"El verdadero yo es aquel que tú eres, no lo que hicieron de ti." ~Paulo Coelho


Era fácil decir algo, pero muy diferente era hacerlo. Eso lo reconoció Slash mientras golpeó al aire con su lucero del alba, en medio del terreno desgastado, acompañado con la ausencia de la Luna y con la intención de distraer su mente. Hubo estado entrenando ya por una hora, misma hora desde que cierta serpiente salió de la mansión solo con una burbuja-transportadora y otro aparato extraño de Rockwell a una misión en solitario para quién sabe qué finalidad. Y él estaba desesperado a más no poder. Sabía que fue el trato que hicieron, pero eso no evitaba que se preocupara.

Sí. Karai era una de las mutantes más poderosas que hubiera conocido: cuatro bocas, capacidad de cambiar de cuerpos, veneno (que también podía escupir), y más cosas que le dijo el doctor pero que ya olvidó. Sin embargo, ante una emboscada como la que vivieron semanas antes, bajo las manos del extraño clan ninja y los droides extraterrestres…, ah, cierto. Lo había olvidado. Ella estaba afuera, sola, entre una invasión alienígena.

Por esa y más razones, se enfocó en tener una lucha contra el aire, en lugar de tomar su arma y correr hacia la ciudad. Después de negar con la cabeza, decidió distraerse por fin y enfocarse en su pelea.

Empuñó su lucero y lo giró en el aire con una de sus manos. Acto seguido, con un grito ahogado en su garganta, se abalanzó contra un árbol. Evadió un enemigo invisible que le llegó por la derecha y otro que apareció en la izquierda. Lanzó su arma hacia la corteza del ser y se clavó; volvió a sujetarla y giró sobre su propio eje. La fuerza que utilizó fue la suficiente para arrancar un pedazo del tronco de un segundo árbol.

Cuando escucho el crujir, se percató de las marcas que estaban en todo el árbol y lo joven que era aún; tragó saliva y se alejó a gran velocidad. Caminó con paso rápido hacia el afluente. Por fortuna, el cuerpo de agua estaba desocupado por cierto reptil; claro, después de terminar el sistema de captación de agua, su líder decidió que también podrían construir una especie de alberca para que los reptiles, principalmente, pudiesen humedecer su piel sin usar el agua que todos los demás utilizaban…, y ahora no había fuerza existente para que Cabeza de Piel abandonara el jacuzzi.

Slash se detuvo antes de llegar al afluente. Repitió una palabra que dijo en su cabeza sin pensarlo: líder. ¿De verdad era el título correcto para describir a Karai? Puede que ella fuese quien decidía si alguien se quedaba, quien llevaba a cabo las búsquedas de suministros y, últimamente, quien organizaba las prioridades para el funcionamiento de la mansión. Pero eso no significaba que fuera su líder, ¿cierto? Tal vez solo le gustaba el orden…, aunque a los líderes les gustaba ordenar.

Bueno. ¿Él qué podía saber?

Las hojas detrás de él se comenzaron a agitar. Se volteó con tranquilidad, pues, a pesar de que no escuchó pasos, supo quién se acercaba por los aires. Sus ojos se ajustaron al cuerpo del chimpancé que levitaba; la mirada del primate estaba congelada en el canal que llegaba hasta la mansión, antes de que cayera sobre el cuerpo del reptil.

―Slash ―el nombrado apenas se percató del frasco que el doctor tenía en su poder―, dime que no vas a tomar una ducha nocturna.

―¿Con este frío? Imposible, Doc.

En efecto. El invierno estaba entrando a su apogeo: las nevadas y los vientos eran más potentes, varias de las coníferas estaban cubiertas por capas blancas, el pasto igual; no había noche en que no tuvieran que sacudir la mansión por la nieve que le caía. Gracias al sistema de calefacción que implementó Rockwell, ninguno de los mutantes se había congelado; inclusive Víbora y Víctor, quienes solían esconderse todo el día entre los árboles, permanecían siempre contra los muros de la casa, haciendo contacto con el calor que emanaba.

La tortuga vio cómo el doctor sonrió, antes de acercarse hacia el cuerpo de agua, con el frasco en mano. ―Y… ¿para qué es eso?

―Requiero una muestra del cieno del afluente para un experimento que estoy haciendo.

―¿Sobre qué? ―preguntó e intuyó que "lodo" era sinónimo de "cieno".

―Tengo la hipótesis de la creación de un suero de uso general para los mutantes ―metió el frasco, raspó el fondo del arroyo y extrajo una muestra del fango―. Quiero ver si la materia muerta me ayuda a alterar las propiedades químicas que posee el mutágeno.

―Eh… ¿qué? ¿M-mutágeno?

―En efecto ―de la muestra de barro, apartó las hojas que se incluyeron―. Todos los mutantes tienen algo en común: el mutágeno en el ADN. Si ya es difícil conseguir sangre compatible entre humanos, imagínate para nosotros que, además de buscar el grupo y factor Rh, requerimos que el ADN de nuestras especies sea el mismo. Dado eso, quiero crear un sustituto por si necesitamos transfusión de sangre o nutrientes.

―Claro ―exclamó pese a que no entendió algunas de las palabras que utilizó―. Pero creí que tu última ración de mutágeno se había terminado.

―Lamentablemente ―le fue imposible no recordar el experimento fallido que evaporó su muestra alienígena―. Sin embargo, tengo la esperanza de que Karai traiga lo suficiente para que dure unos meses.

Las pupilas del reptil se contrajeron. ―¿¡Enviaste a Karai a la ciudad por mutágeno!? ―el científico asintió sin prestarle atención― ¡¿Estás loco?!

―Víctor dice que ya tengo los ojos…

―¡Es enserio! ¿Por qué no me dijeron? La hubiera acom…

―Tranquilízate, Slash ―bajó la probeta de su rango de visión y regresó con la tortuga―. No te dijimos porque sabemos cómo te pones. No quieres tener otro ataque de pánico, ¿cierto? ―el poiquilotermo no respondió― Ella aseguró que no se enfrentaría al Kraang, sino que sería una misión de sigilo. Además…, tiene mil habilidades mutantes y lleva sus armas consigo…

―Mentira. Dejó sus espadas.

―¿De verdad? ―Slash lo miró perplejo y emanó un bufido molesto― No te preocupes, ella estará bien.

Oh. Karai estaba más que bien: se estaba divirtiendo.

En el momento en que salió a la superficie, se encontró con una horda de robots. En lugar de destruirlos como siempre lo hacía, comenzó con una persecución en la que ella resultó victoriosa. Mientras las máquinas se dispersaban para atraparla, ella inició con su búsqueda para localizar un poco de mutágeno, no importaba si estaba regado por toda la calle, gracias a que el nuevo aparato de Rockwell (una extraña botella de cuello largo que se unía su lomo durante su cuerpo reptil), le permitía recogerlo sin entrar en contacto con la sustancia. No obstante, había tenido mejor suerte para encontrar otras cosas.

Lo primero de lo que se percató al llegar a la ciudad, fue la disminución en el número de mutantes-parecidos-al-Kraang. Encontró varios grupos por ahí y por allá, pero no los suficientes para completar la población de millones de habitantes con las que contaba el lugar. No le gustaba imaginar el paradero de los desaparecidos, aunque había algo que sí le intrigaba: la posibilidad de que hubiese neoyorquinos ocultos, libres de la mutación y ocultándose hasta que esa pesadilla acabara. Pero si existían, no se arriesgarían a estar en un lugar abierto, sino subterráneo.

Por eso, cuando se encontró con otro grupo extraterrestre y comenzó con su juego de persecución, llevó a los seres hasta una zona completa de edificios destruidos y entró por el hueco de una ventana rota, segura de que el departamento estaba abandonado. Los droides siguieron corriendo por la calle y sus sonidos característicos desaparecieron. Al mismo tiempo de que creyó haber visto un brillo verdoso en la otra habitación, un tubo metálico conectó con el costado de su cráneo.

Mientras el dolor en su cabeza se hizo más agudo, escuchó los pasos de su atacante acercándose. Intentó levantar su mirada, pero solo logró olfatear el aire con su lengua. Le llegó el aroma a humedad, suciedad y comida rancia. Los pasos cesaron al mismo tiempo de que el desconocido jadeó en sorpresa y, acto seguido, bajó el tubo metálico a la altura de su cadera.

―¿Una mutante-serpiente?

En el instante en que la punzada bajó de dolor, levantó sus ojos hacia el extraño. Su visión nocturna la libró de la escasez de luz que contaba el lugar, y observó la silueta de su atacante: su traje sucio, un sombrero desgastado y su piel llena de manchas…, era un humano.

Karai no recordó la última vez que vio a otra persona. Su sorpresa le hizo erguirse de manera muy rápida, misma que le originó un pequeño mareo e hizo que el hombre empuñara de nuevo su arma. Ella colocó sus extremidades enfrente de ella de manera tranquila, pero las pequeñas cabezas solo empeoraron la situación. Antes de que el desconocido gritara por instinto o volviera a atacarla, alternó sus cuerpos sin percatarse que eso solo enloquecería a cualquier alma. Ignoró la expresión aterrada del hombre y se acercó con calma.

―Tranquilo, tranquilo ―ella balbuceó―. No voy a hacerte nada. Soy…

―¿Q-qué clase de mutante eres?

La palabra "humana" se quedó atorada en su garganta. Si su rostro no fuese tan pálido, los colores se le habrían caído; o si tuviera la capacidad para hacerlo, se habría ruborizado. No obstante, la expresión de él estaba mucho peor: su rostro hasta parecía enfermo de lo amarillo que estaba, sus labios partidos hacían juego con las grandes bolsas bajo sus ojos (era un hecho que las ocho horas de sueño eran una fantasía para él).

―Podría decirse que un experimento fallido ―contestó al final―. Te prometo que no soy peligrosa. También huyo de la invasión.

―Pero… ¿de dónde…? ―ignoró las súplicas mentales de la fémina porque bajara su arma― ¿Cómo sobreviviste allá afuera sin que te atraparan?

―Este cuerpo tiene sus ventajas y puedo ayudarte. Este escondite está muy descubierto. Has tenido suerte, pero te encontrarán si sigues aquí.

Esas palabras parecieron tranquilizar al hombre, pues permaneció en silencio y, al cabo de unos segundos, por fin bajó su arma. Mientras se retiró su sombrero, Karai pudo descansar sus brazos y fue allí cuando él notó los dos aparatos que tenía en sus manos. Cuando la fémina observó dónde estaba su atención, estuvo a punto de soltarlos.

―¿Eso es tecnología Kraang modificada? ―cuestionó antes y ella tan solo pudo asentir― Usted, señorita, tiene una mente muy brillante.

Karai le tendió los artilugios y él comenzó a inspeccionarlos. ―No. No fui yo quien los creó, sino…, uno de los mutantes con quienes me oculto.

―¿Ah? ¿Hay más? ―en eso, activó la burbuja-transportadora y estuvo a punto de atraparla, pero ella evadió la energía por escasos centímetros― Ya veo, ya veo. De hecho… ¿quién creó estas herramientas? Su estilo me parece conocido.

―Tyler Rockwell. ―su pecho terminó contra el suelo, pero el hombre no pareció darse cuenta.

―¿¡Qué!? ¿Está con vida? Ah. Lo siento ―desactivó el artilugio y comenzó a inspeccionar la botella de cuello―. Perdí pista de Tyler desde hace mucho tiempo ―logró hacerla funcionar casi de inmediato―. Terminó mutado, ¿dices?

―En un chimpancé ―empezó a irritarse por la dirección en la que iba la plática: a ningún lado―. A todo esto, ¿de dónde lo conoces?

―Por supuesto ―le devolvió las dos herramientas―. ¿Dónde están mis modales? Mi nombre es Jack Kurtzman y soy periodista. Conocí a Tyler hace varios años y trabajamos juntos cuando inició la desaparición de más y más científicos, pero él también se esfumó y no volví a escuchar de él…, hasta ahora ―observó cómo ella llevó una mano hacia su cráneo y comenzó a frotar su sien―. Lamento mucho mi explosión. ¿Estás bien o gustas que te revise la herida?

―No ―un poco de rojo apareció en sus dedos―. Sólo es un simple rasguño…, pero, con lo que te dije, lo mejor es que fueras conmigo a un lugar más seguro.

Jack suspiró con pesadez. ―Lamento tener que negar tu invitación, querida…

―Karai.

―Un placer ―sonrió de lado―, pero prefiero quedarme aquí ―tal declaración agarró por sorpresa a la menor―. Hasta ahora, me ha funcionado este viejo departamento y estoy seguro de que si cubro las ventanas, nada me encontrará.

―No puedes estar tan seguro. Además, mi escondite está en las afueras de la ciudad.

―Peor aún ―ante su expresión confundida, con su mano le indicó que se acercara―. Ven, acompáñame.

La kunoichi se quedó viendo cómo el hombre desaparecía en la habitación de donde emanaba el brillo verdoso. Inspeccionó rápidamente el lugar y volvió a pensar que hubiera sido buena idea traer sus armas. Con tal de que Kurtzman no tuviese un arma contra mutantes, podría protegerse de cualquier situación que pudiera ocurrir. Aunque, por lo que percibió del hombre, no tenía mucho de qué preocuparse. Así que siguió la pista del hombre y entró en la habitación. Lo primero que sus ojos captaron fue la sustancia por la que se aventuró a la ciudad esa noche: mutágeno.

Él se detuvo enfrente de una pizarra de corcho, la cual estaba llena de fotografías, algunas que ella reconoció y otras no. ―Desde que el primer portal se abrió, empecé a buscar a ciertos mutantes ―señaló una de las fotos con las que sí estaba familiarizada―, las tortugas. Me imagino que has escuchado de ellos; casi todos los mutantes los conocen.

Karai solo asintió. Con las demás imágenes que estaban ahí, esperaba que aquel acosador no supiera nada de su vida personal; después de todo, tenía mucha relación con los reptiles.

―Ellos detuvieron el Tecnodromo del año pasado y los gusanos que causaban los terremotos de hacía unos meses, pero fallaron esta vez. No sé qué pudo haberles pasado, pero están desaparecidos…

Ella permaneció en silencio. En un principio, le prestó total atención a las palabras de Jack; no obstante, cuando mencionó el segundo evento que detuvo la familia Hamato, recordó que ahí comenzó todo. Todo su cambio, su nueva vida…, su traición ¿Qué hubiera sucedido si hubiese aceptado todo en ese momento? ¿Algo habría sido diferente o algo habría podido ser evitado? Aunque, ¿cómo lo hubiese podido aceptar? Sin pruebas, sin nada y conociéndose. No. Nunca lo hubiera creído.

―Así que ―la voz del mayor la devolvió a la realidad―, sin héroes que puedan salvarnos, solo me queda investigar lo más que pueda y, tal vez, encontrar una solución antes de que sea muy tarde. Y debe ser rápido: el Kraang comienza a controlar los medios de comunicación, a la Fuerza de Protección Terrestre y ―se giró hacia otra imagen―, últimamente, los extraterrestres han tenido mucha actividad en esta zona de la ciudad ―señaló un mapa―. Lo que sea que estén planeando, debe ser grande y muy grave ―permaneció unos momentos en su lugar, hasta que se volvió hacia ella―. Por lo que ves, no me puedo dar el lujo de alejarme de la ciudad. Debo estar al tanto de toda actividad alienígena.

―¿Qué tal si la hago de espía?

La pregunta no sólo atrapó a Jack por sorpresa, sino también a ella quien la articuló. Mientras el hombre meditó, Karai se dispuso a golpearse a sí misma, pero ya no hubo vuelta atrás. Sus momentos de debilidad comenzaban a molestarla; primero invitó a una tortuga mutante a vivir con ella, luego aceptó a más desconocidos y, ahora, estaba rogándole a un humano a que abandonara un destino seguro a la mutación o a la muerte y se fuera con ella.

Meses atrás, ni siquiera se reconocería a sí misma.

―Con mi habilidad mutante ―aun así, decidió continuar―, me es fácil moverme por la ciudad y los robots no son un problema para mí. Sea lo que sea que estén haciendo los cerebros, puedo infiltrarme sin ser vista. Así…, estarás más seguro y no te arriesgarás en ser convertido en mutante.

Jack pareció meditarlo un poco más y se llevó un dedo hacia la barbilla. ―Extrañaré la adrenalina, pero acepto que extraño más dormir sin un ojo abierto ―su risa contagió un poco a la chica―. Está bien. Iré contigo. ¡Ah! Pero… ―se giró hacia el escritorio― ¿crees que el transportador soporte todos mis recuerdos?

―Ha cargado mucho más.

El hombre asintió y se apresuró a apilar todas sus cosas sobre el escritorio. Descolgó el pizarrón de corcho, guardó varias libretas, hojas y bolígrafos, y sostuvo el contenedor de mutágeno en una de sus manos.

―¿Tienes más de esos? ―señaló la sustancia.

―¿Por qué?

―Doc…, uh…, Tyler quiere hacer un experimento y me pidió que le buscara mutágeno. Más o menos esa es la razón por la que estoy aquí.

―Ya veo ―se acercó al escritorio y abrió los tres cajones que estaban a los costados; dentro había varios contenedores más―. Estoy seguro de que será más que suficiente.

Karai permaneció quieta mientras él acabó con su empacamiento. Después de unos largos minutos y una montaña de objetos que terminó sobre el mueble, y que la fémina le lanzara la botella de cuello (ya no la necesitaría, después de todo), el hombre fue atrapado dentro de la misma burbuja. Antes de que pudiera gritar y para aumentar su terror, ella alternó sus cuerpos, se colocó detrás del transportador, lo empujó con toda su fuerza y destruyó los tablones que cubrían uno de los muros.

Tal conmoción, sumados los gritos del hombre, atrajo la atención de los robots más cercanos. Sin tiempo qué esperar, la serpiente emprendió carrera hacia la estación del subterráneo más cercana. Con droides corriendo desde todas direcciones, los disparos estuvieron a punto de alcanzarla; no obstante, tras un par de calles, se adentró en el subsuelo y los túneles de las alcantarillas le dieron la bienvenida.

Además de su siseo y los quejidos que emitía de vez en cuando Jack, las tuberías estaban en silencio.

Llegaron al desagüe al cabo de unos minutos. Al mismo tiempo de que ella saltó, el periodista emitió un grito que no se apagó aún bajo las aguas. Cuando él abrió de nuevo sus párpados y vio que todo lo que estaba dentro del transportador, incluyéndolo, estaba protegido, empezó a reír con fuerza.

―Veo que trabajó con la disociación de mesones ―volvió a reír―. Clásico de Rockwell.

La serpiente solo lo miró de reojo. Además de que no podía hablar bajo el agua, no entendió término alguno que utilizó. Reconoció de inmediato que el doctor y Jack se llevarían muy bien. Regresó su mirada hacia el frente y aumentó la velocidad, lo que ocasionó un grito de emoción de parte del hombre.

Después de atravesar las corrientes y pisar la superficie cubierta de blanco. Serpenteó la mayor parte del camino, hasta que se detuvo de repente. Al estar atrás de los arbustos que separaban la mansión con las coníferas, Karai volvió a cambiar sus cuerpos. Lo que más le gustaba de eso, era que las escamas empapadas desaparecían y su piel permanecía seca. Claro que eso no quitaba la sensación de frío que brindaba el ambiente.

―El aventón se acabó.

Sin previo aviso, desactivó el transportador, lo que ocasionó que Jack perdiera el equilibrio al caer, a diferencia de sus pertenencias. El hombre no se percató de las risillas de la fémina, y se concentró en limpiar sus rodillas y recoger su sombrero, como si no estuviese lo suficientemente sucio. Él aclaró su garganta y colocó sus manos detrás de la espalda.

―Debo decirte que algunos mutantes ―volvió a encerrar las pertenencias del hombre dentro de la burbuja, y ambos aparataron las hojas; la mansión apareció en su vista―, parecen más aterradores que yo, pero todos son inofensivos.

―No hay de qué preocu…

―¡Humano!

Víctor cayó enfrente de ellos y emitió un rugido estruendoso, y Víbora se abrió pasó entre otros árboles y se acercó de manera intimidante. Mientras Jack, por instinto, se ocultó detrás de Karai, ella regresó a su forma mutante y siseó con toda su fuerza. Tal acción detuvo al par de mutantes de inmediato, por suerte.

―¿Qué te pasa, Karai? ―cuestionó la araña.

―¡Eso mismo les pregunto a ustedes! Si ven que viene conmigo, ¿por qué diablos lo atacan?

―¿Qué? ―la planta se acercó con un semblante extrañado― ¿Tú lo trajiste? ¿Por qué?

―Por la misma razón que los traje a todos ustedes: para ayudarlo ―cambió de cuerpos―. Además…, no veo por qué debo explicarles mis motivos.

―¡Sí cuando se trata de un humano! ―el artrópodo habló con un tono mucho más alto que el límite de la serpiente soportaba― ¿Qué está haciendo aquí?

Karai apretó su quijada y miró fríamente a Víctor. Intentó tranquilizarse para no explotar y, por fortuna, su mirada chocó con algo que la distrajo de ese momento: Slash, Tyler, Pete y Martín salieron de la mansión; Cabeza de Piel debía estar descansando en el estanque, aunque le extrañara que no estuviera ahí con todos los gritos. Detrás de ella, Jack, al chocar con los ojos del chimpancé, levantó un poco su mirada, a pesar de que se mantenía cauteloso por los mutantes que los rodeaban.

―¡Imposible! ―el primate se acercó rápidamente con su poder de levitación― ¿Jack Kurtzman?

―Doctor Tyler Rockwell ―pese al miedo que tenía, su tono salió muy tranquilo―. Me alegra ver que estás bien.

―Doc ―antes de que los dos comenzaran a platicar en medio de tal situación, Karai se dirigió con el mamífero; le tendió su transportador y la burbuja (con las cosas), se acercó a él―, lleva a Jack contigo.

A pesar de los rugidos que emanaron las gargantas del par, Tyler asintió y le indicó al hombre que se acercara. Jack se alejó lentamente de la fémina y caminó entre las dos aves. Estos últimos recibieron un movimiento de cabeza de parte de Karai, y siguieron al par de varones. Los cuatro que permanecieron fuera, mantuvieron su atención en los cuerpos, hasta que desaparecieron. Mientras los tres más grandes se volvían hacia la fémina, ella se mantuvo con la vista clavada en la mansión.

―¿Qué demonios les pasa? ―aunque no estuviera viendo a ninguno, su voz sonó igual de intimidante― ¿Cómo se les ocurre atacar a alguien así porque sí? No. Es más. ¿¡Cómo mierda se les ocurre atacar a alguien que viene conmigo!?

―Es un humano, Karai ―habló el arácnido―, no puede estar aquí.

―¿¡Según quién!? ¿Eh?

Los dos intercambiaron miradas, pero fue Víbora quien respondió, ya no igual de confiado―: Tú…

―¡Jamás dije que ésta es una casa de mutantes! De hecho, yo nunca dije que esto sería una casa, solo los dejé quedarse aquí. Así que recuerden que, de la misma forma que les dejé quedarse en un lugar que yo encontré para mi beneficio, puedo correrlos de inmediato. Por lo tanto, él se queda.

Se dispuso a entrar en la mansión, pero el grito de Víctor la detuvo―: ¡Pero no está bien!

―Dime ―se volteó con firmeza―, una razón por la que no lo sea.

―Porque es humano ―antes de que la expresión de la fémina se volviera más dura, agregó―: Ellos no nos entienden.

―Si mal no recuerdo…, tú fuiste humano.

―Y por esa misma razón sé cómo son. Tú deberías saberlo también ―ella se cruzó de brazos y encarnó una ceja―. Para ellos, somos fenómenos. ¿No viste cómo nos miró?

―Estuvieron a punto de atacarlo. No creo que nadie los recibiría con una sonrisa.

―Porque a ti te recibió con una cuando te vio, ¿no? ―Víbora señaló la herida que estaba en su sien, misma que ella ya había olvidado― Acéptalo. Nosotros somos monstruos para ellos y no quiero estar junto a alguien que siempre me verá como tal.

―Esto ―señaló el rasguño en su sien―, lo recibí después de allanar su escondite. Él estaba en todo su derecho de atacarme. Y…, sí. Las personas tenemos la mala costumbre de criticar todo lo que es diferente a nosotros ―nadie se percató de la nueva expresión que cubrió el rostro de la tortuga―, eso es algo que siempre nos ha caracterizado y les aseguro que no cambiará, pero…

―Un momento, un momento ―Slash, quien se hubo mantenido en silencio, cometió el grave error de interrumpirla, solo que no lo supo. Él se acercó hacia la fémina y Karai parpadeó con velocidad, lo que solo la hizo ver más agresiva―. Hablas como si conocieras muy bien cómo actúan las personas.

Por supuesto que ella se desconcertó por tal comentario; sin embargo, jamás creyó que sus palabras significaran algo más allá, así que contestó―: He estado rodeada de personas durante to…

―Pero ya no ―volvió a interrumpirla, y Karai, por fin, se dio cuenta del semblante extrañamente molesto que su rostro reflejaba―. No sé si lo sabes, pero tú no eres más una humana.

A ella le fue imposible no dibujar una expresión sorprendida. Por tener las pupilas congeladas en lo que ese completo idiota decía, nunca se percató de la sorpresa y, sí, miedo que invadió los rostros de Víbora y Víctor. Estos últimos se miraron de reojo por unos segundos, antes de volverse hacia el quelonio, con un mismo sentimiento en mente: ¿no pudo elegir peor momento para hablar de tales cosas?

―Puedes mezclarte entre ellos con tu poder de cambiar cuerpos ―prosiguió Slash, sin la más remota idea de que debía callarse ya―, pero solo es un disfraz y parece que no lo aceptas. Te recuerdo que perdiste tu humanidad cuando te amarraron sobre la piscina…

Ya con su límite sobrepasado, Karai cambió a su forma híbrida (con brazos y rostro reptil), y saltó sobre la tortuga. Por la fuerza, él cayó de espaldas y soltó su arma. Con un pie cerca de la garganta del varón y sus cabezas a centímetros del rostro de éste, ella rechinó sus colmillos y su lengua bífida se abrió paso hacia el exterior. Quien fuese que estuviera en el lugar de Slash, habría tenido enfrente una imagen difícil de olvidar.

―Si te es más importante saber qué somos y no quiénes, te recuerdo que hay serpientes que se alimentan de aves y mamíferos pequeños…, pero estoy dispuesta a averiguar si los colmillos me sirven para arrancar la piel del caparazón de las tortugas.

―Entonces ―en otras circunstancias, la sonrisa que dibujó hubiera sido la señal para que ella saltara por fin a su garganta―, ¿ya aceptaste lo que eres?

―Lo único que te importa saber es que soy la única cuya palabra importa en esta jodida mansión ―presionó un poco el pecho de Slash―, así que si digo que el "humano", que parece ser la palabra del día, se queda, entonces se queda ―se alejó de la tortuga y regresó a su cuerpo humano. Mientras él se sentó, Karai miró a los otros dos con fuego aún en sus ojos―. No necesito decirles qué les pasará si me desobedecen.

Sin más qué decir, caminó hacia la mansión. Vio cómo Pete y Martín se ocultaron rápidamente, y Cabeza de Piel permaneció en la esquina desde donde escuchó todo. Aunque ella quiso tranquilizarlo con una sonrisa, le fue imposible y solo regresó su mirada al frente. Entró en el edificio y descendió por las escaleras. La puerta de la enfermería estaba cerrada. Cuando la recorrió, Jack y Tyler cesaron su plática y centraron sus miradas en ella. El chimpancé estaba sentado en su silla y el hombre acomodaba sus cosas (tal parecía que su lugar de trabajo también sería el sótano). Ambos podían notar la furia en su rostro.

―Lamento mucho lo que pasó ―ella se detuvo cerca del par y se dirigió al periodista―, pero te aseguro que estás a salvo aquí.

―No hay de qué disculparse ―respondió Jack―; en cierto modo, lo entiendo. A las personas nos gusta encontrar tantas diferencias como sea posible en los demás. Puedo imaginarme qué tantas cosas les han dicho o hecho; su negación es aceptable. No obstante, yo conozco varios seres cuyas características son únicas y, sí, extrañas. Así que creo que el único diferente, aquí, soy yo.

Tyler notó cómo ella, a pesar de asentir con ligereza, seguía irritada, por lo que decidió cambiar la atmósfera―: Jack me estaba diciendo que está sorprendido por el funcionamiento de la mansión.

―¿Enserio? ―su mirada estaba perdida, y su mente, a punto de seguirla.

―En efecto ―habló el hombre―. Los sistemas de captación de agua, de calefacción, refrigeración y protección pueden albergar a más…, habitantes ―dada la reciente pelea, decidió utilizar un término más adecuado―, y su funcionamiento seguiría excelente.

―La tecnología puede funcionar, pero mi paciencia no ―al notar que de verdad estaba muy distraída, dio por terminada esa corta plática―. En fin. Cualquier duda que tengas, Tyler te ayudará, ¿entendido?

Como eso sonó más a una orden, los dos asintieron. Sin la intención de despedirse o decir algo más, dio media vuelta y salió de la habitación. Cerró la puerta detrás de ella y comenzó a ascender a la planta baja. Aunque su cuerpo (en especial los párpados), pedía un descanso, volvió a salir al maldito frío.

Ninguno de los tres mutantes seguía ahí.

Repentinamente tuvo una urgencia por golpear algo, así que se aventuró hacia donde su "patio de juegos" descansaba. Mientras atravesó los arbustos secos y una que otra rama le rasguñó, siguió luchando porque su mente regresara con ella. Pareció que sus pensamientos tomaron un viaje a quién sabe dónde. Y la razón, aunque se dijera lo contrario, era la reciente pelea.

Más que estar molesta por la poca tolerancia de los mutantes, su furia se originó por las palabras de la tortuga. ¿Qué bicho de mierda lo mordió y le contagió la idiotez? A ella no le importaba si fue arrojado por el escusado o cualquier trauma que tuviese contra los humanos; es más, si él odiaba a los humanos, que así fuera. No obstante, estar a punto de revelar algo que le confió a él y solo a él…, eso era traición.

Otra razón por la que ella no hablaba de cosas personales.

Pese a lo fruncido que se encontraba su seño, una sonrisa halló su camino hacia los labios en cuanto ella recordó el rostro que todos tuvieron tras su amenaza. Debía aceptar que le seguían saliendo bien. ¿Cómo no, después de todo? Tuvo a un gran maestro a quien pudo imitar por años.

Si Slash estuviera en esos momentos y ella no quisiera envenenarlo en cuanto se cruzase en su camino, le habría hecho muy feliz escucharla decir que no era más que una copia en crecimiento del responsable que le hizo desconocer qué y quién era. Fantástico, ¿no? Además de desconocerse a sí misma, aceptó tener más en común con el asesino de su madre de lo que creía. Y, para empeorar su noche, su árbol para golpear estaba destruido.


Tuve un atraso de dos días, lo acepto. La verdad es que me distraje en otras cosas y, como esta historia no resulta ser tan siquiera popular, dije que podría tardarme un poquito más en actualizar. Así que aquí está, con una inesperada pelea (que nadie, ni yo, vio venir), que surgió quién sabe por qué. Eh. Tal vez Slash está en sus días o está embarazado…, o solo es un verdadero idiota. En fin. Nos leemos después. Bye-bye.