"La confianza, como el arte, nunca proviene de tener todas las respuestas, sino de estar abierto a todas las preguntas." ~Earl Gray Stevens.
Uno imaginaría que despertar en los bosques sería con los sonidos de animales, la suave ventisca en el rostro y el aroma natural de la naturaleza. Su primera y segunda mañana fueron así, el resto de la semana se acompañó con los ronquidos del otro reptil y los siguientes días estuvieron llenos de gritos. Para ese punto, ya se hubo olvidado de la nata tranquilidad con la debía contar ese lugar. Aunque hubiese imaginado que abriría sus párpados con una pelea, algo roto o una explosión proveniente del sótano, no por dos cuerpos que entraron por el espacio de la ventana y que chocaron en la pared, seguidos casi de inmediato por una penetrante alarma.
Karai alzó sus párpados pero no se movió de posición. Hasta que escuchó un extraño arrullo, fue que levantó su cabeza y…, oh. Cuánto le hubiera gustado tener un gusto por las aves vivas: había dos pájaros recobrando la compostura dentro de su cuarto. ¿Lo peor? Ambos eran mutantes.
La paloma lucía extraña, con ojos saltones, el torso desnudo y tanta escasez de plumas en las alas que ella dudaba pudiese volar. El otro parecía un gorrión, vestía una especie de túnica medieval y, mientras se levantaba, su mano alcanzó un extraño cetro con algo con la forma de huevo decorando la punta.
―Te dije que voláramos más alto. ―el gorrión exclamó y ahí ella se dio cuenta que no contaba con una de sus patas.
―Pero nos iban a ver ―la paloma levantó su cabeza y estudió la habitación que habían invadido―. ¡Oh! ¡Mira este nido ―no notó lo rígida que se puso la otra ave―. Me gusta.
―Yo opino que ya está ocupado.
Ante la voz del gorrión, ambas miradas se posaron sobre el cuerpo del reptil que se acercaba desde la orilla. En una ola de pánico, las aves comenzaron a revolotear alrededor del cuerpo, gritando entre gorjeos y arrullos: "¡Serpiente! ¡Víbora! ¡Auxilio! ¡Mami!", mostrándose incapaces de salir por el espacio en que entraron y sólo chocando con los muros.
Pese a la divertida escena, cuando el primer excremento cayó sobre el piso, Karai cambió de cuerpos en lugar de saltar hacia ambos y averiguar si sabían igual que el pollo. Eso ocasionó que ambos dejaran de volar y, mientras la paloma parecía olvidarse de los últimos cinco segundos, el gorrión mantuvo su distancia.
―¡Oh! Humana ―la paloma la miró, curioso― ¿Viste a dónde se fue una serpiente?
―¡Os advierto, extraña! ―la otra ave, en un acento diferente y obviamente falso, se dirigió a ella con cetro en mano temblorosa― Mis poderes rebasan límites que vuestra mente podrá imaginar.
―No tengo tiempo para esto ―Karai combatió un rodar de ojos―. ¿Cómo encontraron este lugar?
―Pues ―volvió a hablar la paloma, justo cuando una serie de pasos comenzó a oírse desde fuera―, el Kraang nos encontró más al este pero logramos…
―¿¡El Kraang está en los bosques!?
A su pregunta, respondió el cuerpo de tortuga que entró por el espacio de la puerta. Ella se mantuvo quieta, pero el par de aves saltó hacia atrás y un segundo excremento decoró el suelo que ellos limpiarían si no deseaban convertirse en cena.
―¡¿Qué pasó?! ¿Por qué…? ―Slash perdió su voz al chocar miradas con los dos mutantes― ¿Qué?
En eso, el sonido de la explosión tan esperada por fin emergió del sótano. Las dos aves saltaron junto a la tortuga. Karai bufó en molestia, alternó sus cuerpos y se dirigió a la planta baja. Descendió por las escaleras hasta el sótano. La temperatura se sentía mucho más baja, pero era debido a que el cuarto de refrigerio estaba a punto de ser terminado; la enfermería estaba muy vacía, pues sólo contaba con unas cuantas vendas, algodón y etanol. Por otra parte, estaba el ya establecido laboratorio del doctor. Ella se adentró en este último, del cual una nube negra comenzaba a disiparse.
―¡Tyler…! ―una serie de tos le ganó― ¡Doc!
―¡Un momento, por favor!
La característica espuma del extintor apareció para contrarrestar el humo y la pequeña llamarada que se originó sobre el escritorio del chimpancé. Éste apareció levitando; con su poder telepático, manejó el extintor hasta que su laboratorio volvió a la normalidad. Él regresó a la silla frente a su escritorio y, como si nunca hubiese pasado nada, apagó la alarma t continuó con una máquina a la que le unía un par de claves y ajustaba los tornillos con su llave.
―¿En qué te puedo ayudar, Karai?
―¿Has notado actividad cerca de los bosques?
―No ―la pantalla de la máquina se encendió y él se sentó frente a su computadora―, ¿por qué?
―Dos mutantes nuevos aparecieron por mi ventana ―se acercó a la máquina y comenzó a golpetear la pantalla―, y dijeron que el Kraang los encontró al este.
―Ah. Por eso se activó la…, deja de hacer eso, por favor ―regresó su mirada hacia la pantalla hasta que ella le obedeció―. ¿Qué tan al este? Porque mis censores tienen un rango de cien metros de diámetro.
―No lo sé, pero no estoy dispuesta a quedarme quieta mientras los extraterrestres se acercan.
―¡Ah! En eso estamos de acuerdo ―Tyler se alejó del monitor y empujó su silla hasta terminar frente a una pizarra, donde había esquemas y números―. Durante mi estancia con el Kraang, descubrí una herramienta que ellos utilizan como escudo y camuflaje; sus naves y portales los usan en especial. Si pudiera conseguir uno, podría alterar su funcionamiento y ajustarlo al mismo rango de cien metros.
―O sea ―ella encarnó una ceja cuando el mamífero se giró hacia ella―, ¿quieres que asaltemos a los extraterrestres y les quitemos uno de sus juguetes?
―Aún no ―en una de las esquinas del laboratorio, yacía otro aparato con una pantalla, y hacia él se acercó el científico―. Los radares que dejé en mi antiguo escondite han mostrado el aumento exponencial de actividad alienígena. No sé a qué se pueda deber, pero no creo que sea bueno salir a la ciudad a menos que sea totalmente necesario.
―Como el hecho de que necesitamos más medicamentos para la enfermería ―exclamó más para sí misma―, y el cuarto de refrigerio todavía no está terminado. Dijiste que esta semana ya estaba, ¿verdad? ―él asintió― Está bien. Slash y yo seguiremos yendo a la ciudad, pero mantendremos extrema cautela. ¿Qué hacemos con lo que te dije de la cercanía del Kraang?
―Sólo podemos pedirles a Víctor y Víbora que tengan más cuidado y, si ven que hay extraterrestres cerca, no dejen que les avisen a más.
―Pero lo mejor será conseguir ese aparato protector, ¿cierto? ―él volvió a asentir― En cuanto baje la actividad Kraang, iremos por él.
―¡Perfecto! ―regresó a su computadora― Ahora que arreglamos ese problema, ¿te molestaría ayudarme con algo?
Karai lo vio acercarse a la máquina con la que estaba trabajando inicialmente. ―No con tu invento que acaba de explotar, ¿verdad?
―Este bebé ―palmeó la parte alta del aparato―, es la base para que la enfermería pueda funcionar. Todos los mutantes tenemos un ADN diferente, así que no es factible atender nuestras heridas como lo harían los humanos. Si logro averiguar de qué estamos compuestos todos nosotros, podré alterar los medicamentos y sustancias para que brinden mejores resultados para cada uno ―tecleó algo en su monitor―. Antes de que "explotara", logré obtener mis porcentajes y… ¡ajá! Poseo genes de Pan troglodytes y Homo sapiens ―se giró hacia la fémina―. ¿Lo ves? Así sabremos qué somos cada uno.
―Sí ―alargó la sílaba―. No es que no confíe en ti, pero te recuerdo que no has dejado de molestarme con investigar con mi ADN desde que nos conocimos…
―¡No tocaré tu sangre, lo prometo! Solo es para saber de qué especie de serpiente posees…
―¡Karai! ―un grito resonó desde los pisos superiores.
La nombrada suspiró con pesadez. ―Primero usa a Slash y, si funciona, acepto, ¿trato?
Después de que el chimpancé asintiera, ella serpenteó escaleras arriba. Llegó al salón principal, donde la tortuga estaba junto con las otras dos aves. En cuanto ella alternó sus cuerpos y se acercó hacia el trío, las miradas cayeron sobre ella. Karai sostuvo el brazo de la tortuga y lo acercó hacia ella.
―Tyler necesita que le ayudes con algo ―le susurró y se volvió hacia los otros dos mutantes―. Yo me encargo de ellos ―sin estar convencido, Slash obedeció y se alejó del grupo. Tras desaparecer por las escaleras, Karai se dirigió hacia las aves―. ¿Cómo se llaman?
―Pete paloma.
Encarnó una ceja. ―Y, ¿tú?
―Podréis conocerme como Sir… ―su acento falso le ganó un siseo―, Martín.
―Bien. Pete…, Martín, ¿recuerdan qué tan lejos se encontraron al Kraang?
―Estábamos en los límites de la ciudad ―contestó el gorrión―; de hecho, aún ni salíamos de ella.
―O sea que, ¿no estaban cerca de aquí? ―las dos aves negaron, lo que tranquilizó un poco a la serpiente― ¿De qué se alimentan ustedes dos?
―¡Pan! ―Pete se acercó a ella, la sostuvo de los brazos y, antes de comenzar a agitarla, ella le siseó en el rostro. Él se alejó con un grito pero mantuvo su expresión emocionada― ¿Tienen pan por aquí?
―Pan, fruta ―dijo Martín―, a veces insectos…
Karai asintió mas no respondió. Cierto era que ambos, por lo que dijeron, no requerían de alimento difícil de conseguir (ya que gran parte del bosque contaba con los frutos rojos que, al recordarlos, su estómago se revolvió); tampoco contaban con gran tamaño, por lo que no debían comer mucho. Sin embargo, lo más importante es que volaban y podía utilizar esa habilidad a su favor. Antes de contestarles, la tortuga regresó del sótano y se ganó la mirada del trío.
―Slash ―la serpiente se dirigió a él―, llévalos a una de las habitaciones que cuentan con balcón. No quiero que sus plumas terminen por toda la casa ―en cuanto él asintió, llamó a las aves y se volteó para caminar, ella lo sostuvo del hombro―. ¿Qué pasó allá, abajo?
―Soy una tortuga caimán ―un brillo de emoción se asomó en sus ojos―. Ahora te está esperando. ¡Vengan, hermanos!
Mientras el trío ascendió, Karai bajó las escaleras y regresó al laboratorio del doctor. El chimpancé ya la esperaba. Ella se acercó y notó dos cartulinas colocadas en el muro frente a su escritorio; el primer esquema mostraba un chimpancé bajo el escrito "Pan troglodytes" y el otro era de una tortuga y "Macrochelys temminckii". Karai se sentó en el banco frente a la máquina del científico.
Sin esperar una palabra, él sujetó un esfigmomanómetro y envolvió el brazo de la chica. Como si se tratara de un chequeo de presión normal, comenzó a apretarle hasta que se volvió un poco incómodo. En cuanto estuvo por pedirle que lo retirara, la pantalla de la máquina a la que estaba conectada soltó un silbido y una serie de palabras aparecieron en el monitor del mamífero. Él le quitó el aparato y lo colgó sobre su escritorio.
―¿Lista para saber que especie de…? ¡¿Qué?! ―acercó su rostro hacia la pantalla y se recargó en el respaldo de la silla tras unos segundos― Imposible.
―¿Pasa algo? ―preguntó lo más tranquila que pudo.
―Además de genes humanos, posees ADN de tres especies diferentes de serpiente ―con las piernas cruzadas, giró su silla hasta quedar de frente con ella―. La mayor parte proviene de Cerastes cerastes, lo que explica tu fenotipo; tus glándulas venenosas también provienen de esa especie, pero tienen un poco del que posee la Naja mossambica, una especie de cobra escupidora, y del de la Hydrophis platurus, especie marina que también te otorga tu capacidad de nado.
―Lo que significa…
―Que tu veneno se ha convertido en el más tóxico que existe en la Tierra; no tiene antídoto y la víctima, después de sufrir entumecimiento, debilidad, parálisis, pérdida del conocimiento y a veces alucinaciones, perecerá al cabo de un máximo de cuatro horas ―al notar su silencio, una pregunta llegó velozmente a su cabeza―. No has mordido a nadie, ¿verdad?
―No, pero…, sí escupí a los ojos de alguien.
―Ah. No debes preocuparte de eso. Si es lavado a tiempo, la visión de la víctima regresa a la normalidad al cabo de unas horas ―logró tranquilizar un poco a la fémina―. Aunque hay algo que me intriga ―señaló el monitor, exactamente a donde aparecía un recuadro amarillo―. Después de obtener el ADN de un mutante, aparece la alarma que indica que el análisis fue completado, pero resultó incompleto contigo. Lo más seguro es que se trate de su incapacidad de demostrar a qué se debe tu habilidad de alternar cuerpos y fusionar objetos inanimados durante tu metamorfosis…, algo que podríamos descubrir si me dejas investigar con tu sangre.
―Lo siento, Doc, no va a pasar.
―Me imaginé ―sonrió de lado―. Ahora, ¿quieres conocer todas tus habilidades mutantes?
―¿Perdón?
―Sí. A parte de lo que ya te mencioné y lo que ya conoces, como tu visión nocturna y capacidad de estar sumergida en agua por una hora sin necesidad de tomar oxígeno, eres capaz de comunicarte con serpientes…, normales y…, tal vez suene extraño, pero sufrirás dos tipos de muda de piel ―una expresión entre sorprendida y aterrada se clavó en él―. Cada seis meses, la ecdisis se deberá al proceso natural de aumento de tamaño, pero dos veces al año sufrirás una muda de "rejuvenecimiento", lo que removerá todas tus cicatrices, en ambas formas, así como imperfecciones corporales.
―¿Cada cuánto sucederá eso? ―intentó controlar su tono, pero ya estaba lo suficientemente aterrada para permanecer tranquila. Durante toda su vida, conoció el crecimiento de uñas, cabello y vello corporal, pero, ¿muda de piel? Eso era otro nivel que no estaba segura si pudiera soportar.
―No sabría darte un tiempo específico; sin embargo…
Cuando vio la mirada del chimpancé congelada en una de sus manos, ella levantó su extremidad y tuvo que parpadear con fuerza para asegurarse de que no estuviera alucinando. Acercó lentamente su otra mano, la que también comenzaba a mondarse, y sujetó la parte del pellejo que ya estaba levantado. Lo jaló y, como si de una cinta adhesiva se tratara, se desprendió hasta llegar a la mitad de su brazo.
―, creo que ya es hora de tu primera ecdisis.
El grito ahuyentó a algunas aves, no mutantes, que descansaban en los árboles más cercanos.
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Con el sistema de refrigeración terminado, solo era cuestión de abastecerse de alimento para que las salidas a la ciudad disminuyeran, gracias al incremento de actividad alienígena que se vivía en ese momento. No obstante, con los días que Karai pasó encerrada debido a una supuesta alergia cutánea, no pudieron, sino hasta esa noche, utilizar los aparatos-burbuja (como los nombró Víctor), para cargar con más suministros. Como siempre, los únicos dos reptiles llegaron al centro de Nueva York con la finalidad de conseguir alimento y medicinas para la farmacia.
Karai decidió esperar a Slash mientras él asaltaba una carnicería. Descansó su espalda en la base de un espectacular. Había decidido no cargar con el aparato del doctor, por lo que se aventuró esa noche con una vieja mochila que encontró días atrás, misma que, durante su cuerpo reptil, le creaba una especie de bolsillo en su abdomen (como un canguro). Ocultó un bostezo con el dorso de su mano, y le fue imposible no recordar cómo lucía su piel debajo de la armadura que portaba.
Rockwell logró tranquilizarla de su ataque de pánico, sólo para seguir soltando datos perturbadores. Como si el hecho de que estuviera permutando de piel no fuera lo suficientemente aterrador para alguien que vivió toda su vida como humano, resultó que también perdería algunas capacidades con las que su especie contaba. Mientras más habló el mamífero, el pánico aumentó hasta volverse casi intolerable; sin embargo, cuando el médico mencionó algo relacionado con época de celo y ovovivíparos, decidió dar por terminada la plática y comenzó con su encierro hasta que la ecdisis culminara.
Después de sobrevivir a la muda de piel que fue digna de película de terror (no pudo regresar a su cuerpo humano hasta que el proceso terminó y su apetito alcanzó niveles extremos), se percató del cambio al que le dio mayor importancia.
Las cicatrices que plagaban su cuerpo eran casi tan normales como su maquillaje. Al ya no verlas, sintió que algo le faltaría desde ese momento. Recordaba la fuente de cada marca que tenía en su abdomen, piernas y brazos, y casi todas fueron obra del mismo autor. Cada vez que pasaba una mano por ellas, rememoraba la sensación de sus cuchillas, de sus armas favoritas, y de sus golpes; pero, más importante, rememoraba sus errores. Porque cada herida que poseía fue hecha por una equivocación.
Varios pensarían que, después de recibirlas, aprendería su lección. ¿Qué podía decir? Adoraba romper las reglas y que no la descubrieran. Pero, claro, no era todopoderosa. La atraparon más de una vez y sus cicatrices eran testigo de ello. Y, ahora, ya no las tenía. Ya no tenía nada que le hiciera recordar aparte de las memorias.
Su piel podría estar libre, pero su mente jamás.
El sonido de pasos la alejó de sus pensamientos e hizo que volteara hacia donde el mutante se aproximaba. Slash cargaba detrás la burbuja morada, la cual tenía un sinfín de carnes en su interior. En cuanto él se detuvo a su costado, apretó el botón de la esfera y dejó que el alimento descansara en el piso, ya que el color llamativo de la burbuja era fácil de notar a esas horas de la noche. La tortuga se sentó al lado de ella con un gruñido en su garganta.
―¿Activaste la alarma? ―preguntó ella.
―Y la de la tienda de electrodomésticos del otro lado de la calle.
La fémina bufó y regresó su mirada hacia el cielo. Había nubes cubriendo gran parte del espacio negro, pero la luz del astro nocturno lograba penetrarlas. Las estrellas no contaban con la misma fuerza. Por la posición de la Luna (así como la ausencia de una sensación de sed en su garganta), supo que era más temprano de lo que salían con normalidad. Se aseguró de pedirle un reloj al doctor cuando regresaran; estaba desesperada de no conocer la hora.
―Mi turno ―Karai se levantó sin previo aviso―. Descubriré si la farmacia que he atacado desde hace semanas sigue sin contar con sistema de seguridad. Espero no tardarme mucho, porque es muy temprano y no me quiero encontrar con el Kraang, mutantes-ninja o…
―Tortugas. ―terminó por ella.
Asintió de manera inconsciente y se despidió de las palabras que su cerebro hubo formado. Se encontró en un silencio igual de incómodo que en el que terminaban cuando apenas se conocieron. Miró de reojo al otro reptil. Éste, al sentir su mirada, levantó su rostro y sus ojos mostraron algo que ella nunca había visto en ellos: dolor.
―No huyo del Kraang, sino de las tortugas ―él regresó su mirada hacia abajo―. Crecí como la mascota de Rafael; era su confidente, no había nada que no me contara. Así que, cuando se descargó conmigo sobre sus hermanos, se me hizo muy fácil tomar un poco de mutágeno y convertirme en su compañero contra el crimen. No entendí por qué se enojó cuando herí gravemente a sus hermanos y a él, pero no le pude agradecer cuando me rescataron junto a los demás mutantes ―recargó su cabeza hacia atrás―. Después el Kraang volvió a atraparme y me rescató una salamandra que juraba tener buenas intenciones. Como si no hubiera aprendido, uní fuerzas con él y planeé destruir a las tortugas por segunda vez ―mientras agitó sus manos, perdió control de su voz―: ¡N-no sé qué me pasó, qué estaba pensando! Creo…, que fue el maldito mutágeno en mi cabeza. M-me dejaron ir, pero no creo ser capaz de volverlos a ver a los ojos.
Karai lo vio por unos largos segundos. Supo de inmediato a qué se debió que le dijera todo eso: para que ella hiciera lo mismo. Creyó que ya se había dado por vencido. ¿Cuántas veces repetiría que no hablaba de temas personales? Pero, así como dejó de mostrarse alerta cuando estaba cerca de la tortuga, desde que le ayudó a escaparse del Clan del Pie, comenzó a confiar en él.
―Toda mi vida me dijeron que Hamato Yoshi fue el asesino de mi madre y me entrenaron para acabar con él y sus discípulos. Y luego descubrí que, el hombre, a quien consideré mi padre por más de quince años, era el verdadero asesino y solo me engañó. Podría decirte que los buenos ganaron: me rescataron y me paré enfrente de mi verdadero padre…, pero decidí ir detrás de Destructor con un plan digno de fracasar. No sé por qué me sorprendió verme convertida en mutante, cuando yo fui quien lo buscó, y todavía me atreví a hacerme la importante, a pesar de que casi mato al hombre que añoré desde mi celda ―bajó su mirada hasta chocar con los ojos del reptil―. No huyo del Kraang, sino de las tortugas.
Slash tardó unos segundos en sonreír. ―Parece que sí escapamos de lo mismo.
―Ajá. Ya que decidiste empezar con esta lamentable plática ―fue incapaz de mantenerle la mirada y no cruzarse de brazos―, gracias por salvarme de los ninjas, aunque no debiste…
―Te lo dije esa noche, Karai, estamos juntos en esto…
―Pero, enserio, no debiste. No conoces a Destructor. Hará lo imposible por llevarme devuelta con él y ahora sabe de tu existencia. ¿Quién nos garantiza que no se irá contra ti por ser mi aliado? Ahora, por a mí, tu vida corre peligro y no hay nada que pueda evitarlo.
―Lo sé ―aquello le hizo ganar su expresión confundida―. Te dije que fui el confidente de Rafael y escuché de Destructor. No me importa lo que me pueda hacer, que lo intente ―logró hacer que una sonrisa apareciera en la comisura de los labios de ella―. Escucha…, estuve mucho tiempo solo en esta ciudad, mis problemas eran solo míos y no tenía a nadie con quién sostenerme. Por eso decidí ayudar a los nuevos mutantes que estuvieran perdidos, porque sé lo que es estar solo…
―Por eso me ayudaste a mí.
Slash también sonrió. ―Tú me permitiste vivir en un lugar seguro, lo menos que puedo hacer es ayudarte con tu pelea…, porque eres la única que mantiene el orden la mansión y la que da más miedo, y no sé qué será de nosotros si algo te sucede ―ambos rieron con ligereza―. No estás sola, Karai, ya no más.
Bueno. Eso era nuevo.
Una voz femenina grave (casi masculina) resonó en la cabeza de Karai. Antes de que los balbuceos se convirtieran en palabras, ella negó y se despidió del recuerdo. ―Regreso en máximo quince minutos. Si algo sucede y nos separamos, te veo en la estación de siempre.
―Suerte y cuídate.
―También tú.
Ella permutó sus cuerpos. Descendió por las escaleras de incendios y se ocultó detrás de un basurero. No había ni un alma en las calles, lo que fue la señal para entrar en la farmacia por su sistema de ventilación. Removió la tapa y ninguna alarma sonó; el dueño aún no adquirió un sistema de seguridad, lo que facilitaba su trabajo. Serpenteó por los ductos hasta que llegó al interior, removió una segunda tapa y cayó en uno de los pasillos repletos de medicamentos. Esperó unos segundos para asegurarse de que estuviera sola, antes de comenzar a pasearse entre los corredores. Guardó varios analgésicos, vendas, jeringas, antibióticos…, cuando notó algo por el rabillo de su ojo.
Un disparo se escuchó y la bala pasó a milímetros de su rostro.
Cambió de formas de inmediato y le siseó a su atacante. El neoyorquino, más molesto que asustado, volvió a apuntar su rifle. Al mismo tiempo que apretaba el gatillo por segunda vez, sus ojos zafiro brillaron junto con los ladridos de los perros que fueron alertados por las sirenas que se acercaban.
―¡Monstruo!
Karai no se molestó en desaparecer por los ductos, sino que eligió darle un mensaje de despedida al dueño de la farmacia que fue su blanco desde semanas atrás: con su cuerpo, atravesó una de las ventanas mientras la tercera bala fallaba también. Logró evadir otros dos disparos.
―¡Demonio!
Slash fue alertado de inmediato y, en cuanto escuchó el primer disparo, tuvo que haber emprendido carrera hacia la estación del subterráneo. Por ello, Karai no se molestó en detenerse y, con la serie de disparos detrás y las patrullas cada vez más cerca, se alejó a inhumana velocidad de la escena. Eligió las calles en vez de las azoteas para llegar más rápido; sin embargo, hubo algunos más que tuvieron la misma idea en esa noche. Se detuvo en el momento justo en el que otro disparo, proveniente de un arma de otra dimensión, hizo contacto con un contenedor.
―Kraang ha encontrado a la conocida mutante serpiente.
Ella cambió de dirección y regresó a las azoteas. Sorprendentemente, se encontró con la tortuga corriendo hacia ella. Anheló que la burbuja no diera su posición.
―¡Te dije que nos encontraríamos en la estación! ―el alargamiento de la "s" era mucho peor cuando se asustaba.
―¡Estaba plagada de Kraang! ¡Vamos a la de la siguiente manzana!
Los dos reptiles llegaron en cuestión de segundos. Mientras descendían, se dieron cuenta de que no había ni un droide. No obstante, cuando se adentraron en el subsuelo y un disparo les pasó de largo, los robots (disfrazados de humanos), aparecieron a uno de sus costados. Evadieron los demás disparos y se dirigieron a los túneles, con los extraterrestres pisándoles los talones.
Antes de que Karai diera la orden de desactivar la burbuja para perderlos, más máquinas (éstas en su forma original), les bloquearon el paso. Slash sacó su arma y ella hubiera hecho lo mismo, sino fuese una púa en el cuerpo en que estaba.
Un rugido detuvo al primer robot de acercarse. Acto seguido, tres droides perdieron literalmente la cabeza ante la garra del mutante que acababa de aparecer. El par de reptiles se giró hacia el grupo que llegó desde atrás y acabó con ellos de inmediato.
El cocodrilo volvió a rugir, esa vez con la mirada clavada en los otros dos mutantes.
Karai siseó en advertencia, cuando se percató de que el tercer párpado de su salvador estaba abajo. Entonces recordó cuando a ella le sucedió lo mismo. Era un hecho que el reptil no pensaba con claridad, así que, bajo el asombro de Slash, alternó de cuerpos y dio un paso al frente.
―Tranquilo ―levantó sus manos en señal de rendición―, tranquilo. Nosotros no somos malos ―la respiración del cocodrilo comenzó a tranquilizarse―. Gracias por salvarnos.
La garganta del mutante emitió un corto gruñido y su tercer párpado regresó a su lugar. Llevó una de sus garras a la cabeza, antes de voltearse hacia ambos―. ¿Más mutantes? ¡Ugh! ¿El Kraang…?
―El Kraang perdió esta noche ―Slash tomó la palabra―, gracias a ti, hermano.
El apodado movió su cabeza en señal de afirmación, cuando comenzó a olfatear al aire. Fue en eso que los otros dos reptiles percibieron lo viejo que se veía, con su piel pálida y las innumerables cicatrices a lo largo de su cuerpo.
―¿Cómo te llamas? ―preguntó la tortuga.
―C-Cabeza de Piel ―el rugido de un tren lo alertó―. No es seguro estar aquí. Vendrán más Kraang. Debemos irnos.
―¿Tienes a dónde ir? ―fue el turno de ella de pregunta, a lo que él negó. Pronunció las palabras que jamás creyó decir―: Ven con nosotros…, tenemos un lugar…
―¡No! La ciudad no es segura, debemos irnos…
―Nuestro escondite está en los bosques…
Karai interrumpió a la tortuga con la mano que colocó en su hombro. Se acercó al cocodrilo y penetró su campo de visión. ―Cabeza de Piel, ¿por qué ya no es segura la ciudad?
―Porque el Kraang está a unas horas de invadir el planeta.
Me imagino que ahora saben por qué éste fue el capítulo único del artículo "Pre-Invasión". Je, je, je. Espero que ya sepan lo que se viene la siguiente vez que actualice, la cual no sé cuando será, porque regresé a la escuela y será mucho más difícil encontrar un espacio libre en mi atareada agenda. Sin embargo, hay algo bueno de regresar a clases: tengo una materia que enseña todas las fila del reino animal y ahí es de donde saqué las especies que, según mi HC, poseen Karai, Slash y Tyler en su sistema. Fueron varias clases de investigación, así que aprovéchenlo. En fin. Nos leemos en el siguiente capítulo. Bye-bye.
