"La risa no es un mal comienzo para la amistad y está lejos de ser un mal final." ~Oscar Wilde.


Slash mantuvo su distancia y no porque se lo hubiera pedido, sino porque notó lo distante que ella era y decidió no presionarla. Llevaba ya una semana ahí y las únicas palabras que habían cruzado fueron las llamadas de Karai para salir a la ciudad por alimento y sus siseos cuando él soltaba una pregunta personal. Durante el día, era normal que cada uno estuviera por su lado. Él se paseaba por los alrededores para conocer su entorno o limpiaba la casa para que el polvo y suciedad no se convirtieran en una molestia; por su parte, la serpiente desaparecía todo el día en los bosques, haciendo quién sabe qué, hasta que un día él caminó cerca de donde ella estaba y la espió mientras practicaba artes marciales.

Él usaría eso para llegar a ella.

A diferencia de los demás días, tomó su arma y salió en dirección por donde había un camino de troncos con la corteza rasguñada, apenas reconocibles por la oscuridad de las hojas y el Sol comenzando a ocultarse para darle el protagonismo al otro astro. En medio de un sinfín de coníferas, yacía un prado con el pasto desgastado, troncos torcidos y ramas tiradas por el suelo. No le sorprendió saber que era obra de la fémina.

Ella estaba en una de las ramas bajas de un árbol, con su cuerpo humano, tomando un descanso después de la serie de saltos que realizó durante una hora. La mayoría de las personas que sometieran su cuerpo a eso, estarían sudando para ese punto, pero ella no, y no se debía a que no estuviese cansada, sino porque tan sólo ya no sudaba. Sus ojos ámbares se congelaron al ver el cuerpo del otro mutante. Las orillas de sus orbes empezaron a tornarse verdes y bajó de un salto hasta detenerse a unos metros de él. Su cuerpo ahora era el de serpiente.

―¿Qué haces aquí?

―Aún falta para que vayamos a la ciudad por el alimento, ¿qué dices si me uno a tu entrenamiento? Creo que sería más divertido luchar contra un digno oponente que árboles inmóviles.

Karai permutó de cuerpo y levantó una ceja ante la pregunta de la tortuga. Claramente era más fuerte que ella, con brazos potentes y piernas cortas pero rápidas; las púas sólo lo hacían ver más intimidante y no quería ni imaginar lo que podían hacer si aplastaran a alguien. También estaba su arma: lucero del alba; un mazo que podía destruir la cabeza de oponentes con un solo golpe. Eso y sumada su fuerza descomunal, haría que cualquier otra persona, si le preguntaran lo mismo, negara en el instante y eligiese vivir otro día, más si carecía de arma (como era su caso). Pero ella no. Era así como le gustaba una pelea: sin saber si podría ganar, con altas probabilidades de terminar lesionada y con la firmeza de aprender y desarrollar nuevas habilidades.

Ella dio unos pasos hacia atrás y dejó que él empuñara su arma. Sin embargo, cuando Slash se percató que ella no contaba con una, decidió guardarla.

―Mejor regresa si te da miedo atacarme cuando estoy desarmada. ―le fue imposible no devolver la sonrisa que el más grande dibujó, antes de que él sostuviera con firmeza el mango de su lucero.

Ambos descansaron una rodilla sobre la tierra y permanecieron estáticos por unos segundos, hasta que él corrió hacia ella con un rugido de fondo. En el último instante, Karai saltó y evadió el golpe que estaba dirigido hacia su costado. Mientras Slash se giraba para realizar el mismo movimiento, ella cambió a su forma híbrida, volvió a saltar y, con ayuda de su cola, propinó un golpe en la nuca de su adversario; la tortuga perdió el equilibrio. Karai aprovechó para atinar una serie de golpes en su pecho, inútiles gracias al plastrón que cubría su torso. El puño de Slash conectó con su costado y lanzó su cuerpo (completamente reptil) hacia un tronco; no obstante, su parte inferior le sirvió de anclaje y, como un resorte, regresó a él con la velocidad de una flecha.

El lucero golpeó su espalda y la mandó al suelo. Se alegró de que su armadura también estuviese adherida a la parte trasera de su dorso, pero se alegraría más si contara con su maldito sable. Antes de recibir un segundo golpe, giró todo su cuerpo y su cola golpeó las piernas de la tortuga, lo que le hizo caer de espaldas. Sin dejarle reaccionar, sostuvo el mango del mazo con la mandíbula de su extremidad izquierda y lo lanzó a un árbol, con la fuerza y precisión suficiente para que quedara clavado en su corteza.

Slash giró sobre su tronco y una de sus púas rasguñó la parte baja de la mandíbula de la serpiente, no lo suficiente para dejarle cicatriz, pero sí para hacerla sangrar. No le permitió alejarse lo suficiente y la sostuvo de su cola (cuidándose de la flecha en la que ésta terminaba), y la lanzó una segunda vez hacia los árboles.

Esta vez, ella no logró recuperarse a tiempo y su espalda recibió todo el impacto.

La tortuga ya estaba a escasos centímetros de golpearla con su puño, pero ella se arrastró entre sus piernas, entrelazó una de éstas con su cola y lo arrastró lo más que pudo antes de girarle la extremidad sin la fuerza necesaria para romperlo. Lo soltó cuando su otro pie le propinó una patada en el cráneo. Recibió un mar de golpes en su dorso, hasta que se cansó y saltó a su rostro con sus colmillos de fuera. Cayó en su engaño al hacerse hacia atrás, lo que le permitió entrelazar su cola en su abdomen bajo y tirarlo de espaldas contra el suelo. Atrapó sus manos con los hocicos de sus brazos (los colmillos clavados en el suelo, formando una especie de prisión), y le siseó en el rostro.

Sus jadeos se escucharon unos largos segundos, mismos que utilizaron para recuperar la respiración.

Karai soltó las extremidades de la tortuga. Se alternó a una de sus dos formas híbridas (con los brazos y el rostro mutante), pero permaneció en el plastrón de la tortuga. ―Nada mal para una pobre alma desarmada, ¿eh?

Regresó a la tierra y le tendió una mano para ayudarle a levantarse, acto que él aceptó.

―Ya te lo había dicho: estoy en desventaja contra ti.

Ella bufó en diversión y lo dejó recuperar su arma. Inconscientemente, llevó una mano hacia la herida que sangraba de su barbilla; si mantenía la presión suficiente, dejaría de sangrar para cuando regresaran a la mansión y pudiese desinfectarla bien. Los músculos aún le dolían después del sinfín de golpes. Estaba segura de que sería ella la perdedora si la tortuga exigía la revancha. No obstante, al verlo guardar su mazo, se dio cuenta que ambos habían tenido una corta pero productiva pelea.

Él notó su expresión pensante y supuso que quería saber algo. ―A mí no me molestan las preguntas personales; puedes preguntarme lo que quieras…

―¿Dónde aprendiste a pelear así?

A excepción de eso.

Una serie de imágenes surcó la mente de la tortuga. La mitad de ellas le hacía hervir la sangre y la otra le hacía generar lágrimas y no para fines biológicos. Empuñó con fuerza el mango de su arma y apretó su mandíbula.

―No es fácil responder cosas personales, ¿verdad? ―preguntó ella al notar la incomodidad en su presencia― Está bien. Entiendo. Todos tenemos secretos y respetaré los tuyos…

―Estuve… ―interrumpió a la fémina―, viendo a alguien por varios años y aprendí de sus movimientos.

Karai sonrió de lado. ―No me convencerás de que también suelte mis cosas, Slash, pero sigue intentándolo ―cuando le devolvió el gesto, ella estiró sus extremidades y se dispuso a regresar a la casa―. Saldremos en un par de horas. Hay que tomar unas horas de descanso antes de salir y encontrarnos con tu peor enemigo, ¿no crees?

―No todos tenemos tu capacidad de salto ―le siguió de cerca, con dirección a la mansión―, pero creo que voy mejorando en escalar el muro, ¿ah?

La fémina ahogó una risilla y eso le dio paso al silencio en el que ambos caminaron por un par de metros.

―Yo no sé qué especie de tortuga soy.

Su garganta emitió una corta carcajada. ―¿Es enserio?

―Si prefieres que te pregunte la razón por la que una kunoichi está desarmada…

―Al principio creí que era una serpiente del desierto, ya sabes…, por los cuernos, pero dudo que puedan nadar y escupir veneno.

―¿¡Puedes escupir veneno!?

―Tengo cuatro bocas y, ¿eso es lo que…?

Un sonido, semejante a un golpe, interrumpió la extraña plática. Con una mirada, Slash volvió a empuñar su lucero y ella cambió a su cuerpo reptil. Ambos avanzaron con gran velocidad entre las ramas y hojas. El costado de la mansión apareció en su rango visual, pero, al ver los dos seres que estaban cerca de ella, permanecieron ocultos en los arbustos.

―¿Qué hacen esos dos aquí?

―¿Los conoces? ―los sonidos alargados regresaron.

―Fuimos prisioneros del Kraang al mismo tiempo. No los he visto desde que…, nos rescataron.

Tenía una idea de lo que quiso decir, pero ella lo dejó pasar y se enfocó en los dos mutantes que se veían bastante intrigados por la mansión. Uno de ellos le resultaba conocido: parecía una planta gigante con manos en forma de planta. ¿A quién le recordaba? El otro, quien no dejaba de gritar con molestia, era una araña negra y roja; viuda negra, tal vez.

―¿Les gusta causar problemas?

―Para nada.

La araña rompió una de las ventanas de la planta baja, lo que hizo que Slash se tragara sus palabras. Antes de que pudiera reaccionar, la serpiente ya había salido de su escondite y serpenteó hacia los dos mutantes. Golpeó al arácnido antes de que se girara por completo hacia ella y se colocó encima de él, con sus dos brazos siseando de manera amenazadora.

―¿Cómo encontraron este lugar? ―alargaba más el sonido cuando estaba enojada.

―Tranquila, tranquila, viborita.

―No me llames así. ―extrañamente el mutante-planta respondió al mismo tiempo que ella.

―¿Quiénes son y qué quieren? ―al ver que no respondía, ella aplastó más su cuerpo y acercó sus cabezas― No lo preguntaré una segunda vez.

―¡Alto!

Slash emergió de los arbustos y detuvo el ataque que estaba por realizar el otro mutante. Éste se giró hacia la tortuga, mientras la araña sólo pudo levantar su mirada y observarlo con un par de sus ojos, pues los demás estaban congelados bajo la presión que originaba la serpiente.

―¡La tortuga gritona! ―exclamó la planta― No te vemos desde… ¿cuándo, Víctor? ¿Desde que escapamos de los extraterrestres?

―¡Sí, sí! No paró de chillar durante todo el rato que estuvo ahí. Fue la hora más larga de mi…, ugh ―cerró todos sus párpados al sentir el peso de la reptil sobre él―. ¿A-alguien quiere quitármela de encima?

―No has respondido a mi pregunta.

―Preguntas, querrás decir.

Antes de que pudiera encajarle los colmillos, Slash la sostuvo desde atrás y la atrajo hacia él, apartándola del cuerpo de la araña y ganándose uno de sus ya reconocidos siseos. La tortuga se alejó unos pasos y bajó sus manos cuando ella se relajó un poco. Se volvió hacia los mutantes.

―¿Qué tal les ha ido?

Karai miró de forma perpleja al otro reptil. Cómo le hubiera encantado encarnarle una ceja…, y tal vez un colmillo.

―Todo pintaba bien desde que regresamos a la ciudad ―la araña respondió―, pero los cerebros se han convertido en una plaga y nos cansamos de huir de ellos cada noche. Salimos de la ciudad con la esperanza de encontrar un retiro digno de viejos mutantes…, y debo decir que ustedes, mis amigos, encontraron un paraíso; escondido, solitario y cerca de la civilización. ¿Qué más se puede pedir?

―Me imagino que ahora querrán jubilarse aquí. ―dedujo la fémina.

―Sí.

―Por supuesto.

―Búsquense otro bosque. ―sin más qué decir, atravesó al trío de mutantes y serpenteó hacia la entrada de la mansión.

―¡Karai! ―Slash le detuvo su andar. Se acercó a ella con la intención de que los otros no lo escucharan― Están en nuestra misma situación; sólo quieren escapar del Kraang…

―Tú estás escapando del Kraang, yo no.

―El punto es que estás escapando de algo, ¿no? ―el silencio de ella le respondió― No podemos darle la espalda a unos hermanos…

―El bosque es enorme. Sin ningún problema, pueden ir más al norte o al este o al oeste. ¿Quieren paz y tranquilidad? Las montañas están desocupadas.

―Pero éste es el único punto cercano a la ciudad.

Ella miró de reojo al par, quienes desviaron su atención de inmediato. ―Sí sabes que dejarlos significa mayores probabilidades de que alguien nos encuentre, ¿verdad?

―Podrían servir de vigilancia mientras nosotros conseguimos la comida.

―Tienes una respuesta para todo, ¿no?

Esa vez que sonrió, Karai no pudo devolverla. Culpó a su estado animal por carecer de labios. Aunque no entendía el sentimiento de compañerismo con el que la tortuga contaba, aceptaba que fue la razón por la que aún estaba consciente y no yacía desmayada en alguna parte de las alcantarillas. Se volvió hacia los mutantes y alternó sus cuerpos. Como ya se lo imaginaba, ambos soltaron gritos que parecieron más chillidos.

―¡Eso da miedo, chica! ―gritó el arácnido― Avisa a la próxima que hagas eso.

Karai rodó los ojos e ignoró su comentario. ―Pueden quedarse pero en los alrededores; por si no lo han notado, la mansión no es lo suficientemente grande para ustedes dos. No rompan más ventanas, no me molesten y el alimento lo buscan ustedes.

Slash siguió el cuerpo de la fémina hasta que desapareció tras la puerta. Se volvió hacia el par y se alzó de hombros, antes de adentrarse también en la mansión. Cuando ya no escuchó su siseo, supuso que ya estaba en una de las habitaciones del piso superior. Él se mantuvo en la planta baja y se dirigió a uno de los cuartos que antiguamente fueron bibliotecas, el único cuya entrada tenía el tamaño suficiente para que entrara (aunque un par de sus púas rasgaban la parte superior). Se acomodó en uno de los rincones para tomar unas horas de sueño antes de que llegase la hora para salir a la ciudad.

Todo lo contrario sucedió con Karai. Pese a que la chica sí se acurrucó dentro de la habitación que ya había reclamado de su propiedad, le fue imposible cerrar sus párpados. Y la razón era, en efecto, el par de mutantes, al parecer, nuevos; mejor dicho: el que parecía planta.

―Te lo digo, Víctor ―escuchó al susodicho hablar desde fuera de la mansión―, ya había visto a la niña-serpiente en uno de mis encuentros con las tortugas.

―¿¡Ah!? ¿Con las ranas kung-fu?

Muchos se habrían reído, pero ella lo consideró bastante serio como para encontrarlo cómico. En efecto, la primera vez que vio a esa alga mutante fue en una noche de encuentro con las tortugas. Jamás hubiera imaginado que todo eso originaría un sinfín de tragedias. Aunque, ahora que lo pensaba, todo inició desde que la obligaron a tomar ese avión y cruzar el océano hacia nueva tierra. No. Había iniciado desde antes. El infierno comenzó desde el día de su nacimiento.

Sin embargo, para ser sincera (y ella casi nunca lo era), no consideraría toda su vida como un infierno. Sí. En sí, su completa existencia no era más que una mentira, un trofeo pulido por alguien que, en lugar de colocarla en un pedestal, la convirtió en un arma sin la capacidad de sentir. De hecho, aunque fuera considerada una escoria por el mundo, le gustaba su vida cuando aún no descubría que era sólo un engaño. La adrenalina, el terror y el poder. Cómo le gustaba el poder. Tal vez esa era la razón por la que extrañaba su antigua vida: tenía el poder para moldearla como quisiera, tenía el control total de ella misma.

O eso era lo que se obligaba a pensar.

Después de estar varias horas con los párpados cerrados, sin lograr conciliar el sueño, abandonó su estado de descanso y se irguió hacia la ventana. No vio a ninguno de los "nuevos inquilinos", así que imaginó que podría tener un tiempo sin escuchar sus chillidos o comentarios. Saltó por la ventana y cayó al suelo con un ligero golpeteo. Se mantuvo un rato quieta para asegurarse que la tortuga no se hubiera despertado. Cuando lo confirmó, alternó sus cuerpos y se dirigió al espacio que estableció como su "patio de juegos".

Aún faltaba un rato para que Slash y ella se aventuraran en la ciudad, podía sentirlo en su garganta libre del anhelo de cierta bebida caliente, por lo que decidió calentar un rato su cuerpo humano. Y, ¿qué mejor forma que golpear la corteza de los troncos con la simple fuerza de sus puños?

Detuvo su andar frente a un árbol que apenas había sufrido bajo sus ataques. Se colocó en posición de pelea (con sus dos brazos levantados y protegiendo las costillas, sus pies a la altura de los hombros y uno ligeramente más adelante del otro), y conectó su puño derecho con el centro del tronco.

El golpe resonó en los alrededores. Varios animales, los cuales habían encontrado un momento de descanso a esas horas de la madrugada, despertaron y, ante la conmoción, emprendieron huida. Pequeños mamíferos, aves, reptiles e insectos salieron de sus escondites en completo terror…, y algunas arañas también.

―¡Oye, oye! ―una voz exclamó entre la serie de puños con los que ella golpeaba al pobre árbol.

Karai detuvo sus ataques y levantó la mirada hacia el dueño de la voz. Encarnó una ceja al encontrarse con nadie más que la araña mutante, quien decidió hacer su cama en uno de sus tantos árboles que usaba como oponentes, como si no hubiera cientos, miles, de árboles más.

―¿No crees que es mala hora para despertar a los vecinos con tus ataques de ira?

―¿Qué vecinos? ¿Las arañas? ―sonrió ante el gruñido que salió de la garganta del arácnido― Este árbol es mío. A menos que quieras sufrir bajo mis constantes "ataques de ira", te recomiendo buscar otro lugar para dormir.

―Si no incluyes tu modo-serpiente, entonces no me importa. ―regresó a su pose de descanso.

Ella obedeció a sus palabras y continuó golpeando. Añadió patadas, lo que ocasionó que el tronco vibrara de raíz a copa.

―¡Por el amor de Dios! ―él golpeó la rama en la que estaba― ¿No puedes buscar otro árbol, no lo sé, lejos de aquí?

―Ustedes quisieron mudarse. Lástima.

―Jamás creí que las serpientes fueran un dolor en el trasero.

―Siempre estoy dispuesta para desmentir estereotipos de mierda.

―¡Oh, oh, oh! ―se sentó en dirección a ella al mismo tiempo que se cruzaba de brazos― Pero si la niña tiene una boquita grande para ser tan pequeña. ¿Papá no te enseñó un poco de modales?

La sangre de la fémina hirvió y su expresión dura habló por ella. ―Mi padre tenía otros métodos de enseñanza ―golpeó la corteza con tanta fuerza que sus nudillos tronaron―, como lanzarme a una cubeta de mutágeno.

―Y yo que creía que el mío era una perro ―relajó sus extremidades y descansó sus pies―. Digo, si existiera el premio al "peor padre del mundo", lo nominaría por abandonar a mi madre, dejarme moribundo después de una golpiza causada por su whisky barato y tener el descaro de invitarme a su boda con una niña más joven que yo.

―¿También te secuestró?

―Ya es muy tarde para preguntárselo, pero no me sorprendería ―bajó su mirada y se percató de los ojos de la chica clavados en él―. Sí. Algunos tienen un padre cuentacuentos, aficionado de lo que haces en la vida o como la mejor fuente de deseos…, y, ¿dónde están? Sentados en una oficina de un metro por un metro o sin saber qué hacer con la fortuna que se les regaló sin mover un dedo. ¡Míranos a nosotros! Una serpiente y una araña, peleando por un árbol a mitad del bosque…, dime, ¿quién no envidiaría esta vida?

Cuando el artrópodo intentó sonreír, Karai pensó que se convirtió en una de las peores imágenes de las que fue testigo. Aun así, se halló a sí misma soltando fuertes carcajadas y contagió al otro mutante. Lejos de sonar falsas, ambos disfrutaron el momento, como si se tratara de una forma de olvidar la triste realidad (que dudaban fuese fruto de envidia), en la que estaban atrapados. Estaban seguros que el otro par de seres se verían atraídos por los sonidos guturales (una mezcla de gruñidos y silbidos), que emitía la araña. Poco les importó y continuaron por varios segundos más.

Karai fue la primera en tranquilizarse. ―Jamás creí que las arañas fueran malas comediantes.

―Siempre estoy dispuesto para desmentir estereotipos de mierda ―bufó cuando ella volvió a sonreír, y se recargó de nuevo en el tronco―. Entonces, ¿cómo funciona esto? ¿Nos turnamos para vigilar la casa? ¿Cada quién por su lado…?

―Slash opina que tú y tu amigo…

―Su nombre es Víbora ―le interrumpió―, y el mío es Víctor; gracias por preguntar.

―Sí, sí. Mi nombre es Karai, mucho gusto. ¿Quieres comer o no? ―rodó los ojos, aún con una sonrisa en sus labios― Mientras Víbora y tú hacen de vigilantes, Slash y yo nos encargamos de la comida, ¿qué dices?

―Quiero una res entera, no importa si está cruda.

―Me agradas, Víctor ―una sensación sedienta en su garganta le hizo alejarse del tronco; ya era hora de aventurarse a la ciudad―, pero no te excedas.

Víctor la vio darle la espalda y empezar a caminar hacia la mansión. ―¡Karai! ―esperó a que se volteara hacia él― Llámame Vic.

La fémina continuó con su camino, acortando la distancia entre ella y los sonidos de ramas quebrantándose y hojas siendo sacudidas. Cuando ella rompió una rama bajo su pie y los ruidos del bosque cesaron, supo que tenía suficiente.

―Tu tamaño podría resultar un problema ―miró de reojo a su derecha―, debes trabajar más en eso.

Slash emergió de los arbustos y caminó al costado de ella. ―¿Ahora debemos traer una vaca entera? ¿Cómo cargaremos con todo?

―Ya nos arreglaremos ―llevó una mano hacia su barbilla y recordó la pequeña herida que no trató; sólo esperaba que no se infectara tras sumergirla en aguas negras―. ¿Sabes de qué se alimenta la pla… ―aclaró su garganta―, Víbora?

―Me lo encontré hace rato y dijo que no le molestaría un poco de fertilizante.

Por centésima vez en esa noche, rodó los ojos, antes de cambiar de cuerpos y comenzar con su serpenteo, lo que indicaba el inicio de su búsqueda de alimento. Llegaron al desagüe y se adentraron en las aguas. Atravesaron la corriente con facilidad, gracias a toda la semana que ya llevaban luchando contra ella. Tardaron la hora en llegar al muro. Mientras Karai utilizaba su técnica, Slash tardó un par de minutos en escalar y combatir la caída de agua. Como ya habían estado varios días en esa situación, habían aprendido a viajar por las alcantarillas, y salían a la superficie cuando su punto estuviera cerca.

Ninguno de los dos lo sabía, pero ambos tomaban cautela de no cruzar caminos con ciertos héroes nocturnos.

Karai escaló por delante de la tortuga, quien cerró la tapa detrás de él. Ascendieron rápidamente a las azoteas. Guiados por el olfato de la serpiente, se dirigieron a un lugar en especial. ¿Su objetivo esa noche? Una carnicería. Además de los mariscos para la tortuga y los pavos para ella, ahora deberían cargar con el cadáver completo de un bovino y, al parecer, pasarían a un invernadero por bolsas de fertilizante.

Después de atracar las carnes más pequeñas, acordaron que ella iría por la materia orgánica mientras él averiguaba la forma en cargar la res y mantener su ritmo. Karai dejó el alimento resguardado dentro de una pipa de agua seca y serpenteó hasta donde ya sabía que estaba la casa verde. Sin importarle la presencia de algún método de seguridad, atravesó una ventana y la alarma se disparó. Tras soltar un par de insultos en su lengua natal, se apresuró en tomar unas cuantas bolsas y salió tan rápido como entró.

La policía de Nueva York era famosa por ser lenta y poco efectiva, por lo que no esperó a que se apareciera tan deprisa. Así que, cuando el contenido de una de las tres bolsas comenzó a dejar un camino detrás de ella, se extrañó porque estaba segura que se trató de un disparo. Sin embargo, cuando otra arma responsable (idéntica a la primera), se clavó en el poste a escasos centímetros de su cabeza, hubiera preferido que se tratara de los uniformados.

En cuanto un gruñido le dio la bienvenida al cuerpo que casi le cae encima, lanzó la bolsa ya vacía hacia sus captores y emprendió huida con la velocidad nata de un reptil. Logró burlarlos lo suficiente para llegar a una azotea, un par de edificios lejos de donde se reencontraría con la tortuga.

Un chirrido, parecido al maullido de un gato en una pelea, la obligó a voltearse en el momento justo en que otro shuriken fue lanzado a su cabeza. Al mismo tiempo que más robots aparecían de un costado de la azotea, ella serpenteó a un lugar seguro donde ocultaría las bolsas restantes. Se negaba a regresar al invernadero que, en ese momento, ya debía estar rodeado de oficiales y el dueño del lugar.

―Karai, Karai, Karai ―una voz cantó mientras el dueño se acercaba a su escondite; no necesitó pensar mucho para saber que era Bradford―. El clan no es lo mismo sin ti. Ven con nosotros y te ayudaremos a recuperar tu humanidad. Después molestaremos a Xever golpeando el cristal de su pecera, como en los viejos tiempos. ¿Qué dices?

―No me tientes, niño consentido ―escuchó al nombrado hablar―. Ya he tenido mucho con una semana sin descanso por buscar a la serpiente ―un silbido le indicó que el brasileño empuñó su arma favorita―. Vamos, mocosa, ¿no quieres volver a ver a papi?

Dejó que se acercaran lo suficiente, antes de saltar y escupir a los ojos de ambos; el canino lo evitó, pero no el pez. Contó cerca de una docena de Robopies. En un abrir y cerrar de ojos, la mitad de ellos habían sucumbido a sus extremidades, la otra mitad aprendió sus movimientos de inmediato. Al mismo tiempo que Chris rasguñaba su armadura de la parte trasera, Xever se recuperó y, junto a los droides, la atacaron con armas empuñadas. Mientras evadía a estos últimos, no se percató del lobo cayéndole encima. Siseó con fiereza y agitó su cuerpo, fallando ante la misión de escaparse.

Xever se detuvo a unos centímetros enfrente de su cabeza. Traía consigo una especie de pinza eléctrica ―Y creer que eras un arma seductora letal. Es una lástima que hayas terminado así.

―¡¿Quieres dejar de coquetear con la hija del maestro?! ―gritó Chris con dificultad, pues el reptil comenzó a agitarse y girar sobre su tronco― ¡Atrapa su cuello!

Un rugido respondió a la orden del lobo. Acto seguido, el cuerpo de Xever terminó del otro lado de la azotea, acompañado de partes de algunos robots. Con Chris distraído, Karai aprovechó para librarse de él: lo empujó con la fuerza de su cola y lo derribó del edificio. Ella entendió la mirada de la tortuga, por lo que se apresuró en recuperar las bolsas de fertilizante y siguió de cerca al reptil.

―¡Garra de Tigre! ―Xever gritó desde atrás― ¡Va en tu dirección!

Karai intentó informarle a Slash, pero fue tarde: delante de ellos, el felino bloqueó su camino y comenzó a disparar con sus famosas pistolas. Otra docena de robots lo acompañaba de cerca. Con sus propulsores, se mantuvo en el aire con sus dos armas empuñadas.

―Veo que conseguiste un nuevo amigo, niñita, ¿prefieres que le corte la garganta o te rindes? ―sorprendentemente Slash colocó un brazo enfrente de ella de manera sobreprotectora. El tigre encarnó la ceja de su único ojo― Este problema no te incumbe, tortuga, sólo te daré una oportunidad: vete y olvida este asunto; ella no vale la pena.

―Lo siento, gatito, pero no les dejaré llevársela sin una pelea.

―¿Por qué todas las tortuga son tan nobles? ¿Ah? ―la única respuesta que obtuvo fue la lengua bífida de la fémina olfateando al aire― Como quieras. Pero tú, Karai, vendrás conmigo por las buenas ―colocó un dedo sobre el gatillo de la pistola de hielo―, o por las malas.

Slash lanzó la res, que descansaba en su espalda, hacia el felino; los propulsores de éste fallaron ante el cambio de peso y centro de gravedad, y lo llevaron hacia el costado. Detrás de ellos, el otro par de mutantes se había recuperado para continuar con la lucha; delante, la docena de robots iba a por ellos. Karai arrojó las dos bolsas hacia sus viejos compañeros, cuyas visiones perdieron ante la tierra y materia muerta.

Sólo quedaban las máquinas, pero el varón tenía otra idea.

La tortuga sostuvo un brazo de la fémina y la dirigió al edificio donde se supone se iban a reunir. Ella aprovechó los pedazos de metálicos inertes y se apropió de una katana; ya estaba harta de carecer de una arma que no fuese parte de su cuerpo. Llegaron con los robots pisándoles los talones, por lo que se apresuraron en recoger el poco alimento que consiguieron y emprendieron regreso a la tapa de alcantarilla por la que emergieron.

Con los chirridos de los droides haciéndose cada vez más lejanos, cerraron la tapa detrás de ellos. Sus jadeos hicieron eco en los túneles. Al cabo de unos segundos, Karai permutó de cuerpos. En una mano cargaba gran parte de los alimentos, en la otra, la katana robada.

―¿P-por qué? ―cuestionó entre jadeos― ¿Por qué me ayudaste?

―Estamos juntos en esto, Karai, no te dejaré sola.

Le sonrió de una forma tan honesta y tranquila, y no pudo devolverla. No pudo culpar su cuerpo reptil en aquella ocasión, sólo a su falta de sentimiento. Quería devolverle el gesto, porque era seguro que no le agradecería en voz alta. Ninguna de las dos cosas logró hacer. No se dio cuenta, pero sus ojos hablaron por ella.

―Ven ―habló nuevamente él―. Todavía pueden encontrarnos.

Se dejó guiar por los túneles, con el sonido de sus pasos luchando contra la oscuridad. Había algo en la tortuga que le hacía sentir segura. No sabía qué era, pero se aseguraría de descubrirlo. En ese momento, lo más importante era regresar con el alimento conseguido…, y buscarle una explicación a Víctor de por qué no consiguieron su res entera.


Sé que anteriormente di un adelanto sobre la supuesta próxima y tal vez no oficial aparición de nuestro segundo equipo favorito de mutantes; sin embargo, ¿alguien imaginó que también participarían más mutantes? En este capítulo fue el turno de Vic y Víbora de brillar, ¿de quién será la próxima vez? Y, además, ¿será posible que la relación entre Slash y Karai cambie? ¬w¬ Ya se revelará~~ Nos leemos en el siguiente capítulo. Bye-bye.