"Después del amor, la simpatía es la pasión divina del corazón humano." ~Edmund Burke.
Los reclamos de Víctor dieron inicio al nuevo día. Sus gritos despertaron a la primera mutante que residió en aquella mansión. Mientras ella escuchaba sus argumentos, las disculpas de Slash y las risotadas de Víbora, llenó su estómago con la parte que le correspondía del alimento conseguido y, por fin, atendió las heridas que recibió en su última pelea, así como el rasguño que consiguió en la barbilla durante su combate contra la tortuga. Al mismo tiempo que reabrió esa herida, el brillo de la katana (recién robada), resplandeció por los rayos del Sol que entraban por el espacio que alguna vez fue una ventana. No obstante, al sostenerla, se dio cuenta que aún había un mayor resplandor, oculto por la inevitable suciedad. De hecho, su armadura era víctima de lo mismo.
Decidió aventurarse al arroyo para tener una sesión de limpieza mientras esperaba por el anochecer.
Karai se aseguró de que el trío de mutantes siguiera en lo suyo. Guardó la espada en el espacio de su cinturón, cambió de cuerpos y saltó por la ventana. Con los demás distraídos, se dirigió velozmente hacia el arroyo; la disputa se escuchaba hasta ahí. Acercó una de sus cabezas hacia su costado y buscó el mango del sable, pero solo sintió la hoja; cuando intentó jalarla, una sensación de dolor le recorrió su parte inferior. Se giró y, para su terror total, vio que un cuchillo salía desde su costilla, como si se tratara de una púa. Antes de comenzar a hiperventilar, regresó a su forma humana.
La katana volvió a descansar en el espacio en que la colocó desde el principio.
Con cautela, ella llevó su mano hacia el mango, lo sujetó con fuerza y lo empuñó; la velocidad de la hoja creó su sonido característico. Como si de algo maldito se tratase, colocó el arma en el borde del arroyo y se alejó. Se cambió a una de las formas híbridas, con su parte inferior de reptil y la superior de humana, y la púa ya no estaba.
―Muy bien ―murmuró para sí misma y recuperó sus piernas―, esto da miedo.
Era la primera vez que lo notaba, pero ahora todo cobraba sentido. Era la razón por la que su armadura se unía a su cuerpo mutante y se separaba cuando regresaba a la normalidad. Comenzó a ver un patrón: cualquier cosa inanimada con la que tuviera contacto durante su alternancia de cuerpos, se fusionaba a su forma mutante. Aunque, tras recordar el alimento que cargó la noche anterior y que no sufrió el mismo destino, tal vez estaba equivocada. No lograría nada si continuaba con hipótesis sin sentido, así que se acercó al arroyo con la misión de limpiar la hoja.
Su reflejo la dejó helada.
No recordaba ocasión en que no saliera sin maquillaje. Cuando alguien recordaba su rostro, era normal que le llegara a la mente su sombra carmesí, delineador intenso y labios rojos. Lo único que tenía su rostro en ese momento era su pequeño lunar y las bolsas debajo de sus párpados, haciendo juego con la cabellera desarreglada, desteñida y más larga que plagaba su cabeza. Para cualquiera que la hubiese conocido antes del fatídico evento, su cara se convertiría en la peor pesadilla. De hecho, para ella, quien ya había olvidado su rostro al natural, se volvió una imagen difícil de olvidar.
El sonido de una rama rota despertó sus instintos. Se giró, con la katana empuñada, hacia su asechador.
Gracias a su forma vegetal, le fue fácil a Víbora mezclarse entre los árboles.
Karai suspiró con pesadez y bajó el arma. ―¿Te puedo ayudar en algo?
―Víctor sigue gritando y ya me aburrió.
Como declaró la planta, aún se escuchaba la voz del arácnido, reclamando la ausencia de su res, lo incómodo que fue dormir en una rama y… ¿lo cortos que eran sus brazos para rascarse?
―Lamento que no pueda jugar contigo, Víbora, y, a menos que quieras ayudarme, lo mejor es que regreses a la mansión.
―No ―se acercó hacia el arroyo―, prefiero quedarme aquí. Es más tranquilo.
―Como quieras.
La fémina se volvió hacia su labor y dejó que el mutante se le acercara. Ella continuó limpiando la hoja, mientras Víbora tomaba asiento a su costado. Karai mantuvo su atención en la planta por un largo rato, hasta que decidió ignorarlo y se centró en su tarea.
Pese a que el invierno estaba a la vuelta de la esquina, el arroyo parecía no haber disminuido en su capacidad. El tacto con el agua también le demostraba que la temperatura no había bajado. En cierto modo, eso le alegró pero también le extrañó. Durante uno de los primeros días que estuvo ahí, rodeó el riachuelo para asegurarse de que no se tratara de algún otro cuerpo de agua (como un lago); no obstante, carecía de corrientes de agua y, a menos que contara con aguas subterráneas (lo cual dudaba), dependía de las lluvias, mismas que desaparecieron la noche en que su humanidad terminó.
Tras varios días de distraerse de los eventos sucedidos en la ciudad, las imágenes regresaron para atormentar su mente. Como una cinta cinematográfica, las escenas cruzaron por su cabeza: el intento fallido de asesinato, su papel como carnada, la cadena cortada, su caída a la piscina y la expresión aterrada de su padre al verse bajo sus fauces. Al recordar el terror con el que la vio, se dio cuenta de que la mejor decisión que tomó, tal vez la única que decidió correctamente, fue escapar a esos bosques.
Sin percatarse, había descansado sus manos. La espada se resbaló de ellas y cayó en el agua. Como mal presagio, el viento comenzó a empujarla lejos de ella. Después de soltar insultos en dos idiomas diferentes, se dispuso a saltar, cuando una de las tenazas de Víbora atrapó el arma y se la tendió de vuelta. Con el sable de regreso a su posesión, miró de reojo al mutante, quien parecía nunca haber movido su atención hacia ella. Ella regresó su atención de inmediato a su tarea.
―Gracias.
―No eres ella, ¿verdad? ―preguntó él de repente y se ganó la expresión confundida de la fémina― No eres la mujer que estuvo con dos tortugas en una noche que las ataqué, ¿o sí?
―¿Desde cuándo las plantas tienen buena memoria?
―Es fácil recordar a los pocos humanos que conocen a las tortugas ―la vio asentir, antes de voltearse sin la intención de continuar con esa plática―. ¿Fueron ellas las que también te convirtieron en monstruo?
―¿Ellos te convirtieron a ti? ―ella notó la furia que ocultaba el semblante del varón al asentir― Pero también te rescataron, ¿no?
―Los Kraang nunca me hubieran atrapado si no fuera un monstruo…, y ellos me convirtieron en lo que soy ahora.
―Mis condolencias, aunque lo dudo ―recibió la expresión furiosa del mutante, así que prosiguió de inmediato―: Sí. Puede que algo siempre pasa cuando están cerca, pero estoy segura de que ellos no te lanzaron mutágeno encima, ¿cierto? ―esperó a que él negara― Lo imaginé. Ellos no son así.
Víbora quiso encarnar una ceja, pero ya no poseía, así que solo jadeó en sorpresa. ―Suena como si las conocieras muy bien.
―Más de lo que esperaba hacerlo. ―un tono melancólico quiso escapar su garganta, pero lo contuvo.
Permanecieron en silencio por unos largos segundos. Ni siquiera ella regresó a terminar con la hoja de la katana. Hubo un par de aves que regresaron de su casa y descansaron en la copa de los árboles más cercanos.
―Así que, ¿no los culpas de lo que te pasó?
―Ya no ―contestó ella y regresó con el sable―. Yo intenté matarlos, tú intentaste matarlos, ellos están relacionados con nuestra mutación…, pienso que estamos a mano con ellos, ¿no crees?
―Víctor tiene razón ―declaró tras un rugido ahogado―, eres extraña pero agradable ―antes de que pudiera notar su sonrisa, terminó―: Aún quiero mi fertilizante, ¿sabes?
―Y yo quiero ser Miss Mutante.
Él rio como su cuerpo se lo permitió y contagió a Karai. Regresaron al silencio, solo que ya no les resultó incómodo compartir el espacio. Cuando escucharon el sonido de las hojas moviéndose, ambos se volvieron hacia los árboles. De entre ellos, apareció Slash con una expresión cansada. Ninguno de los dos lo había notado, pero los gritos de Víctor ya no se escuchaban.
La tortuga se acercó hacia el par. ―Ya se calmó ―declaró―. Le prometí que conseguiríamos su vaca esta noche…, pero tuve que darle un poco de la parte de alguien más.
Ahora debían tranquilizar a la serpiente.
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Karai y Slash se prepararon para otra noche de recaudar suministros. Mientras la tortuga regresaba tras haber olvidado su lucero del alba, ella se adelantó para realizar una carrera en su forma humana (con la finalidad de calentar su cuerpo para la misión nocturna). No se acercó a la zona donde Víctor había reclamado su árbol (diferente al que ella utilizaba para entrenar sus puños), pero hubo algo que atrajo su mirada: entre las ramas, había una especie de bolsa levitando en el aire. Alejó su atención de inmediato al recordar que se trataba de la res que le trajeron a la araña días atrás, la cual terminó envuelta por su telaraña y era degustada lentamente por Víctor. Lo único bueno de esa escena tétrica, era que el arácnido no los molestaría hasta terminar por completo con su presa.
Recordó que él le debía un pavo, pero, al ver cómo terminó el cadáver, prefirió dejarlo pasar por esa ocasión. Sin embargo, el día en que la tortuga se atrevió a darle una de las aves que le pertenecían a ella, dictó una nueva ley: nadie tocaba la comida de los demás.
La ventisca se sintió más fría de lo normal. Pese a que los bosques fueran más cálidos que la antigua bodega de la tortuga, ella no estaba segura de que tuvieran la temperatura suficiente para resguardarlos durante la época fría, en especial, el invierno. Cuánto desearía contar con un sistema de calefacción.
Ella llegó al desagüe. La luz de la media Luna hizo brillar su armadura, nuevamente limpia. Tuvo la sádica idea de ver qué tan rápido contraería pulmonía si saltaba al desagüe con su cuerpo humano. Estuvo a punto de adentrar uno de sus pies, cuando un cuerpo gigantesco saltó en las aguas y la empapó por completo. Soltó un grito que hizo eco en todo el bosque, con unas risotadas contrarrestándole. En cuanto vio la cabeza de la tortuga, él lanzó más agua hacia su cuerpo, todavía ahogándose en sus risas.
―¡Hijo de…!
Slash emitió un grito digno de película de terror y comenzó a nadar de inmediato. Detrás de él, Karai alternó sus cuerpos y lo alcanzó en cuestión de segundos; con su cola, sostuvo una de sus piernas cuando entraron en la corriente, y lo jaló hacia atrás, lo que ocasionó que perdiera el control de su cuerpo y se estrellara contra uno de los muros. Ella rio en sus adentros y atravesó la corriente con facilidad.
Del otro lado, en el espacio por el cual podían respirar, Karai ascendió hacia él y tomó un poco de oxígeno. La cabeza de la tortuga apareció al cabo de unos segundos. Aunque quería mirarla de forma molesta, le fue imposible ocultar su sonrisa de lado.
―Si consigo un chichón, tendrás que cuidarme.
―Si consigo una pulmonía, entonces tú tendrás que cuidarme.
La tortuga ahogó otra risilla para cuando Karai volvió a sumergirse. Él la siguió de cerca. Mientras ambos continuaron con su camino, se vieron envuelto en una serie de juegos bajo el agua, como golpearse de manera amistosa, rebasarse entre sí o crear pequeñas corrientes para arrebatarle la coordinación al otro.
Un sentimiento de satisfacción acompañó a Slash. Aunque no estaba cerca de completar su meta, sabía que su relación con Karai cambió: pasaban gran parte del día arreglando la mansión o entrenando en los bosques; durante las noches, se aventuraban en la ciudad, pero las horas ya no resultaban incómodas y silenciosas, sino que eran más relajadas y siempre salía una que otra plática (claro, sin revelar cosas personales, como lo hubo dictado la serpiente). Él pensaba que el cambio se debió a aquella noche en que se encontraron con el clan ninja (Karai decidió omitir la identidad del grupo y su relación con ellos, aunque él tenía sus especulaciones). Puede que no le agradeció con palabras el haberle ayudado, pero su nueva actitud hablaba por ella.
Llegaron a las alcantarillas de Nueva York y, después de los días transitando el subsuelo, ya estaban más familiarizados con el entorno; eso sí, ambos preferían mil veces la superficie, pues se sentían confinados dentro de esos túneles. Ascendieron tras unos minutos entre los tubos de drenaje y subieron a las azoteas.
El objetivo de esa noche era, principalmente, más fertilizante para Víbora y raciones diarias de alimento para ellos mismo.
Los dos ya habían hablado sobre convertir una de las habitaciones subterráneas en bodega, para que no tuvieran que salir todas las noches; no obstante, ninguna contaba con la temperatura suficiente para almacenar los alimentos. Ese sistema de refrigerio, junto con la calefacción y una enfermería (que no vendría mal tras percatarse que ambos terminaban con un par de heridas después de sus sesiones de entrenamiento), eran lo que más anhelaban conseguir.
―Noche libre de extraterrestres, robots y mutantes ―exclamó la tortuga al detenerse en la orilla de un techo, con la fémina a un lado aún en su estado reptil―. ¿Cómo lo haremos hoy? ¿Tú vas al invernadero y yo consigo la carne?
Karai permutó de cuerpo y se alzó de hombros. ―Espero burlar el nuevo sistema de seguridad del viejo dueño.
―¿Enserio?
―¡No! Hace dos noches encontré otro invernadero más grande, así que la ventana rota de hoy será la última que tenga…, por lo menos de mi parte.
Slash dibujó una sonrisa y rodó los ojos. ―Nos vemos donde siempre. Ten cuidado. ―desapareció tras saltar hacia la calle.
Karai regresó a su cuerpo mutante y serpenteó en dirección a donde estaba tal invernadero. Tardó un par de minutos en llegar al edificio. Se aseguró de que no hubiera nadie cerca, ni en las calles ni planeando una emboscada sobre las azoteas aledañas. Como si se convirtiera en flecha, atravesó una ventana (quién sabe si la misma que destruyó hacía una semana), y la alarma se disparó. Se apresuró en cargar tantas bolsas como le fueran posible, cuando un flashazo resplandeció detrás de ella. Saltó hacia su agresor y, tras acabar entre sus colmillos, escuchó un chirrido. Bajó su mirada y se encontró con una cámara de seguridad. A continuación, otra serie de flashazos le dieron a entender que había más de ellas. Se dispuso a destruir todas, cuando unas sirenas sonaron a un par de calles lejos de donde estaba. Sin algo que pudiera hacer, sujetó las bolsas y abandonó el lugar.
Las patrullas llegaron mientras ella desaparecía por un callejón sin salida. Se ocultó en la esquina de éste y observó cómo los oficiales entraban en la escena del crimen. Era seguro que las cámaras la captaron. Ya se imaginaba el título que aparecería en los periódicos y, tal vez, televisión: "Serpiente gigante ataca invernaderos en el centro de Nueva York."
Captó el sonido de ajetreo del otro lado del muro. Por fortuna, los oficiales no se vieron atraídos por él; no obstante, antes de que se percataran, saltó hacia el otro lado.
El ruido provino de un contenedor de basura, el cual estaba siendo asaltado por nada más ni nada menos que un chimpancé. El ser tenía la parte superior de su cuerpo metida entre la basura, mientras agitaba sus patas traseras en el aire, logrando mantener el equilibrio. Lanzaba desechos en todas direcciones y una lata alcanzó el cráneo de Karai, lo que le obligó a sisear lo suficiente para que el mamífero escuchara. Éste emitió un sonido digno de un simio y salió del contenedor; tenía una especie de casco, muñequeras y un cinturón, todos con apariencia electrónica.
Karai se hizo hacia atrás cuando el mono se acercó a ella. Cometió el error de alternar cuerpos en cuanto su espalda hizo contacto con el muro.
El chimpancé se detuvo de inmediato. Su quijada se cayó y él estuvo a punto de seguirle. Si el momento se viviera dentro de una caricatura, sus ojos habrían tenido forma cómica de corazones latentes. Saltó hacia ella, sin la menor intención de lastimarla pero causándole un susto digno de recordar, e hizo algo que la kunoichi jamás hubiera imaginado: hablar.
―¿De qué ofidia extrajeron su ADN saurópsido diápsido para tu creación? ―ella volvió a cambiar de cuerpos y siseó ferozmente, lo que alejó al mono; no obstante, más que asustado, se mostró fascinado y empezó a avanzar― Posees el cuerpo más fascinante que he visto, belleza, debo estudiarte de inmediato.
―¡Quieto ahí! ―regresó a su cuerpo humano y se ganó un chillido agudo del mamífero. Por fortuna, le obedeció y se mantuvo quieto― Escucha: lamento haber interrumpido tu asalto con la basura, pero no me fascina la idea de convertirme en conejillo de indias esta noche, así que busca a otra mutante.
―¡No, no! ―la siguió cuando comenzó a correr― ¡Aguarda!
Karai siseó, pero su cuerpo permaneció en estado humano, solo sus brazos y rostro cambiaron. Eso sí hizo que el mamífero saltara en sorpresa. Y para sumarle a su situación, un rugido se escuchó desde atrás. Ambos mutantes se voltearon y encontraron a una tortuga furiosa, con su mazo en mano (diversas carnes en la otra), y dispuesto a envestir al chimpancé. Fue cuestión de suerte que éste lo evadiera, de una forma que ninguno de los dos reptiles hubiese esperado: levitando.
Slash rugió hacia el mono, pero se tranquilizó cuando Karai colocó una mano sobre su hombro.
―Vámonos. ―ordenó la fémina
―¡Esperen! ―el simio aterrizó frente a su camino, lo que ocasionó otro rugido de la garganta de la tortuga― No cuento con malas intenciones, sólo científicas. Verán, mi nombre es Tyler Rockwell, era investigador, pero ahora…
―Busque otra rata de laboratorio, doctorcito. ―siseó Karai.
―, me escondo del Kraang.
La fémina ahogó un quejido en su garganta. Sabía que eran las palabras clave para que Slash se olvidara de todo síntoma de alerta y construyera un sentimiento de fraternidad que, tardé o temprano, lo metería en graves problemas. No obstante, la tortuga mantuvo su cuerpo rígido y mirada penetrante.
―¿Por qué la atacaste?
―¡No fue mi intención! ―respondió Tyler― Lamento haberla asustado, pero su capacidad de metamorfosis es algo que nunca había visto. Olvidé que me encontraba frente a otro ser idéntico a mí y pedí algo fuera de contexto; me disculpo.
Los dos mutantes intercambiaron miradas. Karai negó con fuerza, implorando que no confiara tan rápido. Sus súplicas mentales fueron ignoradas al verlo guardar su arma.
―Todo bien, hermano ―Slash por fin relajó su cuerpo―. Ahora que recuerdo, ¿no fuiste prisionero del Kraang junto a otros mutantes más hace un tiempo?
―En efecto. Solo que los extraterrestres fueron más listos que yo y me capturaron una segunda vez. Experimentaron con mi mente, otorgándome poderes psíquicos ―volvió a levantarse del suelo―. Escapé hace unas semanas, pero últimamente he sido testigo de mayor actividad Kraang y se ha vuelto difícil alejar distancias.
―Tienes razón. La ciudad no es igual de segura que antes, por lo menos no para nosotros, mutantes. ¿Por qué no nos acompañas?
―¡¿Qué?! ―Karai siseó después de permanecer callada ante el intercambio de palabras. Atrajo el rostro de la tortuga hacia ella y le susurró―: ¿Quieres llevar a un completo extraño a los bosques? ¿No tenemos suficiente con los otros dos?
―La mansión es muy grande…
―¡Pues mi paciencia no lo es!
―Por favor, Karai…
―¡Nada de por…!
―Si me permiten decir algo… ―otro siseo respondió a su pregunta, pero el movimiento en la cabeza de la tortuga le alentó a continuar―: He usurpado tecnología Kraang desde que escapé. Aunque la mayoría sean armas o partes robóticas, me han funcionado para la construcción de un sistema de calefacción que todavía no establezco ―los dos reptiles se miraron mutuamente―. Si dicen que su escondite se encuentra en los bosques, entonces me imagino que no cuentan con una forma de resguardarse de los fríos que se acercan, ¿correcto?
―Continúa ―ordenó ella al notar que el tal Rockwell esperaba una respuesta―. ¿También podrías construir una bodega para alimentos?
―Y manejo primeros auxilios. Podría ayudarlos a tratar apropiadamente las heridas que…, por lo que veo ―señaló todos los rasguños y magulladuras que los dos poseían a lo largo de su cuerpo―, son propensas a ellas.
―Eres bienvenido a venir con nosotros ―declaró la fémina, ahora en su cuerpo humano. Le propinó un suave golpe a Slash cuando le escuchó reír―. Ahora, vámonos. Si dices que el Kraang está de caza, no debemos estar mucho tiempo afuera…
―Antes de eso ―Tyler la interrumpió―, ¿podemos pasar a mi guarida? Necesito recoger varios materiales para construir el sistema de refrigeración, si es que aún lo quieren.
Karai bufó en molestia, pero Slash le asintió, antes de recordar algo. ―Espero que no sean muchas cosas. Por si no te has dado cuenta, tenemos las manos ocupadas.
―Eso no será un problema ―a medida que el par avanzaba, él los siguió por los aires―. Una de mis primeras creaciones fue la disociación de mesones obtenidos del efecto físco originado del…
―¡Muy bien! ―Karai se giró hacia él― Aún puedo negarme a que vengas, así que ve buscando un idioma que todos nosotros podamos entender, ¿está bien?
Tyler parpadeó escéptico mientras ella se daba la vuelta y alternaba de cuerpos. Levitó hasta terminar a nivel de la tortuga. ―¿Ella es la típica líder gruñona?
Slash rio con la seguridad de que Karai no lo hubiese escuchado. ―Algo así.
El trío se alejó de la conmoción que continuaba en el invernadero y siguió al chimpancé. No pasaron muchos minutos cuando se detuvieron fuera de una casa verde abandonada. Al mismo tiempo que se adentraban en ella, Karai vio las bolsas que cargaba y supo que ya había tenido suficiente de invernaderos por esa noche. Sin embargo, al estar dentro de lugar y percatarse de las ventanas oscuras, se dio cuenta de que parecía todo menos uno: un sinfín de objetos metálicos estaban esparcidos por doquier, varias cajas con piezas metálicas a pie de un escritorio, junto a una gran caja de herramientas, y un monto de papeles sobre el mismo. Solo esperaba que no tuvieran que llevarse también el mueble.
―A todo esto ―ella escuchó la voz del científico desde el otro extremo del lugar―. ¿Cómo se llaman?
―Slash.
―Un placer, Slash, ¿te importaría sostener esto? ―le tendió una especie de esfera metálica con un único botón en uno de sus centros― Muy bien. Ahora apúntalo al escritorio y presiona el botón.
Mientras Karai, con cuerpo humano, se acercaba, la tortuga dejó la comida en el cemento y obedeció. De un momento a otro, el mueble y todo lo cercano a él, fue levantado por los aires dentro de una burbuja morada. Por la expresión en el rostro de Slash, parecía vencer las leyes sobre la masa y el peso.
―¡Esto es grandioso, Doc! ―Slash comenzó a mover la esfera en diferentes direcciones y la burbuja, con todo y su interior, siguió sus movimientos.
―Espero que tengas suficientes de esas cosas para llevar todo lo demás. ―la fémina apuntó hacia un montículo de partes robóticas.
―Tengo más, sí ―mostró otros tres en su poder―, pero todo lo que necesito está en esa burbuja…, eh…, Karai, ¿cierto?
―Sí. ¿Tus aparatos mágicos transportan cosas vivas?
―Son tecnología Kraang, y sí, ¿por qué?
―Porque nos trasladaremos por el desagüe y no creo que puedas nadar una hora seguida sin tomar oxígeno ―aceptó el aparato que Tyler le lanzó y comenzó a estudiarlo―. Espero que no hagan corto circuito con el agua.
―Son impermeables.
―Por supuesto que sí.
Al mismo tiempo que lanzó la esfera de una mano a otra, le indicó al científico acercarse a donde descansaba el alimento y las bolsas de fertilizante. Tyler obedeció y se sentó en medio. Siguiendo las instrucciones del chimpancé, Karai logró elevar todo. Aseguró el aparato en su cinturón, mismo que resguardaba la katana. Cambió de formas y ahora no solo tenía una púa en su costado, sino que los patrones de diseño del aparato formaron parte de los costados de su cola.
Tyler comenzó a emitir sonidos de simio y demostró que la esfera no era aprueba de ruido. ―¡Fascinante! Los objetos con los que tienes contacto durante tu transformación se fusionan a tu cuerpo. De verdad que debo investigar qué tipo de mutante eres.
―Si deseas morir, adelante.
Con una corta risa, Slash emprendió carrera hacia las ventanas y las destruyó con ayuda de su cuerpo. El espacio permitió que las dos burbujas pasaran sin ningún problema. Dado al tamaño de éstas, se adentraron en las alcantarillas por el subterráneo. Gracias a todo el tiempo que ya llevaban estudiando los túneles, les fue sencillo encontrar la ruta hacia el desagüe. Mientras proseguían con el camino, escucharon los gritos de terror de Tyler en más de una ocasión, pero ninguno se comparó a cuando saltaron hacia las aguas negras.
El grupo nadó durante la hora restante, hasta que pasaron la corriente y regresaron a la superficie cuando el paisaje dejó de estar cubierto de edificios y permutó con las coníferas. Se adentraron en el bosque, con los chillidos de mono de fondo. En cuanto entraron en el prado de la mansión, Víctor, quien descansaba en uno de los árboles más cercanos, se volteó hacia ellos.
―¿Decidieron traer dos burbujas gigantes y moradas en lugar de comida? ―en eso, sus ojos se posaron en el chimpancé que esperaba dentro de una de las burbujas. Cuando Tyler se volvió hacia él, levantó una mano en señal de saludo. Víctor lo devolvió― Otro mutante.
Víbora apareció de la nada. ―Genial.
Sí, pensó Karai, genial.
Así es~~ TR hizo su aparición hoy y parece que su misión principal será investigar en el ADN de Karai. ¿Ella lo permitirá? ¿Él dejará esa suicida idea antes de acabar con su vida bajo las fauces de la serpiente más peligrosa? Ya se sabrá en el siguiente capítulo, es cual es el único de su artículo. Porque dividí esta historia en artículos. El primero, que se llamaba "Post-mutación", acaba de llegar a su fin. Nos leemos en el siguiente capítulo. Bye-bye.
