"Recuerda: el momento en que te sientes solo, es el tiempo que más necesitas para estar solo. Es la ironía más cruel de la vida." ~Douglas Coupland.


Habían pasado ya varios minutos desde que cayó en esa piscina y su cuerpo aún gritaba en agonía. Cada músculo le palpitaba. Las gotas de la lluvia parecían cuchillas que atravesaban su cuerpo. El zumbido martillaba sus oídos y juraba que su cabeza estaba a punto de explotar. Ésta última por fin cedió, lo que le obligó a buscar un escondite. Ascendió hasta los últimos pisos de un edificio, cuando miró de reojo ciertas figuras que reconoció a la perfección. Se contrajo en la escalera de incendios y cerró su hocico para que el sonoro siseo no la delatara.

Mh. Hocico y siseo.

La ventana del departamento anexo a la escalera descansaba cerrada. Tan sólo imploraba que quien viviera ahí no saliese, pues su grito claro que advertiría a los seres de quienes trataba de ocultarse. Aunque era escasa la iluminación, sus orbes modificadas le permitieron ver su reflejo. Por más que intentara alejar su atención del monstruo que le devolvía la mirada, se encontró a sí misma hipnotizada.

Un ruido, proveniente del interior del apartamento, la obligó a seguir con su camino aunque se arriesgara a ser vista. Logró saltar al siguiente nivel antes de que un hombre recorriera la ventana, viera a ambos lados y murmurara un par de insultos sobre los ruidosos gatos. Llegó a la azotea antes de que atrajera más atención y, por fortuna, la familia ya no estaba cerca.

Por fin podía gritar libremente.

Dejó caer su torso y la transformación comenzó. Como digna masoquista, adicionó una nueva agonía a su cuerpo adolorido. Una fuerza comprimió su cuerpo entero y estiró su piel hasta sentir que se la arrancaban. Con un jadeo, sus manos terminaron sobre los charcos que comenzaban a formarse en el cemento de la azotea. Abrió sus párpados y se reencontró con los colores llamativos que conformaban una nueva visión. Intentó rechinar sus dientes, pero dibujó más una sonrisa. Cuando su garganta superó las cuchillas que la arañaban, un grito realizó su camino hasta la boca.

Otro siseo fue lo que emanó.

La imagen del mutante reflejado en la ventana regresó a su mente, con escamas blancas cubiertas por una armadura morada, cuatro bocas, tres pares de ojos y tres cabezas (dos de ellas sin mente propia, aunque no podía dejar de pensar que en realidad eran las tres), una hilera de colmillos y cuatro más grandes retráctiles que, junto a su lengua bífida, daba salida a un veneno que podía ser escupido. Sin embargo, lo más llamativo eran los penetrantes ojos esmeralda con pupilas verticales, los "cuernos" que nacían a partir de sus párpados superiores (mismos que le daban una idea de la especie en la que se convirtió), y, lo más espeluznante, la cuarta boca que descansaba en la parte trasera de su cráneo; aunque resultó un arma bastante poderosa, al igual que la flecha en la que terminaba su cola, como lo atestiguó en la batalla de hacía unos minutos.

Su puño golpeó la zona más cercana e hizo que varias gotitas se unieran a la lluvia y salpicaran su rostro. El dolor regresó para recordarle las imágenes antes y después de caer en la maldita piscina verde. Sucedieron en cámara lenta: la sonrisa del líder en azul se esfumó al agacharse y evitar las cuchillas del hombre que cortaron la cadena, la única pupila funcional de éste se contrajo mientras ella caía y los rostros aterrados de los demás desaparecieron cuando hizo contacto con la sustancia.

Y, entonces, el infierno se desató.

Muchos niños anhelarían convertirse en un ser capaz de cambiar de cuerpo, pero la realidad era muy diferente. Su piel fue jalada con tanta fuerza que aseguró ser víctima de una desollación, su garganta y ojos se quemaron lo suficiente para ser destruidos, sus piernas y brazos fueron arrancados y permutados por nuevas extremidades. Lo último que recordaba, antes de encontrar un blanco en su mente, fue descansar su mano en el cristal del contenedor.

La imagen con la que despertó fue el cuerpo de su padre siendo comprimido bajo su cola.

Pese a las súplicas de su cuerpo por encontrar reposo, gateó hasta la orilla del techo y asomó su mirada hacia el suelo que yacía a unos seis pisos. Como se encontraba, no sobreviviría a la caída. De esa forma, su cuerpo dejaría de agonizar, él dejaría de lastimar, ellos dejarían de buscar y ella por fin encontraría la paz. Pero siempre supo que era una cobarde.

Sumó, por tercera vez, dolor a su cuerpo a medida que descendió hasta la calle. Hizo contacto con un golpe sordo que se mezcló junto al relámpago que iluminó la silueta de una serpiente mutante. Con la lluvia agarrando fuerza, encontró un punto seco en la esquina de tal callejón. Al mismo tiempo que se acomodaba en la típica forma que tenían los reptiles para descansar, indagó sobre lo que pasaría cuando la lluvia cesara. ¿A dónde iría? ¿Qué haría ahora? No era como si pudiese llegar a la puerta, tocar y esperar ser recibida con brazos abiertos; no después de lo que hizo. Ahora sólo le quedaba continuar, sola. Bueno, después de todo, siempre estuvo sola…, por lo menos, hasta que llegó con ellos.

Nunca habría podido imaginar un entrenamiento lejos de ser feroz, agresivo, peligroso y aterrador, y llegó con ellos. Mientras intentaban presumir sus habilidades enfrente de ella, no faltaron las bromas y los juegos, tanto que el maestro, avergonzado al ver que no podía confiar en sus hijos de tener una práctica seria, la acabó antes de tiempo. Y las cosas no cambiaban mucho del otro lado de la guarida.

Miguel Ángel no se alejó de ella desde que salió del dojo hasta que cayó dormido. Fue el encargado de mostrarle su nuevo hogar. Sin importarle en lo más mínimo la herida que consiguió en su brazo, saltaba a ella con muestras de afecto espontáneas pero con el mismo sentimiento: fraternidad. No se avergonzó al verse incapaz de devolver alguno de esos abrazos, pues se aseguró que algún día podría.

Donatello se encontró un poco molesto cuando el menor entró por delante, soltando mil preguntas por minuto; no obstante, su rostro se endureció cuando notó su presencia. Aceptó que se acercara a su mesa de trabajo y curioseara sobre el mutante con apariencia gelatinosa que yacía congelado a una esquina de la habitación. Aun así, ella se percató que el genio guardó su distancia y se mostró cauteloso ante sus movimientos. Pensó que se debía a sus acciones iniciales que involucraron a sus hermanos y a la princesa pelirroja que atacó innumerables veces. Tal vez algún día podría pedirles perdón.

Rafael estuvo gritando todo el tiempo que tuvo al de bandana anaranjada y a ella a sus costados. Él lo molestaba por el cómic que, al parecer, leía por quinta vez esa semana; ella decidió jugar un rato con el temperamento del oji-verde y le hizo explotar al cabo de unos segundos. Mientras el reptil soltaba millón de insultos y las carcajadas del otro sólo lo enfurecían más, el mayor de todos apareció para mantener un poco de orden y recobrar el silencio para irse a dormir. El hermano temperamental le juró que se vengaría en el entrenamiento del día siguiente y ella le gritó que, si él se seguía esforzando, algún día podría ganarle.

Leonardo mandó a los menores a sus habitaciones y se quedó en un incómodo silencio frente a ella, balbuceando preguntas simples como "¿Estás bien?", "¿Cómo te sientes?" o "¿Te gustó tu primer día aquí?". Mientras intentaba recuperar su habla y controlar su sonrojo, ella intentó recordar el día en que él dejó de creer en que había bondad en su interior, sin éxito, y su perseverancia rindió frutos. Por ello, le aseguró que, más que nada, gracias a él, por fin estaba en un lugar seguro. Él creyó en sus palabras y se retiró con una sonrisa. La fémina estaba segura de que algún día él podría ver detrás de sus mentiras.

Algún día. Algún día. Algún día. Algún día.

Su cuerpo al fin había encontrado reposo, pero su mente estaba lejos de acompañarlo. En cambio, rememoró las palabras de su padre. Por más que intentó obedecerlo, le fue imposible. Mientras estaba recostada en la alfombra del dojo, se halló dando vueltas y abriendo sus párpados en busca de algo que la distrajera de la estupidez que estaba por realizar. Porque no existía otra forma de explicar sus acciones: fue estúpido, tonto, idiota. Tenía mucho por descubrir y experimentar, y decidió escapar con la intención de vengar a alguien que jamás volvería; sin embargo, sabía que salió esa noche no por lo que le dijo su padre, sino por algo que se formó en su interior desde que se recargó en los barrotes de su celda: traición.

Un ruido sordo la obligó a abrir sus párpados. Aunque hubiera logrado descansar su cuerpo, las imágenes, que se repetían como una cinta cinematográfica, mantuvieron despierta a su mente, por lo que no le extraño sentirse exhausta aún cuando se tratara de un nuevo día.

Nubes pequeñas y grisáceas plagaban el cielo, debido a la lluvia que culminó a cierta hora de la madrugada. El Sol estaba en un ángulo elevado, sus rayos penetrando cualquier espacio que se le escapaba a las nubes. Las personas ya habían comenzado con sus días, pues varias de ellas atravesaban la entrada del callejón, sin importarles los seres que se ocultaban ahí.

Ella llevó su atención hacia el cuerpo del mutante. Éste le daba la espalda, presumiéndole los picos que conformaban su caparazón. A medida que se dio la vuelta, acompañado de lo que fue una mezcla de gruñido y bostezo, notó su gran tamaño y su gran diferencia que tenía con las otras tortugas. Por fortuna, no debía preocuparse de que esa criatura tuviera relación con los hermanos, así que regresó a su siesta. No obstante, cuando el ser se percató de su presencia, soltó una risotada que le obligó a abrir sus párpados en alerta.

―Bien dicen que un nuevo día siempre trae consigo algo ―pese al siseo que comenzó a emitir, avanzó hacia ella con paso seguro―. Eres una nueva hermana en la ciudad, ¿eh? Se nota que no sabes cómo funciona la cosa. El día no es seguro para nosotros, así que te sugiero descansar hasta que se oculte el Sol; eso sí, deberías buscar un lugar más…, oculto ―se detuvo al verla levantar la parte superior de su cuerpo en forma amenazadora, mientras siseaba con más fuerza y lo olfateaba con la lengua. Pareció entender el mensaje, pues se hizo hacia atrás―. Ya veo.

La serpiente permaneció en posición de ataque hasta que él saltó hacia la escalera de incendios y desapareció por las azoteas. Se aseguró que volviera a estar sola y se acurrucó nuevamente. Tras esa pequeña escena, supo que su nuevo cuerpo le facilitaba las cosas para ahuyentar a molestias…, o, por lo menos, a quienes tuvieran un poco de razón. Si sus cuerdas vocales reptiles se lo hubieran permitido, habría soltado un bufido en lugar de un corto siseo.

El mutante se detuvo enfrente de ella, con mayor cautela que antes. Al notar las pupilas de la fémina clavadas en los objetos que traía consigo, bajó con lentitud y colocó los regalos a escasos metros lejos de ella. Sin saber en qué momento saltaría a él con los enormes colmillos que poseía, desenvolvió el pedazo de carne y lo colocó encima de su propio plástico, antes de empujarlo hacia la reptil.

Ella olfateó con ayuda de su lengua, abandonó su pose de descanso y volvió a erguirse frente a él. Observó cómo se giró hacia el garrafón de agua que también trajo, al igual que un trasto de plástico; vertió el líquido en este último, hasta que se llenó y el garrafón terminó a la mitad de su capacidad. Llevó su mirada hacia el alimento y su rostro simultáneamente; era obvio que no confiaba del todo, a pesar del hueco que molestaba su estómago.

Esta vez, la tortuga sí entendió su lenguaje corporal. ―Tranquila. No hay suficientes mutantes para darme el lujo de envenenar a una. Está limpia, lo juro ―sonrió al verla arrancar un pedazo del jamón con ayuda de sus manos modificadas. Acto seguido, sostuvo de nuevo el garrafón y se levantó―. Es enserio, el día no es lo más seguro para criaturas como nosotros. Te lo digo como veterano de esta ciudad y mutante; después de todo, debemos cuidarnos entre nosotros, ¿no? ―ahogó una risa cuando alcanzó a ver el hueso de la carne; debió estar muy hambrienta― Cuídate, hermana.

No notó cuando el mutante saltó nuevamente a la escalera de incendios y se fue. Acabó con el alimento en cuestión de minutos; no podía decir que estaba llena, pero sí satisfecha y con las energías recuperadas. El agua también desapareció en un abrir y cerrar de ojos. Por un corto tiempo, olvidó por completo que acababa de devorar el alimento que un extraño le trajo; no le sorprendería descubrir que su cuerpo terminaría en el basurero después de ser envenenada.

Los ojos de la tortuga no irradiaban más que honestidad.

No tenía razones para desconfiar del mutante, pero sí para extrañarse. ¿Por qué un desconocido como él ayudaría a un ser que estuvo a milímetros de atacarlo e inyectarle veneno sin que ella misma lo supiera? Acaso, ¿sus colmillos no significaban suficiente peligro o sus ojos o cabezas?

Las palabras de la tortuga resonaron en su mente. A él no le importó en lo más mínimo su apariencia; sólo la vio como una nueva mutante que no tenía la menor idea de cómo sobrevivir en la ciudad. Y por eso la ayudó. Porque era como él, un fenómeno, un monstruo…, un mutante.

Todo gracias a Destructor.

Dejando que sus instintos animales la controlaran, su tercer párpado cubrió sus pupilas y no para hacer la función de parpadeo, sino para abandonar la visión con la que nació y dejarse llevar por la que adquirió. Un sonoro siseo salió de su garganta. Con su cola, estrelló el plástico hacia uno de los muros; rebotó entre las paredes hasta caer cerca de la salida del callejón. Usó sus extremidades para alzar el contenedor de basura maloliente que le brindó refugio durante la noche, y lo lanzó hacia la calle. Varias personas se vieron atraídas por la acción, pero ella ya estaba lejos de ser vista: abrió la tapa que descansaba en el suelo y se adentró en la alcantarilla.

La oscuridad de los túneles sucumbió ante su visión, lo que le ayudó a continuar con su camino sin rumbo. En verdad, ¿a dónde iba? Con cada esquina que cruzaba, todo parecía igual: las aguas negras, las paredes mohosas y el constante goteo. No conocía ningún lugar seguro, a excepción de…

Estrelló su cuerpo contra el muro hasta que el dolor recorrió toda su espalda. ¿Cómo si quiera se le ocurrió tal cosa? Después de todo lo que ocasionó, ¿de verdad creía que, si volvía con ellos, la recibirían con brazos abiertos y le ayudarían a entender todo lo que estaba pasando? No. Ya les había causado suficiente. Ella se metió sola en eso, así que saldría sola también. Después de todo, era una mutante, ¿no? Ahora era un ser capaz de alternar formas y destrozar cuerpos sin mayor dificultad. Es más, si quisiera acabar con el culpable de todo ello, lo haría sin problemas.

Su serpenteo ganó fuerza a medida que un siseo hizo eco en los túneles.

¿Cómo se atrevió el maldito? Después de todo lo que hizo por él, después de los años de lealtad incondicional y de realizarle sus trabajos sucios mientras él descansaba cómodamente en su trono… ¿era así como se lo pagaba? ¿Mintiéndole, traicionándola, arrebatándole la poca humanidad que aún le quedaba? Lo odiaba. Pero se odiaba más a sí misma por haber confiado en él. Ya no más. Acabaría con él. Acabaría con todo lo que construyó, con todo lo que consiguió, pero más importante aún: acabaría con el sentimiento de traición.

El suelo bajo su cuerpo se acabó y cayó varios metros hacia las aguas tratadas. Fue cuestión de suerte que aguantara la respiración cuando el líquido la atrapó. Ahí, descendiendo hasta el fondo, su tercer párpado regresó a su descanso y su visión, así como su cordura, regresó.

A pesar de todo lo que había experimentado, todavía no aprendía. Si no pudo hacer nada contra su antiguo maestro cuando aún era humana, ¿qué esperaba lograr con un nuevo cuerpo que no lograba controlar? Basta de acciones impulsivas y destinadas al fracaso. La última le costó todo y no dejaría que le costara a alguien más. Lo mejor era aprender, rendirse, desaparecer, huir. Y eso haría.

No tardó mucho en coordinar sus extremidades y encontrarse nadando a increíble velocidad hacia donde la corriente la llevaba. Se percató de su gran retención de oxígeno, pero, como buen reptil, tuvo que salir un par de veces a tomar aire antes de continuar. No supo cuánto tiempo estuvo nadando, cuando la corriente se hizo tan fuerte que, si hubiera querido luchar contra ella, habría perdido. Después de pasarla, una calma total. La superficie del desagüe se iluminó con la luz reflejada del cielo despejado. Nadó hacia ella y ya no encontró edificios, sino un prado verde. Se acercó a la orilla y su cuerpo volvió a sentir suelo, sólo que éste estaba cubierto de pasto.

Antes de tomar un merecido descanso, una ventisca la impulsó a continuar. Siguiendo al viento, se adentró en el bosque de coníferas. Sus alrededores le indicaron que no había nada en kilómetros, además de naturaleza y la casa abandonada a mitad del bosque. No tuvo que indagar tanto para saber que llevaba décadas (tal vez siglos), en ese estado: sucia, vieja y sola. No había nadie más que ella. Nadie que pudiera lastimarla. Nadie a quien pudiera lastimar.

Sola…, por fin estaba sola.

Mientras se acercó a la construcción, estudió el paraíso que la rodeaba. Podía escuchar los sonidos de animales que compartían su hogar. De algún modo u otro, le recordó a su tierra natal: pacífica, con un escenario que le serviría de protección cuando lo estudiara por completo y, lo más importante, solitario.

Además de su notoria extensión, la mansión estaba colocada en un lugar que, si alguien anhelara encontrarla, no podría. El desagüe estaba a dos kilómetros, dirección noreste de la entrada de la casa, el cual era la única fuente que conectaba con la ciudad. En sus alrededores, cientos, miles de coníferas la escondían del paisaje horizontal, a excepción del noroeste. Aunque en esa dirección también había árboles, un arroyo descansaba para brindar agua; sin embargo, le preocupaba que éste se secara con la temporada de sequías cercana y la proximidad del invierno.

La construcción, en sí, era maravillosa. Constaba de tres pisos, incluida la planta baja; esta última albergaba un salón de entrada (con muebles, en su mayoría sillones, polvorientos pero servibles), anexado a una cocina inútil por la ausencia de luz y gas, tenía más de cinco baños enormes (cada uno con sus dos bañeras y regadera), y cinco habitaciones que, en su momento, sirvieron como bibliotecas. Los dos pisos superiores eran idénticos: una serie de habitaciones, algunas más grandes que otras, se mezclaban con más baños. También había un sótano, cuyos cuartos eran de extensiones descomunales y estaban reforzados por muros y techos de metal. El edificio no era lo suficientemente alto para ver más allá de los árboles cuando subía a la azotea, lo que le facilitaba la labor de permanecer oculta.

Para una guerrera cuya vida entera estuvo repleta de entrenamientos exhaustivos en condiciones adversas, no le fue difícil encontrar un "patio de juegos". Las ramas de los árboles le ayudaban con sus acrobacias y poder de salto con el que su nuevo cuerpo contaba, los troncos creaban un laberinto que su agilidad debía vencer y la corteza de estos sucumbían ante las horas que pasaba golpeándola con ayuda de sus puños (casi siempre hasta que terminaban sangrando). Eso sí, sería mucho mejor contar con su sable para mejorar sus habilidades en ese entorno bendecido.

El único problema era la escasez de alimento. Se dio cuenta que no podría con la misma intensidad sin una comida decente en su estómago.

Mientras permitía que la luz entrara para contrarrestar un poco la humedad que trajo consigo una serie de animales como lagartijas, arañas y roedores, en su mayoría, se dio cuenta que ya había pasado un día desde que llegó y desde que comió por última vez. Al mismo tiempo que estudió sus alrededores, buscó señales de comida y lo único que encontró fueron los frutos del bosque que crecían en los arbustos. Sin embargo, de mala gana descubrió que su cuerpo mutante no toleraba nada de origen vegetal y las fuerzas le faltaban si sólo se alimentaba de eso en su cuerpo normal. Así que, después de un aislamiento de dos días, decidió regresar a la ciudad.

Decidió aventurarse durante el apogeo de la madrugada, para evitar cruzarse en el camino de los personajes a quienes evitaba; después de todo, ya conocía los horarios en que ellos salían de su escondite. Lo que más detestaba era no tener idea de la hora que era, pero confió en sus "habilidades" para tomar una corta siesta y que sus instintos la despertaran cuando fuese el momento.

Abrió sus párpados cuando le llegó a la mente el sabor de una bebida amarga.

Era noche de luna nueva, así que no debía preocuparse porque iluminara su silueta cuando llegara a la ciudad. No obstante, antes de preocuparse por eso, debía averiguar cómo lucharía contra la corriente del desagüe y lograría llegar al otro lado, sin contar la caída de varios metros que lo alejaban de las alcantarillas.

Bueno. Ahora que era una temida y depredadora serpiente morada y blanca, capaz de alternar sus cuerpos o convertirse en un híbrido…, debía usar eso a su favor.

Se dio cuenta que su mutación no fue una horrenda pesadilla y debía aceptarla tarde o temprano. Además de limpiar lo más que pudo y hacer habitable la mansión, pasó varias horas estudiándose a sí misma y acostumbrándose. En un principio, cambiar de cuerpos resultó casi igual de doloroso que caer en el mutágeno; sin embargo, permutó estos tantas veces fueran necesarias para que se acostumbrara a la sensación de que su cuerpo se comprimiera a tal grado que dejase de respirar. Era como alguna vez se lo dijeron: "Para generar dolor, primero debes aprender a soportarlo."

Cuando se detuvo enfrente de la corriente que golpeaba en dirección opuesta, bajó hasta la parte inferior, enredó su cuerpo como un resorte, se impulsó con su fuerte cola y atravesó la desembocadura. El resto del viaje lo realizó a gran velocidad y se percató que duró alrededor de media hora hasta llegar a la separación del desagüe con la cascada de aguas negras. Esa vez, se impulsó con uno de los muros, nadó como una flecha, venció a la gravedad al subir verticalmente y, en el momento justo, cambió de cuerpos y se sujetó con ayuda de sus manos para llegar a las alcantarillas.

No era como que supiera andar bajo tierra, por lo que salió a la superficie en cuanto se encontró con la primera escalera. Subió rápidamente a las azoteas y se aseguró que no hubiera nada relacionado con Japón buscándola. Fue entonces que decidió que era momento de buscar comida, carne si se pudiera. Sin embargo, parecía que la ciudad nunca estaría de su lado, pues se percató de una serie de disparos que provenían de un par de edificios lejos de donde estaba. Pensó en alejarse de la escena y de los alienígenas, cuando se percató del otro lado que luchaba contra ellos; reconoció de inmediato el olor de la tortuga.

Estuvo varios momentos meditando entre seguirse de largo o devolverle el favor que le hizo hacía unos días, y optó por este último. Regresó a su cuerpo reptil y serpenteó con ferocidad por las azoteas, hasta que llegó a su objetivo. Con un salto, atravesó a uno de los robots en el centro gracias a su cola, separó la cabeza del cuerpo con ayuda de sus manos modificadas y, cuando otro droide estuvo por dispararle, el arma del otro mutante lo lanzó hacia el piso. Ella saltó hacia el robot que le llegó por atrás a la tortuga y se aseguró de aplastar el cuerpo de quien manejaba a la máquina.

Un último chirrido electrónico le dio la bienvenida al silencio en el que ambos terminaron. Al mismo tiempo que él guardaba su lucero del alba, ella se aseguró que no hubiera más seres de otra dimensión y se dio la vuelta para proseguir con su camino. Siseó con fiereza cuando una mano la sostuvo de su brazo.

―Gracias ―la tortuga la soltó de inmediato mas no se alejó de ella―. No te volví a ver desde aquella mañana, pero me alegra ver que estás bien, hermana ―su lengua le olfateó una última vez y volvió a darse vuelta. Rápidamente, él se detuvo enfrente de ella y bloqueó su paso―. Escuché que los cerebros llamaron refuerzos y no tardan en llegar. Esta noche no es segura para dar un paseo. ¿Por qué no vienes conmigo? Mi escondite no está muy lejos. Ven.

La serpiente permaneció quieta aun cuando él saltó hacia la otra azotea, pero, al ver que no lo seguía, se volvió. Ella miró a sus alrededores para asegurarse que nada ni nadie se hubiera visto atraído por la reciente pelea y ahí se percató de lo mareada que se encontraba. No faltaba mucho para que su falta de energía acabara con ella. Sin la fuerza suficiente para continuar con una segunda pelea, siguió a la tortuga hasta dichoso escondite.

Ambos anduvieron por máximo cinco azoteas, hasta que la tortuga decidió bajar a la calle y dirigirse a una bodega abandonada. Mientras la serpiente se detenía detrás de él, éste levantó la puerta metálica para que ambos entraran. Después de que ella lo imitara, se aseguró que nadie estuviese cerca y volvió a cerrarla.

Ella permaneció cerca de la puerta, al mismo tiempo que el otro reptil se acercaba al centro del lugar. Como mantuvo su visión pegada al cuerpo de la tortuga, una punzada golpeó su cráneo en el instante en que él encendió un contenedor de basura para iluminar el centro, y sus orbes modificados no le ayudaron mucho. No tuvo mucho tiempo de tallar sus ojos, cuando él acercó una nevera y sacó un pedazo de carne, muy similar al que le regaló cuando se conocieron…, o, mejor dicho, cuando se vieron por primera vez.

―Mi nombre es Slash. ―ahí estaba; ahora sí se estaban conociendo.

No esperó a que ella le respondiera, así que sólo le tendió el alimento. Una sonrisa dibujó su rostro a medida que la escuchó rasgar la carne con sus colmillos. Eligió dejarla disfrutando del jamón mientras acercaba sus manos hacia el fuego. El invierno estaba cada vez más cerca y ya se sentía la disminución de temperatura en las noches y mañanas, por ello había considerado moverse a un lugar más cálido, pero, ¿a dónde podría ser? Sostuvo el garrafón de agua y se giró hacia la serpiente. En lugar de sus ojos esmeralda, se encontró con unos orbes ámbares.

La tortuga saltó hacia atrás y cayó de espaldas contra el suelo. Volvió a levantar su mirada para descubrir si se trataba o no de una ilusión, pero ahí seguía la chica, ya no una mutante. Avanzó hacia él con paso lento, con su mirada clavada en el garrafón que tenía a su lado. Él recordó lo que estaba haciendo, así que alcanzó un recipiente de plástico, vertió el agua y se lo tendió. Se mantuvo con la boca abierta mientras ella se sentaba del otro lado del contenedor encendido.

―¿Qué demonios eres?

Dejó que la pregunta resonara en su cabeza. Había muchas formas de responderle: un demonio, claramente, un monstruo, un mutante. Lo que fuera. Aunque en el fondo, la verdad es que ni ella misma lo sabía. El agua atravesó su garganta y eso le devolvió la fuerza para encontrar su voz, a pesar de que había jurado que ésta desaparecería entre la sustancia verdosa. Y decidió no averiguar si aún podía emitir algo más que siseos.

―¿Cómo te llamas? ―volvió a preguntar, sólo que menos agresivo. Notó la cautela con la que contaba la fémina, así que se acercó un poco― No voy a hacerte nada y, aunque quisiera, creo que estoy en desventaja contra ti. Lamento haber sonado grosero, es sólo que nunca había visto algo…, alguien como tú. Eres diferente a cualquier mutante que haya conocido. ¿Cuál es tu nombre?

―Karai.

Su voz sonó un poco rasposa y resultó molesta a su garganta. De alguna forma, se alegró de que su tono saliera con normalidad. Aun así, la verdadera incógnita era si alargaba cierto sonido en ese cuerpo o era exclusivo del otro.

―¿De dónde vienes, Karai?

―Creo que es muy pronto para preguntar cosas personales ―respondió más rápido de lo esperado, concluyendo que el sonido era particular de su estado reptil. Volvió a sorber del pocillo―. Pero…, te agradezco por la comida y el agua.

―De nada ―la acompañó con otro trasto lleno del líquido―. ¿Considerarías personal si te pregunto dónde te metiste en estos días?

Terminó su agua y aceptó que la tortuga, Slash, le sirviera más. ―Preferí buscar un escondite lejos de la ciudad, donde es un poco más…, cálido ―su aliento se evaporó cuando escapó su boca, lo que daba una señal de lo frío del lugar―. El invierno se acerca, ¿crees que sobrevivirás en esta congeladora?

―No tengo a dónde más ir. Los mutantes causan más terror que lástima, así que no espero que los humanos me brinden asilo por las bajas temperaturas, pero a ti… ―ahogó sus palabras cuando la mirada de ella se clavó en él, un brillo verde asomándose en la orilla de sus irises―, pareces bastante única como para terminar así por accidente. ¿Fuiste experimento del Kraang?

―Creí haber dicho que nada personal, Slash, pero, si esto hace que dejes de preguntar, fui experimento de un humano.

―Qué sorpresa ―exclamó con total sarcasmo―. Es divertido que ellos sean quienes dominen el planeta, aunque destruyan todo a su alrededor y cometan actos inhumanos. Creer que alguien te hizo eso, ¿qué mente tan retorcida pudo atreverse?

―Mi padre.

Con un rápido movimiento, se levantó y tiró el agua por accidente. Le dio la espalda a la tortuga antes de que siguiera hablando y tuviese que saltarle encima para callarlo. Había un tema por el que odiaba hablar de cosas personales y fue exactamente lo que salió de su boca. Caminó hacia la salida con la intención de salir de ahí de una vez por todas, pero las palabras del otro reptil llegaron hasta su pecho. Eran imágenes que ya había dado por olvidadas; todas ellas eran el recuerdo plasmado de lo que llegó a ser. Creyó que ya no la atormentarían, pero tampoco quería que se desvanecieran, porque, en cierto modo, había algo que añoraba del pasado: aún era humana, un ser conocido como destructor de todo lo que tiene a su alrededor, director de guerras sin sentido que acababan con inocentes…, pero humana.

Algo la detuvo de convertirse en serpiente y se encontró a sí misma volteando hacia el mutante. ―Mi lugar es espacioso y no le afectaría tener a otro mutante más, tiene conexión con la ciudad, así que puedes venir por suministros cada vez que hagan falta; es más cálido y solitario, por lo que no debes preocuparte de los extraterrestres o las personas ―alternó su cuerpo para el terror de Slash―. Eres libre de venir conmigo, si quieres. ―y regresó la maldición de alargar el sonido de la "s".

―Te advierto que soy malo como compañero de cuarto ―se levantó y apagó el fuego―, hago muchas preguntas personales.

―Todo a su tiempo, Slash, no hagas que me arrepienta.

El par salió de la bodega y regresó a los techos. Los dos siguieron el camino que ella recorrió antes, dado a que le era más fácil ubicarse en la superficie que en el subsuelo. Karai encontró la tapa de alcantarilla por la que salió, así que descendió del edificio, con Slash detrás de ella. Ambos se detuvieron enfrente de ella y a él le fue imposible ocultar su disgusto.

―Tu escondite no está en las alcantarillas, ¿verdad?

Ella negó. ―Debemos viajar por ellas para llegar ―abrió la tapa y notó su expresión, aún pensante―. Yo también me oculto de ciertos seres, así que no quiero encontrarme con ellos, pero si no nos apuramos, corremos más riesgo de chocar con su camino.

Slash obedeció, inseguro, y cerró la tapa detrás de él. Como pudo, logró seguirle el paso a la serpiente. Estuvieron corriendo por un par de minutos, hasta que ella giró por un túnel más amplio. Un poco de agua cayó en los ojos de la tortuga y, para cuando los abrió, se halló cayendo hacia las aguas. Salió a la superficie para inhalar un poco de aire antes de comenzar con el nado. Estaba seguro de que cualquiera se hubiese reído por su cómica caída, pero no Karai. Ella mantuvo una expresión indiferente y le indicó seguirle.

Dado a que la tortuga nadaba más lento, Karai se vio obligada a disminuir la velocidad. La media hora se convirtió en más de sesenta minutos para cuando llegaron a la corriente. A diferencia de la cascada de aguas negras, Slash logró coordinarse para atravesar la desembocadura. Ambos cuerpos se relajaron cuando llegaron al desagüe. Salieron del agua y continuaron con los dos kilómetros que los guiaban a la mansión.

En cuanto sus ojos se posaron en el edificio, sintió que todos sus problemas se habían acabado. La línea de árboles que les rodeaban creaba una zona mucho más cálida que su vieja bodega. Sólo debían viajar a la ciudad para conseguir su alimento, pero lo demás podían hacerlo ahí. Ya no había necesidad de escaparse o abandonar un lugar; estaban seguros ahí.

La tortuga se giró para agradecerle a la fémina, pero ya no se encontraba a su lado, sino que serpenteó hasta la entrada y desapareció en el interior de la mansión. Slash la siguió con paso más lento. No esperaba que ella se abriera de inmediato con él, pero se prometió que vería detrás de esa máscara que cubría su rostro y descubriría quién era…, le ayudaría a descubrir quién era.


O-o-okay~~ En la nota de autor anterior sólo me di la bienvenida a mí misma y escribí más cosas sin sentido. Ahora, es momento de entrar en trabajo y enfocarme en lo que realmente importa: la historia. Para resumir el ambiente, se trata de los eventos sucedidos "detrás de cámaras" (se podría decir); lo que se vivió mientras los cuatro hermanos tenían sus propias aventuras entre el episodio "La Venganza es Dulce" y el final de las series, y este capítulo sucede justo después de ese episodio. Como ya había dicho, es una idea que tuve hace aaañooos y apenas me decidí a retomarla; sin embargo…, seamos sinceros, ¿de verdad creen que Karai conoció a "Los Poderosos Mutanimales" sólo porque los hermanos Hamato se los presentó? Yo creo que… ¡upps! Los spoileé un poquito. My bad. Acepto cualquier comentario o crítica, gracias. Nos leemos en el siguiente capítulo. Bye-bye.