Desembarco del Rey; Fortaleza Roja
La Reina Gris:
La multitud aclamaba a los competidores con vigor. Rhaegar se encontraba en el asiento mayor como correspondía al rey, la reina Elia estaba en una posición igual a la mía siendo prácticamente ambas iguales, Daemon acobijado entre mis brazos disfrutando el torneo, Ned estaba un poco más abajo que yo siendo el hermano de la segunda reina. La Víbora Roja estaba con los demás justadores, acababa de derrotar a mi espada juramentada Ser Katrec del Valle Oscuro (mejor conocido como Ojos-de-Bronce) un caballero sobreviviente al Tridente que había protegido el carromato donde habían transportado a Ned.
Daemon se revolvía algo inquieto, cosa extraña pues había disfrutado los cinco días anteriores del torneo con alegría.
– ¡Ser Demir de la Casa Hayford contra el caballero del uro dorado! – Anuncio el portavoz real.
Un cuerno sonó, un ruido estridente que siempre parecía gustarle a Daemon pero esta vez comenzó a berrear al mismo tiempo en que los jinetes empezaban la cabalgata. El caballo de Ser Demir era una yegua gris más grande y robusta que la mayoría de los sementales que aventajaba por mucho a la montura de su enemigo, un caballo del color de la canela de un tamaño inferior al de la yegua de Demir.
Cuando ambos caballeros estuvieron a la distancia correcta sus lanzas se entrechocaron destrozando ambas en el acto mientras la multitud aclamaba. Ambos volvieron a sus posiciones iniciales y recibieron nuevas lanzas.
El cuerno volvió a sonar y ambos jinetes volvieron a arremeter contra el otro. Ser Demir parecía estar apuntando su lanza más arriba de lo normal, los pasos de su yegua eran fuertes y rápidos. A la distancia precisa la lanza de Demir impacto contra el escudo del Uro Dorado, la lanza se hizo pedazos, el escudo resistió con solo una ligera rotura y la yegua de Demir lo tiro al piso de una forma violenta, Ser Hayford cayó al suelo haciendo un ruido seco, una rotura.
El cuerpo de Ser Demir Hayford yacía muerto en el piso, su caballo cabalgaba descontrolado por el patio de justas relinchando por todo el patio de justas. Su oponente, el Uro Dorado descendió de su montura. La multitud callo.
El Uro había descendido de su caballo a pocos centímetros de Demir, estaba a punto de verificar su estado cuando un hombre lo empujo; Lord Duncan Hayford, padre de Demir, su cara estaba roja de la furia.
– ¡Despierta Demir! ¡Basta ya con la actuación! – Gritaba desesperada mente el padre. – ¡DESPIERTA!
No respondió, se había roto el cuello, no había nada que hacer: Lord Duncan no llamo más a su hijo, se levantó y dio una mirada al Uro.
– Era mi único hijo. – Dijo con voz ronca al caballero misterioso. – El futuro de mi casa… y me lo arrebataste.
Lord Duncan desenvaino la espada que llevaba en su cintura. Un metro de puro acero ataco al caballero misterioso, el escudo azul resistió bien la primera estocada, aguanto la segunda pero al tercer golpe el escudo de madera empezó a ceder. Rhaegar se levantó de su asiento furioso.
– ¡DETEN ESTA LOCURA LORD HAYFORD! – Vocifero Rhaegar, a pesar de ser de naturaleza calmada tenía una ira feroz digna de la Casa Targaryen.
No escucho, siguió atacando al caballero misterioso sin piedad. Ned se removió un poco y estuvo a punto de saltar y ayudarle al Uro, pero otro fue más rápido… la Víbora Roja. El Martell iba equipado con la armadura de las justas pero sin yelmo y una espada larga.
– Ya es hora de que te calmes, Lord Hayford. – Dijo el príncipe de Dorne intentando calmar al padre afligido quien se había detenido al escucharle, se había posicionado frente al Uro.
– ¡Apártate maldito Dorniense! – Grito Lord Duncan. – Todo aquel que se interponga entre mi venganza y esa basura de caballero es hombre muerto.
Martell no intento calmarlo otra vez, Lord Hayford arremetió con todo contra Oberyn. El acero choco contra el acero entonando un sonido similar a una canción, la canción de la muerte. Las hojas de las espadas chocaron tres veces más, Duncan lanzo un mandoble directo al rostro de la Víbora Roja pero este le esquivo con un giro rápido e hizo un ligero corte en el lado izquierdo cuello del señor menor.
– ¡Maldito infeliz! – Gruño Hayford tocándose la herida mientras la sangre le corría hasta el hombro.
El anciano señor volvió a cargar contra Martell. Esta vez el príncipe solo le basto con echarse a un lado y golpear con el pomo de la espada en la cabeza del enfurecido Hayford el cual cayo de bruces.
– Oye tú. – Llamo Oberyn al Uro. – Vete, aparece mañana para que pueda desmontarte, pero ahora vete.
El caballero misterioso asintió, volvió a su caballo y escapo del patio de justas. Nadie aclamo, Daemon se removía cada vez más inquieto en sus brazos.
Después de las justas regrese a mi recamara en el Torreón de Maegor, no siento deseo alguno de cenar junto a los distantes y fríos Norteños o con los ruidosos y amenazadores Dornienses por lo que me lleve un poco de comida a la recamara y me aislé con Daemon. Normalmente una reina debe estar presente en los banquetes pero si ellos expresan abiertamente su descontento conmigo yo expresare mi descontento con ellos.
Deje a Daemon en su cuna, el pequeño estaba plácidamente dormido. La habitación esta lo bastante iluminadas para ver por dónde ir pero no mucho más, la oscuridad me hace recordar a la Cripta de Invernalia, el lugar de reposo de los antiguos Reyes del Invierno, los Señores de Invernalia... y de mi padre y Brandon.
Rhaegar se había enterado de sus muertes al momento de partir hacia Desembarco del Rey, aquello me había puesto tan mal que Rhaegar aplazo su viaja unos días hasta que estuvo estable.
El pequeño Daemon no había sacado la sangre de los Valyrios sino la sangre de los Primeros Hombres, su cabello era negro azabache y sus ojos grises, el niño que yacía en esa cuna era igual a Ben cuando era pequeño y seguramente a Ned y Brandon.
Sin embargo ni siquiera la sangre del Norte salvaría a Daemon de la ira, los pocos Norteños que se quedaron luego de rendir pleitesía a Rhaegar se habían mostrado fríos, los Umber habían mantenido su lealtad habitual y Lord Jon siempre preguntaba por la salud del pequeño Daemon pero Lord Roose Bolton y Lord Rickard Karstark se escudaron bajo una máscara de cortesías.
Realmente no los podía culpar, perdieron hombres, amigos e incluso familia intentando derrocar al Rey Loco y al supuesto captor de la hija de su señor feudal. Digan lo que digan la Rebelión de Robert empezó al instante en que hui con Rhaegar... soy responsable de la muerte de mi padre, mi hermano y todos los que fallecieron en batalla.
La gente ve a Daemon como la vida nacida de toda esa muerte y destrucción. La situación era igual con los Señores del Tridente y del Valle, los Tormenteños seguramente lamentaran la muerte de Robert y querrán vengarla, Dorne se opondrá de todas las formas posibles a Daemon... el único lugar donde podría estar a salvo seria en las Tierras de la Corona y el Dominio, Lord Tywin Lannister acepto las condiciones de Rhaegar pero no confiaba en él ni de lejos.
Se había saltado los últimos tres banquetes, la verdad prefería las mañanas llenas de justas y acción, cosa que también animaba Daemon. La puerta de la habitación se abrió poco a poco y lleve mi mano hacia un puñal atado en el tobillo izquierdo cubierto por el vestido.
Rhaegar había entrado en la habitación. Sus cabellos similares a la plata liquida, sus ojos índigo con una profundidad que eclipsa al mismo mar, sus dedos capaces de emitir una música capaz de dejar en ridículo a los dioses... un gran rey que se enfrentara a muchas rebeliones.
– Veo que el festín ha terminado un poco antes hoy. – Dije tratando de ocultar mis preocupaciones.
– No, Elia acepto en ser la anfitriona el resto de la noche.
– Muchos decían que era alguien frágil y débil... debían ser ciegos.
La idea que se tenía de Elia Martell era la de una joven enfermiza que no podía levantar la voz y que tenía que permanecer en cama era una verdad a medias; cuando alguien conocía bien a la reina Elia se daba cuenta que aunque débil de salud era una Martell en toda la regla.
– Elia es... es frágil de salud, su fuerza física es baja pero su espíritu e inteligencia son dignos de Jaehaerys el Conciliador. – Dijo Rhaegar claramente incomodo, ninguno de los tres a hallado la forma en que este matrimonio sea más sencillo.
– Mientras que yo tengo más aptitudes como caballero errante que como reina.
– Ni siquiera Arthur podría superarte en una justa pero no eres ni de lejos tan buena con...
– ¿Las palabras? No me hagas reír.
– No. – Dijo para después acercarse. – Dejas una huella en las personas, ya sea por tu belleza, tu inteligencia, tu fiereza... dejas a la gente con ganas de seguirte, una líder natural.
– Sal afuera Rhaegar, nadie me quiere como reina, ni siquiera los Norteños, solo ven a una joven que tuvo una calentura y se fue con el príncipe heredero provocando lo que posiblemente sea la guerra más sangrienta del siglo.
– Lyanna, tienes razón en lo mucho que hemos hecho sangran a los Siete Reinos, por eso debemos unirnos y restaurarlos.
– Más de la mitad de los reinos se opusieron a tu padre, el pueblo llano te aprecia pero aprecia más su vida.
– El Dominio y el Occidente estarán de mi parte en caso de una guerra, cosa que no pasara, el Norte escuchara a Ned y los señores del Valle y los señores Ribeños seguirán sus pasos.
– Tú mismo dices que no hay que confiar en los Lannister.
– Casare a Daeron con Cersei Lannister, ya no podrán oponerse a mí.
– Estas muy confiado. – Replique.
– Lyanna, no habrá peligro, mañana haremos nuestra última jugada por ahora.
– ¿Qué planeas hacer? – Pregunte con curiosidad.
Sonrió y camino hasta su arpa, aquel hermoso instrumento de marfil con cuerdas de plata. Sus dedos tocaron levemente las cuerdas creando una breve melodía diferente a las que suele tocar, una melodía feliz.
– Estos tiempos oscuros comenzaron cuando se corono a una reina en un torneo, creo que debe amanecer cuando se corone a otra reina.
– ¿Y qué piensas?, que Oberyn se calmara cuando Arthur corone a Elia.
– Oberyn no coronara a Elia. Dijo mientras sacaba un rosario con cuentas negras y roja de un cajón cercano. Pero si alguien a quien no podrán rechazar, un acto de redención que hará que todo el que se rebele parezca un monstruo.
Entonces lo comprendí, coronamos a Elia y será un acto de disculpas, coronamos a Elia y le mostramos respeto a los Martell y a todo Dorne, coronamos a Elia y sofocamos la rebelión antes de que empiece.
Rocadragón
El Príncipe en Rocadragón:
El primeros rayos del sol hicieron que mis ojos se abrieran, mire a mi alrededor y para mi gratificación me encontré solo al pie del Montedragón, el suelo y la montaña rocosa están a una temperatura insoportable para la gente común por lo que es el lugar ideal para descansar la mente y por ahora eso es lo que necesito.
El parto de mi madre se avecina y el resultado es impredecible, su madre no era una mujer vigorosa. Después del nacimiento de Viserys, madre tuvo que permanecer en cama el resto del año, Rhaella Targaryen no era una mujer que estaba destinada a tener muchos hijos pero Aerys nunca quiso abrir los ojos. Otra de las cosas que nunca perdonare a mi padre.
La muerte del bastardo había sido indiferente para mi madre y Jaehaerys. Aegon, Shaena y yo por en cambio nos alegramos, mientras el vivera, mientras estuviera en el trono de hierro los Targaryen no podrían prosperar. Aún recuerdo el dolor de hace cuatro años cuando fui "disciplinado" por tratar de evitar el "castigo" que mi madre merecía, la furia llego allí a su punto más alto. Y Viserys… Viserys.
Tratar de averiguar lo que pasaba por la mente del Rey Loco era como tratar de tocar la luna con las manos, sin embargo los que sentía por Viserys era amor (o lo más cercano que aquel desgraciado pudiera sentir). Cada cosa que hiciera Viserys por pequeño que fuera era más de lo que hubiéramos hecho Rhaegar, Aegon, Jaehaerys, Shaena y yo en toda nuestra vida, uno o dos años tuvo celos de mi hermano pequeño hasta que descubrí que tener el cariño de aquel monstruo podría ser igual de peligroso que tener su odio o indiferencia. Viserys se había negado a comer una buena cantidad de días al informarle de la muerte de su padre.
La guerra había pasado y al parecer podría tener un rato para descansar, Aegon suele ir al puerto de la isla y entrenar en el arte de la espada con el capitán de La Sombra cuyo nombre era Symon Mares, Jaehaerys había dejado la espada y las armas de lado y se pasaba largas horas en los libros que el Maestre Affryn le daba.
Y Shaena… mi hermana nunca ha sido muy abierta con nadie, compartíamos el odio hacia Aerys, compartíamos admiración hacia Rhaegar y hasta ahora compartimos el sentimiento de estar comprometidos entre nosotros pero nada más.
Me levanto de un salto y me dirijo hacia el castillo, la última construcción hecha por los Valyrios antes de su destrucción, el recorrido no duro mucho, nunca he escalado hasta la cima pero será cuestión de tiempo.
La Torre del Dragón Marino ya era visible cuando un ruido llego a mis oídos, un chillido, no como el de un animal sino como el de un niño… no un bebe. Lleve la mano a la empuñadura de mi espada y fue hasta donde procedía el llanto, los próximos segundos fueron una carrera a toda velocidad hasta donde se encontraba aquel niño, no estaba permitido que los lugareños se acercaran al castillo a no ser que tuvieran una petición y pocos lo hacían con un bebe en sus brazos.
Llegue hasta la orilla de un pequeño desnivel en la playa y la vi. Piel blanca nívea e inmaculada, sus ojos de un azul tan oscuro que simulan ser negros, su cabello eran hilos de oro blanco que le llegaban hasta la cintura, verdaderamente nunca se había llevado precisamente bien con su hermana pero si hay algo que no podía negarse era que Shaena Targaryen era hermosa.
Un bebe gimoteaba entre sus brazos, la expresión de Shaena era de una calma y paz que nunca antes he visto aun intentando calmar a un niño.
– No sabía que me había ido tanto tiempo hermana, ¿Quién es el padre? – Bromee como siempre hago aunque sé que el humor no es de ella.
Shaena se volvió hacia mí, era obvio que aquel niño era Aegon el Menor, el hijo de Rhaegar que había llegado a Rocadragón junto a Ser Barristan.
– No pareces enojado con no tener a una doncella en tu noche de bodas. – Respondió ella con algo similar al… ¿humor? ¿Sarcasmo? No eran cosas de Shaena.
– ¿Donde esta Rhaenys? esa pequeña jamás se aparta de su hermano.
– Esta con Aegon en La Sombra.
– ¿Y madre?
– Está asustada Daeron, yo la recuerdo después de cada parto excluyendo el tuyo, cada vida que daba la consumía… no creo que sobreviva a este.
– Siempre eres demasiado pesimista, si sobrevivió a Aerys sobrevivirá cualquier cosa… solo confía.
– Sabes Daeron, tal vez casarme contigo no sea tan malo.
Guau... eso si no me lo esperaba.
– Eh... gracias, nunca pensé que fueras a… aceptar nuestro compromiso, ni expresarte de esa forma.
– Tuve que encerrarme en mi misma para soportar a padre, pero admiraba tu rebeldía abierta hacia él.
– Ya no tienes que encerrarte en ti misma, Rhaegar no es... padre. – La última palabra me salió forzada y rasposa. – Y tendrás de esposo a su Mano del Rey.
Shaena esbozo una sonrisa y una risa melodiosa salió de sus labios, seguro que si cantara sería la mejor.
– Estas deseoso de ayudarlo ¿verdad? – Pregunto con una expresión indescifrable en el rostro.
– Trecientos años y será el mejor rey Targaryen.
– Y tú la mejor Mano. – Dijo antes de hacer lo más sorpresivo que podía hacer, darme un beso, por primera vez sentí su calor, la verdadera sensación de que este matrimonio va a funcionar.
Desembarco del Rey; Fortaleza Roja
El Hermano de la Reina:
Jon se llevó la copa a la boca y bebió todo el vino, ya era la cuarta copa.
– Creo que debes dejar el vino por ahora, tenemos que ir a la final del torneo. – Dije intentando alejarlo del licor por un tiempo, últimamente pasaba mucho tiempo bebiendo.
– Ah... sí. – Dijo Jon con voz rasposa. – Me había olvidado.
– También deberías comer algo, anoche no te vi comer ni un bocado. – La falta de alimento también era evidente, parecía haber enflaquecido a pesar de tener comida a su disposición.
– ¿Nunca piensas en Robert? – Pregunto casi en un susurro.
Terreno peligroso Jon…
– Claro, era como mi hermano. – Aclare, solo porque soy leal a Rhaegar no quiere decir que Robert se fuera de mi mente.
– Rhaegar lo asesino y ahora estoy en su Consejo Privado. – Dijo esta vez un poco más alto… menos mal que Rhaegar no sea paranoico. – A veces me siento terrible.
– Jon... Esta guerra era para acabar con el Rey Loco y eso hicimos.
– Sabes bien que Robert sentía rabia por la muerte de tu padre y tu hermano pero su principal motivación era matar a Rhaegar.
– Sus motivos no eran los mismos que los míos, yo busque justicia no venganza... y ahora tenemos un rey justo.
– ¿Y si se vuelve como su padre? – Pregunto volviendo al tono inicial, casi inaudible.
– El invierno caerá sobre los Targaryen con toda la furia del Norte. – Aclare en voz alta y sin temor, esbozó una sonrisa y acabo con otra copa de vino. – Vamos Jon, es hora de irnos.
Al momento de tomar asiento supe que algo estaba fuera de lugar. No podía ver ni a Lyanna ni a Daemon por ningún lado, Rhaegar tenía una expresión de acero en el rostro e incluso la reina Elia parecía saber que algo había fuera de lugar.
– La justa de las semifinales comenzaran con ¡El príncipe Oberyn Martell contra el Caballero del Uro!
En las justas pasadas el Uro había demostrado una habilidad innata ante enemigos superiores pero el siguiente era la Víbora Roja; Oberyn Martell. Lord Hayford no había pasado la noche y todo por un ligero corte de la espada de Oberyn, el veneno es un arma de cobardes y el maestre no detecto nada pero eso no es difícil atar cabos, como me alegra que Catelyn no esté aquí.
El sonido del cuerno dio inicio a la justa. El palafrén del Uro es marrón claro y es más pequeño que el semental negro de Oberyn, el príncipe de Dorne había terminado sus enfrentamientos casi siempre en la primera carga.
El tiempo pareció ralentizarse cuando ambos jinetes chocaron, la lanza de Oberyn impacto de llego al escudo del Uro destrozándolo y dejándolo a punto de caer, el caballero misterioso de una forma milagrosa consiguió no caerse del caballo y golpear el escudo redondo de Oberyn dejándole una pequeña abolladura.
Ambos justadores volvieron a la zona de inicio, un escudero le entrego al Uro un nuevo escudo pero sin decoración, era simple roble oscuro, no necesito cambiar de lanza. Oberyn por otro lado fue el caso contrario, se deshizo de la lanza pero conservo el escudo.
Un segundo cuerno sonó indicando el segundo asalto. La multitud cayo esta vez, pendientes de todo lo que pasara, incluso Jon quien no era muy aficionado a las justas se detuvo a ver. Uno… dos… tres… ¡CRACK! Las lanzas de ambos jinetes chocaron entre si destrozándose en el acto.
La Víbora y el Uro volvieron a sus posiciones iniciales, nadie en el torneo le había dado tanta competencia a Oberyn, incluso la reina Elia esta impresionada. No se pierde el tiempo y esta vez ambos recuperan sus lanzas en cuestión de segundos.
Un tercer cuerno, un tercer asalto. Esta vez Oberyn sale disparado primero, su paciencia debe de haber terminado, esta vez la Víbora Roja ataca con intención de acabar con todo.
¡CRACK! Esta vez la lanza del Uro había quedado clavada en el escudo del Martell, una cosa impresionante si el Uro no estuviera rodando por el suelo con una mano en las costillas y gimoteando de dolor.
– ¡La victoria es para el príncipe Oberyn Martell! – Exclamo el portavoz.
La multitud aclamo la victoria, en especial los Dornienses, pero callaron cuando el príncipe descendió y camino hasta su enemigo caído. Oberyn ayudo a levantarse al Uro y ambos caminaron hasta estar cara a cara con el público. De un rápido movimiento el caballero que había luchado y llegado hasta la semifinal quedo al descubierto. Sus ojos eran de un marrón amarillento, su cabello negro como lo era el de Robert, sus facciones eran las de un joven, no sería mucho mayor que yo.
– ¡Tu nombre! ¡Para que la gente sepa que gran caballero llego hasta aquí! – Exclamo Oberyn al Uro.
– Aremyr del Ojo de Dioses. – Dijo el Uro con una voz que apenas alcance a oír.
– ¡Ser Aremyr del Ojo de Dioses! – Repitió Oberyn con más fuerza.
Muchos gritos, mucha festividad, pero algo aun no encajaba, algo iba a pasar, Lyanna no se perdería una justa como esta y la última vez que se perdió durante un torneo…
– ¡La próxima justa sera entre Ser Arthur Dayne contra Ser Tygett Lannister! – Anuncio el portavoz real.
Ser Tygett se encontraba jugueteando con su yelmo en forma de león montado en su gran caballo de guerra esperando a la Espada del Alba pero este no aparecía, algo raro pues Arthur Dayne no era de los que se perdían una justa.
– ¡Ser Arthur Dayne de la Guardia Real! – Llamo de nuevo el portavoz.
Nada, silencio. Si Dayne no aparecía en unos minutos Tygett pasaría a la final… entonces se empezaron a escuchar cascos, primero apenas audibles pero luego tan cercanos como si estuvieras justo al caballo. Ser Tygett se colocó el yelmo con una sonrisa burlona en el rostro.
Los Capas Doradas que vigilaban el campo del torneo se hicieron a un lado. Una yegua plateada atravesó el campo y se posiciono en el lugar faltante. Algo parecía raro en Arthur, parecía mas bajo pero con la armadura nívea era difícil saberlo.
El sonido del cuerno dio inicio al primer asalto. Uno... dos... tres... ambos jinetes colisionaron. La lanza de Tygett se clavó profunda en el escudo de Arthur pero eso no derribo a la Espada del Alba, en cambio Dayne logro hallar una abertura en la defensa del León derribándolo.
La multitud aclamo y por primera vez Rhaegar sonrió, su expresión era de completo gozo.
Arthur no abandono el campo, no había necesidad, era la final contra Oberyn Martell. Ambos eran grandes justadores y cada uno mostraba a dos partidarios, los leales a Rhaegar y los leales a Dorne, aquello por sí mismo no tendría gran cosa pero lo que pasara afectaría a largo plazo a los bandos.
Un cuerno anuncio el primer asalto, luego el segundo y el tercero... hasta el décimo segundo. Cada vez que los jinetes chocaban sus lanzas se hacían pedazos.
La gente miraba expectante. Sonó el décimo tercer cuerno.
Uno... dos... tres... ¡CRACK! Acabo, el torneo termino. El príncipe de Dorne rodaba en el suelo mientras que Arthur luchaba por mantenerse en su montura.
– ¡El ganador es Ser Arthur Dayne! – Exclamo el portavoz.
Uno de los mozos de cuadra entro en el campo y le entrego a Arthur la corona de la Reina del Amor y la Belleza.
Dayne empezó a dar vueltas por todo el campo, uno... dos... tres vueltas y volvió al centro. Luego comenzó a cabalgar lentamente hacia el apartado de los reyes, hacia aquí.
Lo más lógico era coronar a la reina Elia y rezar para que eso aplacara a los Dornienses aun furiosos por el segundo matrimonio del rey.
La corona acabo reposando en la cabeza de la reina Elia mientras Arthur se despedía ante el rugir de la multitud... pero luego se quitó el yelmo frente a todo el mundo.
Cabello negro y brillante, hipnóticos ojos grises y facciones duras, delicadas y bellas al mismo tiempo... mi hermana... Lyanna.
FIN
