Ranma ½ no me pertenece. Star Wars tampoco me pertenece. Yo a lo menos sí me pertenezco... no, esperen, yo le pertenezco felizmente a mi esposa. En fin, nada me pertenece.
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Hace mucho tiempo, en una galaxia muy,
muy lejana…
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Fantasy Fiction Estudios presenta:
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El corazón del Jedi 3
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Las rápidas motos speeder volaron a ras del suelo levantando estelas de polvo y dejando zanjas en la arena. Ranma apenas tuvo tiempo de cubrirse detrás de una de las rocas antes de que una moto lo rozara con intensión de arrollarlo. Estaba en un extenso desierto de roca y arena, sobre una planicie cubierta por un bosque de columnas de no más de un metro de grosor por dos o tres de altura. Las columnas, ruinas de un antiguo templo, se habían erosionado a tal punto que casi parecían hechura de la naturaleza, de no ser por los escasos detalles aquí y allá, que revelaban las antiguas marcas de los bloques de piedra con que se construyeron, o los apenas visibles jeroglíficos.
La risa del piloto de la moto speeder hizo eco en la extensa soledad, acompañada del fiero zumbido del vehículo. Una marejada de nuevas voces lo acompañaron, gritando y chillando como una jauría de feroces nexus del planeta Cholganna, junto a más zumbidos de motores. Una decena de motos speeders cruzaron entre las columnas a su alrededor. Estaba rodeado.
—¿Qué hice para merecer esto? —se preguntó Ranma.
Agitado, se descubrió la cabeza echando atrás la capucha de la larga y degastada capa marrón con que se cubría el cuerpo. Con la otra mano desenganchó del cinturón la empuñadura de su sable láser.
Sin siquiera acabar de encender su sable de luz del todo, dejó la cobertura de la columna, cruzándose rápidamente delante de una moto speeder. El piloto no consiguió reaccionar y el destello plateado chirrió al cortar el metal del alerón. La moto voladora rozó al jedi y, perdiendo el control, dio giros sobre su eje. El piloto gritó antes de que su moto speeder se estrellara contra una de las columnas, explotando en fuego y metal calcinado que voló por todas partes.
—Uno menos… ¡Woah!
Levantó la bota justo a tiempo esquivando un inesperado disparo que quemó el suelo bajo su suela. Con el sable consiguió bloquear y desviar los dos disparos siguientes en su contra. El ataque era de una moto speeder que volaba a gran velocidad directo a su encuentro y no cesaba de disparar. Ranma bloqueó un disparó más con su sable de luz y se movió detrás de otra columna. La moto lo rozó al pasar volando casi sobre su cabeza. Pero el terco jedi no tuvo tiempo de descansar, porque dos motos más venían desde el costado. Con el sable consiguió defenderse otra vez y tras girar alrededor de la columna buscando ocultarse, descubrió otra moto cruzándose en sentido opuesto, directo a su encuentro.
Estaba rodeado, no importando de qué lado se ocultaba siempre estaba en el blanco de un speeder. La docena de rápidas motos se habían separado y abarcando todo el bosque de columnas de piedra se cruzaban en direcciones opuestas, rugiendo al pasar por su lado, disparando apenas lo tenían a la vista o tratando de golpearlo si lo encontraban cerca, no tenía cómo esconderse o huir. Y los miembros del cártel criminal Hutt no eran novatos piloteando las rápidas máquinas.
—¿Qué esperan? —preguntó una siniestra voz a través del comunicador—. ¿Por qué no han acabado con él?
—Es… demasiado rápido…—respondió el piloto de la moto speeder, con la voz entrecortada. Se interrumpió al tener que agacharse por el disparo desviado que se devolvió contra su moto, estallando en chispas muy cerca de su rostro y quemando parte del fuselaje de la punta—. ¡Qué me partan!, ese imbécil ya acabó con cinco de los nuestros.
—¡¿Cómo?!... Inútiles —siseó la voz siniestra—, ¡es solo uno!
—¿So-Solo uno?... —Se agachó esquivando otro de sus disparos rebotados y escuchó el grito de un compañero que lo seguía, antes de que su moto speeder explotara y se convirtiera en una bola de metal fundido y fuego—. Sí, solo uno, ¡un maldito jedi!
—¿Un jedi? —repitió la voz siniestra a modo de pregunta, seguido por un espeluznante gruñido.
Ranma se mordió los labios evitando quejarse cuando un disparo lo rozó dejando una horrible mancha negra en la tela quemada y el aroma de su propia carne chamuscada. Al ocultarse tras la columna apoyó la espalda. Empuñaba el sable de luz plateado con ambas manos y jadeaba con fuerza. Todavía podía escuchar otras seis motos speeder que lo rodeaban, aunque no podía verlas por culpa del polvo y la arena que habían levantado con sus motores, convirtiendo todo en una densa neblina. Una moto pasó fugazmente por su lado y, rápido, alzó la mano desviándola con la fuerza, obligándola a chocar con otra columna.
Bien, sonrió, ahora solo quedaban cuatro… De pronto pudo percibir un zumbido más poderoso, de un motor más grande que rugió en el cielo.
—Oh, no. ¡Oh, no! ¡Debe ser una maldita broma!
Un rápido caza espacial apareció en el horizonte y, de un ensordecedor rugido, bombardeó sin piedad el área de las ruinas con poderosos disparos.
Las motos speeder que quedaban fueron atrapadas por el bombardeo. Los criminales del temido cártel Hutt que las piloteaban saltaron por los aires y sus cuerpos fueron despedazados por el fuego de las explosiones. Las rocas de las columnas estallaron por todas partes y el suelo se llenó de humo.
El caza dio un amplio giro en el horizonte y regresó. En su interior, el piloto rozó el gatillo preparado para disparar. Chasqueó la lengua y afiló la mirada antes de descargar una nueva tanda de disparos.
—Puedo percibirte, jedi, sé que sigues con vida… ¡Argh!
Desde el humo, a tal velocidad, el piloto no pudo ver a tiempo una gran roca levantada con el poder de la fuerza, disparada hacia el cielo en su dirección, aparecida en un instante. No tuvo tiempo de maniobrar su caza a tan baja altitud y chocó de manera brutal contra la gran roca. Perdió su ala izquierda, que se desprendió en un trozo de metal retorcido. El fuego cubrió el costado del caza dejando una estela que formó una espiral, cuando este se precipitó dando giros sobre su propio eje, zumbando como si fuera un animal herido. Se estrelló sobre las ruinas destruidas, rodando convertido en un enorme montón de metal y fuego, de láminas y rocas que volaron por todas partes, dejando una larga zanja.
Después solo hubo silencio y el suave crispar de las llamas sobre el metal.
Un montículo de rocas estalló, empujadas en todas direcciones. Ranma estaba abajo con el brazo extendido. Su otro brazo estaba lastimado y colgaba inerte, la sangre caía por su sien y otra poca manchaba la comisura de sus labios. El jedi bajó por el montículo de ruinas casi resbalando y rodó al final. Se levantó con dificultad para ponerse de pie y suspiró agotado.
—Juro que no vuelvo a tratar con políticos nunca más en mi vida —murmuró forzando una sonrisa a pesar de su disgusto.
El montón de metal en que quedó convertido el caza crujió. Ranma paralizó su sonrisa. Pudo sentirlo, antes de que el caza se abriera en dos como una hojarasca y ambas mitades volaran en direcciones opuestas. Era fuerte, intenso, estremecedor. Un escalofrío recorrió su espalda y comprendió que no estaba tratando con un piloto común y corriente del cártel Hutt.
Era la presencia del lado oscuro de la fuerza.
El piloto estaba lastimado también, pero de pie en medio de los restos quemándose sobre la arena, y lo miraba con odio. Los ojos estaban teñidos de un rojo intenso y su risa era feroz, expresando los sentimientos más escalofriantes.
—¿El cártel coopera con un sith? —se preguntó Ranma sorprendido, casi en un quejido de dolor y pesar.
El sith, guerrero feroz, violento y desalmado, maestro del lado oscuro de la fuerza y enemigo mortal de los jedi, abrió la mano y la empuñadura de su sable de luz se desprendió de su cinto. La empuñó en el aire y la vibrante hoja roja del sable iluminó su cuerpo y rostro. En ese momento Ranma lo reconoció.
El sith también lo reconoció, por ese rostro de niño, de gesto fuerte, astuto y rebelde, que no había cambiado a pesar de los años y su sonrisa de odio se tornó en una de satisfacción.
—Ranma, el pequeño inútil, ¿convertido en un jedi? —se jactó el sith lanzando una siniestra carcajada—. ¿Tú, un miserable esclavo?... ¿Tan bajo ha caído el Consejo Jedi que recoge las alimañas de la basura?
Ranma gruñó. Rápidamente tomó el sable de su cinto y la luz plateada iluminó la mitad de su rostro. Los ojos azules del jedi estaban congelados, en una mezcla de ira, miedo y rencor. El lado oscuro estaba mellando su alma, sus recuerdos perturbaban su concentración.
Conocía a ese sith, años atrás, cuando no sabía que era uno. Ese hombre aparentaba edad madura y aspecto desagradable por la cicatriz que cruzaba su rostro, faltándole un trozo del labio sin poder ocultar la parte superior de sus dientes. El largo abrigo negro estaba un poco quemado por el accidente, cerrado en la cintura, y calzaba botas con refuerzos de metal. A pesar de los años Ranma no había olvidado un solo día a ese sujeto que conoció como un traficante violento, un animal despiadado, un esclavista que trabajaba para los más peligrosos señores del crimen de la galaxia.
En Nal Hutta, hogar de los Hutt y peligroso planeta criminal, ese hombre gustaba de ir a las subastas y elegir a los esclavos que fueran todavía niños. Los que tenían la mala suerte de ser sus escogidos terminaban en El Foso, una pequeña arena para apostadores de la peor calaña del sistema. Arrojaba a los niños a la arena apenas armados con cuchillos o sables oxidados, haciéndolos luchar en contra de temibles bestias salvajes. Se divertía mirando a los niños morir, bebiendo y riendo en el palco junto a sus invitados. Luego, si algún niño era capaz de sobrevivir al sangriento juego, se encargaba de entrenarlo para venderlo como un costoso esclavo guardaespaldas o un soldado para alguna facción en guerra.
Ranma lo había experimentado de primera mano, pues durante años fue un sobreviviente de El Foso, desde muy pequeño, viendo morir a muchos otros huérfanos de su antiguo hogar, también esclavos como él, sus hermanos. Luego sería vendido a un viejo jedi que lo salvó, que reconoció su afinidad con la fuerza, siendo adoptado y entrenado como un padawan en Coruscant. Sin embargo, las heridas de su cruel infancia seguían siendo una peligrosa influencia del lado oscuro contra el que debía lidiar ante cada batalla.
Encontrar a ese monstruo y descubrir que además era un sith, terminó por cegar sus emociones.
—Puedo sentirlo, ¡la fuerza del lado oscuro! —celebró el sith—. Ven a mí, niño, ¡ven por tu venganza, la deseas!
—¡Vas a pagar por todo lo que hiciste! —rugió Ranma, corriendo a su encuentro, con un brazo inerte y girando el sable en su otra mano.
Los sables de luz se cruzaron en poderosos golpes que los hacían rebotar. El intenso rojo parecía teñir y ensuciar de ira la pureza del plateado sable que empuñaba Ranma. El sith controlaba la contienda, se reía a viva voz cuando su sable rozaba alguna parte del cuerpo del joven maestro, arrancándole un rugido de rabia y dolor. Eran roces, que quemaban su ropa y abrían heridas que cauterizaban al instante. Sin embargo, Ranma no cedía, tampoco retrocedía, sino que el dolor más lo enceguecía obligándolo a atacar. Parecía ser otra vez un niño vestido en harapos que trataba de herir a un cruel adulto con un viejo cuchillo, como sucedió en el pasado, muchas veces, terminando en dolorosas palizas.
Tras atacar, Ranma dio un giro que lo dejó expuesto y el sith aprovechó la oportunidad para cruzar su sable por su espalda. El joven maestro gritó, pero rápidamente se lanzó al suelo girando, evitando una incisión mayor o mortal. Apoyó una rodilla al detenerse, su espalda dolía, el corte en diagonal quemaba su ropa y piel, unos centímetros más y habría abierto su carne hasta desintegrar su columna. Jadeó, con el rostro sucio. Las fuerzas comenzaban a abandonarlo, ni siquiera la ira era capaz de hacerlo reaccionar. El sith podría haberlo asesinado mucho antes, pero se divertía con él, se reía, como el esclavista que se extasiaba de un placer sádico al torturar a sus víctimas, mucho más si se trataba de un jedi.
Ranma inclinó el rostro un momento. La risa del sith lo hizo revivir los momentos más tormentosos de su pasado, de su infancia. Cerró los ojos. ¿Qué estaba haciendo?
No todo era oscuridad que extinguía la luz.
No todo era ira que consumía su paz.
No todo era dolor que debilitaba sus pensamientos.
Recordó el rostro de un anciano de raza cereana, envuelto en una capa gruesa y roñosa, con un sable de luz colgando del cinturón como si sus manos callosas fueran incapaces de sostenerlo. Aún así ese viejo los rescató, cuidó y enseñó un mundo más allá del cruel Nal Hutta, a él y a su amigo…
El sith dejó de reír. Al notar el silencio de Ranma torció los labios de preocupación.
—Se está poniendo aburrido, jedi. Mi cliente está impaciente y es hora de que devuelva los datos que robaste de su terminal junto con tu cabeza.
Sabía a lo que se refería, a la tarjeta de datos que había robado del escondite del cártel de los Hutt. Ranma necesitaba recuperar esa información para proteger la reputación de una importante familia comercial de Naboo. Como jedi no le importaba una recompensa o ganar influencias con esa problemática senadora que lo había involucrado en ese asunto con su familia. Pero eso afectaría el honor y seguramente el futuro de la más joven de sus miembros, la menor de las hermanas herederas de ese clan, la única que le importaba.
Ese idiota sith había cometido un error al recordarle su propósito. Ranma respiró profundamente y se levantó. Otra vez estaba centrado y levantó su sable de luz en posición de guardia. Había una nueva decisión en sus ojos azules, que al reflejar la luz roja del sable de su oponente parecían tornarse ligeramente violetas, como el elegante sable de luz de su boba padawan a la que quería proteger.
Ranma sonrió de manera desafiante, lo que desconcertó al sith.
—Si los quieres, entonces ven por ellos.
El sith silbó entre dientes y se abalanzó sobre Ranma. Los sables se cruzaron, pero esta vez el joven maestro no atacó, sino que mantuvo su defensa lo mejor que pudo a pesar de sus heridas que entorpecían sus movimientos. Los ataques del sith eran feroces, los destellos de los sables iluminaban las rocas a su alrededor y chispas destellaban por doquier. Cada vez a Ranma le era más difícil mantenerse erguido. El sith golpeaba con ira, con una fuerza brutal, hasta hacer que el joven jedi retrocediera a punto de perder el equilibrio.
—¡Muere! —ordenó el sith.
Trató de desarmar a Ranma girando ambas espadas de luz hacia el cielo y entonces se llevó una desagradable sorpresa. Un segundo sable de luz apareció, dorado como el sol, cruzándose entre él y su presa. Apenas el sith consiguió retroceder, no sin llevarse un horrible corte que quemó su abrigo a la altura de su pecho, cauterizando su carne en una horrenda herida. Gimió de dolor y sorpresa, para descubrir que el brazo inerte de Ranma en realidad estaba sano, lo suficiente como para moverlo, y empuñando un segundo sable de luz.
Ranma chistó entre dientes y sonrió. Girando ambos sables, uno en cada mano, en una agresiva postura de combate.
—Se te olvida que no sobreviví solo en El Pozo —dijo, dando un paso hacia el sith—. Mi amigo, no, mi hermano, también estaba conmigo.
El sable dorado, que fue una vez de su mejor amigo, lo acompañaba también en ese combate. La serenidad y determinación de Ranma, la poderosa influencia que emanaba de la fuerza, atemorizó al agresivo sith obligándolo a retroceder. Ya no veía a un niño en harapos, ahora veía a un poderoso guerrero ante él, no uno, sino dos.
Ranma dio un paso más y se abalanzó blandiendo los dos sables. El sith respondió, más por rencor que valor, contratacando. Los sables se cruzaron en un último encuentro.
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La agitada Coruscant se apreciaba a través del enorme ventanal que ocupaba toda la pared. Las altas torres que cruzaban las nubes y sus cientos de vehículos que volaban por el cielo eran un reflejo del orgullo de la república.
Nabiki, ataviada con una larga y elegante túnica, miraba el paisaje. Giró jugando con la copa que tenía en la mano y se acercó a la mesa. En ella había una tarjeta de datos. Tras la mesa, estaba el joven maestro Saotome.
—Hiciste un buen trabajo, maestro Ranma —dijo Nabiki—. Mi familia estará agradecida por este servicio tan noble que has prestado. En especial a esta humilde senadora…
—No te burles —replicó Ranma. A pesar de tener ropas limpias, su rostro de pocos amigos indicaba que el dolor de sus heridas seguía mordiendo su carne y afectando de por sí su poca paciencia—, no tiene nada de noble el limpiar tus sucios negocios con el cártel de los Hutt.
—Oh, no, ¿es que no tendrás piedad de unos pocos pecados de juventud? —la senadora Nabiki sonrió. Era una de las más jóvenes y astutas representantes en el senado galáctico, admirada y temida por sus rivales y, para peor, una obligada conocida de Ranma—. Eres muy cruel, voy a llorar, ¿no te harás responsable de las lágrimas de una doncella…?
—Ya basta, no lo hice por ti.
—Ay, qué mal humor, maestro Ranma. ¿Dónde está la paz y la diplomacia que debe tener un maestro jedi?
El joven maestro no respondió. Miró hacia un costado con enfado.
—Está bien, no te molestaré más, después de todo me enteré que tuviste un encuentro desagradable con un sith. Me alegro de que estés bien, lo digo de corazón.
—Gra-Gracias, supongo —respondió Ranma, con sinceridad y algo sorprendido por el tono más amable y sincero de la senadora.
—Y con esto —Nabiki tomó la tarjeta de datos entre sus dedos— mi familia ahora estará libre de los escándalos. Ya nadie podrá volver a chantajearnos ni amenazar mi posición política. Ah, y por supuesto, eso incluye el honor de mi hermanita menor. ¿Te imaginas lo que hubiera sido que mi familia cayera en la desgracia? Seguramente nuestro padre la hubiera obligado a abandonar su entrenamiento como tu padawan y volver a una vida de miseria y desprestigio en Naboo. Eres un maravilloso maestro, siempre pensando en el bienestar de tu discípula.
Ranma no respondió. Su silencio se tornó inquietante.
—Es una lástima que los jedi tengan prohibido enamorarse. Conozco a Akane, jamás ha mostrado tanto orgullo y afecto por otro maestro jedi, quizás por ninguna otra persona.
—¡¿Ah?! —exclamó Ranma, raspando la garganta.
—Serías un maravilloso cuñado.
La senadora se rio de la confusión del joven maestro jedi.
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Al abandonar la habitación de la senadora, Ranma caminó marcando el paso por la alfombra del amplio pasillo, cabizbajo y agotado. A su derecha tenía un extenso balcón con una vista privilegiada de la aglomerada capital, pero nada llamó su atención.
—¡Ranma!
Se tensó. Esa voz lo sacó de sus cavilaciones y al levantar el rostro se encontró con Akane que corría a su encuentro. Su padawan vestía, para variar, un vestido tradicional de su planeta natal. Akane era reacia a ese tipo de prendas, siempre desde que la conoció la veía usando el uniforme tradicional de una padawan y fue una extraña y, de alguna manera, agradable sorpresa.
—¡Ranma, aquí estás! —Akane apenas pudo recobrar el aliento antes de enderezarse delante de Ranma. Rápidamente lo tomó por los brazos y palpó el cuerpo del joven sin darse cuenta de lo que estaba haciendo—. ¿Cómo estás? ¿Son graves tus heridas? ¿Te duele ahí…?
—¡Ay! ¡Akane, por el demonio, claro que duele!
Ranma retrocedió sacándosela de encima.
—¿Se puede saber qué estás haciendo? —preguntó al momento, sobándose una de sus heridas bajo el costado.
—¿Cómo que qué hago? ¡Revisándote, por supuesto!
—No necesito que me revises nada, ya lo hizo un androide médico hace un rato.
—Pero estás herido, ¡te enfrentaste a un sith!
—¿Y cómo supiste eso? —preguntó Ranma entrecerrando los ojos.
—Nabiki me lo dijo… Oh, quiero decir, la senadora Nabiki.
—Deja las formalidades, ella es tu hermana después de todo —contestó de mala gana. Eso y porque no le caía nada bien la manipuladora senadora Tendo como para tratarla con respeto a sus espaldas—, aunque no la hace menos molesta.
Akane guardó silencio, también lo hizo Ranma. El sonido de los vehículos voladores cruzando entre los edificios fue lo único que se escuchó por un rato. Ambos miraban sus manos o el piso, de alguna manera sintiéndose incómodos.
—Ranma, lo siento —dijo Akane rompiendo el silencio—. Todo fue culpa de mi hermana. Su insistencia para que trabajara como su escolta mientras visitaba una de las lunas fue solo una de sus tontas excusas para obligarme a vestir… así, como si fuera una de sus tontas muñecas de cuando era niña. ¿Es que nunca entenderá que soy una jedi…?
—Una padawan —la corrigió Ranma—, que no se te suba a la cabeza.
—¡Lo que sea! Ranma, lo que intento decir es que… si no hubiera estado ocupada en una tontería yo… no te hubiera dejado solo en esa misión que te encomendó. ¡Pudiste haber muerto!
La mirada preocupada de Akane, el pequeño resplandor de unas lágrimas en el borde de sus ojos, sus manos empuñadas como si fuera una jovencita común y corriente, con ese vestido que la hacía ver, incluso, bonita y entregada a las más inocentes emociones, en lugar de una estudiante a jedi, provocó en Ranma un agradable sentimiento de satisfacción.
Ranma se sintió extrañamente feliz y, quizás, pero muy en el fondo, agradecido con la senadora Tendo.
—Ranma, ¡Ranma! ¿Me estás escuchando?
—Es maestro Ranma para ti, pequeña padawan, que no se te olvide —la volvió a corregir, intentando ser estricto para ocultar la turbación de su corazón—. Además, ¿de qué me hubiera servido una simple padawan? Pude hacerlo sin ningún problema.
—¡Eres insoportable! —exclamó la chica—. ¿Es que no entiendes que estaba preocupada por ti? Si te hubiera… Ay, no, ¿qué haces?
Ranma la detuvo poniendo una mano sobre la cabeza de Akane, desordenándole el cabello con fuerza.
—Deja ya de preocuparte —dijo el joven maestro Ranma, tan alegre como pocas veces podía estarlo—. Además, no estuve solo.
—¿De qué hablas? —preguntó Akane, intentando con disgusto reacomodarse su cabello.
—Tuve la ayuda de un viejo amigo.
Akane no pudo entender las palabras de Ranma, tampoco su misteriosa mirada llena de nostalgia. El joven maestro jedi puso su mano sobre las dos empuñaduras de sables laser que colgaban juntas de su cinturón y sonrió.
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Fin
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Noham Theonaus
