Ranma ½ no me pertenece. Star Wars tampoco me pertenece. Yo a lo menos sí me pertenezco... no, esperen, yo le pertenezco felizmente a mi esposa. En fin, nada me pertenece.
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Hace mucho tiempo, en una galaxia muy,
muy lejana…
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Fantasy Fiction Estudios presenta:
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El corazón del Jedi 4
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Una llovizna suave caía sobre el bosque y la extensa pradera que acababa en la pared natural formada por las escarpadas montañas. Una porfiada neblina se levantaba a ras del suelo, entre el denso y largo colchón de pasto, de un verde intenso y oscuro, y el sonido lejano de las olas se confundía con el de las ramas y hojas meciéndose bruscamente por los repentinos y esporádicos vientos. Era un clima húmedo, sombrío y frío. La tierra que pisaba era oscura y lodosa y las piedras afiladas y resbalosas, debiendo cuidar cada uno de sus pasos. El sonido de extraños y guturales bramidos se mezclaba con los chillidos de las aves exóticas, haciendo más lúgubre todavía el camino a través del follaje bajo los árboles. Muy atrás había quedado su nave en la pradera, todo lo que tenía ahora era un pequeño radar en su mano. La otra mano, fría por la llovizna, estaba siempre cerca de su cintura, casi acariciando con sus dedos el frío metal de la empuñadura del sable de luz. Cada nuevo sonido de algún animal o el de una rama quebrándose, tensaba sus dedos y la hacía rozar su sable, pero al momento se contenía.
—Akane, contrólate —se decía la joven a sí misma, siendo sus pequeños labios lo único que se asomaba junto a su mentón de debajo de la gruesa capucha, que unida a la capa protegía todo su cuerpo—. Contrólate, ya no eres una niña asustada, eres una jedi, una… ¡Ah!
Los arbustos se agitaron a unos metros y Akane dio un brinco poniéndose a la defensiva. Al momento se calmó y se sintió avergonzada de sí misma. No necesito verlo, ya lo había sentido de antemano gracias a la fuerza, el ave que segundos después salió de entre los matorrales y extendiendo las alas se echó a volar hacia las ramas.
—Comienzo a odiar este lugar.
No era solo su infantil miedo hacia los lugares tenebrosos, y que a pesar de todo su entrenamiento y su edad la seguía avergonzado, era que ese lugar estaba impregnado de una tenue sensación del lado oscuro que empañaba su percepción. No por nada ese planeta había albergado ruinas de los antiguos guerreros sith y su influencia había incluso alterado el ecosistema, tornándolo más peligroso.
—¿No podía elegir otro sitio para vivir? —se quejó, repitiendo quizás por quinta o sexta vez su opinión de ese mundo desde que abandonó el cómodo calor de su nave.
Volvió a concentrarse en el radar y notó las fluctuaciones en la pantalla negra. Una señal llamó su atención, parecía ir por buen camino.
A la sombra de una gran roca plana y enorme que se elevaba en diagonal entre los árboles, encontró una improvisada casa, armada con paneles de metal y columnas que debieron pertenecer a alguna nave más grande. Había a un lado una cuerda entre dos postes de acero, de la que colgaban animales muertos similares a algún anfibio, de casi un metro de largo. Del otro lado había cajas de metal y un estante, todos protegidos bajo la sombra de la gran roca. La tierra estaba despejada de piedras y hierbas, dándole un aspecto más acogedor, como un claro en medio del bosque. El terreno había sido aplanado y humo blanco salía de la pequeña chimenea que, hecha con una gruesa tubería, salía por el costado de la casa y subía alrededor de la roca hacia el cielo. Akane se calmó y se acercó a la puerta. La golpeó una vez, dos veces. En lugar de insistir recordó sus propias habilidades, torció los labios al reconocer su torpeza y se concentró.
—No hay nadie.
Empujó la puerta para descubrir que no tenía ningún seguro. El interior era mucho más cálido y acogedor de lo que aparentaba a primera vista antes de entrar. El suelo estaba cubierto de placas de acero bajo varias capas de pieles que daban la sensación de ser una mullida alfombra. Estantes muy rústicos contra las paredes apilaban toda clase de chatarra espacial y componentes que no sabía si funcionarían. Había una mesa y en una improvisada chimenea un fogón encendido, envolviendo todo el ambiente de un exquisito calor. Akane dio un suspiro de alivio, se acercó al fuego y se frotó las manos recobrando la sensación en los dedos. Un poco más animada tiró la capucha hacia atrás. Su cabello oscuro de melena corta lo adornaba ahora con una muy fina coleta que, más larga, caía detrás de su oreja derecha.
—Supongo que tendré que esperar a que regrese —se dijo.
Dio una rápida mirada y descubrió que sobre la mesa había una tabla para cocinar hecha con un trozo de corteza de árbol, un par de cuchillos y un largo tenedor hecho con una antena, una de esas criaturas anfibias abierta por el abdomen y ya limpia de sus entrañas y varias verduras de formas tan variadas como sus colores, cortadas en pequeños rectángulos. También notó la olla puesta sobre el fuego con el agua borboteando.
—¿Qué es esto?, ¿estaba cocinando? Uhmmm… no puede haber ido lejos.
Akane desprendió el grueso cinturón del que colgaba su pistola y su sable láser, lo dejó sobre un banco junto con la capa. Se acercó a la mesa con los ingredientes arremangándose la túnica, mucho más animada y con una divertida idea en su cabeza. Le daría una sorpresa.
La gran criatura reptiloide media varios metros de altura. Sus fauces podrían devorar a un hombre de una sola zampada o partirlo en dos con facilidad. Erguido en dos patas mostraba con sus ojos grandes la inteligencia de un depredador y sus manos estaban provistas de garras tan grandes como una espada. El hedor de su baba podía sentirse a muchos metros a la redonda y su gruñido visceral solo era un aviso de una muerte segura. Era un rancor, uno de los monstruos más temidos de toda la galaxia.
Pero su rival tampoco era normal.
El sable de luz de hoja roja silbaba con cada gota de la llovizna, liberando suaves hilos de vapor que lo envolvieron dándole una silueta espectral. El guerrero se mantuvo incólume, con sus piernas separadas y la hoja recta hacia adelante sostenida a la altura de su rostro, reflejándose en sus ojos azules su furioso color lleno de pasión. La empuñadura de metal parecía ser parte de un artefacto rústicamente construido, con secciones forradas de cuero y gruesos anillos de metal opaco, mucho más larga que cualquier otra, casi tres cuartos de metro, y la hoja de luz en equivalencia, de haz inestable y violento, viéndose ligeramente más ancha en su fuente, era también mucho más larga que la de un sable de luz normal, casi tanto como la altura de un hombre. Muy pocos podrían empuñar un arma tan agresiva, grande y peligrosa.
—Je… se supone que tu piel es tan dura que aguanta un cañón bláster —dijo el misterioso jedi—, veamos si es verdad.
Sus ropas eran ligeras y ajustadas, usaba botas largas aptas para el terreno lodoso y un chaleco de cuero sin mangas sobre la túnica corta que cerraba sobre el pecho. Llevaba una sola hombrera de metal atada a una correa de cuero que cruzaba su torso unida a su cinturón, del que colgaban otras dos empuñaduras de sable láser más pequeñas.
El rancor rugió agitando las copas de los árboles con su aliento y avanzó haciendo temblar el suelo con cada paso. El jedi blandió su gran sable de luz hacia el costado, apenas rozando el suelo con su larga punta, dejando una estela negra que quemó los matorrales, y avanzó con pasos ligeros en contra de su gigantesco rival.
El bosque se estremeció por el brutal encuentro. Árboles volaron arrancados desde sus raíces, troncos partidos en dos por el gran sable de luz rodaron por el suelo. Los rugidos se mezclaron con las desesperadas bocanadas de aire que el jedi trataba de tragar entre movimientos, apenas teniendo tiempo de pensar, porque un paso en falso y sería víctima de las grandes garras o de los feroces dientes que caían sobre el suelo buscando a su presa.
Un gran alarido fue precedido de un gemido de dolor. Un tronco más ancho cayó y rodó barriendo con algunos árboles. Pero no era un árbol, en realidad era el grueso y musculoso brazo del rancor. El monstruo retrocedió agarrándose con la otra mano su hombro amputado. El Jedi aprovechó la oportunidad y se lanzó a una de las piernas del monstruo, pero no vio lo rápido que se movió al lanzar una patada. El pequeño cuerpo del jedi salió volando de espaldas y chocó contra un árbol, lanzando un gemido de dolor. El rancor, lleno de furia y dolor, se lanzó sobre la pequeña víctima.
—¡No…! —gimió el jedi.
Al momento extendió la mano y de un costado uno de los troncos tirados por doquier se levantó del suelo con la fuerza de un ariete golpeando la mejilla del rancor. El monstruo perdió el equilibrio y cayó sobre su costado, pero siguió arrastrándose con la inercia directo a aplastar al jedi. El joven consiguió ponerse de pie y dando un gran salto con la fuerza, giró en el aire por sobre el rancor antes de que este arrollara el árbol y lo que había detrás. Al caer, el jedi rodó por el lodo. Tardó unos eternos segundos en conseguir levantar el cuerpo apoyándose en los codos, estaba adolorido y agotado, calado y frío hasta los huesos. El rugido del rancor le pareció lejano, pero al momento percibió el peligro en su interior y apoyando los pies se arrojó girando hacia un costado, en el preciso momento en que una gran roca cayó del cielo. El rancor arrancó otra gran roca de las raíces de la tierra y la aventó contra el joven jedi.
—¡Maldición!
El jedi no tuvo tiempo de tomar aliento y se volvió a arrojar hacia un lado esquivando la piedra, al momento corrió hacia los árboles y escuchando el estruendo de más rocas cayendo a sus espaldas, avanzó por entre el bosque rodeando al rancor, tratando de acercarse otra vez al monstruo desde su costado. Apenas los árboles se acabaron, y se vio en un claro a pocos metros del monstruo, su mano se dirigió a su shoto, un antiguo sable de luz poco conocido en tiempos actuales, que al empuñarlo reveló una hoja de luz azul mucho más pequeña que el de otros sables.
El rancor levantó una nueva piedra por sobre su cabeza apuntando al jedi, pero este arrojó antes su shoto como si fuera un puñal, cortando la distancia entre ambos. El pequeño sable de luz se hundió en el ojo del rancor. El monstruo lanzó un rugido y dejó caer la roca al suelo tomándose la cara con su garra. El jedi no perdió la oportunidad y dio un salto de fuerza de varios metros sobre una rama y, sin siquiera detenerse del todo, dio un segundo salto por sobre la altura del monstruo cayendo en su hombro. Empuñó su otro sable de luz, este era uno normal de color anaranjado, y lanzó un corte horizontal a la muñeca del monstruo. El rancor se sacudió de dolor y perdió fuerza sobre su garra, se movió con violencia queriendo sacarse al jedi de encima. Pero el jedi enterró su sable en la carne del monstruo para usarlo como un apoyo, extendió su otra mano hacia el horizonte y con la fuerza consiguió atraer la empuñadura de su primera espada. La atrapó, soltó su otro sable, se equilibró con ambos pies sobre el hombro del rancor, empuñó su gran sable de luz rojo con ambas manos y al momento de encender su vibrante hoja giró todo el cuerpo lanzando un feroz corte horizontal. El cuerpo del rancor se desplomó hacia atrás y su cabeza rodó en sentido contrario, hacia adelante. El jedi dio un brinco para separarse del cuerpo en su caída y giró por el suelo hasta conseguir detenerse.
La llovizna se convirtió en una lluvia constante. El jedi se levantó sentándose sobre las rodillas, dejando que la lluvia lavara su rostro, su cabello oscuro y su trenza cubiertas de barro y de sangre de rancor. Jadeaba agitado, tratando de recobrar el aliento, con la larga empuñadura de metal y cuero descansando sobre sus muslos.
—Bien… eh… sí… —tragó una larga bocanada de aire antes de recobrar un poco la calma—. Supongo que… con eso… no volverá a molestar a... las caravanas de los nativos… nunca más.
Mientras Akane echaba los ingredientes en la olla, con muy poca delicadeza y salpicando el contenido por todas partes, su mente divagaba en una conversación que tuvo con un querido y viejo colega de la orden. Era un jedi algunos años mayor que ella, que fue un gran y querido amigo de su familia, pues les había servido como guardián enviado por la orden en más de una ocasión. Podía recordarlo tan vívidamente como si lo tuviera de pie ante ella en ese momento, como si se hubiera trasladado a uno de los largos pasillos del templo jedi, viéndolo con las manos escondidas bajo las mangas y mirando el nostálgico atardecer de la siempre convulsionada Coruscant.
—¿Por qué dejaste de visitarnos? —preguntó Akane después de un cordial saludo tras haberse encontrado con él—. Todos te extrañan mucho, en especial Kasumi.
Recordó a la perfección el cambio que ese nombre obró en el rostro de Tofú. Su sonrisa se perdió por un instante, sus ojos temblaron y pudo sentir un extraño sentimiento proviniendo de él, una alteración en la sólida paz que Tofú emanaba siempre en la fuerza.
—Porque me sería más difícil… yo… Akane, perdóname, pero no soy tan fuerte como crees.
—¿De qué está hablando?
—Akane, ahora eres una jedi como yo, debes saberlo muy bien.
—¿Saber qué cosa?
Tofú se sonrió.
—Que a los jedi no se nos permite enamorarnos.
Un cuenco cayó al piso y Akane despertó de sus recuerdos. Otra vez estaba en esa oscura casa en medio de un húmedo bosque, en un planeta lejano. Pobre, pobre Kasumi, pensó Akane al recordar esas palabras, en especial porque había sido su hermana mayor la que le pidió contactar a Tofú para transmitirle sus saludos, pues estaba preocupada tras su repentino silencio en que parecía haber desaparecido del todo de la vida de su familia. Akane sabía de las miradas entre Tofú y Kasumi, de los sentimientos que ellos compartían, de la manera tan cándida y armoniosa que tomaba la fuerza cuando ellos estaban juntos. ¿En verdad podía ser algo malo? ¿Era el amor un enemigo de un jedi? ¿Un sentimiento capaz de crear podía ser el gatillo de la pasión, la inseguridad, la ira y el miedo, que llevan siempre al lado oscuro? Akane se pasó una mano por los ojos.
Sí, estaba llena de sentimientos, algunos incluso bordeaban la ira y el lado oscuro que le provocaba escalofríos. ¿Pero eran todos malos? ¿Todos sus sentimientos? Porque, a diferencia de Tofú, ella estaba en ese planeta por una razón y no era para escapar, mucho menos para intentar negar lo que ella sentía y creía la hacía más poderosa e íntegra, y más honesta como una jedi.
¡Maestra Cologne!, maestra Cologne, finalmente la encuentro. ¿Qué sucedió con Ranma? ¿Por qué discutió con el consejo jedi?
¿Discutir? Fue mucho más que eso, niña. Tu tonto maestro se negó a aceptar una moción disciplinaria, partió su sable de luz en dos y lo arrojó delante del consejo jedi, renunció a la orden.
¡¿Qué…?! ¡No, no es posible, ese tonto! Pero… ¿por qué? ¿Acaso se volvió un sith?
¿Sith?… Ah, ¿en esto se ha convertido la orden, en esclavos del miedo que tratamos de vencer? No, mi niña, no por dejar la orden uno se vuelve un sith. Quizás un jedi gris, eso sí, mientras no abrace el lado oscuro de la fuerza. Qué lamentable, y todo porque se negó a hacer lo que ellos querían.
¿Y qué querían? ¿Qué le pidieron a Ranma? Quizás sea un malentendido, tal vez se pueda solucionar todo si…
Niña, Akane, es más difícil de lo que crees. El concejo creyó que mi eterno aprendiz estaba andando por un camino peligroso, cada vez más cerca del lado oscuro, y quisieron que desistiera y reencontrara la paz por la que un jedi debería vivir.
Pero, ¿qué?
… Le pidieron que se alejara de ti. Le pidieron que se olvidara de ese sentimiento que, reconoció ante el consejo, siente por su antigua padawan.
Maestra Cologne…
Sí, mi niña, él te ama.
Akane hizo un respingo. Su corazón se llenó de emociones, de una intensa ansiedad que le erizó la piel. Pero ninguno de esos sentimientos eran miedo o ira. Se sentía en paz con la fuerza, no luchando en contra de ella por tenerlos.
Podía sentirlo caminando en el exterior, a muy pocos metros. Él había regresado.
Ranma se quejaba con cada paso. Su cuerpo, rostro y pelo estaban cubierto de lodo y sangre de rancor. En la espalda colgaba como un bastón la empuñadura larga de su sable de luz gigante y sus otros dos sables estaban unidos a su cinturón, pero uno de ellos estaba ennegrecido y dañado y ya imaginaba las horas que le costaría buscar un nuevo cristal en las peligrosas ruinas sith para hacerse de otro. A lo menos había acabado con el trabajo de hoy, pues sin pertenecer a la orden él seguía siendo un jedi, un jedi gris, y su deber lo hacía velar por la seguridad de los nativos que a cambio, agradecidos, le pagaban con chatarra.
—Juro que será la última vez que me enfrento a un rancor…
Se detuvo a la entrada a su campamento y levantó lentamente los ojos. Por un momento creyó estar soñando, que era alguna visión dada por la fuerza o quizás un síntoma temprano de demencia provocado por su aislamiento. El rostro más hermoso que podría haber conocido en cualquier sistema, el cabello oscuro y ojos como un precioso ámbar, y un cuerpo diminuto envuelto en un elegante traje blanco y celeste de la orden. Ella movió sus pequeños labios, temblando intensamente, susurrando su nombre como muchas noches soñó volver a escuchar.
—Ranma… ¡Ranma!
—Akane, ¿eres tú…?
Pero al momento el jedi se detuvo, al sentir un aroma provenir desde el interior de su casa. Era el hedor más desagradable que recordaba jamás haber sufrido, como si las entrañas de un rancor se estuvieran chamuscando en sopa hecha con el sudor de un gamorreano. Y al momento comprendió que su antigua padawan había intentado... cocinar… de nuevo.
—Sí, definitivamente eres tú —concluyó, con una sonrisa que mezclaba emoción y resignación.
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Fin
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Este año para muchos ha sido el más difícil de todos, pero siempre podremos contar con la fantasía para descubrir que incluso el color gris tiene muchos tonos distintos que le dan gran belleza.
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Nos seguimos leyendo.
