"Los únicos ganadores de la guerra son aquellos que hacen de ésta un negocio." ~Anónimo


El Sol salió horas antes, así que, cuando abrió sus párpados, supo que ya era muy tarde. Aun así, se levantó y corrió hacia la entrada de la mansión, donde la única hembra de ese lugar estiraba sus extremidades humanas. Sin siquiera importarle que olvidó su arma, se detuvo a un lado de ella. Como lo hizo la mañana anterior, ella rodó sus ojos y se giró hacia él con ambos brazos cruzados. No importaba, se dijo él, sería diferente al día anterior. Dijera lo que dijera, él la acompañaría.

―Por favor ―gimoteó y colocó sus dos palmas en pose de súplica―. Déjame ir contigo.

―Ya hablamos de esto ―ella alternó sus cuerpos y lo estiró de hocico a cola, donde la púa volvió a aparecer―. Eres demasiado grande para salir a luz de día. Además, ésta es una misión de espionaje, no me enfrentaré a nadie. Será como ayer: un rápido vistazo por la ciudad, veo si hay o no actividad alienígena y regreso, tal vez con un poco de comida.

―Pero…, y, ¿si te pasa algo?

―¿Qué podría pasarle, Slash? ―una tercera voz se unió. Ambos reptiles se voltearon y observaron a Tyler caminando hacia ellos, junto a Cabeza de Piel― Es una serpiente-mutante que puede cambiar de cuerpos…, cualquier persona sensata le daría la vuelta y pensaría en mudarse de ciudad ―la tortuga no se mostró del todo convencida, pero guardó silencio. El científico bufó ante ello y se volteó hacia la fémina, con una expresión más seria―. Karai, los censores del invernadero aumentaron de energía; ten mucho cuidado. Si la invasión inicia hoy, regresas de inmediato, por favor.

―Es que esa es la cosa ―volvió a hablar Slash―. ¿Cómo piensan mandarla sola a una posible invasión? Por lo menos llévate a Cabeza de Piel.

―Lo que quiero es pasar desapercibida ―ella le recordó―, y un cocodrilo-mutante altera mis planes.

―¡Pero…!

―¡Maldita sea, abuela! ―Víctor apareció de repente y se detuvo cerca del grupo― Deja que la niña vaya. Entre todos nosotros, es la que menos dudaría en arrancarle la cabeza a sus enemigos.

―Gracias por las palabras sentimentales, Vic ―Karai notó que los otros dos reptiles tenían semblantes nerviosos―. Cálmense. Les prometo que no me pasará nada. Es más…, para que se tranquilicen, ¿qué les parece si recorto una hora de la misión y vuelvo dentro de tres horas?

―¡Karai…! ―trató de hablar Rockwell.

―Mira cómo están, Tyler, son capaces de ir por el desagüe si me tardo mucho ―aunque los planes de la fémina contrarrestaban el objetivo de la misión, el chimpancé accedió. Karai se volvió hacia el par―. Tres horas, ¿está bien? ―sin previo aviso, Cabeza de Piel saltó hacia ella y comenzó a frotar su cabeza contra su costado, lo que ocasionaría risas si ella no estuviera en ese cuerpo― Muy bien, muy bien. Prometo que tendré cuidado, grandulón, ahora actúa como un feroz cocodrilo y no un perro consentido.

Cabeza de Piel obedeció de inmediato mas no borró su sonrisa. A pesar de contar con sus décadas, aún actuaba como una cría. ―Solo aléjate del Kraang.

―Lo haré ―llevó su atención hacia el otro reptil―. No te preocupes, Slash, sé cuidarme sola.

Antes de que alguien pudiera decir algo más, emprendió carrera hacia las aguas tratadas. En cuanto salió del bosque, el cielo cedió y comenzó a nevar. Estaba agradecida de que el sistema de calefacción ya funcionara en la mansión. Sin dejar que su cuerpo se aclimatara, entró en el desagüe y atravesó la corriente con facilidad.

Puede que disfrutara ir a la ciudad con Slash, porque los juegos y bromas nunca faltaban, pero prefería mucho más eso: nadar con la mayor velocidad posible y hacer carreras entre ella misma. El día anterior, tardó más de treinta minutos en alcanzar las alcantarillas; su meta en ese momento era menos de media hora. Con ese pensamiento en mente, recordó la escena en la mansión. Ahora entendía el tono preocupado del doctor. Ella no tomó en cuenta los minutos que usaría bajo el agua, lo que le dejaba con sólo dos horas para investigar.

Si tan solo Slash no fuera tan sobreprotector. Como si no hubiera sido ella quien lo salvó del Kraang esa noche; pero, en cierto modo, lo entendía: después de que el más reciente mutante les contara a todos ellos sobre la inminente invasión, la tortuga recordó sus días como prisionero y no quería que ella terminara de la misma forma. Claro que ella no lo haría. Si podía escaparse de los ninjas del Clan del Pie, los cerebros no eran ningún reto.

También estaba el cocodrilo. No tenía ni dos días con ellos y ya le había agarrado cariño. ¿Cómo no lo haría? Si cuando llegaron a los bosques después de su encuentro en los túneles del subterráneo, ella le ofreció un poco de la parte de suministros de Slash (¿venganza? Para nada). Después de acabar con tres salmones, saltó a ella (quien, por desgracia, estaba en su cuerpo humano), se frotó contra su cuerpo y cayó dormido sobre sus piernas. Karai no pudo más que aceptar su destino y prepararse para despertar con las piernas entumecidas. Para ser un monstruo aterrador, y estar en la tercera edad, ella no podía dejar de verlo como un pequeño perro faldero, el cual siempre jadeaba y agitaba la cola cuando la veía acercarse.

La culpa aún era del ADN que ahora corría por sus venas. Porque, antes de caer en la piscina de mutágeno, no le causaría ternura un cocodrilo de tres metros o una sobreprotectora tortuga con púas en su espalda. También estaban Pete y Martín (o, como se lo dijo hace unos días, Sir Malachi); la paloma le causaba varias risas cuando se peleaba con Slash por el pan, y el gorrión no dejaba de asombrarla con las alucinaciones que su cetro podía crear. Tyler, aunque era molesto la mayor parte del tiempo, la apoyó durante su "momento de debilidad" (cambio de piel), y eso era algo que jamás podría olvidar. Víbora y Víctor. Tenía mucho en común con la araña, y la planta era el único que parecía entender su humor negro.

Aún recordaba cuando llegó a esa mansión. No podía verse más feliz al estar sola y aislada del mundo exterior. Y luego le dio hambre y se encontró con Slash y sucedió lo demás. Ahora estaba rodeada de mutantes que recaían en ella para que les resolviera la vida, mientras ella utilizaba su presencia para recuperar algo que creyó perdido: la felicidad.

En un principio, quería vivir en la soledad nata del reptil cuyo ADN poseía; en ese momento, ya conocía bastante a cada uno de los mutantes, y no había algo que le gustaría cambiar. Pues olvidó las enseñanzas que le impartieron durante toda su vida y se aseguró de que tenerle afecto a alguien más, no era señal de debilidad, sino de fuerza.

Por un momento, imaginó la expresión que pondría su antiguo maestro si la escuchara decir eso en voz alta. Tal vez le daría un infarto o la volvería a atar sobre una piscina de mutágeno. ¿Qué le importaba? Ya no más. Fue una tonta al salir aquella noche y juró que había sido la peor decisión de su vida, pero al verse nadando en las aguas tratadas, alejándose de una casa llena de seres únicos y yendo a investigar los planes de los malvados cerebros extraterrestres rosados, supo que cualquiera envidaría esa vida.

¿Quién sabía? Tal vez incluso encontraría la fuerza para corregir sus errores y volver a ver a los ojos a ciertos héroes nocturnos.

Alcanzó las alcantarillas después de establecer un récord. Subió a la superficie por las primeras escaleras que encontró y ascendió rápidamente a las azoteas. Reconoció que el día estaba un poco feo, con la baja temperatura, la nieve cayendo y el cielo nublado; no obstante, tal clima le favorecía para camuflarse, ya que sus escamas pálidas y armadura clara, se mezclaban con el horizonte. Saltó hacia otro edificio y se detuvo cerca de un espectacular. Miró a ambos lados para asegurarse de que no había nadie cerca y continuó con su serpenteo.

No se percató de la tortuga que logró verla con ayuda de su telescopio.

El primer portal se abrió enfrente de ella. Lo evadió mientras una horda de droides emergió de él. No le dio tiempo de entender lo que sucedía, cuando más portales aparecieron por todas partes: azoteas, calles e inclusive en el aire. Decidió dirigirse a un lugar seguro antes de que fuese demasiado tarde, por lo que serpenteó hacia una vieja pipa de agua abandonada. Cuando llegó a la punta, alternó sus cuerpos, se sujetó de la punta de la construcción y admiró el paisaje.

La invasión alienígena había comenzado.

Naves plagaron los cielos junto con droides voladores, ambas máquinas lanzando misiles a diestra y siniestra. Más portales se abrieron y dieron entrada a más y más robots. La gente comenzó a correr por todas partes mientras trataban de esconderse en cualquier lugar seguro, pero ningún espacio en esa ciudad era seguro, no después de que un Kraang, diferente a los demás por su inmenso tamaño, caminó en la Tierra y dio el primer disparo. Las personas que tuvieron la mala suerte de estar bajo su rango emergieron con un nuevo destino: mutantes.

Las palabras de Rockwell resonaron en su mente. Se dispuso a regresar de inmediato, por lo que permutó cuerpos y regresó a las azoteas. En cuanto dio un salto, cuatro portales la rodearon por completo. Los droides salieron, armas en posesión, y le amputaron desde todas direcciones.

Uno de ellos, igual al resto, dio un paso de más y preparó el gatillo de su arma, sin la menor intención de disparar, puesto que esas fueron las órdenes que recibió, no de Kraang Supremo, sino de alguien mucho más cercano a la serpiente. ―Kraang debe informarle al llamado Destructor que Kraang encontró a la mutante conocida como Karai.

El mundo de la nombrada se destruyó en su cabeza. Ni siquiera se movió cuando los extraterrestres comenzaron a acercarse. Ella lo había dicho, ¿no? Ese hombre…, ese monstruo haría lo imposible por recuperarla. ¿Cuál era la sorpresa? Claro que él continuaría con su alianza con el Kraang, a pesar de que destruyeran el planeta entero. Con tal de cumplir su venganza… ¡¿cómo diablos pudo hacerlo?!

Siseó con el poder de un dragón. Como una ráfaga, arrancó partes metálicas y perforó centros de máquinas; sintió que no existía mejor sensación que atravesar el cuerpo de los Kraang con la flecha en la que terminaba su cola. En cuestión de segundos, tal vez un minuto, todos los robots que le rodeaban, terminaron como una ensalada de metal y un líquido morado.

Escuchó que más portales se abrieron detrás de ella; se giró en esa dirección y notó que apareció el triple de droides. Emprendió carrera, con las máquinas pisándole los talones. Con los propulsores que cargaban, la alcanzarían en cualquier segundo. No importaba su velocidad; es más, no importaban sus habilidades. Puede que fuese una serpiente-mutante, pero no podría hacer nada contra un sinfín de robots.

Entonces recordó que no sólo era un mutante, sino una kunoichi.

Con las noches que pasó investigando esa ciudad, reconocía varios puntos clave que podría utilizar para esa situación. Se aseguró de que todavía la siguieran y los dirigió a uno de los tantos callejones de Nueva York. Descendió a las calles, bajo el terror de varios pobladores (aunque esa sensación era debido más al extraterrestre gigante que a una serpiente de tres cabezas), y la imitaron. Entró en el callejón sin salida, con una diferencia de segundos, y pasó al otro extremo del muro. Esperó hasta escuchar a sus persecutores y se alejó. Se detuvo a metros de la pared, impulsó todo su cuerpo y chocó con descomunal fuerza. Gracias a las grietas que había en la parte inferior, el muro sucumbió ante el golpe y se derrumbó sobre las máquinas.

Regresó a su forma humana. Necesitaba encontrar una tapa de alcantarilla de inmediato. Alternó sus cuerpos y serpenteó hacia la siguiente cuadra. Se encontró de frente con más Kraang. Los destruyó en minutos. Siguiente cuadra, más Kraang, los destruyó; siguiente cuadra, más Kraang, los destruyó. Cuadra. Kraang. Destruir. Cuadra. Kraang. Destruir.

Fue la misma rutina por dos horas.

Ni siquiera se percató de cuando el Sol atravesó su cenit. Ya había estado atrapada en la ciudad durante un buen rato, sin encontrar una alcantarilla libre del bullicio. Se despidió de la promesa que le hizo a Slash y Cabeza de Piel; si le iba bien, regresaría cuando la noche cayera. Qué bueno que salió esa mañana con el estómago lleno o ya habría caído rendida.

Con el paso de los minutos, la ciudad entró en un mayor estado de caos. Los neoyorquinos perdían su humanidad, los edificios eran destruidos y unas estructuras alienígenas emergían de las calles. Con la mirada en una de éstas, notó una tapa. Por fin. Descendió por ella y comenzó a avanzar de inmediato por los túneles, sin reconocer el camino hacia el desagüe, pero eso no significó que desconociera los muros a su alrededor. Llegó a una antigua estación del subterráneo, diferente a la que alguna vez pisó cuando fue rescatada de un calabozo, ya que, a diferencia de la tranquila y serena estación que conoció esa fatídica noche, la escena enfrente de ella podría resumirse en chirridos electrónicos, el crujir del fuego, el característico olor de polvo y aceite, y ningún alma por divisar.

La guarida de la familia Hamato estaba destruida.

Karai se vio atraída por unos balbuceos que emergían de alguna parte de lo que llegó a ser la sala de estar. Al mismo tiempo que cambió cuerpos, obligó a su mente a no recordar las imágenes que vivió en ese lugar. Se detuvo frente a una columna derriba. Tres pares de tentáculos rosados se agitaban en agonía, el cuerpo de su dueño siendo aplastado por el concreto. Con ayuda de sus extremidades mutantes, ella levantó la columna y liberó a su captor.

―¡Oh, sí…!

Antes de terminar con su grito de victoria, una boca de serpiente atrapó todo su cuerpo. Emitió gemidos de terror natos de su especie, hasta que chocó miradas con la criatura enfrente de él. Su único ojo bueno expresó molestia.

―¡Humana! ¡Por la autoridad que tengo sobre tu lamentable planeta, te ordeno que me liberes! ¡Kraang Superior no tolerará…!

―Siempre me he preguntado ―comenzó a aplastar al cerebro―, ¿a qué sabrán los Kraang?

―N-no ―gimoteó en una mezcla de dolor y pánico―. Somos muy s-salados… ¡y! Nuestros tentáculos se adhieren al paladar.

―Me convenciste ―lo sostuvo de sus patas, poniéndolo de cabeza, y lo acercó a su rostro―. ¿Por qué han invadido nuestro hogar?

―¡Kraang dominará este planeta para el imperio de Kraang Supremo!

―Este planeta ya ha sido dominado…, por nosotros.

―¡Los humanos no son más que un experimento fallido de Kraang! ¡Fue Kraang quien los creó! ¡Deberían brindarle alabanzas a Kraang, no a sus dioses falsos! Pero ―su sonrisa macabra tuvo el mismo afecto a pesar de estar de cabeza―, lo harán. Ustedes, humanos, arreglarán su error y le servirán a Kraang. ¡Es su destino, también el tuyo, huma…! Espera… ―ella le obedeció, pero solo porque creyó escuchar un ruido proveniente de los túneles―, tú eres la creación-serpiente ―rio dentro de su garganta, al mismo tiempo que el primer invasor entró en la guarida―. Oh. Destructor estará tan feliz de volver a ver a su hijita.

El primer disparo conectó con su brazo, por fortuna donde estaba la armadura. Lanzó al cerebro contra el muro más cercano y éste emitió un gemido de dolor. Acto seguido, permutó de cuerpos y, con el riesgo de ser alcanzada por alguna arma, atravesó el muro de droides y se abrió paso hacia los túneles.

―¡Atrápenla! ―escuchó al extraterrestre desde atrás, seguido por más disparos.

En ese momento se percató de lo plagadas que estaban las alcantarillas: por donde serpenteara, se encontraba con máquinas activas o destruidas. Decidió que sería más sencillo luchar, si es que debía, en la superficie, pues tendría más espacio para moverse. Así que, después de acabar con un grupo de alienígenas (no solo con sus máquinas), ascendió por las primeras escaleras que encontró y fue recibida por más robots. Por supuesto, acabó en un par de minutos y subió a las azoteas.

El paisaje era digno de una película de terror: las personas, con sus extremidades semejantes a las del Kraang, caminaban cual zombis; autos incendiados acompañaban a los edificios, cuyos habitantes tal vez tendrían mejor destino si permanecían junto a las llamas; estructuras cristalinas se erguían desde las calles y Kraang Supremo se divertía con cada disparo que lanzaba. El Sol estaba oculto detrás de nubes (nadie sabía si eran debido al clima o al humo que emanaba la ciudad), pero indicaba el próximo atardecer.

Dos figuras yacían a un par de edificios enfrente y hacia allá fue a para su mirada. Su cuerpo le siguió de inmediato. Atravesó los disparos y pocas miradas que permanecían en la calle. Con un golpe sordo, cayó detrás de los seres. Estos mantuvieron su atención en el cielo, donde las naves continuaban con su trayectoria. Una explosión resonó al mismo tiempo que ella regresó a su cuerpo humano. Se acercó con paso lento hasta terminar a unos metros detrás de sus antiguos compañeros.

―¿Hace cuánto nos conocemos, Xever? ―el pez no le respondió― ¿Chris? ―el lobo tampoco, así que suspiró― ¿De verdad quieren que el planeta sea destruido? ¿Cómo pueden ayudar a extraterrestres que desean aniquilarnos?

Ambos se quedaron en su misma posición por un par de segundos. Chris fue el primero en voltearse; su semblante expresó terror e impotencia, principalmente impotencia. Mientras bajaba sus orejas, Xever se volvió con un arma en mano, solo que no era la suya y no tenía intención de atacarla. Ninguno de los dos quería atacarla; por lo menos, no en ese momento.

―Más o menos diez años ―respondió el canino―. Por ese tiempo, deberías saber que mi lealtad hacia el maestro es para siempre, a diferencia de ti.

―Fue el maestro quien me devolvió la libertad ―el pez habló también―, en lugar de dejarme pudrir en una celda. Lo menos que puedo hacer, es otorgarle mi lealtad.

―¿Aunque destruya al planeta entero?

Los dos mutantes intercambiaron miradas, pero fue Xever quien habló―: Qué bueno que estás bien y que no te encontraste con Garra de Tigre; él no se detendría a tener una amistosa plática contigo, sino que te atacaría sin dudar ―le mostró su wakizashi, antes de lanzársela a los pies―. Sal de aquí, huye de la ciudad ahora que todavía puedes, y no regreses.

―¡No cuando…!

―El maestro hará lo que sea por recuperarte ―intervino Chris―. Olvida esta vida de locos, que ya no le queda mucho ―ante la expresión perpleja de la fémina, él regresó su mirada hacia la escena enfrente―. Destructor debe estar acabando con Splinter en estos momentos.

―Karai ―exclamó el otro―, solo…, vete…, escapa, por favor.

La kunoichi se sintió enferma de repente. Recogió el sable y lo enredó en su cinturón, igual que lo hizo con la katana. Al alternar sus cuerpos, ya no tenía una sola púa, sino dos. Se alejó rápidamente del par de mutantes. Encontró una tapa de alcantarilla; ya sin importarle que pudiera encontrarse con más alienígenas, se adentró en los túneles y su serpenteo hizo eco.

Lo primero que pensó fue regresar de inmediato a los bosques. Ya había sido suficiente investigación y era claro que la invasión inició. Sin embargo, hubo algo que la alejó de aquella dirección y la mantuvo dentro de muros desconocidos.

Ya no buscaba escapar, buscaba a su padre.

Un gimoteo respondió a su pensamiento. Se detuvo un momento para escuchar de dónde provenía; en esa ocasión, se mezcló junto a un gruñido de dolor. Dirigió su cuerpo a gran velocidad por túneles que nunca había visto. En cuanto se dio cuenta que las tuberías goteaban y el agua formaba una cascada hacia el desagüe, reconoció el cuerpo del mutante que se quejaba al borde de la caída.

―¡Cabeza de Piel! ―se acercó a él y comenzó a frotar su cabeza contra el hocico del cocodrilo― ¡Grandulón, ¿qué demonios haces aquí?!

El reptil soltó un gruñido y ahí fue cuando ella notó el pedazo de tela que yacía en una de sus garras. ―Slash me mandó a buscarte, pero me encontré con… ―le mostró la tela y ella lo reconoció de inmediato―, él cayó a las aguas…, no pude rescatarlo.

―¿Cómo te sientes tú? ―miró las heridas medianas que iluminaban su torso― ¿Puedes esperarme unos minutos?

En el instante en que él asintió, Karai saltó al desagüe. Se percató de inmediato de la fuerza de las corrientes; no sería extraño que hubiera un torrente por allí. Entonces, lo vio. Se maldijo por no haber traído un aparato-transportador. Se apresuró en envolver el cuerpo del mutante con ayuda de su cola. Lo dirigió a donde la corriente parecía perder fuerza. Primero lo recostó en una superficie seca, antes de sacar su propia cabeza; la acercó hacia él para checar su respiración. Ante el tacto, el mamífero emitió un suspiro.

Sin tiempo que perder, ella se volvió a sumergir y nadó de regreso. La caída era mucho mayor a la cascada de su casa, por lo que tardó un par de intentos en llegar al túnel pero lo logró. El cocodrilo tenía los párpados cerrados y su respiración era pesada. Aún sujetaba la tela.

―Grandulón, grandulón ―comenzó a agitarlo hasta que él recobró la consciencia―. Vamos. Tenemos que regresar a la mansión para que te curen. Así que, ayúdame, porque no creo poder cargarte.

Cabeza de Piel se reincorporó con un gruñido. Usó el cuerpo de la serpiente como soporte y ambos empezaron a caminar hacia su propio desagüe. Llegaron tras varios minutos. Ella tuvo que rodear el cuerpo del más grande para que la caída no empeorara sus heridas; tuvo que nadar por los dos, ya que el cocodrilo volvió a desmayarse en cuanto tomaron la primera parada para respirar.

Tardaron cerca de dos horas en llegar a la corriente. Cuando salieron a la superficie, ya era de noche. Con el cocodrilo aún inconsciente, Karai confió en su fuerza mutante y logró arrastrarlo hasta la entrada de la mansión. Nunca se dio cuenta de que él perdió el pedazo de tela.

Slash ya los esperaba y, en el momento en que los vio, corrió hacia ellos. Rockwell apareció al cabo de unos instantes.

―¿Qué fue lo que…?

―No hay tiempo para hablar. ¡Doc! ―el chimpancé se acercó de inmediato― Tráeme un botiquín y una de tus burbujas, ¡rápido! Slash ―se dirigió al otro cuando Tyler desapareció―, lleva a Cabeza de Piel a la enfermería; ayuda a Doc en todo lo que puedas. Tengo que volver a la ciudad de inmediato.

―Voy contigo.

―¡No! ―detuvo a la tortuga de regresar por su arma. El científico salió de la puerta― No. Debo llegar lo más rápido posible, antes de que las alcantarillas también estén plagadas.

―Aquí tienes ―Tyler le tendió las herramientas―. ¿Qué pasó allá, Karai?

―La invasión Kraang; están convirtiendo a todos en mutantes y los droides están en todas partes. Tal vez ya no podamos ir a la ciudad.

―¿Para qué vuelves? ―volvió a preguntar Slash― Si ya no es seguro, mejor…

―Encontré a un mutante herido. Debo ayudarlo antes de que el Kraang lo encuentre.

―Si es eso, necesitarás ayuda ―comenzó a caminar hacia ella―. Voy contigo.

Karai siseó de la misma forma que hizo cuando eran un par de extraños. Tal acción sorprendió a Slash, así como a Tyler, Víbora y Víctor (estos últimos habían empezado a acercarse debido a la conmoción). La tortuga se mantuvo en su lugar. Observó los ojos de la serpiente y no notó alguna pizca de arrepentimiento. Supo de inmediato que, lo que sea que pasó en la ciudad, destruyó todo su progreso.

―¿Qué parte de "sé cuidarme sola" no entiendes? ―reconoció que él no le respondería― Mira cómo terminó Cabeza de Piel porque no me hiciste caso. Así que deja de estorbarme y has lo que te pido.

No esperó por una respuesta y comenzó su carrera de regreso. Llegó más rápido que usualmente. Cuando se adentró en las aguas, ni siquiera sintió su baja temperatura. Una mezcla de enojo y determinación le hicieron aumentar la velocidad.

¿Cómo es que Slash no lo comprendía? Estaban en una guerra. No podían darse el lujo de jugar a la "familia amorosa" y estar siempre cuidándose la espalda, necesitaba precisión y resultados. La tristeza, el cariño y la lástima no servirían, no en ese momento. Puede que no eran símbolo de debilidad, pero si debilitaban a las personas en esos casos. Se equivocó esa mañana, pero no dejaría que aquello le hiciese cometer errores. Los necesitaba activos, dispuestos a lo que fuera, si es que deseaba sobrevivir.

Ignoró el hecho de haber roto su récord. Se abrió camino entre los túneles.

Ya sabía cómo eran esos momentos. Había estado en varias contiendas. Sabía cómo protegerse a sí misma, pero no a los demás. Era fácil poner en riesgo su vida y salvar su propio trasero. Y, ¿ahora? Tenía a un grupo de mutantes que, si no obtenían alimento de la ciudad, morirían y no a manos de los extraterrestres. Se colocó una meta: no importaba qué tan llenas estuvieran las alcantarillas, ella se las arreglaría para mantener con vida a quienes se convirtieron en su responsabilidad, incluido al mutante que estaba por rescatar. Era lo mínimo que podía hacer…, después de…

Salió a la superficie, seguida por la burbuja que protegía el botiquín. Miró en todas direcciones, ayudada con su visión y la luz que entraba por el rejado. No pudo haberse equivocado. Los muros del túnel que daban entrada al desagüe tenían los rasguños de Cabeza de Piel, las corrientes tenían la misma fuerza de hace rato y era el único lugar seco que estaba cerca.

Pero su padre ya no estaba.


Ya sé, ya sé, ya sé. Me tardé mucho para actualizar esta historia, pero no he tenido ni un maldito momento libre desde hacía meses. Apenas encontré un espacio para subir un capítulo y todavía debo terminar varios trabajos. Sin embargo, disfruten del primer capítulo del artículo "Invasión", y sean pacientes para leer el siguiente. Espero no tardarme mucho. Bye-bye.