluso más que Robert. Su padre.
Continuo avanzando hasta el afilado Trono de Hierro, gente había muerto, matado, mentido y conspirado por ese trono y ahora era suyo. Su trono, su reino.
– Por favor que alguien lleve el cadáver de mi padre con las Hermanas Silenciosas. Encuentren al Gran Maestre Pycelle y a Lord Varys y tráiganlo ante mí. – Ordeno.
– ¡Si, majestad! – Respondieron al unísono los "Capas Doradas", aunque solo unos pocos abandonaron la sala para cumplir sus órdenes.
"Majestad", le sonaba raro que le llamaran así, pero ahora que el Rey Aerys II ha muerto el título de Rey de los Siete Reinos recaía en Rhaegar. Sabía que sus cinco hermanos y su madre estaba embarazada estaban recluidos en Rocadragón, cada uno de sus hermanos había sido un parto complicado y estuvieron a punto de morir, pero todos se habían salvado milagrosamente. Shaena, Daeron, Aegon, Jaehaerys y Viserys, todos eran su hermanos de sangre.
– Lord Eddard Stark. – Llamo a Lord Stark, Ned dio un paso adelante. – Viendo como han resultado las cosas, creo que sería mejor que firmáramos la paz para evitar que se derramara más sangre.
Ya demasiado sufrimiento había entre el pueblo llano para seguir mermando sus tierras con el maldito "juego de tronos".
– Majestad. – La palabra le salió forzada, aun no confiaba por completo. – Convoque a mis vasallos por motivos bien infundados, vuestro padre quemo vivo al mío y ahorco a mi hermano Brandon… y para colmo tú mismo; Rhaegar de la Casa Targaryen secuestraste a mi hermana. ¡Aunque sean los Reyes de Poniente no les da derecho a cometer tales actos de vileza! – Eddard estaba hablando con la cabeza caliente, había conocido a su hermano Brandon y a su padre Lord Rickard en el Torneo de Harrenhal y a decir verdad a Rhaegar le había impactados sus muerte. Los Siete Reinos tenían heridas que debían cerrarse lo más rápido posible.
– Lo se Lord Stark… arrodíllese ante mí y el Norte no recibirá castigo alguno, ríndame pleitesía y juro que conservara sus títulos y cargos hasta el momento en que los reclame su hijo.
Eddard Stark se quedó quieto, analizando cada palabra, seguramente ideando una forma de escapar… pero había ninguna.
– ¿Y mi hermana? – Pregunto finalmente.
– Lady Lyanna será entregada a su ser más allegado cuando se de él momento, tu y yo iremos por ella… y será libre de irse.
Lord Stark no respondió. Simplemente se arrodillo ante el como lo hizo en antaño el Rey Torrhen Stark.
– Yo juro que desde este momento y para siempre proteger, defender y luchar por la Casa Targaryen desde este momento hasta el fin de mis días. – Al terminar de hablar se hizo el silencio, poco menos de quinientos hombres habían visto como perdonaba a la Casa Stark. Ya estaban a salvo.
– La Guardia del a Ciudad puede tomar sus posiciones como de costumbre. – Dijo intentando disfrazar la orden, dentro de pocos minutos la sala estaba aún más vacía que antes, solo quedaban Ser Barristan y Lord Stark. – Mañana enviare cuervos a Bastión de Tormentas, Harrenhal, Aguasdulces y los otros castillos ocupados por rebeldes. Todo señor Ribeño, Tormenteño, Norteño y del Valle tendrá que venir a la capital y jurarme pleitesía, todo aquel que no lo haga será ejecutado por alta traición.
Eddard no respondió.
– Ser Barristan, lleve a Lord Stark a una habitación en el Torreón de Maegor y que pongan dos guardias en su puerta.
Ser Barristan escolto a Lord Stark, Eddard aceptó a regañadientes. La sala del trono solitaria para Rhaegar, este dejo escapar un suspiro y se levantó del trono. Debía ver al Gran Maestre Pycelle y a Varys para lograr ver lo que su padre había hecho desde la Batalla del Tridente, también debía interrogar a Ser Jaime. Rhaegar extrañamente no le guardaba rencor al Lannister por matar a su padre, le había aligerado la carga, nunca habría ordenado la ejecución de Aerys pero no podía dejarlo en el trono mientras descendía más y más a la locura.
Pero todos los juicios e interrogaciones serian para luego, el "Rey" quería ver a su familia. Se levantó del trono de su padre, "su" trono. Empezó a andar hacia sus antiguas habitaciones donde se suponía encontraría a su hijos y a su esposa.
La Princesa Dolida:
Elia sostenía a su pequeño Aegon como si su vida dependiera de ello, posiblemente seria cierto. Desde el inicio de la guerra el Rey Loco la había mantenido junto él, temía a Rhaegar como nunca antes, tener a su esposa e hijos le daban un seguro del buen comportamiento de su hijo.
Pero había algo que Aerys Targaryen no sabía… tenia a la mujer equivocada.
Luego de aquel día fatídico en Harrenhal, no discutió con Rhaegar, no lucho, no valía la pena. Elia seguía siendo su esposa y la madre de sus hijos… pero también era la dueña de su orgullo, el día después del final del torneo emprendió el viaje de vuelta a Lanza del Sol pero fue interceptada por el Rey Aerys.
«Mi querida yerna, se lo ingrato que puede ser mi hijo ¿Me acompañas a la capital? » Le dijo en un tono dulce y comprensivo pero Elia supo con claridad lo que quería decir. «Ven conmigo si no quieres que Rhaegar busque como esposa a la Stark».
Desde entonces ella y sus hijos estaban confinados en el Torreón de Maegor como "huéspedes de honor" del rey. Lo último que supieron del exterior fue que Rhaegar se dirigía al Tridente con cuarenta mil hombres para detener al prometido de la Stark… de aquello había sido hacia dos semanas.
Pasos se acercaban a la puerta. Rhaenys jugaba en la habitación contigua con Balerion su gatito, Aegon en sus brazos y ella no tenía ni una daga para defenderlos, a pesar de ser los nietos de Aerys, el Rey Loco no tenia en tan alta estima a los hijos de Rhaegar como para dejarlos vivir.
Sin embargo aquel que abrió la puerta y entro en la habitación tenia cabello platinado y ojos violetas.
«Rhaegar». Usaba su armadura negra con rubíes incrustados, llevaba el cabello casi hasta los hombros y en sus ojos había algo más aparte de su habitual melancolía.
– Elia. – Dijo con un tono de voz que mostraba algo bastante similar a la culpa.
– Rhaegar. – Respondió en tono glacial.
La pequeña Rhaenys salió del otro cuarto y corrió hasta los brazos de su padre con los ojos llenos de lágrimas, cuando oyó que Rhaegar iba a la batalla lloro inconsolablemente por tres días.
– ¡Papi! ¡Sabría que volverías! ¡Lo sabía! – Chillaba con voz rebosante de felicidad.
– Te extrañe mi princesa. – Le dijo alzándola casi hasta el techo.
– ¿Dónde está Aerys? – Pregunto, el rey no le tenía tanta confianza a su hijo para dejarlo visitar a su familia así como así.
– Muerto. – Respondió secamente Rhaegar.
Elia se quedó pasmada, Rhaegar siempre había sido distante y tenía constantes problemas con su padre pero no pensaba que fuera capaz de…
–Lo has hecho tú. – Pregunto con cautela.
–No. – Respondió Rhaegar.
– Debemos hablar a solas Rhaegar.
– Si, tienes razón. Rhaenys cuida de tu hermano un momento.
La niña intento replicar pero se lo pensó mejor, dejo a su pequeño en la cuna y entre en la habitación en la que Rhaenys había estado jugando antes con Balerion. Al fin solos desde casi dos años.
– Elia yo…
Le abofeteo. Descargo toda su rabia, frustración, miedo e impotencia en ese golpe pero no dejo que ninguna emoción fuera visible en su rostro, era una princesa de Dorne y tenía su orgullo. Nunca le pregunto ¿Por qué? Porque ya sabía la respuesta, su matrimonio fue político y nunca hubo más que cariño entre los dos pero aun así… aquello no solo la había dejado destrozada sino que también había empezado una guerra donde miles fallecieron. Rhaegar no era de los que arriesgaran tanto por una pasión pasajera.
– ¿Sabes cuantos murieron por esa relación? – Pregunto tratado de que en su voz no hubiera emoción.
– Demasiados. – Reconoció, sus ojos violetas bajo aquella iluminación lucían negros y apenados.
– Y no te importo.
– Toda mi vida hice lo que se esperó de mí, "Príncipe de Rocadragón" para muchos sería un honor el titulo… pero para mí es una carga.
– Ese capricho pudo costarle la vida a tus hijos.
No respondió, sabía que era cierto. Si Robert Baratheon hubiera triunfado en el Tridente, habría aplastado a Aerys, a sus hermanos e incluso a sus hijos.
– ¿Dónde estuviste? La única batalla que presentaste fue la de Tridente ¿Dónde estabas mientras la gente sangraba allí fuera?
– En Dorne. – Dijo después de unos segundos.
Elia sintió ganas de volver a pegarle.
– En mi región natal, ¿sal para la herida? – Se había llevado a la "Loba" a Dorne.
– Era el lugar más seguro.
La ira se empezó a acumular en el pecho, por un segundo todo se volvió borroso y empezó a perder fuerzas. Rhaegar intento ayudarla pero ella lo alejo.
– Déjame. – Los dioses la habían maldito con un cuerpo débil y enfermizo pero ella odiaba la compasión que ejercía sobre los demás, ella era una hija del sol. Al cabo de un momento ya había pasado. – Intente volver a Lanza del Sol pero ahora es imposible, Aegon debe quedarse en la corte para aprender a gobernar, Rhaenys no querrá dejarte ni a ti ni a su hermano y yo no voy a despegarme de mis hijos.
– ¿Te quedaras en la corte? – Pregunto el nuevo rey.
– Si… por mis hijos ¿Qué vas a hacer con la Stark?
Otro rato de silencio, aquello le desesperaba.
– Me he casado con ella. – Dijo al fin.
Un remolino de sentimientos surgieron de su pecho.
– ¿Ya no estamos casados? – Pregunto aunque ya sabía la respuesta.
– Un matrimonio no puede anularse después de que haya sido consumado y lo sabes bien.
– Tampoco puede realizarse cuando el anterior está vigente. – Tuvo que hacer su mayor esfuerzo por controlarse.
– Me case con los antiguos ritos valyrios y luego con un Septón. Elia… sé que es difícil pero por favor, ayúdame a mantener el reino… el reino que en un futuro será de nuestro Aegon.
– O de cualquier hijo que tengas con la loba. – Replico.
– Elia… ya te lo había dicho, el dragón tiene tres cabezas… solo tres.
«¿Ya no tendras mas hijos? No me lo creo».
Esa maldita profecía, desde que nacio Rhaenys no paraba de repetirla. Sucesos que pasaron hace miles de años… posiblemente Rhaegar también este cayendo en la locura.
– ¿Iras a ver cómo nace "tu" hijo?
– Sí. ¿Dirigirás la capital en mi nombre?
– Es el hogar de mis hijos… Rhaegar si te matan… procura que se sepa quién es el heredero.
El Nuevo Conciliador:
Los días posteriores a su llegada intento hacer todo lo posible por forjar la paz en los reinos. Lord Arryn fue el primero en doblar la rodilla, «La paz llegara si se le promete la vida a Lord Eddard Stark, Señor de Invernalia y Guardián del Norte, libertad para su hermana Lady Lyanna Stark y la promesa de un salvoconducto para todo aquel señor del Valle, Norteño o Tormenteño que vaya a la capital a rendir pleitesía» había escrito el anciano Señor del Nido de Águilas, la vida de los Stark no corría peligro y el resto era menos que nada.
Los señores del Tridente siguieron su ejemplo pocos días después, todos los señores decían que acudirían a la capital con una pequeña escolta para doblar la rodilla. El problema radicaba en Bastión de Tormentas, la fortaleza de los Baratheon era defendida por el hermano menor de Robert, Stannis, el joven había mostrado una terquedad legendaria y no había enviado respuesta a sus cartas.
«Unir un reino es más fácil de lo que se piensa… lo difícil es mantenerlo unido»
Al interrogar al Gran Maestre Pycelle comprendió hasta qué grado el consejo privado de su padre estaba lleno de inútiles. Quarlon, Lucerys, Pycelle… incluso Varys, todos tan mal nombrados como lo era su padre de loco. Convoco a Ser Aethan Velaryon, hermano menor del difunto Lord Maethys y Ser Lucerys a la corte, Velaryon era un hombre de mente aguda e inteligente, necesitaba hombres así si planeaba irse un tiempo.
Ser Jaime había confesado todo. Rossart y su padre habían plantado fuego valyrio por todo Desembarco del Rey, ganara quien ganara en el Tridente, Aerys no permitiría que se le arrebatara el trono, aquello le hizo meditar. Jaime salvo la ciudad, a sus hijos, a Elia y a él mismo de la destrucción… pero había asesinado a su rey siendo de la Guardia Real, Lord Tywin Lannister se había mantenido al margen en el conflicto y no se le envió ningún cuervo informándole del encarcelamiento de su hijo, se lo harían saber tarde o temprano. Todo aquel que tuvo parte de la treta fue ejecutado o enviado al Muro excepto el Lannister, todavía tendría que pensar que hacer con él.
A pesar de las protestas de Elia sus hijos serían enviados a Rocadragón con el resto de su familia, todavía estaban removiendo el fuego valyrio y un simple frasco podía hacer volar toda la ciudad, Ser Barristan los protegería a todos. Su viaje a Dorne le esperaba, Lyanna no tardaría mucho en dar a luz, había decidido que viajaría solo con Eddard Stark pese a las protestas de Ser Barristan y Elia nada lo iba a hacer cambiar de opinión, un ejército le haría viajar más lento.
Para presenciar su coronación formal con el Septón Supremo unos tres días luego de su llegada, estaban su esposa e hijos, Lord Stark, el nuevo señor de Marcaderiva Lord Monford y su tío Ser Aethan, Lord Stokeworth y otros pocos señores menores de las Tierras de la Corona y el Dominio.
– Les presento a; Su majestad Rhaegar de la Casa Targaryen, el primero de su nombre. Rey de los Ándalos, los Rhyonar y los Primeros Hombres. Señor de los Siete Reinos y Protector del Reino. – Dijo el Septón Supremo antes de posarle una corona de plata con rubíes incrustado y ungirlo como el monarca absoluto de Poniente.
Después de aquello poco quedaba por hacer, solo quedaba informarle a Lord Eddard su repentino viaje. Todos pensarían que una herida en el Tridente le impediría ejercer sus funciones como rey por lo que Elia y la nueva Mano del Rey; Ser Aethan dirigirían la capital. En otras circunstancias nunca se hubiera apartado de su lado pero esto era diferente.
Rhaegar dejaba su hogar y sabía que cuando volviera seria todo más complicado. Lo que iba a anunciar no se había visto desde los inicios de la Dinastía Targaryen y le aterraba lo que podría suceder, pero tenía que hacerlo y lo haría. El llevaría a los Targaryen y a los Siete Reinos a una Nueva Era para que sus hijos pudieran reinar en paz.
«El dragón tiene tres cabezas y aún falta una»
FIN
