Desembarco del Rey, Fortaleza Roja
La Espada del Alba:
Servir al rey, defender al rey, obedecer al rey y si era necesario morir por el rey. Esa era la visión de la Guardia Real desde su fundación pero ahora veo como poco a poco se iba corrompiendo.
Conocía a Jaime Lannister desde hacía bastante, lucharon juntos contra la Hermandad del Bosque Real y había llegado a respetar su destreza en combate. «Podría llegar a ser mejor que yo» había pensado luego del combate.
Pero todo el aprecio que pudiera sentir por el murió junto al Rey Aerys, era un demente con corona eso nadie lo podía negar sí, pero seguía siendo el rey y la Guardia Real debía defender al rey. Ese mismo día le comunico a Ser Gerold sus preocupaciones como hacia el resto de días, con Rhaegar ya no se podía razonar respecto a ello.
– Esta es una terrible mancha para la Guardia Real. – Empecé como siempre. – Un matarreyes vestido de blanco es un ultraje, Lannister merece un castigo mayor.
– Si, Jaime merece como mínimo ir al Muro, pero no olvidemos en qué estado está el reino. – Respondió el Lord Comandante. – Dorne no pondría muchos peros a la muerte de Rhaegar, Elia no puede tener más hijo y Lyanna Stark es una joven vigorosa y sana que podría fácilmente tener un hijo anual, si Tywin Lannister une fuerzas con Doran Martell puede que varios señores del Tridente y el Valle los apoyen y la guerra proseguiría. Entregando a Jaime a su padre y teniendo a la hija de Lord Tywin, Occidente no tendría por qué tomar parte si se desata una guerra.
– El Príncipe Doran no hará nada, lo conozco, visito Campoestrella cuando yo tenía once años, un hombre de veintiún años y aun así tenía una mirada sumisa y una actitud conformista pero no es ningún tonto, no se revelara contra la corona si no tiene certeza que vencerá.
– Comunicare tus preocupaciones al rey. – Se limitó a decir el Toro Blanco como los otros días.
Hablar con Rhaegar era ahora más duro que antes, Ser Gerold tendría más posibilidades de hacer entender al rey su error… si este no pensara que era lo correcto.
– Era el tercer hijo de mi padre, la Casa Dayne era mi hogar pero preferí servir a los Targaryen en la Guardia Real y convertí a este lugar en mi hogar... y no permitiré que la Guardia Real se convierta en una orden sin honor.
Ni siquiera escuche la respuesta del Toro Blanco, salí de la torre sin mirar atrás.
Llevaba a Albor en la cintura, se sentía seguro con ella, el orgullo de la Casa Dayne confiado al tercer hijo de la familia. Albor solo era entregado al caballero Dayne digno de empuñarla, mientras no hubiera alguien digno la espada descansaría en Campoestrella.
Su hermano Gwaine había sido nombrado Caballero de Ermita Alta luego de que toda la Casa Dayne de Ermita Alta fuera aniquilada excepto la esposa de Gwaine. Su hermana Alyria crecía con una inteligencia y belleza similares a las de… a las de Ashara, su hermana menor según las cartas que recibía de su hermano Mors estaba famélica, se negaba a comer y a dormir y cada día su salud empeoraba.
Llego al patio de entrenamiento esperando descargar tensiones y encontró a viejos amigos; Ser Hugor Arena un joven de su misma edad con el cabello rubio y ojos azules, Ser Aemon Qorgyle tío abuelo del actual Señor de Asperón pero aun hábil como antaño y un joven de unos catorce años que no reconocía.
Aemon se enfrentaba al joven mientras Hugor miraba a un lado, Arena luchaba con una espada corta de acero el chico usaba un mandoble que le sacaba tres dedos de altura pero la movía con una destreza monstruosa. El acero choco contra el acero, el joven tenia un arma poderosa pero Aemon ni se inmuto ante el filo del mandoble.
– Ser Arthur. – Lo saludo Hugor.
Aemon y el chico dejaron de luchar justo cuando el acero del joven volvió a atacar, esta vez impactando en el escudo del caballero.
– El orgullo de Campoestrella. – Le llamo Aemon. – ¿Vienes a entrenar? – Pregunto apuntándole con la hoja de su espada.
– ¿Quizás? – Dijo pero inmediatamente centro su atención en el joven, tenía brazos fornidos y lo suficientemente fuertes para blandir aquel monstruoso mandoble. – ¿Quién es este?
– Este mocoso es Gareng... mi escudero. – Dijo Aemon señalando al joven.
– Veo que tiene espíritu.
– Esta más verde que el pasto pero se le quitara con unos cuantos golpes. – Dijo Hugor en tono de broma.
– Que tal si pruebas tus fuerzas con la Espada del Alba y no con un chico. – Le dije a Arena.
Libero a Albor de su funda. Era la Espada del Alba, portador de Albor desde los diecisiete años y se asombraba cada vez que veía su hoja: tan blanca, inmaculada, filosa, hermosa. Aemon desenvaino su espada y tal y como Arthur lo esperaba también Hugor.
– Uno solo no es digno de tal enemigo. – Declaro Ser Hugor.
Ellos fueron los primeros en atacar, detuvo la primera estocada de Hugor y esquivo la de Aemon. Prefería luchar sin escudo para moverse sin estorbo, Aemon se precipito contra él. «Mala idea», bloqueo el golpe con Albor y luego el otro y el siguiente y el siguiente. Mientras se defendía de Arena, Qorgyle le ataco por la espalda, pudo ver toda la artimaña y se hizo a un lado dejando que las hojas de sus enemigos fueran las que chocaran. Ambos caballeros se asombraron de estar chocando acero entre ellos tanto que no vieron cuando embistió a Hugor derribándolo, Aemon intento reaccionar pero Albor llego a su garganta antes de que pudiera moverse.
– Me parece a mí que has perdido. – Declare.
– Si, nunca esperamos derrotar a la Guardia Real. – Anuncio Hugor con una sonrisa en el rostro.
Alejo Albor de la garganta de Aemon y la envaino.
– Oye ¿Cuando llegara el príncipe Oberyn? ya va siendo hora. – Dijo Aemon. – El rey dijo que todo Dorniense en el castillo debía asistir a su llegada, y también estarán la mayoría de señores.
– Si… la llegada del príncipe, deberían de llegar antes de la próxima semana, estén atentos, seguro que al príncipe Oberyn le complacerá ver Dornienses entre los que le reciban. – Dije y empecé a caminar hacia la Fortaleza Roja.
La llegada de Oberyn Martell era la noticia del momento, plebeyos y nobles esperaban el resultado de la aparición de la Víbora Roja en la capital. Impaciente, fiero, peligroso. Palabras que describían bien al príncipe Oberyn.
La reina Lyanna y Lord Stark estaban en el Torreón de Maegon, Rhaegar les había aconsejado no pasearse mucho por el castillo, una obvia consideración al príncipe de Dorne aunque los llantos del joven príncipe Daemon era inconfundibles… Además Lyanna declaro que no se quedaría encerrada todo el tiempo, demostraría miedo hacia Oberyn y era algo que no tenía… al menos no por ella.
«El príncipe Daemon».
El primer Daemon Targaryen era conocido como uno de los guerreros más fuertes de los Siete Reinos y Daemon Fuegoscuro fue un bastardo que trato de usurpar el trono pero nadie ponía en duda su valor ni su destreza en armas.
En Daemon, Rhaenys y Aegon recaerá los Sietes Reinos cuando Rhaegar muera, como decidan llevarse y comportarse los "hijos del Dragón" decidirán el destino de Poniente.
«¿Sera una nueva era de oro para la Casa Targaryen y Poniente? ¿Una segunda Danza de los Dragones que aniquilara por completo a los Targaryen y arrasara Poniente? Solo los dioses lo saben.»
Por ahora, tendría que salir y recibir a su príncipe, por sangre. La Casa Dayne le rendía pleitesía a los Martell directamente… pero yo le debo pleitesía a Rhaegar antes que a Oberyn.
El Caballero Encadenado:
Fortaleza Roja; Celdas Negras
"Fría y oscura". Eran las palabras exactas para describir a las Celdas Negras además de maldito infierno, Jaime ya ni recordaba cuanto tiempo llevaba encerrado.
«Maldito seas siete veces Aerys».
Disfrutaba del encarcelamiento tanto como cualquier otro pero lo que más le dolía era que no había señal de su padre.
«La muerte del Rey no es ningún secreto, la noticia ya le debió de llegar a mi padre pero no he recibido más que silencio».
Oscuridad, era su compañera diaria. Los Capas Doradas le alimentaban constantemente pero eso solo era para mantenerlo vivo en el sentido estricto de la palabra, si algo le ocurría a mi cuerpo, los Lannister continuarían lo que Robert empezó… si mi mente cayera en la locura cuando mi padre se enterara ya sería muy tarde.
Durante su estadía en la oscuridad de su celda no tuvo que hacer más que pensar en los tiempos buenos «O los no tan malos». Recordó la primera vez que se enfrentó a Ser Arthur Dayne, ni siquiera pudo tocarlo, Albor brillabaensusmanos. Fue prácticamente imbatible.
Había practicado contra Ser Barristan el Bravo y Ser Gerold el Toro Blanco, Selmy era casi tan habilidoso con la espada como la Espada del Alba aunque más recatado a la hora de atacar mientras que Hightower era más viejo, lento y más fácil de contener pero tenía una mente peligrosa; en menos de cinco minutos ya se había adaptado al estilo de combate de Jaime y lo estaba poniendo en aprietos. Ambos lo derrotaron igual que el príncipe Lewys Martell.
Ser Oswell Whent y Ser Jon Darry eran leales y grandes guerreros pero a estos les había plantado cara y derrotado.
Recordaba la batalla contra la Hermandad del Bosque Real y en su duelo singular contra el Caballero Sonriente antes de que la Espada del Alba lo rematara cuando escucho pasos acercándose.
«Al fin, van a acabar con mi sufrimiento».
En su cabeza brotó un sinfín de maneras de escapar y ninguna era viable, su hora había llegado, Rhaegar jamás perdonaría al Guardia Real que incrusto una espada en la espalda de su padre. La luz inundo la celda cegándolo temporalmente, al adaptarse sus ojos estaban parados fuera de su celda dos hombres; uno era alto con una horrenda cicatriz que le recorria desde la oreja izquierda hasta el lado inferior derecho del labio y el otro… rubio con algunas hebras blancas, ojos verdes y una mirada severa, era su tío Kevan.
– Aquí esta. – Dijo el carcelero señalándolo.
«Si imbécil, seguro mi tío me confundiría con el cara deforme de la celda contigua».
– Tío. – Logre saludar, su voz era callosa, no había hablado desde que Rhaegar me interrogara y le sacara la información de todo lo relacionado. – Espero te haya tratado bien.
– Levántate Jaime, nos vamos. – Dijo con voz seca, así era su tío aunque era más cariñoso que su padre eso seguro.
«Las mejores palabras que podrías decir».
Ser Kevan Lannister le ayudo a levantarse. Sus piernas le dolían, no se había levantado durante sus semanas de confinamiento pero su tío le dio apoyo siempre.
– ¿Que ha pasado? – Pregunte, desde que había hablado con Rhaegar había escuchado muchas cosas, el hermano de Robert reorganizando la rebelión, la ida de Rhaegar a buscar a su amante, que Robert había resurgido del Tridente y se dirigía hacia Desembarco del Rey con un ejército armado de aquellos caídos en el río.
– El Norte, el Valle y las tierras de los Ríos y las Tormentas se han rendido. – Le explico su tío con voz fría. Parece que no volvería a ver más al gigantesco Robert. – Rhaegar es el rey indiscutible y tú fuiste acusado de regicidio y alta traición además de romper tus votos como miembro de la Guardia Real.
– Salve la ciudad – Insistí, a pesar de que solo Rhaegar conocía la verdad y le había dejado a pudrirse en aquellas celdas.
«¿Qué eso no vale nada para ti Rhaegar?».
– Y en el proceso mataste al rey que juraste proteger – Ser Kevan era similar a su padre, una actitud fría y distante centrado en la familia y solo en la familia con una diferencia, su tío sabia cuando descongelarse un poco. – Tu padre vino con un pequeño ejército para llevarte a casa pero la solución política fue posible.
– ¿Que será de mí? – Pregunte, Rhaegar podía llegar a ser indulgente pero nunca tanto como para dejarme ir sin un castigo seria pedir demasiado.
– A cambio de tu cabeza y tu posición como heredero de Roca Casterly perderás el título de caballero de forma permanente igual que la capa blanca, no podrás volver a Desembarco del Rey, podrás participar en torneos fuera del Occidente… y tu hermana contraerá matrimonio con el hermano menor del rey.
«¿Cersei? ¿Mi título de caballero? ¿La capa blanca? ¿El honor? Todo eso lo había perdido y nunca lo recuperaría.»
– ¿De verdad mi padre ha accedido a todo esto? – Pregunte. Le hervía la sangre, estaba enojado con Aerys, con Rhaegar, con su padre, con su tío Kevan… consigo mismo.
– Jaime, hubiera accedido a más si era para salvarte el pellejo. – Fue la respuesta de su tío.
«Y yo hubiera accedido a mas para permanecer al lado de Cersei».
El Rey Dragón:
Desembarco del Rey; Puerta del Rey
Juramentos, pequeñas riñas, discusiones y oraciones. Palabras exactas para describir sus últimos días.
Oberyn Martell se aproximaba más y más a Desembarco, su oscura sombra se alzaba sobre la capital y amenazaba con destruirla, destruir su paz. Junto a mí para recibir al príncipe se encontraban: Lord Jon Arryn Guardián del Este y Señor del Nido de Águilas, Lord Roger Ashford Señor de Vado Ceniza, Ser Lyn Corbray portador del arma de acero valyrio Dama Desesperada y heredero del Hogar, Ser Arthur Dayne de la Guardia Real; la Espada del Alba, Ser Aenar Celtigar heredero de Isla Zarpa y prometido de mi hermana Shaena, entre otros tantos.
Había visto los caballos Dornienses en acción y estos no decepcionaban, habían transportado al príncipe y su comitiva en tiempo record. Los estandartes abundaban en aquella caravana pero el más destacado fue el Sol atravesado por una lanza, aquel que dirigía la marcha era un hombre con una armadura completa, su yelmo no dejaba ver su rostro pero sabía exactamente quién era.
El jinete se adelantó a todos sus compañeros y llego antes a la Puerta del Rey.
– Príncipe Oberyn. – Le salude, fue cuando se quitó el yelmo, estaba tal y como recordaba, una versión un poco más robusta de Elia y con la piel más broceada pero el parecido era innegable, un verdadero Martell.
– Majestad. – Le respondió en un tono un tanto burlón. – Lamento no haber podido asistir a su segunda boda.
«Mal comienzo, comienza el baile».
– Solo acudieron tres de mi Guardia Real además del Septón. – Dije intentando sonar racional.
– Curioso, nunca he sido devoto pero hasta yo sé que un hombre solo debe tomar en matrimonio a una mujer. – Replico la Víbora Roja.
Nadie oso afirmar o contradecir al príncipe, todos estaban callados y atentos. El resto de la caravana se había unido junto a su príncipe y al recibimiento real, todos empezaron a cabalgar hacia la ciudad.
– Los Targaryen no son como los demás hombres. – Proclame con orgullo, aquello era algo que se había promovido desde antes de los tiempos de Aegon el Conquistador, nunca me he sentido comodo con es doctrina pero es hora de usarla a mi favor… por el reino.
– Lo sé, ''eran'' jinetes de Dragón... Ahora son poco más que hombres. – Dijo Oberyn con una osadía legendaria.
– Martell, déjame recordarte que por nuestra ''sangre'' corre el ''fuego'' de Valyria. – Respondí, aquello ya lo estaba sacando de quicio.
«No te dejes engañar Rhaegar, solo quiere enfurecerte y tener otra excusa para declarar la guerra y el país no puede permitírselo».
– Pues por la de los Martell corre la arena ''nunca doblegada'' de Dorne y el hierro ''nunca roto'' de los Rhyonar.
– De eso discutiremos luego. – Dije para poner fin a la conversación por ahora.
El resto de la cabalgata fue silenciosa… no hubo ovaciones, la reputación de Oberyn Martell hacia callar a todo Desembarco del Rey.
«Vas a ser un problema largo Oberyn… pero no dañaras ni la paz… ni a los Targaryen».
La gran mayoría de los Dornienses se quedaron en la calle de la seda, no por nada eran considerados lujuriosos… pero la Víbora Roja continuo avanzando hacia la Fortaleza Roja… buscaba llegar a Elia.
Le había aconsejado a Lyanna no salir mucho del Torreón de Maegor, lo mismo con Eddard. Para defender a su esposa dejo a un caballero leal del Tridente apodado Katrec Ojos-de-Cuervo, nombrándolo su espada juramentada… era algo pero no creía que un caballero pudiera contra el infame Oberyn Martell.
El castillo rojo de los Targaryen estaba silencioso, habría un banquete para festejar a los Dornienses al anochecer pero eso sería hasta dentro de unas horas, aquellos que recibieron a los Dornienses se dispersaron por el castillo. Oberyn y yo nos dirigimos hacia la cámara del Consejo Privado, los miembros del recién formado consejo no asistirían, solo el dragón y el sol.
– Vayamos al grano Oberyn, ¿Para qué viniste tan al norte? – Pregunte sin rodeos.
– Bien, solo hay una cosa que amo más que follar y matar: mi familia. – Dijo Oberyn con un fuerte orgullo.
«Lo que me temía… vienes a iniciar una guerra».
– ¿Te he dado motivos para pensar que pienso atacar a los Martell?
– Has humillado a mi hermana. – Declaro con una mirada fiera y retadora. – Eso es una gran ofensa para los Martell.
– No tengo excusa. – Admití, no tengo nada para defenderme y lo mejor era controlar esto sin jugar con la Víbora.
– Sabes Rhaegar, yo no quise que desposaras a Elia... en tus ojos se ve una melancolía y una tristeza que no creo que nadie pueda aliviar. Elia merecía risas y mucha felicidad... pero mi madre hablo y fue la última palabra.
– Nunca le hice daño.
– Tomar una "segunda esposa" cuando la primera aún respira no creo que la haya complacido y menos aún tener un "bastardo" con ella".
– Lyanna es tu reina y Daemon es tu príncipe. – Replique ante el comentario, no iba a permitir que ni Lyanna ni Daemon fueran insultados.
– Aegon el Indigno tuvo bastardos a montones y los reconoció… pero nunca les dio el distintivo de príncipes ni siquiera a Daemon Fuegoscuro. – Soltó una risa irritante. – Otro "Daemon" no te parece lindo. Todos los hombres tienen bastardos, yo mismo tengo tres preciosas niñas bastardas pero nunca osaría darles el nombre Martell porque si, uno es lo que es y no se puede cambiar.
– Me case con Lyanna ante un Septón y los Siete, es mi esposa. – Aquello era cierto y no iba a tolerar que alguien tachara su unión de ilegitima.
– Nunca he sido devoto pero no creo que la Fe consienta tal poligamia, majestad.
– El Septón Supremo es un fiel amigo de la corona y la Fe reconoce que la Casa Targaryen es una familia creada por las costumbres Valyrias, donde existía la poligamia.
– La Fe ya no es lo que era... pero los Dornienses sí. – La amenaza del príncipe quedo en el aire.
– Nunca respondiste mi pregunta. – Dije intentando salir del silencio sepulcral.
– Vine para proteger a mi hermana y defender a mis sobrinos.
– Mis hijos… tus sobrinos están a salvo en Rocadragón.
– Pero alguien debe cuidarlos en cuanto vuelvan, esta ciudad tiene fama de peligrosa... quisiera que alguien eficaz tomara el mando de la Guardia de la Ciudad.
«Eso era lo que quería, alguien en la ciudad con un alto cargo para espiarnos desde dentro».
– ¿Propondrás a un Dorniense de los que te acompañan? – Pregunte sin ánimos, era lo mejor que podía esperar.
– Casi aciertas, seré yo mismo. – Dijo con toda paz.
Se quedó helado por un segundo. «Quieres el mando de la ciudad».
– ¿Y Lanza del Sol? Eres el Castellano del castillo mientras el Príncipe Doran esta en los Jardines de Agua. – «Eres el verdadero gobernante de Dorne, ¿para qué quieres Desembarco del Rey?».
– Mi primo Manfrey puede ocuparse de eso tan bien como yo. Debe rodearse de buenos consejeros, tanto en tiempos de paz como en tiempos de guerra, un príncipe debe saber gobernar… Porque gobernara ¿verdad? – Pregunto con voz excesivamente insolente.
– Según la ley, Aegon es mi heredero y después de él Daemon.
– Técnicamente Rhaenys es la mayor. – Replico el príncipe.
– Esto no es Dorne... está bien, los "Capas Doradas" son tuyos pero Martell… al primer indicio de traición volverás a Lanza del Sol… en un ataúd si es preciso.
– Bien, y al primer indicio de querer desplazar a mi sobrino como heredero... perderás algo más que la vida Targaryen.
«Amenazas, gritos, insultos… esto salió mejor que como lo imagine»
FIN
